El tío de la sangre.

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A  los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado  alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?

Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras,  nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por  esos campos tan solitarios a esas horas.

La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.

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Otro personaje de la inventiva popular era el «tío del Sebo». Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían  las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.

En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva  que le confería su aislamiento y desaliñado aseo.  Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva  presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie  de monstruo agresivo que se comía a los niños.

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