Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

Madrugadas

Pinturas realistas de paisajes urbanos. Arte impresionista. Baquetón 001
Las madrugadas están cargadas de proyectos y propósitos de enmienda. De poner en orden las ilusiones y sanar las frustraciones que producen los fracasos. Momentos para encomendar al ‘mañana será otro día’ la esperanza del cambio de fortuna.
Hay quienes buscan recogimiento para estudiar porque en ellas encuentran la concentración que los ruidos y el ajetreo del resto del día dispersan. Otros porque su trabajo así lo exige.  Los panaderos hornean la masa de harina con agua, sal y levadura para que cuando llegue la mañana y el pueblo se desperece el aire huela a pan nuevo, como cantaban Lole y Manuel.  Los periodistas para poner sobre la mesa del desayuno las noticias que produjo la noche. Un desquiciado con rifle que se lleva por delante a todo el que se cruza en su camino, el tsunami que arrasa una ciudad costera o un cantante que abandona definitivamente Venecia alejándose en una góndola por el canal que ayer cobijaba su amor. El incesante fluir de la vida y de la muerte relejado en imágenes y palabras.
Hay madrugadas de fiestas y verbenas, que son burbujas de luz y ruido en la bolsa redonda de la noche, un cáncer que le sale al sosiego, que solo se cura cuando llegas a tu casa y cierras la puerta que quedó emparejada con una silla detrás.
Las de los hospitales son las que más largas se hacen y las que más ganas tenemos que pasen. La muerte y la esperanza pasean por sus pasillos agarradas de la mano, silenciosas, repartiendo suerte dispar entre las habitaciones. Solo los que velan el dolor ajeno o sufren el propio saben que las manillas de los relojes se mueven lentamente en el magma de la angustia. Usted, caro lector, posiblemente haya pasado por estas vivencias como paciente o familiar y sabe de lo que escribo. Cuando el alba se asoma a los cristales de las ventanas con su aspecto gris primero y dorado después se abre la válvula de escape de la inquietud. La luz trae compañía.
Hay madrugadas con camas de cartones en el suelo y periódicos y estrellas como abrigo. Aquí la luz alumbra las miserias que el sueño distrae.
¡Qué lejos están aquellas de centinelas en garitas con santo y seña, cuando el servicio militar era obligatorio! Allí aprendí que   las imaginarias no pertenecían al mundo de la fantasía, sino al de la vigilancia en los dormitorios en turnos de dos horas cuando los demás roncaban, y nunca mejor dicho, como quintos. El castigo a hacer la tercera, de dos a cuatro, era recurrente y temido porque partía la noche por el centro.
Las madrugadas que más añoro son las que pasaba de niño en las eras del ejido por la curiosidad de ver las estrellas fugaces e imaginar constelaciones nuevas ¿Nos enviaban mensajes con sus guiños cuando solo las ranas del arroyo y los grillos rayaban el silencio?
Cuando la mayoría duerme quedan oquedades que ocupan los que velan y entonces estos se sientan al mando del timón del barco que navega a velocidad de crucero por el océano del tiempo. Es el momento de hablar con uno mismo por si alguien más escucha las preguntas que nos hacemos y de las que nadie nos ha dado respuestas.

No todo el monte es orégano.

La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa.  Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más. 
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla.  Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros…  lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.  

Franco.

Desde que mi madre guardaba los jerséis por el mes de mayo hasta que los sacaba con los primeros frescos del otoño, qué largo se nos hacía el tiempo. La misma sensación teníamos cuando de feria en feria abríamos la hucha.  El verano se dilataba con sus siestas y sus noches estrelladas. También sucedía con los inviernos, unas veces con luz y otras a oscuras. Cada estación del año se estiraba llenándonos de vivencias nuevas.
Nuestro reloj interno marca las horas con las manecillas de las emociones y lleva distinto compás que los externos.
¡Cómo se han acelerado ahora, cuando ya somos adultos!  El tiempo se nos escapa entre las manos. Apenas pasan los villancicos y ya estamos con las murgas.  Parece que todo fue hace menos años que los que pasaron.  La percepción subjetiva de su transcurrir es un tema de psicólogos y neurólogos quizás.  Vuela cuando lo estamos pasando bien y encalla en situaciones angustiosas. 
Cuando yo era niño las personas mayores nos decían: ¡Eso, pasó hace más de veinte años!  Nosotros entonces reaccionábamos ante aquel abismo agitando las manos y resoplando. Una lejanía que no alcanzábamos a calibrar.  Ahora en la edad adulta, ya lo dice el tango, veinte años no son nada, los tenemos ahí al alcance de la evocación.
Franco murió hace ya casi cuarenta y tres años, más tiempo del que estuvo en el poder. Qué prolongado se nos hizo y cómo han pasado de rápidos los posteriores.
En un bar de mi pueblo la gente charlaba y compartía botella todas las noches.  En una de las mesas camilla se sentaban dos buenos amigos ya mayores, de los que habían conocido la guerra. Cuando la televisión interrumpía su programación con la musiquilla que se hizo célebre para dar a conocer el parte del equipo médico habitual todos callaban y miraban al televisor. Estos dos entrañables personales, con la televisión a sus espaldas y la botella de vino por delante balanceaban la cabeza hacia los lados al escuchar las novedades: ‘Veremos a ver cómo quedamos’.
El ministro de información y turismo León Herrera comunicó su fallecimiento poco antes de venir el día a través de la radio: ‘Con profundo sentimiento doy lectura al comunicado siguiente…’ A las diez se dirige al país Arias Navarro entre sollozos. Nos dieron una semana de vacaciones en la escuela.
Todos los que tienen menos de cuarenta y tres años no habían nacido y a los que tenían menos de diez solo les quedan vagos recuerdos. Más de la mitad de la población actual.
Con su muerte se abría una etapa de incertidumbre y esperanza no exenta de tribulaciones. Mi generación cantó ‘Libertad sin ira’ y ‘Habla pueblo, habla’. Se generó una ilusión colectiva y comenzó el periplo hacia la normalidad democrática, pero el barco zozobraba por la intolerancia de sectores intransigentes.
Después de tanto tiempo la etapa de la dictadura y la figura de Franco no están del todo digeridas. Hay quienes la justifican y ensalzan y quienes la vilipendian. Quien se manifiesta a favor o en contra recibe furibundas réplicas de la diestra o la siniestra.  ¿Llegaremos en este país a sacar del rojo y el azul un violeta de flores que aleje para siempre la sombra de Caín de esta hermosa tierra?

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

¡Qué bien lo pasamos!

Cada cual cuenta la feria según le va, pero hay veces que, por no quedar como un pardillo, burlado por bisoño, se le echa un poco de azúcar a la verdad para evitar burlas y chanzas. Las vacaciones suelen ser placenteras, mas puede suceder que no tanto como contamos. Ustedes, amables lectores, tendrán las más variadas experiencias en este sentido.
Los protagonistas de esta historia son dos matrimonios con un par de hijos cada uno de entre cuatro y nueve años que deciden compartir apartamento en una zona de costa durante quince jornadas.
Las idas y venidas a la playa se convierten en estaciones de viacrucis para ganar indulgencias.
No son más de ochocientos metros, pero, sobre todo al regreso, se hacen interminables. Como sherpas van, cargados con las sombrillas, tumbonas, bolsas, esterillas y con los niños más pequeños pues lloran y se niegan a andar.
Un solo aseo en el apartamento obliga a guardar turno. Hay quien se las arregla y es siempre el primero para ducharse y quitarse la arena. Los otros callan de momento y lo soportan en silencio.
Los niños no quieren siesta y se dedican a pelear y a dar chillidos. Más de una queja de los vecinos por los escándalos.
Al atardecer se arreglan para dar un paseo y tomar algo en las terrazas. Como son muchos no salen hasta las once de la noche. El primer día los sablean. Al ver la cuenta se miran asombrados y piden al camarero que les detalle las consumiciones.  A este ritmo acaban pronto el presupuesto. A partir de mañana, a cenar antes de salir.
Hay que ir a la plaza de abastos. Se ofrecen los maridos. Las mujeres se quedan con los niños ordenando el aposento.
Los comisionados llegan pasadas las doce con cuatro bolsas repletas cada uno y algunas cervezas en el cuerpo. Justifican su tardanza por problemas de aparcamiento. Las mujeres no se lo creen.
-Ya os han engañado-, grita una de ellas, cuando abren las bolsas. -Una lechuga lacia y los calamares no son frescos.
-Mañana vais vosotras, le replica su marido.
En la playa es raro el día que cuando están adormecidos tomando el sol, untados con cremas protectoras, no pasa alguien como si fuera un perro salido de un charco y los espabila sobresaltándolos. En otras ocasiones son unos mozalbetes que juegan al balón y los llenan de arena.  
Otro día caen en la cuenta de que falta uno de los niños pequeños y empiezan a ponerse nerviosos. Buscan el puesto de la Cruz Roja.  Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. Estaba cinco metros delante de ellos haciendo agujeros en la arena y llenándolos de agua con la cubita, pero con los nervios no se dan cuenta.
Quince días. Una ansiada cuenta atrás para el regreso. Bien dice el refrán que en la casa de cada uno hasta el culo descansa.   El año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste, después del dineral que se han gastado, a ver quién les dice a los vecinos que no han disfrutado como los indios.
¿Les parece un poco exagerado? Quizás lo sea.  Pero aún faltan los mosquitos, que construían mapas de relieve en sus cuerpos cada noche.

Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Demostraciones sindicales

A mi pueblo le correspondió ir en el año 1973 a una de las demostraciones sindicales que se celebraban cada año en Madrid el primero de mayo en el estadio Santiago Bernabéu. Estos actos los preparaba la Organización Sindical a través de Educación y Descanso. Como últimos ramales organizativos estaban las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, que se encargaban de confeccionar la lista de los asistentes y contratar los medios de transporte.
La noche del treinta de abril, con gran animación entre los que los que iban, los familiares que se acercaron a despedirlos y curiosos en general, partió de la plaza el autobús lleno de gente para pasar el día siguiente en la capital de España y asistir por la noche al evento. El costo del viaje fue abonado por los organismos organizadores.
En estas manifestaciones grupos de trabajadores de las distintas ramas realizaban ejercicios gimnásticos y folklóricos y de paso homenajeaban al caudillo o viceversa.
La celebración de ese año quedó empañada y marcada como referencia en la memoria de todos los que asistieron debido al atentado en una calle cercana al estadio de Chamartín que costó la vida al funcionario del Cuerpo Nacional de Policía Juan Antonio Fernández Gutiérrez.
En España durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera no hubo celebraciones sindicales los primeros de mayo.  El régimen del Movimiento Nacional con el general Franco a la cabeza las prohibió ya que las consideraban origen y causa de movimientos subversivos por sus nexos marxistas y republicanos, pero estableció el dieciocho de julio, fecha del alzamiento, como fiesta de exaltación del trabajo con agrupación de patronos y obreros en los denominados sindicatos verticales a los que debían estar afiliados por ley obreros y empresarios con la denominación común de productores.
Pío XII en 1955 cristianizó esta festividad poniéndole orla y peana bajo el patronazgo de san José Artesano. Así que Franco, contando ya con esta advocación y bendición apostólica la incorporó al año siguiente al calendario, pero atando corto y no permitiendo otras manifestaciones que las oficiales. Los sindicatos de clase estaban prohibidos y sus actividades clandestinas perseguidas.  Se celebraron misas ese año por todo el país en honor del que por decisión papal pasó a ser patrón de los obreros.
De los primeros de mayo recuerdo lo entretenida que estaba la televisión, que era única. Para quienes les gustaban los toros allí estaban los diestros más punteros toreando; los que disfrutaban con el fútbol podían contemplar las mejores jugadas y los goles más antológicos de todos los tiempos y si era el cine su afición, las películas de más cartel. Todo ello con la intención de tener a la gente entretenida en sus hogares o bares. Ya decía Pascal que todas las desgracias del hombre derivaban de no saber estar en casa.
Un paisano mío tenía por costumbre en algunas de sus cogorzas exclamar a voz en grito: “¡Viva la revolución!” Callaba durante un tiempo ante la sorpresa de quienes no lo conocían y regocijo de quienes lo trataban.  En una ocasión estaba la guardia civil presente y hubo de reducir el tiempo de suspense al ver que esta se acercaba para interesarse por la intención de tal proclama.  “¡Nacional sindicalista!”, prosiguió de inmediato.
¡Ah, vale, vale!

Los pies

Cuando veía a los labradores echar el cuerpo sobre la mancera del arado romano para que la reja profundizase el surco, me llamaba la atención la fuerza con la que afianzaban los pies a la besana. 
Son los parientes pobres de nuestra anatomía, moradores de los barrios bajos, desgarbados sarmientos que ahormados al calzado nos conducen por el suelo. Solo en playas y piscinas los sacamos de paseo a la luz del día.
“¡Niño, baja los pies de la mesa, que ese no es su sitio!”, nos han dicho muchas veces.  Esa pose solo se ve en las películas, en algún presidente al que se le quedaba chico el mundo y al ridículo emulador,  que mostraba más complejos disfrazados de soberbia que  estima por tan humildes servidores.
Nos llevan a todos sitios y nos sacan de los atolladeros. Recurrimos a sus prestaciones en las dificultades, cuando huimos precipitadamente de algún apuro y los ponemos en polvorosa. 
Nos sirven de palanca para saltar, nos empericamos sobre ellos para alcanzar las golosinas de la alacena o dar un beso al abuelo.
En las peroratas insoportables, cuando no nos enteramos de casi nada de lo que nos están diciendo y deseamos que acabe cuanto antes el tostón, cargan con la frialdad para que la cabeza se lleve la parte caliente.
Sostienen la dignidad de las personas que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.
Como fieles y obedientes canes aguardan a que abandonemos ya de madrugada el bar donde en días de parranda llevan muchas horas aguantando silenciosamente hasta que el dueño barre el local y les pide que se aparten a un lado.
Cargan con los malos olores sin tener culpa de ello por la desidia y falta de higiene de sus dueños. Tres días con los mismos calcetines y las mismas zapatillas de deportes en verano es demasiado tiempo para no emitir vapores. Sin embargo, ellos, agradecidos y alegres, solo necesitan un poco de música para conducir nuestros cuerpos por las plazas con verbenas.
Las mujeres los martirizan, elevándoles el culo y humillándole el hocico. Después del trote y de la fiesta los dejan andando desnudos por el acerado mientras en sus manos llevan los zapatos que han sido los causantes de sus penas. De su importancia nos damos cuenta cuando enferman. Entonces los hacemos reposar en alto o les damos baños, no de almíbar, sino de agua con sal para calmar hinchazones.
Solo de niños los colmábamos de caricias y de besos cuando nos los llevábamos a la boca para morder el dedo gordo.
Son tan agradecidos que haciéndoles cosquillas se tronchan de risa.
En la hora suprema, cuando nos encaminemos al sitio sin retorno, serán ellos los valientes escuderos, los primeros en afrontar el destino, los que abrirán paso señalando al cielo. Las plantas, que son su pecho, marcarán el camino dignamente al resto del cuerpo.
Solo aquel examinando que nada más que se sabía los huesos del pie ponderó sus méritos. Al ser preguntado por los huesos de la cabeza, respondió:
“Si importantes son los huesos de la cabeza más importantes aún son los de los pies que sirven para sostenerla. Los huesos de los pies son: …” Y nombrándolos uno a uno los cubrió de gloria.