Seminario, cuarta parte.

Seminario

A primeros de noviembre se celebraban los ejercicios espirituales. En el Seminario Menor durante tres días y en el Mayor una semana. Eran días de silencio riguroso. Después de cada charla paseábamos por el patio supuestamente pensando en lo que nos decían en las pláticas. Otros, más devotos, se iban a la capilla para estar más concentrados. En el Mayor se regían por los toques de la  campana que estaba en un rincón del patio de los Naranjos. Franco  era el conserje y portero y también el encargado de tocar la campana. Días de pocas horas de luz,  de niebla del Guadiana y meditación. Mucha meditación.

Un año, a los pequeños nos dio los ejercicios D. José María Diosdado, de Linares de Riofrío. No sé por qué lo recuerdo, pero algo debió influir para que perdure tanto tiempo en la memoria. Por aquel tiempo ideé un abecedario con signos que asociaba a cada letra una grafía que yo me inventé, así la a era un punto. Una especie de morse para uso doméstico. De esta forma escribía mis interioridades sin que nadie se enterase.

Se suponía que después de los ejercicios debía de haber una mejoría en los comportamientos. Un año, a la mañana siguiente de terminar éstos, recién acabada la misa y antes de bajar a desayunar,  tan  deseosos estábamos de hablar después de tanto silencio, que me fui la camarilla de un compañero, Joaquín Becerra Picón, de Feria,  junto con otros compañeros vecinos. La puerta de la camarilla estaba abierta, pues no se permitía que si había más de uno en  ella  ésta permaneciese cerrada. Yo, charla que te charla, no me di cuenta que estaba D. José Diez detrás de mí pues yo  estaba de espaldas a la entrada; sólo  la cara de pavor del resto de los compañeros me hizo presentir la presencia del  Prefecto. “Buenos propósitos hemos sacado de los ejercicios”…No tuvo que añadir nada más. Cada uno  se agazapó  como pudo y  se refugió en su camarilla respectiva, pero el día ya estaba hecho. Un auténtico “fiche”, que era como llamábamos cuando nos sorprendían los superiores infringiendo el reglamento.

Los días de retiro eran sólo una mañana, generalmente la de los jueves, también de silencio y meditación. Se hacían más llevaderos. Se celebraban varios a lo largo del curso. Tanto en unos como en otros no se podía pasear por el patio en grupos y hablábamos a hurtadillas de la vista de los inspectores  y de algunos que tenían fama de  correveidiles.

Seminario, tercera parte.

Del edificio del  Seminario no se salía durante el curso a no ser para ir  de paseo  o a la catedral en los días de fiesta mayor, como el Corpus o las ordenaciones sacerdotales y siempre en formación de ternas, son sotana, beca y a veces birrete. Así que para la pequeña intendencia estaba Manolo el recadero que gestionaba la lista de encargos diariamente. Eso si lo  que se necesitaba no lo había en el pequeño comercio,  que también servía de barbería y que estaba ubicado  a la derecha del pasillo de acceso al comedor de seminario menor. A Manolo lo vi bastantes años después trabajando de camarero en el bar La Toja, cerca de la antigua central lechera.

 La sala de visitas estaba casi enfrente del patio de los naranjos, al bajar unas escaleras que separaban el seminario mayor del menor. Allí nos veíamos con nuestros familiares. Las horas de visita estaban fijadas  en el horario de los domingos a las dos menos cuarto, pero en aquel tiempo de malas y escasas comunicaciones nos dejaban, generalmente, verlos brevemente en algún hueco del horario lectivo, pero no siempre era así y  en ese caso nos dejaban lo que nos traían para entregárnoslo al día siguiente.

 Para eso existían el “cuarto de los paquetes” y «el cuarto de las talegas»,  instituciones que adquirían  su relevancia por las noches en el comedor después de la cena cuando el lector con frase ritual decía: “al cuarto de los paquetes…” o «al cuarto de las talegas»  y leía la lista de los afortunados que habían recibido algo,  bien por correo o por alguna visita a la que no pudimos ver.

ddoroteo

Otro  personaje famoso fue el portero, Franco, que tenía su oficina en la puerta principal de entrada, justamente a la derecha, según se accedía después de atravesar la verja y un pequeño corredor ajardinado. Allí acudíamos cuando nos llamaban por teléfono desde casa.

Era el encargado de tocar la campana que colgaba de una de las esquinas del referido patio de los naranjos. Por sus toques se regían los alumnos del  seminario mayor.

Yo necesité salir un día  para ir a ver a mi hermana que había  sido operada en la Cruz Roja. El protocolo para tales casos era decírselo primero al prefecto y éste se lo comunicaba al rector. En el caso que refiero, D. José Díez y D. Doroteo Fernández, respectivamente. Este último ejercía también como administrador apostólico  de la diócesis.

Así que un anochecido, vestido de gala para la ocasión, sotana y beca, encaminé mis pasos  a su despacho  que estaba en el primer piso de la entrada principal, la de las escaleras de mármol.

Llevaba yo memorizada las frases de ritual y el tratamiento que debía darle a tan eminente personaje.

No recuerdo en qué tropelía salieran de mis boca, pero una vez allí dentro, ante aquella mole de obispo,  leonés, buen comedor y mejor bebedor, la entrevista se desarrolló con más afabilidad y naturalidad de lo que yo en principio sospechaba. Me preguntó por el cura de mi pueblo. Permiso concedido. Al día siguiente salía fuera del edificio, en este caso con ropa de calle,  para visitar a mi hermana que  había sido operada el día anterior por D. Federico Alba, al que apodaban el médico del ojal, por la pequeña incisión que hacía para las  apendicitis. Era capellán de la institución sanitaria D. Manuel Mantrana, que también ejercía funciones de confesor en el Seminario.

 

Algunos recuerdos de Badajoz

 

 

 

 

 

 

Solíamos tomar nuestras cervezas y nuestros vinos  en  dos bares que estaban uno frente a otro en la calle santo Domingo: el bar del Jamón, con el inolvidable Gaspar, y el Escorial. Hacíamos triángulo con visitas al bar del Foco en la calle Guardia Civil. Perdíamos poco tiempo en los traslados. Tampoco desdeñábamos en alguna noche  de correría etílica  otros lugares  de reconocida reputación estudiantil,  como la  calle Zurbarán, conocida por nosotros como la de los bares.  Nada de cubatas: cerveza o vino. Algunos fines de semana nos acercábamos a Vasco Núñez, a la casa del Nene, a probar su vino edulcorado y sus peces del Guadiana, que tenía almacenados en una olla y  servía,   si no los mercabas recién fritos, a temperatura ambiente, o sea, fríos.

Nos llamó la atención una novedosa iniciativa que el diario HOY puso en práctica a principios de los años setenta. En varios puntos de la ciudad colocaron unas mesitas con ejemplares del periódico para que los ciudadanos los cogieran y pusiesen   el importe  en un cajón.  Nosotros  en algunos ratos libres observábamos desde la entrada  de la antigua escuela de Magisterio la que colocaron  en la puerta del colegio de las Josefinas. Una encomiable iniciativa para que la educación cívica se ejercitara, pero no debió calar mucho en la ciudadanía la obligación de la contraprestación económica por el servicio de la lectura del periódico. No obstante hay  que resaltar la honradez de los que sí pagaban. Hoy probablemente sería peor y  duraría poco la mesita en su sitio.

Eran los tiempos  del HOY  en  la plaza de Portugal y de Herminio Pinilla Yubero  como director,  de Francisco Rodríguez Arias como escritor de artículos de fondo y de Antonio  García Orio-Zabala, cuya oronda humanidad vi una vez al trasluz pálido de un barbadillo en el kiosko de san Francisco. Buen plantel de periodistas y colaboradores, mejorando los actuales, bajo la capa pluvial de Herrera Oria y su Editorial Católica.

Yo adquiría el periódico en el puesto que un señor tenía en la acera de la última casa antes de enfilar el puente Viejo camino de la barriada de san Fernando. Sobre una silla de tijeras colocaba los ejemplares con una piedra encima para que el aire no los deshojara. El vendedor permanecía de pie apoyado en un bastón y casi siempre con una gabardina marrón. Era poco comunicativo y el acto de la transacción se limitaba a entregar  el periódico y poner el duro que costaba en una cajita que tenía al efecto.

Una  de las secciones  que gozaba de gran aceptación era “la mininoticia”, donde de forma escueta se daban pinceladas sobre la actualidad pacense.

En la radio sonaba todavía el soniquete que Manolo Pérez  divulgaba a diario en la emisora sindical para potenciar su club de oyentes “o te haces del club o te quedas en la cuneta”.

San Juan, con su recién estrenado pasaje, y las calles confluyentes a ella  conservaban aún el trajín  del ir y venir con bolsas de compra. Las librerías la Alianza y Doncel eran un hervidero de estudiantes  durante el curso,  sobre todo a principios del mismo.

La inauguración de Simago  por su estratégica situación y por la escasez de otras grandes superficies supuso un hito  comercial destacable en la ciudad,  que ya empezó a desplazarse  hacia el oeste. Allí recalábamos los estudiantes deseosos de novedades y sobre todo de ver a  las bellas muchachas que despachaban.

Las salas de cine gozaban aún de buena salud y era una  opción destacable para pasar la tarde de los sábados y domingos. Recuerdo ahora a bote pronto el  López de Ayala, Menacho, Conquistadores, Avenida  y la sala  de arte y ensayo,   Pacense,  que tuvo una gran aceptación entre la progresía de aquella época por la calidad de las proyecciones.

En la biblioteca municipal que estaba al lado del hospital provincial, en la plaza de Minayo, conocí de bibliotecario a Manuel Pacheco con su melena rizada,  abrigo de cuello alto y su amabilidad a prueba de estudiante desorientado.

Son algunos recuerdos,  a salto de mata,  de un estudiante en Badajoz  en el sesenta y nueve y principios de los años setenta  cuando todavía se daban los días si te cruzabas con alguien por la calle.