Merendillas

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Merienda, Francisco de Goya
Me ocurre con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo. Cuando las oigo, si el contexto aclara poco, me producen confusión pues las dos pueden referirse a comidas principales del día o ser sostén más liviano  a media tarde o de mañana. La gente del campo deslinda bien las acepciones y reserva horario de mañana al almuerzo y de mediodía a la merienda.
Nosotros, los colegiales de entonces, para evitar equívocos, siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo fuera de casa  son las del  queso amarillo y cuadrado,  viatico para doblegar la tarde que los americanos enviaban en latas con la intención de asentar bases y de paso  aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban  y repartían el queso,  llevándose, como siempre  ha hecho el que reparte, la mejor parte.  Tiempos hubo en que el dicho  popular de pasar más hambre que un maestro de escuela no fue vano ni carente de sentido, sino constatado por hechos evidentes, tanto que la acuciante necesidad   fue elevada y puesta a la altura del desempeño de tan noble oficio. Agradecían más una docena de huevos o una caja de galletas que billetera de cuero o figura de cerámica.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando  las clases   del  juego.
Ingesta nómada e  inquieta  detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía  y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Chirriaba  en nuestros dientes  la arenilla que acompañaba al cacao de dudosa honestidad, aquel de las “Tres tazas”,  que compartía cama en la jícara, que así llamábamos a la porción desprendida de la libra o tableta. En mi casa al menor descuido  volaban de la alacena  si mi madre, poco precavida, no las ponía  a buen recaudo.
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En el  regazo del pan desmigajado  nos echaban  el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo del cacao,   eufemismo que servía   para dar gato por liebre. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera en el cuenco empapado.  También el queso bien asentado,  guardado en tinas y untado con aceite formó parte de ese sustento vespertino, engañándolo con pan. El cuchillo que lo cortaba sonaba  con un  chirriar metálico, como la rueda del tren cuando frena en el raíl.
En el  internado tornóse triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya de castigo en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y preocupado, temiendo el inminente comienzo de las clases.
Tenía yo algunas asignaturas con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños  de negro pelaje  que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas  y uno, que no es adicto al café ni a las pastas ni a romper ayuno entre comidas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.

Aquel Badajoz

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Desde los torreones  del edificio del Seminario veíamos  salir el sol por la Alcazaba y la torre de  Espantaperros. No existían entonces edificaciones cercanas que obstaculizaran esta estampa de singular belleza. Por la parte de atrás  el Seminario limitaba con el campo abierto. Sólo por su flanco derecho había   una fila de chalés que llegaban hasta la carretera de Portugal. Entre ellos se encontraba el antiguo campo del Vivero.

Las tardes de los domingos que había fútbol nos llegaban  los jubilosos gritos de los goles o los silbidos de desaprobación.  Uno de aquellos años ascendió el C.D. Badajoz de categoría y  fueron prolongados  el clamor y los estampidos  de los cohetes. Recuerdo los nombres de algunos jugadores de entonces, como Alcaraz, Cabello, Pachón, Pereira…Con este último-quién iba a decírmelo- coincidí en el C.D. Santa Marta cuando él ya jugaba por pura afición.

Badajoz despertaba  lentamente del letargo  y de los años de plomo y olvido.  Las motos rompían el silencio al despuntar el día  cuando los obreros se dirigían a sus trabajos. Se veían más motocarros que camiones atravesando los dos puentes.  Olía a calamares fritos en los kioscos de san Francisco y en el bar de los Corales, el café “Camelo”, traído de estraperlo del país vecino  por rutas que los estraperlistas frecuentaban,  circulaba camuflado en cajas y bolsas  y afloraba en ofertas en cualquier esquina en la voz queda y precavida de los vendedores. Si eran descubiertos se lo requisaban. Guardias de  uniforme  azul con cascos y correajes blancos dirigían la circulación y por las calles se veían militares de uniforme y curas con manteos. El  bar “La Marina” era lugar de encuentro de personas conocidas de la sociedad local y aspirantes que tomaban café a media mañana o se sentaban  por la tarde  en su terraza.   Por la Plaza Alta  los  gitanos con el “cutis amasado con aceituna y jazmín”,  fina vara de mimbre entre las  manos  y clavel en la solapa tarareaban  canciones de Porrina, el cantaor de Zalamea adoptado por Badajoz. “…porque me empezó a llover, ¡ay si la tarde está buena!”. En tiendas y autobuses proliferaban pegatinas  con veinticinco años de paz sobre la efigie de Franco.

Los otoños lluviosos se anegaban las casas de las Moreras bajo el puente   y en las tardes azules escamas de sol dorado cabrilleaban en el agua del   Guadiana que  enfilaba el   camino de Portugal componiendo magníficas postales  vistas desde  el puente Nuevo.

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A los seminaristas nos sacaban de paseo los jueves por la tarde,  a Palomillas,  una finca  de eucaliptos lindera  por la izquierda con la carretera de Portugal o circunvalábamos la ciudad por la carretera de Madrid. Íbamos en formación de ternas con sotana, beca roja sobre los hombros  y birrete en las cabezas. Los transeúntes  nos miraban  con una mezcla de asombro, cariño y compasión.

Dos o tres veces durante el curso nos llevaban a la catedral a algunas efemérides importantes y nuestros ojos infantiles, esponjas vírgenes, captaban asombrados la vida que bullía fuera de aquellas paredes.

 

Reencuentro en el Seminario.

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Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los  niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado   la  imagen  que guardabas  de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error.  Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un  nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos  del ayer y del presente en un instante.

Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente  reparados y conservados, pero casi vacíos de  internos aspirantes al sacerdocio.  

Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas  noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…

Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas  de los domingos,  olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.

El silencio y la palabra  se turnaban al compás de los toques de  campana del patio de las columnas, recogida  hoy la cadena y  sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando  las vivencias de  una etapa de nuestras vidas que hoy  nos ha salido al encuentro para unirse  a la memoria de  estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.

José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo,  siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.

Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece  a quien lo otorga.

Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra   “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.

Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día  nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió  Pablo Neruda. 

Cartas de puño y letra.

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 (Carta en el periódico HOY 19/12/2013)

Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados,  han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que  por economía nos obligaba a la utilización de  enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.

La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí  me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos  trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo  que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que  te la han escrito. Yo, en mi época de internado,  pensaba en mis padres, sentados al brasero  en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano  es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.

Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas  en las cuartillas ya pajizas,  notas aún los  latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce  una flor seca  guardada entre las hojas de un libro.  

Seminario, décima parte.

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Nos despertaban los días lectivos a las seis y media y los domingos a las siete con música generalmente gregoriana o clásica. El día de la Pura del año 1967, estudiando quinto curso, empezó a sonar  “El pequeño tamborilero” interpretado por Raphael. Fue una de las veces que con más alegría y diligencia me levanté. Salí al pasillo inmediatamente y allí me encontré con otros compañeros, entre ellos Luis Cañamares (q.e.d) y compartimos la alegría que nos produjo, en vísperas de Navidad,  escuchar esta canción, que entonces estaba en pleno apogeo. 

Antes de subir a la capilla para la meditación y la misa dejábamos las camas con las mantas y sábanas echadas hacia atrás para que se aireasen. Nunca llegué a saber con exactitud qué es lo que tenía que hacer en la meditación  y cuando preguntaba a los compañeros me decían que pensar en Dios y contarle tus cosas como si fuera un amigo. El asunto es que entre la hora intempestiva y que yo no estaba por la labor, mi imaginación volaba a mi pueblo y a correrías por él, cuando no me entregaba plácidamente a un sopor somnoliento. En cuarto y quinto curso pensé que esa hora podía emplearla en leer  historias  más amenas y decidí forrar libros para que no se vieran las pastas y llevármelos a la capilla.. Mientras mis colegas de al lado entornaban los ojos con sus meditaciones religiosas o leyendo el evangelio,  yo me  refugiaba en las historias de esos libros. Claro que esto no duró mucho pues uno de los vecinos de banco, que después me enteré quién fue, pero no voy a decir,  le fue con el cuento al prefecto. Un día me llamó por medio del delegado de curso a su cuarto. Fue directamente al grano, preguntándome en  qué textos buscaba la inspiración para mis meditaciones.

No fue este el único episodio con mis lecturas.  En  mi camarilla, en lugar de estudiar los latines y los griegos, también me dedicaba a leer novelas que me traía de casa.  No sé cómo, pero el prefecto entró un día en mi cuarto sin estar yo allí y vio sobre mi mesa “La selva”, de Louis Bromfiel y en una de las pláticas, sin decir mi nombre, dijo que había algunos disipados que en lugar de estudiar se dedicaban a leer no sólo libros que no eran de texto, sino de los que estaban en el Índice de la Iglesia como condenables. Como dijo el título del libro y el autor, recibí el impacto en silencio e intentando que no se me notara en la cara el directo a la mandíbula. Fue  el principio del fin de mi estancia en el seminario.

Seminario, novena parte.

Las pláticas eran las charlas que periódicamente nos daban los prefectos cuando ellos consideraban que había que dar un toque de atención sobre  normas de comportamiento en la convivencia diaria.  

Las de D. José Díez eran temibles. A este prefecto no le vi nunca pegar a nadie, pero su presencia, sus gafas ahumadas, su voz, su expresión de casi permanente enfado, imponían.  A veces, cuando te acercabas a decirle algo con la voz que casi no te salía del cuerpo y estaba de malas te soltaba con un vozarrón: “¡Ehhhh!” “¡Cómooo!”. De tal manera que cuando le repetías lo que tenías que decirle las palabras salían  de la boca liadas  y  tartamudeadas.

Para las pláticas  nos reunía al atardecer a toda la comunidad, generalmente, en el salón de actos cuando el asunto era de enjundia y requería un marco solemne. Sin nombrar a nadie, escondidas sus referencias tras el pronombre “algunos” iba desgranando su retahíla de llamadas al orden. Después nosotros le íbamos poniendo nombre y cara a los que pensábamos que se había referido.

En cuarto y quinto dormíamos en camarillas independientes y completas porque a las de tercero les faltaba el techo y la de los Sagrados Corazones tenían sólo los tabiques laterales. Los dormitorios de los Gramáticos, como ya he dicho, eran corridos. Las de quinto estaban dedicadas cada una a un santo, eran las de construcción más reciente y los nombres eran los señalados por los benefactores. A mí me tocó la de San Antonio. En estas camarillas dormíamos y estudiábamos, o sea, que  consumíamos la mayor parte de del tiempo dentro de ellas. Los  cursos inferiores tenían su tiempo de estudio en un lugar común.

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El cuarto del Prefecto D. José Díez estaba en la misma planta  que los dormitorios de los de quinto, pero no en el mismo pasillo, sino en una estancia que se comunicaba con éste por una puerta. Cuando durante las horas de estudio necesitábamos salir o bien al aseo o a consultar algo con otro compañero y nos lo encontrábamos en el pasillo con su mole inmensa, negra y  con sus gafas oscuras nos coartaba tanto, por lo menos a mí,  que hasta se nos olvidaba a lo que habíamos salido, en unos casos nos dirigíamos al servicio, pues estaba mal visto que fuésemos a la camarilla de un compañero, pero si no había más remedio había que dejar la puerta abierta mientras se permanecía dentro. Otras veces  nos dábamos media vuelta sobre nuestros pasos y nos metíamos de nuevo dentro de nuestra camarilla. Por las mañanas después el desayuno  abría el periódico “HOY”  y allí permanecía leyéndolo en el pasillo hasta que se quedaba todo en silencio y él se retiraba a su cuarto. Muchas veces abríamos la puerta con mucho cuidado y por la rendija comprobábamos si todavía estaba por allí. Si lo veíamos metíamos otra vez la cabeza dentro, como los lagartos.

Tengo que decir que se portó conmigo extraordinariamente una vez que le comuniqué mi decisión de abandonar los estudios eclesiásticos y cuando tuve que ir a examinarme de quinto, pues me salí en Semana Santa, todo fueron facilidades.

La última vez que lo vi fue en Segura de León, en el entierro de don Fernando Maya. Me dirigí  a él. De pronto no me reconoció, pero al decirle que era de Ahillones y referirle algunas cosas más se alegró y estuvimos comentando cosas de aquel tiempo ya tan lejano.

Seminario, octava parte.

D. Emilio Caramazana fue  mi profesor de Latín y de Lengua Española en los primeros cursos.  Sus clases eran entretenidas  Nos colocaba en corro y nos hacía preguntas. Se subía de lugar  cuando se acertaba una pregunta que los anteriores a ti  no sabían. Si hablabas más de la cuenta te mandaba a la cola o te hacía retroceder varios puestos. Después se compadecía y empezaba a preguntarle a los que estaban delante para ver si conseguía resarcir al penalizado. Tenía un latiguillo que repetía siempre que algunos se reían y a él no le hacía gracia: “No me río yo”. Las calificaciones las ponía al final de mes según el puesto que ocupaba cada uno en el corro.  Se sentaba en su mesa y colocaba la mano delante de la libreta para que no viésemos las notas que iba poniendo.

En una ocasión preguntó al primero de la clase  cómo se decía merienda en latín y fue pasando puestos del corro porque nadie lo sabía. Un compañero, que era de Ribera del Fresno y  que se  llamaba Juan Báez, estaba deseoso que llegase su turno para responder lo que él creía la respuesta correcta. Cuando le  llegó la vez respondió  casi gritando: “merendola, merendole”. En ese mismo instante quedó bautizado.

D. Joaquín Villalón era un santo. De familia acomodada, acudía todos los días andando a su labor docente, atravesando el Puente Viejo. Nos dio Historia en segundo curso. Le formábamos un gran alboroto en clase pues era una persona que no le gustaba imponer nada. Cuando murió su padre decidimos todos los alumnos que ese día nadie hablaría ni formaría jaleo. Al final de la clase, en silencio total,  nos agradeció emocionadamente esa forma que tuvimos de consideración y respeto en memoria de su progenitor.

Acudía siempre con su manteo y su  sombrero de teja.  Se contaba por aquel entonces que un día de frío le dio el manteo a un menesteroso que se encontró en en su camino hacia el Seminario. No articulaba bien al hablar y muchas veces no entendíamos lo que nos decía. Algunos pensaban que era porque se ponía un cilicio en la boca para hacer penitencia.

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D. Carmelo Solís era un hombre de una gran cultura. Nos dio francés  y latín en los primeros cursos. Dirigía la excelente schola cantorum  del Seminario. Examinaba de la asignatura de música que impartían, como delegados suyos,  alumnos del Seminario Mayor a los cursos inferiores (Adolfo Nieto Cid, que fue también Inspector,  y José Huertas, entre otros).

Utilizaba en clase también el sistema del corro para hacer preguntas, con la modalidad de que éramos nosotros mismos los que hacíamos las preguntas a otros compañeros. Fumaba bastante. Su muerte tuvo que ver con ese hábito.

D. José Mª Martínez fue nuestro profesor de matemáticas antes de don Antonio Zambrano. Le llamaban el “Monomio“.Era muy mayor ya por entonces.

D. Juan Martínez, un  amante de la vida, cumplía su misión de profesor de griego porque se lo ordenaba el obispo, pero con poca predisposición, como él mismo nos decía. La mayor parte del tiempo de clase se lo pasaba contando chascarrillos y recitando el “Romance del Prisionero”, que aprendimos todos. Muy dado a poner motes. Cuando llamaba a alguien decía el nombre completo y añadía, alias…y toda la clase decía  el apodo con que él lo había bautizado. Recuerdo el del “Niño Jesús de Praga” que se lo puso a Manuel Jesús Sánchez Noriega, de Almendralejo, y la verdad que con su carita redonda y su estatura daba un aire. 

Seminario, séptima parte.

Los exámenes de final de curso eran orales, ante un tribunal que casi siempre estaba  formado por el profesor que había impartido la materia y otro.  Nos examinamos con sotana y beca. En tercer curso tuve de profesor de latín a D. Pedro Caballero. Mis notas durante el curso presagiaban un suspenso cierto. Ante el tribunal formado en esta ocasión por él y D. José Díez tuve una actuación que sorprendió a ambos. Traduciendo a César me preguntaban  y respondía adecuadamente a todo. Una de las preguntas fue la del doble acusativo que llevan algunos verbos en latín. Entre ellos cuchicheaban y le oí decir a D. Pedro Caballero: “No lo podemos suspender”. “¡Cómo lo vamos a suspender”!, respondió el otro. Así que por ese año aprobé el latín.

D. Pedro Caballero era una persona pequeña de estatura pero, por llamarlo de forma susave, de carácter fuerte. Durante el mes de mayo ponía en práctica lo que se conocía como la silla “silla eléctrica”, que consistía en sacar al estrado al que le preguntaba y sentarlo a su lado. Cada vez que  el alumno erraba una de las preguntas le daba un pellizco en la parte interior del brazo.

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D. Antonio Zambrano fue nuestro profesor de matemáticas en tercero y cuarto. Era un cura poco devoto, muy inteligente y con buenos golpes. Muy despistado. Un día acudió alguien en su busca porque se había traído la llave de casa y había dejado a su madre fuera. En una ocasión estaba explicando en el encerado de espaldas a nosotros, que estábamos sentados en sillas a su alrededor. Tenía  los brazos cruzados por detrás y una tiza entre los dedos, A mí no se me ocurrió otra cosa que darle suavemente  con el dedo en la tiza. Él cuando sintió que aquello se movía dio una media vuelta de vértigo dando un salto  con cara desencajada y me dio unas cuantas tortas, más por el susto que se había llevado que por saña en la corrección de mi inadecuada conducta . ¡A quién se le ocurre!

Con don Manuel García Hierro, conocido como el padre filmina porque dirigía sus charlas espirituales con ayuda de estas,  me sucedió lo siguiente. Impartía religión, creo que en tercer curso. En un examen trimestral por escrito contesté a una de las preguntas exactamente igual que venía en el libro, sin saltarme ni una palabra. Esto le hizo suponer que había copiado. Al día siguiente de clase  me volvió a hacer la misma pregunta oralmente y por cada palabra que fallara u omitiera me descontaba un punto. Sólo fallé cinco y, por tanto me puso un cinco como calificación. Me espetó: “Tienes la astucia del ratón”, pensando, que me había preparado en prevención de que hiciera lo que  me hizo. Pues bien, D. Manuel, si algún día lees estas líneas, no copié ni me preparé para la segunda oportunidad. Sólo había estudiado bien, aunque lo hacía raras veces. ¡Desconfiado!

Seminario, sexta parte.

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La sala de juegos de los Retóricos estaba en el rincón que miraba al mediodía  del patio de tierra, al lado de una fuente de dos grifos.

Disponía esta sala de un aparato de radio y una televisión. Ésta la compramos entre todos, pues cada trimestre poníamos cinco duros para amortizar la adquisición. La tele era en aquel tiempo en blanco y negro, pero el Prefecto, D. José Díez. Le ponía un papel de celofán de color azul, lo que además de darle un ambiente celestial a las imágenes servía para que el brillo no molestase mucho  a la vista.

La tele se ponía los domingos por la tarde. Bonanza, El Llanero Solitario, El Virginiano y algunas series más nos servían para pasar la tarde más o menos agradablemente. Además, sobrescritos salían los resultados de los partidos según se iban produciendo los goles, lo cual era acompañado de expresiones de júbilo o decepción según preferencias. Después venía el partido de fútbol televisado, que era el plato fuerte para los que nos gustaba este deporte.

Existía por aquel entonces un programa llamado Escala en Hifi en el que unos actores ponían su cuerpos y sus gestos para acompañar las canciones de moda.

Una tarde fría y húmeda pacense salió una actriz con  ropa ceñida y escasa y con unos movimientos algo insinuantes para la época y el Prefecto con gran sofoco y sin dar más explicaciones apagó la tele y nos echó a pasear al patio hasta la hora de la cena. El relente difuminó y enfrió las posibles elucubraciones mentales que aquellas imágenes pudieran haber producido.

Fue durante esta época cuando el Inter de Milán con Helenio Herrera a la cabeza y los Corso, Mazola, Facheti… le disputaba la primacía europea al R. Madrid. Una de las noches televisaban una semifinal de la Copa de Europa, pero llegó la hora de la cena y tuvimos que dejarlo. Tan mal nos sentó a los más aficionados que D. José Díez, viendo nuestras caras dijo: “El que quiera ver el partido puede verlo,  pero se queda sin cenar.”  Unos cuantos perdonamos la cena por  el partido y nos fuimos  otra vez a la sala a verlo. Me arrepentí cuando de madrugada mis tripas reclamaban el alimento que yo, por esa pasión futbolera, les negué a su hora.

 

Seminario, quinta parte.

La mayor ilusión  que tenía yo en el Seminario era jugar al fútbol los domingos. Se organizaban ligas en los distintos cursos. Existía un  colegio de árbitros y un  comité sancionador. Un año me eligieron encargado de deportes, en la época de D. José Mendiano  y como tal asistí a la prueba que se convocó para examinar a los aspirantes a árbitros. El presidente del tribunal era D. Antonio Heredia Muñoz, uno de nuestros inspectores. Mi papel era meramente presencial, pues era Heredia quien llevaba la voz cantante, pero había que seguir el protocolo.

El equipo titular del Seminario jugaba muy bien: Serradilla, Seco, Baena, Calderón, Cano…Hubo algunos de estos jugadores que fueron tentados por equipos de postín.

Los Luises y el C.D. Badajoz B eran equipos con los que se competía a menudo. A veces se jugaba en el antiguo campo de la Metalúrgica, pero la mayoría de las veces se hacía en el campo de tierra del Seminario, antes de su partición y permuta por terrenos en la parte trasera.

La noche del sábado pasaba Fernando Agudo repartiendo las camisetas por las camarillas para jugar en el equipo  titular de los Retóricos. Tenía su grupo de amigos a los que nunca le faltó la llamada de este seleccionador, pero yo nunca le perdoné sus olvidos, jejeje.

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Se creó un equipo, el Excelsior, para competir en categoría infantil en una liga entre colegios de Badajoz: Flechas Negras, Nª Sª de Guadalupe, Betis, Salesianos, Maristas…Tuvo la suerte de ser titular del mismo. Nos entrenaba D. Pedro Miranda.

Los balones con los que jugábamos eran de cuero, esferas irregulares de trayectorias impredecibles,  con unos costurones de cordones de cuero por donde se le entraba la vejiga o parte inflable. Cuando se le daba de cabeza y coincidía con estas costuras veíamos las estrellas. Existía un cuarto de los balones para cada Comunidad donde se reparaban y enceraban. Era uno de los cargos más apetecibles.

Desde el seminario se oían los gritos de los aficionados cuando marcaba los goles el C.D. Badajoz en el antiguo y cercano campo del Vivero. Recuerdo la que se armó, con tirada de cohetes incluida, una tarde de domingo del 66 o 67  cuando el equipo ascendió de categoría. Creo  que el entrenador era Abilio y destacaban, entre otros, jugadores como  Cabello, Medina, Eusebio, Pérez Lozano, Tapia y Pereira, con el que muchos años después coincidí en el C.D. Santa Marta.