Pesadillas

La soledad es un vacío donde los pensamientos tienden a expandirse sin más contención que la fantasía de cada cual, así que, sueltas las bridas de la mía, lo primero que hace es trotar desbocada hacia los prados de la infancia.
Los fantasmas de las pesadillas provocaban que en medio de la noche pidiese auxilio. “¿Ves? Aquí no hay nadie y en la habitación de al lado tampoco”. Pero a veces era tal el miedo, que me iba a la cama de mis padres porque temía que volvieran. Allí en su compañía me sentía protegido del capricho de los sueños.
Yo sabía que mi voz o mi llanto los alertaban y que al poco estarían a mi lado tranquilizándome y aplacando mi agitación.
Ahora no me asustan los sueños, sino la vigilia y temo a otros peligros, que no son fantasmas ni alucinaciones de una noche de fiebre.
Cuando he tenido que quedarme solo en casa, sin tener ya la edad ni el ingenio del niño Kevin para salvar situaciones comprometidas, adopto ciertas precauciones.
 Temo que durante la madrugada me ocurra algún percance y no pueda llamar la atención de nadie y que si al día siguiente vienen a buscarme no puedan entrar a socorrerme.  Por eso no cierro por dentro con cerrojo ni dejo la llave en la cerradura y tengo el teléfono siempre a mano.  Con esas cuitas me adentro en el sueño. Al abrir los ojos por la mañana siento la alegría de encontrarme de frente con la luz que entra por la ventana anunciando un nuevo día.
 Leí en el mes de agosto en este periódico la noticia de que una mujer fue encontrada en su casa de Cáceres con síntomas de deshidratación, tras haber caído al suelo por un desvanecimiento y estar más de cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. Afortunadamente, pudo ser rescatada a tiempo por los bomberos.
Más triste e irremediable ha sido el caso de la señora del distrito madrileño de Ciudad Lineal, hallada el pasado mes de octubre momificada después de llevar quince años muerta en el baño de su vivienda.
Estaba administrativamente viva porque pagaba religiosamente sus facturas y mientras el voraz dragón satisfacía su apetito pecuniario la supusieron viva y nadie pensó que su ausencia pudiera ser eterna.
En los pueblos pequeños se echa más pronto en falta a quien se ausenta por existir un trato habitual y más cercano. En las grandes ciudades, en que algunas relaciones vecinales son de aceite y agua, de adiós y buenos días en la escalera, como mucho, es más fácil que pasen inadvertidas las desapariciones. Los pisos son como celdas de colmenas, próximos, pero aislados, donde a veces los moradores saben poco de sus vecinos y la muerte entra en alpargatas de espuma, sin tan siquiera darle a la cisterna cuando ha terminado su misión.
En edades avanzadas, cuando se vive solo, las pesadillas no son soñadas, sino reales, sin nadie en la habitación contigua que escuche la llamada de angustia o los sollozos. Mientras los vecinos entran y salen del bloque a sus faenas puede suceder, como en los casos descritos, que alguien yazca en el suelo inconsciente o que de un baño se pase a un proceso de momificación en un periodo de quince años de olvido.

El garlito

Ya había pasado la primera década prodigiosa de la posguerra.   No por musical, aunque aliviara, porque el que canta su mal espanta, sino por los prodigios que había que hacer para sacar un conejo o una paloma de la chistera, que por supuesto si salía iba a parar a la cazuela. Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el águila del hambre y en los valles profundos de los ojos se remansaban la ansiedad y miedo.  
Todavía cantaban las cuarenta en bastos sobre el tapete cuarteado de la piel de toro y a los que osaban salir de la formación de filas uniformes se les reconvenía para que a la voz de ¡ya! volvieran a alinearse; así que, prietas estas, se dirigían hacia un horizonte con el sol siempre saliendo entre montañas, una imagen que hizo que muchos lo buscaran más allá de sus fronteras.
De ‘La morena de mi copla’ que cantaba Estrellita Castro con caracol en la frente y bata de cola, se pasó, vía castaño oscuro, al pan negro con molienda de semillas y cáscaras, cocidos en los hornos clandestinos de las casas. A escondidas, porque el trigo había que entregarlo obligatoriamente al Estado. Al aroma era difícil contenerlo entre las cuatro paredes y delataba a los panaderos furtivos.  Los nidales eran despensas de presentes ovalados que las gallinas anunciaban con su cacareo al medio día.  Se estaba a la espera y si no se les palpaba para comprobar si venía de camino. Las cartillas de racionamiento repartían lo que no había.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho. Unas gotas para mojar en los exangües calderos. Y ahora que vengan diciendo los revisionistas de la historia que no era hambre, sino inapetencia y las cartillas, colecciones de cromos.
Si Antonio Molina bajaba cantando a la mina a trabajar en un oficio tan duro como el de barrenero, los demás no iban a ser menos y les echaban agallas a sus duras condiciones. La copla ayudaba a sobrellevar penurias.
La necesidad obliga y aguza el ingenio. El ‘Cano de los peces’ traía la mercancía en una cesta de mimbre atada al portamaletas de la bicicleta. Peces del río Viar, capturados con las artes que, aunque estaban prohibidas, se arriesgaban a practicar con la astucia y la cautela del que se siente perseguido.  El garlito era una de las más utilizadas.  Artilugio de juncos entretejidos que se dejaba durante el día o la noche en un ‘correntón’ estrecho, que era paso obligado para los peces y del que no podían salir los que caían en él. De ahí el dicho de ‘caer en el garlito’, cuando alguien mediante engaño cae en la trampa que le han tendido.
 Después de recorrer más de treinta kilómetros llegaba con la cara abrasada por el sol y el viento, haciendo límite en su frente el ala del sombrero.  Los voceaba por las calles y vendía los que podía. ¡Y  hay quienes dicen que el pescado es caro!

Nombres de calles

Un concejal del Ayuntamiento de Cáceres ha propuesto cambiar el nombre de algunas calles para dar más protagonismo a las mujeres en el callejero. Justo es que en igualdad de méritos no se haga distinción por sexos.
 Los nombres de personas que suben a los altares de las esquinas es preferible que sean políticamente neutros para la aquiescencia unánime de los bautistas y para que tal consenso tenga ciertas garantías de perdurabilidad en el tiempo.
 No basta descollar en cualquier rama del saber o haber aportado a la comunidad los beneficios de sus descubrimientos, pues si han existido militancias o simpatías políticas a derecha o izquierda, sus méritos, sus currículos y sus brillantes trayectorias profesionales quedan empañados, de forma que tal mácula rompe unanimidades, haciendo aparecer muecas de desaprobación en quienes bailan con otro son el baile escurridizo de las ideologías.
 Los nombres más volátiles son los de los políticos. Héroes para unos, villanos para otros, según el cristal con que se mire. Loores o reparos, al albur de las situaciones políticas cambiantes.  
No digamos si hay cambio de régimen de dictadura a democracia o viceversa. Entonces faltan andamios y escaleras para quitar placas y colocar las nuevas. En esas circunstancias no se da a abasto para rebautizar y declarar anatemas. Y bien está que quien fue verdugo o causó daño en cualquier tiempo o circunstancia no merezca honor ni gloria.
Si en los pueblos y ciudades se hiciesen encuestas preguntando por las vidas y méritos de muchos de los nombres a los que se refieren los rótulos, bastantes vecinos tendríamos dificultades para responder sobre ello.  Bien estarían unas lecciones de historia a través de recorridos guiados por sus calles y avenidas.  Por eso está muy bien la iniciativa del ayuntamiento de Badajoz de poner, acompañando al nombre, cuáles fueron las profesiones o actividades en las que destacó el ensalzado y fijar las fechas de nacimiento y muerte, pero evitando los errores en los letreros que señalaba en un interesante artículo Mirian F. Rua, publicado en este periódico en junio del año pasado. A Godoy se le atribuían 200 años de vida y algún personaje inexistente, como Arturo Barco, lució en tan honorífico lugar por un error ortográfico, suplantando a Arturo Barea, autor de ‘La forja de un rebelde’.
Que le dediquen a alguien una calle en su pueblo estando vivo, es muestra de la estima de sus paisanos y de reconocimiento a sus merecimientos. Honor que pocos mortales alcanzan. Conozco dos casos por estos lares: Plácido Ramírez Carrillo en Puebla de la Reina o el doctor Rodríguez Sánchez en Casas de Reina.  
El prestigio y la nombradía son efímeros en las esquinas y en la memoria colectiva.  Cambios en la denominación de calles y avenidas ha habido en todos los pueblos y ciudades.  En Llerena hay una, llamada Aurora, que es puerta de entrada del sol cuando amanece. Según el documentado libro de Luis Garraín sobre sus calles, historia y personajes, siete veces cambió para volver a sus orígenes: Puerta Nueva, Alhóndiga, Marqués de Valdeterrazo, Cervantes, General Solans y José María de Alvear. Y es que los edificios desaparecen y las personas se olvidan, pero el sol sigue saliendo por el mismo sitio, salvo que el cabo Gutiérrez disponga lo contrario y se líe a tiros con el horizonte. 

Residencia en tierra.

Con este título del libro de poemas de Pablo Neruda fijo anclaje en la tierra donde uno tiene sus afectos y, previendo futuras tempestades que el viento de la edad levante, a su amarre fío la permanencia en ella.
Ni el último suspiro se da siempre en la cama que fue descanso, vela, gozo y lágrima callada, ni salen los muertos hacia la última morada de la casa donde se vivió. Tampoco la vejez madura a la lumbre de la chimenea donde tantas veces los ojos quedaron absortos en las llamas.
Antes los ancianos envejecían en sus casas. En la inmensa mayoría de los casos, eran las hijas quienes aliviaban las limitaciones y torpezas de la edad avanzada. Sigue siendo así en muchos casos, pero la evolución y los cambios sociales han hecho que los hijos tengan ocupaciones que no les permiten prestar la atención que necesitan sus progenitores y las residencias de mayores han venido a sustituir la labores de aquellos. Llevar a alguien a un al asilo suponía antes casi una humillación para el afectado y un reproche para los que lo consentían.  Una especie de hospicio para personas mayores indigentes.  Esa era la imagen, aunque la realidad fuese diferente.
Un hombre de mi pueblo enviudó.  Los hijos se casaron y formaron hogares aparte. Mientras pudo valerse por sí mismo permaneció en su casa. El buey solo bien se lame, me decía. Salía y entraba cuando le daba la gana. Cocinaba y arreglaba su casa y si un día se liaba de copas con los amigos, no tenía prisas por llegar ni temor a reprimendas. Ancha es Castilla. Pero el tiempo encorva y pone frenos en los pies. ¡Con lo que yo he andado!, me dijo un día mientras golpeaba con el bastón en el suelo. Una hija residente en Madrid se lo llevó con ella.
 Los primeros meses intentó adaptarse a las nuevas condiciones. Entretenía su tiempo paseando por las calles y viendo escaparates. Pronto localizó un bar parecido a los del pueblo. Entabló amistad con un grupo de clientes asiduos a través de preguntas y respuestas: de dónde es usted, a qué quinta pertenece o dónde sirvió cada uno.
Cuando lo traían por vacaciones le preguntaba yo cómo le iba por los ‘madriles’. Bien, respondía, pero con un movimiento de cabeza en diagonal, que no era ni sí ni no. Son todos muy buenas personas, pero ¿qué hago yo allí charlando y bebiendo vino con gente que no he visto en mi vida? Y se volvió al pueblo, donde estaban sus raíces. ‘A tu tierra grulla, aunque sea con una pata’.
Las residencias de mayores, los centros de día y los pisos tutelados ofrecen servicios básicos en los lugares de origen a las personas que los necesitan, gente mayor que quiere pasar la última fase de su vida en sus pueblos en una edad en que es difícil comenzar una nueva.  Los recuerdos, de los que se alimenta el espíritu en estas etapas, están ahí, en el lugar donde saben por dónde sale el sol y se pone en cada estación del año, donde escucharon el ruido de las canales desde la cama, jugaron de niño y se mocearon de jóvenes y conocen palmo a palmo con sus nombres las tierras que rodean el pueblo.

Camas vacías

Fuimos hijos y esperaban nuestro regreso por las noches. Somos padres y aguardamos el regreso de los nuestros.  Un cambio de papeles que nos hace entender mejor el dicho de que quien espera desespera y a comprender el enfado que provocábamos si tardábamos en volver a casa siendo jóvenes.
Cuando los hijos son pequeños cerramos la puerta de la calle y nos acostamos con la tranquilidad de saber que todos estamos dentro, protegidos de la intemperie y de los sucesos que pueden acaecer fuera. Si despiertas durante la madrugada al oírlos toser, acudes a arroparlos y te tranquiliza verlos dormir plácidamente en sus camas.
Les llega la edad volandera y empiezan a salir, conquistando aplazamientos de regreso con la justificación de que sus amigos hacen lo mismo y con la lógica de que si salen a la una no van a volver a las dos. ¡En mis tiempos con vuestra edad salíamos al anochecer y a las doce, como mucho, estábamos en casa!, o algo parecido les decimos algunas veces. Pero ya no es ayer, sino el desmadre horario que hace que los jóvenes vivan en la cara oculta de la esfera del reloj.
Para el que está de fiesta las manillas corren ligeras e ignoradas. Solo el despunte del alba da una campanada rosa, lenta y progresiva hacia la luz que los alerta de que ya va siendo hora, pero tranquilos que las prisas no son buenas consejeras. Para el que aguarda, el sonido del tictac es una cuenta atrás hacia la angustia y cada sonido de la campana del reloj de la sala es un aldabonazo en la médula del sueño. ¿Cuántas han dado, cinco o seis? ¡Las horas que son y estos niños sin venir! Después te vas haciendo a la idea y te acostumbras a encontrártelos cuando tú sales temprano, que para ellos no es tan tarde todavía. Cada uno tiene una llave y el que va llegando comprueba si es el último.
Y no es que nosotros no trasnocháramos, pero lo hacíamos puntualmente, en casos de feria en los pueblos cercanos, no por hábito como lo hacen ahora todos los fines de semana y fiestas de guardar. Se sale más tarde y se recogen más tarde.
Un amigo de mi edad, que en alguna ocasión llegó al amanecer, encontró a su padre, con los avíos del campo preparados, esperando detrás de la puerta. Al entrar le dijo con enfado contenido, pero con toda la tranquilidad que pudo fingir: “No te acuestes. Cámbiate de ropa que nos vamos. Quien sirve para la juega, sirve para el trabajo”. Pasó la mañana entre los surcos a remolque de su sombra, aliviando la resaca con el agua de la cántara y mirando el reloj al que horas antes no había hecho ni caso. Al día siguiente se pensaría si volver de feria.
Ya no se hace eso, que yo sepa. Ahora, cercanas las cuatro de la tarde, los padres se plantean si llamarlos para que coman algo o dejarlos dormir hasta que despierten.
Llega el tiempo en que de volanderos pasan a remontar el vuelo y se van en busca de nuevos horizontes. Entonces echamos de menos sus llegadas, aunque fueran a deshora. Ver sus camas hechas y vacías cuando te levantas produce un poco de nostalgia.

Volver

Jampiris, ‘La vejez y el paso del tiempo’.
Volver adonde vivimos–habiendo sido felices o no, porque hasta de los malos momentos quedan algunos posos agradables – conlleva la añoranza de lo que fue y que ya solo existe en el recuerdo porque las coordenadas de tiempo y lugar no coincidirán nunca más.  Sentimos curiosidad por saber cómo seguirán las personas que conocimos y los edificios y paisajes por donde anduvimos, pero puede suceder que la imagen que guardamos se derrumbe estrepitosamente con el reencuentro.
Los lugares nos parecerán más pequeños y nos costará trabajo reconocer a quienes en la mayoría de los casos ganaron volumen, arrugas y canas o perdieron pelo. En el instante del reencuentro se produce el pase vertiginoso de una película que se rodó en nuestra ausencia, intentando nuestro cerebro unir las últimas escenas que vivimos entonces con las que tenemos delante y en esa vorágine de sensaciones es fácil despeñarse por el barranco de la realidad.
Estos días de vacaciones he tenido ocasión de saludar a amigos que hacía tiempo no veía. ¡Qué bien te conservas! ¡Tú sí que estás bien! Un intercambio de halagos acompañados de una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y el espanto, disimulando como mejor podemos la mentira piadosa que nos estamos echando.
Agrada que te digan lo bien que te mantienes, pero no hay que tomárselo al pie de la letra, no vaya a ser que, subida la autoestima, confíes al elogio lo que el cuerpo no presta y puesto a saltar una zanja, pongamos por caso, te quedes a mitad de trayecto porque la masa ya no está para pico ni el horno para bollos.
Los cumplidos son prácticas sociales que hacen más grata la convivencia, aun sabiendo que nos están dando una mano de barniz adulador. Es más satisfactorio que te digan lo bien que te encuentran que qué mala cara tienes o que si todavía alcanzas a abrocharte los zapatos con el barrigón que sobresale tanto de la cintura que casi te impide verlos.

Edvard Munch, ‘La danza de la vida’
Hay una historia de una pareja de amigos que un día volvieron a saber el uno del otro por las redes sociales. Tuvieron una relación de afecto, pendiente de materializarla en abrazos. Muchos años después empezaron a chatear y se citaron para charlar y tomar algo después de tan largo tiempo. Los dos fueron ilusionados al encuentro.
Él llegó primero y entretuvo su espera paseando por una calle adyacente al lugar de la cita. Se detuvo a mirar un escaparate con amplias lunas que lo reflejaban. En ese momento pasó la compañera y tras dudar lo reconoció.  Miró y sin decir nada pasó de largo y se fue. Él también la vio en el cristal, pero no tuvo valor de darse la vuelta. Tuvieron miedo de deshacer bruscamente la imagen ideal que tenían uno del otro. Mejor seguir en la cueva de Platón. Ella le comunicó que por motivos imprevistos no podía acudir a la cita. Él le respondió que le había pasado lo mismo. Quedarían para otro día que nunca más llegó.
Cantaba Carlos Gardel un tango con letra de Alfredo Lepera que describe esta situación: “…y tuve miedo de aquel espectro que fue mi locura de juventud” “…busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad”.

Móviles y manos

Nuestro cuerpo habla constantemente sin articular palabras. La tristeza, la alegría, las frustraciones, el cansancio, los enfados…salen al exterior a través de sus manifestaciones.
Después de la cara, que es espejo, las manos son las más expresivas e inquietas y, como a los niños cuando llegan las visitas, hay que tenerlas entretenidas para que no revelen interioridades. El lenguaje corporal tiene en ellas a unas delatoras que pregonan lo que ocurre en nuestro interior. Nos desnudan y nos exponen a la vista de quienes saben interpretar sus expresiones. Sudan y tiemblan. Agitan inoportunas el folio que leemos en público o alisan los cabellos de la nuca cuando presienten desconcierto. Dudan dónde colocarse en situaciones comprometidas y azoran a su dueño.  A los designados para altas funciones de representación o integrantes de noble alcurnia los instruyen sobre cómo colocarlas, aunque también meten las manos donde no deben.
En ocasiones necesitan asideros para disimular el estado de su dueño. El orador les pone atril, punzón el maestro y bolsos las mujeres. Esos objetos les sirven de cauce para drenar tensiones. Son como la toma de tierra por donde escapa el nerviosismo.
 El tiempo que estamos solos en lugares públicos echamos mano del periódico, de algún folleto o miramos la televisión con tal de desviar la atención que puedan estar prestándonos ojos ajenos.  Cuando yo frecuentaba discotecas, y a falta de mejor lugar donde ponerlas, los vasos les servían de asidero. Parecía uno más seguro teniéndolas en el cristal por donde resbalaba el vaho. Otras veces utilizábamos para este menester las llaves, el cigarro o el mechero, cuando los locales públicos eran fumaderos insalubres.
De niño, en la iglesia, me fijaba en quienes venían de comulgar y en las vacilaciones que mostraban algunos. Dudaban si ponerlas como en la primera comunión, juntas y con los dedos en la barbilla, escondidas entre los brazos cruzados, enlazadas por delante o por detrás o caídas siguiendo el compás del paso.
Los móviles han venido a unificar muchos de los usos que les dábamos a los objetos que nos servían de descarga, disimulo o protección.  Son aplicaciones que no vienen detalladas en los manuales de instrucciones y que tampoco necesitan conocimientos técnicos específicos para su utilización.
Pueden servir como evasión en situaciones donde no tienes mucha confianza o no deseas mantener una conversación ni cruzar miradas con quienes no conoces.  Pongamos por caso, en las salas de espera de las consultas médicas donde cada uno lleva sus cuitas y cavilaciones y en lugar de contarle a quien no conoces los síntomas de tus males te fugas por el teclado.
Hay quienes los utilizan para evitar el saludo del conocido que se cruza en la calle. La solución tradicional era hacerse el desentendido y ponerse a mirar escaparates. O reparar en lo bien que había quedado una fachada.  Ahora sacan el móvil y simulan que se han acordado repentinamente de que tenían que dar una razón o se lo llevan a la oreja, hablan o aparentan que lo están haciendo.
Entre los usos no previstos ni deseados están lo de meter los pies en los charcos, en una alcantarilla sin tapa o arrollarse con la escalera apoyada en la pared donde arriba hay un operario afanado en su trabajo que se lleva un susto de muerte.

Las prendas

 

Había juegos diferenciados por sexos.  Jugar a las casitas y a las muñecas, por ejemplo, era propio de las niñas y al fútbol de los niños. Tan arraigada estaba esta diferencia que quienes participaban en los del sexo opuesto eran calificados despectivamente como mariquitas o marimachos. Ni imaginar por los años sesenta que habría un campeonato mundial de fútbol femenino.

Pero también había juegos compartidos. Entre otros, el del pañuelo y el escondite.

El de las prendas se jugaba en los comienzos de la adolescencia. Un juego de gestos delatores que no pasaban desapercibidos para las personas más intuitivas, que suelen ser las mujeres.

Entre pieza y pieza de baile, tras las idas y venidas de los paseos o cuando no había otra cosa de más provecho que hacer se sentaban los participantes alrededor de una camilla y empezaban. ‘Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda a su juego y el que no lo atienda pagará una prenda’.  A quien indicaba el dedo cuando terminaba la canción tenía que pagarla. El señalado cogía el relevo y reanudaba el entretenimiento con la misma cantinela. Sobre la mesa se iban acumulando, pañuelos, cintillos, anillos carteras, … Un depósito del que cada uno recuperaba al final sus pertenencias, previo pago. Los accesorios no eran muy variados ni abundantes porque se salía ligero de equipaje.  

A la hora del rescate llegaba la parte más divertida. Para ello hacían falta dos participantes: el que mostraba el objeto entregado y otro que sin verlo le asignaba precio. ‘¿Qué se merece el dueño de esta prenda?’ Todos atentos al veredicto.  Dependiendo de la imaginación y ocurrencia del tasador la acción era más o menos graciosa, más o menos comprometida. Dar una palmadita en la espalda a alguien, pedir un cigarro, acercarse a un grupo y decir alguna tontería…Generalmente se explicaba a los receptores el motivo de la acción, quienes, comprensivos, lo aceptaban.

 

Al contrario que en el servicio militar, donde el valor se le supone al que no ha tenido ocasión de demostrarlo, en esa edad se dan por normales las gansadas y en vez de supuestas, se demuestran en cada ocasión que se presenta.   

 El rescate de la prenda mediante un beso al amigo del sexo opuesto, en aquel tiempo de contenciones y pudores, era como pedir la luna. Ni casto ni fraternal. Así que entre sofocos y risotadas se pedía permuta al oficiante. En estos detalles triviales se ponían de manifiesto dos cosas: el lenguaje corporal que expresaba sentimientos sin palabras y la distinta vara de medir que la sociedad tenía según se fuera hombre o mujer. Al varón no le faltaba disposición ni la ocultaba para darlo o recibirlo, pero en la mujer no estaba bien visto y guardaba distancias, aunque le sobraran ganas de hacerlo. Ella quedaba por fresca si lo daba y él por gracioso y desenvuelto.

Otras veces la contraprestación consistía en responder a preguntas comprometedoras. Si tuvieras que hacer un viaje, ¿a quién elegirías de acompañante?  ¿Te gusta alguna del grupo?

Y como ya se sabía o se intuía de qué pie cojeaba cada uno, lo que hacía el tasador de prendas era poner en un aprieto a los aludidos sin nombrarlos.

Juego de tiempos pasados que es historia de la etapa más fogosa e inestable de la vida.

Acoso

Cruzábamos por aquellos años, a caballo entre dos mundos, el desfiladero inestable y azaroso que va de la niñez a la adolescencia. Etapa de inseguridades emocionales y manifestaciones glandulares en la que cantan los gallos de la garganta sin que anuncien la alborada y asoma sin aviso previo el rubor cuando creemos que alguien intenta traspasar la frágil frontera de nuestra intimidad. No añoro este período ni lo considero tiempo mejor por ser pasado. Es como un viaje en una noria de feria: del abismo al cielo.
En esta fase del desarrollo se magnifica cualquier adversidad y se sufre profundamente por los desaires que los demás, voluntaria o involuntariamente, puedan infligir.  Si alguien siente que no es aceptado en un grupo, en el menos malo de los casos, o es descaradamente rechazado, puede llegar al aislamiento y la marginación.  De ahí, con la autoestima por los suelos, a la depresión solo hay un paso. 
Esos tiempos de zozobras y contradicciones en los que la personalidad, maleable y tierna aún, busca acomodo en un mar de turbulencias interiores son fundamentales para una estabilidad anímica posterior.
Dando un paso más hacia la exclusión se llega al acoso y a la tragedia, como de vez en cuando, desgraciadamente, saltan noticias a los medios de comunicación. Escandalizan y hieren a cualquiera que sienta un poco de empatía.
A uno, que por profesión ha observado e intentado impedir comportamientos de este tipo y que como padre alguna vez sufrió, le duelen y alarman por su frecuencia, crueldad e impunidad.
He visto en ocasiones cómo unos cuantos desalmados hacían grupo y cuchicheaban y se reían de otro compañero, a las claras, con aviesa actitud, para que se diera cuenta el agraviado del escarnio.  
Los centros de enseñanza son un observatorio privilegiado para detectar estas conductas. Observar casos no es difícil, buscarles solución, sí lo es y mucho porque la relación entre los alumnos se prolonga más allá del edificio escolar y el machaqueo continúa fuera. Cuando se citan unos a otros para ir a jugar se olvidan de los señalados. Las invitaciones a los cumpleaños son también ocasiones en las que se puede hacer mucho daño cuando se llama a casi todos los de la clase menos a unos pocos.
Basta formar grupos de trabajo por elección libre de los componentes para darse cuenta quiénes son los marginados y quiénes los líderes. No hacen falta muchos sociogramas para descubrirlos. Por qué unos son los que llevan la voz cantante y los demás los siguen, sin hacer cursillos ni haber tenido aprendizaje previo, me ha interesado siempre.  El líder natural, pone y quita jugadores en el equipo y dice quien juega de portero, que es el puesto que casi nadie quiere. Es el que fija hora y lugar de reunión y pone condiciones. Ellos son los que pueden evitar en muchas ocasiones, poniéndose de parte del acosado, conductas que atentan contra la dignidad y los derechos fundamentales. La fuerza del grupo, puestos a hacer daño, es un arma mortífera para destruir estimas.   Lo débiles tienen las de perder en esta vorágine de destrucción afectiva. El acoso tiene muchas manifestaciones, como señalan los profesores Iñaki Piñuel y Araceli Oñate:  prohibiciones, burlas, manipulación social, coacciones, exclusiones, intimidaciones, agresiones y amenazas. Un arsenal para derribar las más sólidas fortalezas.

Electrodomésticos

Mi madre madrugaba todos los días y encendía el anafe para que cuando nos levantáramos nosotros estuviera el café caliente, el pan tostado y la leche cocida con la espuma hasta el borde, que era el certificado popular de garantía sanitaria.
 Un cerillo, unos palitos secos y el soplillo hacían que los trozos de carbón cambiasen el color negro por las tonalidades naranjas, rojas y azuladas.
Había que mantener el fuego a lo largo de la mañana para que se hiciera el puchero, que borbolleaba lentamente hasta el mediodía con la tapadera ligeramente ladeada, como gorro de legionario, para que no rebosara el caldo.  Una vez extinguido ya no se encendía hasta el día siguiente.  
El carbón servía también para la plancha de hierro y los calentadores de cama. Era el combustible por excelencia. Se guardaba en la parte inferior de la cocina.
Todos los días pasaba Damián el carbonero por la calle voceándolo con su burro y su serón, como los panaderos y los hortelanos, que llenaban las calles de reclamos.
Llegaron después los infernillos de petróleo, que desprendían un tufo desagradable y, por fin, las cocinas de butano que supusieron un adelanto considerable con ahorro de tiempo e inmediatez de uso. Desaparecieron las pavesas que desprendía la combustión del carbón y que se posaban con forma de copos en todos sitios. Hubo, no obstante, que perder la desconfianza y el miedo que infundían las bombonas por temor a explosiones y a la asfixia. El olor a gas alarmaba y todas las noches antes de acostarnos comprobábamos que la espita estaba cerrada.
Cuando mi generación apareció por este mundo, en los años cincuenta, había pocos medios técnicos que hicieran más confortable la vida.
Para aliviar el calor en verano, el abanico, el fresco de la noche, el agua del pozo y el botijo al relente.  En invierno para el frío, brasero de cisco y, el que podía, candela con leña de encina, olivo o almendro. Hasta huesos de las aceitunas sirvieron en tiempos pasados como combustible.
Los cuartos de aseo consistían en un rincón con tocador, jarra, palangana y soporte, donde se colgaba la toalla. Aunque hoy se extrañen los más jóvenes, casi todas las casas tenían estercolero donde, provistos de un palo para espantar al gallo pendenciero y celoso del gallinero, aliviábamos los cuerpos.
Para lavar la ropa se utilizaban los nudillos de las manos, la panera y el ‘batiero’, bien en los corrales o a la orilla del arroyo.  A los niños nos aseaban en verano al caer la tarde al aire libre del patio y cuando hacía frío al lado de la camilla con las enagüillas levantadas.  
El electrodoméstico que más falta hacía para suavizar el duro trabajo de lavar a mano, la lavadora, fue el que más tardó en aparecer. El motivo:   el agua corriente no llegó al pueblo hasta principios de los años setenta. Antes de las obras de saneamiento los albañales eran causa frecuente de disputas entre vecinos por los vertidos y los atascos que provocaban las tormentas.
El frigorífico relevó a las despensas y alacenas para conservar los alimentos.
Los electrodomésticos fueron llegando poco a poco. Cada uno supuso una mejora de la calidad de vida, sobre todo de las mujeres, a las que llamaban amas y en realidad fueron esclavas.