Padres

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He conocido  a personas  que trataban a sus padres de usted cuando se dirigían  a ellos. Otros los llamaban   papa y mama, llaneando acentos por resultarles cursi lo de  papá y mamá. Había  quienes utilizaban los vocablos  padre y madre y también viejo: ‘mi viejo’, ‘mi vieja’.  No sé si con el cambio de costumbres  han llegado  algunos a llamarlos colegas o troncos.
La madre era la que más tiempo pasaba con los hijos. El padre se iba al trabajo. Era la que los aseaba, los vestía, los cuidaba si caían enfermos  y soportaba sus travesuras durante la mayor parte del día. Cuando ya la tenían hasta más arriba de la coronilla exclamaba: ‘¡A ver si llega  tu padre que  te vas a enterar!’
Escuché decir a una persona que hasta que no tuvo hijos no llegó a comprender  por qué a  su madre  le gustaban  las colas de las sardinas más que los lomos de estas   y las alas  de las aves  más que las pechugas.
Hablo de un tiempo en que no sobraban viandas  en la mesa y a un pollo se le hacía más fiesta que a un portalito. Les dejaban las mejores presas a los hijos. Hoy, contemplada la vida desde el otero de la madurez, sabemos que los padres, salvo psicópatas, nos quitaríamos  el pan de la boca para dárselo a ellos y, llegado el caso, sacrificaríamos nuestras vidas  antes que ver perder las suyas. Un irresistible instinto de afecto que se transmite de generación en generación.
Cuando los hijos son pequeños  quisiéramos detener el tiempo y disfrutar de su inocente ternura, de sus cachetes rosados y de la sonrisa que nos dirigen cuando les ofrecemos los brazos para cogerlos. No nos importa prolongar arrullos hasta las tantas  para verlos entrar en el sueño placentero ni  escatimar esfuerzos para prodigarles todos los cuidados que necesitan. Si nos valiera seríamos los guardianes querubes  de sus cunas  eternamente, sombras silenciosas velando su descanso. Trazaríamos sendas de algodón para sus pies con el fin de que no soportaran la dureza de inhóspitos caminos. Pero la protección que podemos ofrecerles es limitada y no dura toda su existencia. Deben seguir el recorrido  donde  tendrán que enfrentarse a dificultades que han de solventar sin ayuda.
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Llegará  un  día en que nuestras manos  tiemblen y nos falten fuerzas  para sostener el peso del cáliz de la  propia vida. Para ellos la lucha se libra en el exterior de la burbuja  que quisiéramos proporcionarles siempre.  Tenemos  que educarlos  para que  aprendan a resolver sus problemas  si no queremos que los engulla  el mar enfurecido que   brama en la noche  y rompe su  brusca furia en los acantilados. Enseñarles  a proteger sus cuerpos  y a forjar su voluntad en el temple para que la escarcha del invierno que resquebraja los terrenos en la  madrugada no les impida andar sus pasos  ni el viento solano abrase por desprevenidos  las amapolas  tiernas de sus labios. Para ello  tendrán el escudo de su formación. Fidelidad  a su palabra y obrar en consecuencia con sus ideas. Así ganarán  el respeto y  el aprecio de los demás.  Que confíen y amen  a quienes los quieran, entre los que difícilmente  encontrarán un amor más desinteresado que el que nosotros les damos.

Silla, sillón y ‘doblao’

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Mujer cosiendo de Salvador Tuset.
De la sillería de mi casa recuerdo especialmente dos ejemplares: el sillón de niño y la silla costurera.  El primero nos sirvió para sentarnos a la mesa con los adultos y comer junto a ellos. Nos subían y nos bajaban  de él. Tenía su apoyabrazos  que impedía que nos cayéramos por los lados,  pero además nos sujetaban con una correa sobre el pecho porque nuestra natural e incansable  actividad nos inducía a no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Cuando fuimos adquiriendo destrezas practicábamos escaladas trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento.  En ese trono nos tomábamos con el babero puesto  las papillas que nuestra madre probaba y soplaba antes  para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestras primeras prácticas musicales de percusión  tocando la  batería  con los cubiertos sobre la mesa.
El sillón era un  bien mobiliario que pasaba de los mayores a los pequeños y  posteriormente a otras generaciones de nietos y sobrinos. Si los alcabaleros cogen pista puede que graven estas transmisiones con efecto retroactivo  como herencias o donaciones inter vivos. ¡Bonitos son ellos!
La silla costurera era baja y ancha. Casi siempre  se colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle para buscar la luz natural. Asocio su recuerdo con las gafas de cerca  sujetas con un elástico a la cabeza de la abuela y con  el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. En ella  se sentaban por las tardes a coser, bordar, hacer ganchillo o encaje de bolillos las mujeres de la casa. Artesanía pura que conjugaba manos diestras con paciencia, alfileres e hilos. Sobre la luna del bastidor, bordados de seda y oro, flores, paisajes e iniciales de nombres.
Un espigón de sol dorado con muchas motitas de polvo en suspensión  penetraba por la  puerta entreabierta que daba al poniente.  Las que eran mayores guiaban   el hilo  hacia  el ojo  angosto de la aguja con dificultad, debido a la presbicia y al temblor de las manos.  Los niños- ¡qué ignorancia y falta de respeto!- nos reíamos de ellas cada vez que fallaban en un  intento. ‘Por mi puerta pasaréis, pijoteros’, nos decían. Ya estamos en ello, abuelas.
Los muebles y los lugares conservan el espíritu de quienes  los ocuparon.  Un hueco en la mesa o una silla vacía producen un desgarro sentimental que anuda la emoción a  la garganta cuando faltan  las personas.
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Allá en el doblado,  que la RAE dice que se usa en Andalucía como sinónimo de desván, (aquí también, señores académicos),  está recogida en un rincón la silla costurera.   Una  araña devana el hilo del tiempo  silenciosamente en su respaldo. El ‘doblao’ es el subconsciente de las casas, donde se van  almacenando objetos  que sirvieron y ya estorban. Cuando de tarde en tarde subimos a ellos nos encontramos en las cosas almacenadas  una parte de nuestra vida que creíamos  olvidada. Afloran  como en sueños las vivencias de otros tiempos. Aquel tirachinas hecho de cámara de bicicleta, la cruz con la bandera de España con que recibíamos a los misioneros, un patín descolorido…Trastos que se guardan pensando que algún día servirán y probablemente no vuelven a usarse, pero conservan los latidos  en el corazón de  la memoria.

Día del maestro

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Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive  el recuerdo de un maestro.   El que nos enseñó a leer  en  la cartilla formando palabras con  las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’.  El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza  y despertó  nuestra fantasía con sus relatos.  El que nos llevaba de paseo  las tardes de primavera o el que nos dirigió una palabra de ánimo en el momento de decaimiento, palabra de aliento o gesto cariñoso que valen más que mil reprimendas.
‘Ese es mi maestro’, decíamos, porque con él pasábamos la jornada lectiva completa. A veces más tiempo que con los padres.  Nos impartía todas las materias desde matemáticas hasta  trabajos manuales. Como en todas las profesiones los hay mejores y menos buenos, pero como en ninguna el objetivo  es tan trascendente: enseñar y formar  a los niños. ¡Qué gran poder  nos confió la sociedad!
El patrón, san José de Calasanz, fue nombrado como tal por Pío XII en 1948.  Sacerdote y pedagogo, fundador de las Escuelas Pías en el siglo XVII.
Hace pocos años decidieron unificar en el día del docente al patrón de los maestros y al de los profesores de enseñanzas medias, alternando celebración por turno en noviembre o enero.
Cuando yo empezaba a ejercer me contaban compañeros mayores  incidencias y anécdotas que les sucedieron cuando llegaban a los pueblos a los que habían sido destinados. Entonces  el ámbito geográfico  para ejercer la profesión era  nacional, no existían las autonomías por lo que, sobre todo en los primeros destinos, podía corresponder cualquier lugar pintoresco, de gente acogedora, pero alejado  de las vías de comunicación más transitadas.  La toma de posesión, la presentación de credenciales y respetos al alcalde, al cura y al director del centro.
Los medios de transporte eran escasos, las carreteras malas y los enlaces descoordinados. Hasta  en barca  había una ruta en nuestra  Siberia extremeña para ir de Bohonal a Helechosa de los Montes.  Se necesitaba autorización específica de la Delegación de Educación para poder residir en una localidad distinta a aquella en la que se ejercía.  El sueldo apenas cubría la subsistencia, para ir tirando y alguna frugal colación.  Residían  en pensiones donde la compañía  de los dueños hacía más llevadera la estancia.
Muchas escuelas eran unitarias, con todos los niveles en un aula y los padres esperando a que acabaran pronto el aprendizaje de las cuatro reglas  para incorporar a los hijos al mundo del  trabajo.
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La canción de Patxi Andión, ‘El maestro’, casi himno oficial del Magisterio, recoge muchos aspectos de aquellos  tiempos pretéritos. 
El pago más gratificante que recibe un maestro  es el saludo de antiguos alumnos después de mucho tiempo  manifestando que guardan un recuerdo agradable  de los años de escuela. Yo conservo algunos de  gestos espontáneos y entrañables de los niños, como dejarte en la  mesa un caramelo o unas castañas de regalo.
Los tiempos cambian. Ahora hay un jubileo de profesores especialistas en cada clase, lo que debe redundar en una mejor formación, pero en el recuerdo siguen sonando los versos de Antonio Machado, plenos de evocaciones: “Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de la lluvia tras  los cristales”.

Teleclub

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La televisión,  como decía Gabriel Celaya de la poesía, era un arma cargada de futuro. Los más avispados lo intuyeron.
A partir del año 1964 el Ministerio de Información y Turismo, Fraga al frente, promovió la creación de teleclubes en todos los pueblos.  Con ellos se pretendía aprovechar los programas de televisión para organizar actividades educativas y culturales. 
En mi pueblo las funciones  del teleclub las realizaba la parroquia en el local de la  Acción Católica.   Disponía de salas para reuniones y un gran salón para la televisión.  Allí instalaron uno de los primeros receptores que  llegaron al pueblo.
 Eran los tiempos de los programas infantiles de  Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón; de  series memorables:  Bonanza, el Virginiano, el Llanero solitario, Rintintín, Bronco…
Por la noche acudían los mayores a ver otros programas: Gran Parada, Noche de estrellas,  Amigos del lunes, posteriormente  del martes. Dos presentadores habituales: Franz Johan y Gustavo Re.  Y el gran Estudio 1.
 Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima. Los agricultores,  a pesar de estar las labores de recolección en  pleno desarrollo,  se venían   de las eras a coger sitio para no perderse las faenas del  torero que popularizó el salto de la rana.
Al principio por ver la televisión se  cobraba un real.   Nosotros también acudíamos allí a charlar, a jugar a las damas, a comer pipas y a hacernos los encontradizos con las niñas, que, como en un jubileo, subían y bajaban las escaleras.
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Había un futbolín grande y pesado, con jugadores de hierro y suelo de pizarra. Cuando jugábamos el ruido era atronador. Los muelles que amortiguaban los golpes de las barras contra el armazón estaban deteriorados de tanto uso y la sensación que le  producía al que los escuchaba de lejos era  que se acercaba  una banda de tambores desacompasados.   El engrase de las barras  de donde pendían los  futbolistas lo hacíamos con saliva.   Más de una vez tenía que subir el cura, su hermana o su sobrina, que vivían abajo, para asegurarse que seguíamos jugando  y que no  había empezado  una  batalla entre bárbaros por las voces y el alboroto  que formábamos. Al campo de juego  se le abrió un boquete  en  la zona  de uno de los porteros. La rudimentaria  reparación consistió en incrustarle una chapa que quedaba a distinto nivel del resto. Cuando la bola caía dentro la sacábamos haciendo girar la barra con las dos manos y con toda la fuerza que podíamos.  Esta salía volando y llegaba algunas veces hasta la portería contraria, lo que era jaleado  y aplaudido. En ocasiones  la bola sobrepasaba los límites del rectángulo de juego y salía botando por el salón. Una de esas veces  fue a estrellarse contra el cristal de una vitrina y el cura suspendió el juego del  futbolín por una larga temporada.  Al principio le echábamos una moneda para jugar. Dos compañeros  se colocaban   detrás de las  porterías para   en acciones muy rápidas evitar   que  cayeran al interior. Hasta que descubrimos una fórmula mejor: al tirador que sacábamos para afuera cuando le echábamos la moneda le colocamos un trozo de madera para impedir el retroceso y las bolas volvían a la caja sin pararse dentro. ¡Vaya pillos!

Supersticiones

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No se me ocurría darle vueltas a una silla ni  a un paraguas. Decían que eso atraía desgracias. ¡Se podía morir el más pequeño de la casa!  No comprendía yo la relación entre ambos hechos en mi débil razonamiento infantil.
Tampoco la correspondencia  que existe entre la mirada de una persona que ha sufrido el quebranto  de  un ojo y los infortunios que acarrea.   Pero el dicho existe: ‘Parece que me ha mirado un tuerto’ se dice cuando suceden varias adversidades en poco tiempo.
Lo del  ‘mal  de ojo’ es parecido.   En este caso el maleficio no se debe a  carencia de órgano, sino a que hay personas que tienen poderes para transmitir males a otras de forma intencionada  o involuntaria. Son los denominados aojadores. Deriva esta suposición de la leyenda del contemplador u ojo maligno, un ser malvado y monstruoso parecido a un pulpo gigante con un ojo central muy grande y otros más pequeños en los pedúnculos. Era invocado por  personas con malformaciones  para que produjera  males a otras.  Hay quienes lo detectan e  intentan curarlo con un poder  no se sabe si innato o recibido  de algún ser ultra terrenal. El proceso  consiste en echar  unas gotas de aceite en un vaso de agua y comprobar su comportamiento entre plegarias  y  cruces. Se pronuncian el nombre y los dos apellidos del afectado y comienza el ritual: “Si tienes mal de ojos que te lo cure Dios, con sus clavos con su poder, con su cruz y con el dulce nombre del buen Jesús”. “Dos ojos te mataron, otros dos te sanarán”.
El llamado mal  de luna llena o alunamiento  sigue un ritual muy parecido al del ojo.
Las supersticiones son según el diccionario de la RAE  creencias extrañas a la fe religiosa y contrarias a la razón, pero en mi opinión los límites están  confusos.  Forman parte de nuestras costumbres  e idiosincrasia. ‘Hoy me ha levantado con el pie izquierdo’, decimos cuando no nos salen bien las cosas. Ser zurzo se consideraba antiguamente una anomalía, iba contra natura.  ¡Cuántos niños y niñas contrariados en su lateralidad por profesionales, padres y madres ignorantes!  Todavía hoy ciertos deportistas saltan al campo procurando que sea el pie derecho el primero  que lo  toque.
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Pasar por debajo de una escalera, vestir de  amarillo, cruzarse con un gato negro,  la rotura de un espejo, entre otras cosas y hechos   se asocian igualmente  con la mala suerte. Los toreros procuran que la montera no caiga boca arriba tras el brindis y si tienes que casarte o embarcar procura que no sea martes y trece.
Si  algún supersticioso tiene  la mala suerte de que se le  derrame  un salero debe coger un puñadito y tirarlo para atrás por encima del hombro para ahuyentar desgracias.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión ‘toquemos madera’ como salvaguarda y escudo?
Todas las supersticiones tienen su explicación en tiempos en los que cualquier fenómeno o suceso  de los que se desconocía  la causa lógica es  atribuido a fuerzas ocultas del más allá, a designios desconocidos.
Un mundo esotérico de brujas, demonios, hechizos y sortilegios donde avispados  adivinadores  sin fundamento  pululan a la caza de los crédulos.
Seguro  que usted, amable lector, conoce muchas más  supersticiones y prácticas de este tipo.

Cambio de hora.

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Cuenta la leyenda que el capitán Pelay Pérez Correa, quien llegó a ser maestre de la Orden de Santiago, pidió a la virgen que detuviera la marcha del sol hacia el ocaso para poder acabar una batalla que sus tropas libraban contra los sarracenos: “¡Santa María, detén tu día!”, fue su súplica. En agradecimiento por el favor recibido mandó construir en lo alto de la montaña una ermita, convertida actualmente en el monasterio de Tendudía, en un paraje de gran belleza.
Salvo este prodigioso caso, surgido de la imaginación y devoción populares, no conozco ningún otro en que se haya parado o acelerado el paso del sol por la bóveda del cielo. En el siglo XIII todavía no se había descubierto que era la tierra la que giraba alrededor del sol por lo que sería a ella a la que echarían el freno.
El deseo imposible de detener el tiempo se da también cuando lo estamos pasando maravillosamente. ¿Quién no ha querido alguna vez que el reloj detuviera el andar de sus manillas, como dice el bolero del mejicano Roberto Cantoral, “Reloj, no marques las horas…”? También queremos que pase cuanto antes cuando se sufre.
 La humanidad ha parcelado la cadencia de la luz, pero el tiempo no necesita relojes para continuar su paso inexorable. Los usamos porque necesitamos tener referencias temporales para relacionarnos con el mundo que nos rodea, para ponernos nerviosos esperando o para agitarlos cuando algún soporífero tostón nos está haciendo insoportable la velada.
El reloj auténtico es el sol con su péndulo de alboradas y ocasos. Las maquinitas acompañan con ritmos de tictac, campanadas, cantos de cuco y guiños digitales el majestuoso y aparente paseo del astro rey por el cielo.
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Algunos de nuestros antepasados usaban relojes de bolsillo, con cadena asida a un ojal del chaleco. Una de las marcas era “Roscopatent”, que debe el nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo Georges Frederic Roskopf. Los labradores y ganaderos los necesitan menos. Un buen amigo, al que le salieron los dientes en el campo y que lleva desde niño viendo amaneceres y puestas me contó que tiene un sistema para calcular el tiempo que le falta al sol para ocultarse. Extiende su mano y coloca los dedos juntos, de pantalla; mide desde el horizonte hasta donde está el astro rey. Cada medida equivale a una hora.
-Pero, Juan, dependerá de lo largo que se tenga el brazo y lo gordo que sean los dedos.
-Chispa más o menos, a mi me da el apaño- me responde oscilando la mano a derecha e izquierda.
 Llega por estas fechas de nuevo el cambio de hora. Este vaivén periódico de manillas empezó en el año 1974. Anteriormente, en el año 1942, Franco había adelantado una hora con respecto al huso horario que nos corresponde por situación geográfica a la mayor parte de España. En la campaña de las últimas elecciones generales algunos líderes prometieron que iban a impulsar el cambio de huso horario para adecuarlo a nuestras necesidades, promesa que dormirá hasta la próxima convocatoria electoral, aunque  como está el patio quizás sea prudente no retrasar más los relojes cuando hay algunos que nos quieren llevar demasiado atrás. A los tiempos de la Edad Media,  cuando los reinos de Taifa.

Ni tanto ni tan calvo.

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Existe una percepción idílica  de la vida en los pueblos pequeños. El campo está cerca y se puede disfrutar de él saliendo a los ejidos y a las huertas.  El sosiego, la paz con estampas bucólicas. Pero también hay inconvenientes a los que unos se acomodan mejor que otros cuando se vive siempre en ellos.
En un grupo social reducido suelen darse afectos sinceros y odios profundos.  Ya lo dice el refrán: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Existen   castas, no en el sentido de privilegio ni separación, sino de pertenencia o linaje,  racimos de familias con intereses entrecruzados.  Herencias, rencillas, lindes,… La cercanía acrecienta y profundiza los afectos y los desafectos.
Una persona  en la ciudad puede ser un anónimo ciudadano  del que solo  saben sus vecinos de piso por   encuentros esporádicos en la escalera. Se  pueden tener   actividades, aficiones e incluso una vida paralela sin que nadie sospeche nada.  En un pueblo pequeño es muy difícil. La convivencia y las relaciones sociales entre los vecinos son fluidas y frecuentes.  Visitas, saludos, invitaciones…las más de las veces educadas y afectuosas, pero otras solo aparentemente.
En el pueblo no solo eres tú, sino que eres  hijo, nieto y bisnieto, hermano, padre o cuñado de. Miembro de una red de parentescos que te identifica y te encuadra. ¡No tendrá a quien parecerse!, dicen cuando algún rasgo de la personalidad o conducta recuerda a los ancestros. 
Para hacerse una idea del entronque  hay casos en que para nombrar a una persona se recurre a enlazarlos con sus padres y abuelos. Así, por ejemplo, Pedro, el de María la de tío Eusebio. 
Aparte están los motes que a veces designan a familias enteras por el lugar de trabajo u oficios desempeñados: los de Valjuncoso,  los  de Cartuja…O por algún acontecimiento:   los de la herencia o los del medio millón.
Tan intensas  son las relaciones  como extensas pueden ser  las distancias si se deterioran. Un abandono de noviazgo,  una invasión de lindes  o  desavenencias por un pozo compartido pueden ocasionar  enfados irreconciliables  de por vida, transmisibles de padres a hijos y extensibles a toda la parentela. 
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Un gran hermano de visillos y esquinas es el  guardián moral de las más acendradas tradiciones. Vigila, mantiene y encauza  por la senda de  normas no escritas  la  decencia y los comportamientos ajenos y  esto  es corsé que a muchos aprisiona.
Las nuevas generaciones han roto afortunadamente muchas ataduras y soltado muchos lastres. Hacen lo que les da la  gana  sin importarles  las opiniones ajenas,  pero tiempos hubo en  que   un  embarazo  sin haber pasado por la vicaría  mandaba   a las afectadas al lazareto de la marginación con estigma y cicatriz de por vida. Convivir con la pareja sin casarse, era marca de infamia y desprestigio con recriminaciones  desde el  púlpito y runrún de los corrillos. Yo, que soy un amante del pueblo, no dejo de reconocer sus virtudes y defectos. Y aprecio el buen y casi familiar trato entre vecinos, sobre todo los de por cima, por bajo y los de enfrente con los que se tenía una relación especial. Eran los primeros en acudir en ayuda en los casos de apuro. Por eso, ni tanto ni tan calvo. Ni todo es tan idílico ni se anda siempre a tiros.

Sequía

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 Las sequías son cíclicas y pertinaces  Lo sabemos por experiencia y por la cantinela que escuchamos tantas veces.
Otra vez  ancla en nuestros lares con las garras del “ciego sol, la sed y la fatiga”. El labrador que “del cielo aguarda y al cielo teme” mira cada tarde al horizonte buscando indicios de lluvia en la dirección del viento o en el aspecto del cielo, como el padre del hijo pródigo lo esperaba  a las afueras del pueblo, anhelando que la silueta en lontananza fuera la esperada.
Ya cesaron los arrullos de las tórtolas en las dehesas, migraron las golondrinas y vencejos a tierras africanas. Entrado el otoño llegarán del norte los zorzales, las grullas, las avefrías, los chorlitos,…pero el agua  que debería venir del Atlántico  no acaba de llegar.
El hombre aguarda y escudriña cualquier leve indicio. Sospecha   que algo pasa, que el clima, lenta e irremisiblemente está cambiando. Fallan los barruntos que antes anunciaban la lluvia. Los cercos de la luna y el sol, los nietos que les salen a los lados y que los técnicos llaman parhelios, la forma de elevarse o agacharse   el humo de las candelas, el comportamiento de las aves…
Los pozos han profundizado oquedades y ha habido que añadir soga para llegar al agua, si  queda, allá en las sombras, donde la mora acecha la cara de los niños que se asoman al brocal.  El sol del mediodía, caricia de luz irisada cuando  está en lo alto, no  alcanza a tocarla.
Los musgos secos y amarillentos ansían el  mullido verdor cuando resbala la lluvia por sus rocas.
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Los arroyos, gavias y regajos  son arterias sin flujo de un cuerpo que agoniza. Los espinos y los cardos secos se amontonan en las alambradas, como espectros de relámpagos interrumpidos que demandan auxilio con los brazos abiertos.
Añoro las noches en que pasan las nubes cuarteadas y veloces delante de la luna, como borregos que huyen de los lobos. Si las miras mucho rato parece que es la luna quien corre en dirección contraria. Una calle a oscuras, un tejado claro que al poco intercambian luz y sombra. Al día siguiente  flecos grises se arrastran por las crestas de la sierra, empujadas por los vientos ábregos cargados de humedad. Quiero que llueva en la quemada piel por el sol de los barbechos, bálsamo tibio de esperanzas verdes, en los alcores calvos y resecos; que lloren las alamedas y los chopos con el gozo risueño de sus hojas. Que el viento, perrillo suelto, suba a la cima de las nubes y juegue al escondite en las esquinas, que silbe en las cornisas y en los cables del tendido. Quiero ver llover sobre las tejas que guardan el verano dentro. Que la lluvia derroque la sucia corona  de las ciudades y la arroje sobre el suelo, revolución limpia con las armas de la lluvia, que aclare los cristales empañados de la atmósfera, que  abra la tierra, prieta de sequedad en sus entrañas enquistadas, que cesen las tolvaneras en los páramos desiertos. Agua fecunda, limpia, mansa y caladera sobre las ciudades y los campos. Y después que refleje el sol su brillo sobre las primeras hierbas del otoño y en el arroyo corra clara entre los guijarros y los limos.

El HOY de ayer

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A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba  el periódico HOY  cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie  al lado, apoyado en un bastón.  Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que  costaba el ejemplar  y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una  de las secciones  que recuerdo  era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas  sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores.  Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción  en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas  a través de los balcones  pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en  que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
 El periódico HOY estaba entonces  integrado en la Editorial Católica, fundada  por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de  1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura,  Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco,  Gervás Camacho,  el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento,  Rodríguez Arias,  Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo  Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y  Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
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El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces.  En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas,  con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen    el dinero por una ranura.  Una encomiable iniciativa para demostrar la educación  cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.  
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente  la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo  para afrontar algunos gastos  durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.

El pan

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Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que   dicen que comas solo  proteínas,  que elimines los hidratos de carbono,   que no comas fruta por la noche  o que  tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
 Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”,  también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base,  creció entre  auras y vendavales,  temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz,  alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer  la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el  blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años)  una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos  con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha  pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a  ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas.  Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este  se hacía con harina sin refinar y con  pieles de las semillas  de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes  por su contenido en fibra.
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En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros,  a escondidas, porque el trigo  había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que  se le daba un beso cuando se caía al suelo.  Tirar el pan se consideraba  un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo  que no apurábamos lo dejábamos  en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más  pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía  detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis  galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante  para hacer camino.