Vacaciones

Estaba lejos el mar para alcanzar su orilla. Por estas tierras las brazadas se daban entre espigas. No volaban gaviotas buscando alimento entre las rocas con el ruido de fondo de las olas, eran vencejos los que surcaban el azul de las mañanas, ese cielo que, sin brumas, compartimos, porque aún no han podido venderlo por parcelas.  Aquí teníamos la brisa y la marea de la tarde que traían caricias de amapolas.
El mar era un sueño, un misterio y una metáfora de la muerte donde desembocaba el río de la vida, según enseñaban en la escuela.
La mayoría de nuestros abuelos murieron sin haberlo visto y muy pocos gozaron de unas vacaciones en sus playas, salvo los mozos que fueron destinados en la mili a zonas de costa. Los demás solo se llevaron en sus pupilas puestas de sol y amanecidas entre el mar de los trigales.
Durante los años sesenta empezaron a llegar los turistas. Por la televisión sabíamos de esculturales nórdicas y fornidos varones que disfrutaban de esa España que, según el eslogan del Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga, era diferente. Comenzaron a hacerse familiares los nombres de Torremolinos, Benidorm, Costa Brava, Costa del Sol… Se oía el nombre de la Concha de San Sebastián asociado a la realeza y élites postineras.    
Los emigrantes, incorporados al incipiente desarrollo industrial de las ciudades, regresaban a sus pueblos a disfrutar los días de permiso.  Salían más baratas y aún era fuerte el arraigo a sus orígenes. Los que conservaban sus casas las pasaban en ellas y los que tuvieron que venderlas se acomodaban en las de los familiares. Llegaron los primeros ‘seiscientos’, previa escala obligada en el puerto de Miravete con la puerta trasera levantada para que un calentón no dejase a los ocupantes tirados en la carretera.
 
El aforismo bíblico que dice que el que no trabaja no come estaba bien asentado en las costumbres de las zonas rurales, donde el día que había jornal se cobraba y cuando no, al mentidero a compartir impresiones con los demás parados. Los que estaban acomodados lo estaban sobre la parvedad de los salarios. Las vacaciones pagadas, ni estaban ni se les esperaba por entonces.
Era una reivindicación obrera que fue conquistándose lenta y progresivamente durante el siglo XX por los trabajadores de los servicios y la industria de las ciudades, pero al mundo rural las reformas y avances tardan más en llegar.  Cuando yo era niño pocas familias del pueblo veraneaban. La mayoría de los habitantes se dedicaban a la agricultura y en este tiempo estival las faenas agrícolas estaban en pleno desarrollo. Las economías domésticas no daban para otros disfrutes que agua del pozo, abanico y mecedora.
Solo algunos, por prescripción médica, iban a balnearios a aliviar dolores y a beber sus aguas medicinales: Alange, Marmolejo, Lanjarón…En casa de mi abuelo siempre había una botella de Carabaña.  Hasta el insigne don Santiago Ramón y Cajal ponderó sus cualidades.
Aquellas generaciones del medio rural a las que les tocó la china de la guerra y la posguerra tuvieron pocas oportunidades para gozar de vacaciones y de playas.  Las actuales de jubilados a través de los programas del Imserso sí lo están haciendo. Logro social encomiable y justa recompensa a una vida de trabajo.

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