Vagabundo

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Las pisadas resuenan  en la noche como palmas que llaman al  sereno,  huecas, como voz en tinajón vacío. Rebotan en las paredes  sus ecos, después se alejan  por las calles y desaparecen  en un puzle de oscuridades  y silencio.  Las siluetas de apresurados  transeúntes  se alargan cuando se alejan de la luz de las farolas. Van  en busca del cobijo y del abrigo de sus casas.  Decrece, espaciándose  en el tiempo, el ruido de la actividad urbana. Algunos  sonidos aislados retumban  como  golpes de  féretros bajados a la fosa de los sueños.  Un ser  anónimo, a contramano de la vida,  busca posada para su cuerpo bajo un techo de estrellas. Soñar  por unas horas es  alivio,  aunque sea sin más protección entre su cuerpo y las estrellas  que unos papeles de periódico. Quedan  las farolas como últimos testigos con el silencioso danzar alrededor  de los mosquitos.  Algún coche rezagado huye a escape por el túnel de la madrugada.  Deja una estela decreciente de rugido que el fondo de la oscuridad engulle. Las luces encendidas de los pisos  van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla o tal vez despedida que da las buenas noches al que no tiene cobijo. “Silencio en la noche. Ya todo está en calma. El músculo duerme, la ambición descansa” Los roedores salen de sus escondrijos a buscar comida entre los setos del parque. 
 El subconsciente aflora  imágenes   gratas  de tiempos  pasados que el mendigo disfruta al otro lado de la realidad.
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Cuando amanece, el primer sol ambarino traza de nuevo las rutas del trajín y los afanes.  Trinan los gorriones bulliciosos entre las hojas de los árboles.  En un banco frío, los cartones extendidos, el tetrabrik de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en el margen apartado de la vida. Sin prisas ni agobios, con todo el tiempo para gastarlo en nada.   En un viejo transistor braman las voces de  un grupo de tertulianos que se interrumpen continuamente mientras el mendigo recoge sus escasas pertenencias.  Hablan  de la bolsa que baja o sube, de los independentistas de Cataluña y del último coche  comprado por  Cristiano Ronaldo. Son asuntos ajenos, de los que tienen algo que perder en este juego de la vida.  El  vagabundo hace tiempo que se independizó de ella. Nadie lo impidió ni le conminó para que desistiera. Parece ser que no han notado mucho  su ausencia ni discutieron por preservar su derecho a una vida decorosa. Lo hizo en silencio, sin caceroladas ni declaración formal de  independencia.  El único parlamento fue su voz que se escapaba confusa, empujada por el vino que llevaba dentro. Imprecaciones inconexas, deslavazadas, dirigidas a  todos y a ninguno.  Con su escaso ajuar siempre a cuestas, el abrigo largo con remiendos, los cartones y papeles de periódico comienza una nueva jornada con la esperanza de soñar de nuevo cuando la luz se vaya.   Calderón de la Barca dijo a través de Segismundo que la vida era eso, soñar,  “una ilusión, una sombra, una ficción”. Y soñar, un tesoro, como escribió Jorge Luis Borges: “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente/ ¿por qué si te despiertan bruscamente, / sientes que te han robado una fortuna?

Dios me libre del día de las alabanzas.

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Cuando me dejen en el lecho
donde nadie se da la media vuelta
para dormir  el sueño eterno,
volverán  compungidos
muchos  de los que me dejaron dentro.
Serán falsos  sollozos
descontados tiempo ha del haber de los  afectos.
Me sobra capital 
de quienes  quise y  me quisieron.
Así que  resérvense   halagos y alabanzas
los farsantes el día  que esté  muerto.

El pan

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Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que   dicen que comas solo  proteínas,  que elimines los hidratos de carbono,   que no comas fruta por la noche  o que  tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
 Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”,  también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base,  creció entre  auras y vendavales,  temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz,  alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer  la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el  blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años)  una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos  con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha  pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a  ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas.  Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este  se hacía con harina sin refinar y con  pieles de las semillas  de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes  por su contenido en fibra.
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En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros,  a escondidas, porque el trigo  había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que  se le daba un beso cuando se caía al suelo.  Tirar el pan se consideraba  un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo  que no apurábamos lo dejábamos  en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más  pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía  detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis  galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante  para hacer camino.

De tripas y turrones. Campanario y Castuera.

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Hay  dichos injustos e hirientes porque generalizan sin fundamento. Atribuciones peyorativas que surgen  en algún momento por envidias  y rivalidades entre pueblos vecinos.
Pío Baroja recoge en la serie de novelas ‘Memorias de un hombre de acción’   algunas de estas expresiones maledicentes en la zona de la Alcarria: “No compres mula en Tendilla/ ni en Brihuega compres paño/ ni mujer en Romanones/ni amigos en Marchamalo;/  la mula te saldrá falsa/el paño te saldrá malo/la mujer te saldrá tuna/ y los amigos contrarios”.
En Extremadura  con diversas variantes  y localizaciones existen expresiones de este pelaje.  
Ni  mulas en Quintana, ni mujeres en Castuera, ni amigos en Campanario…
En otros ejemplos se cita a La Zarza, Villanueva… El esquema está servido para que cada pueblo zahiera al vecino añadiendo sus nombres. Nada más falso e injusto.
En todos sitios existe gente de la más diversa índole.
A mi pueblo llegaban por temporadas  dos hermanos, Bartolo y Diego, de Campanario. Eran trajineros y  vendían  mazos de tripas para las matanzas, pimentón y judías  de la Vera, higos de Almoharín, o quesos de la Serena.  Sus largas estancias y su trato agradable y leal les  granjearon el afecto y la consideración de los vecinos. En su trabajo se complementaban perfectamente.  Bartolo  era el encargado de las relaciones públicas y Diego se dedicaba a cobrar, pago que no se hacía a la entrega de la mercancía, sino que esperaban a la recogida de la cosecha para hacerlo.
Saber vender es un arte y ellos lo practicaban ganándose la confianza de los compradores. Si un año la economía doméstica flojeaba se necesitaban menos tripas por la menor cantidad de carne. No había problema: “Habiendo para el apaño, para qué más”. Si el año había sido abundante y se podía extender el pedido también tenían la frase oportuna: “Más vale que sobre que no que haga falta”.  Hablaban   con la acusada pronunciación de los sonidos velares de ‘j’ y la ‘g’, característica de Campanario.
Se alojaban en la posada del pueblo.  Vestían con chambra, abrochada en el cuello y abierta y  con más vuelo y holgura por la parte de abajo. En la cabeza la boina. Después de tantos años, sus hijos, que pasaron aquí muchos días de su niñez, recuerdan con cariño aquellos tiempos y gozan del aprecio de quienes les conocieron.
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De Castuera llegaban, y lo siguen haciendo  por septiembre, los turroneros. Eran  las mismas familias  todos los años e igualmente se ganaron el aprecio de los vecinos.
Siendo yo niño  esperábamos ilusionados  su llegada. Era el aviso de que la feria empezaba. Los puestos no eran  como los de ahora, bien equipados y acondicionados. Entonces la estructura, el esqueleto,  era de madera y una vez ensambladas sus partes  las  cubrían con telas blancas. En el mostrador, inclinados hacia afuera, turrones duros y blandos, garrapiñadas, peladillas, piñonates, frutas escarchadas, tortas imperiales, alfajores, mazapanes, almendras rellenas, miel, arrope…y colgados del techo bastones de caramelo.
 Comían y  dormían dentro del puesto, sobre un entarimado para aislarse del suelo.  En las horas de la siesta se  echaban sobre una  manta en el acerado que estaba en sombra para descansar un rato.
Buenas, entrañables y laboriosas personas que siguen llegando, hoy ya sus descendientes, para  endulzarnos la feria.

Hablemos de sexo.

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Nacimiento de Venus, Boticelli.
Hablar de sexo con nuestros padres y maestros  era complicado. Una barrera de pudores obstaculizaba su abordaje de forma clara. La información se suplía con el recurso a las  cigüeñas   que traían en el pico a los niños envueltos en pañales. Inventaban hasta los sitios dónde nos habían dejado  a cada uno. Pero por más que  mirábamos al cielo  nunca las vimos traer ningún encargo. Y Amazón no existía.  En la escuela el maestro extrapolaba de los animales a las personas el proceso de creación de una nueva vida, pero sin entrar en detalles. A lo máximo que llegaba era a poner como ejemplo  la semilla que germinaba en una tierra fértil, puesta allí no sabíamos cómo, que era lo que nos intrigaba.   La naturaleza, más desinhibida, nos mostraba ejemplos visibles y audibles de apareamiento  en los mamíferos: los perros pegados, el maullar de los gatos en los tejados  o el nacimiento de burros , terneros y corderos. Pero hablar de ese proceso claramente  en los humanos coartaba y si se hacía era con circunloquios.   Aprendimos a salto de mata, de forma parcial y a veces grosera, de los mayores, que también tocaban de oído, en charlas casi clandestinas y en la calle.  Buscábamos en el diccionario vocablos  referentes al sexo masculino y femenino que nos comunicábamos unos a otros.  Islotes que más que aclarar generaban más dudas. 
Observando, descartamos  que las cigüeñas sirvieran de cosarios. Solo trazaban  garabatos en torno al campanario, en plástica expresión de Antonio Machado o crotoraban con sus picos con un sonido que asociábamos con el de hacer gazpacho.
Nuestro cuerpo cambiaba  y los sentimientos afectivos y amorosos afloraban impetuosamente. La pavera y las glándulas en plena efervescencia. Pero no encontrábamos explicaciones que nos  aclararan lo que nos estaba sucediendo. Nos  idealizaban tanto el sexo que parecía que habíamos  llegado al mundo en un rayo de luz o  por un mágico soplo. 
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Caída del hombre, pecado original y expulsión del paraíso, Miguel Ángel.
No ayudaba mucho la obsesión religiosa por asociar  sexo y  pecado. Había que, sobre todo,  deslindarlo del gozo. Así que recomendaban, por ejemplo, tener la mente distraída en otros temas mientras se practicaba.   Los pensamientos, tan difíciles de embridar, se consideraban malos si nuestra tendencia natural nos llevaba al lodazal de impúdicos deseos.  ¡Cuánto esfuerzo por intentar apartar la mente de lo que nos atraía y cuánta sensación de culpa nos metieron! Así que había que remar contra corriente y buscar información por otros lares.
Lo paradójico de todo esto es que cuando llegábamos a la madurez   daban por supuesto que ya sabíamos todo sin habernos enseñado nada.  Ya eres un hombre y sabrás…Pues no, no sabíamos casi nada. 
El párroco reunía a los quintos antes de incorporarse a filas y con sobreentendidos que a veces se ignoraban,  alertaba de los peligros de las relaciones sexuales  y de las enfermedades que conllevaban. Así que nos fueron deslindando los perjuicios sin aclarar ni explicar claramente qué era el sexo.  
Cuando se licenciaban del servicio militar, a los mozos se les consideraba suficientemente formados para constituir  una familia  y la madurez, como el valor, se les suponía.
La vida seguía. El régimen premiaba a las familias más numerosas por la colaboración en el incremento de la población. Así que no era necesario saber tanto.

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Todas las emisoras de radio conectaban a las dos y media de la tarde y a las diez de la noche con Radio Nacional de España para emitir el diario hablado. Estas noticias centralizadas comenzaban  con la sintonía  correspondiente,  adaptación de una  llamada militar del siglo XV, la Generala  y terminaba con los vivas y  los arribas de rigor, tras lo cual se escuchaba el  himno carlista, el  Oriamendi,  y el himno nacional. Este sistema duró, descargado ya en los últimos años de exaltaciones patrióticas, hasta el 25 de octubre de 1977, fecha en que las emisoras privadas pudieron  elaborar sus propios programas informativos.
Este diario hablado  era conocido popularmente como el parte,  imitación de los que en tiempos de  guerra dan los bandos contendientes.
No era para menos porque, según contaban los mayores, uno de los antecedentes de estos  diarios hablados  estuvo en los monólogos del general Queipo de Llano emitidos desde Unión Radio Sevilla  en los que arengaba a los suyos  y metía el miedo en el cuerpo a los contrarios con  inflamado y amenazante verbo y un estilo peor que tabernario.
Como  todos no disponían de aparato de radio, a la hora de las noticias  y charlas propagandísticas   se reunían en las  casas de quienes sí disponían de ellos.
En ciertos informes elaborados en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal  sobre los tiempos de la ‘dominación roja’ he leído que a algunos investigados les valoraban  favorablemente la acreditación de otros vecinos de que escuchaba el parte con ellos, dando así a entender la supuesta adhesión a la causa, aunque, según se especifica en  el mismo, la conducta personal del investigado era manifiestamente mejorable.  A esta  documentación se puede acceder hoy libremente  a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
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El  Nodo, “el mundo entero al alcance de todos los españoles”,  los partes  y  la Formación del Espíritu Nacional, que se cursaba como asignatura obligatoria  en los centros de enseñanza, fueron las fuentes  de nuestra formación cívica. Varias generaciones crecimos  en esa resaca de silencio que se produce después de un gran estruendo. Aprendimos las cuatro reglas y  los primeros trazos entre consignas y efemérides que salpicaban las enciclopedias de héroes y villanos.
Como no conocíamos otra cosa hicimos normalidad de lo que nos enseñaban, pensando que la historia era tal como nos contaban hasta que pudimos vislumbrar que más allá de aquel sol  entre montañas que siempre estaba amaneciendo existía otra forma de ver la vida.
Reconozco mi escasa y parcial  formación  en aquellos tiempos de la que empecé a salir cuando otros compañeros  hablaban de hechos y personajes de los que yo nunca había oído hablar.
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En las universidades empezaban a surgir las protestas  y a correr los estudiantes delante de los  grises.  La ley de prensa e imprenta de Manuel Fraga, a pesar de sus limitaciones, secuestros  y sanciones,   suprimía la censura previa y empezó a colarse por sus rendijas un poco de aire fresco. El diario de la tarde  Informaciones y las revistas Triunfo,  Sábado Gráfico y Cuadernos para el Diálogo, entre otros, empezaron a mostrarnos facetas de la realidad que desconocíamos.
Aunque siempre habrá quien diga que mientras más se sabe más se sufre y que para lo que hemos aprendido… Así somos.

Primera comunión.

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  Con  traje  y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros  sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces  en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años.  No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores.     Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía  el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que  ponía recuerdo de mi primera comunión con  mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con  una cantidad de dinero y besos cariñosos.
  Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos  llegó  el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba  y aclaraba las fotos.  En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para   inmortalizar   tan fausto  acontecimiento. Tuvieron que  tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer.  De  rodillas en un reclinatorio  tuve que recomponer la sonrisa   varias veces porque aquello se prolongaba  demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir  las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que  no dejaba de modificar la posición de mi cabeza  diciendo que no me moviera.
  En los días previos  el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.        iacomun-2
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar  nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas?  ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que  era una voz que no se oía, sino  desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia  confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba  y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después  al repertorio.
  Aquellas comuniones  tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior.  Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando  el  artilugio  electrónico que les han regalado.  

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Para solicitar algo  a una autoridad se utilizan normalmente las instancias. Hoy simplificadas, tipificadas   y  menos farragosas y fatuas  que las de hace años.  Las escribíamos a mano, siguiendo un arcaico y ampuloso lenguaje de formalismos.  En los centros de enseñanza se instruía  sobre la forma de redactarlas. Encabezamiento con los datos del solicitante, exposición razonada de considerandos plena de gerundios,  solicitud específica, despedida, fecha y pie donde se añadían los galones inherentes al cargo del destinatario. Lenguaje, reverencial, sumiso y suplicante más que de justa exigencia de derechos. En tercera persona por  guardar distancias. Como la  servidumbre que no mira a la cara a los señores a los que habla porque no  parezca  insolencia o descaro. Lejanos  y ajenos aquellos personajes engrandecidos por el cargo,  de gesto huraño y bigotillo recortado. Fiado todo a la benevolencia y magnanimidad del otorgante,  previos  deseos de larga vida rogados  a poderes celestiales. “Es gracia que espera alcanzar del recto proceder de V.I” o “de la reconocida bondad que le caracteriza cuya vida guarde Dios muchos años”.
Después de este masaje formal de adulaciones había que  esperar a que la gracia fuera concedida, previos los trámites pertinentes de pólizas, timbres móviles y sellos de registro estampados con ardoroso y contundente  celo funcionarial.
Lo de esas instancias alambicadas era excesivo y hoy resultan  fuera de tiempo y lugar,  pero en el tratamiento a personas han existido siempre cumplidos o títulos  que mantienen  distancias o también  son muestras  de respeto. De todo hay. Desde majestad y alteza, allá en la cúspide, pasando por excelentísimos e ilustrísimos señores,  hasta el tú de confianza o  de irreverencia, según se mire y según contexto. Hay que matizar.
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Documento cedido por Teresa Rendueles.
Tutear a una persona mayor o profesor no cuadra con la educación que recibimos los que ya peinamos canas, lo que no supone que quien lo haga falte al respeto. Son costumbres que se maman y que las modas, siempre volubles, no desarraigan del proceder de quienes las usamos.
A mí, un mocoso de diez años,  sí me molestaba más que enaltecía que un profesor me llamara de usted, derivado de vuestra merced. Sobre todo si unía al tratamiento displicencia e ironía, que de todo hubo. 
En mi pueblo para referirnos  a personas mayores utilizamos  la palabra tío, no en el sentido moderno de compadreo cheli, sino como un tratamiento  de la consideración que genera  la edad.
Por estas tierras también existe una designación peyorativa: la de señorito. En masculino, ya que el femenino es  cortesía para mujeres solteras o que desempeñan funciones docentes o administrativas. Los alumnos pequeños abrevian en “mi seño”. En masculino,  persona  acomodada y ociosa,  insulta y denigra, pero algunos había  que lo reclamaban para sus vástagos, como atributo de distinción. Algo así como una nobleza desteñida de la que se sentían orgullosos a falta de otros títulos oficiales de más lustre y blasón.
El don se antepone al nombre de personas con carrera o ganado prestigio, pero no espere usted que los vecinos de toda la vida le cambien el tratamiento al hijo de  Petra, pongamos por caso, por muchos méritos académicos que acumule. Eso queda para los llegan de fuera. Y tan a gusto, que nadie es profeta en su tierra, ni falta que hace.

Merendillas

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Merienda, Francisco de Goya
Me ocurre con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo. Cuando las oigo, si el contexto aclara poco, me producen confusión pues las dos pueden referirse a comidas principales del día o ser sostén más liviano  a media tarde o de mañana. La gente del campo deslinda bien las acepciones y reserva horario de mañana al almuerzo y de mediodía a la merienda.
Nosotros, los colegiales de entonces, para evitar equívocos, siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo fuera de casa  son las del  queso amarillo y cuadrado,  viatico para doblegar la tarde que los americanos enviaban en latas con la intención de asentar bases y de paso  aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban  y repartían el queso,  llevándose, como siempre  ha hecho el que reparte, la mejor parte.  Tiempos hubo en que el dicho  popular de pasar más hambre que un maestro de escuela no fue vano ni carente de sentido, sino constatado por hechos evidentes, tanto que la acuciante necesidad   fue elevada y puesta a la altura del desempeño de tan noble oficio. Agradecían más una docena de huevos o una caja de galletas que billetera de cuero o figura de cerámica.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando  las clases   del  juego.
Ingesta nómada e  inquieta  detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía  y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Chirriaba  en nuestros dientes  la arenilla que acompañaba al cacao de dudosa honestidad, aquel de las “Tres tazas”,  que compartía cama en la jícara, que así llamábamos a la porción desprendida de la libra o tableta. En mi casa al menor descuido  volaban de la alacena  si mi madre, poco precavida, no las ponía  a buen recaudo.
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En el  regazo del pan desmigajado  nos echaban  el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo del cacao,   eufemismo que servía   para dar gato por liebre. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera en el cuenco empapado.  También el queso bien asentado,  guardado en tinas y untado con aceite formó parte de ese sustento vespertino, engañándolo con pan. El cuchillo que lo cortaba sonaba  con un  chirriar metálico, como la rueda del tren cuando frena en el raíl.
En el  internado tornóse triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya de castigo en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y preocupado, temiendo el inminente comienzo de las clases.
Tenía yo algunas asignaturas con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños  de negro pelaje  que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas  y uno, que no es adicto al café ni a las pastas ni a romper ayuno entre comidas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.

Cencerradas

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Las segundas nupcias no estaban prohibidas ni civil ni religiosamente, pero un morbo oscuro y clandestino rondaba por los aledaños de  estas relaciones y removía los instintos atávicos de cafres reprimidos.  Opinión latente de rechazo que  tiene su fundamento  muy atrás.  Atenágoras, en el siglo II después de Cristo  hablaba del matrimonio de los viudos como “un adulterio decente o velado”. Posteriormente calificado como “honestam fornicationem” y también “speciosum adulterium” por la Iglesia.  Como si el estado natural de los viudos fuese soportar ausencias con lutos, pagar penitencias con  abstinencia y recibir consejos de quienes nunca se casan.
Para los que enviudaban no era fácil comenzar una nueva relación en los pueblos. La primera dificultad era la falta de cauces para ponerse en contacto. Una carta expresando las intenciones y a esperar contestación. Había intermediarios que trasladaban discretamente las proposiciones. La respuesta  abría la puerta a la esperanza o al desistimiento definitivo.
Todo con la máxima discreción. Que no corrieran rumores por los mentideros  de rincones y esquinas.
La boda se celebraba de noche, casi furtivamente, con testigos buscados entre amigos y conocidos de mucha confianza.
Pero los secretos en los pueblos son difíciles de guardar y llegaba el “cencerraje” o cencerrada, manifestación tribal, intransigente, invasiva de la intimidad  y  de coacción. Tiene una dilatada existencia en nuestro país con exageraciones y abusos palmarios, tanto que el Código  Penal de 1870, en su  artículo 589, 1  las consideraba como falta contra el orden público y castigaba  con multa de cinco a veinticinco pesetas y reprensión a  “los que promovieran ó tomaren parte activa en cencerradas  u otras reuniones tumultuosas, con ofensa de alguna persona ó con perjuicio ó menoscabo del sosiego público”.  El concilio de Turín (1455) las prohibió, pero en el sustrato popular se seguía considerando como un castigo a los que contraían matrimonios inconvenientes.
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Según el diccionario la cencerrada  es un “ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas”. Todo este jaleo acompañado de pullas obscenas e hirientes, estribillos alusivos que ridiculizaban a los contrayentes y   que se decían entre estruendo  y estruendo, colgando  rótulos y objetos de las puertas o ventanas. Algunas de estas costumbres proceden de la Edad Media y han subsistido hasta hace poco.
Igual suerte corrían los viejos que se casaban con mujer joven.  Los afectados callaban y aguantaban el ruidoso chaparrón como podían. Algunos más osados salían y se unían al estrepitoso cortejo con la intención de que pasadas una horas los dejasen en paz porque oponerse suponía tener que aguantarlo toda la noche.
La encuesta realizada por el Ateneo de Madrid en los años 1901 y 1902 describe así a las cencerradas:
“Las cencerradas son verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables. A los casados les acompaña la multitud, con apariencia ebria, que grita desaforadamente y golpea latas, almireces y toca cornetas y zambombas en todo el camino de casa a la iglesia y viceversa. Por la noche y aún en noches sucesivas se repite la escena en la calle, en el portal y en la escalera, voceando y cantando. Es milagroso que no se registren escenas sangrientas ante ataques y gestos tan provocativos”.
La bestialidad en estado puro.