Anécdotas en la escuela

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Fritz Sonderland
Nuccio Ordine en su obra ‘Clásicos para la vida’, a la que Juan Domingo Fernández dedicó hace unas semanas en su columna justo y brillante elogio, dice sobre la enseñanza en la introducción que “la insensata multiplicación de reuniones e informes…ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”. “Suministrar documentación parece hoy más importante que preparar una clase”.
La burocracia se plasma después muy vistosa en mamotretos encuadernados que adornan vitrinas y anaqueles, pero son hojas muertas, anquilosadas que muchas veces distorsionan y edulcoran la realidad para complacencia de la administración.   
Lo que de verdad queda cuando se olvida lo accesorio es el trabajo bien hecho, la satisfacción del que enseña y el provecho del que aprende, que no solamente es el alumnado. Y quedan también pequeños recuerdos, gestos, anécdotas de las relaciones humanas variopintas que se establecen a diario en las aulas.
A mí, que soy maestro ya retirado, a medida que el tiempo me aleja de la orilla de la vida profesional, me llegan a esta barca que navega por las aguas tranquilas de la jubilación brisas de agradables recuerdos, algún salpicón risueño que salta a bordo, como estas tres anécdotas que refiero.
Tratábamos sobre expresiones coloquiales relacionadas con la manera de decir la hora, como ‘y cuarto, menos cuarto, los ochos pasadas, las tres y pico…’
Más o menos todos sabían el significado de las frases, pero al llegarle el turno a una niña, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar, para apaciguar el hambre que se produce en los momentos anteriores a la comida.
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W. Lawson Henry
Para aliviar la pesadez y el cansancio después de las materias fundamentales organizaba un corro con preguntas, adivinanzas y trabalenguas. El que acertaba la respuesta que no habían contestado los anteriores subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le tocó decir de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo, con los ojos de par en par y me dijo:” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que sabían la respuesta fue instantáneo.  Uno de ellos le respondió: “¡El que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno al que planteé el siguiente problema: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”.  Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente. Le volví a plantear la pregunta leyéndola despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me replicó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. 
Si yo volviera llevaría un cuaderno diario de anécdotas. Conservan cálidos recuerdos, más que toda la burocracia impersonal que nadie vuelve a leer almacenada en las vitrinas.

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