Amor deshabitado

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Off, de Edmund Blair Leighton.
Bécquer mandaba al aire los suspiros,
las lágrimas al mar.
Ignoraba el destino del amor
cuando hay olvido.
¿Subsistirán los  sentimientos
deshabitados de personas?
¿A dónde  va  el dolor cuando abandona
el cuerpo del enfermo fallecido?
¿Y la ternura que provoca
la franca inocencia de los niños?
¿Vagan dispersos por el éter
a la espera de nuevos inquilinos?
Si os dejáis caer por estos lares
traed  amor
que aún no  he consumido
y quedaos con los pesares,
que de tales sinsabores
tengo el corazón servido.

 

Desidia.

“¡Que la vida se tome la pena de matarme,

ya que yo no me tomo la pena de vivir!…”
(Manuel Machado)

flojillo

Con  la abulia metida  en los  bolsillos

van del aburrimiento a los hastíos

arrastrando la inercia de sus días

según caliente el sol de temporada.

Del  frescor de la  umbría

al  amparo invernal  de las   solanas.

Bostezo interminable que no cierra

la boca siempre abierta a la  desgana.

Si les valiera,

en el   postrer momento elegirían

que en lugar de morirse los mataran.

 

 

Refugio

Una-mujer-camina-por-la-orilla-del-mar-al-atardecer
Navego  en ese mar de ondulaciones
que es tu cuerpo
para  encontrarte en el lado oculto del deseo.
Voy de  los sobresalientes  oteros
a las oscuras   simas,
cegado  el rumbo  por la deslumbrante luz
de los faros de tus ojos.
Acogedora  isla  donde, náufrago,
encuentro, en medio  de la tempestad, refugio,
exhausto de  gozo,  hasta  el estremecimiento.
 

Linde por medio

divorcio

¿Cuándo fue  imposible el regreso al punto

de partida  que hacía  más penosa

la vuelta que seguir hasta la orilla

opuesta  conociendo que la huida

cerraba  para siempre las cancelas?

¿Por qué no llegó el bote salvavidas

de una palabra a  tiempo, de algún gesto

que evitara  el naufragio presentido?

Como  desconocidos solitarios,

dentro de sus corazas reducidos,

viven  ajenos,   uno junto al otro,

cada cual por su lado a sus tareas,

ideando  quimeras que completen

la orfandad del vacío en compañía.

 

¡Qué gran noche!

Serpentines Rafol 4

No existe fiesta sin ruido 
ni verbena que  se precie
que no ensordezca tu oído
ni quebrante  tu cabeza.
Si  quieres que  tu garganta
no sufra muchos suplicios,
para hablar usa  los gestos
en medio de tal bullicio.
Un insolente niñato
tira sobre tus zapatos
un petardo que detona
cuando bebes en el  vaso,
y del susto  estremecido
derramas sobre tu pecho
la mitad del contenido.
Buscas un sitio aparente
para tomar otra copa
y  ver pasar a la gente.
A la quinta vez que alzas
el brazo  con aspavientos
te divisa el camarero:
“Enseguida les atiendo”.
Al cabo de las dos horas
acude con la comanda
y ¡maldición de los cielos!,
se le olvidaron las tapas.
En una mesa vecina
un niño brama a sus anchas
por un globo de colores
que emprendió su retirada
por las cornisas lejanas.
Y anhelas por un momento
ser el globo que se escapa
por los caminos del  cielo.

Envido y confieso.

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Antes que las marañas del olvido

eclipsen los recuerdos de mi vida

a  mi claro rival, bizarro,  envido

a la apuesta de la última  partida.

 

No albergo en las resultas  esperanza,

pues luchar  con  el tiempo es pujo vano

y  según la experiencia  que me alcanza

tengo el  duelo perdido de antemano.

 

Opongo al temporal mi rostro altivo

y  no  pienso  postrarme de rodillas

ni entregarme  sin lucha a ser  cautivo,

así engañes o pongas zancadillas.

 

De las batallas  en el alma  tengo

cicatrices de afrentas ya olvidadas

de las que no exigí  ningún devengo

ni guardo enemistades declaradas.

 

No busqué mal ajeno en mi provecho,

mas la daga traidora del amigo

en alguna ocasión dejó en mi pecho

desarmado la huella del castigo.

 

Disfruté de  mis ratos de alegría

y en  silencio sufrí las decepciones.

Un poso de sutil melancolía

aflora de secuela en  ocasiones.

 

Muchas veces detrás de la sonrisa

ocultaba una  sombra de  tristeza,

una espina intangible  e imprecisa

que a solas aumentaba  su   crudeza.

  

Mi norma es el derecho  natural

que de la condición humana  nace

y  defiendo el discurso  racional

para dar luz  donde el misterio yace.

 

No profeso doctrina ni creencia

que atice las calderas del averno

insultando mendaz la  inteligencia

con chantajes de fuego sempiterno.

 

Ni miedo os tengo ni  laurel espero.

Cumplid el mandato encomendado

de acabar conmigo el día postrero.

Lo vivido lo tengo  amortizado.

 

La  misión, con defectos, cómo no,

está más que  colmada, y al estribo

el pie, como Cervantes colocó,

feliz camino  en paz,  leo y  escribo.

 

Claridad

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No me empañes,  tristeza, la esperanza

en el  frágil cristal de mi existencia,

vaho que de imprecisa  inconsistencia

alevoso traiciona  y  dicha alcanza. 

 

No me  engañes con  pérfida  asechanza

que  me lleva  hacia el pozo de la  ausencia

donde empeño se vuelve indiferencia

y   el ánimo fatal  desesperanza.

 

Deja que la radiante luz del día

disipe turbiedad  en la hondonada

y desbroce caminos la alegría,

 

diáfana  claridad  inmaculada

que presente ante mí la lejanía

como fin de esperanza renovada.

Formas.

Foto Press Powerable

Como aguarda la tierra labrantía

la semilla fecunda en la otoñada,

el folio blanco espera

las hondas emociones

que nacen del corazón de los poetas.

Pero, ¿qué forma elijo?

Para mí la más ardua es  el soneto

por sus muchos  apremios  en la rima,

pues cuando crees  próxima la cima

no  sale bien  el  último terceto.

Por eso me merece un gran respeto

quien lo borda y esfuerzo no escatima

para  estar a la altura de la estima

que  consigue quien pone fin al reto.

Estando en esta cuita el pensamiento

aún no he decidido en qué estructura

encajaré  el fluir del sentimiento.

Aunque  la  empresa me parece dura

no me dominará   el abatimiento

y acabaré  feliz esta aventura.

También  pienso en la lira,

estrofa  con que el inca Garcilaso

quiso aplacar la ira

dejando  al viento  laso

y al  eximio fray Luis en el Parnaso.

O la   estrofa manriqueña,

llamada de pie quebrado,

tan sentida.

Con ella Manrique enseña

cómo todo se ha acabado

con la vida.

Sólo queda la esperanza

de otra morada en el cielo

al creyente

porque aquí tan sólo alcanza

hasta  que se acaba el vuelo

mortalmente.

Más formas hay para ajustar el verso

al dulce sentir, los celos, la ira,

la  pasión que arrastra

o la emoción que mueve.

Romances, silvas, décimas,

octavas,  quintillas y quintetos,

serventesios, estancias,  redondillas…

Más, líbrenme las musas

de hacer de  buñolero

partiendo a discreción los versos

cual parten ellos los buñuelos.