Elaborado en Extremadura

Llegaban al pueblo a comienzos del otoño unos camiones muy grandes para llevarse la lana de las ovejas. En el momento en el que los veíamos aparecer los seguíamos por las calles hasta la puerta de los laneros. Allí estaban almacenados los vellones metidos en sacos o jardas desde la esquila de la primavera, cuando los manigeros los enrollaban en los ‘guaches’ cada día de trabajo.
Los camiones procedían del norte. En las puertas de las cabinas estaba el nombre de la empresa, ‘San José’, que tenía su sede en Guipúzcoa. Los conductores hablaban con una entonación que nos resultaba llamativa, con palabras y expresiones que desconocíamos.
La llegada de estos mastodónticos vehículos suponía para nosotros un acontecimiento extraordinario, habituados a ver por las calles del pueblo solo carros y remolques.
Los mayorales de las casas (así era costumbre denominar, añadiéndole el nombre del propietario, a las empresas agrícolas y ganaderas con bastantes acomodados y abundancia de fincas y ganados) dirigían la operación, controlaban el número de sacos que salían y su peso.  Los empleados los echaban al camión y el camionero y su ayudante los colocaban adecuadamente para que no se desequilibrase la carga. Después los sujetaban fuertemente con sogas y correas. El momento de la partida era lo más emocionante para nosotros porque las sacas casi rozaban los cables del tendido eléctrico que iban de esquina a esquina y a veces tenían que elevarlos con palos para que pudieran pasar. La excelente lana de las merinas viajaba a otros lares para su lavado y transformación en industrias textiles.

En el tiempo del verdeo también llegaban camiones que se llevaban las aceitunas. Cada tarde, cuando regresaban los aceituneros del campo traían las recolectadas durante el día a los puestos, que eran los almacenes o locales donde se descargaban, pesaban y almacenaban hasta que se juntaba una cantidad suficiente para cargar un camión.  Los compradores eran los que establecían precio y condiciones. Venían de fuera y se asociaban con los propietarios de estos locales, quienes por su conocimiento del vecindario eran los que trataban con los agricultores. Una fila de carros y posteriormente de tractores se iba formando por orden de llegada hasta que a cada uno le tocase el turno. La entrega de un vale servía como justificante para el cobro.
A los cerdos y los borregos criados en las dehesas extremeñas se los llevaban también a otras regiones y los comercializaban como propios.
El camión de la leche pasaba cada mañana y se llevaba la que había sido extraída por ordeño a mano el día anterior. Toda, menos la que se vendía a granel a los vecinos que iban con lecheras a por ella y la que algunos pocos ganaderos utilizaban para hacer quesos de manera artesanal.

Con los cereales sucedía algo similar desde que dejó de ser obligatoria la venta del trigo a los organismos oficiales del Estado.
En los años sesenta empezaron a irse los jornaleros, braceros, pequeños artesanos y propietarios de mediana hacienda a lugares donde poder encontrar un trabajo  y unos ingresos más elevados.
Afortunadamente la situación va cambiando y nuevas generaciones de empresarios van abriendo camino con esfuerzo e imaginación para que los productos de este granero y despensa que es Extremadura sean apreciados y reconocidos por su calidad y origen.

Entablar relaciones

 

La edad fronteriza entre la niñez y la adolescencia es un pasadizo inestable de sensaciones intensas y contradictorias. El cuerpo se convierte en un volcán de hormonas y los sentimientos afloran en tropel. Entonces descubrimos que el imán de los afectos nos atrae y nos domina. Es la edad de la pavera, la de los azoramientos sin motivos aparentes porque el mundo interior bulle en candelas y creemos que una mirada puede estar denudando nuestros pensamientos. Las ensoñaciones de los amores platónicos, de la timidez que levanta barreras. La de enfados repentinos y melancolías sin fundamento. La inmadurez buscando acomodo en arenas movedizas. Esa etapa de la vida en que nos asomamos al precipicio de los desengaños o alcanzamos la gloria de ser correspondido.
Cuando de adultos añoramos la juventud como un tesoro perdido no nos acordamos de esta noria que va del cielo al infierno con intensísimos vaivenes y vacíos de vértigo.
En el proceso de enamoramiento hay miradas que hablan, palabras ambiguas que nos desvelan de madrugada intentando descifrarlas y frases con puntos suspensivos que dejan abierta la puerta a la esperanza.
Las generaciones actuales tienen campo abierto y múltiples oportunidades para tratarse y conocerse. Las de hace muchas décadas, menos. Tuvieron que utilizar maña e ingenio para los encuentros. Los bailes de los días de fiesta ofrecían unas de las pocas ocasiones en que los varones podían comprobar que el talle se curvaba al llegar a la cadera, pero sin pasarse. ‘Un poquito para atrás, por favor, y la mano más arriba’. Los dedos podían doblar su número entrelazados con los de otra piel al son melodioso de un bolero.
Era el lugar y el momento más propicio para declarar amor y esperar respuesta. Con tiempo por medio, por supuesto, porque no estaba bien visto decir sí a la primera. ‘Lo pensaré’, aunque se estuviera deseando.
La viudedad o soltería avanzada dificultaban el inicio de la relación porque no había muchas ocasiones para verse a solas y no iban a andar ya haciendo el ganso por la calle. Para esos casos estaba la correspondencia epistolar o la celestina que servía de intermediaria. Hasta el cura se prestaba a ser enlace y facilitar el encuentro.
Las cartas eran el medio más discreto de pedir relación. Nunca se esperaba con más interés el paso del cartero. Si cuajaba, se concertaba cita, que bien podía ser a la salida de misa.
Pienso estas cosas mientras en el baile dominical del hogar del pensionista bailan personas mayores, viudos o solteros que, si surge ocasión, formarán nuevas parejas. Los mismos que quizás se hayan conocido en un viaje del Imserso.

Guardar las apariencias

En el capítulo tercero del Lazarillo de Tormes se narra lo que le aconteció a este cuando se puso al servicio de un escudero que no tenía qué llevarse a la boca, salvo una paja con la que salía a la puerta “escarbando los que nada entre sí tenían” para aparentar ante los demás que había saciado su hambre. No era así, pero ponía, creía él, a salvo su fama y su honra, conceptos ambos de arraigada tradición en la sociedad y literatura. Lo describe viéndolo “venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta” […] “y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos”.
Aún hoy el buen nombre y la fama ocupan lugar destacado en la escala de valores sociales y, perdida la hacienda, se intentan preservar aquellos ante los ojos y la opinión de los demás, aunque ya sabemos que es el poderoso caballero quien “da y quita el decoro/y quebranta cualquier fuero”.  
Las personas necesitamos ser aceptadas y valoradas por el grupo con el que convivimos y el temor al rechazo y la marginación nos lleva a observar ciertas formalidades, aunque no comulguemos con ellas.  
Pero puede suceder que supongan un corsé y limiten la libertad cuando otorgan credenciales de buen o mal comportamiento, según retrógradas mentalidades.
Hay que ser muy independientes para no actuar condicionados en alguna medida por la opinión ajena, por el qué dirán. O eres pobre de solemnidad y nada tienes que perder viviendo al margen o muy rico y a ajenos ojos tus deslices serán campechanías y no desdoro.
Y si bien es necesario para la convivencia guardar modales que muestran el respeto a los demás, no es conveniente convertirse en esclavo o víctima de las mismas.  La moral y las costumbres son cambiantes y lo que ayer fue negro hoy tornó a rosado, aunque ciertos vigías de morales ajenas se empeñen en mantener e imponer, anquilosadas y rancias, las suyas.
Hace años convivir célibes sin pasar por vicaría suponía escándalo y mancilla y si llegaba un embarazo en estas circunstancias las hogueras de las lenguas abrasaban el crédito de los afectados. Si mediaba promesa, con prisas, a echarse bendiciones. Si procedía el retoño de casado o bribón, la pobre mujer afrontaba sola el infortunio. Así que muchas, porque la cincha de las murmuraciones las asfixiaba, pusieron tierra por medio y se abrieron camino en la vida con grandes dificultades lejos de tan agobiante corsé. “Me dijo: ¿Por qué te vas? /Le dije: porque el silencio/ de estos valles me amortaja/ como si estuviera muerto”.
Cotilleos en el pozo, ambientada en la Sevilla del siglo XIX. Se trata de una xilografía coloreada a mano, basada en un cuadro de J. Philips.
No había que llegar a esa situación para que el viento de arena minara la fama y el buen nombre. Los censores de morales ajenas tras las persianas llevaban cuadrante de horas de salidas y llegadas a casa. Hasta había quienes anotaban fecha de casamiento. Llegado el parto, aunque fuera con los dedos, echaban cuentas hacía atrás para averiguar momento de la concepción sin ángel. ¡Ya decía yo, que dispusieron pronto!
 Pero “La juventud siempre vence, la juventud siempre empuja” y los moldes opresores de antaño fueron, afortunadamente, rotos y las costumbres liberadas. Los que ayer fueron principios inmutables los cambiaron la sociedad y Groucho Marx. 

El canto de la perdiz

En las zonas rurales los olivos llegan casi hasta las paredes del pueblo y puedes escuchar el canto de la perdiz sin alejarte mucho de los campos que lo circundan.
Por estas fechas el refranero avisa a los cazadores de que es tiempo de colgarse el perdigón a las espaldas y salir a practicar esta ancestral modalidad de caza que tiene acérrimos detractores y fervientes partidarios.
En estas fechas previas al levantamiento de la veda el jaulero se esmera en el cuidado de sus ejemplares y aumenta la frecuencia de sus visitas a las jaulas. Les pica bellotas, cerrajas, ‘lechuguetas’, acelgas silvestres, achicorias; les echa trigo, cañamones, pipas de girasol…Una alimentación rica y variada para la temporada de celo.
Saca los perdigones al sol del corral en donde se escuchan los reclamos de otros enjaulados que replican y llaman.
Los puestos o tuyos son ahora portátiles y los hacen con materiales artificiales. Antes se requería destreza y más tiempo para construirlos. Muy antiguos, los de piedras. Los construidos con ramón de los olivos, aprovechando la tala, los más utilizados. Parte fundamental de todos, la tronera, pequeña abertura desde donde se observan los lances. Se busca el lugar adecuado, según se salga al alba, a las once o de tarde.
El perdigón del campo acude a defender su territorio cuando escucha al intruso que quiere, gallardo y altanero, imponer su dominio y robar la hembra al compañero.  Ese es el meollo, la esencia que la naturaleza repite en casi todas las especies para su conservación.  En medio, el hombre, alterando el instinto más atávico y más placentero.
La utilización de la tendencia sexual no es un ardid exclusivo del mundo cinegético. También se ha empleado en el espionaje. Una bella mujer con sus encantos atrae a un ilustre personaje que embelesado por sus dotes olvida obligaciones y entra en plaza con tal celo que entrega información y documentos que no debiera. Es lo que sucede cuando el pensamiento baja del lugar destinado para ello y se enreda en las madejas del deseo. Dos casos, como ejemplos. Mata Hari, la espía nacida en los Países Bajos que trabajó para los servicios secretos alemanes y Cristina Keeler, la del caso Profumo, el ministro de guerra británico que tuvo que dimitir por sus debilidades amorosas.
Los bellos y variados cantos de llamada, reto, recibimiento y cortejo conforman un espectáculo sonoro y visual de gran belleza. La primavera despunta en la flor del almendro y aunque todavía no es su tiempo, en nuestra tierra la luz se escapa pletórica por las costuras del invierno.
Existe un vocabulario rico y onomatopéyico para designar los diversos tonos del canto de la perdiz: reclamos de cañón, de buche, ‘curicheos’ piñoneos, ‘piteos’, cloqueos, castañeos, titeos… Hasta hay uno que llaman responso que emite el enjaulado tras el tremendo disparo que enmudece al campo. Yo pienso que para comprender plenamente sus significados y los sentimientos que transmiten esos cantos tendría que ser uno perdigón.  Dicen que terminada la sesión de caza se le acercan al de la jaula los abatidos para que, viendo los trofeos, se sienta vencedor en el duelo. Me parece que eso es querer saber demasiado, sobre todo si entre ellos está la hembra a la que ha estado requiriendo con cariñosos y variados requiebros sonoros un poco antes. 

Motes

Cuando llegues a cualesquiera de nuestros pueblos es posible que localices mejor a la persona que buscas si sabes el mote por el que es conocida. Es una forma directa y rápida para no errar. Pero ten cuidado de no ofender involuntariamente porque hay quienes escuchan su apodo o el de su familia y reaccionan como si les tiraras un gato a la cara. Están  los que los  aceptan, quienes lo llevan con orgullo y a quienes no puedes decírselo en la en la cara so pena de enfrentamiento.
Existen sobrenombres que derivan del oficio desempeñado, como carniceros, esquiladores o diteros.  Otros, vía sinécdoque, compendian en un vocablo la identidad, como Cerote, famoso zapatero. Hay familias que son conocidas por la finca donde trabajaron ellos o sus antepasados, como los de la Virgen del Ara, los de la Vicaría o Encinalejos.  Los motes que aluden a deficiencia físicas, como cojeras o bizqueras, es mejor evitarlos por ser de mal gusto y humillantes.
El ingenio y capacidad de observación de los que motejan son asombrosos. En mi pueblo había dos hermanas que siempre vestían de negro y entraban y salían de su casa con la asiduidad que los recados y faenas demandan. Un vecino que tenía por oficio más conocido sentarse en la puerta de su casa no dudó en bautizarlas como las Golondrinas.
Tan frecuentes son los apodos y tan enraizados están en nuestra idiosincrasia que en algunos pueblos confeccionaron la guía telefónica con ellos, como sucedió en Cedillo, Cáceres.
El otro día requerí los servicios de un electricista en ciudad ajena y le pregunté el nombre para localizarlo en una próxima ocasión.  “Pregunte usted por Juan el Chispa”, me dijo. No quedé muy convencido de la efectividad de los empalmes que pudiera hacer si de ellos resultaban estas.
 A un señor que se las daba de fino cada vez que hablaba le pusieron el Entrefino.  El Letra a quien cobraba las de cambio con aquella cartera alargada. Trancas largas al que andaba con pasos excesivos.
Otro tema es el gentilicio coloquial con el que se designan a algunos naturales de ciertos pueblos, producto sin duda de rivalidades vecinas. A los de Usagre les llaman Panzones, Culebrones a los de Bienvenida. Serones a los de Villanueva y Calabazones a los de don Benito, por citar solo unos ejemplos.
Caso curioso es el de Guadalcanal, hermoso pueblo de la provincia lindera de Sevilla, donde por la abundancia que hubo de haber de folladores, (no pienses mal, se refieren a operarios que afuellan en las fraguas) se les conoce con tal denominación que lleva al equívoco. Original el de mi pueblo: Pahilones.
A Berlanga, donde apodar es uso corriente sin que los apodados se ofendan, llegó un día un camionero a un bar preguntando por un vecino del que aportó nombre y apellidos. Después de deliberar los asistentes sobre la identidad del aludido, el dueño del local exclamó: “¡Ah, sí, hombre, ese es el Gato!”. Salió a la puerta para indicarle con referencias más visibles la casa donde moraba el susodicho. “Cuando llegue usted allí, pregunte por el Gato, dígale que lo manda Ratón”. Tal era el apodo de quien tan amablemente lo guiaba. El camionero, desconcertado, no sabía si se estaba burlando de él o le estaba dando razón cierta.

Los Santos Inocentes

El día de los Santos Inocentes íbamos a las casas de nuestros familiares más cercanos y les pedíamos dinero con cualquier excusa. “Me ha dicho mi madre que si le puedes dejar un duro, que no tiene suelto.  Después te lo devolverá ella”. Con las cinco pesetas en la mano salíamos corriendo. “¡Los santos inocentes te lo paguen!”.  La mayoría de las veces fingían sorprenderse, pero sabían a lo que íbamos porque la expresión de nuestras caras nos delataba. Tendríamos que aprender muchos años después cómo se miente sin alterar los músculos faciales, observando a caraduras de cemento armado negando la evidencia.
Entre las variadas bromas que ideábamos para aprovechar la buena fe de los que no caían en la cuenta del día que era, estaba la de hacer ir a alguien a algún lugar con el pretexto de que lo estaban esperando.
Los medios de comunicación también han contribuido a esta costumbre publicando o difundiendo noticias falsas. Práctica que en la actualidad ha decaído.  La mayoría son poco creíbles y el lector avispado cae en la cuenta enseguida de su falsedad.
Siempre me extrañó que esta festividad de hoy, que recuerda el asesinato de niños inocentes, se honrase gastando bromas.
 
Pero ya sabemos que la mayoría de las celebraciones cristianas tienen su origen en fiestas paganas. Las Saturnales, en honor del dios Saturno en la antigua Roma, es una de ellas. Se comía y se bebía a discreción y se intercambiaban los papeles sociales. Los criados se convertían en señores y los señores en criados por un día. Con antecedentes en esta se festejaba en Francia en la Edad Media la ‘Fiesta de los locos’.  Durante su transcurso en algunas iglesias los clérigos se daban a la vida licenciosa. Banquetes, juegos y desahogo de represiones, sacrilegios incluidos. Ancha es Castilla a la pata la llana en tierras galas.
En la fiesta de los Inocentes eran los niños los protagonistas. Se ponían en lugar de los adultos y se les permitía toda clase de travesuras.
El origen cristiano de esta festividad es la matanza de los menores de dos años que ordenó Herodes ‘el Grande’ para evitar que el llamado rey de los judíos le quitase el trono. Relato no acreditado históricamente y solo relatado por uno de los cuatro evangelistas, san Mateo.
De los significados que se asignan a la palabra inocente: libre de culpa, que no daña, ignorante, niño que no ha llegado a la edad de la discreción, fácil de engañar, esta última es la que mejor define a los nuevos inocentes, que somos los adultos hechos y derechos.
Miguel Delibes extendió significado y santidad a los explotados por señoritos terratenientes, amos de vidas y haciendas.
Hoy nos engañan más finamente. En esta larga y sibilina inocentada, el sistema permite travesuras perversas a los pícaros. Comisiones bancarias abusivas, subida de cuotas de las compañías de teléfonos por nuevas prestaciones que nadie ha solicitado, promesas electorales incumplidas, sueldos a nuestros jóvenes que en muchos casos solo alcanzan para una penosa subsistencia…Estas son bromas muy pesadas de las que extraigo la sensación que me han colocado en la camisa el monigote de papel con piernas y brazos abiertos y que un grupo de capitostes disfrazados de niños traviesos se parte de risa a mis espaldas.

Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

Madrugadas

Pinturas realistas de paisajes urbanos. Arte impresionista. Baquetón 001
Las madrugadas están cargadas de proyectos y propósitos de enmienda. De poner en orden las ilusiones y sanar las frustraciones que producen los fracasos. Momentos para encomendar al ‘mañana será otro día’ la esperanza del cambio de fortuna.
Hay quienes buscan recogimiento para estudiar porque en ellas encuentran la concentración que los ruidos y el ajetreo del resto del día dispersan. Otros porque su trabajo así lo exige.  Los panaderos hornean la masa de harina con agua, sal y levadura para que cuando llegue la mañana y el pueblo se desperece el aire huela a pan nuevo, como cantaban Lole y Manuel.  Los periodistas para poner sobre la mesa del desayuno las noticias que produjo la noche. Un desquiciado con rifle que se lleva por delante a todo el que se cruza en su camino, el tsunami que arrasa una ciudad costera o un cantante que abandona definitivamente Venecia alejándose en una góndola por el canal que ayer cobijaba su amor. El incesante fluir de la vida y de la muerte relejado en imágenes y palabras.
Hay madrugadas de fiestas y verbenas, que son burbujas de luz y ruido en la bolsa redonda de la noche, un cáncer que le sale al sosiego, que solo se cura cuando llegas a tu casa y cierras la puerta que quedó emparejada con una silla detrás.
Las de los hospitales son las que más largas se hacen y las que más ganas tenemos que pasen. La muerte y la esperanza pasean por sus pasillos agarradas de la mano, silenciosas, repartiendo suerte dispar entre las habitaciones. Solo los que velan el dolor ajeno o sufren el propio saben que las manillas de los relojes se mueven lentamente en el magma de la angustia. Usted, caro lector, posiblemente haya pasado por estas vivencias como paciente o familiar y sabe de lo que escribo. Cuando el alba se asoma a los cristales de las ventanas con su aspecto gris primero y dorado después se abre la válvula de escape de la inquietud. La luz trae compañía.
Hay madrugadas con camas de cartones en el suelo y periódicos y estrellas como abrigo. Aquí la luz alumbra las miserias que el sueño distrae.
¡Qué lejos están aquellas de centinelas en garitas con santo y seña, cuando el servicio militar era obligatorio! Allí aprendí que   las imaginarias no pertenecían al mundo de la fantasía, sino al de la vigilancia en los dormitorios en turnos de dos horas cuando los demás roncaban, y nunca mejor dicho, como quintos. El castigo a hacer la tercera, de dos a cuatro, era recurrente y temido porque partía la noche por el centro.
Las madrugadas que más añoro son las que pasaba de niño en las eras del ejido por la curiosidad de ver las estrellas fugaces e imaginar constelaciones nuevas ¿Nos enviaban mensajes con sus guiños cuando solo las ranas del arroyo y los grillos rayaban el silencio?
Cuando la mayoría duerme quedan oquedades que ocupan los que velan y entonces estos se sientan al mando del timón del barco que navega a velocidad de crucero por el océano del tiempo. Es el momento de hablar con uno mismo por si alguien más escucha las preguntas que nos hacemos y de las que nadie nos ha dado respuestas.