Residencia en tierra.

Con este título del libro de poemas de Pablo Neruda fijo anclaje en la tierra donde uno tiene sus afectos y, previendo futuras tempestades que el viento de la edad levante, a su amarre fío la permanencia en ella.
Ni el último suspiro se da siempre en la cama que fue descanso, vela, gozo y lágrima callada, ni salen los muertos hacia la última morada de la casa donde se vivió. Tampoco la vejez madura a la lumbre de la chimenea donde tantas veces los ojos quedaron absortos en las llamas.
Antes los ancianos envejecían en sus casas. En la inmensa mayoría de los casos, eran las hijas quienes aliviaban las limitaciones y torpezas de la edad avanzada. Sigue siendo así en muchos casos, pero la evolución y los cambios sociales han hecho que los hijos tengan ocupaciones que no les permiten prestar la atención que necesitan sus progenitores y las residencias de mayores han venido a sustituir la labores de aquellos. Llevar a alguien a un al asilo suponía antes casi una humillación para el afectado y un reproche para los que lo consentían.  Una especie de hospicio para personas mayores indigentes.  Esa era la imagen, aunque la realidad fuese diferente.
Un hombre de mi pueblo enviudó.  Los hijos se casaron y formaron hogares aparte. Mientras pudo valerse por sí mismo permaneció en su casa. El buey solo bien se lame, me decía. Salía y entraba cuando le daba la gana. Cocinaba y arreglaba su casa y si un día se liaba de copas con los amigos, no tenía prisas por llegar ni temor a reprimendas. Ancha es Castilla. Pero el tiempo encorva y pone frenos en los pies. ¡Con lo que yo he andado!, me dijo un día mientras golpeaba con el bastón en el suelo. Una hija residente en Madrid se lo llevó con ella.
 Los primeros meses intentó adaptarse a las nuevas condiciones. Entretenía su tiempo paseando por las calles y viendo escaparates. Pronto localizó un bar parecido a los del pueblo. Entabló amistad con un grupo de clientes asiduos a través de preguntas y respuestas: de dónde es usted, a qué quinta pertenece o dónde sirvió cada uno.
Cuando lo traían por vacaciones le preguntaba yo cómo le iba por los ‘madriles’. Bien, respondía, pero con un movimiento de cabeza en diagonal, que no era ni sí ni no. Son todos muy buenas personas, pero ¿qué hago yo allí charlando y bebiendo vino con gente que no he visto en mi vida? Y se volvió al pueblo, donde estaban sus raíces. ‘A tu tierra grulla, aunque sea con una pata’.
Las residencias de mayores, los centros de día y los pisos tutelados ofrecen servicios básicos en los lugares de origen a las personas que los necesitan, gente mayor que quiere pasar la última fase de su vida en sus pueblos en una edad en que es difícil comenzar una nueva.  Los recuerdos, de los que se alimenta el espíritu en estas etapas, están ahí, en el lugar donde saben por dónde sale el sol y se pone en cada estación del año, donde escucharon el ruido de las canales desde la cama, jugaron de niño y se mocearon de jóvenes y conocen palmo a palmo con sus nombres las tierras que rodean el pueblo.

2 respuesta a “Residencia en tierra.”

  1. Me ha encantantado y entristecido a partes iguales. Es un relato contra trazos de nostalgia y dura realidad. Algun día quizás seremos nosotros los protagonistas de esa historia.

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