Comunicando

 

Los niños del mañana no sabrán, si no lo contamos, que hubo un tiempo en el que las personas se comunicaban por otros medios distintos a los teléfonos móviles. Aunque pudiera suceder que cuando llegue ese mañana ya existan otras formas de relacionarse que ahora parecen de ciencia ficción. Pronto nos identificarán los cajeros de los bancos por el iris de nuestros ojos, sin boleros que ensalcen su color.  Quizás un guiño, un pestañeo a teclas invisibles del aire lleven mensajes a su destino con la misma velocidad que la luz. O tal vez los pensamientos salgan de la mente y se dirijan por caminos nuevos a posarse en las de los destinatarios, cuando la telepatía descubra sus misterios y conozcamos los códigos de su funcionamiento. ¡Quién sabe!

Habrá que decirles a esos niños que antes se escribían cartas a mano que empezaban con una cruz y acababan con la firma y si había un olvido se les añadía una posdata, que era como la última recomendación que le da la madre al hijo antes de salir de casa. En las cartas se comunicaban las novedades, se declaraban amores y se enviaban besos y abrazos que salían de los trazos hasta el corazón de los destinatarios. Utilizaban muletillas para armar el mensaje por no mandarlo desnudo y desabrido. Eran como el envoltorio con lazos de presentación y despedida. Siempre con buenos deseos: ‘Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien por la presente, a Dios gracias’. En el sobre había que poner ‘contiene fotografía’, si tal era el caso. Fotos que estaban dedicadas por detrás, casi siempre con un ‘recuerdo de vuestro tal que no os olvida’. Generalmente se las hacían de estudio, con el mejor vestido y arreglada compostura. Les ponían un marco y las colocaban sobre la mesita con paño de encaje al lado de la radio. Y el tiempo echaba el ancla para quedar detenido en los bordes amarillos del recuerdo. Habrá que decirles también que había sobres con ribetes negros en señal de luto, como aquellos brazaletes que se añadían a la chaqueta por encima del codo. Y otros con rayas azules y rojas, que eran como alitas para viajar en avión. Quienes más los utilizaban eran los emigrantes y sus familias. Decirles que había teléfonos con cable colocados sobre una mesa o sujetos a la pared, como los cabestros de la caballería a las argollas de las antiguas posadas. Y telegramas que eran radiografías del esqueleto de la comunicación.

Y en esto de suponer, pienso en las cabezas de los que nos precedieron, esas que ya no alzarán más su nuca del lecho donde yacen, pero que invocamos imaginando la sorpresa que se llevarían si así lo hicieran al comprobar el avance vertiginoso de la técnica y el cambio radical de las costumbres. Y los imagino paseando por la calle viendo venir de frente a personas que gesticulan y peroran aparentemente solas, que ríen sin que nadie al lado las escuche ni responda. Ignorarán que van hablando por unos auriculares conectados a un teléfono metido en un bolsillo, pero ellos se echarían a un lado, temiendo que algún aspaviento llegase hasta sus narices y pensarían, tal vez, cómo ha aumentado el número de chalados desde que abandonaron estos lares. 

Pipas

Los domingos y días de fiesta íbamos a casa de tía Javiera para comprar pipas. Vivía en la calle Valverdejo, nombre que yo siempre he asociado al agua y al verdor porque termina en un paraje donde está la huerta de la Villa y la fuente del Lugar. ¡Qué hermosos los topónimos de nuestros pueblos! Cantarrana, Albardilla, Torviscal, Toledillo, Sierra Morena, Puerta Aurora…
Tía Javiera era una mujer mayor que para sacar unas pesetas con las que suplir la carencia de pensiones se dedicaba a vender pipas. Ella misma las tostaba. Se sentaba en una mesa camilla en el primer cuerpo de la casa y allí nos despachaba. Para que se conservaran calentitas y crujientes las ponía al lado del brasero.

Antes de que las metiesen en cucuruchos de papel de estraza y las envasasen en bolsas de plástico, las vendían a granel con medida que podía ser un vaso o una cucharita como una pala. Las vaciaba en nuestras manos dispuestas en forma de cuenco.
Una vez servidos regresábamos con los bolsillos llenos a la plaza, a nuestras casas o al cine, según tocara, para echar la mañana o la tarde atrás con la sal en los labios.
Las pipas eran las acompañantes de nuestras reuniones.  Sentados en la pared de la plaza en las noches de verano, en la camilla de nuestras casas en las de invierno, si no teníamos otro sitio adónde ir por el mal tiempo. Allí las pasábamos jugando al parchís, a la oca o a la lotería.  También las comíamos cuando paseábamos por la calle en un viaje de ida y vuelta continuo, marcando el ritmo de nuestra marcha con chasquidos en el aire.  ¡Qué habilidad la de algunos para no dejar de hablar y seguir comiendo pipas sin descanso!
 El salón del cine era un cóctel de humo y de crujidos, carcomas que descosían el silencio con un ritmo frenético. La carrera de cuadrigas de Ben Hur, la flecha del indio que cruzaba el aire desde la escarpada encrucijada hasta el pecho del enemigo, el momento crucial de la intriga y el suspense estaban acompañados por el ruido persistente de la extracción de la semilla de su cuna. Nuestros labios quedaban como brocales hinchados de sal donde asentaban las llagas sus pertrechos en un pozo que clamaba por el agua.
De la fila de atrás llegaban hasta las espaldas de los que estaban sentados delante las cáscaras. Si vestían trencas de aquellas que llevaban gorros y no se las quitaban porque el frío se colaba por las rendijas de las puertas, podían llevarse a casa una muestra numerosa de las consumidas
Dardos eran, a veces, que en el afán masticador iban a parar a la cara del acompañante, porque había quienes para no perder puntada las expulsaban con la misma boca en lugar de tirarlas con la mano al suelo… o a tus pantalones.
 En el local amanecían al día siguiente como alitas de animales abatidos, interior de nácar, abiertas y vencidas en una batalla perdida de antemano ante las pinzas incisivas de los dientes. 
Tía Javiera solo vendía pipas, sin más estructura comercial que una mesa camilla y un vasito de medida. Negocio inviable hoy  que no encajaría en el sistema de módulos ni estimación directa.

¡Viva el gobernador!

Llegó un año al pueblo el gobernador civil de la provincia. Bajó del coche, abrazó al alcalde, que le presentó al cabildo, y saludó, mano al aire, correspondiendo a los aplausos de bienvenida que le tributaba el público presente, convocado al efecto por bando municipal.

Durante el recorrido por las calles una briosa voz salía del grupo dando vivas a tan ilustre preboste. Vítores que eran replicados por los acompañantes, mostrando el primer edil complacida sonrisa por tales muestras de entusiasmo.

Los concejales, designados por el alcalde entre vecinos de su plena confianza, iban inmediatamente detrás de la cabeza del cortejo, formada por el gobernador, el alcalde y unos señores sin cargos oficiales conocidos, que no salían por el pueblo sino para ir a la iglesia. Eran quienes lo trataban con más campechanía, cogiéndolo del brazo y riendo abiertamente con él. Los guardias municipales iban pendientes de que los niños no se pusieran delante y dificultasen la marcha de la comitiva.

El cargo de gobernador llevaba aparejado el de jefe provincial del Movimiento con lo que concentraban en su persona el máximo poder a nivel provincial.  Nada importante se hacía sin su autorización y sus órdenes llevaban el marchamo de lo insoslayable.  ‘Esto viene de arriba’, justificaban los funcionarios ante preguntas o quejas (suaves y con el debido respeto, claro). Fórmula con la que expresaban que lo que decía el papel era de obligado cumplimiento y que no cabía opción o atajo para evitarlo.

La línea de mando estaba rígidamente jerarquizada y engrasada por la lealtad y el acatamiento a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Donde había patrón no mandaba marinero y la desafección o tibieza era castigada con la exclusión. Más o menos lo mismo que Alfonso Guerra resumió años después con la frase de que “el que se mueve no sale en la foto”. A los gobernadores civiles los designaba el ministro de la Gobernación, que, a su vez, era nombrado por Franco. Solo quedaba por encima Dios, por cuya gracia se detentaba el poder y el caudillaje.  Los nombramientos entonces solían ser más duraderos que ahora. Camilo Alonso Vega, por ejemplo, estuvo de ministro de la Gobernación desde 1957 hasta 1969.  Francisco Santolaya de la Calle fue gobernador de Badajoz desde 1960 hasta 1968. Valentín Gutiérrez Durán, desde 1969 hasta 1976 en Cáceres. Aunque hubo por el extremo opuesto en la misma provincia el caso de Leopoldo Sousa Méndez- Conde, cuya duración en el destino fue solamente de dos días, en marzo de 1937.

El tiempo de permanencia en el cargo era variable e imprevisible, sin que ley o norma lo previese. Dependía solamente de la voluntad del que nombraba o de la sugerencia de los que estaban más arriba en el escalafón para que los de abajo, por la buena marcha del negocio, la hiciesen efectiva. Cuando se producía el cese de un ministro la forma de comunicárselo era mediante una carta que llevaba un motorista desde el Pardo hasta su domicilio. En ella se le agradecían los servicios prestados y se le comunicaba sin más preámbulos su destitución. Así que, para algunos de los destinatarios, el ruido una moto por las cercanías de sus casas debía de suponerles momentos de zozobra capaces de descomponer el cuerpo al más templado.

Zapatero, a tus zapatos.

 

 

 

 

 

 

 

No te afanes ni sufras por librar

batallas que no deben importarte,

a no ser por justicia o caridad,

que tal  razón merece empeño aparte.

Fijada la excepción, en lo demás,

ni metas las narices ni te muestres

falsamente afectado de pesar

porque ni lustre obtienes ni mereces.

Si por fija obsesión de tal actúas

no te extrañes si airados te responden

que limpies bien tu casa de basuras

antes que  tus pies ajen predio extraño,

pues en el  propio cada cual conoce

dónde colgar candil  y guardar paño.

 

 

 

Recuerdos

Nadie puede acordarse de todo lo que ha vivido.  Hay vivencias que se olvidan para siempre y otras permanecen en el recuerdo sin saber el motivo de esta selección. Quedan islas, imágenes aisladas de las que la memoria guarda el negativo y en determinados momentos la luz de la evocación revela.
Permanece un ramillete, un florilegio emotivo de estampas, conductas y costumbres en cada uno de nosotros con su bagaje, según la vida le haya ido. El motivo por el que perduran estos en la memoria y otros fueron olvidados no dependió ni de la voluntad de quien los narra ni de su interés por conservarlos. Algunos de ellos, que cuento a continuación, fueron captados por los sentidos de un crío que, como todos, se asombra ante las primeras impresiones que les producen ciertos hechos y situaciones.
Nos sorprendemos al comprobar que aquella persona que parecía vieja cuando éramos niños tenía la misma edad que tenemos nosotros ahora, si no la hemos sobrepasado con creces. De los sesenta de entonces a los nuestros de hoy existe un abismo en la apreciación. Nos vemos y sentimos relativamente jóvenes aún.  Desde abajo la montaña parece inmensa y desde la cima todo resulta pequeño.
Me llamaban la atención los palmotazos en las espaldas respectivas, con las que se saludaban los hombres que se veían después de mucho tiempo, con las manos abiertas de par en par. Tanto, que la primera vez que lo vi pensé que se estaban peleando o sacudiéndose el polvo de las chaquetas.
Otra imagen que me sorprendió fue la de un hombre que hablaba por uno de aquellos teléfonos de cordón negro y grueso, colgados en la pared en el descanso de la escalera de un bar.  Deduje que la audición del que estaba al otro lado dependía de las voces que le daba y que, a más distancia, más había que elevar el volumen. Además, para que la comunicación resultara más completa, la acompañaba con gestos exagerados de la mano libre.
Algunas costumbres me emocionaban. Descubrirse suponía desnudar en público la parte más noble del cuerpo. Aquellas cabezas preservadas del sol por mascotas, sombreros, bilbaínas o gorras viseras mostraban su blanca dignidad en señal de respeto cuando se entraba en un sitio público o al paso de un cortejo.  Me imponía esta acción en los entierros y cuando pasaba el cura con el paño humeral sobre los hombros cobijando las formas sagradas, el sacristán con la crismera de los óleos, tocando la campanilla y el monaguillo abriendo paso con la cruz para llevar el viatico a los enfermos. El cortejo ganaba en solemnidad si el enfermo era miembro de la Hermandad del Santísimo. En ese caso acompañaban los demás hermanos en dos filas de escolta con velas encendidas. Estas escenas las recreé años después leyendo la novela de la Regenta, cuando el Magistral, don Fermín de Pas, llevaba el viático al ateo converso don Pompeyo Guimarán.
Me entristecía si este hecho de descubrirse lo realizaba una persona que, fuera de su medio natural de besanas, dehesas, majadas y cortijos, se encontraba desorientada y, teniendo que acudir a solventar trámites burocráticos a cualquier oficina, era tratada desconsideradamente por algún funcionario de bigotillo recortado.
Son islotes que la marea del olvido deja al descubierto. Todavía.

De feria en feria

En cuanto la primavera dilataba las horas de luz y comenzaban las ferias de los pueblos nos convertíamos en feriantes. Y no era el trabajo el que nos llevaba de ruta, sino las ganas de divertirnos.  No había pueblo que celebrase sus fiestas en cincuenta kilómetros a la redonda que no estuviera en nuestra agenda. Empezábamos la temporada en Casas de Reina con las del Rayo, a principios de mayo, cuando la cruz se viste de flores, y rematábamos con la de Zafra, aunque esta para nosotros era más de peonzas y calderos que de verbenas. En medio, el santoral festero de vírgenes y santos recibía nuestras cumplidas visitas. Como los turroneros, sin puestos ni chambras, pero con el mismo espíritu viajero. Éramos casi siempre los mismos los que nos encontrábamos en cada una de ellas procedentes de distintos pueblos.  Buscábamos pasarlo bien y si era posible, ligar, o mejor, pasarlo bien ligando. Entonces con dos o tres piezas de baile y un paseo por el ferial se daba por cumplido el objetivo.  Y como en estos casos suele suceder, cada uno después contaba la feria según le había ido.
Conocíamos los nombres de las orquestas y a sus componentes, que se hicieron familiares al coincidir con ellos en distintos lugares. Bombines, Etéreos, Capitol, Neutralización… Había en algunos lugares bailes a los que se accedía previo pago, con entrada y portero, pero, en general, el núcleo alrededor del cual giraba todo, era la verbena.
La música en vivo tiene un encanto especial por directa y por cercana y más si suena en las hermosas plazas de nuestros pueblos. Escuchar una trompeta tocando ‘El silencio’ en la noche es como si se mecieran en la cuna del aire los bucles sonoros de sus notas, que caían después como suaves copos dormidos en sus ecos.
En una de estas festividades veraniegas un grupo de amigos emprendimos la marcha hacia el pueblo cercano. El dinero en el bolsillo, contado, sin hacer dispendios. La noche empezaba con un recorrido general para tomar tierra y conocer la distribución de las atracciones. Uno del grupo ligó y los otros nos dedicamos a recorrer bares en donde destacaban las tapas de guarrito. Cantamos, reímos, bebimos y comimos.  Así transcurría la noche. En algunos lugares, el emparejado y nosotros coincidíamos.  Al final de la velada nos reunimos para el regreso. Cambiamos impresiones sobre cómo le había ido a cada uno.  Nosotros envidiábamos la suerte del ligón y él- ¡vaya sorpresa para todos! – nos comentó que hubiese deseado estar con nosotros compartiendo la francachela que nos habíamos montado.
Años después le escuché decir a un señor de holgada posición económica y profesión bien remunerada que miraba pensativo a través de los cristales de un bar el paso de un arriero por la calle: “Para este es la vida. Ahora deja su mula en el establo, aparca el carro y se desentiende de todo hasta el lunes, sin nadie que le interrumpa su descanso. ¡Cómo lo envidio!”.
Lo que pensara el arriero, que miró de soslayo a la puerta del local, si lo hubiese escuchado, no lo sé, pero podría suponerlo. O quizás me equivocara y, como Atahualpa Yupanqui, era feliz oyendo chirriar los ejes de su carreta por caminos solitarios. ¡Cualquiera nos entiende! 

Elaborado en Extremadura

Llegaban al pueblo a comienzos del otoño unos camiones muy grandes para llevarse la lana de las ovejas. En el momento en el que los veíamos aparecer los seguíamos por las calles hasta la puerta de los laneros. Allí estaban almacenados los vellones metidos en sacos o jardas desde la esquila de la primavera, cuando los manigeros los enrollaban en los ‘guaches’ cada día de trabajo.
Los camiones procedían del norte. En las puertas de las cabinas estaba el nombre de la empresa, ‘San José’, que tenía su sede en Guipúzcoa. Los conductores hablaban con una entonación que nos resultaba llamativa, con palabras y expresiones que desconocíamos.
La llegada de estos mastodónticos vehículos suponía para nosotros un acontecimiento extraordinario, habituados a ver por las calles del pueblo solo carros y remolques.
Los mayorales de las casas (así era costumbre denominar, añadiéndole el nombre del propietario, a las empresas agrícolas y ganaderas con bastantes acomodados y abundancia de fincas y ganados) dirigían la operación, controlaban el número de sacos que salían y su peso.  Los empleados los echaban al camión y el camionero y su ayudante los colocaban adecuadamente para que no se desequilibrase la carga. Después los sujetaban fuertemente con sogas y correas. El momento de la partida era lo más emocionante para nosotros porque las sacas casi rozaban los cables del tendido eléctrico que iban de esquina a esquina y a veces tenían que elevarlos con palos para que pudieran pasar. La excelente lana de las merinas viajaba a otros lares para su lavado y transformación en industrias textiles.

En el tiempo del verdeo también llegaban camiones que se llevaban las aceitunas. Cada tarde, cuando regresaban los aceituneros del campo traían las recolectadas durante el día a los puestos, que eran los almacenes o locales donde se descargaban, pesaban y almacenaban hasta que se juntaba una cantidad suficiente para cargar un camión.  Los compradores eran los que establecían precio y condiciones. Venían de fuera y se asociaban con los propietarios de estos locales, quienes por su conocimiento del vecindario eran los que trataban con los agricultores. Una fila de carros y posteriormente de tractores se iba formando por orden de llegada hasta que a cada uno le tocase el turno. La entrega de un vale servía como justificante para el cobro.
A los cerdos y los borregos criados en las dehesas extremeñas se los llevaban también a otras regiones y los comercializaban como propios.
El camión de la leche pasaba cada mañana y se llevaba la que había sido extraída por ordeño a mano el día anterior. Toda, menos la que se vendía a granel a los vecinos que iban con lecheras a por ella y la que algunos pocos ganaderos utilizaban para hacer quesos de manera artesanal.

Con los cereales sucedía algo similar desde que dejó de ser obligatoria la venta del trigo a los organismos oficiales del Estado.
En los años sesenta empezaron a irse los jornaleros, braceros, pequeños artesanos y propietarios de mediana hacienda a lugares donde poder encontrar un trabajo  y unos ingresos más elevados.
Afortunadamente la situación va cambiando y nuevas generaciones de empresarios van abriendo camino con esfuerzo e imaginación para que los productos de este granero y despensa que es Extremadura sean apreciados y reconocidos por su calidad y origen.

Entablar relaciones

 

La edad fronteriza entre la niñez y la adolescencia es un pasadizo inestable de sensaciones intensas y contradictorias. El cuerpo se convierte en un volcán de hormonas y los sentimientos afloran en tropel. Entonces descubrimos que el imán de los afectos nos atrae y nos domina. Es la edad de la pavera, la de los azoramientos sin motivos aparentes porque el mundo interior bulle en candelas y creemos que una mirada puede estar denudando nuestros pensamientos. Las ensoñaciones de los amores platónicos, de la timidez que levanta barreras. La de enfados repentinos y melancolías sin fundamento. La inmadurez buscando acomodo en arenas movedizas. Esa etapa de la vida en que nos asomamos al precipicio de los desengaños o alcanzamos la gloria de ser correspondido.
Cuando de adultos añoramos la juventud como un tesoro perdido no nos acordamos de esta noria que va del cielo al infierno con intensísimos vaivenes y vacíos de vértigo.
En el proceso de enamoramiento hay miradas que hablan, palabras ambiguas que nos desvelan de madrugada intentando descifrarlas y frases con puntos suspensivos que dejan abierta la puerta a la esperanza.
Las generaciones actuales tienen campo abierto y múltiples oportunidades para tratarse y conocerse. Las de hace muchas décadas, menos. Tuvieron que utilizar maña e ingenio para los encuentros. Los bailes de los días de fiesta ofrecían unas de las pocas ocasiones en que los varones podían comprobar que el talle se curvaba al llegar a la cadera, pero sin pasarse. ‘Un poquito para atrás, por favor, y la mano más arriba’. Los dedos podían doblar su número entrelazados con los de otra piel al son melodioso de un bolero.
Era el lugar y el momento más propicio para declarar amor y esperar respuesta. Con tiempo por medio, por supuesto, porque no estaba bien visto decir sí a la primera. ‘Lo pensaré’, aunque se estuviera deseando.
La viudedad o soltería avanzada dificultaban el inicio de la relación porque no había muchas ocasiones para verse a solas y no iban a andar ya haciendo el ganso por la calle. Para esos casos estaba la correspondencia epistolar o la celestina que servía de intermediaria. Hasta el cura se prestaba a ser enlace y facilitar el encuentro.
Las cartas eran el medio más discreto de pedir relación. Nunca se esperaba con más interés el paso del cartero. Si cuajaba, se concertaba cita, que bien podía ser a la salida de misa.
Pienso estas cosas mientras en el baile dominical del hogar del pensionista bailan personas mayores, viudos o solteros que, si surge ocasión, formarán nuevas parejas. Los mismos que quizás se hayan conocido en un viaje del Imserso.

Guardar las apariencias

En el capítulo tercero del Lazarillo de Tormes se narra lo que le aconteció a este cuando se puso al servicio de un escudero que no tenía qué llevarse a la boca, salvo una paja con la que salía a la puerta “escarbando los que nada entre sí tenían” para aparentar ante los demás que había saciado su hambre. No era así, pero ponía, creía él, a salvo su fama y su honra, conceptos ambos de arraigada tradición en la sociedad y literatura. Lo describe viéndolo “venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta” […] “y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos”.
Aún hoy el buen nombre y la fama ocupan lugar destacado en la escala de valores sociales y, perdida la hacienda, se intentan preservar aquellos ante los ojos y la opinión de los demás, aunque ya sabemos que es el poderoso caballero quien “da y quita el decoro/y quebranta cualquier fuero”.  
Las personas necesitamos ser aceptadas y valoradas por el grupo con el que convivimos y el temor al rechazo y la marginación nos lleva a observar ciertas formalidades, aunque no comulguemos con ellas.  
Pero puede suceder que supongan un corsé y limiten la libertad cuando otorgan credenciales de buen o mal comportamiento, según retrógradas mentalidades.
Hay que ser muy independientes para no actuar condicionados en alguna medida por la opinión ajena, por el qué dirán. O eres pobre de solemnidad y nada tienes que perder viviendo al margen o muy rico y a ajenos ojos tus deslices serán campechanías y no desdoro.
Y si bien es necesario para la convivencia guardar modales que muestran el respeto a los demás, no es conveniente convertirse en esclavo o víctima de las mismas.  La moral y las costumbres son cambiantes y lo que ayer fue negro hoy tornó a rosado, aunque ciertos vigías de morales ajenas se empeñen en mantener e imponer, anquilosadas y rancias, las suyas.
Hace años convivir célibes sin pasar por vicaría suponía escándalo y mancilla y si llegaba un embarazo en estas circunstancias las hogueras de las lenguas abrasaban el crédito de los afectados. Si mediaba promesa, con prisas, a echarse bendiciones. Si procedía el retoño de casado o bribón, la pobre mujer afrontaba sola el infortunio. Así que muchas, porque la cincha de las murmuraciones las asfixiaba, pusieron tierra por medio y se abrieron camino en la vida con grandes dificultades lejos de tan agobiante corsé. “Me dijo: ¿Por qué te vas? /Le dije: porque el silencio/ de estos valles me amortaja/ como si estuviera muerto”.
Cotilleos en el pozo, ambientada en la Sevilla del siglo XIX. Se trata de una xilografía coloreada a mano, basada en un cuadro de J. Philips.
No había que llegar a esa situación para que el viento de arena minara la fama y el buen nombre. Los censores de morales ajenas tras las persianas llevaban cuadrante de horas de salidas y llegadas a casa. Hasta había quienes anotaban fecha de casamiento. Llegado el parto, aunque fuera con los dedos, echaban cuentas hacía atrás para averiguar momento de la concepción sin ángel. ¡Ya decía yo, que dispusieron pronto!
 Pero “La juventud siempre vence, la juventud siempre empuja” y los moldes opresores de antaño fueron, afortunadamente, rotos y las costumbres liberadas. Los que ayer fueron principios inmutables los cambiaron la sociedad y Groucho Marx. 

El canto de la perdiz

En las zonas rurales los olivos llegan casi hasta las paredes del pueblo y puedes escuchar el canto de la perdiz sin alejarte mucho de los campos que lo circundan.
Por estas fechas el refranero avisa a los cazadores de que es tiempo de colgarse el perdigón a las espaldas y salir a practicar esta ancestral modalidad de caza que tiene acérrimos detractores y fervientes partidarios.
En estas fechas previas al levantamiento de la veda el jaulero se esmera en el cuidado de sus ejemplares y aumenta la frecuencia de sus visitas a las jaulas. Les pica bellotas, cerrajas, ‘lechuguetas’, acelgas silvestres, achicorias; les echa trigo, cañamones, pipas de girasol…Una alimentación rica y variada para la temporada de celo.
Saca los perdigones al sol del corral en donde se escuchan los reclamos de otros enjaulados que replican y llaman.
Los puestos o tuyos son ahora portátiles y los hacen con materiales artificiales. Antes se requería destreza y más tiempo para construirlos. Muy antiguos, los de piedras. Los construidos con ramón de los olivos, aprovechando la tala, los más utilizados. Parte fundamental de todos, la tronera, pequeña abertura desde donde se observan los lances. Se busca el lugar adecuado, según se salga al alba, a las once o de tarde.
El perdigón del campo acude a defender su territorio cuando escucha al intruso que quiere, gallardo y altanero, imponer su dominio y robar la hembra al compañero.  Ese es el meollo, la esencia que la naturaleza repite en casi todas las especies para su conservación.  En medio, el hombre, alterando el instinto más atávico y más placentero.
La utilización de la tendencia sexual no es un ardid exclusivo del mundo cinegético. También se ha empleado en el espionaje. Una bella mujer con sus encantos atrae a un ilustre personaje que embelesado por sus dotes olvida obligaciones y entra en plaza con tal celo que entrega información y documentos que no debiera. Es lo que sucede cuando el pensamiento baja del lugar destinado para ello y se enreda en las madejas del deseo. Dos casos, como ejemplos. Mata Hari, la espía nacida en los Países Bajos que trabajó para los servicios secretos alemanes y Cristina Keeler, la del caso Profumo, el ministro de guerra británico que tuvo que dimitir por sus debilidades amorosas.
Los bellos y variados cantos de llamada, reto, recibimiento y cortejo conforman un espectáculo sonoro y visual de gran belleza. La primavera despunta en la flor del almendro y aunque todavía no es su tiempo, en nuestra tierra la luz se escapa pletórica por las costuras del invierno.
Existe un vocabulario rico y onomatopéyico para designar los diversos tonos del canto de la perdiz: reclamos de cañón, de buche, ‘curicheos’ piñoneos, ‘piteos’, cloqueos, castañeos, titeos… Hasta hay uno que llaman responso que emite el enjaulado tras el tremendo disparo que enmudece al campo. Yo pienso que para comprender plenamente sus significados y los sentimientos que transmiten esos cantos tendría que ser uno perdigón.  Dicen que terminada la sesión de caza se le acercan al de la jaula los abatidos para que, viendo los trofeos, se sienta vencedor en el duelo. Me parece que eso es querer saber demasiado, sobre todo si entre ellos está la hembra a la que ha estado requiriendo con cariñosos y variados requiebros sonoros un poco antes.