«Escusá/o»

El culo no le descansa

si oye ruido por la calle.

Vende el alma a Satanás

si pudiese repicar

y salir en procesión.

Estando en una reunión

tiene puestas las orejas

en otra conversación.

Faltan ojos a sus cejas

para poderse llevar

todo lo que le rodea,

crepita como  la sal

al echarla en la candela;

esquiva como lamprea

si se le quiere pescar,

cual rayo relampaguea

sin poderlo remediar.

Vaya persona “escusá”

que a todos los sitios llega

sin haber sido “llamá”.

La puta prima.

 

 

 

 

 

 

Esta impúdica prima ha perdido definitivamente la vergüenza. Toda la noche de juerga y farra y ahora se le suben los puntos a la cabeza por la desmesurada ingesta a granel de  garrafa ajena.  Atiborrada  de gustos caprichosos y  ajada por su  vida licenciosa, la muy insolente ya no se recata  de exhibir su pródiga desvergüenza, sino que nos arroja  a la cara sus lúbricos desmanes. Por más que  nosotros,  su honorable familia, hemos hecho lo indecible por disimular sus veleidades, ella  paga nuestros desvelos  paseándose desnuda  y desgreñada por el patio de vecindad  con las prendas íntimas en la mano. ¡Qué bochorno para una honra ganada a lo largo de generaciones  de ejemplar comportamiento!

Las pocas, pero bien ganadas pertenencias de la familia, al albur de usureros prestamistas que como buitres planean en busca de cadáveres con que saciar su voraz apetito.

Amarse en silencio

 

 

 

 

 

 

Sentados a un metro de distancia en la terraza de un bar miran en direcciones opuestas, bien a los que pasean o a los que están sentados en otros lugares; a veces, furtivamente,  al reloj de la torre. No hablan. Comen pipas de una bolsa común que hay sobre el velador. Cuando pasa algún conocido  levantan la mano para saludar.  Después de dos horas salen las primeras y únicas palabras  de la noche:

-¿Nos vamos ya?

-Vámonos

(Nota: Sí,  son las primeras y únicas porque el camarero,  que ya conoce sus hábitos, ha preguntado que si lo de siempre y ellos han asentido con la cabeza)

 

Teresa

 

 

 

 

 

 

Después de treinta y seis años me he vuelto a encontrar con Teresa. Sigue tan bella, tan entregada, tan ingenua, tan rebelde, tan enamorada y fantástica  como siempre. Hemos  recorrido velozmente  con su “Floride” blanco las calles del monte Carmelo. Hemos tomado copas en el bar “Delicias”, paseado entre confetis y serpentinas una noche de finales de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos. He admirado sus hombros desnudos y su bella melena rubia.

La he reencarnado con tanta intensidad que he necesitado decirme a mí mismo varias veces que es sólo una invención de Marsé. No he podido convencerme. La desazón de una despedida sin abrazos ha quedado  a mitad de camino entre la quimera y el deseo.

Candidatos y representantes políticos

 

 

 

 

 

 

 

Los candidatos para las próximas elecciones nos están regalando los oídos, como las sirenas a Ulises y a su tripulación. No nos los tienen que tapar con cera ni atarnos al mástil del barco. Conocemos esos cantos.

Los líderes y sus séquitos llegan a los mítines con la parafernalia de himnos, banderas y abrazos por doquier. Las imágenes, sobre todo las de la tele, valen más que mil palabras, así que atentos  con el rabillo del ojo a la lucecita roja de las cámaras que entonces sí que hay que echar el resto.

He escuchado en esta precampaña la propuesta de reducir el número de diputados y senadores. Creo que es una medida acertada, aunque malogre las expectativas de muchos afiliados.

En lo que se refiere al Senado que propongan  la reforma de  la Constitución, como se ha hecho con el tope de gasto público, y eliminarlo  sin más.

Los diputados podían reducirse sin que la Institución sufriera menoscabo. He observado cuando votan en pleno  dos detalles que desdicen de la alta misión  que ostentan y  que apoyan esta opinión. Uno es el de los deditos, no los cinco de la manita futbolística, sino los que levanta el encargado del grupo parlamentario para que todos voten lo que han decidido los jefes: uno para el sí, dos para el no y tres para la  abstención. Para eso no hace falta tanta gente.

El otro detalle es el de las suplantaciones para votar por compañeros ausentes. Ausencias, en algunas ocasiones  vergonzosas, donde se ve el hemiciclo casi vacío y un señor en la tribuna hablándole a los sillones.

 

Animales, lengua y sexo

 

 

 

 

 

 

La lengua se ha enriquecido a lo largo del tiempo con expresiones que atribuyen a las personas cualidades de los animales. Si digo de alguien que es un lince estoy resaltando su agudeza y sagacidad.

La cobardía se la han cargado a las gallinas, la fuerza vigorosa a los mulos y la adulación a las babosas.

El genérico sustantivo pájaro se aplica al hombre astuto y sagaz que suscita recelos.

Buitre lo decimos de la persona que se ceba en la desgracia de otra o también que come con ansia desmedida.

Cernícalo es hombre ignorante y rudo, algo alocado.

Ganso,  el tardo,  perezoso, descuidado y simplón.

Hormiga, lo aplicamos a la persona constante y  ahorradora.

Pavo, hombre soso e incauto. Y si el pavo sube, sofoco tenemos

Hiena, persona de malos instintos o cruel.

Hay muchas más correspondencias de virtudes y defectos con la fauna silvestre y doméstica. ¡Qué mal trato recibe el cerdo, qué desagradecidos somos con esta especie asociándolo con la suciedad, a pesar de los exquisitos productos que nos reporta!

A veces hay que acudir al contexto para entender la acepción que ha querido transmitir el hablante.

Si en el ardor de una discusión alguien le llama a otro cabrón, sabemos que no está aludiendo a las cualidades del macho de la cabra para trepar por terrenos escarpados.

Para escarnio de la igualdad de sexos, cuando a una mujer se le  increpa con el término zorra,  se le  está llamando puta. Si le decimos zorro a un hombre nos estamos refiriendo a su astucia solapada, sin connotación sexual alguna.

Se dice del hombre que  liga mucho  que es un ligón y por el contrario a la mujer que hace lo mismo  se la pone que no hay por donde cogerla. Injusticias de la lengua, pero ella sólo es un crisol de la sociedad.

Falta mucho camino por andar todavía.

La radio y el fútbol

La radio era entonces  la única unión de los estadios de fútbol con nuestra imaginación en el monótono transcurrir de las horas del pueblo. La mágica finta que quiebra la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la  Saeta Rubia,  el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el  verde césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo en el Bernabeu…

Volábamos cada tarde de domingo del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, desde el cobijo de la solana,  desde calor del brasero, desde el plácido paseo por las afueras del pueblo o en nuestro particular partido de  fútbol en el campo al lado del arroyo  con el transistor apoyado en el poste de la portería en aquellas tardes tibias de otoño.

Todos los estadios a nuestro alcance,  transformando con nuestra imaginación las voces de los corresponsales de los distintos campos en un espectáculo multicolor animado por el griterío de unas gradas enfervorecidas.

Era nuestro asiento reservado en el voladizo de la fantasía.  Las voces exultantes de los comentaristas nos describían con su lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros equipos.  Las tardes de los domingos con todos los partidos casi a la misma hora se convirtieron en rito tradicional de nuestras horas de asueto agitadas por  el continuo vaivén de los resultados.

Ahora vuelve el fútbol, pero ya no es igual. Desespera ese goteo de horarios impuesto por las televisiones,  y la verdad, algunos aburren hasta al más forofo. Los partidos imaginados a través de la palabra eran más entretenidos, pues los recreamos nosotros.