Las prendas

 

Había juegos diferenciados por sexos.  Jugar a las casitas y a las muñecas, por ejemplo, era propio de las niñas y al fútbol de los niños. Tan arraigada estaba esta diferencia que quienes participaban en los del sexo opuesto eran calificados despectivamente como mariquitas o marimachos. Ni imaginar por los años sesenta que habría un campeonato mundial de fútbol femenino.

Pero también había juegos compartidos. Entre otros, el del pañuelo y el escondite.

El de las prendas se jugaba en los comienzos de la adolescencia. Un juego de gestos delatores que no pasaban desapercibidos para las personas más intuitivas, que suelen ser las mujeres.

Entre pieza y pieza de baile, tras las idas y venidas de los paseos o cuando no había otra cosa de más provecho que hacer se sentaban los participantes alrededor de una camilla y empezaban. ‘Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda a su juego y el que no lo atienda pagará una prenda’.  A quien indicaba el dedo cuando terminaba la canción tenía que pagarla. El señalado cogía el relevo y reanudaba el entretenimiento con la misma cantinela. Sobre la mesa se iban acumulando, pañuelos, cintillos, anillos carteras, … Un depósito del que cada uno recuperaba al final sus pertenencias, previo pago. Los accesorios no eran muy variados ni abundantes porque se salía ligero de equipaje.  

A la hora del rescate llegaba la parte más divertida. Para ello hacían falta dos participantes: el que mostraba el objeto entregado y otro que sin verlo le asignaba precio. ‘¿Qué se merece el dueño de esta prenda?’ Todos atentos al veredicto.  Dependiendo de la imaginación y ocurrencia del tasador la acción era más o menos graciosa, más o menos comprometida. Dar una palmadita en la espalda a alguien, pedir un cigarro, acercarse a un grupo y decir alguna tontería…Generalmente se explicaba a los receptores el motivo de la acción, quienes, comprensivos, lo aceptaban.

 

Al contrario que en el servicio militar, donde el valor se le supone al que no ha tenido ocasión de demostrarlo, en esa edad se dan por normales las gansadas y en vez de supuestas, se demuestran en cada ocasión que se presenta.   

 El rescate de la prenda mediante un beso al amigo del sexo opuesto, en aquel tiempo de contenciones y pudores, era como pedir la luna. Ni casto ni fraternal. Así que entre sofocos y risotadas se pedía permuta al oficiante. En estos detalles triviales se ponían de manifiesto dos cosas: el lenguaje corporal que expresaba sentimientos sin palabras y la distinta vara de medir que la sociedad tenía según se fuera hombre o mujer. Al varón no le faltaba disposición ni la ocultaba para darlo o recibirlo, pero en la mujer no estaba bien visto y guardaba distancias, aunque le sobraran ganas de hacerlo. Ella quedaba por fresca si lo daba y él por gracioso y desenvuelto.

Otras veces la contraprestación consistía en responder a preguntas comprometedoras. Si tuvieras que hacer un viaje, ¿a quién elegirías de acompañante?  ¿Te gusta alguna del grupo?

Y como ya se sabía o se intuía de qué pie cojeaba cada uno, lo que hacía el tasador de prendas era poner en un aprieto a los aludidos sin nombrarlos.

Juego de tiempos pasados que es historia de la etapa más fogosa e inestable de la vida.

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