Mi calle

ahi (9)

Mi calle es una plazuela. Recibe al sol en una acera y  en otra lo despide. De escoltas, solana y umbría.  Allí pasé muchas horas de  rutinas cotidianas. Hechos intrascendentes  que cuando nos hacemos adultos  añoramos. ¿Quién me iba a decir que imágenes  como el paso de las viejas a la iglesia envueltas en mantos negros  o  el del electricista cada anochecido  con un palo largo encendiendo las luces de las calles  o el de los hombres con mascota y faja liada en la cintura hacia el estanco para comprar su paquete de tabaco verde y su librillo de liar  iban a ser recordadas con añoranza muchos años después? Estábamos construyendo los cimientos de nuestro acervo cultural, fundando,  sin tener conciencia de ello, lo que Rainer María Rilke llamó la verdadera patria que es la infancia. Que si yo llego a saberlo le bordo escudo a la bandera y  compongo un himno marcial a la proeza.  

Aquel rincón donde  hablábamos de cosas que no se enseñaban en la escuela, donde fabulábamos historias  de fantasmas y apariciones en los cementerios que habíamos escuchado alguna vez a los mayores.  Allí filtrábamos los acontecimientos del mundo por la lente  inocente que nos ofrecía la edad. Por delante  de nuestros ojos  pasaba la vida más cercana. A dos luces los labriegos de regreso del campo a sus hogares, montados a mujeriegas sobre las cansadas mulas después de una larga jornada de trabajo. En los días lluviosos, con capotes  negros de alquitrán  sobre  los hombros. En  primavera con haces de forraje recién segado sujetos sobre el lomo de los asnos  para dar comida fresca en  los establos.  Cuando los veíamos aparecer dejábamos el juego y  corríamos hacia ellos a pedirles  espigas verdes que grano a grano pelábamos y nos  comíamos.

La  calle era  de tierra,  empedrada a tramos.  En invierno barro y en verano polvo y paja que dejaban los carros en el acarreo.

De juegos, el fútbol el primero,  con dos piedras de portería que al poco cubríamos con las prendas de abrigo que nos íbamos quitando.

plazuela

La noche se prestaba a dos juegos  parejos que tienen en común ocultarse y no ser visto: el escondite y el trapo esconder. Por el primero, después de contar  hasta diez, nos dispersábamos  por la calle buscando sombras. No era difícil  el empeño porque las bombillas alumbraban escasamente a salamanquesas y mosquitos. Una, dos y tres, por todos mis compañeros y por mí el primero. Llave de la libertad para los presos que cumplían condena por haber sido avistados. 

Al  trapo había que buscarlo en los lugares más recónditos. Para el hallazgo servía  la voz del ocultador dando pistas de frío o de caliente.

Algunas tardes se jugaba al corro o a la rueda, que por aquí  llamamos mata. Era juego de niñas -no es sexismo, sino constancia-, pero a menudo participábamos también los niños. Giros y giros agarrados de las manos, cantando canciones que hoy resuenan en el recuerdo como débiles voces perdiéndose por los resquicios del aire.

 

2 respuesta a “Mi calle”

  1. Köszönet Néktek HTKA Nagy Istenei és boldog születésnapot!Nagy hiányt pótoltok mindenkinek errefelé és nehéz lenne pótolni, ha nem lenne HTKA.Tetszik / Egyetértek: 0 Az értékeléshez be kell

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