Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

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