Verano del 42

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Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte,  llegamos en bicicleta al  arroyo de la Corbacha. El agua  en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene  en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre.  Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos  a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir.  Allí estaban  bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos  como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para  quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear  a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos  las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó  tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega.  De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una  voz suplicante  que primero me asombró  y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
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Estas jóvenes, algo mayores que nosotros,  tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían  al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos  detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie.  A los mayores porque se  escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban  costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar!  Se santiguaban  las viejas escandalizadas: “¡Dónde se  habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?”  Los visillos se mantenían en guardia permanente,  día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
 Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales  que debían estar a la vista eran  los de las huertas y las delanteras que ostentaban  poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos. 
En esas estábamos  cuando arribaron estas  jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida  se abrieron y  llenaron los canales  de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos  abrieron caminos a  pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente  hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha,  en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
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Años después se estrenó la película de Robert Mulligan,  ‘Verano del 42’.  Fui protagonista  con Hermie (Gary Grimes) de la aventura  adolescente tan  hermosa que vivió  con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba  a llevar paquetes ni  aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto.  Los amores tienen siempre un verano que es  alba irrepetible a las puertas de la  vida, aunque yo no fuera Hermie, sino  una estatua en medio del agua que  solo rozó  con sus manos los bordes de la gloria.

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2 pensamientos en “Verano del 42

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