Pensiones, fondas, posadas.

Pienso muchas veces cómo empezaría la relación amorosa entre Antonio Machado y Leonor Izquierdo, teniendo en cuenta su diferencia de edad. El escritor llegó a Soria en mayo de 1907, cuando tenía treinta y dos años. En el mes de julio de 1909, quince ella, treinta y cuatro él, se casaron en la iglesia de santa María la Mayor.  No estuvo exenta de críticas sociales y desconfianzas familiares esta relación tan dispar. El día de la boda un grupo de mozalbetes mostró a voces su disconformidad desde los soportales de la plaza cuando salían del templo. Pero aquella muchacha “baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida”, como la describió José Tudela, había conquistado el corazón del gran poeta.
Fue en la pensión que regentaban los tíos de Leonor y que después pasó a sus padres donde cuentan que empezó el idilio.
Las pensiones son lugares de encuentro de personas de diversa condición y procedencia. El huésped lleva, junto con el equipaje, el hatillo de su vida a cuestas.  La intimidad se preserva en los cuartos, pero en las zonas compartidas se suelen intercambiar vivencias si el terreno está abonado para la comunicación. A veces surge el lugar o el conocido común. El mundo es un pañuelo.
Había algunas familias en los pueblos pequeños que, sin ser profesionales, se dedicaban ocasionalmente al hospedaje en un ambiente amable y cercano, sobre todo de maestros solteros y viajantes. Un compañero, en uno de los destinos provisionales de sus comienzos, recaló y se quedó para siempre en el mío al ennoviarse y casarse con la dueña.
Existen variadas denominaciones para designar los lugares donde hacer parada con el fin de hacer gestiones, visitar médicos, reponer fuerzas y aliviar fatigas. Las ventas, vinculadas a caminos de paso, fondas, mesones, posadas… No llegaban a la categoría de hoteles. Estos establecimientos en aquellos tiempos de mi infancia se asociaban a librea, gorra de plato y botones en bocamangas y cordones dorados en pecheras y estaban fuera del alcance de la mayoría.   
En mi pueblo hubo una posada con tanto arraigo que sus dueños y descendientes llevan con orgullo el apelativo de ‘los de la posá’.
Eran lugares más económicos y servían de morada a viajeros que llegaban con carros y caballerías y allí encontraban cobijo y pienso.
Cuando se viajaba a una ciudad, los que la conocían recomendaban pensiones. En Sevilla, cercana a la antigua estación de Córdoba, estaba la pensión ‘Limones’, propiedad de una familia descendiente de Ahillones, que fue referente para muchas personas de por aquí.
Recuerdo con cariño las de mi época de estudiante. La señora Carmen en los Grupos de José Antonio. Completaba su exigua pensión de viudedad con lo que le aportábamos los tres o cuatro estudiantes que vivíamos allí.
También me alojé durante un curso en la calle Dosma, paralela a la plaza de Portugal, donde estuvo la sede de este periódico. En el piso de arriba vivía una esbelta joven de melena larga y rubia que los sábados de sol, esos en los que no hay mocita sin amor, salía al balcón a peinarse. A lo más que llegué fue a mirar disimuladamente hacia arriba para verla, pero me deslumbraba su presencia y me retraía mi timidez. 

Domingos por la tarde

A dos luces, esa hora difusa que mezcla claridad y negrura, se produce en el horizonte el cambio de guardia del día y de la noche. El sol retira sus huestes doradas y el lucero anuncia la llegada de las centinelas nocturnas. Ceremonial que no por repetido deja de ser fuente de inspiración para pintores, fotógrafos y poetas. El diccionario en su tercera acepción define al ocaso como decadencia, declinación, acabamiento. Sensaciones que me provocan siempre los crepúsculos de los domingos. Tristeza por la vuelta al colegio, por el fin del día festivo para adentrarse en la rutina.
Hay un niño recostado en una esquina, que observa y calla. Sobre la parte más elevada de la acera que une dos calles pone el vendedor de chucherías su banasta con caramelos de menta, pipas a granel, chicles, avellanas, extracto de regaliz y globos de colores. En un rincón, donde la mimbre hace recodo, está el tabaco, sin boquilla y emboquillado. Ideales blancos y amarillos, el conocido como caldo de gallina, bisonte, tres carabelas, celtas cortos, peninsulares… El paquete del picado lo meten los fumadores en petacas que acomodan en la faja negra alrededor de sus cinturas para proteger los goznes donde el dolor hace mella con la hoz, el pico y la azada. Hay mecheros de mecha y de martillo, libritos de Indio Rosa y de Jean para el rito de fumar que otorga- ¡oh, ignorancia! – mayoría de edad a los varones.
Hay corrillos de hombres que charlan y fuman y mujeres que van a los rezos de la iglesia. A la puerta de la ermita del patrón suben después a orarle al Cristo que se ve a través de un agujero horadado en la puerta.  La fe consuela adversidades y justifica lo injustificable. Siempre fue lo que Dios quiso, aunque a veces no comprendemos lo que quiere.
También se ven mujeres con lecheras que se dirigen a la casa del vecino que vende la leche recién ordeñada en los establos, que están en los corrales de las casas.
El electricista pasa con un guizque encendiendo las luces de las calles.  Hoy hay sesión de cine infantil. Películas mudas de movimientos rápidos, carreras y porrazos que provocan risas y carcajadas. Da igual que sean de Charlot, de Jaimito o del Gordo y el Flaco.
Frente a la puerta de entrada se pone el hombre de los helados que viene de Valverde de Llerena con una burra con serón de esparto.  En cada lado una vasija: cilindros de acero rodeados de hielo con sal y paja en unas fundas de corcho. Sobre una mesita pone el carburo para alumbrar. Con la paleta plana coloca el helado sobre el cucurucho.
En el saliente del zócalo de una pared  se juegan los mozos los cuartos. A pares y nones.  Lanzan las monedas y si quedan pares gana el tirador, si no, el que apuesta con él.  Todavía se cuenta el dinero por perras gordas, perras chicas, reales y pesetas.
El niño saca una mano del bolsillo con unas monedas, las mira, las cuenta y las guarda. El vendedor le pregunta: ¿Cuánto te falta? Y él se las entrega todas. Con la lengua moldeando el helado regresa a su casa por la calleja donde están las fraguas con trillos y arados en sus puertas.

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Candelas

Esta tarde sopla un leve y frío viento del norte que ha limpiado la atmósfera. La ha quedado transparente y deja ver el azul intenso del cielo con total nitidez. Estoy en mi cuarto y de pronto desde la calle me llegan delicadas voces infantiles que entonan una vieja canción de corro. Vienen envueltas las notas en candor y seda y apenas tocan leves los cristales se alejan por las rendijas de los ecos. La evocación me lleva a los recuerdos de otras tardes, como en la serie de televisión ‘El túnel del tiempo’ en la que los protagonistas viajaban a épocas remotas. Y así llego a la plazuela.
Hay una gran candela en medio de la calle. La hemos hecho los niños con los restos de leña que han quedado en la puerta de una casa y con algunas ramas secas que nos han dado los dueños por ayudarles a entrarla hasta el corral.
Los más osados nos retamos a saltar sobre las llamas. Cogemos trozos de leña encendidos como si fueran antorchas y nosotros protagonistas de una historia que busca tesoros en el fondo de la cueva de la noche. Con las niñas jugamos al corro a su alrededor y cantamos, como esta tarde están cantando los niños en la calle.
Después nos quedamos parados y en silencio alrededor del fuego.
Queda de entonces, como refleja en sus versos el excelente poeta emeritense Rafael Rufino Félix Morillón, el “recuerdo de una lumbre que encendía/ los ojos inocentes de aquel niño/que hoy solo ve un paisaje desvaído/donde fue el paraíso de sus juegos”.
Al igual que la leña, en las viviendas se almacenan viandas que abastecen a las familias durante gran parte del año. Los melones colgados del techo con redes de juncos o pita, los garbanzos recogidos en agosto, las chacinas de las matanzas, las ristras de ajos, el aceite del año en las tinas….
En algunas casas hacen candela casi todos los días del invierno. Quien se levanta primero la enciende para que esté empendolada cuando los demás se incorporan. El diccionario define empendolar, vocablo ya en desuso, como poner alas a las saetas o los dardos. Aquí la usamos con significado de avivar. Curiosidades del lenguaje. Quizás porque las alas aligeran y facilitan el camino.
Por las noches alrededor de la lumbre se sienta la familia una vez terminadas las faenas. Es el momento de comentar las incidencias del día y hacer planes para el siguiente.
El que se hace con las tenazas recompone y junta los troncos que van desmoronándose y aviva el fuego en caso de desfallecimiento. Cuando las dejan un momento para atender otras faenas me encanta cogerlas. ¡Deja de enredar con la candela, que te vas a orinar en la cama!
Las brasas después se echan en el brasero. Calienta demasiado y las mujeres para que no les salgan cabrillas en las piernas se colocan polainas o leguis. Las más rudimentarias con papeles de periódico o cartones sujetos con una liga de las medias.
Fuera hace frío y cuando sales con las chapetas tienes que tener cuidado de no resfriarte. Pero a mí me gusta pararme a mirar el cielo. Qué frías las estrellas allá arriba, hasta parece que tiemblan. Y la luna, como un trozo de carámbano flotando en medio de la copa.

Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

El porvenir

Como el título de la novela de José Luis Martín Vigil ‘La vida sale al encuentro’, libro de gran difusión en los años sesenta, a nosotros también nos salió al paso con todo el cúmulo de sentimientos, eclosiones hormonales, contradicciones e ilusiones que la adolescencia lleva consigo.
El porvenir, esa sombra alargada que va delante menguando con el tiempo hasta colocarse detrás, era uno de los temas en nuestras conversaciones.  Aspirábamos a un puesto en la sociedad que nos proveyera de los medios económicos necesarios para vivir independientemente. Como hacen los jóvenes actuales, con más preparación que nosotros y menos esperanzas de encontrarlo.
A los niños nos gustaban, entre otras profesiones, las de policías o bomberos y a las niñas enfermeras o maestras. Los castillos en el aire y las quimeras también ponían su parte en la elección.  Yo quería ser futbolista y correr por el césped de los campos de fútbol entre aplausos y vítores de admiración de los aficionados. Jugadores del Sevilla y del R. Madrid como Arza, Campanal, Achúcarro, Valero, Di Stefano, Velázquez, Amancio, Puskas Gento…fueron algunos de los nombres míticos que avivaban mis anhelos.  Soñar costaba poco, pero la realidad jugaba en terrenos más áridos y no tan verdes y bien cuidados como el césped de los estadios. Hasta un coetáneo hubo que se colgó al hombro un hatillo de ilusiones y salió una noche del pueblo en busca de una oportunidad para ser torero, animado por el fenómeno social y mediático del ‘El Cordobés’. La realidad fue limando sueños y las posibilidades de elección reduciéndose con el paso del tiempo.  Con los pies más cerca de la tierra comprobamos que las circunstancias económicas y sociales limitaban y cercenaban nuestras preferencias.
No eran tiempos para lanzar muy lejos la caña. El hilo del carrete daba poco de sí. Muchos amigos y compañeros tuvieron que quitarse pronto de la escuela porque su ayuda era necesaria en las enclenques economías familiares y a veces solo con una boca menos ya aliviaban la carga.
Algunos empezaron de aprendices en los oficios artesanos que había entonces: carpinterías, zapaterías, pequeños comercios, herrerías, barberías… No había mucho donde elegir. En el campo, los trabajos estacionales eran pan para hoy y hambre para mañana. Los cargos en las casas grandes de labranza se heredaban de padres a hijos.  El ’rapa’ era el desempeño más bajo del escalafón. Zagales, rapaces, que empezaban haciendo los mandados y acarreando agua. Solo el estudio y la preparación ampliaban horizontes y abrían el abanico de posibilidades a quienes no poseían capital ni haciendas propios. La formación de las mujeres en general iba encaminada a ser amas de casa. Una mutilación en toda regla promovida por el sistema y asimilada por la sociedad.

Por aquellos tiempos se pusieron de moda los cursos por correspondencia, con academias a distancia como la CCC.  (Centro de Cultura por Correspondencia) Nosotros enviábamos la solicitud de información porque nos gustaba recibir cartas a nuestro nombre y por probar suerte con alguna.  Corte y confección, electrónica, secretariado, taquigrafía, mecanografía, cultura general, redacción comercial, además de los cursos de inglés, francés y modista.
Si ayer nos preocupaba nuestro provenir ahora lo hace el de nuestros hijos. La vida sale al encuentro en cada hornada cada vez con el aspecto más huraño.

Tarde de octubre.

Me he echado enfrente, no del infinito campo de Castilla, como hizo Juan Ramón, sino de la Campiña Sur, que extiende sus dominios entre sierras. La de Hornachos por el norte con su mole azul de abruptas crestas; al oeste, las de san Miguel, san Bernardo y san Cristóbal, y más al mediodía, la Capitana, cerca de Guadalcanal. “¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!”En este mes de octubre comienzan los labradores los trabajos de siembra, ayer a voleo sobre la amelga y hoy con modernas maquinarias.El sol aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron días pasados.Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose sobre el azul del cielo. Me adormezco.Me llegan lejanas las voces de unos niños que juegan al balón en un prado cercano y el tenue tintineo de unas esquilas, como una débil hebra sonora. Los ruidos se dispersan en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero me siento integrado en la naturaleza, mecido suavemente dentro de su inmensidad por un ligero vientecillo que parece que me lleva sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón. Acude a mi memoria el poema de Manuel Machado, Los Adelfos: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna/ en que era muy hermoso no pensar ni querer…/Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…/De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer”.Pasado un tiempo, que no sé precisar, me incorporo y apoyo mi cuerpo en uno de mis brazos. Miro al arroyo que tengo enfrente. En el trecho conocido como la charca de tía Espina endulzaban antaño los altramuces metidos en cestos de mimbre.Se ha extendido una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas al arroyo. En un pequeño valle cercano a él está la cantera donde nos bañábamos de muchachos. La hicieron hace muchos años para extraer piedras de las que obtenían almendrilla que utilizaron en la construcción de la carretera de Llerena. Aún resuenan en el fondo de mi memoria los estampidos de los barrenos.

La tarde declina. Recuerdo cuando los labriegos regresaban a estas horas por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias.Antes de llegar a sus casas paraban para que abrevasen en el pilar de la fuente del Horno. Sus dueños, con la mirada perdida en el agua, esperaban fumando parsimoniosamente montados sobre ellas, tras los silbos que las animaban a beber.Refresca. Se han encendido las luces del pueblo. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones, espaldas de las calles y los huertos.  En ellos me cruzo con una mujer que cubre su cabeza con un velo negro. Se dirige a rezar al cerro conocido como del santo donde termina el viacrucis que hay repartido por el ejido. Cada estación está representada por una cruz blanca. Culmina con las tres del monte Calvario y una imagen del corazón de Jesús.Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. El lucero ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que se extiende desde el campanario de la iglesia sobre el pueblo con un manto de tristes y lánguidos ecos.

No todo el monte es orégano.

La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa.  Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más. 
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla.  Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros…  lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.  

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Resultado de imagen de billetes de quinientas pesetas antiguos

En mi pueblo había un tabernero que cuando llegaba el verano y le entregaban un billete de quinientas o mil pesetas para que se cobrase, exclamaba aireándolo: “¿Dónde estuviste este invierno?”. Y es que estos eran largos, duros y corría poco el dinero.
En el medio rural los ingresos eran cíclicos e irregulares, dependiendo de que las condiciones meteorológicas fueran favorables o adversas. Se jugaba a una carta sobre el tapete verde de las sementeras en que el más imprevisible y veleidoso tahúr limpiaba mesa o la colmaba. El cielo mostraba azul o pardo su semblante y regaba o agostaba a su capricho. Como ahora, pero sin subvenciones.
Terminada la cosecha y vendido el producto había que hacer muchos montoncitos para saldar deudas que se habían ido acumulando durante el resto del año. Los braceros o jornaleros- oficio sin más títulos y másteres que el propio cuerpo- lo fiaban todo a la existencia de trabajo en determinadas épocas del año para poder hacer frente a las necesidades básicas.
Entonces, y aún ahora, en las tiendas pequeñas de los pueblos se fiaba y se apuntaba el débito en una libreta que sabía de secretos y carencias. En la zapatería, la medias suelas, puntadas y tacones. En las fraguas, afilamiento y soldadura de azadas, rejas y escoplos. En los ultramarinos, retirada de alimentos… ‘Que dice mi madre que lo apunte’. Ya sabía el comerciante que había que esperar a la recogida de la cosecha, si por bien venía, y a la existencia de jornales para poder cobrar. Algunas hojas de estas las libretas aparecieron después de muchos años sin la cruz que saldaba la deuda. Capítulo de fallidos en tiempos difíciles. La venta a la dita y los apuntes eran prácticas usuales. Mini créditos al albur de la intemperie.
 Ahora a nadie se le ocurre decir a la cajera de uno de esos establecimientos que llevan prefijos de grandeza que anote el importe de la compra para pagarlo más adelante sin que aparezca un miembro de seguridad o suenen las alarmas de las puertas de salida.
Fotografía de El Mundo
En los bares también fiaban, pero menos por no ser artículos de primera necesidad. Era costumbre que las cuadrillas de trabajadores hicieran escala en ellos para proveerse de tabaco y tomar una copa de aguardiente.  En cierta ocasión uno de los componentes de un grupo de escardadores tenía una deuda que en gestos del regidor del establecimiento ya olía por antigua. Por no poner en un aprieto al afectado delante de los demás lo llamó en un aparte cuando reemprendían la marcha. “Fulano, espera un poco que tengo que hablar contigo”. El resto de los compañeros prosiguió la marcha a ritmo lento para que los alcanzara cuando terminase la charla. Le recriminó el tabernero la tardanza del pago y le urgió a que lo hiciese efectivo. Él dio las explicaciones y justificaciones que creyó conveniente con promesa de pronta liquidación.  Al llegar a la altura de los demás le preguntaron con un poco de regodeo y sorna, pues conocían sus debilidades con la priva, sobre el tema de la conversación.  El interpelado, ocurrente y vivaz, por salvar vergüenza y estima, no se inmutó, pues precavido esperaba la pregunta, y respondió: “Este, que quiere que le prepare los olivos y yo ahora no tengo tiempo.”

Camino de la escuela

Ha comenzado un nuevo curso académico. Los colegiales camino de los colegios son un símbolo de futuro y de progreso. Pasan con caras de sueño, ’ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante’ por el peso de las mochilas llenas de libros sobre sus espaldas. Otros los llevan en carritos con ruedas, como los que se usan en la compra. El saber, que no ocupa lugar cuando se asimila, sí lo invade y pesa antes que pase del papel a las cabezas.
Al verlos pasar recuerdo el primer día que fui a la escuela, sin contar el único año de párvulos que existía entonces y que cursé el año anterior. Tenía yo seis años. Mientras mi madre me peinaba y le daba los últimos retoques a mi indumentaria mi padre me aconsejaba sobre la forma de comportarme con el maestro y con los compañeros.
Llegaron mis amigos a recogerme para emprender juntos el camino hacia los grupos escolares.  Mi equipaje era escaso: una cartera de cuero cosida a mano con artesanal maestría por el talabartero del pueblo. En caso de apuro podía ser utilizada incluso como arma defensiva. Nos servía también de hélice cuando girábamos el brazo con ella en la mano. Tenía un broche metálico con llave y cerradura para unir la solapa, y dos hebillas a los lados, siempre con las puntas de la correa levantadas.  En su interior, bagaje ligero: una libreta de dos rayas, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar que siempre se extraviaba por alguno de sus cuatro rincones.  Más adelante se incorporaron a las pertenencias la enciclopedia Álvarez y una pizarra rectangular pequeña con marco de madera, un trapito atado para borrar y un pizarrín blanco y redondo para escribir en ella.
Al llegar a la puerta de la escuela las colocábamos en orden.  Así guardábamos la vez para la entrada.
Un pantalón corto de pana, el jersey de punto que tejió mi madre en primavera y unos zapatos de la marca ‘el gorila’. Con ellos regalaban una pelota verde y dura con la que jugábamos a ‘corra’, o sea, que salías corriendo o quien la cogía te arreaba el pelotazo. Más entrado el otoño nos calzábamos las botas katiuskas para meternos en los charcos. ¡Qué sensación de navegantes teníamos cuando nos poníamos en la corriente del arroyo y mirábamos fijamente al agua!  Las orillas nos dejaban atrás y nosotros nos sentíamos veleros surcando los mares.
Hasta que llegaba el maestro jugábamos a los bolos o al barranco, cambiábamos cromos o impresiones sobre algún suceso acaecido.  Cuando lo veíamos aparecer corríamos a darle los buenos días y regresábamos corriendo a formar la fila. Este hecho de saludar se repetía siempre que lo veíamos en cualquier sitio.
El pueblo queda en calma mientras los niños permanecen en sus clases. En su recinto se concentra la esperanza del futuro que aprende y juega mientras los mayores se dedican a sus afanes y a sus cosas.  A la hora de salida volverá a correr la savia alegre de sus vidas por las calles del pueblo.  Escribió Juan Ramón Jiménez: “Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año”.  Nosotros fuimos, ellos son y mañana serán otros los niños que mantienen  la esperanza en el porvenir caminando hacia la escuela.