Volver

Jampiris, ‘La vejez y el paso del tiempo’.
Volver adonde vivimos–habiendo sido felices o no, porque hasta de los malos momentos quedan algunos posos agradables – conlleva la añoranza de lo que fue y que ya solo existe en el recuerdo porque las coordenadas de tiempo y lugar no coincidirán nunca más.  Sentimos curiosidad por saber cómo seguirán las personas que conocimos y los edificios y paisajes por donde anduvimos, pero puede suceder que la imagen que guardamos se derrumbe estrepitosamente con el reencuentro.
Los lugares nos parecerán más pequeños y nos costará trabajo reconocer a quienes en la mayoría de los casos ganaron volumen, arrugas y canas o perdieron pelo. En el instante del reencuentro se produce el pase vertiginoso de una película que se rodó en nuestra ausencia, intentando nuestro cerebro unir las últimas escenas que vivimos entonces con las que tenemos delante y en esa vorágine de sensaciones es fácil despeñarse por el barranco de la realidad.
Estos días de vacaciones he tenido ocasión de saludar a amigos que hacía tiempo no veía. ¡Qué bien te conservas! ¡Tú sí que estás bien! Un intercambio de halagos acompañados de una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y el espanto, disimulando como mejor podemos la mentira piadosa que nos estamos echando.
Agrada que te digan lo bien que te mantienes, pero no hay que tomárselo al pie de la letra, no vaya a ser que, subida la autoestima, confíes al elogio lo que el cuerpo no presta y puesto a saltar una zanja, pongamos por caso, te quedes a mitad de trayecto porque la masa ya no está para pico ni el horno para bollos.
Los cumplidos son prácticas sociales que hacen más grata la convivencia, aun sabiendo que nos están dando una mano de barniz adulador. Es más satisfactorio que te digan lo bien que te encuentran que qué mala cara tienes o que si todavía alcanzas a abrocharte los zapatos con el barrigón que sobresale tanto de la cintura que casi te impide verlos.

Edvard Munch, ‘La danza de la vida’
Hay una historia de una pareja de amigos que un día volvieron a saber el uno del otro por las redes sociales. Tuvieron una relación de afecto, pendiente de materializarla en abrazos. Muchos años después empezaron a chatear y se citaron para charlar y tomar algo después de tan largo tiempo. Los dos fueron ilusionados al encuentro.
Él llegó primero y entretuvo su espera paseando por una calle adyacente al lugar de la cita. Se detuvo a mirar un escaparate con amplias lunas que lo reflejaban. En ese momento pasó la compañera y tras dudar lo reconoció.  Miró y sin decir nada pasó de largo y se fue. Él también la vio en el cristal, pero no tuvo valor de darse la vuelta. Tuvieron miedo de deshacer bruscamente la imagen ideal que tenían uno del otro. Mejor seguir en la cueva de Platón. Ella le comunicó que por motivos imprevistos no podía acudir a la cita. Él le respondió que le había pasado lo mismo. Quedarían para otro día que nunca más llegó.
Cantaba Carlos Gardel un tango con letra de Alfredo Lepera que describe esta situación: “…y tuve miedo de aquel espectro que fue mi locura de juventud” “…busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad”.

Olas

 

Todos los veranos hay olas de calor y de playa. Las del mar para quienes gusten y puedan. A mí me fascinan las que llegan con sus testuces levantadas y embisten furiosas, rompiendo sus crines de espuma contra los acantilados. O las de madrugada cuando se escucha su incesante vaivén de sonajeros rotos. Y ver la luna rielando en sus espaldas.  Las que acompañan al baño, menos. No por ellas, sino por el molesto peaje de la arena caliente en la planta de los pies y su querencia a pegarse a mi cuerpo.

Las otras olas, las de calor, llegan montadas en caballos de calima desde tierras africanas: polvo, sudor y fatiga. Las sufren con especial intensidad los que viven en las vegas del Guadalquivir y del Guadiana, donde el sol se desploma en las vaguadas haciéndose el muerto y les resulta difícil a los vientos levantar sus posaderas para que remonten el vuelo.

En el rincón suroeste de España, ijares de la piel de toro, hay un triángulo con forma de parrilla que es tarjeta de presentación del averno en llamas-Badajoz, Córdoba y Sevilla- donde estamos acostumbrados a sudar la gota gorda y a rondar por los cuarenta grados. Cuando la siega era hoz, cintura doblada, gavilla, sombrero de paja, barril entre haces y pañuelo en la nuca, el remedio lo traía el rapaz aguador que no tenía más oficio que hacer ‘verea’ con el cántaro al hombro: del tajo al pozo y del pozo al tajo. Con él aliviaban el calor, prendido en sus lomos como plástico ardiendo, los esforzados, casi esclavos, segadores que trabajaban en cuadrilla.

Calor hacía antes y hace ahora, con la diferencia de que antes se mitigaba con los pocos medios naturales al alcance y con la experiencia acumulada. Actualmente hay más maneras de evitarlo. La principal para los hombres y mujeres del campo ha sido el cambio en las formas de realizar las faenas. “Esas jocis y esa segureja’ quedaron para siempre clavadas en el techo y ya ni para un embargo sirven. 

Ahora avisan de altas temperaturas con alertas amarillas. Los consejos son de una lógica elemental. Beber mucha agua, buscar la sombra y evitar el ejercicio físico en las horas centrales del día.

Pareciera que la calima, ese manto que desvanece el azul celeste con un tono blanquecino y vuelve al aire denso, fuera una aparición novedosa que nunca visitó estos lares. Es de siempre, de la cepa extremeña y veraniega.  Resulta que después las estadísticas muestran que esas mismas temperaturas o más elevadas se dieron en tal o cual año, con lo que parece que el calor difumina pronto la memoria. Peor es la elevación de la temperatura media, gangrena silenciosa del cambio climático que avanza.

Yo recuerdo los espejuelos que forma la flama a lo lejos, en los caminos y en las carreteras, y más cerca, en las siestas, agarrada como pantera al acecho al cortinón del corral.  La abuela con el abanico en el regazo en la mecedora debajo del reloj. Y las hojas de los árboles, inmóviles, como si el aire las hubiese rodeado de melaza. 

Deseando que las de la playa sean placenteras y las del interior no agobien, con esta columna, me despido, amables lectores, hasta septiembre, con permiso de la autoridad y si por bien fuere.

Accidentes de tráfico

El mes de julio había pasado su ecuador. Era una noche calurosa y las terrazas de los bares estuvieron concurridas. Dio la una el reloj de la torre y aún permanecíamos los rezagados apurando las últimas copas, los que aguantábamos hasta que pasaban los municipales avisando de que era la hora de cierre. Desde nuestro velador veíamos la ventana de su casa iluminada. Al poco se apagó la luz.  La noche se adentraba en la madrugada sin ninguna novedad destacable. Pagamos las consumiciones y, cuando nos íbamos. observamos que se iluminaba otra vez el interior de la casa, de donde después salieron sus padres. Como disponían de otra vivienda en el pueblo, pensamos que irían a quedarse allí. Unos hechos intrascendentes si no hubiera sido por lo que sucedió.  No supimos más aquella noche.
Me enteré a la mañana siguiente, cuando un amigo común se acercó a mi casa y desde la cama escuché lo que le decía a mi madre: “Ildelfonso ha muerto en un accidente de tráfico”. Sufrí una conmoción que jamás he olvidado.  Entonces entendí la salida precipitada de sus padres y recompuse lo que había sucedido por lo que contaron quienes estaban más informados.
Salió en coche con unos amigos que habían llegado de vacaciones. Se dirigieron al pueblo cercano de Valverde de Llerena donde se les unieron otros dos conocidos. Todos se dirigieron a Fuente del Arco. Nunca llegaron. En la primera curva, cerrada y en pendiente, el coche derrapó y salió de la carretera. Se estrelló contra las rocas que había en el talud de un regajo. Sólo él murió.
Sonó el teléfono en casa de los padres y les comunicaron que su hijo había tenido un accidente. Se dirigieron al cuartel de la guardia civil de Valverde donde lo tenían.  Esperaban que estuviera herido quizás, pero no muerto, tendido sobre un banco. Solo tenía un pequeño cardenal en la frente, pero la vida ya no estaba en aquel cuerpo de veinte años.
Los había cumplido cuatro días antes, un día después que yo. Estudiábamos segundo de Magisterio y compartíamos amistad y residencia en Badajoz.
 En la mesa de su casa quedó la comida que su madre le tenía preparada, como todas las noches, para cuando llegara.
Aquella mañana los amigos fuimos a acompañar a su familia y a expresarles nuestro pesar. Allí recibí una de las impresiones más desgarradoras que en mi vida haya tenido. La madre, desolada, abrió la caja para que lo viéramos, quizás por verlo ella otra vez más. Vestía el pantalón beige y el niqui azul con que salió de su casa. Parecía dormido, con la naturalizad impasible que les queda a los muertos. Le toqué la frente fría de ausencia y mármol.
Los padres no volvieron a levantar cabeza después de su muerte. Una tristeza se enquistó en sus vidas para siempre. Pasaban de la tristeza a sus faenas como sonámbulos, ausentes de lo que les rodeaba. Cada vez que nos veían a los que fuimos sus amigos asomaban las lágrimas a sus ojos.
Todos los años desde entonces me acuerdo de él por estas fechas. El lunes hace cuarenta y ocho de aquella aciaga noche. Por eso me impresionan las noticias de las muertes en accidentes de tráfico, porque conllevan un impacto emocional que desestabiliza brutalmente. 

Móviles y manos

Nuestro cuerpo habla constantemente sin articular palabras. La tristeza, la alegría, las frustraciones, el cansancio, los enfados…salen al exterior a través de sus manifestaciones.
Después de la cara, que es espejo, las manos son las más expresivas e inquietas y, como a los niños cuando llegan las visitas, hay que tenerlas entretenidas para que no revelen interioridades. El lenguaje corporal tiene en ellas a unas delatoras que pregonan lo que ocurre en nuestro interior. Nos desnudan y nos exponen a la vista de quienes saben interpretar sus expresiones. Sudan y tiemblan. Agitan inoportunas el folio que leemos en público o alisan los cabellos de la nuca cuando presienten desconcierto. Dudan dónde colocarse en situaciones comprometidas y azoran a su dueño.  A los designados para altas funciones de representación o integrantes de noble alcurnia los instruyen sobre cómo colocarlas, aunque también meten las manos donde no deben.
En ocasiones necesitan asideros para disimular el estado de su dueño. El orador les pone atril, punzón el maestro y bolsos las mujeres. Esos objetos les sirven de cauce para drenar tensiones. Son como la toma de tierra por donde escapa el nerviosismo.
 El tiempo que estamos solos en lugares públicos echamos mano del periódico, de algún folleto o miramos la televisión con tal de desviar la atención que puedan estar prestándonos ojos ajenos.  Cuando yo frecuentaba discotecas, y a falta de mejor lugar donde ponerlas, los vasos les servían de asidero. Parecía uno más seguro teniéndolas en el cristal por donde resbalaba el vaho. Otras veces utilizábamos para este menester las llaves, el cigarro o el mechero, cuando los locales públicos eran fumaderos insalubres.
De niño, en la iglesia, me fijaba en quienes venían de comulgar y en las vacilaciones que mostraban algunos. Dudaban si ponerlas como en la primera comunión, juntas y con los dedos en la barbilla, escondidas entre los brazos cruzados, enlazadas por delante o por detrás o caídas siguiendo el compás del paso.
Los móviles han venido a unificar muchos de los usos que les dábamos a los objetos que nos servían de descarga, disimulo o protección.  Son aplicaciones que no vienen detalladas en los manuales de instrucciones y que tampoco necesitan conocimientos técnicos específicos para su utilización.
Pueden servir como evasión en situaciones donde no tienes mucha confianza o no deseas mantener una conversación ni cruzar miradas con quienes no conoces.  Pongamos por caso, en las salas de espera de las consultas médicas donde cada uno lleva sus cuitas y cavilaciones y en lugar de contarle a quien no conoces los síntomas de tus males te fugas por el teclado.
Hay quienes los utilizan para evitar el saludo del conocido que se cruza en la calle. La solución tradicional era hacerse el desentendido y ponerse a mirar escaparates. O reparar en lo bien que había quedado una fachada.  Ahora sacan el móvil y simulan que se han acordado repentinamente de que tenían que dar una razón o se lo llevan a la oreja, hablan o aparentan que lo están haciendo.
Entre los usos no previstos ni deseados están lo de meter los pies en los charcos, en una alcantarilla sin tapa o arrollarse con la escalera apoyada en la pared donde arriba hay un operario afanado en su trabajo que se lleva un susto de muerte.

Las prendas

 

Había juegos diferenciados por sexos.  Jugar a las casitas y a las muñecas, por ejemplo, era propio de las niñas y al fútbol de los niños. Tan arraigada estaba esta diferencia que quienes participaban en los del sexo opuesto eran calificados despectivamente como mariquitas o marimachos. Ni imaginar por los años sesenta que habría un campeonato mundial de fútbol femenino.

Pero también había juegos compartidos. Entre otros, el del pañuelo y el escondite.

El de las prendas se jugaba en los comienzos de la adolescencia. Un juego de gestos delatores que no pasaban desapercibidos para las personas más intuitivas, que suelen ser las mujeres.

Entre pieza y pieza de baile, tras las idas y venidas de los paseos o cuando no había otra cosa de más provecho que hacer se sentaban los participantes alrededor de una camilla y empezaban. ‘Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda a su juego y el que no lo atienda pagará una prenda’.  A quien indicaba el dedo cuando terminaba la canción tenía que pagarla. El señalado cogía el relevo y reanudaba el entretenimiento con la misma cantinela. Sobre la mesa se iban acumulando, pañuelos, cintillos, anillos carteras, … Un depósito del que cada uno recuperaba al final sus pertenencias, previo pago. Los accesorios no eran muy variados ni abundantes porque se salía ligero de equipaje.  

A la hora del rescate llegaba la parte más divertida. Para ello hacían falta dos participantes: el que mostraba el objeto entregado y otro que sin verlo le asignaba precio. ‘¿Qué se merece el dueño de esta prenda?’ Todos atentos al veredicto.  Dependiendo de la imaginación y ocurrencia del tasador la acción era más o menos graciosa, más o menos comprometida. Dar una palmadita en la espalda a alguien, pedir un cigarro, acercarse a un grupo y decir alguna tontería…Generalmente se explicaba a los receptores el motivo de la acción, quienes, comprensivos, lo aceptaban.

 

Al contrario que en el servicio militar, donde el valor se le supone al que no ha tenido ocasión de demostrarlo, en esa edad se dan por normales las gansadas y en vez de supuestas, se demuestran en cada ocasión que se presenta.   

 El rescate de la prenda mediante un beso al amigo del sexo opuesto, en aquel tiempo de contenciones y pudores, era como pedir la luna. Ni casto ni fraternal. Así que entre sofocos y risotadas se pedía permuta al oficiante. En estos detalles triviales se ponían de manifiesto dos cosas: el lenguaje corporal que expresaba sentimientos sin palabras y la distinta vara de medir que la sociedad tenía según se fuera hombre o mujer. Al varón no le faltaba disposición ni la ocultaba para darlo o recibirlo, pero en la mujer no estaba bien visto y guardaba distancias, aunque le sobraran ganas de hacerlo. Ella quedaba por fresca si lo daba y él por gracioso y desenvuelto.

Otras veces la contraprestación consistía en responder a preguntas comprometedoras. Si tuvieras que hacer un viaje, ¿a quién elegirías de acompañante?  ¿Te gusta alguna del grupo?

Y como ya se sabía o se intuía de qué pie cojeaba cada uno, lo que hacía el tasador de prendas era poner en un aprieto a los aludidos sin nombrarlos.

Juego de tiempos pasados que es historia de la etapa más fogosa e inestable de la vida.

Hospitales

Hay quienes al primer estornudo van al médico. Otros, entre los que me encuentro, nos resistimos a visitarlos y solo recurrimos a ellos cuando no hay más remedio por patente manifestación de síntomas y por la insistencia de nuestros allegados. Entrar en un centro sanitario y sentir una tenaza en el estómago es todo uno. Pero hay que hacerlo.
En los hospitales los relojes son los goteros que marcan el tiempo gota a gota, deslizando vida desde los botes hasta el cuerpo. Los familiares que acompañan a los enfermos están atentos para avisar cuando termina.  Las noches se hacen largas si no se duerme o se hace mal en un sillón de escay con el sueño a salto de mata entre la preocupación y la alerta ante cualquier movimiento o síntoma que presente el enfermo. La aurora se resiste a trazar la línea del horizonte.  
He vivido algunas situaciones de estas, como usted seguramente, amable lector, porque tarde o temprano todos pasamos por ellas como pacientes o acompañantes.
Allí se recibe con alegría la nueva vida de los que nacen y se despide con dolor la que termina.
Se sufre el proceso de la enfermedad y el gozo de la curación cuando dan el alta médica y mandan a casa al paciente sanado.
 Refería una señora que llevaba un mes acompañando a su marido día tras día que los conocidos y algunos parientes lejanos iban a visitarlos y a darles ánimo.  Que agradecía estas visitas y las palabras de aliento, pero que cuando llegaba la noche todos se habían despedido con un ‘¡A pasar buena noche!’ y se habían ido a sus casas a dormir y era ella la que tenía que quedarse al pie del enfermo. Y que esto repetido muchas veces socavaba la resistencia del más fuerte.
Cuando hay varios miembros en la familia, con buen entendimiento, se organizan turnos para hacer más soportable la situación, pero hay quien se encuentra solo para el menester y si la estancia es larga, la mella desmorona el ánimo y abate el cuerpo. «Las enfermedades y las herencias destrozan a las familias», escuché decir a una señora tras un suspiro que subió de la sima de la decepción a la cima del desengaño.
 Pensaba yo entonces que ha habido tiempos mucho peores, cuando no existían los hospitales comarcales ni los centros de salud y solo el médico de cabecera, con escasos medios debía enfrentarse a casos graves. Entonces recomendaba a la familia su traslado a Badajoz, a más de cien kilómetros de distancia. Y allá con el correspondiente volante se dirigían hacia aquel edificio rojo y aislado aún de otras edificaciones, que se vislumbraba desde la carretera de Sevilla y que actualmente es el Materno-Infantil. El viaje se hacía en taxi, a costa del enfermo, porque el servicio de ambulancias aún estaba en pañales. Los familiares tenían que buscar alojamiento en las pensiones cercanas, con los trastornos y gastos que conllevaba.
Afortunadamente tenemos una red sanitaria que si no óptima, es mucho mejor que la que había en los años sesenta, e infinitamente superior a la que describe Felipe Trigo en el ‘Médico rural’ cuando vivir era una aventura y enfermar una condena. Memorable la escena del viaje en mula de un pueblo a otro en una noche de tempestad para buscar asistencia médica.

Acoso

Cruzábamos por aquellos años, a caballo entre dos mundos, el desfiladero inestable y azaroso que va de la niñez a la adolescencia. Etapa de inseguridades emocionales y manifestaciones glandulares en la que cantan los gallos de la garganta sin que anuncien la alborada y asoma sin aviso previo el rubor cuando creemos que alguien intenta traspasar la frágil frontera de nuestra intimidad. No añoro este período ni lo considero tiempo mejor por ser pasado. Es como un viaje en una noria de feria: del abismo al cielo.
En esta fase del desarrollo se magnifica cualquier adversidad y se sufre profundamente por los desaires que los demás, voluntaria o involuntariamente, puedan infligir.  Si alguien siente que no es aceptado en un grupo, en el menos malo de los casos, o es descaradamente rechazado, puede llegar al aislamiento y la marginación.  De ahí, con la autoestima por los suelos, a la depresión solo hay un paso. 
Esos tiempos de zozobras y contradicciones en los que la personalidad, maleable y tierna aún, busca acomodo en un mar de turbulencias interiores son fundamentales para una estabilidad anímica posterior.
Dando un paso más hacia la exclusión se llega al acoso y a la tragedia, como de vez en cuando, desgraciadamente, saltan noticias a los medios de comunicación. Escandalizan y hieren a cualquiera que sienta un poco de empatía.
A uno, que por profesión ha observado e intentado impedir comportamientos de este tipo y que como padre alguna vez sufrió, le duelen y alarman por su frecuencia, crueldad e impunidad.
He visto en ocasiones cómo unos cuantos desalmados hacían grupo y cuchicheaban y se reían de otro compañero, a las claras, con aviesa actitud, para que se diera cuenta el agraviado del escarnio.  
Los centros de enseñanza son un observatorio privilegiado para detectar estas conductas. Observar casos no es difícil, buscarles solución, sí lo es y mucho porque la relación entre los alumnos se prolonga más allá del edificio escolar y el machaqueo continúa fuera. Cuando se citan unos a otros para ir a jugar se olvidan de los señalados. Las invitaciones a los cumpleaños son también ocasiones en las que se puede hacer mucho daño cuando se llama a casi todos los de la clase menos a unos pocos.
Basta formar grupos de trabajo por elección libre de los componentes para darse cuenta quiénes son los marginados y quiénes los líderes. No hacen falta muchos sociogramas para descubrirlos. Por qué unos son los que llevan la voz cantante y los demás los siguen, sin hacer cursillos ni haber tenido aprendizaje previo, me ha interesado siempre.  El líder natural, pone y quita jugadores en el equipo y dice quien juega de portero, que es el puesto que casi nadie quiere. Es el que fija hora y lugar de reunión y pone condiciones. Ellos son los que pueden evitar en muchas ocasiones, poniéndose de parte del acosado, conductas que atentan contra la dignidad y los derechos fundamentales. La fuerza del grupo, puestos a hacer daño, es un arma mortífera para destruir estimas.   Lo débiles tienen las de perder en esta vorágine de destrucción afectiva. El acoso tiene muchas manifestaciones, como señalan los profesores Iñaki Piñuel y Araceli Oñate:  prohibiciones, burlas, manipulación social, coacciones, exclusiones, intimidaciones, agresiones y amenazas. Un arsenal para derribar las más sólidas fortalezas.

Despoblación

A veces recorro mentalmente las calles de mi pueblo cuando estoy en el umbral del sueño.  Me paro en las casas que conocí y hago listado de las personas que vivieron en ellas.  En otras ocasiones lleno los bares que frecuenté con los clientes que eran asiduos a sus copas y sus partidas y que ya abandonaron para siempre barra y mesa.  Me faltan asientos para acomodar a tantos conocidos. Con esta estrategia consigo entrar en los dominios de Morfeo y darme cuenta del lugar tan adelantado que ocupo en la fila que se dirige a los últimos oteros desde donde se divisa el mar. Lo que más tristeza me produce de este recorrido no es lo inevitable, que está asumido, sino la ausencia que dejan los que se van. Las casas que fueron en tiempos pasados hervidero de vida están hoy cerradas, sin que nadie de los que decía Juan Ramón que harían nuevo el pueblo cada año haya venido a ocupar el lugar que dejaron los muertos.

De las veintidós que tiene mi calle, trece están deshabitadas.  Quedan en la memoria sentimental las tertulias de sus vecinos al fresco en las noches de verano, el paso al anochecido de los agricultores que venían del campo mientras nosotros los niños apurábamos los lances del juego, las mujeres que se acercaban con la lechera a la casa del vecino a por la leche recién ordeñada.

Más entrada la noche los hombres hacían grupos en las Cuatro Esquinas y después compartían unos vinos por los bares, charlando generalmente de las tareas del campo, que siempre ha sido la actividad económica fundamental en sus ramas agrícola y ganadera y de la que dependían los pequeños negoecios del pueblo.

 De cinco zapaterías que hubo no queda ninguna. Cuatro fraguas y otras tantas carpinterías desaparecieron. Dos tahonas, una almazara y una posada corrieron igual suerte.  De ocho bares que había por el centro quedan tres y solo los fines de semana se ven algo concurridos.

La escuela, que tiene en su interior la esperanza del futuro, también sufre la merma de alumnos. Cuarenta este curso, con acumulación de niveles por aula. Si algún día faltase el bullicio en el patio de recreo el pueblo habría entrado en fase agónica.

De más de tres mil habitantes que hubo en los años cuarenta se ha pasado a menos de novecientos en la actualidad. Las expectativas son desalentadoras. La media de defunciones ronda las veinte, los nacimientos no llegan a la decena. Los jóvenes terminan sus estudios y buscan ocupación fuera. El resultado es una población envejecida, casi una pirámide invertida. El diagnóstico es fácil: falta de trabajo, descenso de la natalidad, emigración. Las soluciones, si las hay, son más complejas.

Dentro de cuatro años volverá a hablarse en las campañas electorales de este gran problema que necesita políticos que miren más allá de lo inmediato. Estadistas, que algunos dio esta tierra en tiempos.

Mientras tanto y a la espera, anochece.   No quiero pensar en alguien que en el futuro sea otro protagonista de ‘La Lluvia amarilla’, la excelente novela de Julio Llamazares, y que en una mezcla de delirio y lucidez repase en un pueblo vacío la historia de sus habitantes, sin nieve, pero con remolinos y tolvaneras batiendo las puertas de las casas abandonadas.

Electrodomésticos

Mi madre madrugaba todos los días y encendía el anafe para que cuando nos levantáramos nosotros estuviera el café caliente, el pan tostado y la leche cocida con la espuma hasta el borde, que era el certificado popular de garantía sanitaria.
 Un cerillo, unos palitos secos y el soplillo hacían que los trozos de carbón cambiasen el color negro por las tonalidades naranjas, rojas y azuladas.
Había que mantener el fuego a lo largo de la mañana para que se hiciera el puchero, que borbolleaba lentamente hasta el mediodía con la tapadera ligeramente ladeada, como gorro de legionario, para que no rebosara el caldo.  Una vez extinguido ya no se encendía hasta el día siguiente.  
El carbón servía también para la plancha de hierro y los calentadores de cama. Era el combustible por excelencia. Se guardaba en la parte inferior de la cocina.
Todos los días pasaba Damián el carbonero por la calle voceándolo con su burro y su serón, como los panaderos y los hortelanos, que llenaban las calles de reclamos.
Llegaron después los infernillos de petróleo, que desprendían un tufo desagradable y, por fin, las cocinas de butano que supusieron un adelanto considerable con ahorro de tiempo e inmediatez de uso. Desaparecieron las pavesas que desprendía la combustión del carbón y que se posaban con forma de copos en todos sitios. Hubo, no obstante, que perder la desconfianza y el miedo que infundían las bombonas por temor a explosiones y a la asfixia. El olor a gas alarmaba y todas las noches antes de acostarnos comprobábamos que la espita estaba cerrada.
Cuando mi generación apareció por este mundo, en los años cincuenta, había pocos medios técnicos que hicieran más confortable la vida.
Para aliviar el calor en verano, el abanico, el fresco de la noche, el agua del pozo y el botijo al relente.  En invierno para el frío, brasero de cisco y, el que podía, candela con leña de encina, olivo o almendro. Hasta huesos de las aceitunas sirvieron en tiempos pasados como combustible.
Los cuartos de aseo consistían en un rincón con tocador, jarra, palangana y soporte, donde se colgaba la toalla. Aunque hoy se extrañen los más jóvenes, casi todas las casas tenían estercolero donde, provistos de un palo para espantar al gallo pendenciero y celoso del gallinero, aliviábamos los cuerpos.
Para lavar la ropa se utilizaban los nudillos de las manos, la panera y el ‘batiero’, bien en los corrales o a la orilla del arroyo.  A los niños nos aseaban en verano al caer la tarde al aire libre del patio y cuando hacía frío al lado de la camilla con las enagüillas levantadas.  
El electrodoméstico que más falta hacía para suavizar el duro trabajo de lavar a mano, la lavadora, fue el que más tardó en aparecer. El motivo:   el agua corriente no llegó al pueblo hasta principios de los años setenta. Antes de las obras de saneamiento los albañales eran causa frecuente de disputas entre vecinos por los vertidos y los atascos que provocaban las tormentas.
El frigorífico relevó a las despensas y alacenas para conservar los alimentos.
Los electrodomésticos fueron llegando poco a poco. Cada uno supuso una mejora de la calidad de vida, sobre todo de las mujeres, a las que llamaban amas y en realidad fueron esclavas.

Votemos en paz

No sabían la profundidad del pozo en el que habían caído hasta que con gran esfuerzo alcanzaron el brocal con las manos desgarradas.  De sus ropas quedaban sucios harapos que dejaban ver sus cuerpos consumidos, pómulos salientes y mirada hundida, allá, en los cuencos violáceos de sus ojos. Al principio no fue el verbo ni la luz, sino el silencio, el miedo y las tinieblas. La escalada desde el cenagal del fondo que cualquier guerra provoca fue penosa. Hubo que empezar de nuevo desde las ruinas que la sombra de Caín dejó sobre las tierras de España. En el borde del abismo miraron entonces al cielo y se dieron cuenta de lo que habían perdido o les habían robado. Lucharon por conseguir cobijo en paz bajo su manto y un lugar al sol para sus vidas, costase lo que costase en la moneda del trabajo. El ser humano es un ave Fénix, que resurge de sus propias cenizas y supera los más difíciles obstáculos.
Los años del hambre no fueron ni un eufemismo ni una frase redonda para poner título a las crónicas de un tiempo negro, sino una realidad lacerante, que afectó a todos, aunque con desigual intensidad y grado. Como siempre los que no tenían clavo al que agarrarse, ni aun ardiendo, pagaron el peaje más caro por un asiento en el barco de la vida. Algunos quedaron en tierra para siempre.  Hubo pocas familias que pasaron el angosto desfiladero con holgados medios; otras, lo hicieron con lo mínimo y la mayoría a pelo, según bando y fortuna. Espigadores, rebuscadores, ballesteros, furtivos…cualquier actividad servía para buscarse la vida, que estaba más escondida que nunca entre cascotes aún calientes. Dignidad había la que dejaban el miedo y la falta de alimentos que llevarse a la boca. Hubo quienes vendieron sus cuerpos porque había quienes los compraban por unas migajas de pan o un mísero trabajo. Cobarde y abyecto chantaje ante la necesidad. Los hijos duelen como alfileres en los ojos; por ellos se hace todo.  Se rumiaban las palabras que no podían decirse, quedando a la orilla del esputo, pero se callaban produciendo arcadas, casi vómitos, porque sin vida sobran atributos y decoros y había que asegurar en primer lugar la subsistencia.

Deshonra para los que, pudiendo hacer el bien, hirieron y gloria a los que tendieron la mano a quienes la necesitaban. Las situaciones turbulentas resaltan la grandeza de las personas nobles y agrandan la maldad de los miserables. No le demos de nuevo ocasión a la historia para demostrarlo. Que el ciprés no extienda su alargada sombra de odio a las nuevas generaciones. Volver sobre lo andado es caer de nuevo al pozo.  El olvido es más difícil y quizás ni convenga porque no depende de la voluntad, sino de la memoria y esa va por libre sin que acepte bridas ni aparejos.
No más azules, rojos, amarillos, grises, pardos o violetas para excluir. Los colores son el alma del campo, que vive en las flores y  el corazón del cielo, que late en las nubes de los crepúsculos. Una combinación que encuentra en la variedad su razón de ser y su armonía. No los uséis como lanzas contra los adversarios. Un voto es un arma de paz que vale más que mil pistolas.