Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

Viernes Santo

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Ahora que no creo que mi cuerpo cuando muera sufra una combustión interminable entre llantos y crujir de dientes y que ya no tengo miedo a los demonios con tridente y rabo, cualquier día de estos que esté la iglesia abierta y sola entro para sentir la inmensidad del aislamiento entre sus anchos muros y la altura de sus techos. ¡Cómo envuelve a la soledad el silencio de las iglesias vacías! 
Quiero volver por ver si encuentro detrás de algún retablo la inocencia que tuve de niño. Tal vez mi crédula ingenuidad se esconde entre un ramo de lilas o azucenas de las que por Semana Santa ornan de color y aromas los altares. O quizás flote errática y extraviada buscando a su dueño en el haz de luz y polvo que desde las vidrieras llenan el suelo de colores. ¡Quién sabe si huyó ensimismada tras los ecos de sermones encendidos de aquellos predicadores que turbaron mi sueño infantil con atónitos desvelos! ¿Se elevaría hasta las nubes montada en un potro de incienso? ¡Qué fácil es creer cuando solo hay fantasías!  Siempre que entraba de niño a la iglesia dirigía mi vista al sagrario convencido de que allí estaba otro niño que me miraba y lo sabía todo de mí.
En el viejo mecano algunas piezas ya no encajan. El lógico discurrir del pensamiento produjo salientes y entrantes que hacen difícil el ajuste. Evanescentes halos de cuentos infantiles quedan de la inocencia en el recuerdo. No obstante, ¡qué respeto y admiración siento por quienes conservan sinceramente intactas las creencias que recibieron de sus antepasados!
¿Quién no duda de todo alguna vez y se hace preguntas que no tienen respuestas?
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Aun así, siempre hay una puerta abierta al infinito.  “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”, escribió Antonio Machado. De aquellos ilusionados años infantiles queda la liturgia, las ceremonias en días de grandes solemnidades, los cánticos gregorianos de la ‘schola cantorum’, las adoraciones nocturnas y su bello himno: ‘Cantemos al amor de los amores”. Oficios de primavera con altares llenos de flores, ecos lejanos de campanas que llegaban hasta el campo y, desmayadas, caían como alondras en los surcos del barbecho, dobles de muertos, repiques de gloria… Las exploraciones de monaguillo por todas las dependencias, desde la sacristía a los misteriosos cuartos de la torre: el de Santiago y el de los moros.
Hoy es Viernes Santo. Me vienen a la memoria la acción del cura al postrase en los oficios de la tarde, la procesión de la soledad: hileras de fieles en silencio con vacilantes llamas en los pábilos de las velas caminando tras la cruz en la que Cristo murió crucificado. Blanco lienzo al viento colgando donde estuvieron sus brazos. Con siete puñales clavados en un corazón dorado iba la madre llorosa con la corona de espinas en las manos. Y la luna llena.  Desde un rincón en penumbra desgarraba la noche la saeta tal como se rasgó en el templo el velo la tarde en que expiró Jesús. Y, estremecido, el aire se transformaba con emoción de vello electrizado en la piel de los presentes. Yo miraba al cielo por si estuviera Dios apoyado en las barandas de plata de la luna llena viendo pasar el cortejo.

Ellos

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Bajo el velo difuso del pronombre personal ‘ellos’ metemos a un grupo de personas tan diversas como detestadas. El hablante y el oyente marcamos distancias con tal ralea. En él purgan castigos los condenados por nuestro veredicto. Son los que nos burlan hacienda, bienestar y derechos. Los que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas. La mayoría de estos aborrecidos personajes tienen la habilidad innata para escalar hasta el lugar donde se reparte el bacalao y cuchillo en mano llevarse la mejor parte. O les ampara la cobertura legal para el desempeño de la función que distribuye el peso de las tareas comunes, cargando esta sobre hombros ajenos y salvando los suyos. A todos les buscamos acomodo bajo el paraguas de este vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…Son, como dicen en mi pueblo, los del asa, los que portan la cesta en la que se guardan las viandas y donde meten mano con disimulo o descaro, según se tercie, pues perdida la vergüenza no aparecen los sonrojos. Los que siempre están al lado de la candela y en los lugares convenientes en que se toman las decisiones importantes.  Tiene el referido vocablo la virtud de crear complicidad y conciencia de clase entre los que no se consideran del grupo, que somos nosotros y vosotros. 
‘Eso viene de arriba’, se dice para expresar que es inevitable el cumplimiento de alguna orden o mandato. Así que chitón y ‘palante’. Procede de esa nebulosa que aglutina el poder, donde también hay gente honesta y caraduras que dan lecciones de moral que ellos no cumplen.
 Este pronombre es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. Ninguna ‘portavoza’ ni ‘miembra’ de las que exigen ponerle falda a las palabras, que se sepa, ha reivindicado para la forma pronominal ‘ellas’ la participación en tan onerosa carga.
Contra esta maraña entrelazada y asfixiante de presiones que marca la música con la que nos hacen bailar, cabe la rebeldía, al menos la interior.
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Una noche yendo de ronda la guardia municipal por los bares del pueblo, como era costumbre, encontró a un vecino renuente a irse a su casa sin apurar antes los últimos vasos de vino. Cerraban a la una. Minutos antes solían pasar avisando de que la hora de cierre se acercaba. Aquella noche por quítame allá esas pajas regadas con alcohol, se formó una pequeña discusión que alteraba el silencio de la noche. Tuvo que intervenir la guardia civil que estaba de servicio en el pueblo. “¡Y tú, ¡Ángel, -que ese era el nombre del rezagado, ocurrente, vivaz y parlanchín personaje- a tu casa y a la cama, que es donde tenías que estar ya a estas horas!”
Apuró el vaso y emprendió la retirada a regañadientes. Al salir por la puerta donde estaban los guardias, “miró al soslayo fuese y no hubo nada”, pero pronunció la siguiente frase que contiene esa rebeldía ante la imposición:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Marzo

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El refranero califica a este mes como pardo, cambiante y yerbero: ‘En marzo crece la hierba, aunque le des con un mazo’. Despuntan las yemas de las hojas y las flores. Las aves se aparean con sonoro cortejo de trinos. Construyen sus nidos, camuflados entre el pasto del suelo o en las horquetas de los árboles con minucioso y paciente acarreo. Germinan las semillas en los campos y en los lugares aparentemente más inhóspitos. Por cualquier pequeña grieta o resquicio entre las rocas asoma la vida. Los lomos y los bordes de los caminos se adornan con ribetes verdes para honor y escolta de carreteros y caminantes. Lirios, jacintos, margaritas orquídeas, amapolas…
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Los peces escalan corrientes. ‘Por san José sube el pez’. Difícil remontada cuando falta el agua en los cauces secos.  Mientras redacto estas líneas llueve suavemente, como bálsamo en herida. ¡Qué ganas de escuchar las canales caer copiosamente y que el verde desvaído y macilento se torne vivo y refulgente! Las sementeras estarán recibiendo esta lluvia como fértiles hembras en tiempo de celo. Agua fecunda.
Marzo trae de la mano al equinocio de la primavera, tiempo de cuaresma, de potajes, de pestiños, gañotes y rosquillas. De luz, aromas y colores.
Las siembras con poco se alzan en espigas y con ellas las llamadas malas hierbas. El amo de la parábola aconsejaba esperar a que crecieran juntos el trigo y la cizaña y separarlos después para el fuego o el granero. Antes, para quitar los cardos, los vallicos, la grama, la cizaña y los jaramagos se escardaban los cultivos. Del cardo le viene el nombre a esta labor de entresaque y limpieza.
Recuerdo a los escardadores cuando pasaban camino del tajo al venir el día con el azadón al hombro o en bicicletas, atado con cuerdas a lo largo de la barra o metido entre los aparejos de las bestias.
Recorrían las cuadrillas en formación horizontal la sementera, avanzando paso a paso entre los surcos. Con golpes de azada arrancaban los hierbajos como quien quita espinillas en la cara de un adolescente.  Era una labor minuciosa que necesitaba tiempo y jornales. Más costoso a corto plazo que la de secarlas con herbicidas, esos venenos limpios que dejan rastros ocultos de muerte tras un falso verdor.
 A largo plazo está por calcular el costo. A cuentas estamos. O quizás lo estemos pagando ya. ¿Dónde están los trigueros y las alondras, esas avecillas que decía Luis Chamizo despabilaban los campesinos a su paso   cuando estaban ‘agachás’ entre los surcos del barbecho?
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En esas mismas siembras canta la codorniz los primeros días de la primavera. Los furtivos con un reclamo que imita el piar de la hembra atraen a los machos, ciegos de celo, hasta el lugar donde tienen extendida la red sobre los trigos y cebadas. Cuando sienten cerca su canto las espantan. Su vuelo queda enredado y prisionero entre las mallas.
Aves pequeñas, redondeadas, escurridizas, con un canto metálico y trisílabo, que asemeja a la palabra huéspedes. Dicen que para atravesar el estrecho en su viaje desde África hacen de sus cuerpos veleros, un ala como vela y la otra de timón. Un prodigio más de la naturaleza. Pronto las oiremos al alba y al ocaso cuando paseemos por los caminos entre siembras.

Teléfonos y telegramas.

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El teléfono se usaba antes para dar razones, acepción coloquial recogida en  el diccionario de la RAE como recado, mensaje o aviso. Para dar pésames, transmitir o concretar términos de un trato. Lo imprescindible y necesario. Nada de conversaciones de fragua, costureras ni ociosos en las resolanas. Se evitaban circunloquios, prolegómenos y expresiones superfluas. Se iba al grano. Las palabras valían su peso en tiempo y no se andaba muy sobrado para ir dilapidándolo por la boca.
El timbre del teléfono en la madrugada sonaba como un rayo en el corazón del sueño. Nadie llama a esas horas para saludar ni pedir recetas de cocina.  El sobresalto producía una descarga de angustia que podía quedar en susto o producir un desgarro en el alma.
Para comunicarse la voz es más próxima y cercana; modula, enfatiza o susurra. Tiene más matices. Las cartas tardan más en llegar, pero no se las lleva el viento y les salen posos amarillos en los bordes que se remueven con cada lectura. 
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El telegrama contenía la palabra en carne viva despojado de ropaje inútil. Operación de cirugía y desguace que solo dejaba el esqueleto del mensaje. Aquí el valor se medía por unidades.
Con él se transmitían noticias escuetas y contundentes. A veces la noticia de muerte viajaba en las dobleces del papel azulado.  
Los vecinos acudían a la centralita para poner conferencias y telegramas porque para hablar con los demás del pueblo los veían por la calle o en sus hogares.
Estaba ubicada en una casa particular y su dueña era la operadora. En la dependencia había un banco para aguardar turno y demora con una chapa grabada: CTNE. Mediante aviso de conferencia se concertaba hora para recibirla. También en el zaguán estaba una cabina para preservar la intimidad de la conversación. Pero no servía de mucho porque la conexión tenía más interferencias que la sintonía de la ‘Pirenica’, aquella emisora clandestina del partido comunista. De entonces quizás derive el que las personas mayores cuando conversan por teléfono parece que le están hablando a un sordo, con un volumen de voz desproporcionado y unos gestos que los asemejaba a los actores del cine mudo.
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A veces se perdía la mañana o se venía la noche encima esperando “¿Trae mucha demora?” “Voy a reclamarla otra vez”.
La telefonista usaba auriculares y metía las clavijas en los agujeros del cuadro de mando para poner en contacto a los interlocutores. Una chapa vibraba y se destrababa de arriba cuando alguien llamaba. Si la conversación se alargaba salía su voz preguntando: “¿Hablan?”
Después del cura era la persona más informada del pueblo. Recibía las noticias en primicia, pues si quería escuchaba todo lo que se hablaba.
Cuando se preguntaba por alguien y era el que había cogido el teléfono, este respondía: “¡Al aparato!”, vocablo versátil que igual valía para un aeroplano que para un artilugio.
El abono del importe se pedía al terminar  y se pagaba en el acto, según contador de tiempo que controlaba la operadora.
Poco a poco empezaron a instalarse teléfonos particulares. Por los años sesenta había aún pocos. Eran negros y se conectaban con la central haciendo girar una manivela. “Ponme con Fulanito”. No hacía falta decir el número porque ella se los sabía todos. “Te pongo”.

Almendros y olivos.

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Decía Antonio Machado en su bellísimo y evocador poema, ‘A José María Palacio’, que en la estepa del alto Duero la primavera tarda en llegar, tanto que los labriegos siembran los tardíos con las lluvias de abril. Por aquí, más al mediodía, se anuncia más temprana. Ya destacan en estos días sarpullidos blancos y rosados en la ladera de la sierra y en los ribazos de algunas heredades.  Los almendros, tan rudos y tiernos a la vez, llaman tímida y anticipadamente con los nudillos de sus flores a los cristales de la casa donde el viejo huraño del invierno está sentado al fuego. No quiere molestarlo, pero le avisa con sus toques, tiernas caricias aladas, que en las templadas auras vienen flotando multitud de aromas de cantuesos, tomillos y espliegos y cubriendo de verdor las ramas de los árboles.  Es un mensaje para que  prepare la retirada de sus legiones de escarcha de los valles umbríos. El céfiro suave y apacible trae bocanadas de azahar para esparcirlos por los campos y los pueblos, y el sol, extensa luz para robar espacio a las umbrías.
En este mes de febrero los taladores, recogido el fruto en las almazaras tras la paliza del vareo y artilugios meneadores más modernos, cortan las ramas viejas a los olivos para dar vigor a las nuevas y orientar su crecimiento.  Si antaño les redondeaban la forma hoy los quedan con los brazos extendidos, buscando claridad y ofreciendo al cielo su centro.
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 En estos días si paseas por el campo puedes escuchar el sonido de las hachas manejadas por diestros taladores, cincelando con su acero las esculturas leñosas de sus cuerpos.  El ramón servirá de comida al ganado y el sobrante, cuando lo quemen, levantará columnas de humo en los días azules y tranquilos.
Aunque el diccionario distingue entre el significado de talar (cortar por el pie a un árbol o conjunto de ellos) y podar (quitar o cortar las ramas superfluas de los árboles o las viñas) recoge también el uso regional en Andalucía y Extremadura de talar igualándolo a podar para los casos de encinas y olivos.  Más de una discusión he presenciado por el uso de estos dos vocablos.
El olivo es un árbol que renueva su vida cada año. Tiene ansias de permanencia a través de los chupones. Basta dejar uno de los que nacen a sus pies para que crezca un vástago nuevo. Los olivares, esos bordados alamares prendidos en las lomas, que decía Antonio Machado, forman calles perpendiculares, como un gran diagrama cartesiano, donde es fácil perderse si no tienes referencias.
En los días ventosos si te metes entre ellos te protegen de la fuerza del viento y adivinas por dónde viene antes de llegar a ti, pues se anuncia a lo lejos con sonoras oleadas de ramas. Es el momento de ver en el envés de sus hojas el color plateado que dejaron las noches de luna. 
Desde aquí, sentado en una linde, veo a un jaulero camuflando el puesto con las ramas cortadas. Mide los pasos para levantar el ‘pulpitillo’ y colocar en él la jaula.  En la siembra el gallardo macho de la perdiz lanza sus reclamos al aire defendiendo su terreno y haciendo méritos para conquistar a su pareja.

Anécdotas en la escuela

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Fritz Sonderland
Nuccio Ordine en su obra ‘Clásicos para la vida’, a la que Juan Domingo Fernández dedicó hace unas semanas en su columna justo y brillante elogio, dice sobre la enseñanza en la introducción que “la insensata multiplicación de reuniones e informes…ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”. “Suministrar documentación parece hoy más importante que preparar una clase”.
La burocracia se plasma después muy vistosa en mamotretos encuadernados que adornan vitrinas y anaqueles, pero son hojas muertas, anquilosadas que muchas veces distorsionan y edulcoran la realidad para complacencia de la administración.   
Lo que de verdad queda cuando se olvida lo accesorio es el trabajo bien hecho, la satisfacción del que enseña y el provecho del que aprende, que no solamente es el alumnado. Y quedan también pequeños recuerdos, gestos, anécdotas de las relaciones humanas variopintas que se establecen a diario en las aulas.
A mí, que soy maestro ya retirado, a medida que el tiempo me aleja de la orilla de la vida profesional, me llegan a esta barca que navega por las aguas tranquilas de la jubilación brisas de agradables recuerdos, algún salpicón risueño que salta a bordo, como estas tres anécdotas que refiero.
Tratábamos sobre expresiones coloquiales relacionadas con la manera de decir la hora, como ‘y cuarto, menos cuarto, los ochos pasadas, las tres y pico…’
Más o menos todos sabían el significado de las frases, pero al llegarle el turno a una niña, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar, para apaciguar el hambre que se produce en los momentos anteriores a la comida.
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W. Lawson Henry
Para aliviar la pesadez y el cansancio después de las materias fundamentales organizaba un corro con preguntas, adivinanzas y trabalenguas. El que acertaba la respuesta que no habían contestado los anteriores subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le tocó decir de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo, con los ojos de par en par y me dijo:” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que sabían la respuesta fue instantáneo.  Uno de ellos le respondió: “¡El que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno al que planteé el siguiente problema: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”.  Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente. Le volví a plantear la pregunta leyéndola despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me replicó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. 
Si yo volviera llevaría un cuaderno diario de anécdotas. Conservan cálidos recuerdos, más que toda la burocracia impersonal que nadie vuelve a leer almacenada en las vitrinas.