Camino de la escuela

Ha comenzado un nuevo curso académico. Los colegiales camino de los colegios son un símbolo de futuro y de progreso. Pasan con caras de sueño, ’ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante’ por el peso de las mochilas llenas de libros sobre sus espaldas. Otros los llevan en carritos con ruedas, como los que se usan en la compra. El saber, que no ocupa lugar cuando se asimila, sí lo invade y pesa antes que pase del papel a las cabezas.
Al verlos pasar recuerdo el primer día que fui a la escuela, sin contar el único año de párvulos que existía entonces y que cursé el año anterior. Tenía yo seis años. Mientras mi madre me peinaba y le daba los últimos retoques a mi indumentaria mi padre me aconsejaba sobre la forma de comportarme con el maestro y con los compañeros.
Llegaron mis amigos a recogerme para emprender juntos el camino hacia los grupos escolares.  Mi equipaje era escaso: una cartera de cuero cosida a mano con artesanal maestría por el talabartero del pueblo. En caso de apuro podía ser utilizada incluso como arma defensiva. Nos servía también de hélice cuando girábamos el brazo con ella en la mano. Tenía un broche metálico con llave y cerradura para unir la solapa, y dos hebillas a los lados, siempre con las puntas de la correa levantadas.  En su interior, bagaje ligero: una libreta de dos rayas, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar que siempre se extraviaba por alguno de sus cuatro rincones.  Más adelante se incorporaron a las pertenencias la enciclopedia Álvarez y una pizarra rectangular pequeña con marco de madera, un trapito atado para borrar y un pizarrín blanco y redondo para escribir en ella.
Al llegar a la puerta de la escuela las colocábamos en orden.  Así guardábamos la vez para la entrada.
Un pantalón corto de pana, el jersey de punto que tejió mi madre en primavera y unos zapatos de la marca ‘el gorila’. Con ellos regalaban una pelota verde y dura con la que jugábamos a ‘corra’, o sea, que salías corriendo o quien la cogía te arreaba el pelotazo. Más entrado el otoño nos calzábamos las botas katiuskas para meternos en los charcos. ¡Qué sensación de navegantes teníamos cuando nos poníamos en la corriente del arroyo y mirábamos fijamente al agua!  Las orillas nos dejaban atrás y nosotros nos sentíamos veleros surcando los mares.
Hasta que llegaba el maestro jugábamos a los bolos o al barranco, cambiábamos cromos o impresiones sobre algún suceso acaecido.  Cuando lo veíamos aparecer corríamos a darle los buenos días y regresábamos corriendo a formar la fila. Este hecho de saludar se repetía siempre que lo veíamos en cualquier sitio.
El pueblo queda en calma mientras los niños permanecen en sus clases. En su recinto se concentra la esperanza del futuro que aprende y juega mientras los mayores se dedican a sus afanes y a sus cosas.  A la hora de salida volverá a correr la savia alegre de sus vidas por las calles del pueblo.  Escribió Juan Ramón Jiménez: “Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año”.  Nosotros fuimos, ellos son y mañana serán otros los niños que mantienen  la esperanza en el porvenir caminando hacia la escuela.

La torre y la iglesia

A Carlos Gardel lo recibieron una noche, cuando volvía con veinte años más, las luces parpadeantes a lo lejos y las estrellas indiferentes en lo alto. Los regresos y las despedidas son siempre sentimentales. Los seres inanimados nos provocan emociones cuando los perdemos o volvemos a encontrarlos porque con ellos pasamos parte de nuestras vidas.  
La puerta que cierras por última vez cuando te jubilas, el coche que usaste durante años y entregas al desguace, la casa en que viviste de niño, tu cama, aquel rincón de la habitación donde soñabas despierto y en el que levantabas torreones de ilusiones que el alba desvanecía con medallas doradas sobre la colcha…
La torre del pueblo que descuella sobre los tejados y divisas en lontananza cuando regresas después de mucho tiempo te produce la sensación de que te estuvo aguardando desde el día que te fuiste, como el padre de la parábola que salía todas las tardes a esperar el regreso de su hijo. Te pareció triste en la despedida y alegre ahora que te recibe con los brazos abiertos.
Es el símbolo de identidad de los vecinos. En su ‘picocha’ prueban los ocasos y amaneceres tonalidades doradas.  El campanario tiene gargantas con úvulas de bronce y cuencas orbitales de ojos que te observan continuamente. Su reloj lleva el compás del tiempo con sones que pasan desapercibidos durante el día y taladran, profundos y espaciados, los negros valles de la madrugada, cuando todas las horas son la una repetida y sólo quedan después sus estelas temblando en los huecos del silencio.  
Cigüeñas, vencejos, aviones y palomas forman su guardia en las mañanas claras y en las tardes serenas.  En su vértice, la veleta a merced de solanos, gallegos y vientos de la mar vieja.
El edificio de la iglesia tiene cuerpo de piedra y alma de rezo. En su interior musitan las beatas los rosarios y se mecen con melódicos cantos las plegarias que ascienden por sus muros hasta las polícromas vidrieras.
Crisol donde se mezclan el agua, la sal, el aceite, la ceniza y el incienso como símbolos de vida y muerte, de ofrenda y súplica y donde siempre hay una luz como promesa que recuerda el camino por el que marcharon los que nunca volvieron.
La lluvia bate sus paredes y vencida en su prestante mole roja resbala por la tez de sus vertientes. Rosa de los vientos: al norte, la umbría, cobijo de sombras, lugar de meadas a deshoras y cantinas de feria: jeringo y aguardiente. Lugar de citas y faroles al valiente alarde del vino. Allí te espero, si tienes… cuchicheos de rumores de no se lo digas a nadie, confidencias de trastienda. Al este, la primera luz del día y un recuerdo en forma de cruz por los muertos caídos en las guerras. Sur de soles, tibio resguardo en los inviernos fríos y relumbre de fuego en los veranos. Al oeste la entrada por la puerta los de pecadores. Camino de ida y vuelta:  al perdón, cual hormigas haciendo granero, con la carga del pecado a cuestas y del perdón, con alivio ligero, de nuevo al pecado y al yerro.
Desde la torre que semana a semana levantaron sobre las raíces de la evocación estas columnas un hasta luego, si el tiempo no lo impide y con permiso y aquiescencia de las autoridades competentes.

Franco.

Desde que mi madre guardaba los jerséis por el mes de mayo hasta que los sacaba con los primeros frescos del otoño, qué largo se nos hacía el tiempo. La misma sensación teníamos cuando de feria en feria abríamos la hucha.  El verano se dilataba con sus siestas y sus noches estrelladas. También sucedía con los inviernos, unas veces con luz y otras a oscuras. Cada estación del año se estiraba llenándonos de vivencias nuevas.
Nuestro reloj interno marca las horas con las manecillas de las emociones y lleva distinto compás que los externos.
¡Cómo se han acelerado ahora, cuando ya somos adultos!  El tiempo se nos escapa entre las manos. Apenas pasan los villancicos y ya estamos con las murgas.  Parece que todo fue hace menos años que los que pasaron.  La percepción subjetiva de su transcurrir es un tema de psicólogos y neurólogos quizás.  Vuela cuando lo estamos pasando bien y encalla en situaciones angustiosas. 
Cuando yo era niño las personas mayores nos decían: ¡Eso, pasó hace más de veinte años!  Nosotros entonces reaccionábamos ante aquel abismo agitando las manos y resoplando. Una lejanía que no alcanzábamos a calibrar.  Ahora en la edad adulta, ya lo dice el tango, veinte años no son nada, los tenemos ahí al alcance de la evocación.
Franco murió hace ya casi cuarenta y tres años, más tiempo del que estuvo en el poder. Qué prolongado se nos hizo y cómo han pasado de rápidos los posteriores.
En un bar de mi pueblo la gente charlaba y compartía botella todas las noches.  En una de las mesas camilla se sentaban dos buenos amigos ya mayores, de los que habían conocido la guerra. Cuando la televisión interrumpía su programación con la musiquilla que se hizo célebre para dar a conocer el parte del equipo médico habitual todos callaban y miraban al televisor. Estos dos entrañables personales, con la televisión a sus espaldas y la botella de vino por delante balanceaban la cabeza hacia los lados al escuchar las novedades: ‘Veremos a ver cómo quedamos’.
El ministro de información y turismo León Herrera comunicó su fallecimiento poco antes de venir el día a través de la radio: ‘Con profundo sentimiento doy lectura al comunicado siguiente…’ A las diez se dirige al país Arias Navarro entre sollozos. Nos dieron una semana de vacaciones en la escuela.
Todos los que tienen menos de cuarenta y tres años no habían nacido y a los que tenían menos de diez solo les quedan vagos recuerdos. Más de la mitad de la población actual.
Con su muerte se abría una etapa de incertidumbre y esperanza no exenta de tribulaciones. Mi generación cantó ‘Libertad sin ira’ y ‘Habla pueblo, habla’. Se generó una ilusión colectiva y comenzó el periplo hacia la normalidad democrática, pero el barco zozobraba por la intolerancia de sectores intransigentes.
Después de tanto tiempo la etapa de la dictadura y la figura de Franco no están del todo digeridas. Hay quienes la justifican y ensalzan y quienes la vilipendian. Quien se manifiesta a favor o en contra recibe furibundas réplicas de la diestra o la siniestra.  ¿Llegaremos en este país a sacar del rojo y el azul un violeta de flores que aleje para siempre la sombra de Caín de esta hermosa tierra?

Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

Viernes Santo

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Ahora que no creo que mi cuerpo cuando muera sufra una combustión interminable entre llantos y crujir de dientes y que ya no tengo miedo a los demonios con tridente y rabo, cualquier día de estos que esté la iglesia abierta y sola entro para sentir la inmensidad del aislamiento entre sus anchos muros y la altura de sus techos. ¡Cómo envuelve a la soledad el silencio de las iglesias vacías! 
Quiero volver por ver si encuentro detrás de algún retablo la inocencia que tuve de niño. Tal vez mi crédula ingenuidad se esconde entre un ramo de lilas o azucenas de las que por Semana Santa ornan de color y aromas los altares. O quizás flote errática y extraviada buscando a su dueño en el haz de luz y polvo que desde las vidrieras llenan el suelo de colores. ¡Quién sabe si huyó ensimismada tras los ecos de sermones encendidos de aquellos predicadores que turbaron mi sueño infantil con atónitos desvelos! ¿Se elevaría hasta las nubes montada en un potro de incienso? ¡Qué fácil es creer cuando solo hay fantasías!  Siempre que entraba de niño a la iglesia dirigía mi vista al sagrario convencido de que allí estaba otro niño que me miraba y lo sabía todo de mí.
En el viejo mecano algunas piezas ya no encajan. El lógico discurrir del pensamiento produjo salientes y entrantes que hacen difícil el ajuste. Evanescentes halos de cuentos infantiles quedan de la inocencia en el recuerdo. No obstante, ¡qué respeto y admiración siento por quienes conservan sinceramente intactas las creencias que recibieron de sus antepasados!
¿Quién no duda de todo alguna vez y se hace preguntas que no tienen respuestas?
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Aun así, siempre hay una puerta abierta al infinito.  “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”, escribió Antonio Machado. De aquellos ilusionados años infantiles queda la liturgia, las ceremonias en días de grandes solemnidades, los cánticos gregorianos de la ‘schola cantorum’, las adoraciones nocturnas y su bello himno: ‘Cantemos al amor de los amores”. Oficios de primavera con altares llenos de flores, ecos lejanos de campanas que llegaban hasta el campo y, desmayadas, caían como alondras en los surcos del barbecho, dobles de muertos, repiques de gloria… Las exploraciones de monaguillo por todas las dependencias, desde la sacristía a los misteriosos cuartos de la torre: el de Santiago y el de los moros.
Hoy es Viernes Santo. Me vienen a la memoria la acción del cura al postrase en los oficios de la tarde, la procesión de la soledad: hileras de fieles en silencio con vacilantes llamas en los pábilos de las velas caminando tras la cruz en la que Cristo murió crucificado. Blanco lienzo al viento colgando donde estuvieron sus brazos. Con siete puñales clavados en un corazón dorado iba la madre llorosa con la corona de espinas en las manos. Y la luna llena.  Desde un rincón en penumbra desgarraba la noche la saeta tal como se rasgó en el templo el velo la tarde en que expiró Jesús. Y, estremecido, el aire se transformaba con emoción de vello electrizado en la piel de los presentes. Yo miraba al cielo por si estuviera Dios apoyado en las barandas de plata de la luna llena viendo pasar el cortejo.

Ellos

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Bajo el velo difuso del pronombre personal ‘ellos’ metemos a un grupo de personas tan diversas como detestadas. El hablante y el oyente marcamos distancias con tal ralea. En él purgan castigos los condenados por nuestro veredicto. Son los que nos burlan hacienda, bienestar y derechos. Los que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas. La mayoría de estos aborrecidos personajes tienen la habilidad innata para escalar hasta el lugar donde se reparte el bacalao y cuchillo en mano llevarse la mejor parte. O les ampara la cobertura legal para el desempeño de la función que distribuye el peso de las tareas comunes, cargando esta sobre hombros ajenos y salvando los suyos. A todos les buscamos acomodo bajo el paraguas de este vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…Son, como dicen en mi pueblo, los del asa, los que portan la cesta en la que se guardan las viandas y donde meten mano con disimulo o descaro, según se tercie, pues perdida la vergüenza no aparecen los sonrojos. Los que siempre están al lado de la candela y en los lugares convenientes en que se toman las decisiones importantes.  Tiene el referido vocablo la virtud de crear complicidad y conciencia de clase entre los que no se consideran del grupo, que somos nosotros y vosotros. 
‘Eso viene de arriba’, se dice para expresar que es inevitable el cumplimiento de alguna orden o mandato. Así que chitón y ‘palante’. Procede de esa nebulosa que aglutina el poder, donde también hay gente honesta y caraduras que dan lecciones de moral que ellos no cumplen.
 Este pronombre es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. Ninguna ‘portavoza’ ni ‘miembra’ de las que exigen ponerle falda a las palabras, que se sepa, ha reivindicado para la forma pronominal ‘ellas’ la participación en tan onerosa carga.
Contra esta maraña entrelazada y asfixiante de presiones que marca la música con la que nos hacen bailar, cabe la rebeldía, al menos la interior.
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Una noche yendo de ronda la guardia municipal por los bares del pueblo, como era costumbre, encontró a un vecino renuente a irse a su casa sin apurar antes los últimos vasos de vino. Cerraban a la una. Minutos antes solían pasar avisando de que la hora de cierre se acercaba. Aquella noche por quítame allá esas pajas regadas con alcohol, se formó una pequeña discusión que alteraba el silencio de la noche. Tuvo que intervenir la guardia civil que estaba de servicio en el pueblo. “¡Y tú, ¡Ángel, -que ese era el nombre del rezagado, ocurrente, vivaz y parlanchín personaje- a tu casa y a la cama, que es donde tenías que estar ya a estas horas!”
Apuró el vaso y emprendió la retirada a regañadientes. Al salir por la puerta donde estaban los guardias, “miró al soslayo fuese y no hubo nada”, pero pronunció la siguiente frase que contiene esa rebeldía ante la imposición:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Marzo

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El refranero califica a este mes como pardo, cambiante y yerbero: ‘En marzo crece la hierba, aunque le des con un mazo’. Despuntan las yemas de las hojas y las flores. Las aves se aparean con sonoro cortejo de trinos. Construyen sus nidos, camuflados entre el pasto del suelo o en las horquetas de los árboles con minucioso y paciente acarreo. Germinan las semillas en los campos y en los lugares aparentemente más inhóspitos. Por cualquier pequeña grieta o resquicio entre las rocas asoma la vida. Los lomos y los bordes de los caminos se adornan con ribetes verdes para honor y escolta de carreteros y caminantes. Lirios, jacintos, margaritas orquídeas, amapolas…
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Los peces escalan corrientes. ‘Por san José sube el pez’. Difícil remontada cuando falta el agua en los cauces secos.  Mientras redacto estas líneas llueve suavemente, como bálsamo en herida. ¡Qué ganas de escuchar las canales caer copiosamente y que el verde desvaído y macilento se torne vivo y refulgente! Las sementeras estarán recibiendo esta lluvia como fértiles hembras en tiempo de celo. Agua fecunda.
Marzo trae de la mano al equinocio de la primavera, tiempo de cuaresma, de potajes, de pestiños, gañotes y rosquillas. De luz, aromas y colores.
Las siembras con poco se alzan en espigas y con ellas las llamadas malas hierbas. El amo de la parábola aconsejaba esperar a que crecieran juntos el trigo y la cizaña y separarlos después para el fuego o el granero. Antes, para quitar los cardos, los vallicos, la grama, la cizaña y los jaramagos se escardaban los cultivos. Del cardo le viene el nombre a esta labor de entresaque y limpieza.
Recuerdo a los escardadores cuando pasaban camino del tajo al venir el día con el azadón al hombro o en bicicletas, atado con cuerdas a lo largo de la barra o metido entre los aparejos de las bestias.
Recorrían las cuadrillas en formación horizontal la sementera, avanzando paso a paso entre los surcos. Con golpes de azada arrancaban los hierbajos como quien quita espinillas en la cara de un adolescente.  Era una labor minuciosa que necesitaba tiempo y jornales. Más costoso a corto plazo que la de secarlas con herbicidas, esos venenos limpios que dejan rastros ocultos de muerte tras un falso verdor.
 A largo plazo está por calcular el costo. A cuentas estamos. O quizás lo estemos pagando ya. ¿Dónde están los trigueros y las alondras, esas avecillas que decía Luis Chamizo despabilaban los campesinos a su paso   cuando estaban ‘agachás’ entre los surcos del barbecho?
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En esas mismas siembras canta la codorniz los primeros días de la primavera. Los furtivos con un reclamo que imita el piar de la hembra atraen a los machos, ciegos de celo, hasta el lugar donde tienen extendida la red sobre los trigos y cebadas. Cuando sienten cerca su canto las espantan. Su vuelo queda enredado y prisionero entre las mallas.
Aves pequeñas, redondeadas, escurridizas, con un canto metálico y trisílabo, que asemeja a la palabra huéspedes. Dicen que para atravesar el estrecho en su viaje desde África hacen de sus cuerpos veleros, un ala como vela y la otra de timón. Un prodigio más de la naturaleza. Pronto las oiremos al alba y al ocaso cuando paseemos por los caminos entre siembras.