Hospitales

Hay quienes al primer estornudo van al médico. Otros, entre los que me encuentro, nos resistimos a visitarlos y solo recurrimos a ellos cuando no hay más remedio por patente manifestación de síntomas y por la insistencia de nuestros allegados. Entrar en un centro sanitario y sentir una tenaza en el estómago es todo uno. Pero hay que hacerlo.
En los hospitales los relojes son los goteros que marcan el tiempo gota a gota, deslizando vida desde los botes hasta el cuerpo. Los familiares que acompañan a los enfermos están atentos para avisar cuando termina.  Las noches se hacen largas si no se duerme o se hace mal en un sillón de escay con el sueño a salto de mata entre la preocupación y la alerta ante cualquier movimiento o síntoma que presente el enfermo. La aurora se resiste a trazar la línea del horizonte.  
He vivido algunas situaciones de estas, como usted seguramente, amable lector, porque tarde o temprano todos pasamos por ellas como pacientes o acompañantes.
Allí se recibe con alegría la nueva vida de los que nacen y se despide con dolor la que termina.
Se sufre el proceso de la enfermedad y el gozo de la curación cuando dan el alta médica y mandan a casa al paciente sanado.
 Refería una señora que llevaba un mes acompañando a su marido día tras día que los conocidos y algunos parientes lejanos iban a visitarlos y a darles ánimo.  Que agradecía estas visitas y las palabras de aliento, pero que cuando llegaba la noche todos se habían despedido con un ‘¡A pasar buena noche!’ y se habían ido a sus casas a dormir y era ella la que tenía que quedarse al pie del enfermo. Y que esto repetido muchas veces socavaba la resistencia del más fuerte.
Cuando hay varios miembros en la familia, con buen entendimiento, se organizan turnos para hacer más soportable la situación, pero hay quien se encuentra solo para el menester y si la estancia es larga, la mella desmorona el ánimo y abate el cuerpo. «Las enfermedades y las herencias destrozan a las familias», escuché decir a una señora tras un suspiro que subió de la sima de la decepción a la cima del desengaño.
 Pensaba yo entonces que ha habido tiempos mucho peores, cuando no existían los hospitales comarcales ni los centros de salud y solo el médico de cabecera, con escasos medios debía enfrentarse a casos graves. Entonces recomendaba a la familia su traslado a Badajoz, a más de cien kilómetros de distancia. Y allá con el correspondiente volante se dirigían hacia aquel edificio rojo y aislado aún de otras edificaciones, que se vislumbraba desde la carretera de Sevilla y que actualmente es el Materno-Infantil. El viaje se hacía en taxi, a costa del enfermo, porque el servicio de ambulancias aún estaba en pañales. Los familiares tenían que buscar alojamiento en las pensiones cercanas, con los trastornos y gastos que conllevaba.
Afortunadamente tenemos una red sanitaria que si no óptima, es mucho mejor que la que había en los años sesenta, e infinitamente superior a la que describe Felipe Trigo en el ‘Médico rural’ cuando vivir era una aventura y enfermar una condena. Memorable la escena del viaje en mula de un pueblo a otro en una noche de tempestad para buscar asistencia médica.

2 respuesta a “Hospitales”

  1. Un articulo muy bueno,como todos,yo me he encontrado muchas veces en esa situación,en esas situaciones,en los dos lados,lo comprendo todo…y en esto como en muchas cosas ,hemos mejorado,por mucho que nos quejemos.

    1. Muchas gracias por tu comentario, María. Es evidente que hemos mejorado. Tenemos que evitar retroceder en lo que ha costado mucho tiempo conseguir. Las listas de espera, por ejemplo, son uno de los asuntos que, o se corrigen, o nos citarán cuando estemos ya criando malvas.

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