Seminario, octava parte.

D. Emilio Caramazana fue  mi profesor de Latín y de Lengua Española en los primeros cursos.  Sus clases eran entretenidas  Nos colocaba en corro y nos hacía preguntas. Se subía de lugar  cuando se acertaba una pregunta que los anteriores a ti  no sabían. Si hablabas más de la cuenta te mandaba a la cola o te hacía retroceder varios puestos. Después se compadecía y empezaba a preguntarle a los que estaban delante para ver si conseguía resarcir al penalizado. Tenía un latiguillo que repetía siempre que algunos se reían y a él no le hacía gracia: “No me río yo”. Las calificaciones las ponía al final de mes según el puesto que ocupaba cada uno en el corro.  Se sentaba en su mesa y colocaba la mano delante de la libreta para que no viésemos las notas que iba poniendo.

En una ocasión preguntó al primero de la clase  cómo se decía merienda en latín y fue pasando puestos del corro porque nadie lo sabía. Un compañero, que era de Ribera del Fresno y  que se  llamaba Juan Báez, estaba deseoso que llegase su turno para responder lo que él creía la respuesta correcta. Cuando le  llegó la vez respondió  casi gritando: “merendola, merendole”. En ese mismo instante quedó bautizado.

D. Joaquín Villalón era un santo. De familia acomodada, acudía todos los días andando a su labor docente, atravesando el Puente Viejo. Nos dio Historia en segundo curso. Le formábamos un gran alboroto en clase pues era una persona que no le gustaba imponer nada. Cuando murió su padre decidimos todos los alumnos que ese día nadie hablaría ni formaría jaleo. Al final de la clase, en silencio total,  nos agradeció emocionadamente esa forma que tuvimos de consideración y respeto en memoria de su progenitor.

Acudía siempre con su manteo y su  sombrero de teja.  Se contaba por aquel entonces que un día de frío le dio el manteo a un menesteroso que se encontró en en su camino hacia el Seminario. No articulaba bien al hablar y muchas veces no entendíamos lo que nos decía. Algunos pensaban que era porque se ponía un cilicio en la boca para hacer penitencia.

caramazana

D. Carmelo Solís era un hombre de una gran cultura. Nos dio francés  y latín en los primeros cursos. Dirigía la excelente schola cantorum  del Seminario. Examinaba de la asignatura de música que impartían, como delegados suyos,  alumnos del Seminario Mayor a los cursos inferiores (Adolfo Nieto Cid, que fue también Inspector,  y José Huertas, entre otros).

Utilizaba en clase también el sistema del corro para hacer preguntas, con la modalidad de que éramos nosotros mismos los que hacíamos las preguntas a otros compañeros. Fumaba bastante. Su muerte tuvo que ver con ese hábito.

D. José Mª Martínez fue nuestro profesor de matemáticas antes de don Antonio Zambrano. Le llamaban el “Monomio“.Era muy mayor ya por entonces.

D. Juan Martínez, un  amante de la vida, cumplía su misión de profesor de griego porque se lo ordenaba el obispo, pero con poca predisposición, como él mismo nos decía. La mayor parte del tiempo de clase se lo pasaba contando chascarrillos y recitando el «Romance del Prisionero», que aprendimos todos. Muy dado a poner motes. Cuando llamaba a alguien decía el nombre completo y añadía, alias…y toda la clase decía  el apodo con que él lo había bautizado. Recuerdo el del “Niño Jesús de Praga” que se lo puso a Manuel Jesús Sánchez Noriega, de Almendralejo, y la verdad que con su carita redonda y su estatura daba un aire. 

Una respuesta a “Seminario, octava parte.”

  1. Estimado Juan Francisco, antes del verano pasare a visitarte, dado que es la ruta que utilizo para Córdoba, y te contare algunas anécdotas de Carmelo Solis (q.e.p.d.)

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