La señora Carmen

 

La señora Carmen atesoró su sabiduría en la experiencia que da la vida y forjó su temple en la adversidad de un hijo enfermo. Enviudó de un guardia de asalto, cuerpo disuelto tras la guerra civil.
Para completar su escaso subsidio admitía estudiantes en su casa en régimen de pensión completa. Allí pasé un curso académico en un ambiente familiar junto con otros tres compañeros.
Uno de ellos, de apellido Pelayo, natural de Oliva de la Frontera, preparaba, las noches que pensaba quedarse a estudiar, un vaso grande de café solo, bien cargado.  El efecto duraba media hora, pues a partir de ahí empezaba a abrir la boca, daba las buenas noches y se acostaba.
De Fermín, hijo de un oficial de la Guardia Civil que estuvo en Llerena, permanece en mi memoria   su gran voz entonando el tango ‘Una noche de reyes’. Y de Antonio Marín, que después fue mi cuñado, el vino que traía de Ahillones y que compartíamos en las comidas.
La señora Carmen se sentaba al atardecer al lado de la puerta acristalada del balcón que daba a la avenida de santa Marina.  Cuando no teníamos muchas ganas de estudiar, que sucedía con más frecuencia de la conveniente, nos poníamos a charlar con ella. Con diecinueve años se ignoran muchas cosas, aunque creamos saberlas todas, y de los mayores siempre se aprende algo porque la vejez es grado que da al diablo más sapiencia que su estado.  La frase de Cicerón “la historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos” se entiende mejor cuando comprendemos la aportación, grande o pequeña, de cada uno de nosotros a ella.
Nos refería sucesos pasados con vehemencia contenida, que encendían sus ojos y bajaban el tono de su voz en los más comprometidos, como poniéndole bridas. En esos casos suspendía la costura y nos miraba por encima de sus gafas de presbicia.
A veces nos recitaba letras de canciones de su infancia y juventud: “Tan alta quieres subir, que al cielo quieres llegar, lástima te tengo niña del porrazo que has de dar”. “La bata me la pongo yo porque me sale del moño y en poniéndome la bata verás qué guapa me pongo…” Letras que nos traían aires de calle y de comba, de juegos de corro y de rayuela.
Entre puntada y puntada suspiraba. Quién sabe de dónde salen y hacia dónde escapan los suspiros, don Gustavo.  Humedecía el extremo del hilo en sus labios y poniendo la aguja a contraluz intentaba enhebrarla, acción que casi nunca conseguía a la primera.
Unos días antes de las vacaciones de Navidad, cuando llegó de la oficina del habilitado de cobrar su pensión de viudedad nos dijo: “Unos tanto y otros tan poco. ¡Qué ‘pagazas’ habrá hoy por ahí!”
Su marido tenía un deseo que ella hizo promesa para cuando él falleciera. Todos los meses apartaba una pequeña cantidad de su paga para que le pusieran una esquela en el periódico HOY, haciendo constar su profesión de guardia de asalto. Una última aspiración de permanencia en letra impresa para que constase en las hemerotecas el orgullo de haberlo sido. Y así la cumplió la señora Carmen, según nos contó con los ojos humedecidos una tarde al lado de los cristales del balcón.

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