Sequía

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 Las sequías son cíclicas y pertinaces  Lo sabemos por experiencia y por la cantinela que escuchamos tantas veces.
Otra vez  ancla en nuestros lares con las garras del “ciego sol, la sed y la fatiga”. El labrador que “del cielo aguarda y al cielo teme” mira cada tarde al horizonte buscando indicios de lluvia en la dirección del viento o en el aspecto del cielo, como el padre del hijo pródigo lo esperaba  a las afueras del pueblo, anhelando que la silueta en lontananza fuera la esperada.
Ya cesaron los arrullos de las tórtolas en las dehesas, migraron las golondrinas y vencejos a tierras africanas. Entrado el otoño llegarán del norte los zorzales, las grullas, las avefrías, los chorlitos,…pero el agua  que debería venir del Atlántico  no acaba de llegar.
El hombre aguarda y escudriña cualquier leve indicio. Sospecha   que algo pasa, que el clima, lenta e irremisiblemente está cambiando. Fallan los barruntos que antes anunciaban la lluvia. Los cercos de la luna y el sol, los nietos que les salen a los lados y que los técnicos llaman parhelios, la forma de elevarse o agacharse   el humo de las candelas, el comportamiento de las aves…
Los pozos han profundizado oquedades y ha habido que añadir soga para llegar al agua, si  queda, allá en las sombras, donde la mora acecha la cara de los niños que se asoman al brocal.  El sol del mediodía, caricia de luz irisada cuando  está en lo alto, no  alcanza a tocarla.
Los musgos secos y amarillentos ansían el  mullido verdor cuando resbala la lluvia por sus rocas.
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Los arroyos, gavias y regajos  son arterias sin flujo de un cuerpo que agoniza. Los espinos y los cardos secos se amontonan en las alambradas, como espectros de relámpagos interrumpidos que demandan auxilio con los brazos abiertos.
Añoro las noches en que pasan las nubes cuarteadas y veloces delante de la luna, como borregos que huyen de los lobos. Si las miras mucho rato parece que es la luna quien corre en dirección contraria. Una calle a oscuras, un tejado claro que al poco intercambian luz y sombra. Al día siguiente  flecos grises se arrastran por las crestas de la sierra, empujadas por los vientos ábregos cargados de humedad. Quiero que llueva en la quemada piel por el sol de los barbechos, bálsamo tibio de esperanzas verdes, en los alcores calvos y resecos; que lloren las alamedas y los chopos con el gozo risueño de sus hojas. Que el viento, perrillo suelto, suba a la cima de las nubes y juegue al escondite en las esquinas, que silbe en las cornisas y en los cables del tendido. Quiero ver llover sobre las tejas que guardan el verano dentro. Que la lluvia derroque la sucia corona  de las ciudades y la arroje sobre el suelo, revolución limpia con las armas de la lluvia, que aclare los cristales empañados de la atmósfera, que  abra la tierra, prieta de sequedad en sus entrañas enquistadas, que cesen las tolvaneras en los páramos desiertos. Agua fecunda, limpia, mansa y caladera sobre las ciudades y los campos. Y después que refleje el sol su brillo sobre las primeras hierbas del otoño y en el arroyo corra clara entre los guijarros y los limos.

El HOY de ayer

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A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba  el periódico HOY  cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie  al lado, apoyado en un bastón.  Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que  costaba el ejemplar  y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una  de las secciones  que recuerdo  era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas  sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores.  Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción  en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas  a través de los balcones  pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en  que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
 El periódico HOY estaba entonces  integrado en la Editorial Católica, fundada  por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de  1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura,  Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco,  Gervás Camacho,  el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento,  Rodríguez Arias,  Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo  Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y  Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
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El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces.  En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas,  con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen    el dinero por una ranura.  Una encomiable iniciativa para demostrar la educación  cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.  
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente  la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo  para afrontar algunos gastos  durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.

El pan

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Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que   dicen que comas solo  proteínas,  que elimines los hidratos de carbono,   que no comas fruta por la noche  o que  tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
 Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”,  también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base,  creció entre  auras y vendavales,  temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz,  alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer  la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el  blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años)  una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos  con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha  pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a  ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas.  Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este  se hacía con harina sin refinar y con  pieles de las semillas  de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes  por su contenido en fibra.
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En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros,  a escondidas, porque el trigo  había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que  se le daba un beso cuando se caía al suelo.  Tirar el pan se consideraba  un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo  que no apurábamos lo dejábamos  en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más  pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía  detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis  galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante  para hacer camino.

Septiembre

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Tiene septiembre una melancolía dorada  de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los  crepúsculos adelantan los anochecidos y  retrasan el primer albor de la mañana. Baja el  rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla,  desprende   aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama.  Libres por fin viajan en el viento,  anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es  puente que enlaza estaciones  donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia  de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días  casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra,  de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y  al estudio cultivador  de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen  las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’,  de Juan Marsé,  ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción  podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
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Las mañanas  bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa  casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”.  Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.

De tripas y turrones. Campanario y Castuera.

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Hay  dichos injustos e hirientes porque generalizan sin fundamento. Atribuciones peyorativas que surgen  en algún momento por envidias  y rivalidades entre pueblos vecinos.
Pío Baroja recoge en la serie de novelas ‘Memorias de un hombre de acción’   algunas de estas expresiones maledicentes en la zona de la Alcarria: “No compres mula en Tendilla/ ni en Brihuega compres paño/ ni mujer en Romanones/ni amigos en Marchamalo;/  la mula te saldrá falsa/el paño te saldrá malo/la mujer te saldrá tuna/ y los amigos contrarios”.
En Extremadura  con diversas variantes  y localizaciones existen expresiones de este pelaje.  
Ni  mulas en Quintana, ni mujeres en Castuera, ni amigos en Campanario…
En otros ejemplos se cita a La Zarza, Villanueva… El esquema está servido para que cada pueblo zahiera al vecino añadiendo sus nombres. Nada más falso e injusto.
En todos sitios existe gente de la más diversa índole.
A mi pueblo llegaban por temporadas  dos hermanos, Bartolo y Diego, de Campanario. Eran trajineros y  vendían  mazos de tripas para las matanzas, pimentón y judías  de la Vera, higos de Almoharín, o quesos de la Serena.  Sus largas estancias y su trato agradable y leal les  granjearon el afecto y la consideración de los vecinos. En su trabajo se complementaban perfectamente.  Bartolo  era el encargado de las relaciones públicas y Diego se dedicaba a cobrar, pago que no se hacía a la entrega de la mercancía, sino que esperaban a la recogida de la cosecha para hacerlo.
Saber vender es un arte y ellos lo practicaban ganándose la confianza de los compradores. Si un año la economía doméstica flojeaba se necesitaban menos tripas por la menor cantidad de carne. No había problema: “Habiendo para el apaño, para qué más”. Si el año había sido abundante y se podía extender el pedido también tenían la frase oportuna: “Más vale que sobre que no que haga falta”.  Hablaban   con la acusada pronunciación de los sonidos velares de ‘j’ y la ‘g’, característica de Campanario.
Se alojaban en la posada del pueblo.  Vestían con chambra, abrochada en el cuello y abierta y  con más vuelo y holgura por la parte de abajo. En la cabeza la boina. Después de tantos años, sus hijos, que pasaron aquí muchos días de su niñez, recuerdan con cariño aquellos tiempos y gozan del aprecio de quienes les conocieron.
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De Castuera llegaban, y lo siguen haciendo  por septiembre, los turroneros. Eran  las mismas familias  todos los años e igualmente se ganaron el aprecio de los vecinos.
Siendo yo niño  esperábamos ilusionados  su llegada. Era el aviso de que la feria empezaba. Los puestos no eran  como los de ahora, bien equipados y acondicionados. Entonces la estructura, el esqueleto,  era de madera y una vez ensambladas sus partes  las  cubrían con telas blancas. En el mostrador, inclinados hacia afuera, turrones duros y blandos, garrapiñadas, peladillas, piñonates, frutas escarchadas, tortas imperiales, alfajores, mazapanes, almendras rellenas, miel, arrope…y colgados del techo bastones de caramelo.
 Comían y  dormían dentro del puesto, sobre un entarimado para aislarse del suelo.  En las horas de la siesta se  echaban sobre una  manta en el acerado que estaba en sombra para descansar un rato.
Buenas, entrañables y laboriosas personas que siguen llegando, hoy ya sus descendientes, para  endulzarnos la feria.

Recitar

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Oír  a Francisco Valladares, por ejemplo, recitar un poema me  conmueve. Es un arte. Quien sabe hacerlo mece las frases con énfasis, entonación  y silencios. El poema se convierte en música dramatizada, plena   de compás  y cadencia  que emociona al auditorio al remover los sentimientos  más primitivos y arraigados. La muerte, el amor, la dignidad de los que no tienen más capital que su honra, la grandeza de la fidelidad, el heroísmo, el requiebro galante a la mujer hermosa… La poesía lleva consigo el ritmo que le dan los acentos, la métrica  y la rima. El rapsoda la interpreta con el recitado y la declamación. El oyente traduce en  sentimientos que ponen los pelos de punta, la frente tersa y el busto erguido.
Sin ser profesionales también he oído  en las tabernas al calor de la melancolía del vino, en los jolgorios de fiestas y bodas, recitar a aficionados con hondo sentir.  ¡Qué silencio se produce cuando alguien lo hace con pasión y vehemencia! Personas mayores que tienen dificultades con la escritura  recuerdan, sin embargo, poesías que recitaban sus antepasados  o escucharon en  películas  y teatros.
La tradición oral ha sido durante siglos la forma de transmitir de generación en generación romances, décimas,  coplas…
Algunas composiciones por su temática o musicalidad arraigan con más  facilidad en la memoria y se prestan  a la recitación.  El deslumbrante ritmo de la ‘Marcha triunfal’ de  Rubén Darío.  El  ‘Canto a la mujer  cordobesa’ de  Julián Sánchez Prieto. El patriotismo desmesurado del ‘Dos de mayo’  de Bernardo López García.  ‘Era un jardín sonriente’, de los Hermanos  Quintero. ‘El Piyayo’ de José Carlos de Luna.  ‘Los cuatro muleros’ de García Lorca o la recitaciones intercaladas en las canciones de Pepe Pinto y Pepe Marchena: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” escritas,  entre otros, por Rafael de León,  por citar solo algunos de los ejemplos más conocidos.
Dos poemas  me han conmovido siempre cuando los he leído o escuchado: ‘La nacencia’ de Luis Chamizo: “Bruñó los recios nubarrones pardos…” y  ‘El embargo’ de Gabriel y Galán.
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La primera vez que escuché este último en boca de mi padre, sin ser consciente entonces por mi edad del alcance del concepto de dignidad, sí la intuí en aquel hombre,  roto de dolor,  que invitaba a pasar al juez y a sus  acompañantes  cuando ya no tenía   dinero   porque  se lo gastó  todo en la enfermedad de su esposa. Lo demás podían llevárselo… Todo menos eso: “La camita onde yo la he querío/ cuando dambos estábamos güenos;/ la camita ondi yo la he cuidiao/la camita ondi estuvo su cuerpo/cuatro mesis vivo/ y una nochi muerto…”
Me impresionó la valentía, que sin ser altanera, es  firme y llena de orgullo por el deber cumplido: “Si venís antiayel a afligila, sos tumbo a la puerta”.
Esa cualidad del que se da a  valer como persona, que se gana el aprecio ajeno,  respetándose a sí mismo y a los demás, sin dejarse humillar. Y pienso ahora cómo actuaríamos cada uno de nosotros en parecidas circunstancias, “desnudos, como los hijos de la mar”, despojados de los bienes materiales que nos sostienen y de los que a veces presumimos. Si mantendríamos la digna grandeza del protagonista  del poema de Gabriel y Galán.

José María Gabriel y Galán.

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JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

Este pequeño trabajo, realizado en 2009, para presentarlo  en la Tertulia Literaria Ateneo  Llerenense fue elaborado a partir de las  colaboraciones que se aportaron con motivo del centenario de la muerte del poeta celebrada en el año 2005. He entresacado, resumido y relacionado todo lo que me ha parecido necesario para tener una visión amplia y, en la medida de lo posible, objetiva del escritor salmantino-cacereño. No he omitido las críticas negativas que a muchos escritores y estudiosos actuales les merece la figura de Gabriel y Galán, pero como nos recuerda Pilar Galán, hay que tener en cuenta  las circunstancias sociales, de tiempo y lugar en que  se desenvuelve su actividad literaria,  para tener una visión más cabal  de su obra.
Juzgarlo con la mentalidad de hoy y con los parámetros artísticos en boga es distorsionar la realidad. Quizás cuando pasen varias generaciones y siguiendo  pautas parecidas de análisis muchos escritores de vanguardia actuales, críticos con su obra,  merecerán el mismo olvido  y desdén  con  que hoy quieren condenar  a Gabriel y Galán.
El  presente trabajo consta de tres apartados:
-Biografía, elaborada a partir de los trabajos de Jesús Herrera Peña y Jesús Gabriel y Galán Acevedo.
-El lenguaje poético de Gabriel y Galán  con trabajos de Miguel Becerra y Antonio Salvador, profesores de la Uex.
-Opiniones sobre la obra de Gabriel y Galán.
BIOGRAFÍA (1870-1905):
Una vida apacible y tradicional.
El poeta nació en Frades de la Sierra, el 28 de junio de 1870  es decir, charro, de familia campesina más o menos acomodada, con un cuartillo de sangre extremeña aportada por su abuelo materno, médico-cirujano, natural de Coria.
Fue el cuarto de los cinco hermanos que sobrevivieron: las dos hermanas mayores (Enriqueta y Carlota) se casaron y vivieron en La Maya y Frades, respectivamente; Baldomero ejerció como abogado del Estado en Salamanca y Madrid, y Luis, el pequeño, continuó durante muchos años con los negocios familiares y acabó también en la Capital.  José María (que no estaba, en el esquema paterno, destinado a los estudios), cursó la carrera de magisterio en Salamanca y Madrid, por cierto con un excepcional expediente, y ello fue así gracias a la tenacidad de su maestro en el pueblo, don Claudio Gómez, que consiguió torcer (y no era fácil) la voluntad del padre del muchacho para que éste se dedicara a los estudios, habida cuenta del despejo intelectual que mostraba.
Sus padres se dedicaban al cultivo de la tierra y a la ganadería en terrenos de su propiedad, dos de las producciones típicas del campo charro salmantino. Su economía era la propia de quienes se dedicaban a la labranza y al cuidado de los animales por aquellos años finales del siglo XIX.  Su padre, Narciso, que vistió toda su vida el traje charro de calzón corto y chaquetilla , era de temperamento vivaz y vehemente y “listo y muy avispado para los negocios, pero honrado a carta cabal”; no alto, y enjuto de carnes, era jinete incansable y cazador contumaz. Un retrato certero dejó de él su hijo en la poesía “Ganadero” . Anduvo siempre muy metido en política y era el cacique local de los conservadores. Bernarda, la madre,  era el reverso de la moneda: de natural tranquilo y sosegado, constitución robusta y apariencia física agradable. Escribía versos sencillos y familiares, algunos de los cuales se han conservado. La infancia de Gabriel y Galán transcurre en su pueblo natal y allí en su escuela aprende las primeras letras. Se tiene constancia de dos composiciones que escribió hacia los doce años de edad: “La  aristocracia de mi lugar”, donde satiriza a personajes políticos de la zona, incluido el jefe conservador conde de Revilla  y “El manifiesto electoral” donde arremete humorísticamente contra los caciques de su pueblo que se ofrecían como concejales para la “felicidad” del lugar. A los 15 años se traslada a la capital, Salamanca, donde prosigue sus estudios. Para no cargar más la economía familiar, se buscó un trabajo en un almacén de tejidos que alternaba con sus estudios. De esta estancia en la capital salmantina, datan sus primeros escritos en verso, que al darlos a conocer a sus amistades, es elogiado y estimulado a que continúe escribiendo poesías. En 1888 obtiene el título de maestro de escuela y es destinado al pueblo de Guijuelo, distante 20 Km. de su pueblo natal. Tras una corta estancia en la escuela de este pueblo, se traslada a Madrid para estudiar en la Escuela Normal Central. En la capital de España reside por poco tiempo, pues esta ciudad cosmopolita despierta en José María un cierto rechazo, puesto de manifiesto en alguna de las cartas que escribe a sus amigos, en que la moteja bajo la denominación de “Modernópolis” . Después, su nuevo destino de maestro de escuela es a Piedrahita, (Ávila). Allí se  dedica a la pedagogía sirviéndose de los nuevos conocimientos adquiridos en su paso por la Escuela Normal Central de Madrid. Se tienen conocimientos de este periodo de su estancia en Piedrahita, a través de las cartas que escribe a algunos amigos, las cuales firmaba con el seudónimo de “El solitario”, tal era el bajo estado de ánimo en el que el joven maestro se encontraba por entonces. José María Gabriel y Galán se iba perfilando como un muchacho triste, melancólico y muy sensible y atento al mundo que le rodeaba. De convicciones profundamente religiosas recibidas de su madre, doña Bernarda, son sus primeras poesías el fiel reflejo de sus creencias. En una de las cartas enviada a un amigo, podemos averiguar lo que opinaba el sensible poeta sobre el castigo inhumano que para su moral suponía la pena de muerte, aplicada en España por entonces: «… pasado mañana, dará la justicia en esta localidad, el triste espectáculo de la ejecución del reo de un crimen cometido en una dehesa de este partido judicial hace ya dos años. Dios lo recoja en el cielo…» De su monótona vida de soledad y tristeza que por aquel tiempo caracterizaba al joven poeta, vino a sacarle el enamoramiento con Desideria, hacia el año 1893. Cuatro años después, en diciembre de 1897 anunciaba su casamiento con Desideria, (“mi vaquerilla” como solía llamarla cariñosamente). El 26 de enero de 1898, en una iglesia de Plasencia, contraían matrimonio José María y Desideria. A partir de ese instante, la vida del joven poeta experimenta un cambio radical; abandona su dedicación de maestro en la escuela de Piedrahita, y se traslada al pueblo cacereño de Guijo de Granadilla, en donde se encarga de la dirección y administración de una gran dehesa extremeña denominada “El Tejar”, propiedad de su tío Juan Antonio Rivero ( Su mujer, Natalia, era a la vez tía de Desideria). Encuentra así, la calma que necesita el espíritu sensible de nuestro poeta: la dedicación al cultivo del campo y del alma. Debido al sosiego que esta nueva ocupación le proporciona, y debido también a su sensibilidad y sus dotes de agudo observador, se dedica a escribir lo que le inspira el nuevo entorno en el que se desenvuelve. Poesías de pura raigambre racial, retratan las vidas de los humildes labriegos que trabajan y habitan en la dehesa; de los pobladores de aquellos pequeños núcleos rurales extremeños; de los amoríos entre los pastorcillos y las jóvenes zagalillas…En ese pueblo nace su primer hijo (Jesús, 1898), lo cual le inspira para componer la poesía «El Cristu benditu» con la que inicia sus famosas EXTREMEÑAS en las que el empleo  de la lengua vernácula, “el castúo”, aroma y vivifica la musa del poeta. En esa poesía refleja el autor la vida gris que pasó en su primera juventud y el gran cambio hacia la alegría que experimenta con su nuevo empleo y el nacimiento de su hijo. Pero Gabriel y Galán que era observador y poco iluso, conoce los aspectos negativos de su nueva vida: «Y vivo bien, gracias a Dios ; pero no me falta hueso que roer. En mi trato con las gentes sufro no poco. Las gentucas de las aldeas, al par que cosas buenas, tienen miserias y roñas morales que repugnan al estómago más fuerte, se necesita mucha calidad y mucha paciencia para vivir entre ellas(…). Con los ilustrados del pueblo no hay que contar para nada. No los desprecio por ignorantes, sino por tontos, por hipócritas y por mala fe, que de todo hay» En otra ocasión confiesa a un amigo, a través de la correspondencia epistolar: «…yo no tengo más amigos, en sentido estricto de la palabra, que uno de mis criados. Voy dejándome vivir, agua abajo, agua abajo, sin prisa alguna…»
Su segundo hijo nace el 27 de febrero de 1901. En septiembre de ese mismo año, convocado por la universidad de Salamanca, se celebran unos juegos florales. A ellos concurre Gabriel y Galán con la poesía titulada “El ama”. Preside el jurado del certamen el insigne rector de la universidad salmantina, filósofo, escritor y poeta, Miguel de Unamuno. El 3 de septiembre se da a conocer el fallo del jurado, que recae en la obra presentada por Gabriel y Galán; en ella, el autor había plasmado con gran hondura poética, todos los vivos recuerdos que guardaba de su madre, recia mujer de Castilla que le animó en sus comienzos literarios, y muerta unos años antes. En dicha poesía, nuestro poeta se mete en el personaje de su padre y desde esa ensoñación relata la vida de la pareja al frente de una gran finca imaginada que bien le pudo inspirar su realidad vivida al frente de la que él ya dirigía en Guijo de Granadilla. El 15 de septiembre de 1901, se celebran en la ciudad de Salamanca los juegos florales, en los que, en solemne acto, es entregada “la flor natural” a Gabriel y Galán, como premio a su bella poesía “El ama”. Debido a la huella que dejó la poesía ganadora y a la amistad surgida de tal evento entre los dos poetas, a partir de aquel momento, Unamuno y Gabriel y Galán comienzan una asidua correspondencia epistolar. A partir de ahí se empieza a dar a conocer como joven y singular poeta. Publica su libro de poesías titulado “Castellanas”. El éxito adquirido por esta publicación hace que el autor vuelva a dar a la luz su segundo libro titulado “Extremeñas” y poco tiempo después, un tercero de título “Nuevas castellanas”. En 1902 triunfa en los juegos florales de Zaragoza; al año siguiente obtiene los galardones de la flor natural, en los juegos florales de Murcia, de Lugo y de Sevilla. La fama con que irrumpía este joven poeta, en el panorama de la popularidad, adquiría un vertiginoso crecimiento en corto espacio de tiempo. El año 1903 es premiado por el ayuntamiento de Guijo de Granadilla con el galardón de «Hijo Adoptivo» de este pueblo cacereño perteneciente a la comarca natural de Las Hurdes. Para corresponder con toda gratitud a tal nombramiento, prepara una bella poesía titulada “Sólo para mi lugar” que es estrenada y recitada por su autor en tan solemne acto, el lunes 13 de abril de 1903. En 1904 recibe un homenaje en Argentina a resultas de ser premiada su poesía “Canto al trabajo”. Toda su poesía se desenvuelve en una atmósfera campesina y rural. Él supo cantar como nadie, la belleza del alma sencilla de los campesinos extremeños y salmantinos. Hizo poesía de lo más paupérrimo de las sencillas gentes de la entonces paupérrima comarca natural de “Las Hurdes” que luego supo retratar el español-mexicano Luis Buñuel con su film “Tierra sin pan”. Su extensa y valiosa obra es de una excelente y sublime sencillez, con la utilización de palabras y frases exentas de artificiales filigranas y sofisticaciones, que son el mimbre con el que va construyendo una poesía popular de alta sonoridad y cuidada rima, que cala fácilmente en el entendimiento de los menos instruidos en las artes literarias. Su verso recorre una amplia gama de medidas que va desde el hexasílabo hasta el hexadecasílabo. Sus estrofas más usadas son el romance, la cuarteta, la redondilla, la quintilla, la sextilla y el serventesio. Sus poesías publicadas se agrupan bajo los títulos: Campesinas; Castellanas; Religiosas; Extremeñas; Cuentos y poesías; Nuevas Castellanas; Poesías; etc… En las poesías escritas en la lengua vernácula extemeña, “el castúo” y en alguna que otra expresión de un lenguaje popular, para hacer notar que no pertenecen al correcto idioma castellano-español, van resaltadas en letra cursiva. El 6 de enero de 1905, con 35 años no cumplidos, a consecuencia de una pulmonía mal curada, muere nuestro joven poeta en Guijo de Granadilla (Cáceres), en donde su ayuntamiento mantiene la casa que habitó, como museo en donde mostrar los objetos personales más entrañables del poeta junto con manuscritos y libros, donados por sus descendientes.
 EL LENGUAJE POÉTICO DE GABRIEL Y GALÁN
 Este enfoque en el estudio de la poesía de Gabriel y Galán, ya fue abordado por Alonso Zamora Vicente en su artículo ‘El dialectalismo de Gabriel y Galán’ (Filología, 1950).
Dentro del vocabulario empleado por el poeta, algunas voces relacionadas con la agricultura pertenecen más propiamente a otros campos ideológicos, como los de la estructura social y el trabajo (el amo, jornalero…), los accidentes topográficos (canchalis, vereda, etc), los animales domésticos, o las plantas en general (olivaris, jabas, fresnos, tarmas, etc). La mayoría de estas voces no presentan interés geográfico-lingüístico.
Es quizá en ‘El embargo’ donde se hallan las formas más interesantes relacionadas con los trabajos agrícolas: Jerramientas, poco común en el habla tradicional referida a los ‘aperos’, no presenta mayor interés que la aspiración inicial, mientras que jocis (‘hoces’), forma léxica de extensión general en español, sólo suma a la fonética dialectal la actual rareza del objeto, casi desplazado por las máquinas modernas. Los ‘avíos’ es voz castiza y poco usual hoy, y se conserva en buena parte de las hablas del dominio del español, referida principalmente a los ‘preparativos e instrumentos para la matanza u otros trabajos’, pero no es común con el valor de ‘aperos’. Con esta referencia, González Salgado la recogió en Segura de Toro, en la misma comarca de Guijo de Granadilla.
Más interesantes desde el punto de vista dialectal son sacho ‘escardillo’, liendro ‘bieldo, horquilla para aventar la mies’ y segureja, ‘hacha’. Sacho, en sus diversas variantes (sacho, occidental; zacho, central y oriental), es casi general en Extremadura, pero en el entorno hispánico está presente solo en la franja occidental que comprende Galicia, Portugal, oeste de León y Zamora, Salamanca, zonas occidentales de Ávila, Extremadura, occidente de Andalucía y Canarias. Liendro, una de las múltiples variantes derivadas de la voz latina ventilare ‘agitar al aire’, es propia de la mitad occidental de Cáceres y del noroeste de Badajoz, mientras que otras formas se reparten el resto del territorio: bieldo, biendro y briendo aparecen en el centro de la región, desde el norte hasta la Serena y la Tierra de Barros; bierno en el este, desde el Campo Arañuelo hasta la comarca de los Montes en Badajoz; y biergo en el sur.
Los datos de los atlas lingüísticos españoles explican la repartición de las formas extremeñas: la meridional biergo es la más extendida en Andalucía, desde donde se ha propagado a Canarias, y está presente en otras zonas meridionales, por donde llega hasta Ávila; bierno es también toledana y del sur de Salamanca y de Ávila; liendro, briendo, biendro y otras semejantes son leonesas y se extienden a zonas castellanas occidentales, mientras que bieldo es la más difundida en las provincias centrales de Castilla. Por lo que respecta a segureja, es un interesante arcaísmo, derivado de segur, forma de origen latino que fue desplazada en casi todo el dominio del español por el germanismo hacha. En Extremadura, junto con otras variantes, es propia de Cáceres, mientras que es desconocida en Badajoz, y fuera de nuestra región, solo aparece en Salamanca y el suroeste de Ávila. En ‘El desahuciado’ se usa bochi con el valor de ‘hoyo para sembrar’ (en el Diccionario de la Academia, boche ‘hoyo, en los juegos de los niños’), voz especialmente propia de Cáceres y de Salamanca; y en ‘Plétora’, comuelgo ‘colmo de una medida de grano’, forma que, junto con las variantes cogüelmo, cogolmo y comolgo, es propia de las provincias leonesas y Extremadura, desde donde se extienden a zonas castellanas occidentales. En ‘Bálsamo casero’ aparece rastra(s), seguramente ‘labor de allanado de la tierra hecha con la rastra o grada’, forma que se ha registrado también en Salamanca, aunque es posible que su uso esté unido en otros lugares al del verbo rastrar, rastrear o arrastrar, que referido a esta labor está muy extendido por todas partes; y también cavucheo(s), derivado de cavar relacionado con las salmantinas cavuchar ‘cavar superficialmente’ y cavuchada, y con las andaluzas cavuchear y cavucheo. En cuanto a lagal ‘lagar’, referido al ‘molino de aceitunas’, está hoy extendido por la mitad norte de Cáceres y el oeste de Badajoz, mientras que en la mayor parte de esta provincia (como en casi toda Andalucía) se usa molino, y por el este de la región penetran almazara y, con mayor extensión en Cáceres, prensa.
En las hablas extremeñas, si se deja a un lado la fonética vernácula, no son muchos los elementos léxicos que puedan ser tenidos como propios, ni siquiera, como diferenciales con respecto a la norma general castellana. Así, jacienda ‘hacienda’, escuajal ‘descuajar, arrancar las raíces’ y forraji (en las que solo destaca la pronunciación regional), güerto y güerta (formas vulgares de todas partes), e igualmente trillo, cavar y aperos, son formas léxicas generales o casi generales en todo el territorio del castellano y sus dialectos. Jesa es la castellana dehesa, también general, aunque en Extremadura y en gran parte de Andalucía se presenta con conservación de la aspiración de la h y pérdida de la sílaba inicial (causada por el uso de la forma con el artículo, que deja la /d/ en posición intervocálica: la (d)ejesa > la jesa). Bellotera ‘época de la recogida de la bellota’ está registrada en el Diccionario de la Academia sin especial mención geográfica, mientras que aceitunera ‘época de la recogida de la aceituna’ se da como propia de Extremadura, aunque posiblemente se use también en otras partes. En cuanto a janega es la antigua forma popular castellana (llevada también a Aragón, donde lo más corriente es hanega, sin aspiración), pero esta variante está hoy en franca regresión en beneficio de la más conservadora fanega, que es la voz normativa y la que más se ha extendido en el uso moderno de casi todas partes.
Finalmente, otras voces son también generales o casi generales en todo el entorno del español, pero son menos conocidas puesto que están hoy prácticamente desusadas por causa de la pérdida de las prácticas tradicionales a las que están asociadas o por otras razones.
Entre estas están maquilar (se maquilan, en ‘Varón’), derivado de maquila ‘cantidad de grano o de aceitunas que se deja en el molino o en la almazara como pago de la molienda’; cuartillo ‘pequeña medida de capacidad’; güebra ‘huebra, cantidad de tierra que puede arar una yunta en un día’; y pago ‘término o predio, generalmente el plantado de vides o de olivos’.
Desde la perspectiva de escritor preocupado por la existencia de una poesía popular y llena de rasgos dialectales, probablemente el temprano estudio más sugerente sea el del poeta catalán Juan Maragall, prologuista de sus Extremeñas. Elogia insistentemente sus composiciones y señala: «Todo el libro es así, vivo; todo él escrito en ese lenguaje desarrapado, es decir, vivo: escrito en dialecto […] porque no son las lenguas las que hacen las obras, sino las obras las que hacen las lenguas. Y la poesía grande, la viva, la única, gusta mucho de brotar en dialectos».  Por eso, «la pasión humana, sincera y viva, él la sentía brotar en el ambiente popular que respiraba, en esa lengua extremeña de las gentes sencillas que le rodeaban». Estas intuitivas palabras explican en buena medida el arraigo y la fortuna popular de la obra del poeta de Frades durante varias generaciones. Pese a esta postura tan encomiástica, a la que podrían unirse otras como la de Miguel de Unamuno o Gerardo Diego, el carácter dialectal de esta parte de su obra no siempre ha sido interpretado de modo positivo. La postura de Manuel Alvar es inequívoca:
«Gabriel y Galán publica poesías salmantinas y extremeñas, pero sus pretensiones apenas quedan logradas; cuando se proyecta sobre ellas la lente del investigador resulta que no hay muchos dialectalismos extremeños, y no demasiados salmantinos, sino que están escritos en español vulgar».
Mucho más matizada resulta sin duda la opinión de Zamora Vicente, autor del análisis filológico más detallado de su poesía y que subraya cómo «el dialecto ha sido sacrificado a la rusticidad» y que, en suma, los elementos auténticamente dialectales son escasos. Sin embargo, el mismo autor indica, a propósito del léxico que «es probablemente donde con más espontaneidad puede dejarse entrever lo que ha persistido con más hondas raíces, en la literatura del poeta, de su hablar nativo».
Nunca olvidarse que estamos ante una obra literaria, una obra por tanto de ‘re-creación’ . Sin embargo, ofrece indicios suficientes sobre cuál es la modalidad popular reflejada.
 
OPINIONES SOBRE SU OBRA
 
Puesto a idealizar, Gabriel y Galán idealiza hasta el habla popular en sus famosas Extremeñas. Ya indicó Zamora Vicente que los rasgos dialectales de esa poesía son muy pocos, pero logran dar la sensación de dialecto, aunque éste no sea auténtico. La idealización de la vida tradicional que hallamos en la poesía galaniana es el fruto lógico de la ideología que profesó su autor. Gabriel y Galán, por educación y talante, se inscribe en la tendencia conservadora y católica más tradicional. Aunque su estatus de discreto terrateniente no le impidió solidarizarse con las desdichas de los desheredados. Pero son las suyas denuncias tímidas de la condición social de los humildes labradores en una época de agitación política en que ya existían organizaciones y sociedades agrarias en nuestra región. En la mentalidad del hacendado-poeta no entran los procesos de transformación social a través del cambio político, y menos si éste es revolucionario. Le beneficiaba al vate extremeño-salmantino la continuidad de ese sistema de explotación social, por mucho que se apiade o exalte figuras típicas de la ruralidad extremeña: el vaquerillo, el gañán, el pobre labriego, ‘la paupérrima jurdana’…
FERNANDO FLORES DEL MANZANO. Antropólogo
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Para el mes de septiembre de 1904 se ha programado un viaje del joven Rey Alfonso XIII por tierras castellanas. El viaje incluye visita a Salamanca. Francisco Jarrín-canónigo magistral de la catedral de Salamanca y catedrático de instituto- no quiere perder la oportunidad de poner ante el Rey la situación de las Hurdes y piensa en dos acciones: publicar un número extraordinario de la revista ‘Las Hurdes’ y llevar hasta Salamanca a un grupo de hurdanos para que actúen ante el Rey. Ni que decir tiene que una de las primeras colaboraciones solicitadas para el extraordinario de la revista es la de Gabriel y Galán. Éste les manda ‘A S.M. el Rey’, composición en diecisiete quintillas donde el poeta arremete contra quienes engañan ocultando la realidad «mintió la vieja embustera/ que llaman cortesanía»–, pinta su negra visión de las Hurdes y pide que haga el rey lo que del rey se espera.
El poema salió publicado en el número extraordinario de la revista correspondiente al mes de septiembre. Jarrín se encargó de hacer llegar la revista al Rey, de la que también era suscriptor. Igual que se encargó de organizar la embajada artística, llevando hasta Salamanca a un grupo de Nuñomoral, para que interpretaran ante el rey el típico ‘Ramo de San Blas’. Convencerles le costó a Jarrín pagarles doble jornal los días empleados, así como el viaje, la manutención y comprarles a todos blusas y alpargatas. Pero el 1 de octubre al mediodía, los ‘danzantes’ hurdanos lucieron ante el monarca sus habilidades. Naturalmente, Jarrín se llevó bajo el brazo el número extraordinario de la revista, lo que le dio oportunidad de hablar de ella así como del poema de Gabriel y Galán, al tiempo que con Polo Benito, el Dr. Pulido y Rafael Durán que le acompañaban, hacían ver al monarca y a las personalidades del séquito la precaria situación en la que vivían los hurdanos. Había quedado sembrada una semilla, que pronto germinó y dio algunos frutos. El más importante, sin embargo, aún tardaría dieciocho años en llegar, pero llegó: en junio de 1922 el Rey visitó las Hurdes. La redención por la que habían clamado Francisco Jarrín y José María Gabriel y Galán comenzaba.
TERESIANO RODRÍGUEZ NUÑEZ .Periodista
 
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LA EMOCIÓN QUE ME PRODUCÍA EL POETA
A finales de los cuarenta y principios de los cincuenta yo era un niño. En la barbería de mi padre se recibía diariamente el Arriba y el ABC. En la mesilla, junto a los paños de afeitar, había tres libros muy usados, encuadernados en rústica: La vida es sueño de Calderón, La venganza de don Mendo de Muñoz Seca y Castellanas y extremeñas de don José Mª Gabriel y Galán. Calderón me aburría, Muñoz Seca me hacía reír y Gabriel y Galán me emocionaba. Sus encinas eran las mismas que yo veía, sus azules cielos estrellados eran mis cielos, el olor de sus mieses era el olor de las eras de mi pueblo. Yo lloraba con el vaquerillo y me moría de pena con el desahucio y me aterraba con la muerte del ama, pensando en mi madre. La sonoridad modernista de muchos de sus versos endulzaba mi lectura. No he olvidado su apacible ingenuidad —su principal defecto, dicen— y jamás lo he escondido debajo de otros libros.
JUAN GARODRI . Poeta
 
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UN POETA QUE NO DEJA INDIFERENTE A NADIE
No es fácil distanciarse de la figura de Gabriel y Galán. Ensalzado por unos como padre de la literatura extremeña, denostado por críticos actuales, elogiado por Unamuno y Pardo Bazán, reducido a ganador de juegos florales o hacedor incluso de milagros, al menos es un escritor capaz de levantar pasiones, tanto en un sentido como en otro. A lo mejor es tan simple como situar a nuestro autor en su época, analizarle allí, y no pretender que su Arcadia sobreviva en nuestros días o su lucha contra el progreso tenga sentido ahora, pero tampoco abominar de unos textos coherentes con una forma de pensar, que no son culpables más que de responder a una educación y unos días ya pasados. Para mí, que comparto con él el apellido (lo que ha dado lugar a divertidos equívocos que no vienen al caso), Gabriel y Galán es el poeta de mi infancia. Es más, duela a quien duela, guste a quien guste, es el poeta que recitábamos todos los niños extremeños. Sigo recordando de memoria al niño que duerme en el monte, a la hija del sepulturero, con ese final de pañuelos robados que nos ponía los pelos de punta, las sábanas llenas de olor del embargo, la pedrada, el Cristu benditu, la declaración de amor de un don Juan rural… Y si, como se pregunta el poeta: ¿somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?, no olvidemos nuestro pasado, respetemos las palabras de otro siglo, dejémonos empapar, por qué no, de las descripciones de una Extremadura arcádica, y no alejemos a los creadores de su época.
Recitemos en este centenario los versos de la infancia. Al menos para mí, están llenos de recuerdos. Y, sobre todo, seamos humildes. No encasillemos y no seremos encasillados.
PILAR GALÁN . Poeta
 
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Hay veces en que, asombrados por el paso inmóvil de los años, recuperamos voces antiguas que como un río de ritmos acuden hasta el presente. Versos dormidos que regresan para sonar desde los pupitres de la infancia. Recordamos así los primeros poemas que hicimos nuestros en la escuela: El ama, El embargo, El vaquerillo, A Plasencia, El Cristu benditu… Cuánta música, cuántos ritmos, cuántas mañanas al calor de los versos familiares por vividos, por escuchados, por aprendidos y cantados a coro.
Y, desde un rincón de la clase, la figura del maestro como un tráfago de vida y poesía con el que aprender a sentir y a soñar. Pero más allá del sentimiento hondo hacia la tierra, de los acentos, de los lugares comunes, de la frágil niñez, quedaron sembradas las palabras, porque con ellas comenzamos a saber escuchar, a saber decir, a leer, a palpar el significado delicado del lenguaje: ¿Ondi jueron los tiempos aquellos?, como dijo el poeta.
JAVIER PÉREZ WALIAS. Poeta
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DESASOSIEGOS
Existen escritores del insomnio. Esos que te desvelan, clavándote en el hueso de sus desasosiegos, capaces de prenderte hasta rozar la médula de tu propio interior amenazado. Son escritores para la llamarada, cuando más penetrante es el acero – en apariencia frío – de su voz reflexiva. Son los que me provocan las palabras, la angustia del presente y la memoria; van más allá del tiempo y de mí misma, me obligan a agitar la transparencia y remover el limo de mi propio interior desconocido. Son cómplices y amantes a los que intentas comprender a fondo y siempre se escabullen. Son los que me devuelven a la intranquilidad: ese concepto tan parecido al del amor o el enamoramiento.
Huidizos e imposibles, focalizan el tiempo y el secreto, el asombro y la duda.
José Mª Gabriel y Galán no figura entre ellos pero en cambio, con él tengo una deuda íntima pendiente del silencio y el olvido. Unos versos leídos en familia me devuelven secuencias, fotogramas quizás de tintes sepias a la luz mortecina de un tiempo de braseros. Al calor de las brasas las noches monocordes se llenaban de raquíticas mantas que arropaban a niños vaquerillos. Había un paternalismo solapado en la mirada bondadosa y grave, una escenografía de embargos y varones ,una miseria digna en los gestos que acentúan la injusticia, un guiño solidario que marca las distancias de la pluma expansiva-expresiva por donde se colaban brisas y cierzos, sentires y sabores entre un pardo ropaje de palabras, parecido al perfil de los canchales, y una tonalidad sinuosa de acordes y de engarces frente a un dolor de tierra compartido del que la sufre y para el que la observa. El Ama, el Amo, el público sencillo y entregado, la fuerza del paisaje y su blandura, los seres y las eras, junto a las reivindicaciones reposadas, pueblan los versos del honesto poeta tan prontamente desaparecido. Agua clara parece en sus poemas…Acaso el limo del desasosiego, y el misterio del hombre que lo habita, lo encuentre yo – de forma subjetiva – en su casto temblor epistolario.
EFI CUBERO . Poeta
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SINCERIDAD AUNQUE DUELA
El interés que tiene parte de su obra ha sido sepultado bajo las interpretaciones, por lo general poco afortunadas y escasamente críticas, de un buen número de sus partidarios. Gabriel y Galán necesita, merece, ser leído con nuevas perspectivas. Me temo que en tiempo de efemérides acríticas y seguidismos bienintencionados pero de pésimos efectos, no será posible. Tendrán que pasar otros cien años. Gabriel y Galán es, y lo será más aún según pase el tiempo, un poeta menor. Y un poeta menor no debería ser considerado, bien por razones sentimentales, bien por intereses ‘regionalistas’, el poeta mayor, o el mayor poeta, de Extremadura.
JULIÁN RODRÍGUEZ. Poeta
 
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UN RICO PATRIMONIO PARA EXTREMADURA
El nombre me evoca infancia, crecí  escuchando a un rapsoda de El embargo, mi padre, hasta que a mis once años me lo arrebató la muerte casi con la misma  edad que Gabriel y Galán. Pero como a  Manrique, me quedó harto consuelo, su  memoria. Y así aprendí trozos de  Extremeñas leyéndolas en la escuela. En  1990 gané el premio de poesía de Guijo  de Granadilla. El mejor homenaje, como  prenda al recuerdo de los dos. Mi padre,  extremeño parte del pueblo, entre el  campo y la ciudad donde transitaba su  vida, comprendía el alma sincera del  poeta salmantino de nacimiento que  permitía expresar en sus versos las  palabras con que se hablaban  extremeñamente, con las que la vida  cotidiana se desarrollaba, con las que se  nacía y moría. Gabriel y Galán pertenece  al bagaje cultural de Extremadura, como  todo lo que pertenece a la Historia, no se  debe enjuiciar con los valores del  momento, valores que serán igualmente  transitorios y cuestionables para un  inmediato futuro.
ROSA MARÍA LENCERO. Poeta
 
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Siento hacia José María Gabriel y Galán un cariño entrañable, como si  fuese algo mío, un viejo abuelo próximo y querido.
Quizás se deba a que desde muy niño su presencia me fue cercana. Sus versos se recitaban en la escuela pública de mi pueblo y algunos de sus  poemas –’La pedrada’- sirvieron para mis primeros  ejercicios de memoria. Y ahí están. Como del ‘Tenorio’, estoy lleno de versos sueltos de Gabriel y Galán.
 Por eso yo me siento incapaz de analizar fríamente su obra. Y reitero el verbo sentir porque para mí esa obra es toda sentimiento. Estéticas aparte, me sirvió de niño; me sirvió de joven embravecido con la defensa de Extremadura; me sirvió, enamorado; me sirve ahora, cuando tantas melancolías empiezan a posarse sobre el corazón cansado.
Mi devoción por él me trajo, además, dos capítulos  inolvidables de mi vida: la relación con su nieto José Antonio, el gran escritor siempre presente, con el que debatí, a fondo, las estructuras político-sociales de la obra de su abuelo y mi primer encuentro con Jorge  Luis Borges, un día de abril de 1980 en el palacio de la Zarzuela.
Lo he contado muchas veces. El maestro Borges, ciego, me pregunta, tras un rato de conversación, por mi acento y al decirle que era de Extremadura, se queda pensativo e insiste: ‘Extremadura, Extremadura… ¿No era de ahí un poeta apellidado Gabriel y Galán?’ Y Borges empezó a recitarme ‘El ama’. El maestro se la sabía de memoria. «La aprendí entera, sabe usted, allá en la Argentina, cuando era niño».
Son cosas que ya van en la sangre, impresas de por vida. Y que ahora, con el centenario de la muerte del poeta, adquieren una dimensión especial.
SANTIAGO CASTELO
 
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Que un jurado presidido por Unamuno  premiara en 1901 la retórica diocesana de El ama confirma que el rector tenía,  además de mal oído para la poesía propia,  mal ojo para la ajena, en la que veía  alarmante falta de lecturas.
Contestaba el poeta, humilde como una  flor natural: Con esta gran ignorancia de  lo que se ha escrito y se escribe, ya ve  usted qué podré hacer, aun contando con  que pudiese hacer algo que mereciera la  pena de leerse.
Así que me limito a aprovechar mis ocios   escribiendo algo, salga lo que saliere. Y  así suele salir ello.
Quien fue una buenísima persona murió joven hace un siglo. Su poesía, modesta  y parroquial, había muerto en agraz mucho antes, tras fundar, quizá sin  querer, una estirpe melancólica de acólitos ajenos a la literatura y a la  historia. Que al Guijo de 1905 no llegasen libros se entiende. Que en la  Extremadura de hoy se reivindique la  tutela de esa sombra ‘cenéfica’ suena a  montaraz anacronismo.
SANTOS DOMÍNGUEZ .Poeta
 
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Gabriel  y Galán es uno de los más grandes poetas que en el mundo ha habido. Yo le descubrí en mi adolescencia y no he vuelto –o, mejor dicho, no he querido- volver a leerlo desde entonces. Pertenece al territorio sagrado de las experiencias en el umbral. Él me conmovió, me arrancó quizá algunas lágrimas (esta noche he dormido en el campo con el niño que cuida mis vacas; señol jué, pasi usté palante y que entrin tos hesus, no le dé a usté mieo, no le dé a usté lástima…), como el padre Arolas, como Meléndez Valdés, como algunos poemas de Espronceda que tampoco he querido volver a leer…, o de Campoamor (Señor cura, escribidme una carta, ya sé para quién es, ¿lo sabéis…?), o de Zorrilla (Pues, señor, yo desde aquí, buscando mayor espacio para mis hazañas di sobre Italia porque allí tiene el placer un palacio…), o de Núñez de Arce (¡qué vozarrón lírico el suyo!)… Yo soy fiel a ese ensueño, y guardo una gratitud enorme a los poemas (malos o buenos) que me enseñaron a sentir, que me educaron o maleducaron estéticamente, porque la ganga ideológica que arrastra tan a menudo la poesía no es nada –la luz de la razón se encarga luego de poner las cosas en su sitio- comparado con la visita de la intuición en esa edad en que la razón busca y sólo el corazón encuentra… Y estaban también los comics, las películas de romanos y de mosqueteros y de detectives de rostro velado por el ala del sombrero y el humo del tabaco… A mí me gustaban entonces las motos (aquellas Derbys de 49 centímetros cúbicos), el Chesterfield fumado con caladas interminables, las interminables conversaciones con los amiguetes del barrio, las muchachitas de los colegios de monjas… Y Gabriel y Galán, y el pirata (Asia a un lado, al otro Europa, y allá en el fondo Estambul), y las oscuras golondrinas, y el tren expreso, y oigo patria tu aflicción, y todo cuanto, oro o baratija, viniera a confirmarme en la tristeza impagable de aquellos viejos tiempos.
Y ese Gabriel y Galán que murió joven, que anduvo de maestro, que cantó su canción… Y al que nunca jamás volveré a leer, porque aunque quisiera leerlo, no podría: el muchacho que yo fui seguirá siendo siempre insobornable.
LUIS LANDERO. Escritor
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Aquí termina este pequeño trabajo sobre Gabriel y Galán. Respetadas todas las opiniones tengo que añadir como aportación personal que  Gabriel y Galán no es un poeta trascendente que trate los temas del amor, la pasión, la muerte, la zozobra de vivir, los celos, el dolor…de una manera original y excelsa como nuestros autores del siglo de oro, generación del veintisiete o de los cincuenta…No lo es ni  lo intentó, ni quizás pudiese. Ni, como dice Efi Cubero, es un poeta de desasosiegos, que remueva mi interior con angustia, Ni siquiera en las formas métricas buscó la innovación. Simplemente fue un poeta popular en su tiempo y hasta muchos años después, que llegaba a la gente, que se le recitaba en las reuniones y que trataba temas cercanos a las personas sencillas…Y que emocionaba, porque ¿a quién no se le ha hecho un nudo en la garganta escuchando “El embargo”?  Al fin y al cabo  “el poema es emoción, llanto, risa y fantasía, cadencia y ritmo en la voz que pasa de boca en boca y conmueve el corazón”

Despedida

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Regresó envuelta en los sudarios  del aire, con  la muerte asomada a las barandas violetas de sus ojos. Se sentó en la silla de enea, la costurera,  donde su abuela  hacía encajes de bolillos y bordaba en  bastidor. Por la puerta del corral entraba hasta la mitad de la casa  el sol con su haz amarillo lleno de motitas flotantes,  como aquellas tardes de la infancia.
En un rincón de la sala, la mecedora de mimbre, vacía del cuerpo del  abuelo, donde descansaba un rato después de comer. El reloj de pared, con la llave de la cuerda dentro de la caja, estaba parado desde hacía muchos años. Tardó  en apartar la vista del pequeño espejo rectangular, delante del que  su abuela se peinaba cada tarde antes de sentarse detrás de la puerta a esperar que su marido regresara del campo.
El día que la familia se fue  a Madrid, porque la vida en el pueblo se puso difícil, tenía diez años. Al echar  su padre la llave después de mirar por última vez al interior, sintió una profunda congoja.
Aquel descuaje brutal de su tierra, de  sus amigos, de su casa, para ir a una ciudad donde tuvo  que  empezar a ganarse afectos de gente desconocida fue duro. Su padre, que tenía las manos hechas a las espigas y al arado, las tuvo que adaptar al ladrillo y al cemento. Le costó mucho.
Después de cuarenta y cinco  años volvía para despedirse del lugar  donde  había sido feliz, sabiendo  que el final estaba cerca.
Pasó su mano, delicada y amarillenta, con cariñosa parsimonia por la ajada puerta del corral que da al poniente. La madera estaba reseca y descolorida. Guardaba entre sus grietas  las tardes ardientes de sus  veranos y el azote de los temporales, con  aquel crujir quejoso en las noches de viento cuando  escuchaba desde  la cama caer  el agua de los  canalones sobre  el suelo.
Aledaña estaba la antigua cocina con hornos de carbón en la que su madre pasó tantas horas. Allí comían todos en invierno al calor del fuego de la chimenea, en cuyo   “topetón” había  limones, granadas  y membrillos en otoño.
Era su sentimental y silenciosa despedida.  La hierba que brotaba entre los rollos  se había expandido de forma desordenada, cubriendo todo el patio. Se acercó al arriate.
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Las ramas secas del jazmín se extendían  por las paredes desconchadas. El tinajón que recogía el agua de  canales estaba cubierto de jaramagos. En las tardes de verano hablaba dentro de él para oír el eco de sus palabras. ¡Cuántos recuerdos se agolpaban!
Salió a la calle por la puerta falsa, la que da al ejido. En la piedra adosada a la pared se sentaba su abuelo muchas tardes a contemplar  las puestas de sol. Según el celaje, los cambios en la dirección del viento y las marañas- hay “revolá”, decía él- pronosticaba las variaciones  del tiempo.
El sol ya se ocultaba tras las sierras lejanas.  
Al mes de esta visita, entrado el otoño, cuando el rocío se posa en las hojas y huele a tierra mojada,  se fue por la senda sin retorno. Al jazmín le salió por aquellos días una flor blanca y delicada entre sus ramas secas.

Raíces profundas

img_5574-2Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona  y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.

Para saber  aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.

Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.

Como no tenemos  esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado  recurrimos a fuentes, como  los libros,  documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces   que profundizan  en el suelo de la historia  buscando el agua de la información.

En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones  que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de  antiguas recetas,  festivales flamencos  ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música  en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración  del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer  el origen y fundamento de su existencia.

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En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el  año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura,  realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar  un informe pormenorizado que sirviera para  organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el   desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos.  El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo  y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.

Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que  se han caracterizado todos los intervinientes. 

El párroco,  Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración  la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones  sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.

Alguien lanzó la  idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.

Lágrimas blancas

estrella
Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en  pendiente. Allí  en la penumbra contábamos historias que escuchábamos   a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos  con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta  hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir  en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba  dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron  se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato  se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche.  Después quedábamos en silencio y nos tendíamos  boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica  en la cóncava negrura del cielo.  Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante  y luminoso por cuyas ramas  descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de  fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de  escorpiones, toros, osas dragones, peces…  o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
 En mitad, el camino de Santiago,  ancha franja  de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica  allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre  ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las  anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de caminos invisibles.
juan
Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades  y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta  de lo insignificantes que somos.