Final de verano

Un baile para el señor cura, Juan García Ramos
Al muchacho no lo dejaban entrar en el baile de la feria porque no tenía la edad. Desde fuera buscaba la manera de evitar el cuerpo del portero, colocado en medio de la puerta con vara de mimbre y aspecto de guarda jurado, y así observar lo que solo él guardaba como preciado secreto.
El local en el que se celebraban los bailes en las fiestas patronales era el patio de una extensa casa solariega. En un rincón crecía una parra que extendía su ramaje trenzado entre alambres y  se utilizaba como una  especie de techo. En la parte donde no alcanzaba, ponían telones de lona para evitar el sol en la matiné.
Los trámites de contratación de músicos y arrendamiento de sombrajos servían de justificación al miembro de la familia que gestionaba tales menesteres para tirarse unos cuantos días de viajes y homenajes a Baco.
 El grupo musical estaba compuesto casi siempre por saxofones y trompetas. Música de viento, vibrante y metálica que se enredaba en los sarmientos a ritmo de pasodobles o boleros de Machín, cuyas letras susurraban al oído las parejas de novios.
El acceso a la pista se hacía por la puerta principal de la casa, que ocupaba más de una manzana. No había justificante de pago, sino la anotación de los nombres en un papel y el control visual de toda la familia. Las mujeres no pagaban ni había reivindicaciones para compensar tal discriminación. Eran otros tiempos.
Venida a menos la hacienda familiar, los dueños mantuvieron orgullo y vajillas y un ‘en mi casa entra quien yo quiero’, que dificultaba el acceso a ciertas personas.  La historia venía de más atrás, de los tiempos de la república en los que hubo dos sociedades de recreo en el pueblo, escorados unos a babor y otros a estribor.
Baile en Bougival, Renoir.
Los días de septiembre estaban envueltos en melancolía. Por estas fechas llegaba el final de las largas jornadas de verano, la vuelta al colegio y las despedidas de los amigos.
Una de aquellas noches tocaba el grupo musical la canción de Peppino di Capri, ‘Melancolía’. El vocalista desgranaba la letra con sentimiento y ‘La Parra’ estaba de bote en bote.  El muchacho, que aún vestía pantalón corto, se afanaba por mirar entre el portero y el quicio de la puerta.  No lo hacía porque le gustaran los boleros ni los tangos, sino que ya, tan pronto para su edad, sentía una atracción especial por aquella mujer de vestido rojo y pelo rubio que había llegado de fuera. Cuando los músicos dieron descanso con un fuerte toque de platillos esperó en la puerta y se hizo el encontradizo para que ella, que siempre era cariñosa con él, le dijera algo. Le pasó la mano por la cabeza y le sonrió. A nadie se lo dijo, ni la mujer podía imaginar las intenciones ni los sentimientos de aquel niño que aún no había llegado a la pubertad. Hoy sonríe al recordarlo y no sabe cómo calificar ese conjunto de emociones, deseos y sueños que anidan en un corazón tan joven. Cómo puede surgir en un muchacho esa atracción por una mujer que le dobla la edad. Pero es cierto que las mariposas revolotean por el estómago antes de que la primavera cubra de flores los campos de la adolescencia.

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