Raíces profundas

img_5574-2Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona  y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.

Para saber  aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.

Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.

Como no tenemos  esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado  recurrimos a fuentes, como  los libros,  documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces   que profundizan  en el suelo de la historia  buscando el agua de la información.

En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones  que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de  antiguas recetas,  festivales flamencos  ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música  en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración  del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer  el origen y fundamento de su existencia.

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En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el  año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura,  realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar  un informe pormenorizado que sirviera para  organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el   desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos.  El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo  y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.

Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que  se han caracterizado todos los intervinientes. 

El párroco,  Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración  la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones  sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.

Alguien lanzó la  idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.

Lágrimas blancas

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Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en  pendiente. Allí  en la penumbra contábamos historias que escuchábamos   a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos  con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta  hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir  en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba  dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron  se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato  se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche.  Después quedábamos en silencio y nos tendíamos  boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica  en la cóncava negrura del cielo.  Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante  y luminoso por cuyas ramas  descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de  fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de  escorpiones, toros, osas dragones, peces…  o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
 En mitad, el camino de Santiago,  ancha franja  de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica  allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre  ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las  anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de caminos invisibles.
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Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades  y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta  de lo insignificantes que somos.

Verano del 42

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Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte,  llegamos en bicicleta al  arroyo de la Corbacha. El agua  en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene  en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre.  Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos  a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir.  Allí estaban  bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos  como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para  quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear  a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos  las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó  tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega.  De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una  voz suplicante  que primero me asombró  y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
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Estas jóvenes, algo mayores que nosotros,  tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían  al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos  detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie.  A los mayores porque se  escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban  costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar!  Se santiguaban  las viejas escandalizadas: “¡Dónde se  habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?”  Los visillos se mantenían en guardia permanente,  día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
 Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales  que debían estar a la vista eran  los de las huertas y las delanteras que ostentaban  poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos. 
En esas estábamos  cuando arribaron estas  jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida  se abrieron y  llenaron los canales  de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos  abrieron caminos a  pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente  hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha,  en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
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Años después se estrenó la película de Robert Mulligan,  ‘Verano del 42’.  Fui protagonista  con Hermie (Gary Grimes) de la aventura  adolescente tan  hermosa que vivió  con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba  a llevar paquetes ni  aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto.  Los amores tienen siempre un verano que es  alba irrepetible a las puertas de la  vida, aunque yo no fuera Hermie, sino  una estatua en medio del agua que  solo rozó  con sus manos los bordes de la gloria.

Hablemos de sexo.

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Nacimiento de Venus, Boticelli.
Hablar de sexo con nuestros padres y maestros  era complicado. Una barrera de pudores obstaculizaba su abordaje de forma clara. La información se suplía con el recurso a las  cigüeñas   que traían en el pico a los niños envueltos en pañales. Inventaban hasta los sitios dónde nos habían dejado  a cada uno. Pero por más que  mirábamos al cielo  nunca las vimos traer ningún encargo. Y Amazón no existía.  En la escuela el maestro extrapolaba de los animales a las personas el proceso de creación de una nueva vida, pero sin entrar en detalles. A lo máximo que llegaba era a poner como ejemplo  la semilla que germinaba en una tierra fértil, puesta allí no sabíamos cómo, que era lo que nos intrigaba.   La naturaleza, más desinhibida, nos mostraba ejemplos visibles y audibles de apareamiento  en los mamíferos: los perros pegados, el maullar de los gatos en los tejados  o el nacimiento de burros , terneros y corderos. Pero hablar de ese proceso claramente  en los humanos coartaba y si se hacía era con circunloquios.   Aprendimos a salto de mata, de forma parcial y a veces grosera, de los mayores, que también tocaban de oído, en charlas casi clandestinas y en la calle.  Buscábamos en el diccionario vocablos  referentes al sexo masculino y femenino que nos comunicábamos unos a otros.  Islotes que más que aclarar generaban más dudas. 
Observando, descartamos  que las cigüeñas sirvieran de cosarios. Solo trazaban  garabatos en torno al campanario, en plástica expresión de Antonio Machado o crotoraban con sus picos con un sonido que asociábamos con el de hacer gazpacho.
Nuestro cuerpo cambiaba  y los sentimientos afectivos y amorosos afloraban impetuosamente. La pavera y las glándulas en plena efervescencia. Pero no encontrábamos explicaciones que nos  aclararan lo que nos estaba sucediendo. Nos  idealizaban tanto el sexo que parecía que habíamos  llegado al mundo en un rayo de luz o  por un mágico soplo. 
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Caída del hombre, pecado original y expulsión del paraíso, Miguel Ángel.
No ayudaba mucho la obsesión religiosa por asociar  sexo y  pecado. Había que, sobre todo,  deslindarlo del gozo. Así que recomendaban, por ejemplo, tener la mente distraída en otros temas mientras se practicaba.   Los pensamientos, tan difíciles de embridar, se consideraban malos si nuestra tendencia natural nos llevaba al lodazal de impúdicos deseos.  ¡Cuánto esfuerzo por intentar apartar la mente de lo que nos atraía y cuánta sensación de culpa nos metieron! Así que había que remar contra corriente y buscar información por otros lares.
Lo paradójico de todo esto es que cuando llegábamos a la madurez   daban por supuesto que ya sabíamos todo sin habernos enseñado nada.  Ya eres un hombre y sabrás…Pues no, no sabíamos casi nada. 
El párroco reunía a los quintos antes de incorporarse a filas y con sobreentendidos que a veces se ignoraban,  alertaba de los peligros de las relaciones sexuales  y de las enfermedades que conllevaban. Así que nos fueron deslindando los perjuicios sin aclarar ni explicar claramente qué era el sexo.  
Cuando se licenciaban del servicio militar, a los mozos se les consideraba suficientemente formados para constituir  una familia  y la madurez, como el valor, se les suponía.
La vida seguía. El régimen premiaba a las familias más numerosas por la colaboración en el incremento de la población. Así que no era necesario saber tanto.

Colecciones

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Nos gustaba coleccionar objetos, como lo hacían los mayores  con sellos y monedas. A falta de peculio para más altos vuelos nosotros, los niños de entonces, empleábamos la imaginación y dábamos valor a piezas sencillas con el capital de nuestra fantasía.
Coleccionábamos chapas o tapones de cervezas y refrescos. A cada clase le asignábamos una cuantía. Las más valiosas  eran las verdes de la marca Kas y las  rojas de Coca-Cola, a las que tasamos en mil, que entonces era lo máximo que alcanzábamos a ver, que no a tocar. Un billete verde suponía la cima y el límite de nuestras aspiraciones.  Las chapas  de cervezas pertenecían a la clase media,  distinguiendo las de Cruzcampo y las del Gavilán, que entonces se elaboraba en  Mérida. Para conseguirlas  recorríamos los bares y tabernas  buscándolas por el suelo. Algunos dueños de establecimientos nos las guardaban a requerimiento nuestro. Las de  gaseosas, Ruiz y Curusan,  que fabricaban en Burguillos del Cerro,  eran la clase de tropa por su falta de colorido y por ser las más abundantes. Sin saberlo estábamos aplicando la ley de la oferta y la demanda. A más escasez, más precio.
También coleccionábamos cajas de cerillas, que traían vistosas ilustraciones. Las recortábamos y hacíamos baraja con una goma. En el año 1972, Pedro Ocón de Oro, las ilustró con sus famosos jeroglíficos. Un gran acierto.
Las calcomanías las pegábamos  en el brazo o en el cuadro  de  la bicicleta.  Había quien tenía los escudos de todos los equipos de primera división, con el preferido a la cabeza.
En las portadas blancas  de papel satinado de las  libretas Balandro venían dos futbolistas que recortábamos y guardábamos. También  coleccionábamos bolindres y chinas.
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Intercambiábamos ejemplares con los amigos para completar las colecciones. Tú me das, yo de doy. Con el juego aumentábamos el número de ejemplares o dilapidábamos el capital acumulado.
Sujetábamos con los dedos contra la pared las  estampitas  y los cromos y  los dejábamos caer al vuelo. Si se posaban encima de los otros los  ganabas. También  se establecían  distancias,   que para eso había libertad de acuerdo y unos instrumentos de medida que siempre llevamos consigo: las cuartas,  los pies y los dedos. Así, para ver quien empezaba se echaba pie y quien montaba sobre el del contrincante era el primero.
La tángana era otra modalidad. Antiquísimo juego de precisión y puntería que recibe diversas denominaciones según las zonas: tarusa, chito, mojón…
También existen variantes en su  desarrollo. Si no disponíamos de una piedra o un taco de madera con las superficies lisas, cogíamos  cualquier pedrusco  y lo que se ponía en juego en lugar de colocarlo arriba se ponía debajo. A veces el lance consistía solo en derribar la tángana con el tejo para ganar. En otras ocasiones  conseguías las que  quedaban más cerca del canto que lanzabas que de la tángana  derribada.
Había quienes coleccionaban folletos de programas  de mano de las películas. Eran del tamaño de la mitad de una cuartilla y  reflejaban una escena significativa de las mismas. Algunas noches nos reuníamos para verlas, como hacíamos con las fotografías guardadas en la caja de dulce de membrillo. Entonces  se ponía  en marcha la máquina del cine en nuestras cabezas para revivir las escenas que ya habíamos visto.

Tebeos

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Sirvieron para  aficionarnos a la lectura y para potenciar nuestra imaginación. La combinación de imágenes, palabras, iconos y onomatopeyas crearon un mundo fantástico que  alimentaba nuestra fantasía.  El serrucho cortando un leño equivalía a dormir profundamente, la bombilla encima de la cabeza de los personajes a la ocurrencia genial o los pajaritos dando vueltas alrededor de ella al estado grogui después de un golpe.
Eran los tebeos, nombre  que por metonimia se extendió a todos los demás productos del género.
Al pueblo acudía un hombre cada cierto tiempo que los traía. Llegaba en  una  bicicleta. Le servía de medio de transporte y a la vez  de escaparate ambulante. Era conocido como ‘el tío de las gomas’.
En una caja de cartón sujeta con cuerdas al portamaletas transportaba  las mercancías. Al llegar al sitio donde por costumbre se ubicaba montaba la exposición.  En la parte externa de la caja, en la barra y en el manillar  de la bicicleta,  sujetas con pinzas de la ropa, colocaba el muestrario: cancioneros, tebeos, recortables, hilos de plástico para trenzar y hacer pulseras y colgantes,  ‘revolanderas’… También mixtos, botecitos con canela, pirulís, chicles,  novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente Estefanía…
 Las novelas y los tebeos se podían comprar, pero el sistema habitual era el préstamo o el intercambio mediante el pago de una pequeña cantidad. A su alrededor nos apiñábamos los niños para curiosear. Con aquellas lecturas me familiaricé con  personajes como Roberto Alcázar y Pedrín,  creados por Juan Bautista Puerto como guionista y propietario de la Editorial Valenciana y por Eduardo Vañó como dibujante. El capitán Trueno y el Jabato, de Víctor Mora. Rompetechos, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, de Francisco Ibáñez. El Guerrero del Antifaz ideado por Manuel Gago. Manuel Vázquez Gallego fue el creador de las hermanas Gilda y Anacleto, agente secreto.  José Escobar sacó de sus lápices a Carpanta, Zipi y Zape, Blasa, portera de su casa. Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, fue idea de Roberto Segura. El caco Bonifacio de Enrich… Otros creadores fueron Peñarroya y  Bruguera. Este   dio nombre a la editorial donde se publicaban la mayoría de estas historietas.
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Los cancioneros nos mostraban  las caras de los intérpretes de las canciones que la radio emitía en los programas de discos dedicados. ‘En Ahillones de Antonia  para su   hijo Luis que lo estará escuchando  para que cumpla tantos años como estrellas tiene el cielo’. Los días de onomásticas  más populares la retahíla de peticiones era tan larga que se olvidaba la canción que se había solicitado. Pero eso de escuchar el nombre por las ondas era un acontecimiento y hasta los vecinos al día siguiente comentaban el hecho: ‘¡Ayer escuché tu nombre  por la radio!’
Cuando dejó de venir ‘el tío de las gomas’, un vecino ancló en el pueblo el nomadismo de aquellas ilusiones infantiles. Nació el kiosco, mágica isla de chucherías y lecturas. Acudíamos allí  como las moscas a la miel los niños y jovenzuelos  a observar las novedades.
Juan, que así era el nombre del quiosquero, tuvo siempre la habilidad de rodearse de niños que le hacían los mandados y le ayudaban a hacer cucuruchos de papel de estraza, labor que recompensaba con uno de ellos lleno de crujientes panchitos.

Leche y churros.

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Pedro Grandez, Honduras
El desayuno más habitual, fuera del tiempo de las matanzas en que nos poníamos como el tío Quico de ‘tostás’ con manteca ‘colorá’, era el café con leche migado con rebanadas de pan tostado y arriba el velo blanco de nata que daba  la leche en la cocción.
Esta se le  compraba al vecino que tenía vacas.  Había varios repartidos por todo el pueblo. La mayoría recogían el ganado en la misma casa donde vivían. Al anochecido, después del ordeño,  acudían  las mujeres con las lecheras. A veces nos mandaban a los niños. “Anda, dile que te eche tres medidas”.
Las malas lenguas cuentan, como también  de los taberneros, que algunos tenían vocación muy cristiana y que celebraban bautizos  aguando el producto  para mayor gloria de la abundancia.  No sé, pero las mujeres sin ser especialistas  en química, ni en burbujas, grasas y proteínas sospechaban cuándo podía haber fraude  por la tardanza en subir la leche al cocerla, momento al que había que estar atentos porque se derramaba y lo ponía  todo perdido. 
Yo bebí la leche recién ordeñada en la tibieza del establo, recién llegadas las vacas de los prados porque un tío abuelo  las tenía y algunos días al regreso del paseo que daba con mi padre pasábamos a saludarlo. De la ubre, manos prietas  con los pulgares recogidos para hacer presión, al vaso y de allí a la boca. Esa sí que era leche entera que dejaba su estela y  espuma en el bigote.
El café de puchero, hecho en el anafe con carbón. Todavía no se conocía  el descafeinado, pero antes sí utilizaban otros sucedáneos naturales  que cumplían la misión de calentar un poco el cuerpo: la cebada tostada y las raíces de achicoria, planta esta  hoy ensalzada por sus excelentes cualidades medicinales.
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Foto cedida por la Churrería El Barriga, de Puerto Real.
Otras veces  había ‘jeringos’. Los días de diario el churrero montaba lumbre y perol  en una casa.  Los  de fiesta en una esquina de las cuatro que conformaban el lugar de paso. Imagen que permanece vívida en la memoria: la tarde del jueves santo entre oficio y procesión veía subir el humo y enredarse con el sol dorado que acariciaba ya las cornisas de los edificios y  la cúspide de la torre. Para echar la masa  en el aceite hirviendo apoyaba  el  extremo del émbolo de la jeringa entre la axila y el pecho.  Formaba la espiral con destreza y maña. Con los palos de rodar apartaba para que no se pegase y la volteaba.  A los pocos minutos la sacaba y sostenía en el aire para que escurriera. El  churrero tenía  de ayudante a su mujer que amasaba en un baño de cinc y  troceaba  con tijeras, pero había quienes se las llevaban  enteras, unos envueltas en  papel de estraza y otros prendidas con juncos. Los niños nos rifábamos las porras que procedían del comienzo y final de la rosca. 
Durante los días de feria instalaban  cantinas en la  umbría de la iglesia.  Hacían el  montaje entrelazando sogas y palos  y cubriendo techo y huecos con mantas. Al final de la noche acudían las  familias y las  pandillas a reponer fuerzas y a aliviar el fresco de la madrugada. Se sentaban y acompañaban el yantar con copas de aguardiente. Si ustedes gustan…

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Todas las emisoras de radio conectaban a las dos y media de la tarde y a las diez de la noche con Radio Nacional de España para emitir el diario hablado. Estas noticias centralizadas comenzaban  con la sintonía  correspondiente,  adaptación de una  llamada militar del siglo XV, la Generala  y terminaba con los vivas y  los arribas de rigor, tras lo cual se escuchaba el  himno carlista, el  Oriamendi,  y el himno nacional. Este sistema duró, descargado ya en los últimos años de exaltaciones patrióticas, hasta el 25 de octubre de 1977, fecha en que las emisoras privadas pudieron  elaborar sus propios programas informativos.
Este diario hablado  era conocido popularmente como el parte,  imitación de los que en tiempos de  guerra dan los bandos contendientes.
No era para menos porque, según contaban los mayores, uno de los antecedentes de estos  diarios hablados  estuvo en los monólogos del general Queipo de Llano emitidos desde Unión Radio Sevilla  en los que arengaba a los suyos  y metía el miedo en el cuerpo a los contrarios con  inflamado y amenazante verbo y un estilo peor que tabernario.
Como  todos no disponían de aparato de radio, a la hora de las noticias  y charlas propagandísticas   se reunían en las  casas de quienes sí disponían de ellos.
En ciertos informes elaborados en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal  sobre los tiempos de la ‘dominación roja’ he leído que a algunos investigados les valoraban  favorablemente la acreditación de otros vecinos de que escuchaba el parte con ellos, dando así a entender la supuesta adhesión a la causa, aunque, según se especifica en  el mismo, la conducta personal del investigado era manifiestamente mejorable.  A esta  documentación se puede acceder hoy libremente  a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
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El  Nodo, “el mundo entero al alcance de todos los españoles”,  los partes  y  la Formación del Espíritu Nacional, que se cursaba como asignatura obligatoria  en los centros de enseñanza, fueron las fuentes  de nuestra formación cívica. Varias generaciones crecimos  en esa resaca de silencio que se produce después de un gran estruendo. Aprendimos las cuatro reglas y  los primeros trazos entre consignas y efemérides que salpicaban las enciclopedias de héroes y villanos.
Como no conocíamos otra cosa hicimos normalidad de lo que nos enseñaban, pensando que la historia era tal como nos contaban hasta que pudimos vislumbrar que más allá de aquel sol  entre montañas que siempre estaba amaneciendo existía otra forma de ver la vida.
Reconozco mi escasa y parcial  formación  en aquellos tiempos de la que empecé a salir cuando otros compañeros  hablaban de hechos y personajes de los que yo nunca había oído hablar.
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En las universidades empezaban a surgir las protestas  y a correr los estudiantes delante de los  grises.  La ley de prensa e imprenta de Manuel Fraga, a pesar de sus limitaciones, secuestros  y sanciones,   suprimía la censura previa y empezó a colarse por sus rendijas un poco de aire fresco. El diario de la tarde  Informaciones y las revistas Triunfo,  Sábado Gráfico y Cuadernos para el Diálogo, entre otros, empezaron a mostrarnos facetas de la realidad que desconocíamos.
Aunque siempre habrá quien diga que mientras más se sabe más se sufre y que para lo que hemos aprendido… Así somos.

Barberos

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Las primeras veces que fui a la barbería me acompañaba mi padre.  Mientras aguardaba la vez observaba el proceso del afeitado. El barbero  pasaba la navaja por un asentador de dos tiras flotantes de  cuero para suavizar su filo.  Me llamaba la atención el sillón giratorio  con base de porcelana blanca, palanca para subir y bajarlo  y apoyacabeza adaptable, según estatura del cliente.
Enjabonaba los curtidos rostros de la gente del campo tras mojar la brocha en un pequeño cuenco y   frotarla en el jabón de forma cilíndrica. Recias barbas parecidas a rastrojos tordos que la navaja barbera recorría con un ruido de siega. La diestra mano del fígaro, dedo meñique apoyado en  la  rabiza curvada, iba quitando la espuma y los pelos. Tras cada pasada la limpiaba en un gomero redondo. Con la mano libre de navaja  extendía la piel.  A mí me hacía gracia cuando les cogía a los clientes la nariz y se la movía  para facilitar el afeitado del bigote. Era el único momento en  que la expresión tocarle a uno las narices no conllevaba  enfado.
Comencé a darme cuenta en la barbería de que las nieves del tiempo que empezaron platear  mis sienes no eran solo una letra de tango. Caían mis primeras canas como copos  sobre la capa,  casi confundidos al principio con el pelo castaño y bruñido de la juventud.  Fue aumentando su número con   cada pelado, preludio de la  gran nevada que se echaba encima con la edad.
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Para los pequeños cortes que se producían en el afeitado utilizaban  una piedrecita blanca y rectangular, la piedra de alumbre, que según supe más tarde estaba compuesta de sulfato de aluminio y potasio hidratado. Debía de desinfectarse sola porque pasaba de un pescuezo a otro sin más trámites intermedios.
De las actividades de los barberos- cirujanos  medievales que realizaban  trabajos  médicos, como  sangrías, permanecieron  algunos usos y costumbres, como  el poste cilíndrico con rayas rojas, blancas y azules y la bacía donde se remojaban las barbas y   que señalan la ubicación de los establecimientos del ramo.  Perduraron  también las funciones  de poner inyecciones y sacar muelas, como el de mi pueblo, que lo hacía además muy bien.
Cuando yo  lo veía llegar a mi casa me ponía en guardia por ignorar las intenciones y herramientas que traía, si barberas o sanitarias.  Como los médicos, contrataban igualas con los clientes con obligación de una pela mensual a domicilio. Hasta que no desenfundaba no sabía yo  a cuál de las dos venía y andaba esquivo y desconfiado, atento por  ver si encendía el alcohol en la caja metálica para hervir agujas y jeringas, en cuyo caso ponía tierra por medio, o sacaba los útiles  de pelar.
En las vísperas de fiestas las barberías estaban especialmente concurridas. Los músculos del brazo que movían la máquina manual trabajaban a destajo, como si fueran las agujas de hacer punto las mujeres. Para terminar, el maestro humedecía la cabeza con el pulverizador, peinaba, pasaba el cepillo por el cuello y le echaba polvos de talco. Para los más sibaritas un poco de loción Floïd que estaba sobre la repisa. Sacudía  la capa con restallidos y otro al puesto. El que marchaba se despedía: “Queden ustedes con Dios” y recogía  la boina del perchero.

Pequeños comercios

quien-da-la-vez-1-665x435 La fotografía es de un ultramarino recreado en la exposición “Les botigues Museu” de Pallars (Lérida)
Los  viajantes venían a visitar periódicamente a los dueños de las tiendas. Uno de ellos llegaba  con un “Seat  600” desde Sevilla con dos grandes maletas que podían calificarse por su tamaño como baúles. Eran de cuero,  bien atadas con correajes y reforzadas con   chapas en las cuatro  esquinas para preservarlas del desgaste.  Pasaba dos o tres días en el pueblo ofreciendo  los artículos y novedades. Se colocaba  en un extremo del mostrador. Allí, cuando no había clientes,  trataban el comerciante y él sobre  precios, modelos y condiciones de pago. Aquel clásico de letras a treinta, sesenta y noventa.  Este viajante representaba a una casa de tejidos y traía pequeños muestrarios rectangulares con los distintos colores y calidades de las telas o piezas completas para su examen.
Las mujeres confeccionaban vestidos, siguiendo modelos que venían en unas revistas llamadas figurines.  El que despachaba extendía sobre el mostrador  las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela o   de seda  para que la clientela comprobase  con el roce de sus dedos la calidad y textura.
Este  comercio era  similar  a otros  que había en la mayoría de los pueblos. En ellos  podías comprar desde un botón  hasta un kilo de cal, pasando por azufre en polvo,  puntas o un kilo  de azúcar a granel. ¡Qué habilidad tenían envolviendo los productos en  papel de estraza! Remetían los laterales  y doblaban   la solapa en forma de pico  sobre sí misma.
 En la puerta, según temporada, montaban un escaparate con capotes para la lluvia, botas katiuskas,  sombreros de paja,  cribas o bieldos para aventar en las eras.    
Al final de cada jornada el dueño se sentaba en la trastienda a echar cuentas  de existencias y ventas hasta el horario de cierre, que solía hacerse bien entrada la noche.
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Disponían de una libreta donde anotaban lo fiado. “Apúntamelo en la cuenta”. Práctica habitual  porque se andaba a la cuarta pregunta y porque los ingresos de las economías familiares llegaban  con los jornales que el campo ofrecía estacionalmente.
Pocas de las llamadas grandes superficies actuales  permiten esos usos, como cuando nos mandaban nuestras madres: “Anda, ve  a casa de José que te dé  un kilo de patatas, que a la tarde se las pago yo”.
El encargado  de la  tienda de ultramarinos  despachaba  a conveniencia del consumidor: cuarto y mitad de mortadela o piezas de bonito para llevarlas con un poco de aceite. “Échame un poquito más, que si no se resecan”.  No tenían hora fija de cierre ni prisas.   Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo había: “Está pedido, si no llega mañana, antes de que acabe la semana sin falta está aquí”. A la tienda no se iba solo a comprar, también se intercambiaban las últimas noticias  de lo que  sucedía en el  pueblo.
La facilidad para desplazarse, el cambio de  costumbres,  los impuestos, la imposibilidad de competir con las grandes superficies donde se compra en silencio y con carrito hacen muy difícil su pervivencia.
En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia.  Me entristece, por lo que significaron en el tejido social del pueblo, ver  en el fondo del local  al tendero cómo mira por encima de sus gafas  cuando oye pasos  que pasan de largo  sin entrar.