Pensiones, fondas, posadas.

Pienso muchas veces cómo empezaría la relación amorosa entre Antonio Machado y Leonor Izquierdo, teniendo en cuenta su diferencia de edad. El escritor llegó a Soria en mayo de 1907, cuando tenía treinta y dos años. En el mes de julio de 1909, quince ella, treinta y cuatro él, se casaron en la iglesia de santa María la Mayor.  No estuvo exenta de críticas sociales y desconfianzas familiares esta relación tan dispar. El día de la boda un grupo de mozalbetes mostró a voces su disconformidad desde los soportales de la plaza cuando salían del templo. Pero aquella muchacha “baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida”, como la describió José Tudela, había conquistado el corazón del gran poeta.
Fue en la pensión que regentaban los tíos de Leonor y que después pasó a sus padres donde cuentan que empezó el idilio.
Las pensiones son lugares de encuentro de personas de diversa condición y procedencia. El huésped lleva, junto con el equipaje, el hatillo de su vida a cuestas.  La intimidad se preserva en los cuartos, pero en las zonas compartidas se suelen intercambiar vivencias si el terreno está abonado para la comunicación. A veces surge el lugar o el conocido común. El mundo es un pañuelo.
Había algunas familias en los pueblos pequeños que, sin ser profesionales, se dedicaban ocasionalmente al hospedaje en un ambiente amable y cercano, sobre todo de maestros solteros y viajantes. Un compañero, en uno de los destinos provisionales de sus comienzos, recaló y se quedó para siempre en el mío al ennoviarse y casarse con la dueña.
Existen variadas denominaciones para designar los lugares donde hacer parada con el fin de hacer gestiones, visitar médicos, reponer fuerzas y aliviar fatigas. Las ventas, vinculadas a caminos de paso, fondas, mesones, posadas… No llegaban a la categoría de hoteles. Estos establecimientos en aquellos tiempos de mi infancia se asociaban a librea, gorra de plato y botones en bocamangas y cordones dorados en pecheras y estaban fuera del alcance de la mayoría.   
En mi pueblo hubo una posada con tanto arraigo que sus dueños y descendientes llevan con orgullo el apelativo de ‘los de la posá’.
Eran lugares más económicos y servían de morada a viajeros que llegaban con carros y caballerías y allí encontraban cobijo y pienso.
Cuando se viajaba a una ciudad, los que la conocían recomendaban pensiones. En Sevilla, cercana a la antigua estación de Córdoba, estaba la pensión ‘Limones’, propiedad de una familia descendiente de Ahillones, que fue referente para muchas personas de por aquí.
Recuerdo con cariño las de mi época de estudiante. La señora Carmen en los Grupos de José Antonio. Completaba su exigua pensión de viudedad con lo que le aportábamos los tres o cuatro estudiantes que vivíamos allí.
También me alojé durante un curso en la calle Dosma, paralela a la plaza de Portugal, donde estuvo la sede de este periódico. En el piso de arriba vivía una esbelta joven de melena larga y rubia que los sábados de sol, esos en los que no hay mocita sin amor, salía al balcón a peinarse. A lo más que llegué fue a mirar disimuladamente hacia arriba para verla, pero me deslumbraba su presencia y me retraía mi timidez. 

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