Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

Viernes Santo

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Ahora que no creo que mi cuerpo cuando muera sufra una combustión interminable entre llantos y crujir de dientes y que ya no tengo miedo a los demonios con tridente y rabo, cualquier día de estos que esté la iglesia abierta y sola entro para sentir la inmensidad del aislamiento entre sus anchos muros y la altura de sus techos. ¡Cómo envuelve a la soledad el silencio de las iglesias vacías! 
Quiero volver por ver si encuentro detrás de algún retablo la inocencia que tuve de niño. Tal vez mi crédula ingenuidad se esconde entre un ramo de lilas o azucenas de las que por Semana Santa ornan de color y aromas los altares. O quizás flote errática y extraviada buscando a su dueño en el haz de luz y polvo que desde las vidrieras llenan el suelo de colores. ¡Quién sabe si huyó ensimismada tras los ecos de sermones encendidos de aquellos predicadores que turbaron mi sueño infantil con atónitos desvelos! ¿Se elevaría hasta las nubes montada en un potro de incienso? ¡Qué fácil es creer cuando solo hay fantasías!  Siempre que entraba de niño a la iglesia dirigía mi vista al sagrario convencido de que allí estaba otro niño que me miraba y lo sabía todo de mí.
En el viejo mecano algunas piezas ya no encajan. El lógico discurrir del pensamiento produjo salientes y entrantes que hacen difícil el ajuste. Evanescentes halos de cuentos infantiles quedan de la inocencia en el recuerdo. No obstante, ¡qué respeto y admiración siento por quienes conservan sinceramente intactas las creencias que recibieron de sus antepasados!
¿Quién no duda de todo alguna vez y se hace preguntas que no tienen respuestas?
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Aun así, siempre hay una puerta abierta al infinito.  “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”, escribió Antonio Machado. De aquellos ilusionados años infantiles queda la liturgia, las ceremonias en días de grandes solemnidades, los cánticos gregorianos de la ‘schola cantorum’, las adoraciones nocturnas y su bello himno: ‘Cantemos al amor de los amores”. Oficios de primavera con altares llenos de flores, ecos lejanos de campanas que llegaban hasta el campo y, desmayadas, caían como alondras en los surcos del barbecho, dobles de muertos, repiques de gloria… Las exploraciones de monaguillo por todas las dependencias, desde la sacristía a los misteriosos cuartos de la torre: el de Santiago y el de los moros.
Hoy es Viernes Santo. Me vienen a la memoria la acción del cura al postrase en los oficios de la tarde, la procesión de la soledad: hileras de fieles en silencio con vacilantes llamas en los pábilos de las velas caminando tras la cruz en la que Cristo murió crucificado. Blanco lienzo al viento colgando donde estuvieron sus brazos. Con siete puñales clavados en un corazón dorado iba la madre llorosa con la corona de espinas en las manos. Y la luna llena.  Desde un rincón en penumbra desgarraba la noche la saeta tal como se rasgó en el templo el velo la tarde en que expiró Jesús. Y, estremecido, el aire se transformaba con emoción de vello electrizado en la piel de los presentes. Yo miraba al cielo por si estuviera Dios apoyado en las barandas de plata de la luna llena viendo pasar el cortejo.

Ellos

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Bajo el velo difuso del pronombre personal ‘ellos’ metemos a un grupo de personas tan diversas como detestadas. El hablante y el oyente marcamos distancias con tal ralea. En él purgan castigos los condenados por nuestro veredicto. Son los que nos burlan hacienda, bienestar y derechos. Los que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas. La mayoría de estos aborrecidos personajes tienen la habilidad innata para escalar hasta el lugar donde se reparte el bacalao y cuchillo en mano llevarse la mejor parte. O les ampara la cobertura legal para el desempeño de la función que distribuye el peso de las tareas comunes, cargando esta sobre hombros ajenos y salvando los suyos. A todos les buscamos acomodo bajo el paraguas de este vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…Son, como dicen en mi pueblo, los del asa, los que portan la cesta en la que se guardan las viandas y donde meten mano con disimulo o descaro, según se tercie, pues perdida la vergüenza no aparecen los sonrojos. Los que siempre están al lado de la candela y en los lugares convenientes en que se toman las decisiones importantes.  Tiene el referido vocablo la virtud de crear complicidad y conciencia de clase entre los que no se consideran del grupo, que somos nosotros y vosotros. 
‘Eso viene de arriba’, se dice para expresar que es inevitable el cumplimiento de alguna orden o mandato. Así que chitón y ‘palante’. Procede de esa nebulosa que aglutina el poder, donde también hay gente honesta y caraduras que dan lecciones de moral que ellos no cumplen.
 Este pronombre es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. Ninguna ‘portavoza’ ni ‘miembra’ de las que exigen ponerle falda a las palabras, que se sepa, ha reivindicado para la forma pronominal ‘ellas’ la participación en tan onerosa carga.
Contra esta maraña entrelazada y asfixiante de presiones que marca la música con la que nos hacen bailar, cabe la rebeldía, al menos la interior.
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Una noche yendo de ronda la guardia municipal por los bares del pueblo, como era costumbre, encontró a un vecino renuente a irse a su casa sin apurar antes los últimos vasos de vino. Cerraban a la una. Minutos antes solían pasar avisando de que la hora de cierre se acercaba. Aquella noche por quítame allá esas pajas regadas con alcohol, se formó una pequeña discusión que alteraba el silencio de la noche. Tuvo que intervenir la guardia civil que estaba de servicio en el pueblo. “¡Y tú, ¡Ángel, -que ese era el nombre del rezagado, ocurrente, vivaz y parlanchín personaje- a tu casa y a la cama, que es donde tenías que estar ya a estas horas!”
Apuró el vaso y emprendió la retirada a regañadientes. Al salir por la puerta donde estaban los guardias, “miró al soslayo fuese y no hubo nada”, pero pronunció la siguiente frase que contiene esa rebeldía ante la imposición:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Marzo

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El refranero califica a este mes como pardo, cambiante y yerbero: ‘En marzo crece la hierba, aunque le des con un mazo’. Despuntan las yemas de las hojas y las flores. Las aves se aparean con sonoro cortejo de trinos. Construyen sus nidos, camuflados entre el pasto del suelo o en las horquetas de los árboles con minucioso y paciente acarreo. Germinan las semillas en los campos y en los lugares aparentemente más inhóspitos. Por cualquier pequeña grieta o resquicio entre las rocas asoma la vida. Los lomos y los bordes de los caminos se adornan con ribetes verdes para honor y escolta de carreteros y caminantes. Lirios, jacintos, margaritas orquídeas, amapolas…
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Los peces escalan corrientes. ‘Por san José sube el pez’. Difícil remontada cuando falta el agua en los cauces secos.  Mientras redacto estas líneas llueve suavemente, como bálsamo en herida. ¡Qué ganas de escuchar las canales caer copiosamente y que el verde desvaído y macilento se torne vivo y refulgente! Las sementeras estarán recibiendo esta lluvia como fértiles hembras en tiempo de celo. Agua fecunda.
Marzo trae de la mano al equinocio de la primavera, tiempo de cuaresma, de potajes, de pestiños, gañotes y rosquillas. De luz, aromas y colores.
Las siembras con poco se alzan en espigas y con ellas las llamadas malas hierbas. El amo de la parábola aconsejaba esperar a que crecieran juntos el trigo y la cizaña y separarlos después para el fuego o el granero. Antes, para quitar los cardos, los vallicos, la grama, la cizaña y los jaramagos se escardaban los cultivos. Del cardo le viene el nombre a esta labor de entresaque y limpieza.
Recuerdo a los escardadores cuando pasaban camino del tajo al venir el día con el azadón al hombro o en bicicletas, atado con cuerdas a lo largo de la barra o metido entre los aparejos de las bestias.
Recorrían las cuadrillas en formación horizontal la sementera, avanzando paso a paso entre los surcos. Con golpes de azada arrancaban los hierbajos como quien quita espinillas en la cara de un adolescente.  Era una labor minuciosa que necesitaba tiempo y jornales. Más costoso a corto plazo que la de secarlas con herbicidas, esos venenos limpios que dejan rastros ocultos de muerte tras un falso verdor.
 A largo plazo está por calcular el costo. A cuentas estamos. O quizás lo estemos pagando ya. ¿Dónde están los trigueros y las alondras, esas avecillas que decía Luis Chamizo despabilaban los campesinos a su paso   cuando estaban ‘agachás’ entre los surcos del barbecho?
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En esas mismas siembras canta la codorniz los primeros días de la primavera. Los furtivos con un reclamo que imita el piar de la hembra atraen a los machos, ciegos de celo, hasta el lugar donde tienen extendida la red sobre los trigos y cebadas. Cuando sienten cerca su canto las espantan. Su vuelo queda enredado y prisionero entre las mallas.
Aves pequeñas, redondeadas, escurridizas, con un canto metálico y trisílabo, que asemeja a la palabra huéspedes. Dicen que para atravesar el estrecho en su viaje desde África hacen de sus cuerpos veleros, un ala como vela y la otra de timón. Un prodigio más de la naturaleza. Pronto las oiremos al alba y al ocaso cuando paseemos por los caminos entre siembras.

Teléfonos y telegramas.

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El teléfono se usaba antes para dar razones, acepción coloquial recogida en  el diccionario de la RAE como recado, mensaje o aviso. Para dar pésames, transmitir o concretar términos de un trato. Lo imprescindible y necesario. Nada de conversaciones de fragua, costureras ni ociosos en las resolanas. Se evitaban circunloquios, prolegómenos y expresiones superfluas. Se iba al grano. Las palabras valían su peso en tiempo y no se andaba muy sobrado para ir dilapidándolo por la boca.
El timbre del teléfono en la madrugada sonaba como un rayo en el corazón del sueño. Nadie llama a esas horas para saludar ni pedir recetas de cocina.  El sobresalto producía una descarga de angustia que podía quedar en susto o producir un desgarro en el alma.
Para comunicarse la voz es más próxima y cercana; modula, enfatiza o susurra. Tiene más matices. Las cartas tardan más en llegar, pero no se las lleva el viento y les salen posos amarillos en los bordes que se remueven con cada lectura. 
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El telegrama contenía la palabra en carne viva despojado de ropaje inútil. Operación de cirugía y desguace que solo dejaba el esqueleto del mensaje. Aquí el valor se medía por unidades.
Con él se transmitían noticias escuetas y contundentes. A veces la noticia de muerte viajaba en las dobleces del papel azulado.  
Los vecinos acudían a la centralita para poner conferencias y telegramas porque para hablar con los demás del pueblo los veían por la calle o en sus hogares.
Estaba ubicada en una casa particular y su dueña era la operadora. En la dependencia había un banco para aguardar turno y demora con una chapa grabada: CTNE. Mediante aviso de conferencia se concertaba hora para recibirla. También en el zaguán estaba una cabina para preservar la intimidad de la conversación. Pero no servía de mucho porque la conexión tenía más interferencias que la sintonía de la ‘Pirenica’, aquella emisora clandestina del partido comunista. De entonces quizás derive el que las personas mayores cuando conversan por teléfono parece que le están hablando a un sordo, con un volumen de voz desproporcionado y unos gestos que los asemejaba a los actores del cine mudo.
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A veces se perdía la mañana o se venía la noche encima esperando “¿Trae mucha demora?” “Voy a reclamarla otra vez”.
La telefonista usaba auriculares y metía las clavijas en los agujeros del cuadro de mando para poner en contacto a los interlocutores. Una chapa vibraba y se destrababa de arriba cuando alguien llamaba. Si la conversación se alargaba salía su voz preguntando: “¿Hablan?”
Después del cura era la persona más informada del pueblo. Recibía las noticias en primicia, pues si quería escuchaba todo lo que se hablaba.
Cuando se preguntaba por alguien y era el que había cogido el teléfono, este respondía: “¡Al aparato!”, vocablo versátil que igual valía para un aeroplano que para un artilugio.
El abono del importe se pedía al terminar  y se pagaba en el acto, según contador de tiempo que controlaba la operadora.
Poco a poco empezaron a instalarse teléfonos particulares. Por los años sesenta había aún pocos. Eran negros y se conectaban con la central haciendo girar una manivela. “Ponme con Fulanito”. No hacía falta decir el número porque ella se los sabía todos. “Te pongo”.

Almendros y olivos.

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Decía Antonio Machado en su bellísimo y evocador poema, ‘A José María Palacio’, que en la estepa del alto Duero la primavera tarda en llegar, tanto que los labriegos siembran los tardíos con las lluvias de abril. Por aquí, más al mediodía, se anuncia más temprana. Ya destacan en estos días sarpullidos blancos y rosados en la ladera de la sierra y en los ribazos de algunas heredades.  Los almendros, tan rudos y tiernos a la vez, llaman tímida y anticipadamente con los nudillos de sus flores a los cristales de la casa donde el viejo huraño del invierno está sentado al fuego. No quiere molestarlo, pero le avisa con sus toques, tiernas caricias aladas, que en las templadas auras vienen flotando multitud de aromas de cantuesos, tomillos y espliegos y cubriendo de verdor las ramas de los árboles.  Es un mensaje para que  prepare la retirada de sus legiones de escarcha de los valles umbríos. El céfiro suave y apacible trae bocanadas de azahar para esparcirlos por los campos y los pueblos, y el sol, extensa luz para robar espacio a las umbrías.
En este mes de febrero los taladores, recogido el fruto en las almazaras tras la paliza del vareo y artilugios meneadores más modernos, cortan las ramas viejas a los olivos para dar vigor a las nuevas y orientar su crecimiento.  Si antaño les redondeaban la forma hoy los quedan con los brazos extendidos, buscando claridad y ofreciendo al cielo su centro.
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 En estos días si paseas por el campo puedes escuchar el sonido de las hachas manejadas por diestros taladores, cincelando con su acero las esculturas leñosas de sus cuerpos.  El ramón servirá de comida al ganado y el sobrante, cuando lo quemen, levantará columnas de humo en los días azules y tranquilos.
Aunque el diccionario distingue entre el significado de talar (cortar por el pie a un árbol o conjunto de ellos) y podar (quitar o cortar las ramas superfluas de los árboles o las viñas) recoge también el uso regional en Andalucía y Extremadura de talar igualándolo a podar para los casos de encinas y olivos.  Más de una discusión he presenciado por el uso de estos dos vocablos.
El olivo es un árbol que renueva su vida cada año. Tiene ansias de permanencia a través de los chupones. Basta dejar uno de los que nacen a sus pies para que crezca un vástago nuevo. Los olivares, esos bordados alamares prendidos en las lomas, que decía Antonio Machado, forman calles perpendiculares, como un gran diagrama cartesiano, donde es fácil perderse si no tienes referencias.
En los días ventosos si te metes entre ellos te protegen de la fuerza del viento y adivinas por dónde viene antes de llegar a ti, pues se anuncia a lo lejos con sonoras oleadas de ramas. Es el momento de ver en el envés de sus hojas el color plateado que dejaron las noches de luna. 
Desde aquí, sentado en una linde, veo a un jaulero camuflando el puesto con las ramas cortadas. Mide los pasos para levantar el ‘pulpitillo’ y colocar en él la jaula.  En la siembra el gallardo macho de la perdiz lanza sus reclamos al aire defendiendo su terreno y haciendo méritos para conquistar a su pareja.

Anécdotas en la escuela

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Fritz Sonderland
Nuccio Ordine en su obra ‘Clásicos para la vida’, a la que Juan Domingo Fernández dedicó hace unas semanas en su columna justo y brillante elogio, dice sobre la enseñanza en la introducción que “la insensata multiplicación de reuniones e informes…ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”. “Suministrar documentación parece hoy más importante que preparar una clase”.
La burocracia se plasma después muy vistosa en mamotretos encuadernados que adornan vitrinas y anaqueles, pero son hojas muertas, anquilosadas que muchas veces distorsionan y edulcoran la realidad para complacencia de la administración.   
Lo que de verdad queda cuando se olvida lo accesorio es el trabajo bien hecho, la satisfacción del que enseña y el provecho del que aprende, que no solamente es el alumnado. Y quedan también pequeños recuerdos, gestos, anécdotas de las relaciones humanas variopintas que se establecen a diario en las aulas.
A mí, que soy maestro ya retirado, a medida que el tiempo me aleja de la orilla de la vida profesional, me llegan a esta barca que navega por las aguas tranquilas de la jubilación brisas de agradables recuerdos, algún salpicón risueño que salta a bordo, como estas tres anécdotas que refiero.
Tratábamos sobre expresiones coloquiales relacionadas con la manera de decir la hora, como ‘y cuarto, menos cuarto, los ochos pasadas, las tres y pico…’
Más o menos todos sabían el significado de las frases, pero al llegarle el turno a una niña, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar, para apaciguar el hambre que se produce en los momentos anteriores a la comida.
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W. Lawson Henry
Para aliviar la pesadez y el cansancio después de las materias fundamentales organizaba un corro con preguntas, adivinanzas y trabalenguas. El que acertaba la respuesta que no habían contestado los anteriores subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le tocó decir de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo, con los ojos de par en par y me dijo:” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que sabían la respuesta fue instantáneo.  Uno de ellos le respondió: “¡El que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno al que planteé el siguiente problema: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”.  Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente. Le volví a plantear la pregunta leyéndola despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me replicó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. 
Si yo volviera llevaría un cuaderno diario de anécdotas. Conservan cálidos recuerdos, más que toda la burocracia impersonal que nadie vuelve a leer almacenada en las vitrinas.

Vamos de cordeleo

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El Honrado Concejo de la Mesta creó vías y pasos para que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas, sesmos, coladas, descansaderos, abrevaderos, contaderos…
Los pastores con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.
En su transitar por estas vías ganaderas las ovejas comían hierbas que encontraban a su paso sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechaban el viaje con bocados aquí y allá.
Del pueblo segoviano de Ayllón llegaron hasta el mío estos pastores trashumantes y dejaron huella. A ellos les debemos el nombre que en escritos antiguos figura como lugar de los Ayllones.
Tenemos tendencia trasladar expresiones de actividades o situaciones a otras con las que guardan relación o parecido. Una recreación inconsciente del lenguaje a base de tropos. De la trashumancia nos quedó   el dicho ir de ‘cordeleo’.  Nos referirnos a las pandillas de amigos que van de bar en bar tomando copas.  En otros lugares lo llaman hacer el vía crucis, visitando tascas y tabernas de buen libar, amenas charlas y agradable estancia. Con la carestía de las consumiciones que el euro acarreó y que ha cambiado hábitos se sale poco por la noche por lo que esta costumbre está en evidente decadencia. En este tiempo de recolección de aceitunas de almazara se llenaban años atrás los bares para concertar la jornada de trabajo del día siguiente o para abonar jornales de la anterior.
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Cuando el candil era uno de los medios habituales de iluminación por falta de fluido eléctrico o por los frecuentes apagones que se producían se utilizaba una alcuza en que se guardaba el aceite que servía de combustible. Este se echaba en la cazoleta donde estaba la mecha o ‘torcia’ que asomaba por la piqueta o nariz del candil. Colgado en la espetera o en el topetón de la chimenea alumbraba la estancia con una luz vacilante y lastimosa. Tiempos de tribuna y candela en medio donde los aceituneros descansaban de la dura jornada de trabajo en los cortijos. Las tribunas eran edificaciones utilizadas por los trabajadores agrícolas o pastores en épocas de recolección o de mayor trabajo en las que convivían durante la temporada familias enteras.
La analogía de echar aceite al candil con la alcuza y la de empaparse por dentro bebiendo vino está clara. Estar ‘alcuceado’ significa estar bebido.
Si algún conocido le afea a otro su costumbre de beber tanto le contesta ofendido: ‘¿Acaso tú lo echas en el candil?’
En los descansaderos, que son los bares y las bodegas, se echa el fondo, expresión y costumbre típicas de Ahillones que consiste en tomar el vino sentado, por botellas y en compañía. El pago a escote. Cada fondista aporta lo que trae de casa: salchichón, queso, chorizo, aceitunas… y lo pone en el centro de la mesa para compartir.
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A medida que el vino mengua en las botellas aumenta el volumen de las conversaciones. No hay fondo silencioso y las discusiones en buena lid son frecuentes. En las dudas se recurre al grupo cercano para buscar confirmaciones.
Hubo una reunión que discutía a menudo de toros hasta que uno de ellos, cansado de porfías, compró la enciclopedia taurina de José Mª de Cossío. Surgía la discusión y a por el tomo correspondiente. Cultura y vino.

Nochevieja

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Las doce campanadas del reloj de la torre ponen límite todas las noches a los días. Sus sones se pierden inadvertidos y monótonos por las veredas del sueño.  Aunque parezcan iguales cada vez que suenan, no es así. Son irrepetibles, como lo son las jornadas que cierran. Vienen otras, pero esas no regresan, como no regresaron las golondrinas de Bécquer.  
A las últimas, las que traen las llaves de cierre y apertura del año, les preparamos una entusiástica bienvenida con uvas, cava, abrazos, papelillos, bengalas y serpentinas multicolores. Y ruido, mucho ruido.  Música a tope de decibelios y explosiones de petardos arrojados al paso que provocan estremecimiento a nuestro cuerpo. Reacción que por aquí llamamos ‘cojetá’.
Cuando yo era niño en mi pueblo no se celebraba la Nochevieja. Con la Nochebuena, la Navidad, Año Nuevo y Reyes íbamos bien servidos.  La fiesta que no alcanzaba   la condición de las de guardar, con misa, repiques y liturgia era considerada de menor alcurnia. El cura la eludía por impía, pagana y desmadrada, a pesar de san Silvestre. Transcurría como el agua entre limo, silenciosa.
Sabíamos que en otros pueblos más grandes y en las ciudades había festejos. Algunos jóvenes se acercaban a Azuaga, que entonces gozaba de bien merecida fama por sus bailes y cotillones.
La primera imagen que guardo de esta celebración es la de un joven que regresaba de allí a casa, a esa hora del alba en que los piconeros van a la sierra y el día clarea entre los olivares, que canta la copla. Venía con una nariz de cartón sujeta a la nuca con una goma, un poblado mostacho y la cabeza llena de serpentinas.
Nosotros, los que hoy pasamos de los sesenta, empezamos a hacer nuestros pinitos en cocheras y locales acondicionados para la ocasión. Si no había corriente eléctrica lo solucionábamos de la forma más ingeniosa que podíamos en cuyos pormenores no entro por si todavía factura.  El mobiliario fundamental era un tocadiscos o un radiocasete. Bailábamos y sobre todo bebíamos.
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La televisión uniformó costumbres y llegaron los cotillones, los bailes y las cenas.
Ahora mis hijos salen y yo me quedo en casa. Hago un tránsito suave de un año a otro. Lo disfruto más buscando el silencio y la tranquilidad. ¡Cosas de mayores!
Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla de cristales rotos, salgo para ir al campo. Me encuentro a jóvenes y maduros de primera hornada que regresan a casa como hormigas a las que pisan hormiguero. Debió ser dura la lucha por su aspecto. Un chocolate con churros entona el cuerpo antes de coger la cama.
El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica algazara desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en nuestra cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana, canta Sabina. El hoy se evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava. Decía Machado que “ni el pasado ha muerto ni está el mañana ni el ayer escrito”. Más, con Neruda, confieso que este al menos lo he vivido.

Día del maestro

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Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive  el recuerdo de un maestro.   El que nos enseñó a leer  en  la cartilla formando palabras con  las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’.  El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza  y despertó  nuestra fantasía con sus relatos.  El que nos llevaba de paseo  las tardes de primavera o el que nos dirigió una palabra de ánimo en el momento de decaimiento, palabra de aliento o gesto cariñoso que valen más que mil reprimendas.
‘Ese es mi maestro’, decíamos, porque con él pasábamos la jornada lectiva completa. A veces más tiempo que con los padres.  Nos impartía todas las materias desde matemáticas hasta  trabajos manuales. Como en todas las profesiones los hay mejores y menos buenos, pero como en ninguna el objetivo  es tan trascendente: enseñar y formar  a los niños. ¡Qué gran poder  nos confió la sociedad!
El patrón, san José de Calasanz, fue nombrado como tal por Pío XII en 1948.  Sacerdote y pedagogo, fundador de las Escuelas Pías en el siglo XVII.
Hace pocos años decidieron unificar en el día del docente al patrón de los maestros y al de los profesores de enseñanzas medias, alternando celebración por turno en noviembre o enero.
Cuando yo empezaba a ejercer me contaban compañeros mayores  incidencias y anécdotas que les sucedieron cuando llegaban a los pueblos a los que habían sido destinados. Entonces  el ámbito geográfico  para ejercer la profesión era  nacional, no existían las autonomías por lo que, sobre todo en los primeros destinos, podía corresponder cualquier lugar pintoresco, de gente acogedora, pero alejado  de las vías de comunicación más transitadas.  La toma de posesión, la presentación de credenciales y respetos al alcalde, al cura y al director del centro.
Los medios de transporte eran escasos, las carreteras malas y los enlaces descoordinados. Hasta  en barca  había una ruta en nuestra  Siberia extremeña para ir de Bohonal a Helechosa de los Montes.  Se necesitaba autorización específica de la Delegación de Educación para poder residir en una localidad distinta a aquella en la que se ejercía.  El sueldo apenas cubría la subsistencia, para ir tirando y alguna frugal colación.  Residían  en pensiones donde la compañía  de los dueños hacía más llevadera la estancia.
Muchas escuelas eran unitarias, con todos los niveles en un aula y los padres esperando a que acabaran pronto el aprendizaje de las cuatro reglas  para incorporar a los hijos al mundo del  trabajo.
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La canción de Patxi Andión, ‘El maestro’, casi himno oficial del Magisterio, recoge muchos aspectos de aquellos  tiempos pretéritos. 
El pago más gratificante que recibe un maestro  es el saludo de antiguos alumnos después de mucho tiempo  manifestando que guardan un recuerdo agradable  de los años de escuela. Yo conservo algunos de  gestos espontáneos y entrañables de los niños, como dejarte en la  mesa un caramelo o unas castañas de regalo.
Los tiempos cambian. Ahora hay un jubileo de profesores especialistas en cada clase, lo que debe redundar en una mejor formación, pero en el recuerdo siguen sonando los versos de Antonio Machado, plenos de evocaciones: “Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de la lluvia tras  los cristales”.