Emigrantes.

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Columna Raíces. Periódico HOY

A  mediodía pasa el cartero. Las esposas de los  emigrantes  esperan   tras la puerta entornada que les traiga las  cartas  con bordes de rayas oblicuas  azules y rojas  con noticias de sus maridos.

Cada mes reciben  también el   aviso del  giro postal que les  sirve para mantener a la familia.          

En los pueblos hay poco trabajo.  Sólo  el estacional   en tiempos de sementera, recolección,  escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas  y los  artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es  una  salida a la que agarrarse para  mejorar la situación.

Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.

Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales  de Labradores y Ganaderos  las encargadas de realizar  los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes.   Badajoz es el lugar  a donde deben  dirigirse para un primer  reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y  son llamados  posteriormente  para  emprender la marcha a sus puntos de destino.    Los viajes desde sus pueblos  hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren  hasta los lugares de trabajo,  corren  por cuenta de las empresas contratantes.  Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un  pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en  barracones acondicionados  donde disponen de una cocina para cada  cuatro o cinco personas.

“Era duro dejar a  la mujer y  a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas  los más pequeños  no te reconocían y extrañaban   tus brazos”, me cuenta uno de los  que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía  por penoso que fuese, pero dejarlos aquí  tan pequeños me echaba el alma a los pies”.

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Una vez al año  vuelven  de vacaciones.  Las noticias e impresiones que refieren  a amigos y familiares  alientan o desaniman   a otros que dudan si emprender o no el  camino de la emigración.

Hay quienes  se llevan a sus mujeres y a  sus hijos.  “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que  cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”. 

 Muchos vuelven  a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa  al  País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian  o encuentran trabajo   en los lugares  a donde se han ido. Allí  encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían  todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron  sus abuelos y del que tantas historias les contaban de  su infancia y mocedad.

Vacaciones de Navidad.

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Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes

 El prefecto nos recomendaba  hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien.  Así que en los días  anteriores   a las mismas nos dedicábamos  con gran regocijo  a su confección,  más por recrearnos mentalmente en el  disfrute que preveíamos  que en los beneficios organizativos que pudiera  depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía  y otro por si hacía sol.

 Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer  nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos,  a los que no íbamos  desde octubre y añorábamos constantemente.

 Distribuíamos  las horas   entre paseos  en  bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas,  rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y  lecturas, por indicación imperativa del superior.  Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento  de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas  a  las circunstancias  sobrevenidas   y que no eran otras que dilatar  el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o  en la de  algún amigo.  Íbamos al ejido con  azadón y cuchillo para recortar y extraer   “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos  de hierba  con sus raíces. Buscábamos  el papel de plata que traían  las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel  de   celofán rojo para la lumbre alrededor de la que  pasaban la noche los pastores.

 Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas  de nuestro tiempo adolescente.

 Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches,  el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser  arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino  de la tierra para los mayores. Postres  sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”,  a base de agua, harina, canela,  leche y azúcar que  las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.

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 Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las  entrañables  horas al brasero para llegar al mármol frío y la  humedad de los pasillos   era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos  niños.

 En la maleta llevábamos las manos de nuestras  madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo  en    los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.

 Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos  y rememorando  con los paisanos vivencias recientemente compartidas  en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Aquella escuela

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.

Matanzas

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

 Eran días especiales y el maestro  sabía que en esas fechas tan señaladas faltábamos a la escuela. Cuando pasaba lista  los compañeros confirmaban escuetamente el motivo de la  ausencia: “Está de matanza”.

 La noche anterior el ajo machacado, el pan rebanado y las tripas  en remojo habían tirado las salvas olorosas  del inicio del acontecimiento.

 Hacer que entre un cochino en una casa requiere más astucia que fuerza, salvo aquel caso  referido como chanza en   que un cerril  mozo, enojado y sudoroso tras bregar inútilmente después de múltiples intentos, le espetó al obstinado animal: “A conocimiento me ganarás, pero a cojones no” y  a rastras lo llevó hasta  el corral con todas las fuerzas que  su enojo  enardecía.  Nada mejor  para guiarlo que hacer sonar unas pocas de bellotas  dentro de medio almud.

 A las matanzas se invitaba a los familiares más allegados  y al novio y a la novia de los hijos cuando las relaciones ya estaban formalizadas. Acto social recíproco  que estrechaba lazos y compartía tareas. Las había que por tradición se reservaban para las novias, como  las del llenado de la chacina. La futura familia política  procuraba aliviar a los pretendientes  de los trabajos  más penosos.

 Unos días después de terminar las faenas se  enviaba a los invitados como agradecimiento y cortesía un pequeño lote de productos de la matanza, que por aquí llaman caldillo.

 Al lado de la  candela había siempre cubas o cántaros con agua caliente para lavarse  las manos el matarife, la  matancera y los ayudantes y para la limpieza de orejas, patas, rabo, pestorejo y tripas del cerdo. Los hombres, por lo general, hacían los trabajos que requerían más fuerza. Las mujeres  los de destreza y  habilidad.  Y  organizar, porque eran ellas las que distribuían tiempos, lugares y  funciones.

 No tenían mucho reposo la botella de aguardiente y las perrunillas en las primeras horas del día.

 A media mañana se comían migas con aceitunas, ajos,  sardinas y vino.

 La matanza solía durar dos días, dejando que  reposara la carne ya aliñada en artesas y lebrillos para llenar al día siguiente.

 El momento  de las “probaíllas” era especialmente esperado. Todos  opinábamos del punto de sal, pimienta  y pimentón  de  chorizos, morcillas y salchichones. Exquisiteces  que degustábamos fritas  con un poco de pan.

No existe animal más difamado que los cerdos en sus nombres (puercos, marranos, cochinos, guarros)  ni más ensalzado por el gusto de sus carnes.

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 En hileras negras, rojas y marrones quedaba  en ordenada formación la chacina durante el invierno. Los jamones y tocinos cubiertos de sal y los huesos y costillas adobados y colgados en varas. Los productos de la matanza eran la base de la alimentación. La comida más habitual, casi diaria, era el cocido con tan suculentos complementos.

Muchas noches de invierno cenábamos  presas de lomo, hígado y magro, conservadas en manteca  y calentadas  para que soltaran la pringue.

Mención aparte merecen las mañanas con los tejados cubiertos de escarcha, sentados  al lado de la lumbre y  untando tostadas  con manteca “colorá”.  

Lutos

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 (Publicado ayer en el periódico HOY en mi columna Raíces.)

Algunas  costumbres han supuesto una carga y un castigo para quienes las  hubieron de observar presionados por una sociedad de mentalidad pacata y agobiante que basaba su identidad en preservar lo que de siempre habían hecho sus antepasados, sin más atisbo de razonamiento.

  Si a una mocita  se le moría un familiar  en su juventud no sólo sufría  la pena por la ausencia del ser querido, sino la condena de su clausura   y el corsé de  los ropajes negros de los lutos sobre su cuerpo.

 Federico García Lorca describió magistralmente en la Casa de Bernarda Alba esa situación de angustia y encierro. Reflejaba una tradición  profundamente arraigada  en nuestros pueblos   que mustió y cercenó  la flor de la mocedad de muchas mujeres porque los hombres, al   tener que salir a trabajar fuera de casa, cumplían los lutos con una franja negra en la manga de la chaqueta, el revestimiento de un botón o un pico negro en  la solapa.

  Mujeres hubo que encadenaron por la desgracia de muertes próximas en el tiempo dos o tres lutos seguidos y cuando terminaron de cumplir con todos  la lozanía  se les había escapado por las rendijas de la puerta.

 Las primeras semanas  las amigas  más cercanas hacían los recados de las enlutadas para evitar que  salieran a la calle.  Dentro de la casa una procesión de sombras silenciosas vagaba por las habitaciones  haciendo los  quehaceres. Si el primer año tenían que salir por obligaciones ineludibles se cubrían la cabeza con el velo y sobre las espaldas el manto. De estas vestimentas se iban desprendiendo  poco a poco, por etapas,  como crisálidas en mutación. Primero dejaban el manto y usaban sólo el velo. Posteriormente vestían sin los dos complementos, pero con trajes  negros. La última fase abría  una celosía a la esperanza  con las pintas blancas del medio luto, celdillas de panales por donde comenzaba a entrar la luz o quizás por dónde se asomaba la vida que bullía en sus cuerpos  jóvenes, privados de bailes, fiestas y romerías bajo la opresión de  tradiciones  y rutinas y  la  no menos agobiante abrazadera del respeto humano que constreñía sus conductas a la aquiescencia  de estrictos censores. Rémoras de las que las nuevas generaciones afortunadamente se han desembarazado. 

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  Los lutos eran una clausura de angustias con suspiros hondos tras los visillos de las ventanas. Veían  pasar la vida entre rezos de rosarios con la compañía de las  vecinas  que acudían a la caída de la tarde a acompañar a las dolientes. Un murmullo de abejas iba  desgranando plegarias y rogando por el alma de los muertos en la penumbra de la sala. Después,  reinaba el  silencio, pespunteado sólo  por el monótono tictac del reloj  que seguía impasible carcomiendo  las sienes del tiempo. 

  Cuando la losa de los lutos se quitaba de encima   descubrían que la vida seguía fuera  bullendo por las calles. En muchas ocasiones ya era tarde para unirse al cortejo que había pasado por sus puertas tocando el pífano y el tambor de la primavera.

 

Pozos y fuentes

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Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.

Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún  una aspiración insatisfecha  en muchos de nuestros pueblos.  El  agua que había en las casas era la  tranquila y oscura que  reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se  usaba para riego, limpieza y  dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…”  Sólo las rastras buscando algo  molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”.  Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos  la elevaban al brocal.

La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que  todavía  perduran en los ejidos del pueblo.

Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y  cinchar a estos nobles animales que tantos servicios  han prestado en tiempos pasados.

Con ellos aprendimos a montar y  correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El  refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para  nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a  que nuestra insensatez y osadía   adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.

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(Fotografía de Montehermoso)

Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base  de esfuerzo y tesón.  Cargaban  un  cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla  en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.

Las fuentes eran lugares de conversación sobre  las novedades del pueblo mientras se aguardaba  turno para llenar y también, junto a los pozos,  inspiración de  poetas  y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú  cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho  y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del  pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho  por los regajos ribeteados de juncos.

Las  cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros,  que  curiosamente muchos también usaban como  monedero donde dejar  la calderilla que sobraba de los mandados.   El uso y el tiempo  labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases  de los cántaros. La parte  anterior de madera,  donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma  arqueada de sus cuerpos.

También  se disponía en las casas de  una   tinaja  donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una  tapadera de madera,  sobre la cual   solía haber un cazo para sacarla.

Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y  trabajos  de la historia de los pueblos.

 

Aceitunas

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La cosecha de aceitunas para aceite era penosa  por la climatología y por las condiciones  de trabajo.  Se vareaban los olivos y se recogían de la tierra   manualmente  y  de rodillas  entre los surcos endurecidos  por las heladas o embarrados por la lluvia. Para aliviar el frío y desentumecer las manos hacían candelas  cerca del tajo.  Ahora son máquinas las que  zarandean a los olivos,  que con estremecidos  estertores sueltan el fruto sobre una especie de paraguas invertido, como  una antena parabólica que observara el cosmos y tras los temblores se le precipitara el universo  encima.  Las que están   caídas se amontonan  con aire a presión  sobre la tierra allanada por rulos.

Antes de coger las aceitunas  destinadas al  aceite se verdea para el aderezo.   Unas pocas se seleccionan  para consumo propio en las tres modalidades de preparación: machacadas, sajadas y  del año. Ya se verdea bastante menos. Cuando  era más intensa esta modalidad hacían falta  cuadrillas numerosas para las casas grandes y muchos años había que recurrir a los pueblos vecinos para completarlas.

 Algunos estudiantes, faltos  de otros ingresos,  aprovechábamos estos jornales  para nuestros gastos  durante el curso.

Cada aceitunero   se colgaba al cuello  un capacho de goma, que por aquí llaman  macaco. Se ordeñaban las ramas procurando que las aceitunas cayeran en él. Cuando estaba más que mediado  se vaciaba en una sera común para cada grupo.  A la primera  que  al principio de la jornada se echaba en el remolque se le llamaba “la moza” y había una competencia entre los grupos-de tres o cuatro personas por olivo-  por ver cuál era el primero que lo conseguía. El logro se  voceaba  para que los demás se enteraran.

 La primera vez que fui al verdeo me llamó la atención que al poco tiempo de haber empezado a trabajar  el manijero dio la voz  de parar para el almuerzo, esa comida que hace la gente del campo y  que puede equipararse con el café de media mañana de ciertos trabajadores urbanos, pero bastante más consistente. Como desconocía esta costumbre  me pareció pronto, ya que había  desayunado hacía poco en casa.  Así que en días posteriores sólo tomaba  el café para  tener hambre a la hora de almorzar.

 La labor en el tajo se acompañaba de amenas conversaciones. Los temas eran variados. Se comentaban las novedades que habían ocurrido o  historias   antiguas del pueblo. Enriquecía  las charlas el hecho de que en cada grupo se mezclaban personas mayores y jóvenes. Estos se encargaban del  banco, una especie de escalera de tijeras.  Era pesado de mover  y había que subirse en él para alcanzar la parte alta de los olivos. Los de mayor edad se encargaban de coger las bajeras.  Cuando en las charlas se abordaban algunas cuestiones, que por haber ropa tendida pudieran rozar la indiscreción, se bajaba la voz al referirlos. Querencias, rencillas, amores desairados, orígenes de capitales venidos a más o a menos… y las malditas guerra y posguerra que tanta huella descarnada  dejaron y de las que todavía se hablaba con miedo.

Dobles de campanas

 

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(Mi columna Raíces en el  periódico HOY  ayer 30-10 2015)

Los  dobles de campanas  empezaban  la tarde de Todos los Santos y continuaban durante  todo el  día de los Difuntos.  Unas jornadas antes el sacristán y un par de monaguillos habían recorrido las calles del pueblo recolectando viandas  por las casas.  Iban vestidos con roquetes y  acompañaban  su peregrinaje con una gran sera de esparto y con el toque de una campanilla,  la misma que blandían cuando iban con el cura llevando el viático a los  enfermos.  Con lo que les daban tenían para pasar la noche y el día sobrados de yantares  en el  campanario. Hacían  migas y no faltaba el vinillo que ayudaba a soportar  la vigilia mientras el pueblo intentaba conciliar el sueño bajo las sonoras sábanas de bronce que las campanas extendían sobre los tejados.

Tendría  yo siete u ocho años cuando me llevó mi padre por primera vez  a visitar el  cementerio, como es tradición en estas fechas.  Era una tarde muy  fría y  muy azul, de ese azul nítido  que da el aire del norte.

La mayoría de las personas regresaban ya a casa después de haber visitado las tumbas de sus familiares por el camino en cuyas cunetas crecen los hinojos. 

 Cuando llegamos al camposanto  quedaban ya pocos visitantes. Unos estaban  parados  en silencio delante de algún nicho  y otros paseaban lentamente viendo lápidas.

Con mi edad no tenía aún clara la trascendencia  de la muerte, pero aquella tarde intuí la desolación y el vacío que debía producir la ausencia definitiva de quienes has querido.  Un hombre ya mayor, vestido de negro y con la cabeza descubierta de su mascota,  que   sostenía entre sus manos, rezaba ¿o tal vez hablaba con alguien? estático y  levemente inclinado  ante una tumba.   Su  calva blanca  contrastaba con el resto de su cara  morena curtida   por el sol  y por los vientos en su trabajo campesino a la intemperie. Yo, que lo que quería era seguir andando para ver todas las cosas, tiraba de la mano de mi padre cada vez que se detenía, pero esta vez me detuve sorprendido al observar  a este señor.  Nunca había visto llorar a un hombre ¡Qué profunda impresión y pena me produjo esta imagen en el silencio del cementerio, cuando ya los restos dorados de un débil sol escalaban   los vértices de los cipreses!

De regreso a casa  no corrí, ni salté, ni cogí hinojos de las cunetas. Bajé sin soltarme de la mano de mi padre y  sin hablar.  Oscurecía y un frío  de finos cristales se metía cortante  entre la ropa.

Llegaban desde el pueblo los ecos desmayados de los dobles  de las campanas, que se posaban  en los pliegues del anochecido como las  alondras en los barbechos.

 En la torre destacaba la luz de la candela.  Las  siluetas de los que estaban allí eran  arrojadas una y otra vez contra las paredes rojas del campanario, impulsadas por el movimiento caprichoso de las llamas. Aquella noche me acosté hecho un ovillo de dudas, cavilando con mi fantasioso razonamiento infantil, sobre el destino de los muertos.

El primer cigarro

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(Publicado en el periódico HOY el 23 de octubre en la sección Raíces)

Obtener el permiso para fumar por primera vez delante del padre era algo parecido a una investidura.  Suponía, como en la mili el valor,  la  madurez, una puesta de largo varonil  y  humosa que permitía  el acceso al mundo adulto a través de  cortinas de humo.   ¡Ya ven ustedes qué atraso!

Muy pocas mujeres en nuestros pueblos fumaban en público y las  que lo hacían limitaban su acción a ámbitos privados muy restringidos. No estaba bien visto.  Sólo las veíamos  en el cine.  Así que este protocolo de iniciación humeante correspondía a  los varones, como beber aquel coñac  “Soberano”  que era cosa de hombres. Aún faltaba tiempo y sobraba machismo en los medios de comunicación y en la sociedad para despojarse de estos prejuicios, aunque en el caso del tabaco maldita la falta que hacía. 

La publicidad nos presentaba el fumar  como un símbolo de hombría y conquista. Apuestos vaqueros americanos  curtidos  en plena naturaleza cruzando a caballo ríos de diáfanas aguas con sus reses y  la  música trepidante de  “Los siete magníficos”,  Sarita Montiel esperando sensual  tras los cristales de alegres ventanales al hombre amado, a Humphrey Bogart, apuesto galán, no le faltaba  el cigarro en la boca o en la mano. El humo campaba a sus anchas por gargantas y lugares públicos. Igual  veías a un varón bailando en pareja con el cigarro en la boca cerca de los ojos de la compañera que  al médico  en sus visitas  con la ceniza a punto de caer sobre el pecho del enfermo mientras lo auscultaba.

Antes del permiso paterno había un aprendizaje  furtivo de  caladas por  los rincones más recónditos del pueblo, en las canteras del ejido, debajo de los puentes  o en la penumbra del cine, donde fumábamos involuntariamente  todos los que estábamos  dentro.  Madejas de  espirales  se elevaban hasta el haz cónico  de luz que iba de la cabina hasta la pantalla en una ambiente irritante y tusígeno. 

Hacer la “p”, que consistía en aspirar profundamente  el humo hasta los bronquios y expulsarlo al aire de nuevo, era obtener ante los ojos expectantes de los amigos la calificación de  sobresaliente. El “cum laude” se obtenía si  además de por la boca lo  expulsabas  por la nariz.

Cuando no disponíamos de tabaco, hecho frecuente por la poca disponibilidad pecuniaria, recurríamos  a sucedáneos, como  la matalahúva envuelta en papel de estraza o al  papel de periódico a secas.

A mí me autorizó mi padre  en una reunión familiar con motivo de  la feria del Cristo de Ahillones.  Sin yo haberla pedido,  un pariente  le preguntó que cuándo me iba  a dejar fumar en su presencia.

Sorprendido ante la petición mediadora  dijo: “Anda, ya puedes hacerlo”. Y sin ganas y de improviso me vi echando  humo como autobús al que fallan los pistones en una cuesta arriba. De esta forma y en aquel instante, el que antes era un mozalbete, sin dejar de serlo, quedó convertido en adulto por el reconocimiento  que suponía en aquellos tiempos poder fumar sin tener que esconderse. Vaya conquista.

 

 

Leche en polvo

Reparto-de-leche-en-polvo-años-60-Fotografía de la la página web del colegio “Carmen Benítez” de Sevilla.

Segunda colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

Eran todavía tiempos de escaseces y silencios. La escuela,  doctrina, consigna y efemérides victoriosas. Las cuatro reglas, dictados, lecturas y caligrafía, el armazón del aprendizaje para valerse  en la vida. La mayoría abandonaba antes de tiempo las aulas. Numerosos padres se veían obligados  a desapuntar a los hijos, como decían,  para colaborar en las paupérrimas economías familiares, bien como  ayudantes de sus pequeñas explotaciones o buscándoles un puesto  de aprendiz,  de  pastor o porquero,  sin más beneficio que ir a casa comidos todos los días y aprender el oficio.

Pocos eran los que llegaban a la regla de tres y a los repartimientos proporcionales. Pero había voluntad y ganas de aprender. Muchos de los que tuvieron que abandonar acudían  por las noches  a clases particulares después de todo el día trabajando.

Las aulas eran numerosas de alumnado, escasas de medios y separadas por sexos. El mapa de España,  el encerado, la bola del mundo y poco más componían los materiales didácticos fundamentales. En los pueblos pequeños la escuela  era unitaria, o sea,  todos los niveles con el mismo maestro,  que desempeñaba sus funciones  como mejor sabía y  podía. Estaban mal pagados, pero iban a la escuela dignamente trajeados.  

Por su santo los regalos que más agradecían  en el alma y en el cuerpo eran vituallas, como una caja de galletas o una docena de huevos.

Los alumnos acudíamos a la mesa del maestro a enseñarle los ejercicios. Nos colocábamos en  fila y rotábamos a su alrededor,  esperando el beneplácito, la corrección y el encargo de nuevos deberes. Allí percibíamos el único calorcito que se desprendía en la clase aparte del de nuestros cuerpos: el del brasero de picón, que aquí llamamos cisco,  debajo de  su  mesa.

En los días más fríos del invierno nos permitían  llevar los nuestros de casa. Una lata redonda de pescado con un alambre  asido en  dos agujeros y un pedazo de papel de chocolate en lo alto tapando las ascuas.

Así combatíamos los sabañones que  nos salían en las orejas y en las manos.

La ayuda norteamericana llegaba  en forma de leche en polvo y queso. Los maestros escogían a los alumnos mayores para disolver el polvo en una cuba de cinc  dándole vueltas con un palo. A la hora de recreo nos ponían en fila y nos la servían en un tazón que llevábamos de casa. Recuerdo los bigotes blancos que, por supuesto, nos limpiábamos en las mangas del abrigo.

La experiencia y la comodidad aconsejaron dejar de hacer la mezcla en la escuela y decidieron entregarnos  el polvo para que  cada uno hiciera lo que creyera más conveniente. Y lo más conveniente para la mayoría de nosotros era comernos los polvos directamente, poniéndonos la cara como se pueden imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia con las bolas que se formaban en la boca.

El queso, amarillo y bastante apetitoso, venía en unas latas metálicas. Lo troceaban y  nos lo repartían por las tardes como merendilla. 

A pesar de todo fuimos felices. O al menos así lo recordamos.