Los misioneros

Con el pronto declinar de la luz y el avance  de las noches se apoderaba del pueblo un ambiente de tristeza, de  sombras envueltas en el dulce y familiar calor de los braseros, de agua de canales y  pana vieja, de dejarse llevar hacia una vida latente y perezosa.

En este tiempo de tonos grises, de arados, simientes y parcelas labrantías, llegaban los misioneros, golondrinas redentoras, a encauzar las almas de los desviados de la fe y a avivar la de los tibios.

D. José el párroco, cual Bautista, preparaba a los fieles para el acontecimiento, anunciándolo en las misas y adelantando el programa de actos.

Los misioneros se alojaban generalmente en la casa de D. Rafael Maesso , en la calle Real, por cuyo acerado de losas paseaban en las  mañanas al tibio sol otoñal con las manos, protegidas y entrecruzadas dentro de las bocamangas, sobre el abdomen. En esta casa solariega recibían las visitas de los notables del pueblo que con reverencial cortesía los cumplimentaban.

Al anochecido, tres repiques de campanas con intervalos de media hora,  anunciaban el comienzo de la función religiosa. A la plaza concurrían los vecinos desde las distintas calles.

Grupos de mujeres con velos negros,  agarradas del brazo y hombres curtidos de sol moreno que, más independientemente o emparejados con otro encontrado en el camino, se dirigían a la iglesia. Las mujeres de la  calle Nueva formaban el grupo más numeroso, tanto que casi tapaban la calleja de Misa a su paso.

En los prolegómenos de los actos principales de la misión se rezaba el rosario en un  ininteligible y diluyente murmullo. Oleadas decadentes de avemarías  respondían al monaguillo, seminarista o beata que dirigía el rosario. La letanía era una evanescente réplica de sordos. De tal forma que se podía sustituir Arca dela Alianza, Torre de David o Lucero de la Mañana por alguna advocación profana y los orantes responderían ora pro nobis.

La mayoría de los hombres preferían esperar a que acabara el rosario en la Puerta del Perdón o en algún bar cercano. D. José, carraspeando, paseaba por la parte central de la iglesia y comprobaba como poco a poco se iba llenando la iglesia.

El acto principal de la noche misionera era el sermón. Famosos y celebrados fueron los del padre Rodríguez, por los años sesenta, que dejó una huella  duradera en el pueblo: “Todos pecadores”, fue una frase repetida que caló y que se sacaba a colación cuando la situación era oportuna.

El orador, con sotana, roquete y estola, salía de la sacristía y se dirigía al púlpito, previa genuflexión al sagrario. Comenzaba con un tono bajo, casi inaudible, con saludos protocolarios a las autoridades civiles y religiosas  asistentes y fieles en general. Casi siempre empezaba con una cita bíblica, si era en latín, mejor. Poco a poco iba subiendo el tono de su plática.

Escatológico y vehemente, argumentaba con los dogmas del catolicismo: cielo, infierno, purgatorio, condenación, pecado, gracia, gloria eterna.

Experto en conmover auditorios, cadenciaba, modulaba,  y sobre todo utilizaba los silencios estratégicamente. Después de una afirmación rotunda, callaba durante unos segundos.

Durante estos silencios, con el personal sobrecogido, se oía caer la lluvia y alguna mujer dispersaba momentáneamente su concentración casi ascética y se ponía a pensar en la ropa que había dejado tendida en el corral. Otro varón pensaría, tal vez,  que se había dejado el paraguas en casa, a pesar de las tres veces que se lo dijo su mujer. ¡Vaya por Dios, el demonio no dejaba de mover el rabo,  distrayendo a los feligreses!

Acto relevante también de las misiones era el Rosario dela Aurora: “El demonio en la oreja te está diciendo, no reces el rosario, sigue durmiendo” .Así se atizaba la conciencia de los perezosos que no se habían atrevido a madrugar y recorrer las calles con el frío de la amanecida.

La estructura discursiva de estos actos misionales conducía a la parábola del Hijo Pródigo. Después de hacer ver  los males a los  que llevaba el pecado, no todo estaba perdido, había remedio. Culpables por haber nacido después que la dichosa Eva llevase a Adán a la perdición y de una tacada a todos nosotros, teníamos una oportunidad para enjuagar nuestros desvaríos. La confesión y comunión generales ponían el broche final a la misión. Las voces de Modesta y María servían de punta de lanza para que los demás lanzasen las suyas en una implorante plegaria: “No, no más pecar mi Dios, que yo me arrepiento de verdad…” y el reguero de fieles contritos se dirigía a comulgar, regresando después a su sitio sin saber donde poner las manos.

¡Oh, baño de paz en nuestras ingenuas mentes infantiles! En el cielo, encapotado por el pecado, se abría un boquete de donde salían rayos luminosos, con un fondo azul radiante; allí volaban nuestros anhelos de salvación eterna, más por temor a las calderas de Pedro Botero que a una idea clara de lo que era la Gloria. Entre nubes blancas, rodeados de angelitos, libres de las culpas gravosas que, sin saber por qué, siempre nos cargaban, estaba ese lugar soñado donde todo era perfecto y  no había que trabajar ni ir a la escuela. Todas las cosas a nuestro alcance con sólo desearlas.

El otoño avanzaba y los misioneros, cumplida su misión, se iban a otros pueblos. El labrador, uncido a la mancera, a su besana,  el ama de casa a sus penosas y continuas labores y los niños a la escuela. Las conciencias en paz. Todo en orden. Todo envuelto en la luz ceniza de la lluvia. “El señor es mi pastor nada me falta. En praderas de hierba fresca me hace reposar y me conduce hacia fuentes tranquilas”.

 

2 respuesta a “Los misioneros”

  1. Buenísimo el relato Juan Francisco, me ha encantado, creo que mi madre aún guarda las banderitas de tela azul cielo y blanco y otra rojo y blanco, con las que se salía creo a la parada para esperar a los misioneros. Qué tiempos aquellos, verdad? También tenía su encanto, un abrazo

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