Candelas

Esta tarde sopla un leve y frío viento del norte que ha limpiado la atmósfera. La ha quedado transparente y deja ver el azul intenso del cielo con total nitidez. Estoy en mi cuarto y de pronto desde la calle me llegan delicadas voces infantiles que entonan una vieja canción de corro. Vienen envueltas las notas en candor y seda y apenas tocan leves los cristales se alejan por las rendijas de los ecos. La evocación me lleva a los recuerdos de otras tardes, como en la serie de televisión ‘El túnel del tiempo’ en la que los protagonistas viajaban a épocas remotas. Y así llego a la plazuela.
Hay una gran candela en medio de la calle. La hemos hecho los niños con los restos de leña que han quedado en la puerta de una casa y con algunas ramas secas que nos han dado los dueños por ayudarles a entrarla hasta el corral.
Los más osados nos retamos a saltar sobre las llamas. Cogemos trozos de leña encendidos como si fueran antorchas y nosotros protagonistas de una historia que busca tesoros en el fondo de la cueva de la noche. Con las niñas jugamos al corro a su alrededor y cantamos, como esta tarde están cantando los niños en la calle.
Después nos quedamos parados y en silencio alrededor del fuego.
Queda de entonces, como refleja en sus versos el excelente poeta emeritense Rafael Rufino Félix Morillón, el “recuerdo de una lumbre que encendía/ los ojos inocentes de aquel niño/que hoy solo ve un paisaje desvaído/donde fue el paraíso de sus juegos”.
Al igual que la leña, en las viviendas se almacenan viandas que abastecen a las familias durante gran parte del año. Los melones colgados del techo con redes de juncos o pita, los garbanzos recogidos en agosto, las chacinas de las matanzas, las ristras de ajos, el aceite del año en las tinas….
En algunas casas hacen candela casi todos los días del invierno. Quien se levanta primero la enciende para que esté empendolada cuando los demás se incorporan. El diccionario define empendolar, vocablo ya en desuso, como poner alas a las saetas o los dardos. Aquí la usamos con significado de avivar. Curiosidades del lenguaje. Quizás porque las alas aligeran y facilitan el camino.
Por las noches alrededor de la lumbre se sienta la familia una vez terminadas las faenas. Es el momento de comentar las incidencias del día y hacer planes para el siguiente.
El que se hace con las tenazas recompone y junta los troncos que van desmoronándose y aviva el fuego en caso de desfallecimiento. Cuando las dejan un momento para atender otras faenas me encanta cogerlas. ¡Deja de enredar con la candela, que te vas a orinar en la cama!
Las brasas después se echan en el brasero. Calienta demasiado y las mujeres para que no les salgan cabrillas en las piernas se colocan polainas o leguis. Las más rudimentarias con papeles de periódico o cartones sujetos con una liga de las medias.
Fuera hace frío y cuando sales con las chapetas tienes que tener cuidado de no resfriarte. Pero a mí me gusta pararme a mirar el cielo. Qué frías las estrellas allá arriba, hasta parece que tiemblan. Y la luna, como un trozo de carámbano flotando en medio de la copa.

Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

El porvenir

Como el título de la novela de José Luis Martín Vigil ‘La vida sale al encuentro’, libro de gran difusión en los años sesenta, a nosotros también nos salió al paso con todo el cúmulo de sentimientos, eclosiones hormonales, contradicciones e ilusiones que la adolescencia lleva consigo.
El porvenir, esa sombra alargada que va delante menguando con el tiempo hasta colocarse detrás, era uno de los temas en nuestras conversaciones.  Aspirábamos a un puesto en la sociedad que nos proveyera de los medios económicos necesarios para vivir independientemente. Como hacen los jóvenes actuales, con más preparación que nosotros y menos esperanzas de encontrarlo.
A los niños nos gustaban, entre otras profesiones, las de policías o bomberos y a las niñas enfermeras o maestras. Los castillos en el aire y las quimeras también ponían su parte en la elección.  Yo quería ser futbolista y correr por el césped de los campos de fútbol entre aplausos y vítores de admiración de los aficionados. Jugadores del Sevilla y del R. Madrid como Arza, Campanal, Achúcarro, Valero, Di Stefano, Velázquez, Amancio, Puskas Gento…fueron algunos de los nombres míticos que avivaban mis anhelos.  Soñar costaba poco, pero la realidad jugaba en terrenos más áridos y no tan verdes y bien cuidados como el césped de los estadios. Hasta un coetáneo hubo que se colgó al hombro un hatillo de ilusiones y salió una noche del pueblo en busca de una oportunidad para ser torero, animado por el fenómeno social y mediático del ‘El Cordobés’. La realidad fue limando sueños y las posibilidades de elección reduciéndose con el paso del tiempo.  Con los pies más cerca de la tierra comprobamos que las circunstancias económicas y sociales limitaban y cercenaban nuestras preferencias.
No eran tiempos para lanzar muy lejos la caña. El hilo del carrete daba poco de sí. Muchos amigos y compañeros tuvieron que quitarse pronto de la escuela porque su ayuda era necesaria en las enclenques economías familiares y a veces solo con una boca menos ya aliviaban la carga.
Algunos empezaron de aprendices en los oficios artesanos que había entonces: carpinterías, zapaterías, pequeños comercios, herrerías, barberías… No había mucho donde elegir. En el campo, los trabajos estacionales eran pan para hoy y hambre para mañana. Los cargos en las casas grandes de labranza se heredaban de padres a hijos.  El ’rapa’ era el desempeño más bajo del escalafón. Zagales, rapaces, que empezaban haciendo los mandados y acarreando agua. Solo el estudio y la preparación ampliaban horizontes y abrían el abanico de posibilidades a quienes no poseían capital ni haciendas propios. La formación de las mujeres en general iba encaminada a ser amas de casa. Una mutilación en toda regla promovida por el sistema y asimilada por la sociedad.

Por aquellos tiempos se pusieron de moda los cursos por correspondencia, con academias a distancia como la CCC.  (Centro de Cultura por Correspondencia) Nosotros enviábamos la solicitud de información porque nos gustaba recibir cartas a nuestro nombre y por probar suerte con alguna.  Corte y confección, electrónica, secretariado, taquigrafía, mecanografía, cultura general, redacción comercial, además de los cursos de inglés, francés y modista.
Si ayer nos preocupaba nuestro provenir ahora lo hace el de nuestros hijos. La vida sale al encuentro en cada hornada cada vez con el aspecto más huraño.

Tarde de octubre.

Me he echado enfrente, no del infinito campo de Castilla, como hizo Juan Ramón, sino de la Campiña Sur, que extiende sus dominios entre sierras. La de Hornachos por el norte con su mole azul de abruptas crestas; al oeste, las de san Miguel, san Bernardo y san Cristóbal, y más al mediodía, la Capitana, cerca de Guadalcanal. “¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!”En este mes de octubre comienzan los labradores los trabajos de siembra, ayer a voleo sobre la amelga y hoy con modernas maquinarias.El sol aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron días pasados.Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose sobre el azul del cielo. Me adormezco.Me llegan lejanas las voces de unos niños que juegan al balón en un prado cercano y el tenue tintineo de unas esquilas, como una débil hebra sonora. Los ruidos se dispersan en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero me siento integrado en la naturaleza, mecido suavemente dentro de su inmensidad por un ligero vientecillo que parece que me lleva sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón. Acude a mi memoria el poema de Manuel Machado, Los Adelfos: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna/ en que era muy hermoso no pensar ni querer…/Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…/De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer”.Pasado un tiempo, que no sé precisar, me incorporo y apoyo mi cuerpo en uno de mis brazos. Miro al arroyo que tengo enfrente. En el trecho conocido como la charca de tía Espina endulzaban antaño los altramuces metidos en cestos de mimbre.Se ha extendido una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas al arroyo. En un pequeño valle cercano a él está la cantera donde nos bañábamos de muchachos. La hicieron hace muchos años para extraer piedras de las que obtenían almendrilla que utilizaron en la construcción de la carretera de Llerena. Aún resuenan en el fondo de mi memoria los estampidos de los barrenos.

La tarde declina. Recuerdo cuando los labriegos regresaban a estas horas por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias.Antes de llegar a sus casas paraban para que abrevasen en el pilar de la fuente del Horno. Sus dueños, con la mirada perdida en el agua, esperaban fumando parsimoniosamente montados sobre ellas, tras los silbos que las animaban a beber.Refresca. Se han encendido las luces del pueblo. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones, espaldas de las calles y los huertos.  En ellos me cruzo con una mujer que cubre su cabeza con un velo negro. Se dirige a rezar al cerro conocido como del santo donde termina el viacrucis que hay repartido por el ejido. Cada estación está representada por una cruz blanca. Culmina con las tres del monte Calvario y una imagen del corazón de Jesús.Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. El lucero ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que se extiende desde el campanario de la iglesia sobre el pueblo con un manto de tristes y lánguidos ecos.

No todo el monte es orégano.

La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa.  Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más. 
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla.  Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros…  lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.  

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Resultado de imagen de billetes de quinientas pesetas antiguos

En mi pueblo había un tabernero que cuando llegaba el verano y le entregaban un billete de quinientas o mil pesetas para que se cobrase, exclamaba aireándolo: “¿Dónde estuviste este invierno?”. Y es que estos eran largos, duros y corría poco el dinero.
En el medio rural los ingresos eran cíclicos e irregulares, dependiendo de que las condiciones meteorológicas fueran favorables o adversas. Se jugaba a una carta sobre el tapete verde de las sementeras en que el más imprevisible y veleidoso tahúr limpiaba mesa o la colmaba. El cielo mostraba azul o pardo su semblante y regaba o agostaba a su capricho. Como ahora, pero sin subvenciones.
Terminada la cosecha y vendido el producto había que hacer muchos montoncitos para saldar deudas que se habían ido acumulando durante el resto del año. Los braceros o jornaleros- oficio sin más títulos y másteres que el propio cuerpo- lo fiaban todo a la existencia de trabajo en determinadas épocas del año para poder hacer frente a las necesidades básicas.
Entonces, y aún ahora, en las tiendas pequeñas de los pueblos se fiaba y se apuntaba el débito en una libreta que sabía de secretos y carencias. En la zapatería, la medias suelas, puntadas y tacones. En las fraguas, afilamiento y soldadura de azadas, rejas y escoplos. En los ultramarinos, retirada de alimentos… ‘Que dice mi madre que lo apunte’. Ya sabía el comerciante que había que esperar a la recogida de la cosecha, si por bien venía, y a la existencia de jornales para poder cobrar. Algunas hojas de estas las libretas aparecieron después de muchos años sin la cruz que saldaba la deuda. Capítulo de fallidos en tiempos difíciles. La venta a la dita y los apuntes eran prácticas usuales. Mini créditos al albur de la intemperie.
 Ahora a nadie se le ocurre decir a la cajera de uno de esos establecimientos que llevan prefijos de grandeza que anote el importe de la compra para pagarlo más adelante sin que aparezca un miembro de seguridad o suenen las alarmas de las puertas de salida.
Fotografía de El Mundo
En los bares también fiaban, pero menos por no ser artículos de primera necesidad. Era costumbre que las cuadrillas de trabajadores hicieran escala en ellos para proveerse de tabaco y tomar una copa de aguardiente.  En cierta ocasión uno de los componentes de un grupo de escardadores tenía una deuda que en gestos del regidor del establecimiento ya olía por antigua. Por no poner en un aprieto al afectado delante de los demás lo llamó en un aparte cuando reemprendían la marcha. “Fulano, espera un poco que tengo que hablar contigo”. El resto de los compañeros prosiguió la marcha a ritmo lento para que los alcanzara cuando terminase la charla. Le recriminó el tabernero la tardanza del pago y le urgió a que lo hiciese efectivo. Él dio las explicaciones y justificaciones que creyó conveniente con promesa de pronta liquidación.  Al llegar a la altura de los demás le preguntaron con un poco de regodeo y sorna, pues conocían sus debilidades con la priva, sobre el tema de la conversación.  El interpelado, ocurrente y vivaz, por salvar vergüenza y estima, no se inmutó, pues precavido esperaba la pregunta, y respondió: “Este, que quiere que le prepare los olivos y yo ahora no tengo tiempo.”

Camino de la escuela

Ha comenzado un nuevo curso académico. Los colegiales camino de los colegios son un símbolo de futuro y de progreso. Pasan con caras de sueño, ’ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante’ por el peso de las mochilas llenas de libros sobre sus espaldas. Otros los llevan en carritos con ruedas, como los que se usan en la compra. El saber, que no ocupa lugar cuando se asimila, sí lo invade y pesa antes que pase del papel a las cabezas.
Al verlos pasar recuerdo el primer día que fui a la escuela, sin contar el único año de párvulos que existía entonces y que cursé el año anterior. Tenía yo seis años. Mientras mi madre me peinaba y le daba los últimos retoques a mi indumentaria mi padre me aconsejaba sobre la forma de comportarme con el maestro y con los compañeros.
Llegaron mis amigos a recogerme para emprender juntos el camino hacia los grupos escolares.  Mi equipaje era escaso: una cartera de cuero cosida a mano con artesanal maestría por el talabartero del pueblo. En caso de apuro podía ser utilizada incluso como arma defensiva. Nos servía también de hélice cuando girábamos el brazo con ella en la mano. Tenía un broche metálico con llave y cerradura para unir la solapa, y dos hebillas a los lados, siempre con las puntas de la correa levantadas.  En su interior, bagaje ligero: una libreta de dos rayas, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar que siempre se extraviaba por alguno de sus cuatro rincones.  Más adelante se incorporaron a las pertenencias la enciclopedia Álvarez y una pizarra rectangular pequeña con marco de madera, un trapito atado para borrar y un pizarrín blanco y redondo para escribir en ella.
Al llegar a la puerta de la escuela las colocábamos en orden.  Así guardábamos la vez para la entrada.
Un pantalón corto de pana, el jersey de punto que tejió mi madre en primavera y unos zapatos de la marca ‘el gorila’. Con ellos regalaban una pelota verde y dura con la que jugábamos a ‘corra’, o sea, que salías corriendo o quien la cogía te arreaba el pelotazo. Más entrado el otoño nos calzábamos las botas katiuskas para meternos en los charcos. ¡Qué sensación de navegantes teníamos cuando nos poníamos en la corriente del arroyo y mirábamos fijamente al agua!  Las orillas nos dejaban atrás y nosotros nos sentíamos veleros surcando los mares.
Hasta que llegaba el maestro jugábamos a los bolos o al barranco, cambiábamos cromos o impresiones sobre algún suceso acaecido.  Cuando lo veíamos aparecer corríamos a darle los buenos días y regresábamos corriendo a formar la fila. Este hecho de saludar se repetía siempre que lo veíamos en cualquier sitio.
El pueblo queda en calma mientras los niños permanecen en sus clases. En su recinto se concentra la esperanza del futuro que aprende y juega mientras los mayores se dedican a sus afanes y a sus cosas.  A la hora de salida volverá a correr la savia alegre de sus vidas por las calles del pueblo.  Escribió Juan Ramón Jiménez: “Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año”.  Nosotros fuimos, ellos son y mañana serán otros los niños que mantienen  la esperanza en el porvenir caminando hacia la escuela.

La torre y la iglesia

A Carlos Gardel lo recibieron una noche, cuando volvía con veinte años más, las luces parpadeantes a lo lejos y las estrellas indiferentes en lo alto. Los regresos y las despedidas son siempre sentimentales. Los seres inanimados nos provocan emociones cuando los perdemos o volvemos a encontrarlos porque con ellos pasamos parte de nuestras vidas.  
La puerta que cierras por última vez cuando te jubilas, el coche que usaste durante años y entregas al desguace, la casa en que viviste de niño, tu cama, aquel rincón de la habitación donde soñabas despierto y en el que levantabas torreones de ilusiones que el alba desvanecía con medallas doradas sobre la colcha…
La torre del pueblo que descuella sobre los tejados y divisas en lontananza cuando regresas después de mucho tiempo te produce la sensación de que te estuvo aguardando desde el día que te fuiste, como el padre de la parábola que salía todas las tardes a esperar el regreso de su hijo. Te pareció triste en la despedida y alegre ahora que te recibe con los brazos abiertos.
Es el símbolo de identidad de los vecinos. En su ‘picocha’ prueban los ocasos y amaneceres tonalidades doradas.  El campanario tiene gargantas con úvulas de bronce y cuencas orbitales de ojos que te observan continuamente. Su reloj lleva el compás del tiempo con sones que pasan desapercibidos durante el día y taladran, profundos y espaciados, los negros valles de la madrugada, cuando todas las horas son la una repetida y sólo quedan después sus estelas temblando en los huecos del silencio.  
Cigüeñas, vencejos, aviones y palomas forman su guardia en las mañanas claras y en las tardes serenas.  En su vértice, la veleta a merced de solanos, gallegos y vientos de la mar vieja.
El edificio de la iglesia tiene cuerpo de piedra y alma de rezo. En su interior musitan las beatas los rosarios y se mecen con melódicos cantos las plegarias que ascienden por sus muros hasta las polícromas vidrieras.
Crisol donde se mezclan el agua, la sal, el aceite, la ceniza y el incienso como símbolos de vida y muerte, de ofrenda y súplica y donde siempre hay una luz como promesa que recuerda el camino por el que marcharon los que nunca volvieron.
La lluvia bate sus paredes y vencida en su prestante mole roja resbala por la tez de sus vertientes. Rosa de los vientos: al norte, la umbría, cobijo de sombras, lugar de meadas a deshoras y cantinas de feria: jeringo y aguardiente. Lugar de citas y faroles al valiente alarde del vino. Allí te espero, si tienes… cuchicheos de rumores de no se lo digas a nadie, confidencias de trastienda. Al este, la primera luz del día y un recuerdo en forma de cruz por los muertos caídos en las guerras. Sur de soles, tibio resguardo en los inviernos fríos y relumbre de fuego en los veranos. Al oeste la entrada por la puerta los de pecadores. Camino de ida y vuelta:  al perdón, cual hormigas haciendo granero, con la carga del pecado a cuestas y del perdón, con alivio ligero, de nuevo al pecado y al yerro.
Desde la torre que semana a semana levantaron sobre las raíces de la evocación estas columnas un hasta luego, si el tiempo no lo impide y con permiso y aquiescencia de las autoridades competentes.

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

Vacaciones

Estaba lejos el mar para alcanzar su orilla. Por estas tierras las brazadas se daban entre espigas. No volaban gaviotas buscando alimento entre las rocas con el ruido de fondo de las olas, eran vencejos los que surcaban el azul de las mañanas, ese cielo que, sin brumas, compartimos, porque aún no han podido venderlo por parcelas.  Aquí teníamos la brisa y la marea de la tarde que traían caricias de amapolas.
El mar era un sueño, un misterio y una metáfora de la muerte donde desembocaba el río de la vida, según enseñaban en la escuela.
La mayoría de nuestros abuelos murieron sin haberlo visto y muy pocos gozaron de unas vacaciones en sus playas, salvo los mozos que fueron destinados en la mili a zonas de costa. Los demás solo se llevaron en sus pupilas puestas de sol y amanecidas entre el mar de los trigales.
Durante los años sesenta empezaron a llegar los turistas. Por la televisión sabíamos de esculturales nórdicas y fornidos varones que disfrutaban de esa España que, según el eslogan del Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga, era diferente. Comenzaron a hacerse familiares los nombres de Torremolinos, Benidorm, Costa Brava, Costa del Sol… Se oía el nombre de la Concha de San Sebastián asociado a la realeza y élites postineras.    
Los emigrantes, incorporados al incipiente desarrollo industrial de las ciudades, regresaban a sus pueblos a disfrutar los días de permiso.  Salían más baratas y aún era fuerte el arraigo a sus orígenes. Los que conservaban sus casas las pasaban en ellas y los que tuvieron que venderlas se acomodaban en las de los familiares. Llegaron los primeros ‘seiscientos’, previa escala obligada en el puerto de Miravete con la puerta trasera levantada para que un calentón no dejase a los ocupantes tirados en la carretera.
 
El aforismo bíblico que dice que el que no trabaja no come estaba bien asentado en las costumbres de las zonas rurales, donde el día que había jornal se cobraba y cuando no, al mentidero a compartir impresiones con los demás parados. Los que estaban acomodados lo estaban sobre la parvedad de los salarios. Las vacaciones pagadas, ni estaban ni se les esperaba por entonces.
Era una reivindicación obrera que fue conquistándose lenta y progresivamente durante el siglo XX por los trabajadores de los servicios y la industria de las ciudades, pero al mundo rural las reformas y avances tardan más en llegar.  Cuando yo era niño pocas familias del pueblo veraneaban. La mayoría de los habitantes se dedicaban a la agricultura y en este tiempo estival las faenas agrícolas estaban en pleno desarrollo. Las economías domésticas no daban para otros disfrutes que agua del pozo, abanico y mecedora.
Solo algunos, por prescripción médica, iban a balnearios a aliviar dolores y a beber sus aguas medicinales: Alange, Marmolejo, Lanjarón…En casa de mi abuelo siempre había una botella de Carabaña.  Hasta el insigne don Santiago Ramón y Cajal ponderó sus cualidades.
Aquellas generaciones del medio rural a las que les tocó la china de la guerra y la posguerra tuvieron pocas oportunidades para gozar de vacaciones y de playas.  Las actuales de jubilados a través de los programas del Imserso sí lo están haciendo. Logro social encomiable y justa recompensa a una vida de trabajo.