Despoblación

A veces recorro mentalmente las calles de mi pueblo cuando estoy en el umbral del sueño.  Me paro en las casas que conocí y hago listado de las personas que vivieron en ellas.  En otras ocasiones lleno los bares que frecuenté con los clientes que eran asiduos a sus copas y sus partidas y que ya abandonaron para siempre barra y mesa.  Me faltan asientos para acomodar a tantos conocidos. Con esta estrategia consigo entrar en los dominios de Morfeo y darme cuenta del lugar tan adelantado que ocupo en la fila que se dirige a los últimos oteros desde donde se divisa el mar. Lo que más tristeza me produce de este recorrido no es lo inevitable, que está asumido, sino la ausencia que dejan los que se van. Las casas que fueron en tiempos pasados hervidero de vida están hoy cerradas, sin que nadie de los que decía Juan Ramón que harían nuevo el pueblo cada año haya venido a ocupar el lugar que dejaron los muertos.

De las veintidós que tiene mi calle, trece están deshabitadas.  Quedan en la memoria sentimental las tertulias de sus vecinos al fresco en las noches de verano, el paso al anochecido de los agricultores que venían del campo mientras nosotros los niños apurábamos los lances del juego, las mujeres que se acercaban con la lechera a la casa del vecino a por la leche recién ordeñada.

Más entrada la noche los hombres hacían grupos en las Cuatro Esquinas y después compartían unos vinos por los bares, charlando generalmente de las tareas del campo, que siempre ha sido la actividad económica fundamental en sus ramas agrícola y ganadera y de la que dependían los pequeños negoecios del pueblo.

 De cinco zapaterías que hubo no queda ninguna. Cuatro fraguas y otras tantas carpinterías desaparecieron. Dos tahonas, una almazara y una posada corrieron igual suerte.  De ocho bares que había por el centro quedan tres y solo los fines de semana se ven algo concurridos.

La escuela, que tiene en su interior la esperanza del futuro, también sufre la merma de alumnos. Cuarenta este curso, con acumulación de niveles por aula. Si algún día faltase el bullicio en el patio de recreo el pueblo habría entrado en fase agónica.

De más de tres mil habitantes que hubo en los años cuarenta se ha pasado a menos de novecientos en la actualidad. Las expectativas son desalentadoras. La media de defunciones ronda las veinte, los nacimientos no llegan a la decena. Los jóvenes terminan sus estudios y buscan ocupación fuera. El resultado es una población envejecida, casi una pirámide invertida. El diagnóstico es fácil: falta de trabajo, descenso de la natalidad, emigración. Las soluciones, si las hay, son más complejas.

Dentro de cuatro años volverá a hablarse en las campañas electorales de este gran problema que necesita políticos que miren más allá de lo inmediato. Estadistas, que algunos dio esta tierra en tiempos.

Mientras tanto y a la espera, anochece.   No quiero pensar en alguien que en el futuro sea otro protagonista de ‘La Lluvia amarilla’, la excelente novela de Julio Llamazares, y que en una mezcla de delirio y lucidez repase en un pueblo vacío la historia de sus habitantes, sin nieve, pero con remolinos y tolvaneras batiendo las puertas de las casas abandonadas.

3 respuesta a “Despoblación”

    1. Un desequilibrio que perjudica tanto a las zonas rurales como a las ciudades. A ver si los padres de la patria, más afanados en el poder que en la buena administración, se dedican a intentar solucionar los problemas de la ciudadanía y no los suyos.

  1. Quizá, quizá, cuando las telecomunicaciones estén más avanzadas, los trabajos cambien y el teletrabajo sea factible en más ámbitos, vuelva la vida a los pueblos, quizá.

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