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En mi pueblo había un tabernero que cuando llegaba el verano y le entregaban un billete de quinientas o mil pesetas para que se cobrase, exclamaba aireándolo: “¿Dónde estuviste este invierno?”. Y es que estos eran largos, duros y corría poco el dinero.
En el medio rural los ingresos eran cíclicos e irregulares, dependiendo de que las condiciones meteorológicas fueran favorables o adversas. Se jugaba a una carta sobre el tapete verde de las sementeras en que el más imprevisible y veleidoso tahúr limpiaba mesa o la colmaba. El cielo mostraba azul o pardo su semblante y regaba o agostaba a su capricho. Como ahora, pero sin subvenciones.
Terminada la cosecha y vendido el producto había que hacer muchos montoncitos para saldar deudas que se habían ido acumulando durante el resto del año. Los braceros o jornaleros- oficio sin más títulos y másteres que el propio cuerpo- lo fiaban todo a la existencia de trabajo en determinadas épocas del año para poder hacer frente a las necesidades básicas.
Entonces, y aún ahora, en las tiendas pequeñas de los pueblos se fiaba y se apuntaba el débito en una libreta que sabía de secretos y carencias. En la zapatería, la medias suelas, puntadas y tacones. En las fraguas, afilamiento y soldadura de azadas, rejas y escoplos. En los ultramarinos, retirada de alimentos… ‘Que dice mi madre que lo apunte’. Ya sabía el comerciante que había que esperar a la recogida de la cosecha, si por bien venía, y a la existencia de jornales para poder cobrar. Algunas hojas de estas las libretas aparecieron después de muchos años sin la cruz que saldaba la deuda. Capítulo de fallidos en tiempos difíciles. La venta a la dita y los apuntes eran prácticas usuales. Mini créditos al albur de la intemperie.
 Ahora a nadie se le ocurre decir a la cajera de uno de esos establecimientos que llevan prefijos de grandeza que anote el importe de la compra para pagarlo más adelante sin que aparezca un miembro de seguridad o suenen las alarmas de las puertas de salida.
Fotografía de El Mundo
En los bares también fiaban, pero menos por no ser artículos de primera necesidad. Era costumbre que las cuadrillas de trabajadores hicieran escala en ellos para proveerse de tabaco y tomar una copa de aguardiente.  En cierta ocasión uno de los componentes de un grupo de escardadores tenía una deuda que en gestos del regidor del establecimiento ya olía por antigua. Por no poner en un aprieto al afectado delante de los demás lo llamó en un aparte cuando reemprendían la marcha. “Fulano, espera un poco que tengo que hablar contigo”. El resto de los compañeros prosiguió la marcha a ritmo lento para que los alcanzara cuando terminase la charla. Le recriminó el tabernero la tardanza del pago y le urgió a que lo hiciese efectivo. Él dio las explicaciones y justificaciones que creyó conveniente con promesa de pronta liquidación.  Al llegar a la altura de los demás le preguntaron con un poco de regodeo y sorna, pues conocían sus debilidades con la priva, sobre el tema de la conversación.  El interpelado, ocurrente y vivaz, por salvar vergüenza y estima, no se inmutó, pues precavido esperaba la pregunta, y respondió: “Este, que quiere que le prepare los olivos y yo ahora no tengo tiempo.”

Camino de la escuela

Ha comenzado un nuevo curso académico. Los colegiales camino de los colegios son un símbolo de futuro y de progreso. Pasan con caras de sueño, ’ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante’ por el peso de las mochilas llenas de libros sobre sus espaldas. Otros los llevan en carritos con ruedas, como los que se usan en la compra. El saber, que no ocupa lugar cuando se asimila, sí lo invade y pesa antes que pase del papel a las cabezas.
Al verlos pasar recuerdo el primer día que fui a la escuela, sin contar el único año de párvulos que existía entonces y que cursé el año anterior. Tenía yo seis años. Mientras mi madre me peinaba y le daba los últimos retoques a mi indumentaria mi padre me aconsejaba sobre la forma de comportarme con el maestro y con los compañeros.
Llegaron mis amigos a recogerme para emprender juntos el camino hacia los grupos escolares.  Mi equipaje era escaso: una cartera de cuero cosida a mano con artesanal maestría por el talabartero del pueblo. En caso de apuro podía ser utilizada incluso como arma defensiva. Nos servía también de hélice cuando girábamos el brazo con ella en la mano. Tenía un broche metálico con llave y cerradura para unir la solapa, y dos hebillas a los lados, siempre con las puntas de la correa levantadas.  En su interior, bagaje ligero: una libreta de dos rayas, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar que siempre se extraviaba por alguno de sus cuatro rincones.  Más adelante se incorporaron a las pertenencias la enciclopedia Álvarez y una pizarra rectangular pequeña con marco de madera, un trapito atado para borrar y un pizarrín blanco y redondo para escribir en ella.
Al llegar a la puerta de la escuela las colocábamos en orden.  Así guardábamos la vez para la entrada.
Un pantalón corto de pana, el jersey de punto que tejió mi madre en primavera y unos zapatos de la marca ‘el gorila’. Con ellos regalaban una pelota verde y dura con la que jugábamos a ‘corra’, o sea, que salías corriendo o quien la cogía te arreaba el pelotazo. Más entrado el otoño nos calzábamos las botas katiuskas para meternos en los charcos. ¡Qué sensación de navegantes teníamos cuando nos poníamos en la corriente del arroyo y mirábamos fijamente al agua!  Las orillas nos dejaban atrás y nosotros nos sentíamos veleros surcando los mares.
Hasta que llegaba el maestro jugábamos a los bolos o al barranco, cambiábamos cromos o impresiones sobre algún suceso acaecido.  Cuando lo veíamos aparecer corríamos a darle los buenos días y regresábamos corriendo a formar la fila. Este hecho de saludar se repetía siempre que lo veíamos en cualquier sitio.
El pueblo queda en calma mientras los niños permanecen en sus clases. En su recinto se concentra la esperanza del futuro que aprende y juega mientras los mayores se dedican a sus afanes y a sus cosas.  A la hora de salida volverá a correr la savia alegre de sus vidas por las calles del pueblo.  Escribió Juan Ramón Jiménez: “Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año”.  Nosotros fuimos, ellos son y mañana serán otros los niños que mantienen  la esperanza en el porvenir caminando hacia la escuela.

La torre y la iglesia

A Carlos Gardel lo recibieron una noche, cuando volvía con veinte años más, las luces parpadeantes a lo lejos y las estrellas indiferentes en lo alto. Los regresos y las despedidas son siempre sentimentales. Los seres inanimados nos provocan emociones cuando los perdemos o volvemos a encontrarlos porque con ellos pasamos parte de nuestras vidas.  
La puerta que cierras por última vez cuando te jubilas, el coche que usaste durante años y entregas al desguace, la casa en que viviste de niño, tu cama, aquel rincón de la habitación donde soñabas despierto y en el que levantabas torreones de ilusiones que el alba desvanecía con medallas doradas sobre la colcha…
La torre del pueblo que descuella sobre los tejados y divisas en lontananza cuando regresas después de mucho tiempo te produce la sensación de que te estuvo aguardando desde el día que te fuiste, como el padre de la parábola que salía todas las tardes a esperar el regreso de su hijo. Te pareció triste en la despedida y alegre ahora que te recibe con los brazos abiertos.
Es el símbolo de identidad de los vecinos. En su ‘picocha’ prueban los ocasos y amaneceres tonalidades doradas.  El campanario tiene gargantas con úvulas de bronce y cuencas orbitales de ojos que te observan continuamente. Su reloj lleva el compás del tiempo con sones que pasan desapercibidos durante el día y taladran, profundos y espaciados, los negros valles de la madrugada, cuando todas las horas son la una repetida y sólo quedan después sus estelas temblando en los huecos del silencio.  
Cigüeñas, vencejos, aviones y palomas forman su guardia en las mañanas claras y en las tardes serenas.  En su vértice, la veleta a merced de solanos, gallegos y vientos de la mar vieja.
El edificio de la iglesia tiene cuerpo de piedra y alma de rezo. En su interior musitan las beatas los rosarios y se mecen con melódicos cantos las plegarias que ascienden por sus muros hasta las polícromas vidrieras.
Crisol donde se mezclan el agua, la sal, el aceite, la ceniza y el incienso como símbolos de vida y muerte, de ofrenda y súplica y donde siempre hay una luz como promesa que recuerda el camino por el que marcharon los que nunca volvieron.
La lluvia bate sus paredes y vencida en su prestante mole roja resbala por la tez de sus vertientes. Rosa de los vientos: al norte, la umbría, cobijo de sombras, lugar de meadas a deshoras y cantinas de feria: jeringo y aguardiente. Lugar de citas y faroles al valiente alarde del vino. Allí te espero, si tienes… cuchicheos de rumores de no se lo digas a nadie, confidencias de trastienda. Al este, la primera luz del día y un recuerdo en forma de cruz por los muertos caídos en las guerras. Sur de soles, tibio resguardo en los inviernos fríos y relumbre de fuego en los veranos. Al oeste la entrada por la puerta los de pecadores. Camino de ida y vuelta:  al perdón, cual hormigas haciendo granero, con la carga del pecado a cuestas y del perdón, con alivio ligero, de nuevo al pecado y al yerro.
Desde la torre que semana a semana levantaron sobre las raíces de la evocación estas columnas un hasta luego, si el tiempo no lo impide y con permiso y aquiescencia de las autoridades competentes.

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

Vacaciones

Estaba lejos el mar para alcanzar su orilla. Por estas tierras las brazadas se daban entre espigas. No volaban gaviotas buscando alimento entre las rocas con el ruido de fondo de las olas, eran vencejos los que surcaban el azul de las mañanas, ese cielo que, sin brumas, compartimos, porque aún no han podido venderlo por parcelas.  Aquí teníamos la brisa y la marea de la tarde que traían caricias de amapolas.
El mar era un sueño, un misterio y una metáfora de la muerte donde desembocaba el río de la vida, según enseñaban en la escuela.
La mayoría de nuestros abuelos murieron sin haberlo visto y muy pocos gozaron de unas vacaciones en sus playas, salvo los mozos que fueron destinados en la mili a zonas de costa. Los demás solo se llevaron en sus pupilas puestas de sol y amanecidas entre el mar de los trigales.
Durante los años sesenta empezaron a llegar los turistas. Por la televisión sabíamos de esculturales nórdicas y fornidos varones que disfrutaban de esa España que, según el eslogan del Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga, era diferente. Comenzaron a hacerse familiares los nombres de Torremolinos, Benidorm, Costa Brava, Costa del Sol… Se oía el nombre de la Concha de San Sebastián asociado a la realeza y élites postineras.    
Los emigrantes, incorporados al incipiente desarrollo industrial de las ciudades, regresaban a sus pueblos a disfrutar los días de permiso.  Salían más baratas y aún era fuerte el arraigo a sus orígenes. Los que conservaban sus casas las pasaban en ellas y los que tuvieron que venderlas se acomodaban en las de los familiares. Llegaron los primeros ‘seiscientos’, previa escala obligada en el puerto de Miravete con la puerta trasera levantada para que un calentón no dejase a los ocupantes tirados en la carretera.
 
El aforismo bíblico que dice que el que no trabaja no come estaba bien asentado en las costumbres de las zonas rurales, donde el día que había jornal se cobraba y cuando no, al mentidero a compartir impresiones con los demás parados. Los que estaban acomodados lo estaban sobre la parvedad de los salarios. Las vacaciones pagadas, ni estaban ni se les esperaba por entonces.
Era una reivindicación obrera que fue conquistándose lenta y progresivamente durante el siglo XX por los trabajadores de los servicios y la industria de las ciudades, pero al mundo rural las reformas y avances tardan más en llegar.  Cuando yo era niño pocas familias del pueblo veraneaban. La mayoría de los habitantes se dedicaban a la agricultura y en este tiempo estival las faenas agrícolas estaban en pleno desarrollo. Las economías domésticas no daban para otros disfrutes que agua del pozo, abanico y mecedora.
Solo algunos, por prescripción médica, iban a balnearios a aliviar dolores y a beber sus aguas medicinales: Alange, Marmolejo, Lanjarón…En casa de mi abuelo siempre había una botella de Carabaña.  Hasta el insigne don Santiago Ramón y Cajal ponderó sus cualidades.
Aquellas generaciones del medio rural a las que les tocó la china de la guerra y la posguerra tuvieron pocas oportunidades para gozar de vacaciones y de playas.  Las actuales de jubilados a través de los programas del Imserso sí lo están haciendo. Logro social encomiable y justa recompensa a una vida de trabajo.

Caleros

El solsticio de verano hace que las sombras de las umbrías mengüen al máximo hasta dejarlas entre la espada brillante de la luz y las paredes. El sol alcanza la cima de su altura en el cielo cuando llega el mediodía.
Por estas fechas luminosas de verano es costumbre blanquear y calafetear las fachadas de las casas para eliminar rastros de humedades y deterioros que originaron las inclemencias del invierno. Quedan como espejos blancos que devuelven al aire la insolente claridad que reciben.
Ahora se utilizan pinturas plásticas, pero antes era cal, que ya usaban los romanos y los árabes.
Los   caleros extraían la piedra caliza de las caleras, bien con palancas si estaban someras o utilizando barrenos para sacarlas al exterior.
Los hornos se construían de mampostería, aprovechando generalmente los desniveles de terreno. El combustible era leña que debía acarrearse desde los montes cercanos. Se apilaba en el interior y alrededor se iba edificando una pared con la piedra de cal hasta formar una bóveda. Debajo, en la parte frontal, había una abertura para ventilación y recarga. Este proceso duraba siete u ocho días. De esta calcinación, en la que podían alcanzarse temperaturas cercanas a los mil grados, se obtenía la cal viva. Después se dejaba enfriar durante algún tiempo. Se partían las piedras, que habían perdido gran parte de su peso, utilizando una azada o un martillo o se dejaba que se fueran deshaciendo al aire libre.
 Los caleros iban por las calles de los pueblos con sus burros equipados con serones voceando el producto: ‘¡Cal blanca!’ La vendían por cuartillos o almudes. También existía la cal morena o prieta que se  mezclaba con arena y agua. Argamasa o mortero utilizado en la construcción desde muy antiguo.
Después en casa tenía lugar el proceso químico que nos asombraba a los niños: el apagado de la cal añadiéndole agua, o sea, convirtiendo la cal viva en hidróxido de calcio. Esto lo supe después. Entonces, en aquellos días blancos y azules, era un fenómeno mágico, que la cal empezase a hervir sin hacer fuego durante algunos días y alcanzase elevadas temperaturas.
En mi casa lo hacían en una tinaja grande.  Nos avisaban constantemente que no nos acercáramos ni metiéramos la mano dentro. Razón suficiente para que nos entraran unas ganas irresistibles de hacerlo. De vez en cuando se le daba vueltas con un palo para que la masa quedase compacta y sin grumos.
Para encalar las fachadas se utilizaba una escalera. Si aquella era muy alta se añadía otra atada con sogas. En un gancho con forma de ese, sujeto en uno de sus escalones, se ponía la cuba donde se mojaba el brochón.
La cal se usaba también para blanquear los troncos de los árboles y protegerlos de posibles plagas, para desinfectar el agua de los pozos y aljibes y para corregir la acidez de ciertos suelos.
Esta actividad artesanal ha dejado huellas en el vocabulario. Desde apellidos y apodos hasta topónimos. Muchos lugares de bastantes pueblos tienen un lugar referido a las caleras. En Llerena existe una calle, Caleros, en recuerdo de este gremio de esforzados trabajadores y una familia, como en Fuente del Arco, conocidas por el oficio que desempeñaban sus miembros. Y un pueblo, Calera de León, que lleva a gala tan blanco nombre.  

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Junio

El columpio de Nicolás Lancret
El mes de junio marca el final de las tareas escolares.
Nos recomendaban los profesores que confeccionásemos un horario para parcelar tanto tiempo disponible y nos poníamos a la tarea por el gozo de imaginarnos ya de vacaciones. Distribuíamos las horas de juego, de sueño y de estudio o lectura. Nos decían que esos hábitos había que mantenerlos.
Los propósitos duraban hasta que nos íbamos el primer día a jugar al prado de la fuente. Regresábamos a nuestras casas cuando las luces del pueblo ya estaban encendidas y el lucero brillaba en el firmamento de tonos violetas. Al entrar por las primeras calles percibíamos el olor a tortilla recién hecha. Los labradores a mujeriega sobre las bestias regresaban del campo. Traían haces de espigas para echárselas en los pesebres. Salíamos a su encuentro para pedirles que nos dieran algunas. Estaban aún tiernos los vagos, los pelábamos y nos los comíamos.
Nuestros horarios naufragaban en el mar de los gozos. Jugábamos, comíamos y dormíamos.  Antes de acostarnos nos gustaba contemplar el cielo estrellado sentados en cualquier lugar de la calle. En el Camino de Santiago destacaban agrupadas en grumos de luz multitud de estrellas, como de leche cortada. Seguíamos las órbitas de los satélites artificiales y nos sorprendían las cicatrices blancas que dejaban las estrellas fugaces, como si alguien allá en lo alto hubiese frotado una cerilla en la bóveda.
Algunos días para quitarnos un poco de las horas de más sol nos íbamos a la casa de amigos que tenían columpios. Las de labor disponían de dependencias para cuadras con pesebres y pajares al final de la vivienda, tras los corrales.  Allí los hacían.  Eran el péndulo de un tiempo colgado en los maderos.  Como la soga molestaba en las posaderas le colocaban costales doblados. Otros incluso les ponían tablas forradas de telas. Si no había nadie que nos empujara nos íbamos para atrás con los pies en el suelo y nos dejábamos caer cogiendo impulso con el cuerpo que debía acompasar el ritmo y acelerar el bamboleo.
Las golondrinas hacían sus nidos pegados a los maderos. Entraban veloces a dar de comer a sus crías.  Las respetábamos porque nos decían que le quitaron las espinas a la cabeza de Jesús en el Calvario.
Cacareaban las gallinas al medio día. Nosotros, no sé con qué base, decíamos que cuando lo hacían era porque habían puesto huevos. Como la curiosidad infantil no tiene límites también queríamos saber dónde los guardaban y hacíamos nuestros experimentos para extraérselos antes de tiempo.
Junio abre sus puertas a la luz desde el orto temprano al ocaso tardío. Los vencejos bordan con su vuelo filigranas de hilo negro al manto azul del cielo acompañados de bulliciosos trinos en las mañanas antes de que caliente el sol y en las tardes cuando disminuye la flama. Maravillosas aves que duermen y aman en las alturas y nos limpian el aire de mosquitos.
Frontera entre la flor y los rastrojos es el mes de la plenitud de Ceres, que desgrana  espigas, y de san Juan, que le baila al sol y purifica en las hogueras. Aquelarre de brujas, cumbre de la luz que se desparrama por las horas y llega a los prolongados crepúsculos que se dan la mano por las espaldas de los montes.  

La vieja farola

En la esquina de la calle más alejada del centro del pueblo había una vieja y destartalada farola. Estaba sola, como un grito suspendido en el aire pidiendo clemencia con cuatro bocas abiertas. Ya no alumbraba los pasos silenciosos de mujeres enlutadas camino de la iglesia ni el andar presuroso de los labriegos camino del trabajo en la alborada. La abandonaron los mosquitos y palomillas que cada anochecido acudían al halo de su luz. Tampoco las salamanquesas cazadoras que montaban guardia preparando inmóviles el momento del ataque a su sustento volvieron.
Cómplice y testigo en otros tiempos de furtivos amores y de besos de adolescentes, los ábregos, los temporales, la desidia de sus cuidadores y la crueldad de los gamberros, terminaron por apagar su luz y doblegar su resistencia. Quedaba su esqueleto metálico, deforme y herrumbroso, que solo albergaba dentro el ruin casquillo de una bombilla rota.
Ciertas noches, antes de su deterioro, me sentaba en el acerado debajo de ella huyendo del bullicio y la jarana. Allí encontraba tranquilidad y sosiego.
Me acompañaron su luz y su silencio en momentos de zozobra de mi primera juventud, ese don del tiempo que la vejez cobra con intereses de demora. Divino tesoro que cantó Rubén Darío. Esplendor, amor fuerza e ilusiones, pero con aristas que cortan el alma y simas que profundizan la desesperanza
En su decadencia solo podía ofrecerme ya el silbo del viento en los bordes de su cuerpo y el crujir lastimoso de sus hierros retorcidos.
Cuando me acercaba por allí imaginaba entre los mantos de la madrugada el borde anguloso de su talle doblado y la fría pena de su soledad a oscuras.
Tiene la juventud algunos momentos amargos que, superados, fortalecen y forjan porque la alegría sin sufrimientos produce arbustos que se abrogan con las primeras inclemencias.
¿Quién no ha sentido alguna vez la angustia cuando no se encuentran asideros donde agarrarse a la vida ni explicaciones para sucesos que nos golpean en la llaga en carne viva?
Por eso hoy quiero dedicar esta columna y ofrecer algo del bálsamo y alivio que puedan desprender estas palabras a quienes han sufrido la pérdida de un ser querido en plena juventud.
Había un silencio profundo y respetuoso en la plaza y en la iglesia abarrotada de Llerena el viernes pasado cuando llegó el coche fúnebre con el cuerpo sin vida de un joven de treinta y dos años que el día anterior de forma inesperada había emprendido el camino sin retorno. Un mazazo con toda la fuerza adversa del destino.
Su familia, solidaria de corazón y de hechos, tiene acogida a una niña saharaui con parálisis cerebral para que reciba aquí el tratamiento que no puede tener en los campamentos de refugiados de Argelia. Al día siguiente preguntaba sin hablar dónde estaba quien la sacaba todos los días de paseo.  Miraba a todos extrañada esperando una respuesta que no llegaba. Me lo contaba mi hija que acudió a consolar a unos padres destrozados. Y un dolor infinito conmovió los cimientos de mi pena al escuchar su relato.  Por eso en la medida de mis posibilidades les ofrezco el consuelo y el ánimo que yo buscaba en los momentos tristes al lado de la vieja farola. Un poco de luz  y compañía.

Retratos

Algunas noches de invierno sacábamos la caja de los retratos para verlas sentados al brasero. Las familias las guardaban en cajas metálicas de dulce de membrillo, en las de tortas imperiales o en una de cartón de galletas o zapatos. Una a una las íbamos comentando. Como éramos aún pequeños desconocíamos la identidad de muchas personas que aparecían en ellas y preguntábamos a los mayores. Allí estaba el abuelo con barba y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco, la abuela con moño y delantal, un niño subido en un caballo de juguete, nuestros padres el día de su boda, con sus amigos en un día de fiesta…  El tiempo detenido para siempre entre los bordes dentados del retrato. Cada una de las imágenes despertaba nuestra fantasía sobre ese momento que había quedado reflejado en la instantánea.
Sus vestidos, sus posturas. La calle o el campo donde se las hicieron cobraban vida y conjeturábamos cómo serían entonces sus   costumbres y sus diversiones.   Mirar en la caja de los retratos era como meterse en el túnel del tiempo, como frotar la lámpara de Aladino o escuchar la música que salía de uno de aquellos juguetes al abrirlo. Un paseo en una alfombra mágica sobre el tiempo ya pasado.
El oficio de retratista consistía en capturar el tiempo y hacerlo interminable sobre cartulinas blancas.  Los fotógrafos antiguos llevaban consigo el equipo, que sacaron de los estudios para buscar clientes fuera.
El bagaje era el indispensable para el cometido. Los más antiguos utilizaban cámaras de madera. El chasis, que era un bastidor donde se colocaban las placas fotográficas, dos bandejas, una para el revelador y otra para el fijador y un cubo pequeño con agua colgado del trípode para aclarar las copias. Primero hacían el negativo en papel y cuando lo revelaban lo colocaban sobre una regleta enfrente de la cámara para hacer el positivo. Controlaban el proceso asomándose por un orificio y metían la mano dentro a través de un trapo negro. Algo de magia y de encanto tenía este oficio. En el exterior de la máquina, a ambos lados, colocaban a modo de escaparate fotografías ya realizadas para que sirvieran de reclamo. Los llamaban fotógrafos ambulantes o minuteros por el poco tiempo que tardaban en realizar las fotografías. La gente esperaba por los alrededores hasta que, limpias, secas y recortadas, se las entregaban.
En la feria se ponían frente a la fachada del ayuntamiento donde colocaban un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Llegaban los padres con sus hijos para los que había un caballo de cartón, grupos de amigos y novios de acaramelada expresión para hacerse las fotografías.
En el parque de san Francisco de Badajoz conocí a los últimos profesionales de esta modalidad. Acudía la gente para hacerse las fotos del carnet de identidad o para inmortalizar una tarde de paseo.
En años posteriores, desechadas ya las máquinas de cajón, iban con la cámara colgada del cuello y paseaban los días de fiesta por los lugares concurridos. Quienes requerían sus servicios acomodaban compostura siguiendo sus instrucciones. Realizado el acto, anotaba sus nombres para llevárselas a sus casas en los días siguientes.
Las viejos y entrañables retratos siguen en su caja. Cada vez que la abrimos revivimos el pasado y llenamos de añoranza el presente.