El canto de la perdiz

En las zonas rurales los olivos llegan casi hasta las paredes del pueblo y puedes escuchar el canto de la perdiz sin alejarte mucho de los campos que lo circundan.
Por estas fechas el refranero avisa a los cazadores de que es tiempo de colgarse el perdigón a las espaldas y salir a practicar esta ancestral modalidad de caza que tiene acérrimos detractores y fervientes partidarios.
En estas fechas previas al levantamiento de la veda el jaulero se esmera en el cuidado de sus ejemplares y aumenta la frecuencia de sus visitas a las jaulas. Les pica bellotas, cerrajas, ‘lechuguetas’, acelgas silvestres, achicorias; les echa trigo, cañamones, pipas de girasol…Una alimentación rica y variada para la temporada de celo.
Saca los perdigones al sol del corral en donde se escuchan los reclamos de otros enjaulados que replican y llaman.
Los puestos o tuyos son ahora portátiles y los hacen con materiales artificiales. Antes se requería destreza y más tiempo para construirlos. Muy antiguos, los de piedras. Los construidos con ramón de los olivos, aprovechando la tala, los más utilizados. Parte fundamental de todos, la tronera, pequeña abertura desde donde se observan los lances. Se busca el lugar adecuado, según se salga al alba, a las once o de tarde.
El perdigón del campo acude a defender su territorio cuando escucha al intruso que quiere, gallardo y altanero, imponer su dominio y robar la hembra al compañero.  Ese es el meollo, la esencia que la naturaleza repite en casi todas las especies para su conservación.  En medio, el hombre, alterando el instinto más atávico y más placentero.
La utilización de la tendencia sexual no es un ardid exclusivo del mundo cinegético. También se ha empleado en el espionaje. Una bella mujer con sus encantos atrae a un ilustre personaje que embelesado por sus dotes olvida obligaciones y entra en plaza con tal celo que entrega información y documentos que no debiera. Es lo que sucede cuando el pensamiento baja del lugar destinado para ello y se enreda en las madejas del deseo. Dos casos, como ejemplos. Mata Hari, la espía nacida en los Países Bajos que trabajó para los servicios secretos alemanes y Cristina Keeler, la del caso Profumo, el ministro de guerra británico que tuvo que dimitir por sus debilidades amorosas.
Los bellos y variados cantos de llamada, reto, recibimiento y cortejo conforman un espectáculo sonoro y visual de gran belleza. La primavera despunta en la flor del almendro y aunque todavía no es su tiempo, en nuestra tierra la luz se escapa pletórica por las costuras del invierno.
Existe un vocabulario rico y onomatopéyico para designar los diversos tonos del canto de la perdiz: reclamos de cañón, de buche, ‘curicheos’ piñoneos, ‘piteos’, cloqueos, castañeos, titeos… Hasta hay uno que llaman responso que emite el enjaulado tras el tremendo disparo que enmudece al campo. Yo pienso que para comprender plenamente sus significados y los sentimientos que transmiten esos cantos tendría que ser uno perdigón.  Dicen que terminada la sesión de caza se le acercan al de la jaula los abatidos para que, viendo los trofeos, se sienta vencedor en el duelo. Me parece que eso es querer saber demasiado, sobre todo si entre ellos está la hembra a la que ha estado requiriendo con cariñosos y variados requiebros sonoros un poco antes. 

Norias y huertas

¿Recuerdas aquellos atardeceres cuando nos sentábamos a la sombra del moral que crecía al lado de la alberca?
Íbamos allí a coger hojas para los gusanos de seda que guardábamos en una caja de zapatos. ¡Cómo nos gustaba observar la elaboración de los capullos y la asombrosa transformación en frágiles y efímeras mariposas que morían después de poner multitud de huevecillos!
La noria vaciaba allí el agua clara y fresca. El manantial estaba debajo de una bóveda de ladrillos.  Nos vencía la curiosidad y bajábamos a verlo por unas escaleras de losetas rojas. Una cancilla cortaba el paso a mitad de camino. El fondo oscuro nos impresionaba. Solo cuando el sol estaba cercano al mediodía un haz luminoso llegaba hasta él. Las escamas plateadas de los peces brillaban fugaces cuando les daba la luz en sus vientres.
Cerca de la alberca tenía el hortelano su huerta. La burra con los ojos tapados, dócil extremo del radio de un mono surco rayado, extraía el agua en los cangilones. Una feria de cosquillas y de risas acuosas parecía el sonido de la que volvía a caer otra vez en el venero.
Distribuía el agua por los canales tapando o abriendo el acceso. Qué olorosa frescura percibíamos entonces. La labor del horticultor es la que más mima la tierra. La desmenuza cuidadosamente, la peina con el rastrillo, acaricia la espalda a los canteros y da vida a sus arterias con el riego.
Dice el refrán que ‘quien tiene un huerto tiene un tesoro y si el hortelano es moro, doble tesoro’.  Fueron maestros en la horticultura y en el uso de agua, construyendo aceñas, azudes, pozos, norias, acequias…
El fraile franciscano Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, nacido en Hornachos en 1725, en su manuscrito ‘Partidos triunfantes de la Beturia Túrdula’, el territorio prerromano situado entre el Guadiana y Sierra Morena, ensalza la labor de los moros por la traída desde África de árboles frutales y por la utilización sabia del agua y la labranza del terreno, lo que daba lugar a productivas y hermosas huertas. Este manuscrito, convertido en libro, se conservó gracias al interés por él de Vicente Barrantes Moreno.  El original se conserva en la biblioteca del  monasterio de Guadalupe.
Ya no se utilizan las norias y el número de huertas ha disminuido considerablemente.  
En el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1791 decían de mi pueblo que había “doce huertas de regadío y agua de pie plantadas de arboleda de pera, higueras, ciruelas de distintas clases, cerezas, guindas, de buena calidad todo, y de legumbres, lechugas, escarolas, cardos, coles, zanahorias, cebollas, ajos, tomates, habichuelas, nabos, pimientos, pepinos, berenjenas, y otros cuyos frutos son saludables y de buen gusto”.
Hoy he vuelto por aquellos parajes que tantas veces recorrimos de niños.
La hierba se ha apoderado del lugar donde estaba la noria. Tiene el palo del mayal roto y los cangilones oxidados, pero aún se nota tenue el camino redondo del andén que los pasos repetidos de los asnos hicieron.
Al pasar por la puerta del cortijo me he acordado de los que sin prisas se sentaban debajo del parrón y charlaban hasta que el cricrí de los grillos y la primera luz de los luceros se fundían en una sinestesia de los sentidos.

Motes

Cuando llegues a cualesquiera de nuestros pueblos es posible que localices mejor a la persona que buscas si sabes el mote por el que es conocida. Es una forma directa y rápida para no errar. Pero ten cuidado de no ofender involuntariamente porque hay quienes escuchan su apodo o el de su familia y reaccionan como si les tiraras un gato a la cara. Están  los que los  aceptan, quienes lo llevan con orgullo y a quienes no puedes decírselo en la en la cara so pena de enfrentamiento.
Existen sobrenombres que derivan del oficio desempeñado, como carniceros, esquiladores o diteros.  Otros, vía sinécdoque, compendian en un vocablo la identidad, como Cerote, famoso zapatero. Hay familias que son conocidas por la finca donde trabajaron ellos o sus antepasados, como los de la Virgen del Ara, los de la Vicaría o Encinalejos.  Los motes que aluden a deficiencia físicas, como cojeras o bizqueras, es mejor evitarlos por ser de mal gusto y humillantes.
El ingenio y capacidad de observación de los que motejan son asombrosos. En mi pueblo había dos hermanas que siempre vestían de negro y entraban y salían de su casa con la asiduidad que los recados y faenas demandan. Un vecino que tenía por oficio más conocido sentarse en la puerta de su casa no dudó en bautizarlas como las Golondrinas.
Tan frecuentes son los apodos y tan enraizados están en nuestra idiosincrasia que en algunos pueblos confeccionaron la guía telefónica con ellos, como sucedió en Cedillo, Cáceres.
El otro día requerí los servicios de un electricista en ciudad ajena y le pregunté el nombre para localizarlo en una próxima ocasión.  “Pregunte usted por Juan el Chispa”, me dijo. No quedé muy convencido de la efectividad de los empalmes que pudiera hacer si de ellos resultaban estas.
 A un señor que se las daba de fino cada vez que hablaba le pusieron el Entrefino.  El Letra a quien cobraba las de cambio con aquella cartera alargada. Trancas largas al que andaba con pasos excesivos.
Otro tema es el gentilicio coloquial con el que se designan a algunos naturales de ciertos pueblos, producto sin duda de rivalidades vecinas. A los de Usagre les llaman Panzones, Culebrones a los de Bienvenida. Serones a los de Villanueva y Calabazones a los de don Benito, por citar solo unos ejemplos.
Caso curioso es el de Guadalcanal, hermoso pueblo de la provincia lindera de Sevilla, donde por la abundancia que hubo de haber de folladores, (no pienses mal, se refieren a operarios que afuellan en las fraguas) se les conoce con tal denominación que lleva al equívoco. Original el de mi pueblo: Pahilones.
A Berlanga, donde apodar es uso corriente sin que los apodados se ofendan, llegó un día un camionero a un bar preguntando por un vecino del que aportó nombre y apellidos. Después de deliberar los asistentes sobre la identidad del aludido, el dueño del local exclamó: “¡Ah, sí, hombre, ese es el Gato!”. Salió a la puerta para indicarle con referencias más visibles la casa donde moraba el susodicho. “Cuando llegue usted allí, pregunte por el Gato, dígale que lo manda Ratón”. Tal era el apodo de quien tan amablemente lo guiaba. El camionero, desconcertado, no sabía si se estaba burlando de él o le estaba dando razón cierta.

La lluvia

Las gotas de lluvia resbalan por los cristales formando redes que desembocan en los batientes de la ventana.  Desde el cobijo de mi cuarto, de las enagüillas y el brasero miro los tejados rojos y brillantes y escucho el ruido de las canales sobre el suelo. Pasa la gente con paraguas esquivando los charcos de la calle. En el árbol que se yergue enfrente, una paloma de ahuecadas plumas espera a que la lluvia escampe.
Poco a poco la claridad del día se desvanece y la luz de las farolas van ganando la partida a los grises matices de la tarde. Anochece y acuden recuerdos de otros días lluviosos, lejanos ya en el tiempo.
Ver llover cautiva y despierta sensaciones contradictorias. En estas horas linderas de los crepúsculos me acuerdo de personas ausentes y me remuerde lo que no les dije y debí de haberles dicho, como si la lluvia fuera queja llorosa de los que se fueron. Quedaron las palabras a mitad de camino entre mi deseo y sus oídos, perdidas en el vacío, sin encontrar a los destinatarios que quizás las esperaban. Escuece ahora el silencio de entonces, que fue muro y cerró el paso al cariño y al consuelo. Ya no sirven de nada, ni pueden oírlas ni mandarán emisarios a recogerlas.
Cuando el corazón latía al galope por los campos ardientes de las sienes, la timidez fue brida de caricias y lazo estanco de pasiones.
Por la ventana entreabierta del alma salen los sentimientos a mojarse con la lluvia que cae ajena a estas divagaciones.
Van los recuerdos sin rumbo, posándose de rama en rama.  En el internado donde se acentuaba mi añoranza en estos atardeceres tan cortos, la lluvia robaba mi dispersa atención de los libros y la llevaba hasta el patio de los naranjos, separado de la sala de estudio por grandes ventanales. De allí, qué vuelo tan dichoso, a las calles de mi pueblo.
Me gustaba escuchar el silbo del viento en los cables del tendido, en las cornisas y en los aleros de los tejados cuando estaba encogido en forma de cuatro en mi cama. Después, sentía el rumoroso caer de la lluvia que envolvía la noche con murmullos.
Nos gustaba a los niños ponernos debajo de los canalones con el paraguas y construir zancos con latas para meternos en los charcos. Intentábamos hacer presas con barro, entonces las calles eran de tierra, y detener el agua de los regajos. Pero la fuerza de la corriente abría boquetes en el muro. Buscábamos trozos de hierro de las fraguas que estaban calle arriba. Los recogíamos en una lata y se los vendíamos al peso al chatarrero.
Por los años sesenta empezaron a hablar de la lluvia radioactiva, provocada por los ensayos nucleares. Nos daba miedo mojarnos, sin saber bien lo que era aquello.
Mi madre pronosticaba la lluvia por los papeles que se arremolinaban en la esquina donde confluían tres calles. También cuando escuchaba el pitido del tren con nitidez los días anteriores. Los vientos del suroeste lo traían procedente de Fuente del Arco.
Es noche cerrada. Se escuchan los ladridos lejanos de un perro. El barco del sueño se adentra en el mar oscuro de la noche.  Suena un cerrojo, que es el toque de retreta de los pueblos.
 

Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Ejercicios espirituales

A primeros de noviembre programaban los ejercicios espirituales. Suspendían las clases y se cerraba el pico. Silencio absoluto durante tres días. Las fechas, cercanas a la celebración de los Difuntos, en un Badajoz con nieblas y pocas horas de luz, eran propicias para la meditación. Entre plática y plática paseábamos por el patio de tierra. Algunos compañeros lo hacían con expresión muy seria, muy trascendente. No permitían que nos agrupáramos. Cada cual con sus cuitas y cavilaciones. Solo a hurtadillas nos comunicábamos algunos mensajes.
Cada uno de nosotros disponía de una libretita para anotar las impresiones y propósitos de enmienda. Por aquel tiempo ideé un abecedario que asociaba a cada letra una grafía. Así la ‘a’ era un punto, dos la ‘e’. Una especie de morse para uso doméstico. De esta forma escribía mis interioridades sin que nadie se enterase.
Durante aquellos días el Seminario parecía más un cenobio que un colegio. Yo tenía doce años la primera vez que los viví. Un pajarillo en una jaula que encontraba más agrado en mirar al cielo y observar el comportamiento de los compañeros que en pensar en lo que no entendía.
Para los más pequeños los ejercicios duraban tres días. Una semana para los filósofos y teólogos. Estos regían sus actividades por los toques de la campana que pendía en una esquina del hermoso patio de las columnas. La tocaba el portero, Francisco Franco, persona de aspecto y condición afables.
Cuando venían algunos compañeros de comulgar yo me asomaba al pasillo para asegurarme de   que lo hacían andando y no levitaban. Tal era el misticismo que expresaban sus caras. Me costaba trabajo comprender ese estado de concentración que alcanzaban cuando mi mente volandera se iba a los prados de mi pueblo corriendo detrás de un balón.  
En el refectorio para pedir el agua tocábamos levemente el brazo del que estaba al lado y juntábamos los dedos de la mano. Así pasaba el aviso de unos a otros hasta llegar al que tenía enfrente la jarra, que la enviaba siguiendo el camino inverso. Para pedir el pan dábamos dos palmadas sobre la mesa. La sal simulábamos echarla con la mano. Así no se rompía el silencio.
Sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos y la voz del lector, que leía subido en el púlpito situado en el centro del comedor. En el desayuno, la “Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis. Difícil de digerir tan temprano.
Se suponía que después de los ejercicios debía de haber una mejoría en los comportamientos. Un año, recién acabada la misa y antes de bajar a desayunar, estábamos tan deseosos de hablar que nos reunimos en una camarilla varios compañeros cuando aún había que guardar el llamado silencio mayor, que abarcaba de la cena al desayuno. La puerta de la habitación estaba abierta pues no permitían cerrarla habiendo más de uno dentro.  Yo, de espaldas a la entrada, no me di cuenta de la llegada del prefecto, que se puso detrás, casi echándome el aliento en el cogote. Solo la cara de sorpresa de los compañeros me alertó de su presencia. “¡Buenos propósitos hemos sacado de los ejercicios!” Nos escabullimos como conejos y desaparecimos. El día ya estaba hecho. Un auténtico “fiche”, de fichaje. Así decíamos cuando nos pillaban haciendo lo que no debíamos.

Cementerios

Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas.  Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució. 
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.

El porvenir

Como el título de la novela de José Luis Martín Vigil ‘La vida sale al encuentro’, libro de gran difusión en los años sesenta, a nosotros también nos salió al paso con todo el cúmulo de sentimientos, eclosiones hormonales, contradicciones e ilusiones que la adolescencia lleva consigo.
El porvenir, esa sombra alargada que va delante menguando con el tiempo hasta colocarse detrás, era uno de los temas en nuestras conversaciones.  Aspirábamos a un puesto en la sociedad que nos proveyera de los medios económicos necesarios para vivir independientemente. Como hacen los jóvenes actuales, con más preparación que nosotros y menos esperanzas de encontrarlo.
A los niños nos gustaban, entre otras profesiones, las de policías o bomberos y a las niñas enfermeras o maestras. Los castillos en el aire y las quimeras también ponían su parte en la elección.  Yo quería ser futbolista y correr por el césped de los campos de fútbol entre aplausos y vítores de admiración de los aficionados. Jugadores del Sevilla y del R. Madrid como Arza, Campanal, Achúcarro, Valero, Di Stefano, Velázquez, Amancio, Puskas Gento…fueron algunos de los nombres míticos que avivaban mis anhelos.  Soñar costaba poco, pero la realidad jugaba en terrenos más áridos y no tan verdes y bien cuidados como el césped de los estadios. Hasta un coetáneo hubo que se colgó al hombro un hatillo de ilusiones y salió una noche del pueblo en busca de una oportunidad para ser torero, animado por el fenómeno social y mediático del ‘El Cordobés’. La realidad fue limando sueños y las posibilidades de elección reduciéndose con el paso del tiempo.  Con los pies más cerca de la tierra comprobamos que las circunstancias económicas y sociales limitaban y cercenaban nuestras preferencias.
No eran tiempos para lanzar muy lejos la caña. El hilo del carrete daba poco de sí. Muchos amigos y compañeros tuvieron que quitarse pronto de la escuela porque su ayuda era necesaria en las enclenques economías familiares y a veces solo con una boca menos ya aliviaban la carga.
Algunos empezaron de aprendices en los oficios artesanos que había entonces: carpinterías, zapaterías, pequeños comercios, herrerías, barberías… No había mucho donde elegir. En el campo, los trabajos estacionales eran pan para hoy y hambre para mañana. Los cargos en las casas grandes de labranza se heredaban de padres a hijos.  El ’rapa’ era el desempeño más bajo del escalafón. Zagales, rapaces, que empezaban haciendo los mandados y acarreando agua. Solo el estudio y la preparación ampliaban horizontes y abrían el abanico de posibilidades a quienes no poseían capital ni haciendas propios. La formación de las mujeres en general iba encaminada a ser amas de casa. Una mutilación en toda regla promovida por el sistema y asimilada por la sociedad.

Por aquellos tiempos se pusieron de moda los cursos por correspondencia, con academias a distancia como la CCC.  (Centro de Cultura por Correspondencia) Nosotros enviábamos la solicitud de información porque nos gustaba recibir cartas a nuestro nombre y por probar suerte con alguna.  Corte y confección, electrónica, secretariado, taquigrafía, mecanografía, cultura general, redacción comercial, además de los cursos de inglés, francés y modista.
Si ayer nos preocupaba nuestro provenir ahora lo hace el de nuestros hijos. La vida sale al encuentro en cada hornada cada vez con el aspecto más huraño.

Tarde de octubre.

Me he echado enfrente, no del infinito campo de Castilla, como hizo Juan Ramón, sino de la Campiña Sur, que extiende sus dominios entre sierras. La de Hornachos por el norte con su mole azul de abruptas crestas; al oeste, las de san Miguel, san Bernardo y san Cristóbal, y más al mediodía, la Capitana, cerca de Guadalcanal. “¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!”En este mes de octubre comienzan los labradores los trabajos de siembra, ayer a voleo sobre la amelga y hoy con modernas maquinarias.El sol aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron días pasados.Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose sobre el azul del cielo. Me adormezco.Me llegan lejanas las voces de unos niños que juegan al balón en un prado cercano y el tenue tintineo de unas esquilas, como una débil hebra sonora. Los ruidos se dispersan en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero me siento integrado en la naturaleza, mecido suavemente dentro de su inmensidad por un ligero vientecillo que parece que me lleva sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón. Acude a mi memoria el poema de Manuel Machado, Los Adelfos: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna/ en que era muy hermoso no pensar ni querer…/Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…/De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer”.Pasado un tiempo, que no sé precisar, me incorporo y apoyo mi cuerpo en uno de mis brazos. Miro al arroyo que tengo enfrente. En el trecho conocido como la charca de tía Espina endulzaban antaño los altramuces metidos en cestos de mimbre.Se ha extendido una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas al arroyo. En un pequeño valle cercano a él está la cantera donde nos bañábamos de muchachos. La hicieron hace muchos años para extraer piedras de las que obtenían almendrilla que utilizaron en la construcción de la carretera de Llerena. Aún resuenan en el fondo de mi memoria los estampidos de los barrenos.

La tarde declina. Recuerdo cuando los labriegos regresaban a estas horas por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias.Antes de llegar a sus casas paraban para que abrevasen en el pilar de la fuente del Horno. Sus dueños, con la mirada perdida en el agua, esperaban fumando parsimoniosamente montados sobre ellas, tras los silbos que las animaban a beber.Refresca. Se han encendido las luces del pueblo. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones, espaldas de las calles y los huertos.  En ellos me cruzo con una mujer que cubre su cabeza con un velo negro. Se dirige a rezar al cerro conocido como del santo donde termina el viacrucis que hay repartido por el ejido. Cada estación está representada por una cruz blanca. Culmina con las tres del monte Calvario y una imagen del corazón de Jesús.Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. El lucero ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que se extiende desde el campanario de la iglesia sobre el pueblo con un manto de tristes y lánguidos ecos.