Antiguas medidas

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Los estudiantes aprendíamos en los libros, pero había temas que no venían en ellos. En ocasiones, sentados alrededor de la camilla en la taberna donde compartíamos con gente del campo vino y charla, surgían conversaciones sobre cómo resolver problemas de la vida real.
Un tema recurrente era el de las cuentas cochineras.
Venían a mi mente entonces aquellos versos de Gabriel y Galán. “Pues el mozu empringó tres papelis/de rayas y letras/y pa ensenrearsi/de aquella maeja,/ ijo que el aceiti que a mí me tocaba/era ‘pi menus erre’, ¿te enteras? ¡Pus pués dil jaciendu/ las sopas con ella!”.
Así que por amor propio decidí aprender a echar esas cuentas utilizando arrobas, libras y cuarterones, que era la forma tradicional que tenían ellos de resolverlas.
A mí me sonaban algunas de esas unidades de años atrás, cuando mi madre preguntó que quién se había comido la media libra de chocolate que guardaba en el aparador. Yo dije que solo me había comido unas jícaras, vocablo que el diccionario utiliza para designar a la vasija pequeña para tomar chocolate y con el que aquí designamos a cada una de las porciones de la tableta.  El diccionario las denomina onzas, que también son cada una de las dieciséis partes en que se divide la libra, o sea, 28.75 gramos.
La manera práctica de aplicar mis conocimientos sobre las cuentas cochineras tuvo lugar un año cuando mi padre me mandó ir a por el guarro de la matanza y comprobar el peso con el vendedor.  Entre dos hombres y mi poca ayuda le pasamos las sogas por la barriga y lo subimos hasta la romana que pendía de otra soga atada en el techo. El vendedor pasó el pilón por la fila de números grabados en el astil y, alcanzado el equilibro, nos invitó a comprobarlo. ¡Ese es su peso! 
La arroba además es medida de capacidad, unos dieciséis litros, y se utiliza para vinos y aceites. Cuatro cuartas, una arroba.
Por el significado de la legua pregunté cuando de niño leí el cuento de Pulgarcito para saber cuánto recorría el ogro de cada zancada con sus botas de siete leguas.
En los comercios se medían las telas por varas, medida de longitud, que, sin llegar al metro, varía de unas regiones a otras. También las vi en los anchos de las vías pecuarias.
cuartilla
La fanega, que igualmente es distinta según regiones, se utilizaba como medida de superficie y de capacidad. En las eras se llenaban los sacos con cuartillas. Cuatro cuartillas rasadas correspondían a una fanega. El almud, el medio almud y el celemín eran otras tantas medidas para el grano. Estos recipientes se conservan en algunas casas de labranza.
Antiguamente los hombres bebían unas copas de aguardiente antes de marchar a sus duros trabajos. Lo servían a veces en unas vasijas llamadas ‘ochos’. Las he visto de cristal artísticamente labradas en una casa cuyos dueños regentaron en tiempos un bar. El ocho tenía la capacidad de la octava parte de un litro.  
Nuestro paisano Juan Bravo Murillo, siendo ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas fue el encargado de unificar oficialmente las unidades de medida, mediante la aplicación progresiva del Sistema Métrico Decimal, tarea que no fue fácil por el arraigo de las tradicionales.

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