Mi maleta

En el ‘doblao’ (así, porque si no me siento como el que dijo ‘bacalado’, pasándose de fino) guardábamos lo que dejaba de ser útil, pero queríamos conservar.
Hace unos días subí a buscar una antología literaria de mis tiempos de bachiller. La encontré en la maleta que utilizaba en mis viajes de estudiante, en un rincón, como el arpa de la rima, ‘silenciosa y cubierta de polvo’ y aunque nunca saldrán de ella notas musicales, sí guarda parte de mi vida en su interior.
Al abrirla, después de tantos años, me han venido a mientes una gran cantidad de recuerdos que han desbordado el muro que el tiempo levantó y han inundado copiosamente el apacible valle de la memoria. He hojeado algunos libros que conservan rastros que mi mirada dejó entre los renglones de sus páginas y que ahora, al volver a ojearlas, parece que regresan a mis ojos, como perro que encuentra dueño.  En una hoja está la firma que un compañero dejó trazada en una tarde de hastío con un saludo y una fecha, tan lejana ya, que produce vértigo asomarse al balcón del tiempo. En la esquina interior de la portada mi deseo de entonces hecho verso y súplica, pidiendo a la virgen aprobar la asignatura. Al lado, lo que me dijo un profesor cuando lo leyó: ‘A Dios rogando y con el mazo dando’
Esta maleta viajó conmigo en autobús, cuando los viajes de Ahillones a Badajoz tardaban más de tres horas entre un olor penetrante a gasoil y ruidos descompuestos de carrocería.  En los regresos, por vacaciones, con aromas de café ‘Camelo’, que iban quedándose en las paradas con la discreción que requería el estraperlo. No faltaba alguna rendija por donde se colaba el aire, que en invierno cortaba como navaja barbera.
También me acompañó en los viajes en tren con máquinas de vapor. En el andén la maleta parecía un perro a los pies de su dueño, esperando pacientes que asomara rechiflando con su blanca melena al viento. Hacíamos trasbordo en Mérida. En las curvas que hacía el trazado de las vías me gustaba asomarme a las ventanas, que entonces se bajaban y se subían, para ver el arco de los vagones y la locomotora delante desprendiendo la humareda que me daba en la cara y me ponía perdido de carbonilla.
Su lugar durante el tiempo que duraba el curso estaba debajo de la cama.  Maleta dentro, maleta fuera con arrastre cada vez que necesitaba meter o sacar algo en ella. Distribuía su interior en tres compartimentos: dos para la ropa, uno para la limpia, otro para la talega con la ropa usada y el tercero, que hacía de despensa y alacena, para los paquetes que de cuando en cuando me mandaban de casa. ¡Qué a deseo cogía las tortas de chicharrones que recibía por este tiempo!
En algunas ocasiones coincidió mi maleta con las de los emigrantes que marchaban a Alemania en busca de futuro. Me producían una sensación de tristeza. Unas de madera, otras forradas de telas, algunas con refuerzo de cuerdas…
En la mía siempre llevaba recuerdos de mi casa dentro. Aromas de los membrillos del ‘topetón’ de la chimenea, olor a leña ardiendo en la candela y el tacto de las manos de mi madre en los pliegues de la ropa.

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