El kiosco

Juan fue un buen hombre con alma de niño y corazón de gominola. Trabajó de panadero en Zafra, pero una enfermedad lo obligó a dejar esa profesión. Recaló en Ahillones y ahí formó su familia.   Lo empecé a tratar entre incienso, velas y campanas cuando yo empezaba a frecuentar la sacristía. Fue sacristán a la vieja usanza, con sotana negra y roquete blanco con bordes de encaje en las celebraciones solemnes.  Y no había de ser menos cuando la liturgia era rito y sustancia y los curas usaban manteos y sombreros de teja.
El ser jefe de los monaguillos le otorgaba ascendencia sobre ellos en una institución donde la jerarquía es excelencia. Pero nunca imponía.  Las hostias las sacaba de la oblea con máquina y repartía los recortes que sobraban entre los veteranos de la plantilla, que por algo es un grado. Pan ácimo fino y blanco que se deshacía en la boca casi al instante.
Un día lo sorprendí echando un trinque del vino de la consagración que estaba en un camarín de la sacristía. A mí me pareció normal que lo hiciera porque era el encargado de su custodia y reposición. Me ofreció un trago para hacerme partícipe del secreto. Por cierto, el vino estaba riquísimo. 
Los estipendios que cobraba por sus funciones no debían de ser sobrados y empezó a buscar la forma de incrementarlos. 
En aquellos tiempos la televisión era una novedad y había pocas en el pueblo. En el amplio salón de la Acción Católica había una. Se llenaba todas las tardes para ver los programas infantiles y películas como Bonanza, El llanero solitario o El Virginiano… Y ahí metió punta para sacar reja.  La sobrina de don José, que este era el nombre del párroco, fue su prestamista sin intereses. Cinco duros, veinticinco pesetas de principios de los sesenta. Compró botellas de ‘La Casera’ y empezó a venderlas por vasos.  Cuando llegó el primer verano se hizo con una nevera antigua, de esas que se cargaban con barras de hielo. Era de un bar vecino y ya no la necesitaban. No enfriaba demasiado, pero las burbujas saltándonos a la nariz suplían lo que faltaba de frío.
Amplió la oferta con chucherías y adquirió un frigorífico eléctrico. Allí empezó a hacer polos con refrescos de naranja y limón en los moldes de los cubitos, con palillos que siempre salían ladeados.
El negocio marchaba y por fin llegó el kiosco.  Solicitó permiso al ayuntamiento y en una carpintería del pueblo se lo construyeron. Verde y cuadrangular, con portillo abatible delantero que graduaba en los laterales con clavijas, según luz o agua hubiera. En invierno le ponía cristales y dejaba solo una ventanilla para despachar, como en las taquillas de los cines.
En un alambre sujetas con pinzas de la ropa estaban las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, las amorosas de Corín Tellado y las calcomanías.  Por allí pasaban los hombres, las parejas de novios y los niños. Unos cuantos le ayudaban encantados a hacer cucuruchos de papel de estraza y llenarlos de avellanas, calentitas, recién sacadas del brasero. Él era uno más.
 El kiosco, un poco de isla, de oasis y de confesionario se convirtió en referencia y lugar de encuentro. Hoy solo está abierto en el recuerdo de quienes lo conocimos. 

Pesadillas

La soledad es un vacío donde los pensamientos tienden a expandirse sin más contención que la fantasía de cada cual, así que, sueltas las bridas de la mía, lo primero que hace es trotar desbocada hacia los prados de la infancia.
Los fantasmas de las pesadillas provocaban que en medio de la noche pidiese auxilio. “¿Ves? Aquí no hay nadie y en la habitación de al lado tampoco”. Pero a veces era tal el miedo, que me iba a la cama de mis padres porque temía que volvieran. Allí en su compañía me sentía protegido del capricho de los sueños.
Yo sabía que mi voz o mi llanto los alertaban y que al poco estarían a mi lado tranquilizándome y aplacando mi agitación.
Ahora no me asustan los sueños, sino la vigilia y temo a otros peligros, que no son fantasmas ni alucinaciones de una noche de fiebre.
Cuando he tenido que quedarme solo en casa, sin tener ya la edad ni el ingenio del niño Kevin para salvar situaciones comprometidas, adopto ciertas precauciones.
 Temo que durante la madrugada me ocurra algún percance y no pueda llamar la atención de nadie y que si al día siguiente vienen a buscarme no puedan entrar a socorrerme.  Por eso no cierro por dentro con cerrojo ni dejo la llave en la cerradura y tengo el teléfono siempre a mano.  Con esas cuitas me adentro en el sueño. Al abrir los ojos por la mañana siento la alegría de encontrarme de frente con la luz que entra por la ventana anunciando un nuevo día.
 Leí en el mes de agosto en este periódico la noticia de que una mujer fue encontrada en su casa de Cáceres con síntomas de deshidratación, tras haber caído al suelo por un desvanecimiento y estar más de cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. Afortunadamente, pudo ser rescatada a tiempo por los bomberos.
Más triste e irremediable ha sido el caso de la señora del distrito madrileño de Ciudad Lineal, hallada el pasado mes de octubre momificada después de llevar quince años muerta en el baño de su vivienda.
Estaba administrativamente viva porque pagaba religiosamente sus facturas y mientras el voraz dragón satisfacía su apetito pecuniario la supusieron viva y nadie pensó que su ausencia pudiera ser eterna.
En los pueblos pequeños se echa más pronto en falta a quien se ausenta por existir un trato habitual y más cercano. En las grandes ciudades, en que algunas relaciones vecinales son de aceite y agua, de adiós y buenos días en la escalera, como mucho, es más fácil que pasen inadvertidas las desapariciones. Los pisos son como celdas de colmenas, próximos, pero aislados, donde a veces los moradores saben poco de sus vecinos y la muerte entra en alpargatas de espuma, sin tan siquiera darle a la cisterna cuando ha terminado su misión.
En edades avanzadas, cuando se vive solo, las pesadillas no son soñadas, sino reales, sin nadie en la habitación contigua que escuche la llamada de angustia o los sollozos. Mientras los vecinos entran y salen del bloque a sus faenas puede suceder, como en los casos descritos, que alguien yazca en el suelo inconsciente o que de un baño se pase a un proceso de momificación en un periodo de quince años de olvido.

Maletillas

Pintura de López Canito.
El toreo, además de provocar opiniones encontradas, ha inspirado acordes en los pentagramas, metáforas en la literatura e imágenes a los pinceles y a las manos de los escultores.
Por citar a algunos ejemplos: Ernest Hemingway, Blasco Ibáñez, García Lorca, José Bergamín, Vicente Aleixandre entre los literatos; Goya y Picasso entre los pintores; Mariano Benlliure y Feliciano Giles entre los escultores.  Para los maletillas suponía un medio con el que alcanzar sus sueños.
En la plaza de toros de Vista Alegre se celebraban novilladas nocturnas para aspirantes a toreros.  Las organizaban Domingo Dominguín y los hermanos Lozano. El periódico ‘Pueblo’ se encargaba de darle publicidad a los eventos.
A Manuel García Cuesta, ‘El Espartero’ se le atribuye la frase “más ‘cornás´ da el hambre” cuando le avisaron del peligro de las astas. A estos festivales acudieron los que huían de esas cornadas invisibles que resaltan pómulos y profundizan cuencas y los que querían conseguir fama y cortijos.  Las retransmisiones de estas novilladas por televisión, con el nombre de ‘La Oportunidad’, extendió su divulgación por toda España y el programa fue un éxito. De allí salieron toreros como Palomo Linares, Ángel Teruel y el Niño de la Capea.
Blas Romero González, ‘El Platanito’, natural de Castuera y vecino esporádico de hospicios y correccionales, alcanzó notoriedad con sus exageraciones y aspavientos, lejos de la ortodoxia del arte de Cúchares, pero cayó en gracia en el momento oportuno y triunfó, aunque su gloria fue efímera.  El coche amarillo del practicante de mi pueblo fue bautizado con el apodo de ‘Platanito’.
Las circunstancias sociales favorecieron esta eclosión de jóvenes que querían ser maestros del toreo.
‘El Cordobés’, salido de la nada, pasó de robar gallinas a ser un ídolo de masas, rico y famoso. Espontáneo en la plaza de las Ventas, representaba la rebeldía y las ganas de comerse el mundo para quienes nada tenían que perder y sí mucho que ganar. La televisión abrió la ventana por donde escapar del anonimato y saltar a la fama.
Con todo este caldo de cultivo mi amigo pensó que su vida cuidando ovejas y destripando terrones en los barbechos no tenía futuro. Fue rumiando la idea de marcharse en la soledad de su trabajo en el campo. 
Sentado detrás de la puerta entreabierta por donde entraba un haz de sol a la caída de la tarde, imaginaba que esa era la luz de la plaza y él paseaba por el albero su triunfo mientras la banda de música tocaba el pasodoble ‘Nerva’.
Una madrugada de luna llena con leve hatillo al hombro se fue por las sombras de las paredes en busca de la gloria. De equipaje llevaba ilusiones anudadas en un pañuelo al cuello y zapatillas aladas para sus pasos. Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos y durmió envuelto en un capote que soñaba verónicas en la Maestranza. Las siluetas de las encinas eran cuatreños que embestían a sus lances naturales, los que se dan con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Imaginó ajustadas chicuelinas, como se ciñe el viento a la retama. Las estrellas en el tendido del cielo eran flores que tiraban al ruedo celebrando su éxito. Anhelos de gloria de jóvenes maletillas que buscaban su redención entre soñados toriles de sangre y blancos pañuelos al aire.

Olores y sabores

El olor de las manzanas y los membrillos de las huertas sobre el ‘topetón’ de la chimenea llenaba toda la casa de aromas campestres. El de la tortilla de patatas recién hecha al anochecer, el de la leña en la candela de la chimenea las mañanas de invierno, el olor a incienso y a lirios en las grandes solemnidades de la iglesia, el de la tierra mojada con las primeras aguas del otoño, el de la ropa limpia y recién planchada sobre la piel blanca de niño…
Una parte fundamental de nuestros recuerdos está asociada a olores y sabores.
Al contrario de las matanzas, que se hacían a la vista de los vecinos e incluso en la antigüedad se alardeaba de ello, tostando los cerdos en las puertas de las viviendas como seña de identidad de los cristianos viejos frente a los musulmanes y como muestra de verdadera adhesión a la fe cristiana de los conversos, a las dulzainas se les ponía sordina para que no trascendiese su elaboración más allá de las cuatro paredes de la casa.
No estaba bien visto ser goloso y se tendía a ocultar el gusto por los dulces al considerarlo una debilidad de la voluntad, reprimidos como estaban la gula y los apetitos desordenados y ponderadas la abstinencia y la mesura como virtudes. 
Calificar de golimbra a una persona era poco menos que insultarla. Pero se elaboraban y se comían dulces exquisitos. En unas tierras feraces, pródigas en cereales, olivos, almendros; abundantes cabañas de ovejas y corrales con gallinas, sería un desprecio a la naturaleza desaprovechar los frutos que ofrecían y los usos que se les podían dar en la elaboración de tan apetitosos manjares.
Por primavera había una eclosión de formas, aromas y sabores: gañotes, pestiños, rosquillas para la Pascua… La miel de nuestros campos elaborada por las abejas que libaban en jaras, tomillos, cantuesos, romeros, eucaliptos, era el complemento ideal para muchas de estas variedades.
Permanecen en la memoria los sabores vírgenes de niño y al volver a sentirlos nos evocan situaciones de la primera vez. Aún recuerdo cuando probé las ‘puchas’, vocablo que el diccionario de la RAE no recoge con esta acepción, pero que la mayoría de los extremeños conocemos. Por ahí las llaman gachas. Un postre dulce y apetitoso a base de aceite de oliva, harina, leche, azúcar y, a gusto del consumidor, anís, canela, pan frito…
Nos las puso mi tía Ana una noche de matanza como postre. ¡Cómo una comida tan simple pudo saberme tan exquisita! Y la leche nevada con montañas de clara de huevo y cimas de canela…
Para los difuntos y todos los santos vendían huesos de quienes habían alcanzado los altares.  La primera vez que los vi en un escaparate de la calle Armas de Llerena iba con mi padre y le pregunté que qué era lo amarillo que estaba por dentro y me contestó que el tuétano. ¿Qué es eso?, le pregunté. Una sustancia que tenemos en el interior de los huesos. Me compró uno y con desconfianza empecé a comerlo. Al percibir el primer sabor se disiparon los recelos.  Me lo comí y me relamí los labios cuando acabé. Lo de huesos me sonaba a muerto, pero lo compensé con la santidad, que me supo a gloria bendita.

Nombres de calles

Un concejal del Ayuntamiento de Cáceres ha propuesto cambiar el nombre de algunas calles para dar más protagonismo a las mujeres en el callejero. Justo es que en igualdad de méritos no se haga distinción por sexos.
 Los nombres de personas que suben a los altares de las esquinas es preferible que sean políticamente neutros para la aquiescencia unánime de los bautistas y para que tal consenso tenga ciertas garantías de perdurabilidad en el tiempo.
 No basta descollar en cualquier rama del saber o haber aportado a la comunidad los beneficios de sus descubrimientos, pues si han existido militancias o simpatías políticas a derecha o izquierda, sus méritos, sus currículos y sus brillantes trayectorias profesionales quedan empañados, de forma que tal mácula rompe unanimidades, haciendo aparecer muecas de desaprobación en quienes bailan con otro son el baile escurridizo de las ideologías.
 Los nombres más volátiles son los de los políticos. Héroes para unos, villanos para otros, según el cristal con que se mire. Loores o reparos, al albur de las situaciones políticas cambiantes.  
No digamos si hay cambio de régimen de dictadura a democracia o viceversa. Entonces faltan andamios y escaleras para quitar placas y colocar las nuevas. En esas circunstancias no se da a abasto para rebautizar y declarar anatemas. Y bien está que quien fue verdugo o causó daño en cualquier tiempo o circunstancia no merezca honor ni gloria.
Si en los pueblos y ciudades se hiciesen encuestas preguntando por las vidas y méritos de muchos de los nombres a los que se refieren los rótulos, bastantes vecinos tendríamos dificultades para responder sobre ello.  Bien estarían unas lecciones de historia a través de recorridos guiados por sus calles y avenidas.  Por eso está muy bien la iniciativa del ayuntamiento de Badajoz de poner, acompañando al nombre, cuáles fueron las profesiones o actividades en las que destacó el ensalzado y fijar las fechas de nacimiento y muerte, pero evitando los errores en los letreros que señalaba en un interesante artículo Mirian F. Rua, publicado en este periódico en junio del año pasado. A Godoy se le atribuían 200 años de vida y algún personaje inexistente, como Arturo Barco, lució en tan honorífico lugar por un error ortográfico, suplantando a Arturo Barea, autor de ‘La forja de un rebelde’.
Que le dediquen a alguien una calle en su pueblo estando vivo, es muestra de la estima de sus paisanos y de reconocimiento a sus merecimientos. Honor que pocos mortales alcanzan. Conozco dos casos por estos lares: Plácido Ramírez Carrillo en Puebla de la Reina o el doctor Rodríguez Sánchez en Casas de Reina.  
El prestigio y la nombradía son efímeros en las esquinas y en la memoria colectiva.  Cambios en la denominación de calles y avenidas ha habido en todos los pueblos y ciudades.  En Llerena hay una, llamada Aurora, que es puerta de entrada del sol cuando amanece. Según el documentado libro de Luis Garraín sobre sus calles, historia y personajes, siete veces cambió para volver a sus orígenes: Puerta Nueva, Alhóndiga, Marqués de Valdeterrazo, Cervantes, General Solans y José María de Alvear. Y es que los edificios desaparecen y las personas se olvidan, pero el sol sigue saliendo por el mismo sitio, salvo que el cabo Gutiérrez disponga lo contrario y se líe a tiros con el horizonte. 

Residencia en tierra.

Con este título del libro de poemas de Pablo Neruda fijo anclaje en la tierra donde uno tiene sus afectos y, previendo futuras tempestades que el viento de la edad levante, a su amarre fío la permanencia en ella.
Ni el último suspiro se da siempre en la cama que fue descanso, vela, gozo y lágrima callada, ni salen los muertos hacia la última morada de la casa donde se vivió. Tampoco la vejez madura a la lumbre de la chimenea donde tantas veces los ojos quedaron absortos en las llamas.
Antes los ancianos envejecían en sus casas. En la inmensa mayoría de los casos, eran las hijas quienes aliviaban las limitaciones y torpezas de la edad avanzada. Sigue siendo así en muchos casos, pero la evolución y los cambios sociales han hecho que los hijos tengan ocupaciones que no les permiten prestar la atención que necesitan sus progenitores y las residencias de mayores han venido a sustituir la labores de aquellos. Llevar a alguien a un al asilo suponía antes casi una humillación para el afectado y un reproche para los que lo consentían.  Una especie de hospicio para personas mayores indigentes.  Esa era la imagen, aunque la realidad fuese diferente.
Un hombre de mi pueblo enviudó.  Los hijos se casaron y formaron hogares aparte. Mientras pudo valerse por sí mismo permaneció en su casa. El buey solo bien se lame, me decía. Salía y entraba cuando le daba la gana. Cocinaba y arreglaba su casa y si un día se liaba de copas con los amigos, no tenía prisas por llegar ni temor a reprimendas. Ancha es Castilla. Pero el tiempo encorva y pone frenos en los pies. ¡Con lo que yo he andado!, me dijo un día mientras golpeaba con el bastón en el suelo. Una hija residente en Madrid se lo llevó con ella.
 Los primeros meses intentó adaptarse a las nuevas condiciones. Entretenía su tiempo paseando por las calles y viendo escaparates. Pronto localizó un bar parecido a los del pueblo. Entabló amistad con un grupo de clientes asiduos a través de preguntas y respuestas: de dónde es usted, a qué quinta pertenece o dónde sirvió cada uno.
Cuando lo traían por vacaciones le preguntaba yo cómo le iba por los ‘madriles’. Bien, respondía, pero con un movimiento de cabeza en diagonal, que no era ni sí ni no. Son todos muy buenas personas, pero ¿qué hago yo allí charlando y bebiendo vino con gente que no he visto en mi vida? Y se volvió al pueblo, donde estaban sus raíces. ‘A tu tierra grulla, aunque sea con una pata’.
Las residencias de mayores, los centros de día y los pisos tutelados ofrecen servicios básicos en los lugares de origen a las personas que los necesitan, gente mayor que quiere pasar la última fase de su vida en sus pueblos en una edad en que es difícil comenzar una nueva.  Los recuerdos, de los que se alimenta el espíritu en estas etapas, están ahí, en el lugar donde saben por dónde sale el sol y se pone en cada estación del año, donde escucharon el ruido de las canales desde la cama, jugaron de niño y se mocearon de jóvenes y conocen palmo a palmo con sus nombres las tierras que rodean el pueblo.

Camas vacías

Fuimos hijos y esperaban nuestro regreso por las noches. Somos padres y aguardamos el regreso de los nuestros.  Un cambio de papeles que nos hace entender mejor el dicho de que quien espera desespera y a comprender el enfado que provocábamos si tardábamos en volver a casa siendo jóvenes.
Cuando los hijos son pequeños cerramos la puerta de la calle y nos acostamos con la tranquilidad de saber que todos estamos dentro, protegidos de la intemperie y de los sucesos que pueden acaecer fuera. Si despiertas durante la madrugada al oírlos toser, acudes a arroparlos y te tranquiliza verlos dormir plácidamente en sus camas.
Les llega la edad volandera y empiezan a salir, conquistando aplazamientos de regreso con la justificación de que sus amigos hacen lo mismo y con la lógica de que si salen a la una no van a volver a las dos. ¡En mis tiempos con vuestra edad salíamos al anochecer y a las doce, como mucho, estábamos en casa!, o algo parecido les decimos algunas veces. Pero ya no es ayer, sino el desmadre horario que hace que los jóvenes vivan en la cara oculta de la esfera del reloj.
Para el que está de fiesta las manillas corren ligeras e ignoradas. Solo el despunte del alba da una campanada rosa, lenta y progresiva hacia la luz que los alerta de que ya va siendo hora, pero tranquilos que las prisas no son buenas consejeras. Para el que aguarda, el sonido del tictac es una cuenta atrás hacia la angustia y cada sonido de la campana del reloj de la sala es un aldabonazo en la médula del sueño. ¿Cuántas han dado, cinco o seis? ¡Las horas que son y estos niños sin venir! Después te vas haciendo a la idea y te acostumbras a encontrártelos cuando tú sales temprano, que para ellos no es tan tarde todavía. Cada uno tiene una llave y el que va llegando comprueba si es el último.
Y no es que nosotros no trasnocháramos, pero lo hacíamos puntualmente, en casos de feria en los pueblos cercanos, no por hábito como lo hacen ahora todos los fines de semana y fiestas de guardar. Se sale más tarde y se recogen más tarde.
Un amigo de mi edad, que en alguna ocasión llegó al amanecer, encontró a su padre, con los avíos del campo preparados, esperando detrás de la puerta. Al entrar le dijo con enfado contenido, pero con toda la tranquilidad que pudo fingir: “No te acuestes. Cámbiate de ropa que nos vamos. Quien sirve para la juega, sirve para el trabajo”. Pasó la mañana entre los surcos a remolque de su sombra, aliviando la resaca con el agua de la cántara y mirando el reloj al que horas antes no había hecho ni caso. Al día siguiente se pensaría si volver de feria.
Ya no se hace eso, que yo sepa. Ahora, cercanas las cuatro de la tarde, los padres se plantean si llamarlos para que coman algo o dejarlos dormir hasta que despierten.
Llega el tiempo en que de volanderos pasan a remontar el vuelo y se van en busca de nuevos horizontes. Entonces echamos de menos sus llegadas, aunque fueran a deshora. Ver sus camas hechas y vacías cuando te levantas produce un poco de nostalgia.

Volver

Jampiris, ‘La vejez y el paso del tiempo’.
Volver adonde vivimos–habiendo sido felices o no, porque hasta de los malos momentos quedan algunos posos agradables – conlleva la añoranza de lo que fue y que ya solo existe en el recuerdo porque las coordenadas de tiempo y lugar no coincidirán nunca más.  Sentimos curiosidad por saber cómo seguirán las personas que conocimos y los edificios y paisajes por donde anduvimos, pero puede suceder que la imagen que guardamos se derrumbe estrepitosamente con el reencuentro.
Los lugares nos parecerán más pequeños y nos costará trabajo reconocer a quienes en la mayoría de los casos ganaron volumen, arrugas y canas o perdieron pelo. En el instante del reencuentro se produce el pase vertiginoso de una película que se rodó en nuestra ausencia, intentando nuestro cerebro unir las últimas escenas que vivimos entonces con las que tenemos delante y en esa vorágine de sensaciones es fácil despeñarse por el barranco de la realidad.
Estos días de vacaciones he tenido ocasión de saludar a amigos que hacía tiempo no veía. ¡Qué bien te conservas! ¡Tú sí que estás bien! Un intercambio de halagos acompañados de una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y el espanto, disimulando como mejor podemos la mentira piadosa que nos estamos echando.
Agrada que te digan lo bien que te mantienes, pero no hay que tomárselo al pie de la letra, no vaya a ser que, subida la autoestima, confíes al elogio lo que el cuerpo no presta y puesto a saltar una zanja, pongamos por caso, te quedes a mitad de trayecto porque la masa ya no está para pico ni el horno para bollos.
Los cumplidos son prácticas sociales que hacen más grata la convivencia, aun sabiendo que nos están dando una mano de barniz adulador. Es más satisfactorio que te digan lo bien que te encuentran que qué mala cara tienes o que si todavía alcanzas a abrocharte los zapatos con el barrigón que sobresale tanto de la cintura que casi te impide verlos.

Edvard Munch, ‘La danza de la vida’
Hay una historia de una pareja de amigos que un día volvieron a saber el uno del otro por las redes sociales. Tuvieron una relación de afecto, pendiente de materializarla en abrazos. Muchos años después empezaron a chatear y se citaron para charlar y tomar algo después de tan largo tiempo. Los dos fueron ilusionados al encuentro.
Él llegó primero y entretuvo su espera paseando por una calle adyacente al lugar de la cita. Se detuvo a mirar un escaparate con amplias lunas que lo reflejaban. En ese momento pasó la compañera y tras dudar lo reconoció.  Miró y sin decir nada pasó de largo y se fue. Él también la vio en el cristal, pero no tuvo valor de darse la vuelta. Tuvieron miedo de deshacer bruscamente la imagen ideal que tenían uno del otro. Mejor seguir en la cueva de Platón. Ella le comunicó que por motivos imprevistos no podía acudir a la cita. Él le respondió que le había pasado lo mismo. Quedarían para otro día que nunca más llegó.
Cantaba Carlos Gardel un tango con letra de Alfredo Lepera que describe esta situación: “…y tuve miedo de aquel espectro que fue mi locura de juventud” “…busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad”.

Olas

 

Todos los veranos hay olas de calor y de playa. Las del mar para quienes gusten y puedan. A mí me fascinan las que llegan con sus testuces levantadas y embisten furiosas, rompiendo sus crines de espuma contra los acantilados. O las de madrugada cuando se escucha su incesante vaivén de sonajeros rotos. Y ver la luna rielando en sus espaldas.  Las que acompañan al baño, menos. No por ellas, sino por el molesto peaje de la arena caliente en la planta de los pies y su querencia a pegarse a mi cuerpo.

Las otras olas, las de calor, llegan montadas en caballos de calima desde tierras africanas: polvo, sudor y fatiga. Las sufren con especial intensidad los que viven en las vegas del Guadalquivir y del Guadiana, donde el sol se desploma en las vaguadas haciéndose el muerto y les resulta difícil a los vientos levantar sus posaderas para que remonten el vuelo.

En el rincón suroeste de España, ijares de la piel de toro, hay un triángulo con forma de parrilla que es tarjeta de presentación del averno en llamas-Badajoz, Córdoba y Sevilla- donde estamos acostumbrados a sudar la gota gorda y a rondar por los cuarenta grados. Cuando la siega era hoz, cintura doblada, gavilla, sombrero de paja, barril entre haces y pañuelo en la nuca, el remedio lo traía el rapaz aguador que no tenía más oficio que hacer ‘verea’ con el cántaro al hombro: del tajo al pozo y del pozo al tajo. Con él aliviaban el calor, prendido en sus lomos como plástico ardiendo, los esforzados, casi esclavos, segadores que trabajaban en cuadrilla.

Calor hacía antes y hace ahora, con la diferencia de que antes se mitigaba con los pocos medios naturales al alcance y con la experiencia acumulada. Actualmente hay más maneras de evitarlo. La principal para los hombres y mujeres del campo ha sido el cambio en las formas de realizar las faenas. “Esas jocis y esa segureja’ quedaron para siempre clavadas en el techo y ya ni para un embargo sirven. 

Ahora avisan de altas temperaturas con alertas amarillas. Los consejos son de una lógica elemental. Beber mucha agua, buscar la sombra y evitar el ejercicio físico en las horas centrales del día.

Pareciera que la calima, ese manto que desvanece el azul celeste con un tono blanquecino y vuelve al aire denso, fuera una aparición novedosa que nunca visitó estos lares. Es de siempre, de la cepa extremeña y veraniega.  Resulta que después las estadísticas muestran que esas mismas temperaturas o más elevadas se dieron en tal o cual año, con lo que parece que el calor difumina pronto la memoria. Peor es la elevación de la temperatura media, gangrena silenciosa del cambio climático que avanza.

Yo recuerdo los espejuelos que forma la flama a lo lejos, en los caminos y en las carreteras, y más cerca, en las siestas, agarrada como pantera al acecho al cortinón del corral.  La abuela con el abanico en el regazo en la mecedora debajo del reloj. Y las hojas de los árboles, inmóviles, como si el aire las hubiese rodeado de melaza. 

Deseando que las de la playa sean placenteras y las del interior no agobien, con esta columna, me despido, amables lectores, hasta septiembre, con permiso de la autoridad y si por bien fuere.

Accidentes de tráfico

El mes de julio había pasado su ecuador. Era una noche calurosa y las terrazas de los bares estuvieron concurridas. Dio la una el reloj de la torre y aún permanecíamos los rezagados apurando las últimas copas, los que aguantábamos hasta que pasaban los municipales avisando de que era la hora de cierre. Desde nuestro velador veíamos la ventana de su casa iluminada. Al poco se apagó la luz.  La noche se adentraba en la madrugada sin ninguna novedad destacable. Pagamos las consumiciones y, cuando nos íbamos. observamos que se iluminaba otra vez el interior de la casa, de donde después salieron sus padres. Como disponían de otra vivienda en el pueblo, pensamos que irían a quedarse allí. Unos hechos intrascendentes si no hubiera sido por lo que sucedió.  No supimos más aquella noche.
Me enteré a la mañana siguiente, cuando un amigo común se acercó a mi casa y desde la cama escuché lo que le decía a mi madre: “Ildelfonso ha muerto en un accidente de tráfico”. Sufrí una conmoción que jamás he olvidado.  Entonces entendí la salida precipitada de sus padres y recompuse lo que había sucedido por lo que contaron quienes estaban más informados.
Salió en coche con unos amigos que habían llegado de vacaciones. Se dirigieron al pueblo cercano de Valverde de Llerena donde se les unieron otros dos conocidos. Todos se dirigieron a Fuente del Arco. Nunca llegaron. En la primera curva, cerrada y en pendiente, el coche derrapó y salió de la carretera. Se estrelló contra las rocas que había en el talud de un regajo. Sólo él murió.
Sonó el teléfono en casa de los padres y les comunicaron que su hijo había tenido un accidente. Se dirigieron al cuartel de la guardia civil de Valverde donde lo tenían.  Esperaban que estuviera herido quizás, pero no muerto, tendido sobre un banco. Solo tenía un pequeño cardenal en la frente, pero la vida ya no estaba en aquel cuerpo de veinte años.
Los había cumplido cuatro días antes, un día después que yo. Estudiábamos segundo de Magisterio y compartíamos amistad y residencia en Badajoz.
 En la mesa de su casa quedó la comida que su madre le tenía preparada, como todas las noches, para cuando llegara.
Aquella mañana los amigos fuimos a acompañar a su familia y a expresarles nuestro pesar. Allí recibí una de las impresiones más desgarradoras que en mi vida haya tenido. La madre, desolada, abrió la caja para que lo viéramos, quizás por verlo ella otra vez más. Vestía el pantalón beige y el niqui azul con que salió de su casa. Parecía dormido, con la naturalizad impasible que les queda a los muertos. Le toqué la frente fría de ausencia y mármol.
Los padres no volvieron a levantar cabeza después de su muerte. Una tristeza se enquistó en sus vidas para siempre. Pasaban de la tristeza a sus faenas como sonámbulos, ausentes de lo que les rodeaba. Cada vez que nos veían a los que fuimos sus amigos asomaban las lágrimas a sus ojos.
Todos los años desde entonces me acuerdo de él por estas fechas. El lunes hace cuarenta y ocho de aquella aciaga noche. Por eso me impresionan las noticias de las muertes en accidentes de tráfico, porque conllevan un impacto emocional que desestabiliza brutalmente.