Franco.

Desde que mi madre guardaba los jerséis por el mes de mayo hasta que los sacaba con los primeros frescos del otoño, qué largo se nos hacía el tiempo. La misma sensación teníamos cuando de feria en feria abríamos la hucha.  El verano se dilataba con sus siestas y sus noches estrelladas. También sucedía con los inviernos, unas veces con luz y otras a oscuras. Cada estación del año se estiraba llenándonos de vivencias nuevas.
Nuestro reloj interno marca las horas con las manecillas de las emociones y lleva distinto compás que los externos.
¡Cómo se han acelerado ahora, cuando ya somos adultos!  El tiempo se nos escapa entre las manos. Apenas pasan los villancicos y ya estamos con las murgas.  Parece que todo fue hace menos años que los que pasaron.  La percepción subjetiva de su transcurrir es un tema de psicólogos y neurólogos quizás.  Vuela cuando lo estamos pasando bien y encalla en situaciones angustiosas. 
Cuando yo era niño las personas mayores nos decían: ¡Eso, pasó hace más de veinte años!  Nosotros entonces reaccionábamos ante aquel abismo agitando las manos y resoplando. Una lejanía que no alcanzábamos a calibrar.  Ahora en la edad adulta, ya lo dice el tango, veinte años no son nada, los tenemos ahí al alcance de la evocación.
Franco murió hace ya casi cuarenta y tres años, más tiempo del que estuvo en el poder. Qué prolongado se nos hizo y cómo han pasado de rápidos los posteriores.
En un bar de mi pueblo la gente charlaba y compartía botella todas las noches.  En una de las mesas camilla se sentaban dos buenos amigos ya mayores, de los que habían conocido la guerra. Cuando la televisión interrumpía su programación con la musiquilla que se hizo célebre para dar a conocer el parte del equipo médico habitual todos callaban y miraban al televisor. Estos dos entrañables personales, con la televisión a sus espaldas y la botella de vino por delante balanceaban la cabeza hacia los lados al escuchar las novedades: ‘Veremos a ver cómo quedamos’.
El ministro de información y turismo León Herrera comunicó su fallecimiento poco antes de venir el día a través de la radio: ‘Con profundo sentimiento doy lectura al comunicado siguiente…’ A las diez se dirige al país Arias Navarro entre sollozos. Nos dieron una semana de vacaciones en la escuela.
Todos los que tienen menos de cuarenta y tres años no habían nacido y a los que tenían menos de diez solo les quedan vagos recuerdos. Más de la mitad de la población actual.
Con su muerte se abría una etapa de incertidumbre y esperanza no exenta de tribulaciones. Mi generación cantó ‘Libertad sin ira’ y ‘Habla pueblo, habla’. Se generó una ilusión colectiva y comenzó el periplo hacia la normalidad democrática, pero el barco zozobraba por la intolerancia de sectores intransigentes.
Después de tanto tiempo la etapa de la dictadura y la figura de Franco no están del todo digeridas. Hay quienes la justifican y ensalzan y quienes la vilipendian. Quien se manifiesta a favor o en contra recibe furibundas réplicas de la diestra o la siniestra.  ¿Llegaremos en este país a sacar del rojo y el azul un violeta de flores que aleje para siempre la sombra de Caín de esta hermosa tierra?

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

¡Qué bien lo pasamos!

Cada cual cuenta la feria según le va, pero hay veces que, por no quedar como un pardillo, burlado por bisoño, se le echa un poco de azúcar a la verdad para evitar burlas y chanzas. Las vacaciones suelen ser placenteras, mas puede suceder que no tanto como contamos. Ustedes, amables lectores, tendrán las más variadas experiencias en este sentido.
Los protagonistas de esta historia son dos matrimonios con un par de hijos cada uno de entre cuatro y nueve años que deciden compartir apartamento en una zona de costa durante quince jornadas.
Las idas y venidas a la playa se convierten en estaciones de viacrucis para ganar indulgencias.
No son más de ochocientos metros, pero, sobre todo al regreso, se hacen interminables. Como sherpas van, cargados con las sombrillas, tumbonas, bolsas, esterillas y con los niños más pequeños pues lloran y se niegan a andar.
Un solo aseo en el apartamento obliga a guardar turno. Hay quien se las arregla y es siempre el primero para ducharse y quitarse la arena. Los otros callan de momento y lo soportan en silencio.
Los niños no quieren siesta y se dedican a pelear y a dar chillidos. Más de una queja de los vecinos por los escándalos.
Al atardecer se arreglan para dar un paseo y tomar algo en las terrazas. Como son muchos no salen hasta las once de la noche. El primer día los sablean. Al ver la cuenta se miran asombrados y piden al camarero que les detalle las consumiciones.  A este ritmo acaban pronto el presupuesto. A partir de mañana, a cenar antes de salir.
Hay que ir a la plaza de abastos. Se ofrecen los maridos. Las mujeres se quedan con los niños ordenando el aposento.
Los comisionados llegan pasadas las doce con cuatro bolsas repletas cada uno y algunas cervezas en el cuerpo. Justifican su tardanza por problemas de aparcamiento. Las mujeres no se lo creen.
-Ya os han engañado-, grita una de ellas, cuando abren las bolsas. -Una lechuga lacia y los calamares no son frescos.
-Mañana vais vosotras, le replica su marido.
En la playa es raro el día que cuando están adormecidos tomando el sol, untados con cremas protectoras, no pasa alguien como si fuera un perro salido de un charco y los espabila sobresaltándolos. En otras ocasiones son unos mozalbetes que juegan al balón y los llenan de arena.  
Otro día caen en la cuenta de que falta uno de los niños pequeños y empiezan a ponerse nerviosos. Buscan el puesto de la Cruz Roja.  Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. Estaba cinco metros delante de ellos haciendo agujeros en la arena y llenándolos de agua con la cubita, pero con los nervios no se dan cuenta.
Quince días. Una ansiada cuenta atrás para el regreso. Bien dice el refrán que en la casa de cada uno hasta el culo descansa.   El año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste, después del dineral que se han gastado, a ver quién les dice a los vecinos que no han disfrutado como los indios.
¿Les parece un poco exagerado? Quizás lo sea.  Pero aún faltan los mosquitos, que construían mapas de relieve en sus cuerpos cada noche.

Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Demostraciones sindicales

A mi pueblo le correspondió ir en el año 1973 a una de las demostraciones sindicales que se celebraban cada año en Madrid el primero de mayo en el estadio Santiago Bernabéu. Estos actos los preparaba la Organización Sindical a través de Educación y Descanso. Como últimos ramales organizativos estaban las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, que se encargaban de confeccionar la lista de los asistentes y contratar los medios de transporte.
La noche del treinta de abril, con gran animación entre los que los que iban, los familiares que se acercaron a despedirlos y curiosos en general, partió de la plaza el autobús lleno de gente para pasar el día siguiente en la capital de España y asistir por la noche al evento. El costo del viaje fue abonado por los organismos organizadores.
En estas manifestaciones grupos de trabajadores de las distintas ramas realizaban ejercicios gimnásticos y folklóricos y de paso homenajeaban al caudillo o viceversa.
La celebración de ese año quedó empañada y marcada como referencia en la memoria de todos los que asistieron debido al atentado en una calle cercana al estadio de Chamartín que costó la vida al funcionario del Cuerpo Nacional de Policía Juan Antonio Fernández Gutiérrez.
En España durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera no hubo celebraciones sindicales los primeros de mayo.  El régimen del Movimiento Nacional con el general Franco a la cabeza las prohibió ya que las consideraban origen y causa de movimientos subversivos por sus nexos marxistas y republicanos, pero estableció el dieciocho de julio, fecha del alzamiento, como fiesta de exaltación del trabajo con agrupación de patronos y obreros en los denominados sindicatos verticales a los que debían estar afiliados por ley obreros y empresarios con la denominación común de productores.
Pío XII en 1955 cristianizó esta festividad poniéndole orla y peana bajo el patronazgo de san José Artesano. Así que Franco, contando ya con esta advocación y bendición apostólica la incorporó al año siguiente al calendario, pero atando corto y no permitiendo otras manifestaciones que las oficiales. Los sindicatos de clase estaban prohibidos y sus actividades clandestinas perseguidas.  Se celebraron misas ese año por todo el país en honor del que por decisión papal pasó a ser patrón de los obreros.
De los primeros de mayo recuerdo lo entretenida que estaba la televisión, que era única. Para quienes les gustaban los toros allí estaban los diestros más punteros toreando; los que disfrutaban con el fútbol podían contemplar las mejores jugadas y los goles más antológicos de todos los tiempos y si era el cine su afición, las películas de más cartel. Todo ello con la intención de tener a la gente entretenida en sus hogares o bares. Ya decía Pascal que todas las desgracias del hombre derivaban de no saber estar en casa.
Un paisano mío tenía por costumbre en algunas de sus cogorzas exclamar a voz en grito: “¡Viva la revolución!” Callaba durante un tiempo ante la sorpresa de quienes no lo conocían y regocijo de quienes lo trataban.  En una ocasión estaba la guardia civil presente y hubo de reducir el tiempo de suspense al ver que esta se acercaba para interesarse por la intención de tal proclama.  “¡Nacional sindicalista!”, prosiguió de inmediato.
¡Ah, vale, vale!

Los pies

Cuando veía a los labradores echar el cuerpo sobre la mancera del arado romano para que la reja profundizase el surco, me llamaba la atención la fuerza con la que afianzaban los pies a la besana. 
Son los parientes pobres de nuestra anatomía, moradores de los barrios bajos, desgarbados sarmientos que ahormados al calzado nos conducen por el suelo. Solo en playas y piscinas los sacamos de paseo a la luz del día.
“¡Niño, baja los pies de la mesa, que ese no es su sitio!”, nos han dicho muchas veces.  Esa pose solo se ve en las películas, en algún presidente al que se le quedaba chico el mundo y al ridículo emulador,  que mostraba más complejos disfrazados de soberbia que  estima por tan humildes servidores.
Nos llevan a todos sitios y nos sacan de los atolladeros. Recurrimos a sus prestaciones en las dificultades, cuando huimos precipitadamente de algún apuro y los ponemos en polvorosa. 
Nos sirven de palanca para saltar, nos empericamos sobre ellos para alcanzar las golosinas de la alacena o dar un beso al abuelo.
En las peroratas insoportables, cuando no nos enteramos de casi nada de lo que nos están diciendo y deseamos que acabe cuanto antes el tostón, cargan con la frialdad para que la cabeza se lleve la parte caliente.
Sostienen la dignidad de las personas que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.
Como fieles y obedientes canes aguardan a que abandonemos ya de madrugada el bar donde en días de parranda llevan muchas horas aguantando silenciosamente hasta que el dueño barre el local y les pide que se aparten a un lado.
Cargan con los malos olores sin tener culpa de ello por la desidia y falta de higiene de sus dueños. Tres días con los mismos calcetines y las mismas zapatillas de deportes en verano es demasiado tiempo para no emitir vapores. Sin embargo, ellos, agradecidos y alegres, solo necesitan un poco de música para conducir nuestros cuerpos por las plazas con verbenas.
Las mujeres los martirizan, elevándoles el culo y humillándole el hocico. Después del trote y de la fiesta los dejan andando desnudos por el acerado mientras en sus manos llevan los zapatos que han sido los causantes de sus penas. De su importancia nos damos cuenta cuando enferman. Entonces los hacemos reposar en alto o les damos baños, no de almíbar, sino de agua con sal para calmar hinchazones.
Solo de niños los colmábamos de caricias y de besos cuando nos los llevábamos a la boca para morder el dedo gordo.
Son tan agradecidos que haciéndoles cosquillas se tronchan de risa.
En la hora suprema, cuando nos encaminemos al sitio sin retorno, serán ellos los valientes escuderos, los primeros en afrontar el destino, los que abrirán paso señalando al cielo. Las plantas, que son su pecho, marcarán el camino dignamente al resto del cuerpo.
Solo aquel examinando que nada más que se sabía los huesos del pie ponderó sus méritos. Al ser preguntado por los huesos de la cabeza, respondió:
“Si importantes son los huesos de la cabeza más importantes aún son los de los pies que sirven para sostenerla. Los huesos de los pies son: …” Y nombrándolos uno a uno los cubrió de gloria.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

Corrales

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No todos los temas se prestan a la lírica. La vida tiene servidumbres menos poéticas y no está bien dejarlas caer en el olvido.
En la mayoría de nuestros pueblos faltaban servicios básicos como las redes de saneamiento y distribución de agua potable. Los albañales pasaban de casa en casa siguiendo la pendiente natural del terreno, muchos de ellos sin estar cubiertos. No eran infrecuentes las disputas entre vecinos por este tema, bien por atascos o por malos olores.
Pocas casas disponían de cuartos de baño. Un palanganero con palangana, jarra de agua, jabón verde, toalla y cuba para el desagüe era el mobiliario más habitual.
A los niños nos lavaban en invierno al lado del brasero con las enagüillas levantadas y en verano al caer la tarde en el corral. Más a fondo nos escamondaban los sábados, con cambio de ropa interior.  ¡Qué rabia cuando nos frotaban la boca para quitarnos los churretes o nos refregaban con estropajo las rodillas para descargarlas de la negrura de la tierra y de los suelos!
La mayoría de las casas del medio rural disponían de corrales, los corrales de macetas con geranios y un lugar reservado para cuadras donde estaban los jumentos y bestias para las labores campesinas y acarreo de agua. Una parte del corral se utilizaba para hacer las inexcusables necesidades, rodeados de gallinas y vara en ristre para espantar al gallo que defendía su territorio saltando a veces sobre los invasores. Todos los años había que hacer lo que llamaban echar la ‘estercolera’ que no era otra cosa que sacar el estiércol que se acumulaba y llevárselo en carros para abonar con él las tierras de labor.
Las madrugadas eran frías para salir al corral, así que debajo de la cama, la escupidera para emergencias nocturnas.
Las gallinas abastecían a las familias de huevos y los gallos de carne. Cuando aquellas salían cluecas se echaban en el nidal y a los veintiún días teníamos los pollitos correteando por el corral detrás de la madre. Las noches más desapacibles los poníamos en una caja al lado del brasero para que no murieran.
Otro elemento de los corrales eran los pozos que cada mucho tiempo había que limpiar porque caían cosas dentro, sobre todo los que recogían aguas de canales que iban acumulando cieno. Se aprovechaba el final del verano para esta tarea por tener menos cantidad de agua.
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Atado con sogas bajaban al pocero ayudándose de la garrucha. Abajo se desataba y comenzaba su trabajo de limpieza. Llenaba cubos o espuertas y con el mismo sistema los elevaban hasta el brocal. Un trabajo este que nadie quería, pero que la necesidad obligaba. Me imaginaba allá abajo y sentía miedo viendo solo un trozo de azul allá arriba y lo demás todo negro.
Hasta principios de los años sesenta no se hicieron las obras de infraestructura necesarias para que el agua corriente llegara a todas las casas y las de desecho se incorporaran a la red de saneamiento. Conquista social básica e indispensable para vivir dignamente.
Cuando veo algunos reportajes de países subdesarrollados pienso que también nosotros tuvimos un tiempo en que carecimos de esos servicios tan elementales.  Y no, cualquier tiempo pasado no fue mejor, por mucha añoranza que se tenga.

Viernes Santo

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Ahora que no creo que mi cuerpo cuando muera sufra una combustión interminable entre llantos y crujir de dientes y que ya no tengo miedo a los demonios con tridente y rabo, cualquier día de estos que esté la iglesia abierta y sola entro para sentir la inmensidad del aislamiento entre sus anchos muros y la altura de sus techos. ¡Cómo envuelve a la soledad el silencio de las iglesias vacías! 
Quiero volver por ver si encuentro detrás de algún retablo la inocencia que tuve de niño. Tal vez mi crédula ingenuidad se esconde entre un ramo de lilas o azucenas de las que por Semana Santa ornan de color y aromas los altares. O quizás flote errática y extraviada buscando a su dueño en el haz de luz y polvo que desde las vidrieras llenan el suelo de colores. ¡Quién sabe si huyó ensimismada tras los ecos de sermones encendidos de aquellos predicadores que turbaron mi sueño infantil con atónitos desvelos! ¿Se elevaría hasta las nubes montada en un potro de incienso? ¡Qué fácil es creer cuando solo hay fantasías!  Siempre que entraba de niño a la iglesia dirigía mi vista al sagrario convencido de que allí estaba otro niño que me miraba y lo sabía todo de mí.
En el viejo mecano algunas piezas ya no encajan. El lógico discurrir del pensamiento produjo salientes y entrantes que hacen difícil el ajuste. Evanescentes halos de cuentos infantiles quedan de la inocencia en el recuerdo. No obstante, ¡qué respeto y admiración siento por quienes conservan sinceramente intactas las creencias que recibieron de sus antepasados!
¿Quién no duda de todo alguna vez y se hace preguntas que no tienen respuestas?
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Aun así, siempre hay una puerta abierta al infinito.  “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”, escribió Antonio Machado. De aquellos ilusionados años infantiles queda la liturgia, las ceremonias en días de grandes solemnidades, los cánticos gregorianos de la ‘schola cantorum’, las adoraciones nocturnas y su bello himno: ‘Cantemos al amor de los amores”. Oficios de primavera con altares llenos de flores, ecos lejanos de campanas que llegaban hasta el campo y, desmayadas, caían como alondras en los surcos del barbecho, dobles de muertos, repiques de gloria… Las exploraciones de monaguillo por todas las dependencias, desde la sacristía a los misteriosos cuartos de la torre: el de Santiago y el de los moros.
Hoy es Viernes Santo. Me vienen a la memoria la acción del cura al postrase en los oficios de la tarde, la procesión de la soledad: hileras de fieles en silencio con vacilantes llamas en los pábilos de las velas caminando tras la cruz en la que Cristo murió crucificado. Blanco lienzo al viento colgando donde estuvieron sus brazos. Con siete puñales clavados en un corazón dorado iba la madre llorosa con la corona de espinas en las manos. Y la luna llena.  Desde un rincón en penumbra desgarraba la noche la saeta tal como se rasgó en el templo el velo la tarde en que expiró Jesús. Y, estremecido, el aire se transformaba con emoción de vello electrizado en la piel de los presentes. Yo miraba al cielo por si estuviera Dios apoyado en las barandas de plata de la luna llena viendo pasar el cortejo.