Atardecer en la plaza de Llerena

 

 Al atardecer, dos ojos  de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.

¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?

Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.

Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.

Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.

Se levanta una suave brisa que atusa los picos  de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo  punk.

A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.

¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?

¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?

¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?

¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?

¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?

Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.

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