Septiembre

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Tiene septiembre una melancolía dorada  de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los  crepúsculos adelantan los anochecidos y  retrasan el primer albor de la mañana. Baja el  rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla,  desprende   aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama.  Libres por fin viajan en el viento,  anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es  puente que enlaza estaciones  donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia  de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días  casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra,  de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y  al estudio cultivador  de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen  las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’,  de Juan Marsé,  ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción  podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
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Las mañanas  bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa  casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”.  Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.

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