Ellos

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Bajo el velo difuso del pronombre personal ‘ellos’ metemos a un grupo de personas tan diversas como detestadas. El hablante y el oyente marcamos distancias con tal ralea. En él purgan castigos los condenados por nuestro veredicto. Son los que nos burlan hacienda, bienestar y derechos. Los que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas. La mayoría de estos aborrecidos personajes tienen la habilidad innata para escalar hasta el lugar donde se reparte el bacalao y cuchillo en mano llevarse la mejor parte. O les ampara la cobertura legal para el desempeño de la función que distribuye el peso de las tareas comunes, cargando esta sobre hombros ajenos y salvando los suyos. A todos les buscamos acomodo bajo el paraguas de este vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…Son, como dicen en mi pueblo, los del asa, los que portan la cesta en la que se guardan las viandas y donde meten mano con disimulo o descaro, según se tercie, pues perdida la vergüenza no aparecen los sonrojos. Los que siempre están al lado de la candela y en los lugares convenientes en que se toman las decisiones importantes.  Tiene el referido vocablo la virtud de crear complicidad y conciencia de clase entre los que no se consideran del grupo, que somos nosotros y vosotros. 
‘Eso viene de arriba’, se dice para expresar que es inevitable el cumplimiento de alguna orden o mandato. Así que chitón y ‘palante’. Procede de esa nebulosa que aglutina el poder, donde también hay gente honesta y caraduras que dan lecciones de moral que ellos no cumplen.
 Este pronombre es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. Ninguna ‘portavoza’ ni ‘miembra’ de las que exigen ponerle falda a las palabras, que se sepa, ha reivindicado para la forma pronominal ‘ellas’ la participación en tan onerosa carga.
Contra esta maraña entrelazada y asfixiante de presiones que marca la música con la que nos hacen bailar, cabe la rebeldía, al menos la interior.
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Una noche yendo de ronda la guardia municipal por los bares del pueblo, como era costumbre, encontró a un vecino renuente a irse a su casa sin apurar antes los últimos vasos de vino. Cerraban a la una. Minutos antes solían pasar avisando de que la hora de cierre se acercaba. Aquella noche por quítame allá esas pajas regadas con alcohol, se formó una pequeña discusión que alteraba el silencio de la noche. Tuvo que intervenir la guardia civil que estaba de servicio en el pueblo. “¡Y tú, ¡Ángel, -que ese era el nombre del rezagado, ocurrente, vivaz y parlanchín personaje- a tu casa y a la cama, que es donde tenías que estar ya a estas horas!”
Apuró el vaso y emprendió la retirada a regañadientes. Al salir por la puerta donde estaban los guardias, “miró al soslayo fuese y no hubo nada”, pero pronunció la siguiente frase que contiene esa rebeldía ante la imposición:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Marzo

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El refranero califica a este mes como pardo, cambiante y yerbero: ‘En marzo crece la hierba, aunque le des con un mazo’. Despuntan las yemas de las hojas y las flores. Las aves se aparean con sonoro cortejo de trinos. Construyen sus nidos, camuflados entre el pasto del suelo o en las horquetas de los árboles con minucioso y paciente acarreo. Germinan las semillas en los campos y en los lugares aparentemente más inhóspitos. Por cualquier pequeña grieta o resquicio entre las rocas asoma la vida. Los lomos y los bordes de los caminos se adornan con ribetes verdes para honor y escolta de carreteros y caminantes. Lirios, jacintos, margaritas orquídeas, amapolas…
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Los peces escalan corrientes. ‘Por san José sube el pez’. Difícil remontada cuando falta el agua en los cauces secos.  Mientras redacto estas líneas llueve suavemente, como bálsamo en herida. ¡Qué ganas de escuchar las canales caer copiosamente y que el verde desvaído y macilento se torne vivo y refulgente! Las sementeras estarán recibiendo esta lluvia como fértiles hembras en tiempo de celo. Agua fecunda.
Marzo trae de la mano al equinocio de la primavera, tiempo de cuaresma, de potajes, de pestiños, gañotes y rosquillas. De luz, aromas y colores.
Las siembras con poco se alzan en espigas y con ellas las llamadas malas hierbas. El amo de la parábola aconsejaba esperar a que crecieran juntos el trigo y la cizaña y separarlos después para el fuego o el granero. Antes, para quitar los cardos, los vallicos, la grama, la cizaña y los jaramagos se escardaban los cultivos. Del cardo le viene el nombre a esta labor de entresaque y limpieza.
Recuerdo a los escardadores cuando pasaban camino del tajo al venir el día con el azadón al hombro o en bicicletas, atado con cuerdas a lo largo de la barra o metido entre los aparejos de las bestias.
Recorrían las cuadrillas en formación horizontal la sementera, avanzando paso a paso entre los surcos. Con golpes de azada arrancaban los hierbajos como quien quita espinillas en la cara de un adolescente.  Era una labor minuciosa que necesitaba tiempo y jornales. Más costoso a corto plazo que la de secarlas con herbicidas, esos venenos limpios que dejan rastros ocultos de muerte tras un falso verdor.
 A largo plazo está por calcular el costo. A cuentas estamos. O quizás lo estemos pagando ya. ¿Dónde están los trigueros y las alondras, esas avecillas que decía Luis Chamizo despabilaban los campesinos a su paso   cuando estaban ‘agachás’ entre los surcos del barbecho?
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En esas mismas siembras canta la codorniz los primeros días de la primavera. Los furtivos con un reclamo que imita el piar de la hembra atraen a los machos, ciegos de celo, hasta el lugar donde tienen extendida la red sobre los trigos y cebadas. Cuando sienten cerca su canto las espantan. Su vuelo queda enredado y prisionero entre las mallas.
Aves pequeñas, redondeadas, escurridizas, con un canto metálico y trisílabo, que asemeja a la palabra huéspedes. Dicen que para atravesar el estrecho en su viaje desde África hacen de sus cuerpos veleros, un ala como vela y la otra de timón. Un prodigio más de la naturaleza. Pronto las oiremos al alba y al ocaso cuando paseemos por los caminos entre siembras.

Antiguas medidas

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Los estudiantes aprendíamos en los libros, pero había temas que no venían en ellos. En ocasiones, sentados alrededor de la camilla en la taberna donde compartíamos con gente del campo vino y charla, surgían conversaciones sobre cómo resolver problemas de la vida real.
Un tema recurrente era el de las cuentas cochineras.
Venían a mi mente entonces aquellos versos de Gabriel y Galán. “Pues el mozu empringó tres papelis/de rayas y letras/y pa ensenrearsi/de aquella maeja,/ ijo que el aceiti que a mí me tocaba/era ‘pi menus erre’, ¿te enteras? ¡Pus pués dil jaciendu/ las sopas con ella!”.
Así que por amor propio decidí aprender a echar esas cuentas utilizando arrobas, libras y cuarterones, que era la forma tradicional que tenían ellos de resolverlas.
A mí me sonaban algunas de esas unidades de años atrás, cuando mi madre preguntó que quién se había comido la media libra de chocolate que guardaba en el aparador. Yo dije que solo me había comido unas jícaras, vocablo que el diccionario utiliza para designar a la vasija pequeña para tomar chocolate y con el que aquí designamos a cada una de las porciones de la tableta.  El diccionario las denomina onzas, que también son cada una de las dieciséis partes en que se divide la libra, o sea, 28.75 gramos.
La manera práctica de aplicar mis conocimientos sobre las cuentas cochineras tuvo lugar un año cuando mi padre me mandó ir a por el guarro de la matanza y comprobar el peso con el vendedor.  Entre dos hombres y mi poca ayuda le pasamos las sogas por la barriga y lo subimos hasta la romana que pendía de otra soga atada en el techo. El vendedor pasó el pilón por la fila de números grabados en el astil y, alcanzado el equilibro, nos invitó a comprobarlo. ¡Ese es su peso! 
La arroba además es medida de capacidad, unos dieciséis litros, y se utiliza para vinos y aceites. Cuatro cuartas, una arroba.
Por el significado de la legua pregunté cuando de niño leí el cuento de Pulgarcito para saber cuánto recorría el ogro de cada zancada con sus botas de siete leguas.
En los comercios se medían las telas por varas, medida de longitud, que, sin llegar al metro, varía de unas regiones a otras. También las vi en los anchos de las vías pecuarias.
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La fanega, que igualmente es distinta según regiones, se utilizaba como medida de superficie y de capacidad. En las eras se llenaban los sacos con cuartillas. Cuatro cuartillas rasadas correspondían a una fanega. El almud, el medio almud y el celemín eran otras tantas medidas para el grano. Estos recipientes se conservan en algunas casas de labranza.
Antiguamente los hombres bebían unas copas de aguardiente antes de marchar a sus duros trabajos. Lo servían a veces en unas vasijas llamadas ‘ochos’. Las he visto de cristal artísticamente labradas en una casa cuyos dueños regentaron en tiempos un bar. El ocho tenía la capacidad de la octava parte de un litro.  
Nuestro paisano Juan Bravo Murillo, siendo ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas fue el encargado de unificar oficialmente las unidades de medida, mediante la aplicación progresiva del Sistema Métrico Decimal, tarea que no fue fácil por el arraigo de las tradicionales.

Teléfonos y telegramas.

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El teléfono se usaba antes para dar razones, acepción coloquial recogida en  el diccionario de la RAE como recado, mensaje o aviso. Para dar pésames, transmitir o concretar términos de un trato. Lo imprescindible y necesario. Nada de conversaciones de fragua, costureras ni ociosos en las resolanas. Se evitaban circunloquios, prolegómenos y expresiones superfluas. Se iba al grano. Las palabras valían su peso en tiempo y no se andaba muy sobrado para ir dilapidándolo por la boca.
El timbre del teléfono en la madrugada sonaba como un rayo en el corazón del sueño. Nadie llama a esas horas para saludar ni pedir recetas de cocina.  El sobresalto producía una descarga de angustia que podía quedar en susto o producir un desgarro en el alma.
Para comunicarse la voz es más próxima y cercana; modula, enfatiza o susurra. Tiene más matices. Las cartas tardan más en llegar, pero no se las lleva el viento y les salen posos amarillos en los bordes que se remueven con cada lectura. 
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El telegrama contenía la palabra en carne viva despojado de ropaje inútil. Operación de cirugía y desguace que solo dejaba el esqueleto del mensaje. Aquí el valor se medía por unidades.
Con él se transmitían noticias escuetas y contundentes. A veces la noticia de muerte viajaba en las dobleces del papel azulado.  
Los vecinos acudían a la centralita para poner conferencias y telegramas porque para hablar con los demás del pueblo los veían por la calle o en sus hogares.
Estaba ubicada en una casa particular y su dueña era la operadora. En la dependencia había un banco para aguardar turno y demora con una chapa grabada: CTNE. Mediante aviso de conferencia se concertaba hora para recibirla. También en el zaguán estaba una cabina para preservar la intimidad de la conversación. Pero no servía de mucho porque la conexión tenía más interferencias que la sintonía de la ‘Pirenica’, aquella emisora clandestina del partido comunista. De entonces quizás derive el que las personas mayores cuando conversan por teléfono parece que le están hablando a un sordo, con un volumen de voz desproporcionado y unos gestos que los asemejaba a los actores del cine mudo.
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A veces se perdía la mañana o se venía la noche encima esperando “¿Trae mucha demora?” “Voy a reclamarla otra vez”.
La telefonista usaba auriculares y metía las clavijas en los agujeros del cuadro de mando para poner en contacto a los interlocutores. Una chapa vibraba y se destrababa de arriba cuando alguien llamaba. Si la conversación se alargaba salía su voz preguntando: “¿Hablan?”
Después del cura era la persona más informada del pueblo. Recibía las noticias en primicia, pues si quería escuchaba todo lo que se hablaba.
Cuando se preguntaba por alguien y era el que había cogido el teléfono, este respondía: “¡Al aparato!”, vocablo versátil que igual valía para un aeroplano que para un artilugio.
El abono del importe se pedía al terminar  y se pagaba en el acto, según contador de tiempo que controlaba la operadora.
Poco a poco empezaron a instalarse teléfonos particulares. Por los años sesenta había aún pocos. Eran negros y se conectaban con la central haciendo girar una manivela. “Ponme con Fulanito”. No hacía falta decir el número porque ella se los sabía todos. “Te pongo”.

Día de los enamorados

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Sin saber muy bien cómo, nos enamoramos. No escogemos fecha ni hora. La atracción se presenta como visita inesperada, antes incluso de que las hormonas produzcan un cambio físico y psíquico en nosotros. El amor de niño que a nadie contamos. Aquella contorsionista del circo o el de la muchacha forastera que llegó un verano y nos hizo andar por las ardientes calles en la siesta para encontrarnos con ella. La que dio vida a los farolillos de la feria que se alegraron con nosotros y se entristecieron la noche de la despedida. Cada uno tiene sus historias amorosas. No sabemos las razones por las que unas personas nos producen aleteos de mariposas que nos suben hasta el pecho y otras pasan desapercibidas. Dicen que es Cupido con su arco, sus flechas y su aljaba quién asigna compañera. Allá él con los fallos de puntería.
De imberbes nos enamorábamos de las actrices de cine, tan guapas y tan lejanas, aunque en la pantalla parecían hablarnos a nosotros.  Con ellas tejimos fantásticas historias en la adolescencia.
Empezamos a leer las primeras novelas que narraban  apasionados romances y nos sentíamos protagonistas.
El amor de Margarita Gautier y Armando Duval en La dama de las camelias, el de Yuri Andréyevich Zhivago y Lara en Doctor Zhivago, el de Calixto y Melibea en La Celestina, el de Oliver y Jenny en Love story, el del señor Rochester y la joven institutriz en Jane Eyre…   
La edad del pavo, ese peaje de azoramientos y cambios bruscos de humor, pasil resbaladizo e inestable de la niñez a la adolescencia, lo cruzamos entre sofocos y vacilaciones.
No sabíamos entonces dónde terminaba el deseo y empezaba el afecto. O si irían parejos. ¿Sería amor lo que sentíamos aquellas tardes cuando el arrebol del sol postrero encendía de rosa las mejillas de la muchacha por la que perdimos sosiego y sueño? ¿O cuando a contraluz del celaje su silueta destacaba hermosa en el momento en que la brisa, rendido el vuelo, caía desmayada en el silencio dorado de la tarde?
No sabíamos aún si aquella mirada cómplice y furtiva, aquel roce de brazos que electrizaba el cuerpo era antesala del amor o solo una manifestación de la eclosión de nuestras glándulas. Dicen que en el amor hay química.  Al fin y al cabo, somos eso, física y química. Se lo escuché a Severo Ochoa.
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Lope de Vega que tenía un historial amoroso tan variado como su obra literaria, decía que el amor era “no hallar fuera del bien centro y reposo, /mostrarse alegre, triste, humilde, altivo/enojado, valiente, fugitivo, / satisfecho, ofendido, receloso”.
O sea, un torrente de sensaciones contrapuestas que baja impetuoso por las abruptas laderas de la adolescencia. Después la vida, que es maestra, va enseñando. Hay amor puro en las caricias del remanso.
El ‘Fénix de los Ingenios’ escribió también a la muerte de su amante Marta Nevares que “al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte”.
Francisco de Quevedo abunda en esa idea de la eternidad del amor: “Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, /venas que humor a tanto fuego han dado, /médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejará, no su cuidado;/serán ceniza, mas tendrá sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado”.

Almendros y olivos.

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Decía Antonio Machado en su bellísimo y evocador poema, ‘A José María Palacio’, que en la estepa del alto Duero la primavera tarda en llegar, tanto que los labriegos siembran los tardíos con las lluvias de abril. Por aquí, más al mediodía, se anuncia más temprana. Ya destacan en estos días sarpullidos blancos y rosados en la ladera de la sierra y en los ribazos de algunas heredades.  Los almendros, tan rudos y tiernos a la vez, llaman tímida y anticipadamente con los nudillos de sus flores a los cristales de la casa donde el viejo huraño del invierno está sentado al fuego. No quiere molestarlo, pero le avisa con sus toques, tiernas caricias aladas, que en las templadas auras vienen flotando multitud de aromas de cantuesos, tomillos y espliegos y cubriendo de verdor las ramas de los árboles.  Es un mensaje para que  prepare la retirada de sus legiones de escarcha de los valles umbríos. El céfiro suave y apacible trae bocanadas de azahar para esparcirlos por los campos y los pueblos, y el sol, extensa luz para robar espacio a las umbrías.
En este mes de febrero los taladores, recogido el fruto en las almazaras tras la paliza del vareo y artilugios meneadores más modernos, cortan las ramas viejas a los olivos para dar vigor a las nuevas y orientar su crecimiento.  Si antaño les redondeaban la forma hoy los quedan con los brazos extendidos, buscando claridad y ofreciendo al cielo su centro.
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 En estos días si paseas por el campo puedes escuchar el sonido de las hachas manejadas por diestros taladores, cincelando con su acero las esculturas leñosas de sus cuerpos.  El ramón servirá de comida al ganado y el sobrante, cuando lo quemen, levantará columnas de humo en los días azules y tranquilos.
Aunque el diccionario distingue entre el significado de talar (cortar por el pie a un árbol o conjunto de ellos) y podar (quitar o cortar las ramas superfluas de los árboles o las viñas) recoge también el uso regional en Andalucía y Extremadura de talar igualándolo a podar para los casos de encinas y olivos.  Más de una discusión he presenciado por el uso de estos dos vocablos.
El olivo es un árbol que renueva su vida cada año. Tiene ansias de permanencia a través de los chupones. Basta dejar uno de los que nacen a sus pies para que crezca un vástago nuevo. Los olivares, esos bordados alamares prendidos en las lomas, que decía Antonio Machado, forman calles perpendiculares, como un gran diagrama cartesiano, donde es fácil perderse si no tienes referencias.
En los días ventosos si te metes entre ellos te protegen de la fuerza del viento y adivinas por dónde viene antes de llegar a ti, pues se anuncia a lo lejos con sonoras oleadas de ramas. Es el momento de ver en el envés de sus hojas el color plateado que dejaron las noches de luna. 
Desde aquí, sentado en una linde, veo a un jaulero camuflando el puesto con las ramas cortadas. Mide los pasos para levantar el ‘pulpitillo’ y colocar en él la jaula.  En la siembra el gallardo macho de la perdiz lanza sus reclamos al aire defendiendo su terreno y haciendo méritos para conquistar a su pareja.

Anécdotas en la escuela

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Fritz Sonderland
Nuccio Ordine en su obra ‘Clásicos para la vida’, a la que Juan Domingo Fernández dedicó hace unas semanas en su columna justo y brillante elogio, dice sobre la enseñanza en la introducción que “la insensata multiplicación de reuniones e informes…ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”. “Suministrar documentación parece hoy más importante que preparar una clase”.
La burocracia se plasma después muy vistosa en mamotretos encuadernados que adornan vitrinas y anaqueles, pero son hojas muertas, anquilosadas que muchas veces distorsionan y edulcoran la realidad para complacencia de la administración.   
Lo que de verdad queda cuando se olvida lo accesorio es el trabajo bien hecho, la satisfacción del que enseña y el provecho del que aprende, que no solamente es el alumnado. Y quedan también pequeños recuerdos, gestos, anécdotas de las relaciones humanas variopintas que se establecen a diario en las aulas.
A mí, que soy maestro ya retirado, a medida que el tiempo me aleja de la orilla de la vida profesional, me llegan a esta barca que navega por las aguas tranquilas de la jubilación brisas de agradables recuerdos, algún salpicón risueño que salta a bordo, como estas tres anécdotas que refiero.
Tratábamos sobre expresiones coloquiales relacionadas con la manera de decir la hora, como ‘y cuarto, menos cuarto, los ochos pasadas, las tres y pico…’
Más o menos todos sabían el significado de las frases, pero al llegarle el turno a una niña, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar, para apaciguar el hambre que se produce en los momentos anteriores a la comida.
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W. Lawson Henry
Para aliviar la pesadez y el cansancio después de las materias fundamentales organizaba un corro con preguntas, adivinanzas y trabalenguas. El que acertaba la respuesta que no habían contestado los anteriores subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le tocó decir de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo, con los ojos de par en par y me dijo:” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que sabían la respuesta fue instantáneo.  Uno de ellos le respondió: “¡El que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno al que planteé el siguiente problema: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”.  Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente. Le volví a plantear la pregunta leyéndola despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me replicó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. 
Si yo volviera llevaría un cuaderno diario de anécdotas. Conservan cálidos recuerdos, más que toda la burocracia impersonal que nadie vuelve a leer almacenada en las vitrinas.

La cocina

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Pintura de Francisco Valencia
A media mañana y vencida la tarde merodeábamos por la cocina buscando aplacar el apetito que cosquilleaba en el estómago. El lugar donde buscar alivio era el cajón del aparador. Allí se guardaban los restos de comida de la noche anterior. Solía haber también algo de queso, salchichón y chorizo. Al fondo del compartimento estaba el ‘machacaó’ con su redonda y porruda corpulencia, oliendo a ajos, pimienta, comino y nuez moscada. Si al abrir el cajón descendía veloz por la pista y se estrellaba contra la parte donde estaba mi mano es que no había tropezado en ningún obstáculo: señal evidente de la ausencia de viandas.  Había que buscar en otros lugares para saciar el apetito. Por ejemplo, en el techo de maderos donde al oreo pendían de las puntas las morcillas, chorizos y salchichones. Con el guizque, palo largo con un gancho en uno de los extremos, al modo del electricista que encendía las luces de la calle por la tarde y las apagaba al venir el día, conseguíamos el objetivo.
La cocina era el centro de operaciones culinarias y de charlas.  Me gustan las grandes, las de las casas de labranza con suelo de baldosas rojas, chimeneas con ‘topetón’ y techos de maderos, ladrillos y alfarjías.  Allí estaba la tinaja con tapadera de madera y cazo en lo alto donde se almacenaba el agua cuando no llegaba todavía corriente por los grifos y había que acarrearla de las fuentes con burra, serones y aguaderas o se compraba a los hombres que la vendían de casa en casa por cántaros o carga completa. También la cantarera, unas de madera y otras de mampostería, en la que se colocaban los cántaros. 
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En torno al hogar, donde se hace el fuego, pasábamos muchas horas en invierno, las más de las veces siguiendo las piruetas caprichosas de las llamas de la lumbre. Al lado, una cuba para disponer de agua caliente. Del cañón de la chimenea pendían las llares, cadena donde se colgaba el caldero cuando se hacían migas o se guisaba para comensales numerosos. Tenían la altura regulable con un gancho que escalaba eslabones o los bajaba según necesidad de calorías. ¿Quién no se asomó de niño a comprobar dónde se sujetaban?  Las trébedes también se utilizaban para poner sartenes, peroles, ollas y calderos. Había quien disfrutaba con las tenazas en la mano, como capitán al mando del timón de un barco y estaba constantemente avivando la candela y acomodando los leños que caían vencidos por el fuego. El tronco trashoguero se ponía en la parte de atrás, pegado a la pared de la chimenea. Repartidos por las paredes de la cocina estaban el vasar, la alacena, la espetera…En el ‘topetón’ un almirez dorado que por acendrada alcurnia eligió música y ornato y abandonó la dura brega del aporreo del ajo y las especias.
Uno de los preparados más simples y sabrosos que recuerdo era el chorizo o salchichón cocidos con vino. En rodajas con pan una tentación irresistible.
¿He soñado, los he imaginado o fueron reales aquellos cuentos al calor de la lumbre que contaban los abuelos? Inolvidables noches de invierno sin tele. La imaginación y la fantasía se desbordaban ante el imán de las llamas, siempre esquivas, sinuosas, anaranjadas, amarillas, azuladas… ¡Están tan lejos!

Enero

rocioAquellos días de vino y rosas en que regresaba a mi casa de madrugada, a veces cuando los gallos afinaban quiquiriquíes en el yunque rosado de la aurora, me aseguraba antes de cerrar la puerta de que no quedaba nadie por llegar. El último que atranque, se dice por aquí.  Echaba el cerrojo con sumo cuidado y andaba por la casa como una pavesa, de puntillas y a oscuras hasta que encendía la luz de la cocina tras sobar la pared para encontrarla.
Temía que mis pasos tropezasen con alguna silla mal colocada o, perdido el norte, me topase con la maceta de aspidistra que estaba bien localizada en el plano mental, pero desubicada por mi mala orientación, lo que hubiese supuesto despertar a los que dormían y que descubriesen la tardanza en recogerme.
En la mesa estaba la cena que dejaba mi madre preparada.  Comía como si enhebrara silencios en el aire por no hacer ruido, evitando que los cubiertos rozasen unos con otros. ¡Cómo suena una cuchara sobre un plato a esas horas!  Una vez cenado me dirigía con el mismo sigilo a mi cuarto para meterme en la piltra. Entonces escuchaba una voz desde la habitación de mis padres que me sobresaltaba como a un ladrón sorprendido in fraganti: “¿Has cerrado la puerta?” No, no es que los hubiese despertado. Es que no se habían dormido todavía. Me imagino, siendo yo padre ahora, su alivio al saber que todos estábamos recogidos y salvos. La madrugada se llevó algunas vidas abruptamente y eso dificultaba conciliar el sueño.
En estas noches de enero, cuando las estrellas parecen trocitos de hielo que dejan caer escarcha silenciosamente sobre los tejados y los campos para tejer alfombras de crujiente encaje a las mañanas, pensaba de camino para casa en la crueldad que supone pasar una noche como estas sin cobijo. Me acordaba de las personas que ponen entre su cuerpo y el cielo solo unos pocos de cartones y la suerte que tenía yo de llegar y tener la mesa puesta y la cama bien provista de mantas.  Pensaba en la resistencia de los animales a la intemperie para aguantar ese frío gélido que parece solidificar el aire con carámbanos. En la perdiz, con su plumaje abultado, aguardando a que los primeros rayos de sol alumbren los oteros de amarillo para echar un reclamo a la alborada. En las liebres, agazapadas al raso en sus camas entre las siembras, los barbechos y los juncos de los arroyos.
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 Me sentía afortunado de disfrutar de estas pequeñas grandes cosas a las que no les damos importancia cuando las tenemos y añoramos cuando las perdemos, como encontrar a la mañana siguiente la candela encendida y el brasero recién echado con el solideo de papel de chocolate coronando las cenizas y el rescoldo del que había calentado la casa el día anterior. El anafre con el carbón al rojo esperando las tostadas para cubrirlas de manteca ‘colorá’ de la matanza recién hecha. Pequeñas grandes cosas de otros eneros que vuelven por las rendijas de la añoranza. Ahora nuestros hijos, que tampoco valoran mucho lo que se encuentran cada noche o cada mañana, están llenando las alforjas de los recuerdos para lamentarse cuando sean mayores de  todo lo que perdieron.

Vamos de cordeleo

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El Honrado Concejo de la Mesta creó vías y pasos para que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas, sesmos, coladas, descansaderos, abrevaderos, contaderos…
Los pastores con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.
En su transitar por estas vías ganaderas las ovejas comían hierbas que encontraban a su paso sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechaban el viaje con bocados aquí y allá.
Del pueblo segoviano de Ayllón llegaron hasta el mío estos pastores trashumantes y dejaron huella. A ellos les debemos el nombre que en escritos antiguos figura como lugar de los Ayllones.
Tenemos tendencia trasladar expresiones de actividades o situaciones a otras con las que guardan relación o parecido. Una recreación inconsciente del lenguaje a base de tropos. De la trashumancia nos quedó   el dicho ir de ‘cordeleo’.  Nos referirnos a las pandillas de amigos que van de bar en bar tomando copas.  En otros lugares lo llaman hacer el vía crucis, visitando tascas y tabernas de buen libar, amenas charlas y agradable estancia. Con la carestía de las consumiciones que el euro acarreó y que ha cambiado hábitos se sale poco por la noche por lo que esta costumbre está en evidente decadencia. En este tiempo de recolección de aceitunas de almazara se llenaban años atrás los bares para concertar la jornada de trabajo del día siguiente o para abonar jornales de la anterior.
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Cuando el candil era uno de los medios habituales de iluminación por falta de fluido eléctrico o por los frecuentes apagones que se producían se utilizaba una alcuza en que se guardaba el aceite que servía de combustible. Este se echaba en la cazoleta donde estaba la mecha o ‘torcia’ que asomaba por la piqueta o nariz del candil. Colgado en la espetera o en el topetón de la chimenea alumbraba la estancia con una luz vacilante y lastimosa. Tiempos de tribuna y candela en medio donde los aceituneros descansaban de la dura jornada de trabajo en los cortijos. Las tribunas eran edificaciones utilizadas por los trabajadores agrícolas o pastores en épocas de recolección o de mayor trabajo en las que convivían durante la temporada familias enteras.
La analogía de echar aceite al candil con la alcuza y la de empaparse por dentro bebiendo vino está clara. Estar ‘alcuceado’ significa estar bebido.
Si algún conocido le afea a otro su costumbre de beber tanto le contesta ofendido: ‘¿Acaso tú lo echas en el candil?’
En los descansaderos, que son los bares y las bodegas, se echa el fondo, expresión y costumbre típicas de Ahillones que consiste en tomar el vino sentado, por botellas y en compañía. El pago a escote. Cada fondista aporta lo que trae de casa: salchichón, queso, chorizo, aceitunas… y lo pone en el centro de la mesa para compartir.
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A medida que el vino mengua en las botellas aumenta el volumen de las conversaciones. No hay fondo silencioso y las discusiones en buena lid son frecuentes. En las dudas se recurre al grupo cercano para buscar confirmaciones.
Hubo una reunión que discutía a menudo de toros hasta que uno de ellos, cansado de porfías, compró la enciclopedia taurina de José Mª de Cossío. Surgía la discusión y a por el tomo correspondiente. Cultura y vino.