Guardar las apariencias

En el capítulo tercero del Lazarillo de Tormes se narra lo que le aconteció a este cuando se puso al servicio de un escudero que no tenía qué llevarse a la boca, salvo una paja con la que salía a la puerta “escarbando los que nada entre sí tenían” para aparentar ante los demás que había saciado su hambre. No era así, pero ponía, creía él, a salvo su fama y su honra, conceptos ambos de arraigada tradición en la sociedad y literatura. Lo describe viéndolo “venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta” […] “y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos”.
Aún hoy el buen nombre y la fama ocupan lugar destacado en la escala de valores sociales y, perdida la hacienda, se intentan preservar aquellos ante los ojos y la opinión de los demás, aunque ya sabemos que es el poderoso caballero quien “da y quita el decoro/y quebranta cualquier fuero”.  
Las personas necesitamos ser aceptadas y valoradas por el grupo con el que convivimos y el temor al rechazo y la marginación nos lleva a observar ciertas formalidades, aunque no comulguemos con ellas.  
Pero puede suceder que supongan un corsé y limiten la libertad cuando otorgan credenciales de buen o mal comportamiento, según retrógradas mentalidades.
Hay que ser muy independientes para no actuar condicionados en alguna medida por la opinión ajena, por el qué dirán. O eres pobre de solemnidad y nada tienes que perder viviendo al margen o muy rico y a ajenos ojos tus deslices serán campechanías y no desdoro.
Y si bien es necesario para la convivencia guardar modales que muestran el respeto a los demás, no es conveniente convertirse en esclavo o víctima de las mismas.  La moral y las costumbres son cambiantes y lo que ayer fue negro hoy tornó a rosado, aunque ciertos vigías de morales ajenas se empeñen en mantener e imponer, anquilosadas y rancias, las suyas.
Hace años convivir célibes sin pasar por vicaría suponía escándalo y mancilla y si llegaba un embarazo en estas circunstancias las hogueras de las lenguas abrasaban el crédito de los afectados. Si mediaba promesa, con prisas, a echarse bendiciones. Si procedía el retoño de casado o bribón, la pobre mujer afrontaba sola el infortunio. Así que muchas, porque la cincha de las murmuraciones las asfixiaba, pusieron tierra por medio y se abrieron camino en la vida con grandes dificultades lejos de tan agobiante corsé. “Me dijo: ¿Por qué te vas? /Le dije: porque el silencio/ de estos valles me amortaja/ como si estuviera muerto”.
Cotilleos en el pozo, ambientada en la Sevilla del siglo XIX. Se trata de una xilografía coloreada a mano, basada en un cuadro de J. Philips.
No había que llegar a esa situación para que el viento de arena minara la fama y el buen nombre. Los censores de morales ajenas tras las persianas llevaban cuadrante de horas de salidas y llegadas a casa. Hasta había quienes anotaban fecha de casamiento. Llegado el parto, aunque fuera con los dedos, echaban cuentas hacía atrás para averiguar momento de la concepción sin ángel. ¡Ya decía yo, que dispusieron pronto!
 Pero “La juventud siempre vence, la juventud siempre empuja” y los moldes opresores de antaño fueron, afortunadamente, rotos y las costumbres liberadas. Los que ayer fueron principios inmutables los cambiaron la sociedad y Groucho Marx. 

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