Primera comunión.

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  Con  traje  y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros  sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces  en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años.  No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores.     Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía  el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que  ponía recuerdo de mi primera comunión con  mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con  una cantidad de dinero y besos cariñosos.
  Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos  llegó  el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba  y aclaraba las fotos.  En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para   inmortalizar   tan fausto  acontecimiento. Tuvieron que  tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer.  De  rodillas en un reclinatorio  tuve que recomponer la sonrisa   varias veces porque aquello se prolongaba  demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir  las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que  no dejaba de modificar la posición de mi cabeza  diciendo que no me moviera.
  En los días previos  el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.        iacomun-2
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar  nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas?  ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que  era una voz que no se oía, sino  desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia  confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba  y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después  al repertorio.
  Aquellas comuniones  tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior.  Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando  el  artilugio  electrónico que les han regalado.  

Tratamientos

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Para solicitar algo  a una autoridad se utilizan normalmente las instancias. Hoy simplificadas, tipificadas   y  menos farragosas y fatuas  que las de hace años.  Las escribíamos a mano, siguiendo un arcaico y ampuloso lenguaje de formalismos.  En los centros de enseñanza se instruía  sobre la forma de redactarlas. Encabezamiento con los datos del solicitante, exposición razonada de considerandos plena de gerundios,  solicitud específica, despedida, fecha y pie donde se añadían los galones inherentes al cargo del destinatario. Lenguaje, reverencial, sumiso y suplicante más que de justa exigencia de derechos. En tercera persona por  guardar distancias. Como la  servidumbre que no mira a la cara a los señores a los que habla porque no  parezca  insolencia o descaro. Lejanos  y ajenos aquellos personajes engrandecidos por el cargo,  de gesto huraño y bigotillo recortado. Fiado todo a la benevolencia y magnanimidad del otorgante,  previos  deseos de larga vida rogados  a poderes celestiales. “Es gracia que espera alcanzar del recto proceder de V.I” o “de la reconocida bondad que le caracteriza cuya vida guarde Dios muchos años”.
Después de este masaje formal de adulaciones había que  esperar a que la gracia fuera concedida, previos los trámites pertinentes de pólizas, timbres móviles y sellos de registro estampados con ardoroso y contundente  celo funcionarial.
Lo de esas instancias alambicadas era excesivo y hoy resultan  fuera de tiempo y lugar,  pero en el tratamiento a personas han existido siempre cumplidos o títulos  que mantienen  distancias o también  son muestras  de respeto. De todo hay. Desde majestad y alteza, allá en la cúspide, pasando por excelentísimos e ilustrísimos señores,  hasta el tú de confianza o  de irreverencia, según se mire y según contexto. Hay que matizar.
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Documento cedido por Teresa Rendueles.
Tutear a una persona mayor o profesor no cuadra con la educación que recibimos los que ya peinamos canas, lo que no supone que quien lo haga falte al respeto. Son costumbres que se maman y que las modas, siempre volubles, no desarraigan del proceder de quienes las usamos.
A mí, un mocoso de diez años,  sí me molestaba más que enaltecía que un profesor me llamara de usted, derivado de vuestra merced. Sobre todo si unía al tratamiento displicencia e ironía, que de todo hubo. 
En mi pueblo para referirnos  a personas mayores utilizamos  la palabra tío, no en el sentido moderno de compadreo cheli, sino como un tratamiento  de la consideración que genera  la edad.
Por estas tierras también existe una designación peyorativa: la de señorito. En masculino, ya que el femenino es  cortesía para mujeres solteras o que desempeñan funciones docentes o administrativas. Los alumnos pequeños abrevian en “mi seño”. En masculino,  persona  acomodada y ociosa,  insulta y denigra, pero algunos había  que lo reclamaban para sus vástagos, como atributo de distinción. Algo así como una nobleza desteñida de la que se sentían orgullosos a falta de otros títulos oficiales de más lustre y blasón.
El don se antepone al nombre de personas con carrera o ganado prestigio, pero no espere usted que los vecinos de toda la vida le cambien el tratamiento al hijo de  Petra, pongamos por caso, por muchos méritos académicos que acumule. Eso queda para los llegan de fuera. Y tan a gusto, que nadie es profeta en su tierra, ni falta que hace.

Cencerradas

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Las segundas nupcias no estaban prohibidas ni civil ni religiosamente, pero un morbo oscuro y clandestino rondaba por los aledaños de  estas relaciones y removía los instintos atávicos de cafres reprimidos.  Opinión latente de rechazo que  tiene su fundamento  muy atrás.  Atenágoras, en el siglo II después de Cristo  hablaba del matrimonio de los viudos como “un adulterio decente o velado”. Posteriormente calificado como “honestam fornicationem” y también “speciosum adulterium” por la Iglesia.  Como si el estado natural de los viudos fuese soportar ausencias con lutos, pagar penitencias con  abstinencia y recibir consejos de quienes nunca se casan.
Para los que enviudaban no era fácil comenzar una nueva relación en los pueblos. La primera dificultad era la falta de cauces para ponerse en contacto. Una carta expresando las intenciones y a esperar contestación. Había intermediarios que trasladaban discretamente las proposiciones. La respuesta  abría la puerta a la esperanza o al desistimiento definitivo.
Todo con la máxima discreción. Que no corrieran rumores por los mentideros  de rincones y esquinas.
La boda se celebraba de noche, casi furtivamente, con testigos buscados entre amigos y conocidos de mucha confianza.
Pero los secretos en los pueblos son difíciles de guardar y llegaba el “cencerraje” o cencerrada, manifestación tribal, intransigente, invasiva de la intimidad  y  de coacción. Tiene una dilatada existencia en nuestro país con exageraciones y abusos palmarios, tanto que el Código  Penal de 1870, en su  artículo 589, 1  las consideraba como falta contra el orden público y castigaba  con multa de cinco a veinticinco pesetas y reprensión a  “los que promovieran ó tomaren parte activa en cencerradas  u otras reuniones tumultuosas, con ofensa de alguna persona ó con perjuicio ó menoscabo del sosiego público”.  El concilio de Turín (1455) las prohibió, pero en el sustrato popular se seguía considerando como un castigo a los que contraían matrimonios inconvenientes.
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Según el diccionario la cencerrada  es un “ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas”. Todo este jaleo acompañado de pullas obscenas e hirientes, estribillos alusivos que ridiculizaban a los contrayentes y   que se decían entre estruendo  y estruendo, colgando  rótulos y objetos de las puertas o ventanas. Algunas de estas costumbres proceden de la Edad Media y han subsistido hasta hace poco.
Igual suerte corrían los viejos que se casaban con mujer joven.  Los afectados callaban y aguantaban el ruidoso chaparrón como podían. Algunos más osados salían y se unían al estrepitoso cortejo con la intención de que pasadas una horas los dejasen en paz porque oponerse suponía tener que aguantarlo toda la noche.
La encuesta realizada por el Ateneo de Madrid en los años 1901 y 1902 describe así a las cencerradas:
“Las cencerradas son verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables. A los casados les acompaña la multitud, con apariencia ebria, que grita desaforadamente y golpea latas, almireces y toca cornetas y zambombas en todo el camino de casa a la iglesia y viceversa. Por la noche y aún en noches sucesivas se repite la escena en la calle, en el portal y en la escalera, voceando y cantando. Es milagroso que no se registren escenas sangrientas ante ataques y gestos tan provocativos”.
La bestialidad en estado puro.

Iglesia y escuela.

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Los jueves por la mañana a las doce acababan las clases y los maestros nos llevaban a la iglesia, a lo que llamaban la doctrina.  En esa hora del mediodía el sol daba de lleno en las vidrieras  orientadas al sur y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo flotaba en el cañón de luz que penetraba por los ventanales.  Yo  distraía mi atención siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Los domingos había una misa para los niños a la que asistíamos los escolares. Nos colocábamos en los primeros bancos vigilados por los maestros, que se turnaban cada semana para este servicio.  La misa era en latín, en el altar mayor y de espaldas. Le teníamos cogido el tranquillo a los momentos en que había que sentarse, ponerse de pie o arrodillarse. Y de eso estábamos pendientes. De eso,  del momento de salir los monaguillos a pedir en la colecta y del “Ite, misa est” que daba por finalizada la función. El celebrante se calaba  el bonete que le traía el mismo ayudante que se lo llevó al principio  y el cortejo enfilaba en dirección a la sacristía entonando “La misa ha terminado cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa, Señor”. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila.
El lunes había que dar cuenta de las ausencias en el caso de que se hubiesen producido.
En cuaresma había ejercicios espirituales,  específicos para niños.  Quedó de aquellos años una canción que nos enseñó el párroco: “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos venid porque la iglesia abierta está”.  En la penumbra de la iglesia,  sólo con la luz de un flexo sobre su mesita, el orador explicaba la parábola del hijo pródigo que volvía a la casa de su padre después de haber estado comiendo las bellotas de los cerdos por su mala cabeza.
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Los bancos  de la iglesia estaban distribuidos por sectores.  Los dos bloques de delante, a izquierda y derecha de la nave central, que ocupaban más de la mitad del aforo, estaban destinados para las mujeres y los de atrás, también a derecha e izquierda para los hombres. Nadie osaba meterse en terreno vedado, aunque hubiera sitios libres y estuvieran los otros ocupados.
Las autoridades tenían reservado un banco identificado con mayúsculas, AUTORIDADES,   el primero de los de las filas de  los hombres.
Independientemente de esto había personas o familias que disponían de reclinatorios o pequeños bancos para uso particular por los que abonaban una cantidad. Los dos primeros de las mujeres también estaban reservados a  familias de notables que colaboraban con la iglesia.
Las normas de vestuario eran estrictas: todos con mangas largas y las mujeres cubiertas sus cabezas con velo.
Una mañana de verano se me olvidó llevar la prenda que cubría la impúdica desnudez de mis brazos y una mujer, algo obsesionada, se colocó detrás de mí y sacándome  el niqui de la cintura me lo lió hacia arriba para cubrirlos. Así quedó la norma a salvo y mi ombligo, como ojo asombrado, al aire.

Viajar

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Desde el sureste  de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición  ni  por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían  pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los  apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio.  El tren sigue siendo   por aquí  la asignatura  pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas  sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba  solitario  desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
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A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a  los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba  por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección  su sinuoso y estrecho trazado. Después  la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda  el peaje que se abonaba  por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y  asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado  en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas  que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que  una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron  sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por  la brisa, verde en primavera y dorado en verano,  llenaba  de olas la retina de sus ojos.

Las manos

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Las manos son apéndices del alma,  embajadoras  de  nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de  emociones.
Ofrecen y  piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos.  Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando  la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de  revés, abofetean  y, tirado el  guante  al suelo,  ofenden honra y retan a duelo  a quienes  deben recogerlo.  La bofetada más famosa del cine  se hizo icono de la mano de  Gleen Ford sobre el bello rostro de  Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las  de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto  al contundente retorcimiento de la aljofifa  sobre la cuba  de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él.  Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito  la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las  de algunas  mujeres mayores de mi pueblo  apartando  granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa  paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
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Las manos de los varones  eran más rudas, más de tierra y de sol.  Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista  en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían  su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos  habían tenido hace muchos años  cálido y sonrosado aspecto  en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz  que asirían de manera  grácil  la goma de borrar  y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones  crecieron  más pendientes de que no faltara el pan en la  mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría   la sangre de  la primera  herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces  y, felinas,  treparon por las ramas  de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia  para construir presas, castillos y  fortalezas,   jugarían a los bolindres   y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas  que descubrieron su cuerpo  en la azarosa  adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya.  A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia  en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.

Buena conducta.

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Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos.  Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos,   adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día  en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas.  Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia.  De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
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La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que  era bastante  más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo,  me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo  no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido  la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones   que por estrechas  rendijas se colaban  en las ciudades más cosmopolitas  y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para  cursar la carrera de Magisterio  debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde  y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica  suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba  que se  te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por  trascendencia familiar o comportamientos  desafectos, dificultaba su obtención.
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Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio,   asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes.  El que yo realicé comprendía  quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés,  y otros quince en la naturaleza,  en el campamento emperador Carlos, en Jerte.  ¡Qué maravillosos  parajes!,  por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas,  marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.

Viejos

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Los hombres mayores  se reunían en determinados lugares del pueblo. Se buscaban unos a otros  como hacen las golondrinas al final del verano en los cables del tendido eléctrico.
En mi pueblo se juntaban cerca de la escuela. Algunos jugaban a las cartas sobre una piedra lisa, otros charlaban. Ponían cartones para sentarse o traían banquetas  de casa. Buscaban solanas en invierno y sombras en verano. Allí acudían por las mañanas mientras las mujeres hacían las faenas.
‘Vamos a ver si nos quieren dar de comer’, decían como despedida, levantándose con dificultad y pasos renqueantes.  Por las tardes volvían a la tarea de  echar el tiempo atrás hasta la hora del crepúsculo. Algunos compañeros míos  saludaban a sus abuelos y otros nos deteníamos  un rato a escuchar sus charlas y  observar sus juegos.
Me atraían  sus conversaciones, sobre todo las que trataban de tiempos pasados que a nosotros nos parecían muy lejanos y que ellos tenían muy presentes. Los años de la guerra y los posteriores  cuando la carpanta reinaba en las mesas  y por los campos de España cruzaba errante la sombra de Caín, como escribió Antonio Machado.
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Ya quedan pocos de los que lucharon en la incivil  contienda del  36.  Los nacidos en ese año tienen ahora ochenta y uno, así que los que fueron arrancados de sus casas para ir al frente rondarían los cien, salvo la  “quinta del biberón” que fue llamada a filas en la zona republicana cuando tenían diecisiete años.
Cada uno daba su versión de aquellos trágicos años.  Referían sus vivencias, todavía con miedo y con voz queda. Una visión  parcial,  detalles, anécdotas,  porque a la mayoría se les escapaban las causas últimas  de aquella lucha fratricida.
Cuando algún forastero de similar edad  llegaba al pueblo y se unía al grupo le hacían una pregunta recurrente: ¿Y a usted, donde le cogió la guerra?
Siempre me han causado un gran respeto las personas mayores y sobre todo aquella generación que sufrió tanto.  Nos enseñaban en casa y en la escuela  a cederles la parte interior  en las aceras, a hablarles de usted y a hacerles cualquier mandado que nos pidieran, sobre todo ir al estanco a por tabaco. Aquellos paquetes verdes de picado y sus libritos de liar. Como recompensa  nos daban un caramelo de la marca “pictolín” que siempre llevaban consigo. Nosotros les decíamos, déjelo usted, como nos tenían enseñado, pero  al segundo ofrecimiento lo cogíamos dándoles las gracias. Usaban fajas negras de varias vueltas en su cintura, quebrada de tanto agacharse a la tierra y soportar cargas más propias de bestias que de personas. En invierno usaban chalecos de pana con reloj de bolsillo el que lo tenía.
Las costumbres han cambiado. Antes los viejos se quedaban en sus casas con sus descendientes  hasta el final de sus vidas.   Los que no  tenían hijos acababan en el asilo, que entonces se consideraba casi como un menoscabo.   Ahora  hay  residencias y pisos tutelados  en los pueblos, lo que libera a los hijos que tienen que trabajar y no los alejan a ellos de su entorno. A los que están en sus casas les llevan la comida. Un gran logro social que debe mantenerse y consolidarse y  que habremos de usar casi todos.

Flamenco

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A los niños nos gustaba asomarnos a las puertas de las fraguas para ver a los herreros forjando los hierros.  Alternaban los golpes con ritmo. El  maestro, asiendo fuertemente el trozo de metal incandescente con unas tenazas, los   daba  con el martillo  sobre  él y el yunque  para afinar formas. El ayudante golpeaba fuertemente con el mazo. Se alternaban con cadencioso compás y destreza para no estorbarse.
Las tardes de verano los labradores  con sombrero de paja y pañuelo en la nuca desmenuzaban  las espigas   en la era  con el monótono circular del trillo.
Observaba yo, en esa edad en  que se capta con asombro virgen todo lo que nos rodea, que los herreros en su trabajo cantaban al compás de yunque y martillo y los agricultores ponían ribetes sonoros  a la soledad amarilla de las mieses.
En casi todas las faenas se cantaba o se canturreaba en un momento u otro. Lo hacía el albañil  mientras mezclaba cemento y arena o colocaba ladrillos, el carretero en la soledad de los caminos, acompañando los arreos a las mulas, la mujer mientras faenaba en la casa…
Pensaba yo que si cantaban era porque estaban contentos, pero de mayor, leyendo las letras de las canciones, supe que existían desgarros, aflicciones  y desamores entre ellas. Y es que el cante aflora  sentimientos cuando la pena o la alegría buscan salida de los entresijos del alma.
No había muchas fuentes donde aprenderlas.  El cine y la radio de los discos dedicados. Las letras venían en los  cancioneros  que un vendedor traía en una bicicleta junto con novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Eran tiempos de la copla, de ojos verdes,  torres de arena. De Marifé y de Molina.
Pero existen formas de cantar a las que hay que echarles de comer aparte. Flamenco o cante jondo. Cantes que sólo necesitan como acompañamiento el sonido de los  cascabeles y las campanillas de las mulas  de tiro o de golpes de martillo sobre el yunque  para darle forma al sentimiento. Cantes de fragua, cantes de trilla.
Igual que  hay  cantes carceleros que claman por la libertad y expresan el dolor de su pérdida. Y  mineros que  glosan la  dureza del trabajo de las minas.
Uno, que es novel en esto del flamenco y del cante jondo, pero  admirador de su  acervo cultural acumulado a lo largo de los siglos,  aprecia y valora  la dificultad de la ejecución de sus palos, al alcance sólo de quienes poseen  voz, oído y compás.
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Las peñas flamencas repartidas por la geografía extremeña mantienen, divulgan y alientan esta hermosa y difícil  manifestación de arte enraizada en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y  que cuenta con excelentes intérpretes y con estudiosos flamencólogos  y poetas como Felix Grande.   La de Llerena, que desde hace muchos años dirige con gran acierto, toda la voluntad del mundo y contados  medios económicos, Marcelo Rodríguez  con un excelente cuadro de colaboradores  y  socios entusiastas,  es una muestra de ellas. Encomiable labor que mantiene vivo este patrimonio cultural  al que las jóvenes generaciones debían asomarse para apreciarlo y separar el grano de las granzas.  Bulerías, soleás, tangos, peteneras, fandangos, cañas, colombianas… A ver quién  se atreve con ellos y se arranca  con  una seguiriya, pongamos por caso.

Lavanderas

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De los numerosos trabajos asociados al sexo femenino  en exclusividad casi absoluta estaban los de  lavar, coser y planchar. Las mujeres asumían  estas funciones como si fuese herejía doméstica y menoscabo a su reputación delegarlas en los hombres.  Que un varón cogiera  una aguja para coserse un botón,  la plancha para deshacer arrugas o la panera para frotar puños y cuellos de camisa habiendo una mujer en casa, se consideraba merma de varonía en los hombres y dejación de obligaciones en las mujeres.
A ellos se les dejaba la leña gorda,  barrer con la escoba de ramas eras y corrales y  echar remiendos con aguja de red  en  aparejos y sacos usados en las  faenas de labranza. Nada de finuras. Pero pare usted de contar.  Las  demás tareas, si algunos  se atrevían con ellas, las  realizaban   a escondidas y de puertas adentro. Delantales a los varones sólo se los vi a los zapateros para ligar cabos  de cáñamo y cerote.
Pervive esta mentalidad aún. Escuché en una cadena de televisión hace unos años  a una mujer que estaba entre ese público que  rodea y alimenta egos a personajes de efímera fama: ‘Mira cómo lleva tu pobre  marido la camisa de arrugada,  más vale que se la planches’, dirigiéndose a la compañera que por aquellos días había caído en desgracia en  la veleidosa y manipulable opinión del cotilleo. Ni por asomo le podía asignar la irritada señora al desaliñado varón el menester de alisar su propia camisa.
Para cocinar  había más pase y alguna puntual exquisitez  se permitía el marido con  guisos en los que estaba especializado o en  el rebane y preparación de migas en tiempos propios. El oficio de pastor lleva aparejado el uso  de cazo y  fogón, pero  en  casa era habitualmente la mujer la principal cocinera con  ollas y sartenes, limpieza incluida, claro.
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La emigración y el servicio militar eran islotes excepcionales. La necesidad obliga. Anárquicos pespuntes para salir del paso y no quedarse con el culo al aire. Lavar en los lavabos de los servicios. De planchar se encargaban las perchas, el tiempo y la gravedad. Además la arruga siempre ha sido bella.
Cuando no había  lavadoras   la ropa se lavaba en la panera con agua de pozo y jabón verde  y se frotaba en el “batiero”,  la tabla con la superficie arrugada.   No existía más detergente ni más lavadora que  los nudillos de las manos. Lo del frotar se va a acabar llegaría después.
Había lavanderas  que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en los alrededores del pueblo a lavar, arrodilladas  sobre un trozo de corcho.  De los pozos tenían que sacar el agua con cubos atados con sogas. Frotaban la ropa  sobre piedras de ligera pendiente. Después aclaraban y tendían sobre aulagas y tomillos las prendas  limpias. Llevaban para el porte paneras  y canastos  de mimbre. 
No vi nunca a ningún hombre  haciendo esta faena.
Trabajo duro del que pueden dar referencias  muchas mujeres mayores de nuestros pueblos.  Las  jóvenes  generaciones deben saber el sacrificio que costaba  cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando  un botón, sobre todo  porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde  el cuarto de baño a la lavadora.