Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

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