Motes

Cuando llegues a cualesquiera de nuestros pueblos es posible que localices mejor a la persona que buscas si sabes el mote por el que es conocida. Es una forma directa y rápida para no errar. Pero ten cuidado de no ofender involuntariamente porque hay quienes escuchan su apodo o el de su familia y reaccionan como si les tiraras un gato a la cara. Están  los que los  aceptan, quienes lo llevan con orgullo y a quienes no puedes decírselo en la en la cara so pena de enfrentamiento.
Existen sobrenombres que derivan del oficio desempeñado, como carniceros, esquiladores o diteros.  Otros, vía sinécdoque, compendian en un vocablo la identidad, como Cerote, famoso zapatero. Hay familias que son conocidas por la finca donde trabajaron ellos o sus antepasados, como los de la Virgen del Ara, los de la Vicaría o Encinalejos.  Los motes que aluden a deficiencia físicas, como cojeras o bizqueras, es mejor evitarlos por ser de mal gusto y humillantes.
El ingenio y capacidad de observación de los que motejan son asombrosos. En mi pueblo había dos hermanas que siempre vestían de negro y entraban y salían de su casa con la asiduidad que los recados y faenas demandan. Un vecino que tenía por oficio más conocido sentarse en la puerta de su casa no dudó en bautizarlas como las Golondrinas.
Tan frecuentes son los apodos y tan enraizados están en nuestra idiosincrasia que en algunos pueblos confeccionaron la guía telefónica con ellos, como sucedió en Cedillo, Cáceres.
El otro día requerí los servicios de un electricista en ciudad ajena y le pregunté el nombre para localizarlo en una próxima ocasión.  “Pregunte usted por Juan el Chispa”, me dijo. No quedé muy convencido de la efectividad de los empalmes que pudiera hacer si de ellos resultaban estas.
 A un señor que se las daba de fino cada vez que hablaba le pusieron el Entrefino.  El Letra a quien cobraba las de cambio con aquella cartera alargada. Trancas largas al que andaba con pasos excesivos.
Otro tema es el gentilicio coloquial con el que se designan a algunos naturales de ciertos pueblos, producto sin duda de rivalidades vecinas. A los de Usagre les llaman Panzones, Culebrones a los de Bienvenida. Serones a los de Villanueva y Calabazones a los de don Benito, por citar solo unos ejemplos.
Caso curioso es el de Guadalcanal, hermoso pueblo de la provincia lindera de Sevilla, donde por la abundancia que hubo de haber de folladores, (no pienses mal, se refieren a operarios que afuellan en las fraguas) se les conoce con tal denominación que lleva al equívoco. Original el de mi pueblo: Pahilones.
A Berlanga, donde apodar es uso corriente sin que los apodados se ofendan, llegó un día un camionero a un bar preguntando por un vecino del que aportó nombre y apellidos. Después de deliberar los asistentes sobre la identidad del aludido, el dueño del local exclamó: “¡Ah, sí, hombre, ese es el Gato!”. Salió a la puerta para indicarle con referencias más visibles la casa donde moraba el susodicho. “Cuando llegue usted allí, pregunte por el Gato, dígale que lo manda Ratón”. Tal era el apodo de quien tan amablemente lo guiaba. El camionero, desconcertado, no sabía si se estaba burlando de él o le estaba dando razón cierta.

Los Santos Inocentes

El día de los Santos Inocentes íbamos a las casas de nuestros familiares más cercanos y les pedíamos dinero con cualquier excusa. “Me ha dicho mi madre que si le puedes dejar un duro, que no tiene suelto.  Después te lo devolverá ella”. Con las cinco pesetas en la mano salíamos corriendo. “¡Los santos inocentes te lo paguen!”.  La mayoría de las veces fingían sorprenderse, pero sabían a lo que íbamos porque la expresión de nuestras caras nos delataba. Tendríamos que aprender muchos años después cómo se miente sin alterar los músculos faciales, observando a caraduras de cemento armado negando la evidencia.
Entre las variadas bromas que ideábamos para aprovechar la buena fe de los que no caían en la cuenta del día que era, estaba la de hacer ir a alguien a algún lugar con el pretexto de que lo estaban esperando.
Los medios de comunicación también han contribuido a esta costumbre publicando o difundiendo noticias falsas. Práctica que en la actualidad ha decaído.  La mayoría son poco creíbles y el lector avispado cae en la cuenta enseguida de su falsedad.
Siempre me extrañó que esta festividad de hoy, que recuerda el asesinato de niños inocentes, se honrase gastando bromas.
 
Pero ya sabemos que la mayoría de las celebraciones cristianas tienen su origen en fiestas paganas. Las Saturnales, en honor del dios Saturno en la antigua Roma, es una de ellas. Se comía y se bebía a discreción y se intercambiaban los papeles sociales. Los criados se convertían en señores y los señores en criados por un día. Con antecedentes en esta se festejaba en Francia en la Edad Media la ‘Fiesta de los locos’.  Durante su transcurso en algunas iglesias los clérigos se daban a la vida licenciosa. Banquetes, juegos y desahogo de represiones, sacrilegios incluidos. Ancha es Castilla a la pata la llana en tierras galas.
En la fiesta de los Inocentes eran los niños los protagonistas. Se ponían en lugar de los adultos y se les permitía toda clase de travesuras.
El origen cristiano de esta festividad es la matanza de los menores de dos años que ordenó Herodes ‘el Grande’ para evitar que el llamado rey de los judíos le quitase el trono. Relato no acreditado históricamente y solo relatado por uno de los cuatro evangelistas, san Mateo.
De los significados que se asignan a la palabra inocente: libre de culpa, que no daña, ignorante, niño que no ha llegado a la edad de la discreción, fácil de engañar, esta última es la que mejor define a los nuevos inocentes, que somos los adultos hechos y derechos.
Miguel Delibes extendió significado y santidad a los explotados por señoritos terratenientes, amos de vidas y haciendas.
Hoy nos engañan más finamente. En esta larga y sibilina inocentada, el sistema permite travesuras perversas a los pícaros. Comisiones bancarias abusivas, subida de cuotas de las compañías de teléfonos por nuevas prestaciones que nadie ha solicitado, promesas electorales incumplidas, sueldos a nuestros jóvenes que en muchos casos solo alcanzan para una penosa subsistencia…Estas son bromas muy pesadas de las que extraigo la sensación que me han colocado en la camisa el monigote de papel con piernas y brazos abiertos y que un grupo de capitostes disfrazados de niños traviesos se parte de risa a mis espaldas.

Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

Madrugadas

Pinturas realistas de paisajes urbanos. Arte impresionista. Baquetón 001
Las madrugadas están cargadas de proyectos y propósitos de enmienda. De poner en orden las ilusiones y sanar las frustraciones que producen los fracasos. Momentos para encomendar al ‘mañana será otro día’ la esperanza del cambio de fortuna.
Hay quienes buscan recogimiento para estudiar porque en ellas encuentran la concentración que los ruidos y el ajetreo del resto del día dispersan. Otros porque su trabajo así lo exige.  Los panaderos hornean la masa de harina con agua, sal y levadura para que cuando llegue la mañana y el pueblo se desperece el aire huela a pan nuevo, como cantaban Lole y Manuel.  Los periodistas para poner sobre la mesa del desayuno las noticias que produjo la noche. Un desquiciado con rifle que se lleva por delante a todo el que se cruza en su camino, el tsunami que arrasa una ciudad costera o un cantante que abandona definitivamente Venecia alejándose en una góndola por el canal que ayer cobijaba su amor. El incesante fluir de la vida y de la muerte relejado en imágenes y palabras.
Hay madrugadas de fiestas y verbenas, que son burbujas de luz y ruido en la bolsa redonda de la noche, un cáncer que le sale al sosiego, que solo se cura cuando llegas a tu casa y cierras la puerta que quedó emparejada con una silla detrás.
Las de los hospitales son las que más largas se hacen y las que más ganas tenemos que pasen. La muerte y la esperanza pasean por sus pasillos agarradas de la mano, silenciosas, repartiendo suerte dispar entre las habitaciones. Solo los que velan el dolor ajeno o sufren el propio saben que las manillas de los relojes se mueven lentamente en el magma de la angustia. Usted, caro lector, posiblemente haya pasado por estas vivencias como paciente o familiar y sabe de lo que escribo. Cuando el alba se asoma a los cristales de las ventanas con su aspecto gris primero y dorado después se abre la válvula de escape de la inquietud. La luz trae compañía.
Hay madrugadas con camas de cartones en el suelo y periódicos y estrellas como abrigo. Aquí la luz alumbra las miserias que el sueño distrae.
¡Qué lejos están aquellas de centinelas en garitas con santo y seña, cuando el servicio militar era obligatorio! Allí aprendí que   las imaginarias no pertenecían al mundo de la fantasía, sino al de la vigilancia en los dormitorios en turnos de dos horas cuando los demás roncaban, y nunca mejor dicho, como quintos. El castigo a hacer la tercera, de dos a cuatro, era recurrente y temido porque partía la noche por el centro.
Las madrugadas que más añoro son las que pasaba de niño en las eras del ejido por la curiosidad de ver las estrellas fugaces e imaginar constelaciones nuevas ¿Nos enviaban mensajes con sus guiños cuando solo las ranas del arroyo y los grillos rayaban el silencio?
Cuando la mayoría duerme quedan oquedades que ocupan los que velan y entonces estos se sientan al mando del timón del barco que navega a velocidad de crucero por el océano del tiempo. Es el momento de hablar con uno mismo por si alguien más escucha las preguntas que nos hacemos y de las que nadie nos ha dado respuestas.

No todo el monte es orégano.

La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa.  Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más. 
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla.  Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros…  lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.  

Franco.

Desde que mi madre guardaba los jerséis por el mes de mayo hasta que los sacaba con los primeros frescos del otoño, qué largo se nos hacía el tiempo. La misma sensación teníamos cuando de feria en feria abríamos la hucha.  El verano se dilataba con sus siestas y sus noches estrelladas. También sucedía con los inviernos, unas veces con luz y otras a oscuras. Cada estación del año se estiraba llenándonos de vivencias nuevas.
Nuestro reloj interno marca las horas con las manecillas de las emociones y lleva distinto compás que los externos.
¡Cómo se han acelerado ahora, cuando ya somos adultos!  El tiempo se nos escapa entre las manos. Apenas pasan los villancicos y ya estamos con las murgas.  Parece que todo fue hace menos años que los que pasaron.  La percepción subjetiva de su transcurrir es un tema de psicólogos y neurólogos quizás.  Vuela cuando lo estamos pasando bien y encalla en situaciones angustiosas. 
Cuando yo era niño las personas mayores nos decían: ¡Eso, pasó hace más de veinte años!  Nosotros entonces reaccionábamos ante aquel abismo agitando las manos y resoplando. Una lejanía que no alcanzábamos a calibrar.  Ahora en la edad adulta, ya lo dice el tango, veinte años no son nada, los tenemos ahí al alcance de la evocación.
Franco murió hace ya casi cuarenta y tres años, más tiempo del que estuvo en el poder. Qué prolongado se nos hizo y cómo han pasado de rápidos los posteriores.
En un bar de mi pueblo la gente charlaba y compartía botella todas las noches.  En una de las mesas camilla se sentaban dos buenos amigos ya mayores, de los que habían conocido la guerra. Cuando la televisión interrumpía su programación con la musiquilla que se hizo célebre para dar a conocer el parte del equipo médico habitual todos callaban y miraban al televisor. Estos dos entrañables personales, con la televisión a sus espaldas y la botella de vino por delante balanceaban la cabeza hacia los lados al escuchar las novedades: ‘Veremos a ver cómo quedamos’.
El ministro de información y turismo León Herrera comunicó su fallecimiento poco antes de venir el día a través de la radio: ‘Con profundo sentimiento doy lectura al comunicado siguiente…’ A las diez se dirige al país Arias Navarro entre sollozos. Nos dieron una semana de vacaciones en la escuela.
Todos los que tienen menos de cuarenta y tres años no habían nacido y a los que tenían menos de diez solo les quedan vagos recuerdos. Más de la mitad de la población actual.
Con su muerte se abría una etapa de incertidumbre y esperanza no exenta de tribulaciones. Mi generación cantó ‘Libertad sin ira’ y ‘Habla pueblo, habla’. Se generó una ilusión colectiva y comenzó el periplo hacia la normalidad democrática, pero el barco zozobraba por la intolerancia de sectores intransigentes.
Después de tanto tiempo la etapa de la dictadura y la figura de Franco no están del todo digeridas. Hay quienes la justifican y ensalzan y quienes la vilipendian. Quien se manifiesta a favor o en contra recibe furibundas réplicas de la diestra o la siniestra.  ¿Llegaremos en este país a sacar del rojo y el azul un violeta de flores que aleje para siempre la sombra de Caín de esta hermosa tierra?

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

¡Qué bien lo pasamos!

Cada cual cuenta la feria según le va, pero hay veces que, por no quedar como un pardillo, burlado por bisoño, se le echa un poco de azúcar a la verdad para evitar burlas y chanzas. Las vacaciones suelen ser placenteras, mas puede suceder que no tanto como contamos. Ustedes, amables lectores, tendrán las más variadas experiencias en este sentido.
Los protagonistas de esta historia son dos matrimonios con un par de hijos cada uno de entre cuatro y nueve años que deciden compartir apartamento en una zona de costa durante quince jornadas.
Las idas y venidas a la playa se convierten en estaciones de viacrucis para ganar indulgencias.
No son más de ochocientos metros, pero, sobre todo al regreso, se hacen interminables. Como sherpas van, cargados con las sombrillas, tumbonas, bolsas, esterillas y con los niños más pequeños pues lloran y se niegan a andar.
Un solo aseo en el apartamento obliga a guardar turno. Hay quien se las arregla y es siempre el primero para ducharse y quitarse la arena. Los otros callan de momento y lo soportan en silencio.
Los niños no quieren siesta y se dedican a pelear y a dar chillidos. Más de una queja de los vecinos por los escándalos.
Al atardecer se arreglan para dar un paseo y tomar algo en las terrazas. Como son muchos no salen hasta las once de la noche. El primer día los sablean. Al ver la cuenta se miran asombrados y piden al camarero que les detalle las consumiciones.  A este ritmo acaban pronto el presupuesto. A partir de mañana, a cenar antes de salir.
Hay que ir a la plaza de abastos. Se ofrecen los maridos. Las mujeres se quedan con los niños ordenando el aposento.
Los comisionados llegan pasadas las doce con cuatro bolsas repletas cada uno y algunas cervezas en el cuerpo. Justifican su tardanza por problemas de aparcamiento. Las mujeres no se lo creen.
-Ya os han engañado-, grita una de ellas, cuando abren las bolsas. -Una lechuga lacia y los calamares no son frescos.
-Mañana vais vosotras, le replica su marido.
En la playa es raro el día que cuando están adormecidos tomando el sol, untados con cremas protectoras, no pasa alguien como si fuera un perro salido de un charco y los espabila sobresaltándolos. En otras ocasiones son unos mozalbetes que juegan al balón y los llenan de arena.  
Otro día caen en la cuenta de que falta uno de los niños pequeños y empiezan a ponerse nerviosos. Buscan el puesto de la Cruz Roja.  Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. Estaba cinco metros delante de ellos haciendo agujeros en la arena y llenándolos de agua con la cubita, pero con los nervios no se dan cuenta.
Quince días. Una ansiada cuenta atrás para el regreso. Bien dice el refrán que en la casa de cada uno hasta el culo descansa.   El año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste, después del dineral que se han gastado, a ver quién les dice a los vecinos que no han disfrutado como los indios.
¿Les parece un poco exagerado? Quizás lo sea.  Pero aún faltan los mosquitos, que construían mapas de relieve en sus cuerpos cada noche.