Retratos

Algunas noches de invierno sacábamos la caja de los retratos para verlas sentados al brasero. Las familias las guardaban en cajas metálicas de dulce de membrillo, en las de tortas imperiales o en una de cartón de galletas o zapatos. Una a una las íbamos comentando. Como éramos aún pequeños desconocíamos la identidad de muchas personas que aparecían en ellas y preguntábamos a los mayores. Allí estaba el abuelo con barba y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco, la abuela con moño y delantal, un niño subido en un caballo de juguete, nuestros padres el día de su boda, con sus amigos en un día de fiesta…  El tiempo detenido para siempre entre los bordes dentados del retrato. Cada una de las imágenes despertaba nuestra fantasía sobre ese momento que había quedado reflejado en la instantánea.
Sus vestidos, sus posturas. La calle o el campo donde se las hicieron cobraban vida y conjeturábamos cómo serían entonces sus   costumbres y sus diversiones.   Mirar en la caja de los retratos era como meterse en el túnel del tiempo, como frotar la lámpara de Aladino o escuchar la música que salía de uno de aquellos juguetes al abrirlo. Un paseo en una alfombra mágica sobre el tiempo ya pasado.
El oficio de retratista consistía en capturar el tiempo y hacerlo interminable sobre cartulinas blancas.  Los fotógrafos antiguos llevaban consigo el equipo, que sacaron de los estudios para buscar clientes fuera.
El bagaje era el indispensable para el cometido. Los más antiguos utilizaban cámaras de madera. El chasis, que era un bastidor donde se colocaban las placas fotográficas, dos bandejas, una para el revelador y otra para el fijador y un cubo pequeño con agua colgado del trípode para aclarar las copias. Primero hacían el negativo en papel y cuando lo revelaban lo colocaban sobre una regleta enfrente de la cámara para hacer el positivo. Controlaban el proceso asomándose por un orificio y metían la mano dentro a través de un trapo negro. Algo de magia y de encanto tenía este oficio. En el exterior de la máquina, a ambos lados, colocaban a modo de escaparate fotografías ya realizadas para que sirvieran de reclamo. Los llamaban fotógrafos ambulantes o minuteros por el poco tiempo que tardaban en realizar las fotografías. La gente esperaba por los alrededores hasta que, limpias, secas y recortadas, se las entregaban.
En la feria se ponían frente a la fachada del ayuntamiento donde colocaban un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Llegaban los padres con sus hijos para los que había un caballo de cartón, grupos de amigos y novios de acaramelada expresión para hacerse las fotografías.
En el parque de san Francisco de Badajoz conocí a los últimos profesionales de esta modalidad. Acudía la gente para hacerse las fotos del carnet de identidad o para inmortalizar una tarde de paseo.
En años posteriores, desechadas ya las máquinas de cajón, iban con la cámara colgada del cuello y paseaban los días de fiesta por los lugares concurridos. Quienes requerían sus servicios acomodaban compostura siguiendo sus instrucciones. Realizado el acto, anotaba sus nombres para llevárselas a sus casas en los días siguientes.
Las viejos y entrañables retratos siguen en su caja. Cada vez que la abrimos revivimos el pasado y llenamos de añoranza el presente.

Exámenes

Los exámenes son metas volantes de una carrera de obstáculos cuya finalidad es labrarse un porvenir o encontrar un puesto de trabajo.  Los sufrimos todas las personas alguna vez en la vida. El número y dificultad depende de las ocupaciones, oficios y profesiones que se pretendan. Reciben nombres diversos: pruebas, entrevistas, concursos, convocatorias, oposiciones…Hasta la cumplimentación de impresos o instancias constituyen filtros que calificará el ojo avizor del otro lado de la ventanilla.
Mayo ha sido siempre un mes de inquietud angustiosa e intenso trabajo para los estudiantes. Para algunos porque lo confiaban todo al último esfuerzo y todos porque querían aprobar las asignaturas sin que quedara ninguna pendiente para septiembre.
De mis tiempos de estudiante recuerdo actitudes y comportamientos de los compañeros.
Unos preferían la noche para estudiar, otros el alba. Estaban los que aplazaban siempre la ocasión y nunca la hallaban propicia. Llegada la hora del propósito razonaban juiciosamente: “Estoy cansado y ahora, haciendo la digestión, no es bueno esforzarse, así que me acuesto y mañana al despuntar el alba estaré en perfectas condiciones”. Pero la carne es débil, aunque el espíritu esté presto, y cuando la de los dedos rosados dibujaba perfiles y el fresco de la amanecida invitaba a arroparse, la voz de la pereza, que siempre encuentra razones, justificaba de nuevo: “Si me levanto tan temprano voy a estar adormilado a media mañana. Prefiero aprovechar bien las horas de descanso para rendir mejor después. Si acaso, me quedo por la noche”.
Los conocí de voluntad de acero y determinación constante, que se acostaban tarde y despertaban temprano, haciendo hábitos del sacrificio.
Alguno hubo que para sacar el máximo provecho al tiempo y mantener vigilia y concentración temerariamente tomaba ‘Centramina’. Algún otro, un gran vaso de café bien cargado para espabilarse, pero a este le provocaba el efecto contrario: a la media hora roncaba como un quinto.
En los años cincuenta y sesenta existía un examen de ingreso para comenzar el bachillerato. Lo implantó la ley de Ordenación de la Enseñanza Media en 1953, siendo ministro de educación Joaquín Ruiz Jiménez. Se podía hacer cuando se cumplían diez años.
La ley citada establecía un bachillerato elemental que comprendía cuatro cursos y un bachillerato superior de dos. Al finalizar cada uno de ellos se realizaba un examen de grado o reválida que daba derecho a un título, expedido el primero por los directores del instituto correspondiente y los segundos por el rector de la universidad a que perteneciera la provincia.   En el bachillerato superior se podía optar por ciencias o letras. Además, existía el bachillerato laboral encaminado a incorporarse al mundo del trabajo.
Los exámenes de grado o reválida se hacían en los institutos correspondientes en convocatorias de junio y septiembre. Estos exámenes constaban de tres grupos: ciencias, letras e idiomas y Formación del Espíritu Nacional y se podían aprobar por separado, pero sólo se hacía la nota media si se superaban los tres.
Esta mañana de este mes florido al despertarme me he acordado de todo esto y de los estudiantes que en estos momentos estarán hincando los codos y tapándose los oídos con los dedos pulgares para concentrarse en el estudio mientras la primavera se contonea en los rosales y el azahar invade la estancia con aromas seductores.

Demostraciones sindicales

A mi pueblo le correspondió ir en el año 1973 a una de las demostraciones sindicales que se celebraban cada año en Madrid el primero de mayo en el estadio Santiago Bernabéu. Estos actos los preparaba la Organización Sindical a través de Educación y Descanso. Como últimos ramales organizativos estaban las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, que se encargaban de confeccionar la lista de los asistentes y contratar los medios de transporte.
La noche del treinta de abril, con gran animación entre los que los que iban, los familiares que se acercaron a despedirlos y curiosos en general, partió de la plaza el autobús lleno de gente para pasar el día siguiente en la capital de España y asistir por la noche al evento. El costo del viaje fue abonado por los organismos organizadores.
En estas manifestaciones grupos de trabajadores de las distintas ramas realizaban ejercicios gimnásticos y folklóricos y de paso homenajeaban al caudillo o viceversa.
La celebración de ese año quedó empañada y marcada como referencia en la memoria de todos los que asistieron debido al atentado en una calle cercana al estadio de Chamartín que costó la vida al funcionario del Cuerpo Nacional de Policía Juan Antonio Fernández Gutiérrez.
En España durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera no hubo celebraciones sindicales los primeros de mayo.  El régimen del Movimiento Nacional con el general Franco a la cabeza las prohibió ya que las consideraban origen y causa de movimientos subversivos por sus nexos marxistas y republicanos, pero estableció el dieciocho de julio, fecha del alzamiento, como fiesta de exaltación del trabajo con agrupación de patronos y obreros en los denominados sindicatos verticales a los que debían estar afiliados por ley obreros y empresarios con la denominación común de productores.
Pío XII en 1955 cristianizó esta festividad poniéndole orla y peana bajo el patronazgo de san José Artesano. Así que Franco, contando ya con esta advocación y bendición apostólica la incorporó al año siguiente al calendario, pero atando corto y no permitiendo otras manifestaciones que las oficiales. Los sindicatos de clase estaban prohibidos y sus actividades clandestinas perseguidas.  Se celebraron misas ese año por todo el país en honor del que por decisión papal pasó a ser patrón de los obreros.
De los primeros de mayo recuerdo lo entretenida que estaba la televisión, que era única. Para quienes les gustaban los toros allí estaban los diestros más punteros toreando; los que disfrutaban con el fútbol podían contemplar las mejores jugadas y los goles más antológicos de todos los tiempos y si era el cine su afición, las películas de más cartel. Todo ello con la intención de tener a la gente entretenida en sus hogares o bares. Ya decía Pascal que todas las desgracias del hombre derivaban de no saber estar en casa.
Un paisano mío tenía por costumbre en algunas de sus cogorzas exclamar a voz en grito: “¡Viva la revolución!” Callaba durante un tiempo ante la sorpresa de quienes no lo conocían y regocijo de quienes lo trataban.  En una ocasión estaba la guardia civil presente y hubo de reducir el tiempo de suspense al ver que esta se acercaba para interesarse por la intención de tal proclama.  “¡Nacional sindicalista!”, prosiguió de inmediato.
¡Ah, vale, vale!

Los pies

Cuando veía a los labradores echar el cuerpo sobre la mancera del arado romano para que la reja profundizase el surco, me llamaba la atención la fuerza con la que afianzaban los pies a la besana. 
Son los parientes pobres de nuestra anatomía, moradores de los barrios bajos, desgarbados sarmientos que ahormados al calzado nos conducen por el suelo. Solo en playas y piscinas los sacamos de paseo a la luz del día.
“¡Niño, baja los pies de la mesa, que ese no es su sitio!”, nos han dicho muchas veces.  Esa pose solo se ve en las películas, en algún presidente al que se le quedaba chico el mundo y al ridículo emulador,  que mostraba más complejos disfrazados de soberbia que  estima por tan humildes servidores.
Nos llevan a todos sitios y nos sacan de los atolladeros. Recurrimos a sus prestaciones en las dificultades, cuando huimos precipitadamente de algún apuro y los ponemos en polvorosa. 
Nos sirven de palanca para saltar, nos empericamos sobre ellos para alcanzar las golosinas de la alacena o dar un beso al abuelo.
En las peroratas insoportables, cuando no nos enteramos de casi nada de lo que nos están diciendo y deseamos que acabe cuanto antes el tostón, cargan con la frialdad para que la cabeza se lleve la parte caliente.
Sostienen la dignidad de las personas que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.
Como fieles y obedientes canes aguardan a que abandonemos ya de madrugada el bar donde en días de parranda llevan muchas horas aguantando silenciosamente hasta que el dueño barre el local y les pide que se aparten a un lado.
Cargan con los malos olores sin tener culpa de ello por la desidia y falta de higiene de sus dueños. Tres días con los mismos calcetines y las mismas zapatillas de deportes en verano es demasiado tiempo para no emitir vapores. Sin embargo, ellos, agradecidos y alegres, solo necesitan un poco de música para conducir nuestros cuerpos por las plazas con verbenas.
Las mujeres los martirizan, elevándoles el culo y humillándole el hocico. Después del trote y de la fiesta los dejan andando desnudos por el acerado mientras en sus manos llevan los zapatos que han sido los causantes de sus penas. De su importancia nos damos cuenta cuando enferman. Entonces los hacemos reposar en alto o les damos baños, no de almíbar, sino de agua con sal para calmar hinchazones.
Solo de niños los colmábamos de caricias y de besos cuando nos los llevábamos a la boca para morder el dedo gordo.
Son tan agradecidos que haciéndoles cosquillas se tronchan de risa.
En la hora suprema, cuando nos encaminemos al sitio sin retorno, serán ellos los valientes escuderos, los primeros en afrontar el destino, los que abrirán paso señalando al cielo. Las plantas, que son su pecho, marcarán el camino dignamente al resto del cuerpo.
Solo aquel examinando que nada más que se sabía los huesos del pie ponderó sus méritos. Al ser preguntado por los huesos de la cabeza, respondió:
“Si importantes son los huesos de la cabeza más importantes aún son los de los pies que sirven para sostenerla. Los huesos de los pies son: …” Y nombrándolos uno a uno los cubrió de gloria.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

La caza

 

La caza, que sirvió de medio de subsistencia a nuestros remotos antepasados y a los menos remotos cuando la escasez de alimentos aguzaba pómulos y hundía las cuencas de los ojos, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en una actividad recreativa, deportiva y comercial. También la utilizan como recurso de medro y postureo avispados y pretenciosos, ataviados con prendas verdosas y elegantes de buen paño. Esta faceta la encontramos reflejada en ‘La escopeta nacional’ de Luis García Berlanga. Una visión humana, sencilla y divertida se encuentra entre las páginas de ‘Diario de un cazador’ de Miguel Delibes.

En el medio rural la caza ha estado incardinada en la forma de vida de sus habitantes en las diversas modalidades de su práctica. En el Quijote leemos cómo uno de los atributos que distinguían al hidalgo caballero era su galgo corredor.

Aunque en tiempo de veda se les colgaba del cuello el tanganillo para dificultarles la carrera los campesinos se los llevaban al campo y si en el ir y venir por la besana con el arado se veía una liebre encamada en un surco no era raro aliviarlos de tal penitencia por si podían llevarse alguna para casa escondida entre alforjas y aparejos.

La caza con galgos no necesita arreos. Un buen can, paso corto y vista larga. Conocer el terreno y recorrerlo palmo a palmo.

 

 

Con la luz del alba que traza perfiles al lubricán y alarga sombras salen los galgueros al campo. La tradición oral ha ido decantando tópicos sobre el lugar donde puede encontrarse la liebre, según sean las condiciones atmosféricas, aunque después salta donde menos se espera. En mañanas de heladas intensas, entre los juncos del arroyo, cerca del agua; a resguardo del viento en las laderas de cerros los días de temporal y casi siempre al salto del camino para facilitar su huida. Los más observadores las ven en la cama, lo que no es fácil debido a su gran mimetismo.

Cuando aún quedan en el aire húmedo de los valles y riberas leves hilachas de bruma suspendidas y en las incipientes hierbas del otoño brillan gotitas de rocío comienza el rastreo.  Las voces de los cazadores jalean a los galgos para que empiecen la carrera una vez localizada. La liebre esquiva, sortea las acometidas, recorta inesperadamente a cada trecho y busca la protección en el arbolado o en los vericuetos del arroyo. El galguero sube el otero más cercano para seguir la carrera que cambia constantemente de sentido. Unas veces regresan con la presa y otras de vacío.

 

La llamada caza al salto se practica en solitario o formando cuerda con otros compañeros.  La batida en grupo se organiza siguiendo los consejos de los cazadores más avezados y conocedores del terreno. Los que van en las puntas deben ser buenos andadores y los del medio tener cuidado de no adelantarse para así formar una especie de bolsa que vaya empujando la caza hacia adelante.

Las perdices reciben los primeros rayos del sol con reclamos, desinflando el plumaje que las protegió del frío durante la noche.

La arrancada de su vuelo al verse sorprendidas produce un sonido metálico y vibrante, intenso, recortando el silencio del campo como si un ovillo de caireles se deshiciera abruptamente.

Corrales

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No todos los temas se prestan a la lírica. La vida tiene servidumbres menos poéticas y no está bien dejarlas caer en el olvido.
En la mayoría de nuestros pueblos faltaban servicios básicos como las redes de saneamiento y distribución de agua potable. Los albañales pasaban de casa en casa siguiendo la pendiente natural del terreno, muchos de ellos sin estar cubiertos. No eran infrecuentes las disputas entre vecinos por este tema, bien por atascos o por malos olores.
Pocas casas disponían de cuartos de baño. Un palanganero con palangana, jarra de agua, jabón verde, toalla y cuba para el desagüe era el mobiliario más habitual.
A los niños nos lavaban en invierno al lado del brasero con las enagüillas levantadas y en verano al caer la tarde en el corral. Más a fondo nos escamondaban los sábados, con cambio de ropa interior.  ¡Qué rabia cuando nos frotaban la boca para quitarnos los churretes o nos refregaban con estropajo las rodillas para descargarlas de la negrura de la tierra y de los suelos!
La mayoría de las casas del medio rural disponían de corrales, los corrales de macetas con geranios y un lugar reservado para cuadras donde estaban los jumentos y bestias para las labores campesinas y acarreo de agua. Una parte del corral se utilizaba para hacer las inexcusables necesidades, rodeados de gallinas y vara en ristre para espantar al gallo que defendía su territorio saltando a veces sobre los invasores. Todos los años había que hacer lo que llamaban echar la ‘estercolera’ que no era otra cosa que sacar el estiércol que se acumulaba y llevárselo en carros para abonar con él las tierras de labor.
Las madrugadas eran frías para salir al corral, así que debajo de la cama, la escupidera para emergencias nocturnas.
Las gallinas abastecían a las familias de huevos y los gallos de carne. Cuando aquellas salían cluecas se echaban en el nidal y a los veintiún días teníamos los pollitos correteando por el corral detrás de la madre. Las noches más desapacibles los poníamos en una caja al lado del brasero para que no murieran.
Otro elemento de los corrales eran los pozos que cada mucho tiempo había que limpiar porque caían cosas dentro, sobre todo los que recogían aguas de canales que iban acumulando cieno. Se aprovechaba el final del verano para esta tarea por tener menos cantidad de agua.
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Atado con sogas bajaban al pocero ayudándose de la garrucha. Abajo se desataba y comenzaba su trabajo de limpieza. Llenaba cubos o espuertas y con el mismo sistema los elevaban hasta el brocal. Un trabajo este que nadie quería, pero que la necesidad obligaba. Me imaginaba allá abajo y sentía miedo viendo solo un trozo de azul allá arriba y lo demás todo negro.
Hasta principios de los años sesenta no se hicieron las obras de infraestructura necesarias para que el agua corriente llegara a todas las casas y las de desecho se incorporaran a la red de saneamiento. Conquista social básica e indispensable para vivir dignamente.
Cuando veo algunos reportajes de países subdesarrollados pienso que también nosotros tuvimos un tiempo en que carecimos de esos servicios tan elementales.  Y no, cualquier tiempo pasado no fue mejor, por mucha añoranza que se tenga.

La desmemoria

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 Rembrandt. Anciana de las manos juntas
Con los brazos cruzados sobre el pecho parece que dormita. De vez en cuando suspira hondo e invoca a alguna virgen o algún santo. La carcoma del Alzheimer la aísla cada vez más de las conversaciones que mantienen los demás alrededor. Se nota que está ausente.  ¿Qué pasará por el interior de su cabeza blanca? La enfermedad ha levantado un muro de indiferencia entre lo que le rodea y ella, como si estuviera de vuelta de todo y no le importara el presente. Ha extendido velas y se dirige sin remisión hacia la ensenada del olvido.  Refugiada en sus pensamientos se ha alejado de lo más próximo, como el mar que abandona la playa en la resaca, y se ha ido concentrando en los recuerdos más remotos. Algunos de ellos permanecen indeleblemente grabados en su memoria, como ciertos episodios de la guerra incivil y bárbara. Los acuñados a fuego en los golpes de la madrugada. Los mantiene como un sello en el franqueo del alma. A ellos alude en las pocas palabras que de vez en cuando pronuncia, como la protagonista de aquellas migas canas que refiere Diego Algaba.
Quedan pocos testigos de aquellos tiempos.  Poco a poco van abandonando el barco de la vida, que unas veces es sainete y otras, como entonces, fue tragedia. Nos estamos quedando sin las personas que nos cuenten sus vivencias e impresiones de aquella triste historia. Las luces de las calles del recuerdo se van apagando poco a poco en las esquinas. 
Los últimos mozos llamados a filas por el lado republicano fueron los de la quinta o leva del biberón, nacidos en 1920 y 1921. No habían cumplido los dieciocho.  Los que aún vivan tendrán ya 97 y 98 años.
Hoy quiero recordar a las mujeres de aquellos tiempos de oprobio, las que cogieron el timón de la vida con coraje y sacrificio para sacar adelante a sus familias. Las recuerdo con pañuelos negros en la cabeza y tristeza en los ojos, pasados los años de más violenta tempestad.
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Fotografía de Bert Hardy
Tenían el alma hecha jirones y las palabras a medio camino entre el miedo y la boca.  Las que estaban en la flor de la vida entonces y fueron madres y abuelas a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Ya han muerto casi todas.
Cuando leí la novela de John Steinbeck ‘Las uvas de la ira’, las veía  reflejadas en la madre Ma Joad, casi milagrosa creadora de comidas con un trozo de tocino. Sostén espiritual y fortaleza de toda la familia.
Sobre los sufridos y valerosos hombros de estas mujeres cayó la penosa travesía de los años de la posguerra y del resurgir lento de la economía del país a base de sacrificios, dolor y privaciones. La juventud se les fue del cuerpo entre velos, mantones y cobijos, rezando por las almas de los muertos.
Hace poco murió una de las últimas supervivientes que conocí de aquellos años. Oyendo los dobles que anunciaban su muerte me acordé del poema de John Donne que sirvió después a Ernest Hermingway para titular su libro “¿Por quién doblan las campanas?”
 «La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti».

Buenos modales

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A comienzos de la década de los años sesenta los planes de estudios del Seminario iban por libre, no se adaptaban a los oficiales del Ministerio de Educación. Cuando algún alumno abandonaba el centro tenía que convalidar, perdiendo un año de los cursados. En mi caso salí con quinto curso terminado y tuve que realizar la reválida de cuarto y volver a repetir quinto.  
Teníamos una asignatura de periodicidad quincenal llamada ‘Normas de Urbanidad’.  Un pequeño librito que contenía reglas básicas de civismo y de buenos modales. No eran instrucciones remilgadas, mojigatas o cortesanas, sino pautas que el sentido común deduce como lógicas. El temario trataba, entre otros asuntos, sobre comportamientos en lugares públicos, en la mesa o en la calle.
Eran cuestiones sencillas, sin llegar al complejo mundo de Educación para la Ciudadanía o Educación Cívica y Constitucional. Eso es harina de otro costal. Debe ser difícil encuadrarlas en el currículo porque hasta para darle nombre hay desacuerdo y todo el afán de los políticos, de recurso en recurso, se centra en vestirlas con sayas rojas, azules o moradas, según color del cristal.
Los niños de entonces pasábamos la mayor parte de tiempo libre en la calle, en nuestros juegos. Cuando el cansancio nos vencía nos sentábamos en cualquier rincón o acera a charlar. A veces se asomaba a la puerta una persona mayor y nos llamaba para preguntarnos si queríamos hacerle un recado. No se nos ocurría negarnos porque así nos lo habían enseñado en casa y en la escuela y nos afearían tan mal comportamiento. Solían darnos una propinilla por el mandado. También nos decían que debíamos negarnos en principio, aunque después ante la insistencia extendiéramos la mano.  
Nos enseñaron a ceder el paso en las aceras, gesto que las personas mayores agradecían. Se han perdido muchos de estos buenos modales.  Si te cruzas ahora con algunos mozalbetes que vienen de frente tienes dos opciones: o te echas fuera o te arrimas a la pared para que no te lleven por delante.
He sentido en mis riñones las rodillas de quien estaba, más que sentado, tendido en el asiento de atrás, con esa postura que ahora llaman ‘manspreading’ y que por aquí siempre hemos dicho despatarrado.
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Nuestros padres, la mayoría de ellos, sin formación académica y menos universitaria, hacían hincapié en saber presentarse, dar los días, saludar y despedirse porque así lo habían aprendido de los suyos. A los varones les influiría, pienso, la huella que les dejó el servicio militar donde había que aprender de memoria y de corrido unas frases formularias para ir a hablar con los altos mandos: “Se presenta el soldado Fulanito de la compañía tal…”
En nuestros pueblos extremeños hay personas que mantienen estos buenos hábitos, síntomas de buena crianza. Son pequeños detalles que cuestan muy poco trabajo realizar, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás. Una sonrisa en lugar de un gesto huraño a los que acuden desorientados al engorroso mundo de las gestiones burocráticas, un ‘no se preocupe usted, que eso lo arreglamos enseguida’, cuestan poco y hacen mucho bien.
A algunos el tema les resultará friki, demodé o desfasado, pero los buenos modales abren puertas más que cierran y hacen la vida, ya de por sí complicada, más llevadera.

Marzo

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El refranero califica a este mes como pardo, cambiante y yerbero: ‘En marzo crece la hierba, aunque le des con un mazo’. Despuntan las yemas de las hojas y las flores. Las aves se aparean con sonoro cortejo de trinos. Construyen sus nidos, camuflados entre el pasto del suelo o en las horquetas de los árboles con minucioso y paciente acarreo. Germinan las semillas en los campos y en los lugares aparentemente más inhóspitos. Por cualquier pequeña grieta o resquicio entre las rocas asoma la vida. Los lomos y los bordes de los caminos se adornan con ribetes verdes para honor y escolta de carreteros y caminantes. Lirios, jacintos, margaritas orquídeas, amapolas…
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Los peces escalan corrientes. ‘Por san José sube el pez’. Difícil remontada cuando falta el agua en los cauces secos.  Mientras redacto estas líneas llueve suavemente, como bálsamo en herida. ¡Qué ganas de escuchar las canales caer copiosamente y que el verde desvaído y macilento se torne vivo y refulgente! Las sementeras estarán recibiendo esta lluvia como fértiles hembras en tiempo de celo. Agua fecunda.
Marzo trae de la mano al equinocio de la primavera, tiempo de cuaresma, de potajes, de pestiños, gañotes y rosquillas. De luz, aromas y colores.
Las siembras con poco se alzan en espigas y con ellas las llamadas malas hierbas. El amo de la parábola aconsejaba esperar a que crecieran juntos el trigo y la cizaña y separarlos después para el fuego o el granero. Antes, para quitar los cardos, los vallicos, la grama, la cizaña y los jaramagos se escardaban los cultivos. Del cardo le viene el nombre a esta labor de entresaque y limpieza.
Recuerdo a los escardadores cuando pasaban camino del tajo al venir el día con el azadón al hombro o en bicicletas, atado con cuerdas a lo largo de la barra o metido entre los aparejos de las bestias.
Recorrían las cuadrillas en formación horizontal la sementera, avanzando paso a paso entre los surcos. Con golpes de azada arrancaban los hierbajos como quien quita espinillas en la cara de un adolescente.  Era una labor minuciosa que necesitaba tiempo y jornales. Más costoso a corto plazo que la de secarlas con herbicidas, esos venenos limpios que dejan rastros ocultos de muerte tras un falso verdor.
 A largo plazo está por calcular el costo. A cuentas estamos. O quizás lo estemos pagando ya. ¿Dónde están los trigueros y las alondras, esas avecillas que decía Luis Chamizo despabilaban los campesinos a su paso   cuando estaban ‘agachás’ entre los surcos del barbecho?
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En esas mismas siembras canta la codorniz los primeros días de la primavera. Los furtivos con un reclamo que imita el piar de la hembra atraen a los machos, ciegos de celo, hasta el lugar donde tienen extendida la red sobre los trigos y cebadas. Cuando sienten cerca su canto las espantan. Su vuelo queda enredado y prisionero entre las mallas.
Aves pequeñas, redondeadas, escurridizas, con un canto metálico y trisílabo, que asemeja a la palabra huéspedes. Dicen que para atravesar el estrecho en su viaje desde África hacen de sus cuerpos veleros, un ala como vela y la otra de timón. Un prodigio más de la naturaleza. Pronto las oiremos al alba y al ocaso cuando paseemos por los caminos entre siembras.