Día de los enamorados

cupido
Sin saber muy bien cómo, nos enamoramos. No escogemos fecha ni hora. La atracción se presenta como visita inesperada, antes incluso de que las hormonas produzcan un cambio físico y psíquico en nosotros. El amor de niño que a nadie contamos. Aquella contorsionista del circo o el de la muchacha forastera que llegó un verano y nos hizo andar por las ardientes calles en la siesta para encontrarnos con ella. La que dio vida a los farolillos de la feria que se alegraron con nosotros y se entristecieron la noche de la despedida. Cada uno tiene sus historias amorosas. No sabemos las razones por las que unas personas nos producen aleteos de mariposas que nos suben hasta el pecho y otras pasan desapercibidas. Dicen que es Cupido con su arco, sus flechas y su aljaba quién asigna compañera. Allá él con los fallos de puntería.
De imberbes nos enamorábamos de las actrices de cine, tan guapas y tan lejanas, aunque en la pantalla parecían hablarnos a nosotros.  Con ellas tejimos fantásticas historias en la adolescencia.
Empezamos a leer las primeras novelas que narraban  apasionados romances y nos sentíamos protagonistas.
El amor de Margarita Gautier y Armando Duval en La dama de las camelias, el de Yuri Andréyevich Zhivago y Lara en Doctor Zhivago, el de Calixto y Melibea en La Celestina, el de Oliver y Jenny en Love story, el del señor Rochester y la joven institutriz en Jane Eyre…   
La edad del pavo, ese peaje de azoramientos y cambios bruscos de humor, pasil resbaladizo e inestable de la niñez a la adolescencia, lo cruzamos entre sofocos y vacilaciones.
No sabíamos entonces dónde terminaba el deseo y empezaba el afecto. O si irían parejos. ¿Sería amor lo que sentíamos aquellas tardes cuando el arrebol del sol postrero encendía de rosa las mejillas de la muchacha por la que perdimos sosiego y sueño? ¿O cuando a contraluz del celaje su silueta destacaba hermosa en el momento en que la brisa, rendido el vuelo, caía desmayada en el silencio dorado de la tarde?
No sabíamos aún si aquella mirada cómplice y furtiva, aquel roce de brazos que electrizaba el cuerpo era antesala del amor o solo una manifestación de la eclosión de nuestras glándulas. Dicen que en el amor hay química.  Al fin y al cabo, somos eso, física y química. Se lo escuché a Severo Ochoa.
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Lope de Vega que tenía un historial amoroso tan variado como su obra literaria, decía que el amor era “no hallar fuera del bien centro y reposo, /mostrarse alegre, triste, humilde, altivo/enojado, valiente, fugitivo, / satisfecho, ofendido, receloso”.
O sea, un torrente de sensaciones contrapuestas que baja impetuoso por las abruptas laderas de la adolescencia. Después la vida, que es maestra, va enseñando. Hay amor puro en las caricias del remanso.
El ‘Fénix de los Ingenios’ escribió también a la muerte de su amante Marta Nevares que “al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte”.
Francisco de Quevedo abunda en esa idea de la eternidad del amor: “Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, /venas que humor a tanto fuego han dado, /médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejará, no su cuidado;/serán ceniza, mas tendrá sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado”.

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