El HOY de ayer

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A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba  el periódico HOY  cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie  al lado, apoyado en un bastón.  Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que  costaba el ejemplar  y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una  de las secciones  que recuerdo  era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas  sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores.  Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción  en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas  a través de los balcones  pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en  que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
 El periódico HOY estaba entonces  integrado en la Editorial Católica, fundada  por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de  1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura,  Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco,  Gervás Camacho,  el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento,  Rodríguez Arias,  Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo  Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y  Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
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El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces.  En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas,  con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen    el dinero por una ranura.  Una encomiable iniciativa para demostrar la educación  cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.  
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente  la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo  para afrontar algunos gastos  durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.

El pan

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Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que   dicen que comas solo  proteínas,  que elimines los hidratos de carbono,   que no comas fruta por la noche  o que  tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
 Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”,  también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base,  creció entre  auras y vendavales,  temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz,  alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer  la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el  blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años)  una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos  con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha  pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a  ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas.  Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este  se hacía con harina sin refinar y con  pieles de las semillas  de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes  por su contenido en fibra.
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En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros,  a escondidas, porque el trigo  había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que  se le daba un beso cuando se caía al suelo.  Tirar el pan se consideraba  un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo  que no apurábamos lo dejábamos  en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más  pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía  detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis  galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante  para hacer camino.

Septiembre

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Tiene septiembre una melancolía dorada  de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los  crepúsculos adelantan los anochecidos y  retrasan el primer albor de la mañana. Baja el  rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla,  desprende   aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama.  Libres por fin viajan en el viento,  anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es  puente que enlaza estaciones  donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia  de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días  casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra,  de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y  al estudio cultivador  de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen  las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’,  de Juan Marsé,  ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción  podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
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Las mañanas  bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa  casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”.  Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.

De tripas y turrones. Campanario y Castuera.

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Hay  dichos injustos e hirientes porque generalizan sin fundamento. Atribuciones peyorativas que surgen  en algún momento por envidias  y rivalidades entre pueblos vecinos.
Pío Baroja recoge en la serie de novelas ‘Memorias de un hombre de acción’   algunas de estas expresiones maledicentes en la zona de la Alcarria: “No compres mula en Tendilla/ ni en Brihuega compres paño/ ni mujer en Romanones/ni amigos en Marchamalo;/  la mula te saldrá falsa/el paño te saldrá malo/la mujer te saldrá tuna/ y los amigos contrarios”.
En Extremadura  con diversas variantes  y localizaciones existen expresiones de este pelaje.  
Ni  mulas en Quintana, ni mujeres en Castuera, ni amigos en Campanario…
En otros ejemplos se cita a La Zarza, Villanueva… El esquema está servido para que cada pueblo zahiera al vecino añadiendo sus nombres. Nada más falso e injusto.
En todos sitios existe gente de la más diversa índole.
A mi pueblo llegaban por temporadas  dos hermanos, Bartolo y Diego, de Campanario. Eran trajineros y  vendían  mazos de tripas para las matanzas, pimentón y judías  de la Vera, higos de Almoharín, o quesos de la Serena.  Sus largas estancias y su trato agradable y leal les  granjearon el afecto y la consideración de los vecinos. En su trabajo se complementaban perfectamente.  Bartolo  era el encargado de las relaciones públicas y Diego se dedicaba a cobrar, pago que no se hacía a la entrega de la mercancía, sino que esperaban a la recogida de la cosecha para hacerlo.
Saber vender es un arte y ellos lo practicaban ganándose la confianza de los compradores. Si un año la economía doméstica flojeaba se necesitaban menos tripas por la menor cantidad de carne. No había problema: “Habiendo para el apaño, para qué más”. Si el año había sido abundante y se podía extender el pedido también tenían la frase oportuna: “Más vale que sobre que no que haga falta”.  Hablaban   con la acusada pronunciación de los sonidos velares de ‘j’ y la ‘g’, característica de Campanario.
Se alojaban en la posada del pueblo.  Vestían con chambra, abrochada en el cuello y abierta y  con más vuelo y holgura por la parte de abajo. En la cabeza la boina. Después de tantos años, sus hijos, que pasaron aquí muchos días de su niñez, recuerdan con cariño aquellos tiempos y gozan del aprecio de quienes les conocieron.
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De Castuera llegaban, y lo siguen haciendo  por septiembre, los turroneros. Eran  las mismas familias  todos los años e igualmente se ganaron el aprecio de los vecinos.
Siendo yo niño  esperábamos ilusionados  su llegada. Era el aviso de que la feria empezaba. Los puestos no eran  como los de ahora, bien equipados y acondicionados. Entonces la estructura, el esqueleto,  era de madera y una vez ensambladas sus partes  las  cubrían con telas blancas. En el mostrador, inclinados hacia afuera, turrones duros y blandos, garrapiñadas, peladillas, piñonates, frutas escarchadas, tortas imperiales, alfajores, mazapanes, almendras rellenas, miel, arrope…y colgados del techo bastones de caramelo.
 Comían y  dormían dentro del puesto, sobre un entarimado para aislarse del suelo.  En las horas de la siesta se  echaban sobre una  manta en el acerado que estaba en sombra para descansar un rato.
Buenas, entrañables y laboriosas personas que siguen llegando, hoy ya sus descendientes, para  endulzarnos la feria.

Recitar

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Oír  a Francisco Valladares, por ejemplo, recitar un poema me  conmueve. Es un arte. Quien sabe hacerlo mece las frases con énfasis, entonación  y silencios. El poema se convierte en música dramatizada, plena   de compás  y cadencia  que emociona al auditorio al remover los sentimientos  más primitivos y arraigados. La muerte, el amor, la dignidad de los que no tienen más capital que su honra, la grandeza de la fidelidad, el heroísmo, el requiebro galante a la mujer hermosa… La poesía lleva consigo el ritmo que le dan los acentos, la métrica  y la rima. El rapsoda la interpreta con el recitado y la declamación. El oyente traduce en  sentimientos que ponen los pelos de punta, la frente tersa y el busto erguido.
Sin ser profesionales también he oído  en las tabernas al calor de la melancolía del vino, en los jolgorios de fiestas y bodas, recitar a aficionados con hondo sentir.  ¡Qué silencio se produce cuando alguien lo hace con pasión y vehemencia! Personas mayores que tienen dificultades con la escritura  recuerdan, sin embargo, poesías que recitaban sus antepasados  o escucharon en  películas  y teatros.
La tradición oral ha sido durante siglos la forma de transmitir de generación en generación romances, décimas,  coplas…
Algunas composiciones por su temática o musicalidad arraigan con más  facilidad en la memoria y se prestan  a la recitación.  El deslumbrante ritmo de la ‘Marcha triunfal’ de  Rubén Darío.  El  ‘Canto a la mujer  cordobesa’ de  Julián Sánchez Prieto. El patriotismo desmesurado del ‘Dos de mayo’  de Bernardo López García.  ‘Era un jardín sonriente’, de los Hermanos  Quintero. ‘El Piyayo’ de José Carlos de Luna.  ‘Los cuatro muleros’ de García Lorca o la recitaciones intercaladas en las canciones de Pepe Pinto y Pepe Marchena: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” escritas,  entre otros, por Rafael de León,  por citar solo algunos de los ejemplos más conocidos.
Dos poemas  me han conmovido siempre cuando los he leído o escuchado: ‘La nacencia’ de Luis Chamizo: “Bruñó los recios nubarrones pardos…” y  ‘El embargo’ de Gabriel y Galán.
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La primera vez que escuché este último en boca de mi padre, sin ser consciente entonces por mi edad del alcance del concepto de dignidad, sí la intuí en aquel hombre,  roto de dolor,  que invitaba a pasar al juez y a sus  acompañantes  cuando ya no tenía   dinero   porque  se lo gastó  todo en la enfermedad de su esposa. Lo demás podían llevárselo… Todo menos eso: “La camita onde yo la he querío/ cuando dambos estábamos güenos;/ la camita ondi yo la he cuidiao/la camita ondi estuvo su cuerpo/cuatro mesis vivo/ y una nochi muerto…”
Me impresionó la valentía, que sin ser altanera, es  firme y llena de orgullo por el deber cumplido: “Si venís antiayel a afligila, sos tumbo a la puerta”.
Esa cualidad del que se da a  valer como persona, que se gana el aprecio ajeno,  respetándose a sí mismo y a los demás, sin dejarse humillar. Y pienso ahora cómo actuaríamos cada uno de nosotros en parecidas circunstancias, “desnudos, como los hijos de la mar”, despojados de los bienes materiales que nos sostienen y de los que a veces presumimos. Si mantendríamos la digna grandeza del protagonista  del poema de Gabriel y Galán.

Despedida

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Regresó envuelta en los sudarios  del aire, con  la muerte asomada a las barandas violetas de sus ojos. Se sentó en la silla de enea, la costurera,  donde su abuela  hacía encajes de bolillos y bordaba en  bastidor. Por la puerta del corral entraba hasta la mitad de la casa  el sol con su haz amarillo lleno de motitas flotantes,  como aquellas tardes de la infancia.
En un rincón de la sala, la mecedora de mimbre, vacía del cuerpo del  abuelo, donde descansaba un rato después de comer. El reloj de pared, con la llave de la cuerda dentro de la caja, estaba parado desde hacía muchos años. Tardó  en apartar la vista del pequeño espejo rectangular, delante del que  su abuela se peinaba cada tarde antes de sentarse detrás de la puerta a esperar que su marido regresara del campo.
El día que la familia se fue  a Madrid, porque la vida en el pueblo se puso difícil, tenía diez años. Al echar  su padre la llave después de mirar por última vez al interior, sintió una profunda congoja.
Aquel descuaje brutal de su tierra, de  sus amigos, de su casa, para ir a una ciudad donde tuvo  que  empezar a ganarse afectos de gente desconocida fue duro. Su padre, que tenía las manos hechas a las espigas y al arado, las tuvo que adaptar al ladrillo y al cemento. Le costó mucho.
Después de cuarenta y cinco  años volvía para despedirse del lugar  donde  había sido feliz, sabiendo  que el final estaba cerca.
Pasó su mano, delicada y amarillenta, con cariñosa parsimonia por la ajada puerta del corral que da al poniente. La madera estaba reseca y descolorida. Guardaba entre sus grietas  las tardes ardientes de sus  veranos y el azote de los temporales, con  aquel crujir quejoso en las noches de viento cuando  escuchaba desde  la cama caer  el agua de los  canalones sobre  el suelo.
Aledaña estaba la antigua cocina con hornos de carbón en la que su madre pasó tantas horas. Allí comían todos en invierno al calor del fuego de la chimenea, en cuyo   “topetón” había  limones, granadas  y membrillos en otoño.
Era su sentimental y silenciosa despedida.  La hierba que brotaba entre los rollos  se había expandido de forma desordenada, cubriendo todo el patio. Se acercó al arriate.
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Las ramas secas del jazmín se extendían  por las paredes desconchadas. El tinajón que recogía el agua de  canales estaba cubierto de jaramagos. En las tardes de verano hablaba dentro de él para oír el eco de sus palabras. ¡Cuántos recuerdos se agolpaban!
Salió a la calle por la puerta falsa, la que da al ejido. En la piedra adosada a la pared se sentaba su abuelo muchas tardes a contemplar  las puestas de sol. Según el celaje, los cambios en la dirección del viento y las marañas- hay “revolá”, decía él- pronosticaba las variaciones  del tiempo.
El sol ya se ocultaba tras las sierras lejanas.  
Al mes de esta visita, entrado el otoño, cuando el rocío se posa en las hojas y huele a tierra mojada,  se fue por la senda sin retorno. Al jazmín le salió por aquellos días una flor blanca y delicada entre sus ramas secas.

Raíces profundas

img_5574-2Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona  y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.

Para saber  aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.

Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.

Como no tenemos  esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado  recurrimos a fuentes, como  los libros,  documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces   que profundizan  en el suelo de la historia  buscando el agua de la información.

En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones  que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de  antiguas recetas,  festivales flamencos  ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música  en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración  del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer  el origen y fundamento de su existencia.

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En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el  año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura,  realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar  un informe pormenorizado que sirviera para  organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el   desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos.  El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo  y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.

Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que  se han caracterizado todos los intervinientes. 

El párroco,  Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración  la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones  sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.

Alguien lanzó la  idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.

Lágrimas blancas

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Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en  pendiente. Allí  en la penumbra contábamos historias que escuchábamos   a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos  con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta  hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir  en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba  dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron  se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato  se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche.  Después quedábamos en silencio y nos tendíamos  boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica  en la cóncava negrura del cielo.  Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante  y luminoso por cuyas ramas  descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de  fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de  escorpiones, toros, osas dragones, peces…  o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
 En mitad, el camino de Santiago,  ancha franja  de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica  allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre  ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las  anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de caminos invisibles.
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Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades  y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta  de lo insignificantes que somos.

Verano del 42

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Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte,  llegamos en bicicleta al  arroyo de la Corbacha. El agua  en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene  en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre.  Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos  a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir.  Allí estaban  bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos  como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para  quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear  a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos  las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó  tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega.  De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una  voz suplicante  que primero me asombró  y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
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Estas jóvenes, algo mayores que nosotros,  tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían  al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos  detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie.  A los mayores porque se  escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban  costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar!  Se santiguaban  las viejas escandalizadas: “¡Dónde se  habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?”  Los visillos se mantenían en guardia permanente,  día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
 Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales  que debían estar a la vista eran  los de las huertas y las delanteras que ostentaban  poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos. 
En esas estábamos  cuando arribaron estas  jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida  se abrieron y  llenaron los canales  de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos  abrieron caminos a  pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente  hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha,  en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
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Años después se estrenó la película de Robert Mulligan,  ‘Verano del 42’.  Fui protagonista  con Hermie (Gary Grimes) de la aventura  adolescente tan  hermosa que vivió  con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba  a llevar paquetes ni  aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto.  Los amores tienen siempre un verano que es  alba irrepetible a las puertas de la  vida, aunque yo no fuera Hermie, sino  una estatua en medio del agua que  solo rozó  con sus manos los bordes de la gloria.

Hablemos de sexo.

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Nacimiento de Venus, Boticelli.
Hablar de sexo con nuestros padres y maestros  era complicado. Una barrera de pudores obstaculizaba su abordaje de forma clara. La información se suplía con el recurso a las  cigüeñas   que traían en el pico a los niños envueltos en pañales. Inventaban hasta los sitios dónde nos habían dejado  a cada uno. Pero por más que  mirábamos al cielo  nunca las vimos traer ningún encargo. Y Amazón no existía.  En la escuela el maestro extrapolaba de los animales a las personas el proceso de creación de una nueva vida, pero sin entrar en detalles. A lo máximo que llegaba era a poner como ejemplo  la semilla que germinaba en una tierra fértil, puesta allí no sabíamos cómo, que era lo que nos intrigaba.   La naturaleza, más desinhibida, nos mostraba ejemplos visibles y audibles de apareamiento  en los mamíferos: los perros pegados, el maullar de los gatos en los tejados  o el nacimiento de burros , terneros y corderos. Pero hablar de ese proceso claramente  en los humanos coartaba y si se hacía era con circunloquios.   Aprendimos a salto de mata, de forma parcial y a veces grosera, de los mayores, que también tocaban de oído, en charlas casi clandestinas y en la calle.  Buscábamos en el diccionario vocablos  referentes al sexo masculino y femenino que nos comunicábamos unos a otros.  Islotes que más que aclarar generaban más dudas. 
Observando, descartamos  que las cigüeñas sirvieran de cosarios. Solo trazaban  garabatos en torno al campanario, en plástica expresión de Antonio Machado o crotoraban con sus picos con un sonido que asociábamos con el de hacer gazpacho.
Nuestro cuerpo cambiaba  y los sentimientos afectivos y amorosos afloraban impetuosamente. La pavera y las glándulas en plena efervescencia. Pero no encontrábamos explicaciones que nos  aclararan lo que nos estaba sucediendo. Nos  idealizaban tanto el sexo que parecía que habíamos  llegado al mundo en un rayo de luz o  por un mágico soplo. 
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Caída del hombre, pecado original y expulsión del paraíso, Miguel Ángel.
No ayudaba mucho la obsesión religiosa por asociar  sexo y  pecado. Había que, sobre todo,  deslindarlo del gozo. Así que recomendaban, por ejemplo, tener la mente distraída en otros temas mientras se practicaba.   Los pensamientos, tan difíciles de embridar, se consideraban malos si nuestra tendencia natural nos llevaba al lodazal de impúdicos deseos.  ¡Cuánto esfuerzo por intentar apartar la mente de lo que nos atraía y cuánta sensación de culpa nos metieron! Así que había que remar contra corriente y buscar información por otros lares.
Lo paradójico de todo esto es que cuando llegábamos a la madurez   daban por supuesto que ya sabíamos todo sin habernos enseñado nada.  Ya eres un hombre y sabrás…Pues no, no sabíamos casi nada. 
El párroco reunía a los quintos antes de incorporarse a filas y con sobreentendidos que a veces se ignoraban,  alertaba de los peligros de las relaciones sexuales  y de las enfermedades que conllevaban. Así que nos fueron deslindando los perjuicios sin aclarar ni explicar claramente qué era el sexo.  
Cuando se licenciaban del servicio militar, a los mozos se les consideraba suficientemente formados para constituir  una familia  y la madurez, como el valor, se les suponía.
La vida seguía. El régimen premiaba a las familias más numerosas por la colaboración en el incremento de la población. Así que no era necesario saber tanto.