Raíces profundas

img_5574-2Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona  y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.

Para saber  aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.

Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.

Como no tenemos  esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado  recurrimos a fuentes, como  los libros,  documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces   que profundizan  en el suelo de la historia  buscando el agua de la información.

En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones  que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de  antiguas recetas,  festivales flamencos  ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música  en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración  del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer  el origen y fundamento de su existencia.

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En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el  año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura,  realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar  un informe pormenorizado que sirviera para  organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el   desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos.  El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo  y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.

Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que  se han caracterizado todos los intervinientes. 

El párroco,  Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración  la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones  sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.

Alguien lanzó la  idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.

Lágrimas blancas

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Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en  pendiente. Allí  en la penumbra contábamos historias que escuchábamos   a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos  con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta  hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir  en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba  dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron  se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato  se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche.  Después quedábamos en silencio y nos tendíamos  boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica  en la cóncava negrura del cielo.  Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante  y luminoso por cuyas ramas  descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de  fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de  escorpiones, toros, osas dragones, peces…  o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
 En mitad, el camino de Santiago,  ancha franja  de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica  allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre  ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las  anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de caminos invisibles.
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Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades  y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta  de lo insignificantes que somos.

Verano del 42

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Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte,  llegamos en bicicleta al  arroyo de la Corbacha. El agua  en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene  en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre.  Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos  a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir.  Allí estaban  bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos  como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para  quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear  a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos  las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó  tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega.  De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una  voz suplicante  que primero me asombró  y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
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Estas jóvenes, algo mayores que nosotros,  tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían  al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos  detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie.  A los mayores porque se  escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban  costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar!  Se santiguaban  las viejas escandalizadas: “¡Dónde se  habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?”  Los visillos se mantenían en guardia permanente,  día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
 Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales  que debían estar a la vista eran  los de las huertas y las delanteras que ostentaban  poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos. 
En esas estábamos  cuando arribaron estas  jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida  se abrieron y  llenaron los canales  de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos  abrieron caminos a  pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente  hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha,  en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
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Años después se estrenó la película de Robert Mulligan,  ‘Verano del 42’.  Fui protagonista  con Hermie (Gary Grimes) de la aventura  adolescente tan  hermosa que vivió  con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba  a llevar paquetes ni  aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto.  Los amores tienen siempre un verano que es  alba irrepetible a las puertas de la  vida, aunque yo no fuera Hermie, sino  una estatua en medio del agua que  solo rozó  con sus manos los bordes de la gloria.

Primera comunión.

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  Con  traje  y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros  sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces  en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años.  No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores.     Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía  el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que  ponía recuerdo de mi primera comunión con  mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con  una cantidad de dinero y besos cariñosos.
  Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos  llegó  el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba  y aclaraba las fotos.  En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para   inmortalizar   tan fausto  acontecimiento. Tuvieron que  tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer.  De  rodillas en un reclinatorio  tuve que recomponer la sonrisa   varias veces porque aquello se prolongaba  demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir  las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que  no dejaba de modificar la posición de mi cabeza  diciendo que no me moviera.
  En los días previos  el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.        iacomun-2
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar  nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas?  ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que  era una voz que no se oía, sino  desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia  confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba  y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después  al repertorio.
  Aquellas comuniones  tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior.  Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando  el  artilugio  electrónico que les han regalado.  

Tratamientos

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Para solicitar algo  a una autoridad se utilizan normalmente las instancias. Hoy simplificadas, tipificadas   y  menos farragosas y fatuas  que las de hace años.  Las escribíamos a mano, siguiendo un arcaico y ampuloso lenguaje de formalismos.  En los centros de enseñanza se instruía  sobre la forma de redactarlas. Encabezamiento con los datos del solicitante, exposición razonada de considerandos plena de gerundios,  solicitud específica, despedida, fecha y pie donde se añadían los galones inherentes al cargo del destinatario. Lenguaje, reverencial, sumiso y suplicante más que de justa exigencia de derechos. En tercera persona por  guardar distancias. Como la  servidumbre que no mira a la cara a los señores a los que habla porque no  parezca  insolencia o descaro. Lejanos  y ajenos aquellos personajes engrandecidos por el cargo,  de gesto huraño y bigotillo recortado. Fiado todo a la benevolencia y magnanimidad del otorgante,  previos  deseos de larga vida rogados  a poderes celestiales. “Es gracia que espera alcanzar del recto proceder de V.I” o “de la reconocida bondad que le caracteriza cuya vida guarde Dios muchos años”.
Después de este masaje formal de adulaciones había que  esperar a que la gracia fuera concedida, previos los trámites pertinentes de pólizas, timbres móviles y sellos de registro estampados con ardoroso y contundente  celo funcionarial.
Lo de esas instancias alambicadas era excesivo y hoy resultan  fuera de tiempo y lugar,  pero en el tratamiento a personas han existido siempre cumplidos o títulos  que mantienen  distancias o también  son muestras  de respeto. De todo hay. Desde majestad y alteza, allá en la cúspide, pasando por excelentísimos e ilustrísimos señores,  hasta el tú de confianza o  de irreverencia, según se mire y según contexto. Hay que matizar.
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Documento cedido por Teresa Rendueles.
Tutear a una persona mayor o profesor no cuadra con la educación que recibimos los que ya peinamos canas, lo que no supone que quien lo haga falte al respeto. Son costumbres que se maman y que las modas, siempre volubles, no desarraigan del proceder de quienes las usamos.
A mí, un mocoso de diez años,  sí me molestaba más que enaltecía que un profesor me llamara de usted, derivado de vuestra merced. Sobre todo si unía al tratamiento displicencia e ironía, que de todo hubo. 
En mi pueblo para referirnos  a personas mayores utilizamos  la palabra tío, no en el sentido moderno de compadreo cheli, sino como un tratamiento  de la consideración que genera  la edad.
Por estas tierras también existe una designación peyorativa: la de señorito. En masculino, ya que el femenino es  cortesía para mujeres solteras o que desempeñan funciones docentes o administrativas. Los alumnos pequeños abrevian en “mi seño”. En masculino,  persona  acomodada y ociosa,  insulta y denigra, pero algunos había  que lo reclamaban para sus vástagos, como atributo de distinción. Algo así como una nobleza desteñida de la que se sentían orgullosos a falta de otros títulos oficiales de más lustre y blasón.
El don se antepone al nombre de personas con carrera o ganado prestigio, pero no espere usted que los vecinos de toda la vida le cambien el tratamiento al hijo de  Petra, pongamos por caso, por muchos méritos académicos que acumule. Eso queda para los llegan de fuera. Y tan a gusto, que nadie es profeta en su tierra, ni falta que hace.

Cencerradas

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Las segundas nupcias no estaban prohibidas ni civil ni religiosamente, pero un morbo oscuro y clandestino rondaba por los aledaños de  estas relaciones y removía los instintos atávicos de cafres reprimidos.  Opinión latente de rechazo que  tiene su fundamento  muy atrás.  Atenágoras, en el siglo II después de Cristo  hablaba del matrimonio de los viudos como “un adulterio decente o velado”. Posteriormente calificado como “honestam fornicationem” y también “speciosum adulterium” por la Iglesia.  Como si el estado natural de los viudos fuese soportar ausencias con lutos, pagar penitencias con  abstinencia y recibir consejos de quienes nunca se casan.
Para los que enviudaban no era fácil comenzar una nueva relación en los pueblos. La primera dificultad era la falta de cauces para ponerse en contacto. Una carta expresando las intenciones y a esperar contestación. Había intermediarios que trasladaban discretamente las proposiciones. La respuesta  abría la puerta a la esperanza o al desistimiento definitivo.
Todo con la máxima discreción. Que no corrieran rumores por los mentideros  de rincones y esquinas.
La boda se celebraba de noche, casi furtivamente, con testigos buscados entre amigos y conocidos de mucha confianza.
Pero los secretos en los pueblos son difíciles de guardar y llegaba el “cencerraje” o cencerrada, manifestación tribal, intransigente, invasiva de la intimidad  y  de coacción. Tiene una dilatada existencia en nuestro país con exageraciones y abusos palmarios, tanto que el Código  Penal de 1870, en su  artículo 589, 1  las consideraba como falta contra el orden público y castigaba  con multa de cinco a veinticinco pesetas y reprensión a  “los que promovieran ó tomaren parte activa en cencerradas  u otras reuniones tumultuosas, con ofensa de alguna persona ó con perjuicio ó menoscabo del sosiego público”.  El concilio de Turín (1455) las prohibió, pero en el sustrato popular se seguía considerando como un castigo a los que contraían matrimonios inconvenientes.
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Según el diccionario la cencerrada  es un “ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas”. Todo este jaleo acompañado de pullas obscenas e hirientes, estribillos alusivos que ridiculizaban a los contrayentes y   que se decían entre estruendo  y estruendo, colgando  rótulos y objetos de las puertas o ventanas. Algunas de estas costumbres proceden de la Edad Media y han subsistido hasta hace poco.
Igual suerte corrían los viejos que se casaban con mujer joven.  Los afectados callaban y aguantaban el ruidoso chaparrón como podían. Algunos más osados salían y se unían al estrepitoso cortejo con la intención de que pasadas una horas los dejasen en paz porque oponerse suponía tener que aguantarlo toda la noche.
La encuesta realizada por el Ateneo de Madrid en los años 1901 y 1902 describe así a las cencerradas:
“Las cencerradas son verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables. A los casados les acompaña la multitud, con apariencia ebria, que grita desaforadamente y golpea latas, almireces y toca cornetas y zambombas en todo el camino de casa a la iglesia y viceversa. Por la noche y aún en noches sucesivas se repite la escena en la calle, en el portal y en la escalera, voceando y cantando. Es milagroso que no se registren escenas sangrientas ante ataques y gestos tan provocativos”.
La bestialidad en estado puro.

Iglesia y escuela.

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Los jueves por la mañana a las doce acababan las clases y los maestros nos llevaban a la iglesia, a lo que llamaban la doctrina.  En esa hora del mediodía el sol daba de lleno en las vidrieras  orientadas al sur y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo flotaba en el cañón de luz que penetraba por los ventanales.  Yo  distraía mi atención siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Los domingos había una misa para los niños a la que asistíamos los escolares. Nos colocábamos en los primeros bancos vigilados por los maestros, que se turnaban cada semana para este servicio.  La misa era en latín, en el altar mayor y de espaldas. Le teníamos cogido el tranquillo a los momentos en que había que sentarse, ponerse de pie o arrodillarse. Y de eso estábamos pendientes. De eso,  del momento de salir los monaguillos a pedir en la colecta y del “Ite, misa est” que daba por finalizada la función. El celebrante se calaba  el bonete que le traía el mismo ayudante que se lo llevó al principio  y el cortejo enfilaba en dirección a la sacristía entonando “La misa ha terminado cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa, Señor”. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila.
El lunes había que dar cuenta de las ausencias en el caso de que se hubiesen producido.
En cuaresma había ejercicios espirituales,  específicos para niños.  Quedó de aquellos años una canción que nos enseñó el párroco: “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos venid porque la iglesia abierta está”.  En la penumbra de la iglesia,  sólo con la luz de un flexo sobre su mesita, el orador explicaba la parábola del hijo pródigo que volvía a la casa de su padre después de haber estado comiendo las bellotas de los cerdos por su mala cabeza.
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Los bancos  de la iglesia estaban distribuidos por sectores.  Los dos bloques de delante, a izquierda y derecha de la nave central, que ocupaban más de la mitad del aforo, estaban destinados para las mujeres y los de atrás, también a derecha e izquierda para los hombres. Nadie osaba meterse en terreno vedado, aunque hubiera sitios libres y estuvieran los otros ocupados.
Las autoridades tenían reservado un banco identificado con mayúsculas, AUTORIDADES,   el primero de los de las filas de  los hombres.
Independientemente de esto había personas o familias que disponían de reclinatorios o pequeños bancos para uso particular por los que abonaban una cantidad. Los dos primeros de las mujeres también estaban reservados a  familias de notables que colaboraban con la iglesia.
Las normas de vestuario eran estrictas: todos con mangas largas y las mujeres cubiertas sus cabezas con velo.
Una mañana de verano se me olvidó llevar la prenda que cubría la impúdica desnudez de mis brazos y una mujer, algo obsesionada, se colocó detrás de mí y sacándome  el niqui de la cintura me lo lió hacia arriba para cubrirlos. Así quedó la norma a salvo y mi ombligo, como ojo asombrado, al aire.

Viajar

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Desde el sureste  de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición  ni  por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían  pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los  apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio.  El tren sigue siendo   por aquí  la asignatura  pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas  sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba  solitario  desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
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A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a  los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba  por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección  su sinuoso y estrecho trazado. Después  la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda  el peaje que se abonaba  por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y  asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado  en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas  que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que  una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron  sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por  la brisa, verde en primavera y dorado en verano,  llenaba  de olas la retina de sus ojos.

Las manos

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Las manos son apéndices del alma,  embajadoras  de  nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de  emociones.
Ofrecen y  piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos.  Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando  la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de  revés, abofetean  y, tirado el  guante  al suelo,  ofenden honra y retan a duelo  a quienes  deben recogerlo.  La bofetada más famosa del cine  se hizo icono de la mano de  Gleen Ford sobre el bello rostro de  Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las  de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto  al contundente retorcimiento de la aljofifa  sobre la cuba  de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él.  Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito  la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las  de algunas  mujeres mayores de mi pueblo  apartando  granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa  paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
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Las manos de los varones  eran más rudas, más de tierra y de sol.  Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista  en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían  su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos  habían tenido hace muchos años  cálido y sonrosado aspecto  en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz  que asirían de manera  grácil  la goma de borrar  y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones  crecieron  más pendientes de que no faltara el pan en la  mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría   la sangre de  la primera  herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces  y, felinas,  treparon por las ramas  de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia  para construir presas, castillos y  fortalezas,   jugarían a los bolindres   y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas  que descubrieron su cuerpo  en la azarosa  adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya.  A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia  en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.

Buena conducta.

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Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos.  Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos,   adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día  en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas.  Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia.  De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
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La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que  era bastante  más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo,  me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo  no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido  la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones   que por estrechas  rendijas se colaban  en las ciudades más cosmopolitas  y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para  cursar la carrera de Magisterio  debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde  y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica  suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba  que se  te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por  trascendencia familiar o comportamientos  desafectos, dificultaba su obtención.
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Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio,   asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes.  El que yo realicé comprendía  quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés,  y otros quince en la naturaleza,  en el campamento emperador Carlos, en Jerte.  ¡Qué maravillosos  parajes!,  por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas,  marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.