Compran oro.

Cuando  yo era niño venían de Zafra los Doblas comprando oro por las casas de mi pueblo. Eran malos tiempos todavía y el oro una inversión segura para el futuro. Había  pocos  que pudieran  comprarlo  y muchos los que  tuvieron necesidad de  vender. Las familias no solo se desprendían del anillo o la pulsera, también se iban, vestidos de amarillo, jirones de sentimientos.

Entonces no había televisión y los dos o tres  periódicos que llegaban al pueblo lo hacían con días de retraso a casas de algunas familias pudientes.

Las consecuencias de la mala situación económica  no se  avisaban ni se divulgaban en los medios de comunicación. Se manifestaban en remiendos y zurcidos y en la privación de gastos que no fuesen los estrictamente  necesarios. No ponían octavillas en las puertas anunciando recogida de ropa usada para el lunes porque cuando se desechaba una prenda  sólo servía para trapo del “sacuidor”.

Han vuelto los compradores de oro. Planean con vuelo sostenido, sus sombras se proyectan amenazantes sobre nuestras cabezas. Los políticos y financieros con el altavoz de los medios de difusión han conseguido meternos el miedo en el cuerpo.  Por eso, como corderos, no respondemos a los golpes. Callamos y miramos a nuestro matarife  con ojos enormemente abiertos, suplicando al menos clemencia en el sacrificio.

Las esquelas

Las esquelas son las tarjetas de visita de los deudos. Dado el precio de su inserción en los periódicos  publicarla da categoría y relevancia social y no hay familia pudiente  o de abolengo que se precie que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa.  A más tamaño, más grandeza.  Si a esto se añaden apellidos unidos con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones, y se completa el currículo con  cruces y bandas terciadas ganadas en vida, el lustre se aviva para que amigos y conocidos sepan las condecoraciones que colgaban sobre el putrefacto  pecho  del difunto y que ahora con la esquela servirán para realzar el ego de la sobreviviente parentela. Sirven también para que el curioso lector deduzca desavenencias entre la relación de afectados por la desaparición. Omisiones clamorosas y listado aparte en otra esquela nos muestran fracturas familiares que el desaparecido no pudo evitar o quizás provocó.

Conocí  en los años setenta a un humilde guardia de asalto jubilado que estuvo ahorrando durante los últimos años de su vida para que la viuda pusiera una  esquela en el HOY cuando él falleciera. Quería que su anónima vida tuviese al menos un atisbo de alcurnia impresa,  que a él le faltó en vida  y que sirviera  para  enorgullecer a su familia ante amigos y conocidos.

Por imperativo legal

 

 

Las leyes nos otorgan a los ciudadanos derechos y nos imponen obligaciones. Cuando actuamos en cualquier ámbito de la vida nos atenemos a esas prerrogativas  y limitaciones.

No es necesario ir diciendo cada vez que hago explicita una decisión que lo hago porque la ley me lo permite. Si voy a la tienda a comprar el pan no es necesario que le diga al tendero: “Tenga usted un euro con veinte céntimos porque así está estipulado en el Código Civil en los artículos que regulan la compraventa”.

Cuando el oficiante pregunta a los contrayentes que si quieren por esposa o esposo a la pareja que tiene al lado, estos responden: “Sí quiero” sin añadir la coletilla de que porque así está regulado en la normativa sobre contratos matrimoniales.

Imaginemos la cara del tendero si al comprador se le ocurriera añadir “Tenga usted un euro veinte por imperativo legal” y la cara de la pareja,  de los suegros  y demás allegados si a uno de los  contrayentes se le ocurriera decir:  “Sí quiero, por imperativo legal”.

Naturalmente, porque así lo regula la normativa, hay que hacerlo de esa determinada forma y no hace falta decirlo. Pero si el que compró el pan y los que  contraen matrimonio lo que quieren decir con esa coletilla es que lo hacen obligados porque no les queda otro remedio, pues compre usted piquitos o rejúntense si  les conviene más.

Señorito

 

De porte altivo, gomina y tonos verdes de un campero Corte Inglés. Señorito, no señor. Más que tener heredades,  peculio, escudo y blasón aparenta que los tiene. Autoestima recargada, buscador de nobles compañías, desdeñoso con obreros, narcisista relamido. Buscador de viejos  abolengos donde solo existieron  medianías. Escudo de familia inventado o rebuscado en un ajado pergamino de algún pariente lejano; iniciales en los cueros de carteras y aparejos de algún caballo trotón que simulan boyante hidalguía de pasados esplendores. Fatuo y  casquivano; parlanchín con los iguales, displicente y distante con los que no son de su condición. Vida huera entre cáscaras guardada. ¡Oh, imaginados ancestros coronados de guerreros!  El abolengo, los linajes, las casonas solariegas. ¿Y él? Una tilde remilgada sobre un párrafo caduco y trasnochado.

Plegaria para estos días

En estas fechas líbrame, señor, de empalagosas y melifluas felicitaciones. Que las que reciba lo sean de corazón.

Dame un lote de parabienes limitado y censado con el fin  de  transmitirlos a mis íntimos y evitar que me convierta en un zombi programado y autómata de tópica fraseología.

Líbrame de cenas pantagruélicas a dos carrillos que me pongan  al borde de la indigestión.

Aparta de mí las caras de bondad navideña de lego en vísperas de profesar.

Sácame de la vorágine de Nochevieja por la puerta trasera de la discreción para evitar que me divierta por imperativo legal sin que sea esa mi intención.

Átame la billetera con resistente goma, como hacían los mayorales en víspera de trato, para que en momento de debilidad no gaste lo que no puedo ni debo.

Aleja de la ventana de mi casa el estallido estruendoso de los petardos que desvelan mi sueño intempestivamente al poco de cogerlo.

Pon tu magnánima mano sobre mi cabeza para que el oropel y la fanfarria no alteren mi percepción de la realidad.

Si no fuera posible  concederlas  todas, permite al menos que salga de estas fiestas sin sufrir ningún desaguisado irreversible y las consecuencias sean leves y pasajeras. Es gracia que espero alcanzar de tu bondad e infinita misericordia.

 (Repetir tres veces antes de acostarse durante una semana)

El llanto del ajuste

 

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

La titular de Trabajo italiana, Elsa Fornero, se  ha roto en llanto al presentar el plan de ajuste de su gobierno. Esa acción, que al menos demuestra sensibilidad social,  debe causar a sus conciudadanos el mismo efecto que a los viajeros de un avión ver salir a la azafata de la cabina de mando dando gritos.

Echaremos las barbas a remojar porque aquí podemos correr parecida suerte. Teniendo en cuenta que nuestros  políticos,  banqueros y demás especímenes de caraduras y arrimados no van en el mismo  barco que nosotros, por blindajes, cursos acelerados de cotización y sustracciones varias, será la sufrida infantería la que apechugue con los costos de  esta acerba crisis.

Ese dinero invisible que se mueve diariamente de sitio con órdenes electrónicas de compra-venta nos puede arruinar aun más sin que nos enteremos de que es nuestro sudor el que se evapora vía electrónica; movimientos de capitales con sombrilla y hamacas que buscan el refugio seguro de paradisíacas playas fiscales.  El otro,  el del empleado, el artesano, el tendero, el pequeño empresario,  el que se cuenta a final de mes euro a euro  y se guarda como tesoro, apreciando lo que cuesta ganarlo, no es responsable los desaguisados económicos actuales. La España del cincel y de la maza, expresión de D. Antonio Machado,  no es culpable de  la impericia de los timoneles ni de la avaricia de los desalmados.

 

“Escusá/o”

El culo no le descansa

si oye ruido por la calle.

Vende el alma a Satanás

si pudiese repicar

y salir en procesión.

Estando en una reunión

tiene puestas las orejas

en otra conversación.

Faltan ojos a sus cejas

para poderse llevar

todo lo que le rodea,

crepita como  la sal

al echarla en la candela;

esquiva como lamprea

si se le quiere pescar,

cual rayo relampaguea

sin poderlo remediar.

Vaya persona “escusá”

que a todos los sitios llega

sin haber sido “llamá”.

La puta prima.

 

 

 

 

 

 

Esta impúdica prima ha perdido definitivamente la vergüenza. Toda la noche de juerga y farra y ahora se le suben los puntos a la cabeza por la desmesurada ingesta a granel de  garrafa ajena.  Atiborrada  de gustos caprichosos y  ajada por su  vida licenciosa, la muy insolente ya no se recata  de exhibir su pródiga desvergüenza, sino que nos arroja  a la cara sus lúbricos desmanes. Por más que  nosotros,  su honorable familia, hemos hecho lo indecible por disimular sus veleidades, ella  paga nuestros desvelos  paseándose desnuda  y desgreñada por el patio de vecindad  con las prendas íntimas en la mano. ¡Qué bochorno para una honra ganada a lo largo de generaciones  de ejemplar comportamiento!

Las pocas, pero bien ganadas pertenencias de la familia, al albur de usureros prestamistas que como buitres planean en busca de cadáveres con que saciar su voraz apetito.

Amarse en silencio

 

 

 

 

 

 

Sentados a un metro de distancia en la terraza de un bar miran en direcciones opuestas, bien a los que pasean o a los que están sentados en otros lugares; a veces, furtivamente,  al reloj de la torre. No hablan. Comen pipas de una bolsa común que hay sobre el velador. Cuando pasa algún conocido  levantan la mano para saludar.  Después de dos horas salen las primeras y únicas palabras  de la noche:

-¿Nos vamos ya?

-Vámonos

(Nota: Sí,  son las primeras y únicas porque el camarero,  que ya conoce sus hábitos, ha preguntado que si lo de siempre y ellos han asentido con la cabeza)

 

Teresa

 

 

 

 

 

 

Después de treinta y seis años me he vuelto a encontrar con Teresa. Sigue tan bella, tan entregada, tan ingenua, tan rebelde, tan enamorada y fantástica  como siempre. Hemos  recorrido velozmente  con su “Floride” blanco las calles del monte Carmelo. Hemos tomado copas en el bar “Delicias”, paseado entre confetis y serpentinas una noche de finales de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos. He admirado sus hombros desnudos y su bella melena rubia.

La he reencarnado con tanta intensidad que he necesitado decirme a mí mismo varias veces que es sólo una invención de Marsé. No he podido convencerme. La desazón de una despedida sin abrazos ha quedado  a mitad de camino entre la quimera y el deseo.