Relojes

Mientras ella borda en el bastidor llenando huecos de olvido con hilos de seda yo pienso en el vacío que se ha interpuesto entre el mundo que le rodea y su cabeza.  El tiempo ha ido depositando pavesas en su memoria y ha borrado de su mente lo que años atrás fueron recuerdos compartidos.  Hay un silencio en la sala que solamente quiebra el rítmico y persistente sonido del reloj. Sólo él, comiéndose el tiempo en nuestras manos como voraz paloma, como las carcomas en los viejos maderos del doblado.
El reloj de pared estaba en la sala donde se reunía la familia. Nos acompañaba, aunque la mayor parte del tiempo pasaba desapercibido, como los latidos de la sien. Hilvanó el pasado y el presente con puntadas de tictac. El abuelo se sentaba debajo, de espaldas a él. Para escuchar las campanadas de cada hora se ponía la mano detrás de la oreja. Luego sacaba del bolsillo del chaleco el que siempre llevaba consigo sujeto con una leontina a un ojal.  A las doce de la noche le daba cuerda girando la corona dentada, bostezaba y decía que ya era hora de acostarse.
Pienso en el poco sentido que tiene el paso de las horas para quienes han perdido las referencias del pasado y el efímero presente apenas sucede se desvanece, como la estela de un cohete en noche de feria.
Los despertadores ocuparon un lugar en las mesillas hasta que fueron desplazados por los teléfonos móviles, que tienen variedad de tonos a gusto del madrugador.  Los más antiguos y aparatosos despertadores disponían de una alarma metálica y estridente que rasgaba abruptamente los límites del sueño y la vigilia. Lo hacían con tal virulencia que los que se despertaban con ella lo hacían sobresaltados, dando un salto, una ‘cojetá’, como si hubiesen sido arrojados a empujones de la cama por un alud de cacerolas que se les echaba encima.
A mí me gusta despertarme sin alborotos. Cuando el organismo está habituado a hacerlo todos los días a la misma hora no hacen falta relojes. Solo cuando adelantan o atrasan dos veces al año las manillas me hacen perder el compás de mis hábitos. Prefiero la primera claridad del alba que se cuela a través de las rendijas de la ventana y se posa suavemente en la almohada.
Me gustan los relojes naturales. El más grande tiene como esfera el cielo y de péndulo el sol que va del orto hasta el ocaso. Es el que siempre usaron los labriegos. Ellos saben calcular la hora, chispa más o menos, que tampoco es preciso en el campo un cronómetro que marque los segundos. Sus referencias son la situación del astro rey y las sombras que proyectan las paredes y las piedras, las costumbres de los animales, el canto de las aves o el silencio de las alamedas.  Los labradores adaptan su actividad para aprovechar la luz.
Estamos ya en septiembre, camino del equinocio. Atrás quedaron los dilatados crepúsculos veraniegos, cuando el péndulo se recrea en el horizonte y viste de tonalidades rojas los ocasos. Hay que resignarse y adaptar nuestro tiempo a los relojes, aunque yo quisiera seguir las directrices de los naturales, como el de la luna que cada cuatro semanas le pone un diamante de plata al cielo.

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