El recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

Queda noche y queda pena,

así que llena el vaso

con el turbio licor de las heridas.

Y si me acuerdo de ella

que bajen las candelas del olvido

a quemar el rastro de su estela.

¡Qué más da!

Ya el indómito potro del deseo

se montó en el viento de las crines

y huyó veloz por las praderas.

Quedó un gusto profundo y apacible

de bodega vieja

que guarda el paladar de la memoria

en el dulce dormir de la solera.

 

Presuntuosos.

 

 

 

 

 

 

 

No me gustan exóticos placeres

ni afanes gasto por cubrir mi mesa

con lujosos bordados de manteles

que simulen  honores y nobleza.

No me gustan adornos de oropeles

ni deslumbrantes fastos  de  grandeza,

como cuadras de  rápidos corceles

o abundantes blasones y riqueza.

Ignoran los apuestos mequetrefes

que virtudes, blasones y nobleza

lucen más si te muestras como  eres

que con buscadas poses de altiveza.

 

Juicio sereno.

 

 

 

 

 

A medida que envejeces

te vas llenando por dentro.

Con cada cana aumenta tu experiencia,

con cada arruga, tu sabiduría.

Desengaño que sufres pule tu razonamiento,

puro y  denso, más brillante,

liberado de prejuicios,

descarnado, limpio y hondo

Mientras se desconcha  la fachada de tu cuerpo.

gana en brillo la luz clara de tu pensamiento.

Dominio.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino. 

 

 

 

 

La roca en campo abierto,

altiva, resistente,  agreste y dura,

refugio de rapaces voladoras,

abrigo  de ganado,

cobijo de pastores

al   soplo helado del temible cierzo.

Sombra amable en el ábrego caliente

con horas de calinas cegadoras.

Aquí baten solanos,

ventiscas, turbonadas, vendavales.

Es punta de diamante al sol primero,

caricia de las brisas a la tarde

y brasa roja con el sol postrero.

Muralla donde rompen temporales

su furia en remolinos invernales.

Crece en su umbría el musgo verdinegro,

luz y sol, la solana acogedora;

por su ladera asciende la tormenta

y ensanchada y negruzca se desploma

inflamando la tarde con sus truenos.

Quiero imitar tu fuerte  resistencia,

tu serena altivez sin inmutarte,

obrar con  acendrada fortaleza,

actuar en cada caso en consecuencia,

y a la sabia manera del  estoico

alcanzar la virtud con el esfuerzo.

Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

Una lágrima.

 

 

 

 

 

La lágrima resbala en la mejilla

sin palabras ni aspavientos.

Baja  el pómulo

y acelera su caída

hasta unos labios temblorosos,

en silencio:

sal de carne dolorida,

ave sin alas  que se pudre dentro

de  lacerada herida,

asoma en la pupila neblinosa

y fluye por los surcos del olvido

hacia el mar seco de los sufrimientos.

 

Guapeza altiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para escalar la  cima de tu  altura

necesito la ayuda del destino

y una  luz que ilumine mi camino

para poder andar esa largura.

Has llevado tan lejos tu hermosura

que el intento revierte en desatino

sin que pueda cambiar mi tenaz  sino

de no poder gozar de tu figura.

Baja hasta donde estamos los mortales

y acorta las  distancias que has marcado

entre suelo y  regiones celestiales

donde tu altiva pose te ha llevado

envuelta en las bellezas corporales

que natura donosa te ha otorgado.

 

 

 

Regreso a lo imposible.

 

 

 

 

 

 

Del olvido a la  sombra

y la desesperanza

bebo el vino de siniestras bodegas.

Borracho de recuerdos

paseo por  las calles de la infancia

a  la busca de la  niñez perdida.

No hay lumbre en el hogar

ni susurros debajo del reloj.

Se pararon las horas en los  ecos

y en agrio despertar

de cruel  resaca acerba

encuentro los caminos

destrozados por  duras huellas secas

en un lugar quemado

por la furia de torvos remolinos.

 

Almendros en flor

La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos  de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas  caricias aladas.

Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal  de que  en las  templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas  el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por  los campos y  ciudades y  luz radiante para robar  espacio a las umbrías.

Vendrán otros.

Fotografía de Manuel Rodríguez  Espino

http://www.flickr.com/photos/majanublao/

 

 

 

 

 

 

Dejar que el tiempo pase

en aleteo suave

sin que apenas me roce.

Esperar que me devore la noche

oscura  paso a paso,

y al pasar de los años

que germine en las mentes venideras

el halo del recuerdo

de haber andado  un día

por estos mismos prados

con  otras margaritas

de hermosas primaveras.

Ya no serán las mismas

que observo yo esta tarde.

Al refugio del frío en las solanas

otros ojos mirarán,  no los míos,

el lento transcurrir de las mañanas

por las calles del pueblo.

Allí vivió, dirán los más cercanos,

murió hace muchos años.

Los más ajenos, nada;

habrán oído algo,

alguna referencia

de algún hecho lejano.

El tiempo desvanece la memoria

lo mismo que la mar  borra la estela

de  barcos que se alejan

buscando el horizonte.

Solamente la piedra permanece,

callada eternamente,

eterna piedra muerta

atada por los pies

a  la  alargada sombra

que el sol traza en sus puestas.