Demostraciones sindicales

A mi pueblo le correspondió ir en el año 1973 a una de las demostraciones sindicales que se celebraban cada año en Madrid el primero de mayo en el estadio Santiago Bernabéu. Estos actos los preparaba la Organización Sindical a través de Educación y Descanso. Como últimos ramales organizativos estaban las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, que se encargaban de confeccionar la lista de los asistentes y contratar los medios de transporte.
La noche del treinta de abril, con gran animación entre los que los que iban, los familiares que se acercaron a despedirlos y curiosos en general, partió de la plaza el autobús lleno de gente para pasar el día siguiente en la capital de España y asistir por la noche al evento. El costo del viaje fue abonado por los organismos organizadores.
En estas manifestaciones grupos de trabajadores de las distintas ramas realizaban ejercicios gimnásticos y folklóricos y de paso homenajeaban al caudillo o viceversa.
La celebración de ese año quedó empañada y marcada como referencia en la memoria de todos los que asistieron debido al atentado en una calle cercana al estadio de Chamartín que costó la vida al funcionario del Cuerpo Nacional de Policía Juan Antonio Fernández Gutiérrez.
En España durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera no hubo celebraciones sindicales los primeros de mayo.  El régimen del Movimiento Nacional con el general Franco a la cabeza las prohibió ya que las consideraban origen y causa de movimientos subversivos por sus nexos marxistas y republicanos, pero estableció el dieciocho de julio, fecha del alzamiento, como fiesta de exaltación del trabajo con agrupación de patronos y obreros en los denominados sindicatos verticales a los que debían estar afiliados por ley obreros y empresarios con la denominación común de productores.
Pío XII en 1955 cristianizó esta festividad poniéndole orla y peana bajo el patronazgo de san José Artesano. Así que Franco, contando ya con esta advocación y bendición apostólica la incorporó al año siguiente al calendario, pero atando corto y no permitiendo otras manifestaciones que las oficiales. Los sindicatos de clase estaban prohibidos y sus actividades clandestinas perseguidas.  Se celebraron misas ese año por todo el país en honor del que por decisión papal pasó a ser patrón de los obreros.
De los primeros de mayo recuerdo lo entretenida que estaba la televisión, que era única. Para quienes les gustaban los toros allí estaban los diestros más punteros toreando; los que disfrutaban con el fútbol podían contemplar las mejores jugadas y los goles más antológicos de todos los tiempos y si era el cine su afición, las películas de más cartel. Todo ello con la intención de tener a la gente entretenida en sus hogares o bares. Ya decía Pascal que todas las desgracias del hombre derivaban de no saber estar en casa.
Un paisano mío tenía por costumbre en algunas de sus cogorzas exclamar a voz en grito: “¡Viva la revolución!” Callaba durante un tiempo ante la sorpresa de quienes no lo conocían y regocijo de quienes lo trataban.  En una ocasión estaba la guardia civil presente y hubo de reducir el tiempo de suspense al ver que esta se acercaba para interesarse por la intención de tal proclama.  “¡Nacional sindicalista!”, prosiguió de inmediato.
¡Ah, vale, vale!

Los pies

Cuando veía a los labradores echar el cuerpo sobre la mancera del arado romano para que la reja profundizase el surco, me llamaba la atención la fuerza con la que afianzaban los pies a la besana. 
Son los parientes pobres de nuestra anatomía, moradores de los barrios bajos, desgarbados sarmientos que ahormados al calzado nos conducen por el suelo. Solo en playas y piscinas los sacamos de paseo a la luz del día.
“¡Niño, baja los pies de la mesa, que ese no es su sitio!”, nos han dicho muchas veces.  Esa pose solo se ve en las películas, en algún presidente al que se le quedaba chico el mundo y al ridículo emulador,  que mostraba más complejos disfrazados de soberbia que  estima por tan humildes servidores.
Nos llevan a todos sitios y nos sacan de los atolladeros. Recurrimos a sus prestaciones en las dificultades, cuando huimos precipitadamente de algún apuro y los ponemos en polvorosa. 
Nos sirven de palanca para saltar, nos empericamos sobre ellos para alcanzar las golosinas de la alacena o dar un beso al abuelo.
En las peroratas insoportables, cuando no nos enteramos de casi nada de lo que nos están diciendo y deseamos que acabe cuanto antes el tostón, cargan con la frialdad para que la cabeza se lleve la parte caliente.
Sostienen la dignidad de las personas que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.
Como fieles y obedientes canes aguardan a que abandonemos ya de madrugada el bar donde en días de parranda llevan muchas horas aguantando silenciosamente hasta que el dueño barre el local y les pide que se aparten a un lado.
Cargan con los malos olores sin tener culpa de ello por la desidia y falta de higiene de sus dueños. Tres días con los mismos calcetines y las mismas zapatillas de deportes en verano es demasiado tiempo para no emitir vapores. Sin embargo, ellos, agradecidos y alegres, solo necesitan un poco de música para conducir nuestros cuerpos por las plazas con verbenas.
Las mujeres los martirizan, elevándoles el culo y humillándole el hocico. Después del trote y de la fiesta los dejan andando desnudos por el acerado mientras en sus manos llevan los zapatos que han sido los causantes de sus penas. De su importancia nos damos cuenta cuando enferman. Entonces los hacemos reposar en alto o les damos baños, no de almíbar, sino de agua con sal para calmar hinchazones.
Solo de niños los colmábamos de caricias y de besos cuando nos los llevábamos a la boca para morder el dedo gordo.
Son tan agradecidos que haciéndoles cosquillas se tronchan de risa.
En la hora suprema, cuando nos encaminemos al sitio sin retorno, serán ellos los valientes escuderos, los primeros en afrontar el destino, los que abrirán paso señalando al cielo. Las plantas, que son su pecho, marcarán el camino dignamente al resto del cuerpo.
Solo aquel examinando que nada más que se sabía los huesos del pie ponderó sus méritos. Al ser preguntado por los huesos de la cabeza, respondió:
“Si importantes son los huesos de la cabeza más importantes aún son los de los pies que sirven para sostenerla. Los huesos de los pies son: …” Y nombrándolos uno a uno los cubrió de gloria.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

Corrales

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No todos los temas se prestan a la lírica. La vida tiene servidumbres menos poéticas y no está bien dejarlas caer en el olvido.
En la mayoría de nuestros pueblos faltaban servicios básicos como las redes de saneamiento y distribución de agua potable. Los albañales pasaban de casa en casa siguiendo la pendiente natural del terreno, muchos de ellos sin estar cubiertos. No eran infrecuentes las disputas entre vecinos por este tema, bien por atascos o por malos olores.
Pocas casas disponían de cuartos de baño. Un palanganero con palangana, jarra de agua, jabón verde, toalla y cuba para el desagüe era el mobiliario más habitual.
A los niños nos lavaban en invierno al lado del brasero con las enagüillas levantadas y en verano al caer la tarde en el corral. Más a fondo nos escamondaban los sábados, con cambio de ropa interior.  ¡Qué rabia cuando nos frotaban la boca para quitarnos los churretes o nos refregaban con estropajo las rodillas para descargarlas de la negrura de la tierra y de los suelos!
La mayoría de las casas del medio rural disponían de corrales, los corrales de macetas con geranios y un lugar reservado para cuadras donde estaban los jumentos y bestias para las labores campesinas y acarreo de agua. Una parte del corral se utilizaba para hacer las inexcusables necesidades, rodeados de gallinas y vara en ristre para espantar al gallo que defendía su territorio saltando a veces sobre los invasores. Todos los años había que hacer lo que llamaban echar la ‘estercolera’ que no era otra cosa que sacar el estiércol que se acumulaba y llevárselo en carros para abonar con él las tierras de labor.
Las madrugadas eran frías para salir al corral, así que debajo de la cama, la escupidera para emergencias nocturnas.
Las gallinas abastecían a las familias de huevos y los gallos de carne. Cuando aquellas salían cluecas se echaban en el nidal y a los veintiún días teníamos los pollitos correteando por el corral detrás de la madre. Las noches más desapacibles los poníamos en una caja al lado del brasero para que no murieran.
Otro elemento de los corrales eran los pozos que cada mucho tiempo había que limpiar porque caían cosas dentro, sobre todo los que recogían aguas de canales que iban acumulando cieno. Se aprovechaba el final del verano para esta tarea por tener menos cantidad de agua.
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Atado con sogas bajaban al pocero ayudándose de la garrucha. Abajo se desataba y comenzaba su trabajo de limpieza. Llenaba cubos o espuertas y con el mismo sistema los elevaban hasta el brocal. Un trabajo este que nadie quería, pero que la necesidad obligaba. Me imaginaba allá abajo y sentía miedo viendo solo un trozo de azul allá arriba y lo demás todo negro.
Hasta principios de los años sesenta no se hicieron las obras de infraestructura necesarias para que el agua corriente llegara a todas las casas y las de desecho se incorporaran a la red de saneamiento. Conquista social básica e indispensable para vivir dignamente.
Cuando veo algunos reportajes de países subdesarrollados pienso que también nosotros tuvimos un tiempo en que carecimos de esos servicios tan elementales.  Y no, cualquier tiempo pasado no fue mejor, por mucha añoranza que se tenga.

Viernes Santo

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Ahora que no creo que mi cuerpo cuando muera sufra una combustión interminable entre llantos y crujir de dientes y que ya no tengo miedo a los demonios con tridente y rabo, cualquier día de estos que esté la iglesia abierta y sola entro para sentir la inmensidad del aislamiento entre sus anchos muros y la altura de sus techos. ¡Cómo envuelve a la soledad el silencio de las iglesias vacías! 
Quiero volver por ver si encuentro detrás de algún retablo la inocencia que tuve de niño. Tal vez mi crédula ingenuidad se esconde entre un ramo de lilas o azucenas de las que por Semana Santa ornan de color y aromas los altares. O quizás flote errática y extraviada buscando a su dueño en el haz de luz y polvo que desde las vidrieras llenan el suelo de colores. ¡Quién sabe si huyó ensimismada tras los ecos de sermones encendidos de aquellos predicadores que turbaron mi sueño infantil con atónitos desvelos! ¿Se elevaría hasta las nubes montada en un potro de incienso? ¡Qué fácil es creer cuando solo hay fantasías!  Siempre que entraba de niño a la iglesia dirigía mi vista al sagrario convencido de que allí estaba otro niño que me miraba y lo sabía todo de mí.
En el viejo mecano algunas piezas ya no encajan. El lógico discurrir del pensamiento produjo salientes y entrantes que hacen difícil el ajuste. Evanescentes halos de cuentos infantiles quedan de la inocencia en el recuerdo. No obstante, ¡qué respeto y admiración siento por quienes conservan sinceramente intactas las creencias que recibieron de sus antepasados!
¿Quién no duda de todo alguna vez y se hace preguntas que no tienen respuestas?
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Aun así, siempre hay una puerta abierta al infinito.  “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”, escribió Antonio Machado. De aquellos ilusionados años infantiles queda la liturgia, las ceremonias en días de grandes solemnidades, los cánticos gregorianos de la ‘schola cantorum’, las adoraciones nocturnas y su bello himno: ‘Cantemos al amor de los amores”. Oficios de primavera con altares llenos de flores, ecos lejanos de campanas que llegaban hasta el campo y, desmayadas, caían como alondras en los surcos del barbecho, dobles de muertos, repiques de gloria… Las exploraciones de monaguillo por todas las dependencias, desde la sacristía a los misteriosos cuartos de la torre: el de Santiago y el de los moros.
Hoy es Viernes Santo. Me vienen a la memoria la acción del cura al postrase en los oficios de la tarde, la procesión de la soledad: hileras de fieles en silencio con vacilantes llamas en los pábilos de las velas caminando tras la cruz en la que Cristo murió crucificado. Blanco lienzo al viento colgando donde estuvieron sus brazos. Con siete puñales clavados en un corazón dorado iba la madre llorosa con la corona de espinas en las manos. Y la luna llena.  Desde un rincón en penumbra desgarraba la noche la saeta tal como se rasgó en el templo el velo la tarde en que expiró Jesús. Y, estremecido, el aire se transformaba con emoción de vello electrizado en la piel de los presentes. Yo miraba al cielo por si estuviera Dios apoyado en las barandas de plata de la luna llena viendo pasar el cortejo.

Buenos modales

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A comienzos de la década de los años sesenta los planes de estudios del Seminario iban por libre, no se adaptaban a los oficiales del Ministerio de Educación. Cuando algún alumno abandonaba el centro tenía que convalidar, perdiendo un año de los cursados. En mi caso salí con quinto curso terminado y tuve que realizar la reválida de cuarto y volver a repetir quinto.  
Teníamos una asignatura de periodicidad quincenal llamada ‘Normas de Urbanidad’.  Un pequeño librito que contenía reglas básicas de civismo y de buenos modales. No eran instrucciones remilgadas, mojigatas o cortesanas, sino pautas que el sentido común deduce como lógicas. El temario trataba, entre otros asuntos, sobre comportamientos en lugares públicos, en la mesa o en la calle.
Eran cuestiones sencillas, sin llegar al complejo mundo de Educación para la Ciudadanía o Educación Cívica y Constitucional. Eso es harina de otro costal. Debe ser difícil encuadrarlas en el currículo porque hasta para darle nombre hay desacuerdo y todo el afán de los políticos, de recurso en recurso, se centra en vestirlas con sayas rojas, azules o moradas, según color del cristal.
Los niños de entonces pasábamos la mayor parte de tiempo libre en la calle, en nuestros juegos. Cuando el cansancio nos vencía nos sentábamos en cualquier rincón o acera a charlar. A veces se asomaba a la puerta una persona mayor y nos llamaba para preguntarnos si queríamos hacerle un recado. No se nos ocurría negarnos porque así nos lo habían enseñado en casa y en la escuela y nos afearían tan mal comportamiento. Solían darnos una propinilla por el mandado. También nos decían que debíamos negarnos en principio, aunque después ante la insistencia extendiéramos la mano.  
Nos enseñaron a ceder el paso en las aceras, gesto que las personas mayores agradecían. Se han perdido muchos de estos buenos modales.  Si te cruzas ahora con algunos mozalbetes que vienen de frente tienes dos opciones: o te echas fuera o te arrimas a la pared para que no te lleven por delante.
He sentido en mis riñones las rodillas de quien estaba, más que sentado, tendido en el asiento de atrás, con esa postura que ahora llaman ‘manspreading’ y que por aquí siempre hemos dicho despatarrado.
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Nuestros padres, la mayoría de ellos, sin formación académica y menos universitaria, hacían hincapié en saber presentarse, dar los días, saludar y despedirse porque así lo habían aprendido de los suyos. A los varones les influiría, pienso, la huella que les dejó el servicio militar donde había que aprender de memoria y de corrido unas frases formularias para ir a hablar con los altos mandos: “Se presenta el soldado Fulanito de la compañía tal…”
En nuestros pueblos extremeños hay personas que mantienen estos buenos hábitos, síntomas de buena crianza. Son pequeños detalles que cuestan muy poco trabajo realizar, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás. Una sonrisa en lugar de un gesto huraño a los que acuden desorientados al engorroso mundo de las gestiones burocráticas, un ‘no se preocupe usted, que eso lo arreglamos enseguida’, cuestan poco y hacen mucho bien.
A algunos el tema les resultará friki, demodé o desfasado, pero los buenos modales abren puertas más que cierran y hacen la vida, ya de por sí complicada, más llevadera.

Ellos

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Bajo el velo difuso del pronombre personal ‘ellos’ metemos a un grupo de personas tan diversas como detestadas. El hablante y el oyente marcamos distancias con tal ralea. En él purgan castigos los condenados por nuestro veredicto. Son los que nos burlan hacienda, bienestar y derechos. Los que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas. La mayoría de estos aborrecidos personajes tienen la habilidad innata para escalar hasta el lugar donde se reparte el bacalao y cuchillo en mano llevarse la mejor parte. O les ampara la cobertura legal para el desempeño de la función que distribuye el peso de las tareas comunes, cargando esta sobre hombros ajenos y salvando los suyos. A todos les buscamos acomodo bajo el paraguas de este vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…Son, como dicen en mi pueblo, los del asa, los que portan la cesta en la que se guardan las viandas y donde meten mano con disimulo o descaro, según se tercie, pues perdida la vergüenza no aparecen los sonrojos. Los que siempre están al lado de la candela y en los lugares convenientes en que se toman las decisiones importantes.  Tiene el referido vocablo la virtud de crear complicidad y conciencia de clase entre los que no se consideran del grupo, que somos nosotros y vosotros. 
‘Eso viene de arriba’, se dice para expresar que es inevitable el cumplimiento de alguna orden o mandato. Así que chitón y ‘palante’. Procede de esa nebulosa que aglutina el poder, donde también hay gente honesta y caraduras que dan lecciones de moral que ellos no cumplen.
 Este pronombre es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. Ninguna ‘portavoza’ ni ‘miembra’ de las que exigen ponerle falda a las palabras, que se sepa, ha reivindicado para la forma pronominal ‘ellas’ la participación en tan onerosa carga.
Contra esta maraña entrelazada y asfixiante de presiones que marca la música con la que nos hacen bailar, cabe la rebeldía, al menos la interior.
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Una noche yendo de ronda la guardia municipal por los bares del pueblo, como era costumbre, encontró a un vecino renuente a irse a su casa sin apurar antes los últimos vasos de vino. Cerraban a la una. Minutos antes solían pasar avisando de que la hora de cierre se acercaba. Aquella noche por quítame allá esas pajas regadas con alcohol, se formó una pequeña discusión que alteraba el silencio de la noche. Tuvo que intervenir la guardia civil que estaba de servicio en el pueblo. “¡Y tú, ¡Ángel, -que ese era el nombre del rezagado, ocurrente, vivaz y parlanchín personaje- a tu casa y a la cama, que es donde tenías que estar ya a estas horas!”
Apuró el vaso y emprendió la retirada a regañadientes. Al salir por la puerta donde estaban los guardias, “miró al soslayo fuese y no hubo nada”, pero pronunció la siguiente frase que contiene esa rebeldía ante la imposición:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

El casado casa quiere

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Que el casado casa quiere ha sido y es   una aspiración no satisfecha para muchas parejas. Este refrán,  acrisolado por las experiencias que otros han vivido, aconseja apartarse del tronco familiar para emprender la aventura del matrimonio sin interferencias.
Pero no siempre se dispone de los medios económicos necesarios para adquirir y mantener una vivienda. La solución pasajera, que en muchos casos se hizo permanente, era irse a vivir a la de los padres de la mujer. Se comprueba  así  qué rama  pierde un hijo y cuál lo gana.
A los desposados se les reservaba  una habitación  para su uso exclusivo.  Era su ámbito más  privado e íntimo. Tálamo, confidencias, caricias y reproches  incluidos. Todo sin levantar la voz ni formar mucho jaleo. ‘¡Qué van a pensar mis padres!’
 Las demás dependencias  eran de uso compartido. Una situación compleja que había que llevar con tacto,  comprensión y cesiones por parte de todos. También, en algunos casos,  hermanos solteros y abuelos.
No estoy hablando del Neolítico,  sino de tiempos muy recientes.
En las habitaciones reservadas instalaban los nuevos cónyuges sus imprescindibles pertenencias.  Era lo que se llama  el cuarto.  Había costumbre de invitar a amigas, vecinas y parientes para  enseñárselo   en las vísperas del enlace, junto con el ajuar que aportaba la novia. Los invitados al visionado se deshacían en elogios.
La confección del ajuar era una labor de tiempo, de cariño y de primores. Antes incluso de tener novio las madres y las abuelas comenzaban a hacérselo a  las mocitas: sábanas bordadas con vainicas en el dobladillo, mantelerías, toallas, servilletas, todas con sus iniciales. Les ayudaban  también en esta labor  tías  y hermanas  y hasta algunas vecinas de más confianza.
 No había mucho dinero, pero sobraban arte y trabajo. Todo lo que se hacía  se guardaba  en el arcón hasta que llegara el momento.
De cómo resultara después la convivencia de los esposos  con  el resto de la familia, habría, como en botica, de todo. Unos cuentan maravillas y dicen que nunca existieron problemas. Algunos relatan  que se producían  roces  porque  todas las rosas tienen espinas. Otros callan y suspiran. Los trapos sucios, si los hubo, se lavaban en casa.
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¡Qué habilidad muestran ciertas personas   para  evitar que el humo salga de la casa si se produce fuego dentro! Otros, más expansivos y dicharacheros, relataban   incidencias y anécdotas que hablan  por sí solas.
El vino abre las puertas del corazón y suelta la lengua. Ya se sabe que de la abundancia de aquel habla esta. Un  veterano y observador  tabernero, acostumbrado a  oír  de todo en el confesonario que es la barra de un  bar a altas horas de la noche, exclamaba  ante   afirmaciones comprometedoras: ‘¡Lo que tapan las tejas¡’.
Entre las anécdotas está la  del yerno que da las buenas noches cuando llega tarde   y  el suegro contesta con gesto adusto: ‘¡Regulares!’
O la de la suegra que desde la cama lanza un berrido cuando ya entrada la madrugada sigue la televisión encendida. ‘¿Esta noche no nos acostamos?’
Esto sucedía siendo las relaciones medianamente soportables, sin llegar al extremo que  describe Francisco Martínez de la Rosa en aquel famoso epitafio: ‘Yace aquí un mal matrimonio, /dos cuñadas, suegra y yerno…/No falta sino el demonio para estar junto el infierno.’

Sé prevenido.

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(Tempestad en el mar por la noche de Iván Aivazovsky)
Súbito vendaval e inesperado
sorprendió a mi velero sin  anclaje,
y al albur de inclemencias mi equipaje
por taludes y simas despeñado.
Más estragos sufrí por ser confiado
que los que provocó el turbión salvaje
y extraída lección y aprendizaje
surtiré para el próximo tornado.
Que la calma presente no previene
providencias de nuevas singladuras
y dejar las espaldas inseguras,
blanco ofrece al rival y no conviene,
pues habrá  quien de cañas haga lanzas
y convierta amistad en asechanzas.

Familias numerosas

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Se han vestido de domingo. Hoy viene el fotógrafo a hacerles  la foto para solicitar el carnet de familia numerosa.  Se colocan en el  corral con el fondo de una pared recién blanqueada. Y ahí queda inmortalizado el instante.  El padre en el centro con una chaqueta que le está algo ajustada. La esposa, discreta y luchadora, al lado, con ojeras que reflejan el duro bregar diario.  Viste  de negro por luto reciente. En derredor los hijos, arreglados  y peinados para tan señalada ocasión.  Al menor, que aún no anda,  lo sostiene la madre en el regazo. El que le sigue tiene un dedo en la boca, algo esquivo y vergonzoso. El mayor, taciturno, mira a la cámara con los ojos de par en par,  como esperando aparición. El tercero se apoya en la pierna del padre.    
Con la bendición y el aliento del clero y del régimen desde la banda  el terreno es propicio para cumplir con las directrices de ambas instituciones.”Solamente los pueblos de familias fecundas  pueden extender la raza por el mundo y crear y sostener imperios”,  (preámbulo de la ley 1 de agosto de 1941 de protección a las familias numerosas). Las noches sin tele y la querencia hacen el resto. Los medios anticonceptivos están vedados. Aceituna comida, hueso fuera,  que dicen por aquí  y que en latín, que suena más fino, denominan  ‘coitus interruptus’.  Los más  informados se atreven con  el procedimiento natural  ideado por  Kysaku Ogino en 1924, también conocido como del calendario o del ritmo.   No se garantiza el acierto al 100% por lo que  nacen  muchos hijos que tienen como inspirador  al japonés. No hay más medios para evitar embarazos, salvo la vía de la  abstinencia que conduce a la santidad a través del sacrificio. Pero como de eso está la vida bien surtida no se prodigan los renuncios a uno de los pocos placeres que ofrece.
El régimen vigente  incentiva el creced y multiplicaos.  Hay  ayudas y subsidios a las familias con descendencia.  Desde las quince pesetas mensuales por los dos hijos, hasta 145 por la familia que tiene doce. Se añaden 25 pesetas más por cada uno que sobrepase esa cantidad.
La ley de protección a las familias numerosas de 1941 establece dos grupos: de 5 a 7 hijos y de 8 en adelante.  En 1943 se baja a 4 el número y se establecen  tres categorías. Primera de 4 a 7 hijos, segunda hasta 11 y tercera o de honor de 12 o más hijos.
Se conceden  préstamos de nupcialidad. Dos mil pesetas con posibilidad de aumentar a cinco mil. Sin intereses.
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Muy divulgados y jaleados son  los premios de natalidad. Mil  pesetas para el matrimonio español que sea más prolífico.
El acto de la concesión y entrega de los  galardones  por Franco tiene  amplia  cobertura y publicidad en los medios de comunicación, incluido el NODO.
Los beneficios para las  familias numerosas  se aplican   al ámbito académico con  exención o reducción en las matrículas, al de transporte con  descuentos en los viajes y al de la vivienda,  teniendo  preferencia para la adjudicación.
Así  se llenaron  las calles y las escuelas de los pueblos y ciudades. La  espita de la emigración  las fue vaciando posteriormente. El imperio y la raza se expandían.