Seminario, tercera parte.

Del edificio del  Seminario no se salía durante el curso a no ser para ir  de paseo  o a la catedral en los días de fiesta mayor, como el Corpus o las ordenaciones sacerdotales y siempre en formación de ternas, son sotana, beca y a veces birrete. Así que para la pequeña intendencia estaba Manolo el recadero que gestionaba la lista de encargos diariamente. Eso si lo  que se necesitaba no lo había en el pequeño comercio,  que también servía de barbería y que estaba ubicado  a la derecha del pasillo de acceso al comedor de seminario menor. A Manolo lo vi bastantes años después trabajando de camarero en el bar La Toja, cerca de la antigua central lechera.

 La sala de visitas estaba casi enfrente del patio de los naranjos, al bajar unas escaleras que separaban el seminario mayor del menor. Allí nos veíamos con nuestros familiares. Las horas de visita estaban fijadas  en el horario de los domingos a las dos menos cuarto, pero en aquel tiempo de malas y escasas comunicaciones nos dejaban, generalmente, verlos brevemente en algún hueco del horario lectivo, pero no siempre era así y  en ese caso nos dejaban lo que nos traían para entregárnoslo al día siguiente.

 Para eso existían el “cuarto de los paquetes” y «el cuarto de las talegas»,  instituciones que adquirían  su relevancia por las noches en el comedor después de la cena cuando el lector con frase ritual decía: “al cuarto de los paquetes…” o «al cuarto de las talegas»  y leía la lista de los afortunados que habían recibido algo,  bien por correo o por alguna visita a la que no pudimos ver.

ddoroteo

Otro  personaje famoso fue el portero, Franco, que tenía su oficina en la puerta principal de entrada, justamente a la derecha, según se accedía después de atravesar la verja y un pequeño corredor ajardinado. Allí acudíamos cuando nos llamaban por teléfono desde casa.

Era el encargado de tocar la campana que colgaba de una de las esquinas del referido patio de los naranjos. Por sus toques se regían los alumnos del  seminario mayor.

Yo necesité salir un día  para ir a ver a mi hermana que había  sido operada en la Cruz Roja. El protocolo para tales casos era decírselo primero al prefecto y éste se lo comunicaba al rector. En el caso que refiero, D. José Díez y D. Doroteo Fernández, respectivamente. Este último ejercía también como administrador apostólico  de la diócesis.

Así que un anochecido, vestido de gala para la ocasión, sotana y beca, encaminé mis pasos  a su despacho  que estaba en el primer piso de la entrada principal, la de las escaleras de mármol.

Llevaba yo memorizada las frases de ritual y el tratamiento que debía darle a tan eminente personaje.

No recuerdo en qué tropelía salieran de mis boca, pero una vez allí dentro, ante aquella mole de obispo,  leonés, buen comedor y mejor bebedor, la entrevista se desarrolló con más afabilidad y naturalidad de lo que yo en principio sospechaba. Me preguntó por el cura de mi pueblo. Permiso concedido. Al día siguiente salía fuera del edificio, en este caso con ropa de calle,  para visitar a mi hermana que  había sido operada el día anterior por D. Federico Alba, al que apodaban el médico del ojal, por la pequeña incisión que hacía para las  apendicitis. Era capellán de la institución sanitaria D. Manuel Mantrana, que también ejercía funciones de confesor en el Seminario.

 

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