Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.

2 respuesta a “Campesinos.”

  1. Terminamos de leerlo mi padre y yo y en varias ocasiones me ha dicho:
    -¡Qué joio porculo!
    Nos ha encantado, a mí por la formación y a él por los recuerdos vividos.

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