Almendros y olivos.

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Decía Antonio Machado en su bellísimo y evocador poema, ‘A José María Palacio’, que en la estepa del alto Duero la primavera tarda en llegar, tanto que los labriegos siembran los tardíos con las lluvias de abril. Por aquí, más al mediodía, se anuncia más temprana. Ya destacan en estos días sarpullidos blancos y rosados en la ladera de la sierra y en los ribazos de algunas heredades.  Los almendros, tan rudos y tiernos a la vez, llaman tímida y anticipadamente con los nudillos de sus flores a los cristales de la casa donde el viejo huraño del invierno está sentado al fuego. No quiere molestarlo, pero le avisa con sus toques, tiernas caricias aladas, que en las templadas auras vienen flotando multitud de aromas de cantuesos, tomillos y espliegos y cubriendo de verdor las ramas de los árboles.  Es un mensaje para que  prepare la retirada de sus legiones de escarcha de los valles umbríos. El céfiro suave y apacible trae bocanadas de azahar para esparcirlos por los campos y los pueblos, y el sol, extensa luz para robar espacio a las umbrías.
En este mes de febrero los taladores, recogido el fruto en las almazaras tras la paliza del vareo y artilugios meneadores más modernos, cortan las ramas viejas a los olivos para dar vigor a las nuevas y orientar su crecimiento.  Si antaño les redondeaban la forma hoy los quedan con los brazos extendidos, buscando claridad y ofreciendo al cielo su centro.
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 En estos días si paseas por el campo puedes escuchar el sonido de las hachas manejadas por diestros taladores, cincelando con su acero las esculturas leñosas de sus cuerpos.  El ramón servirá de comida al ganado y el sobrante, cuando lo quemen, levantará columnas de humo en los días azules y tranquilos.
Aunque el diccionario distingue entre el significado de talar (cortar por el pie a un árbol o conjunto de ellos) y podar (quitar o cortar las ramas superfluas de los árboles o las viñas) recoge también el uso regional en Andalucía y Extremadura de talar igualándolo a podar para los casos de encinas y olivos.  Más de una discusión he presenciado por el uso de estos dos vocablos.
El olivo es un árbol que renueva su vida cada año. Tiene ansias de permanencia a través de los chupones. Basta dejar uno de los que nacen a sus pies para que crezca un vástago nuevo. Los olivares, esos bordados alamares prendidos en las lomas, que decía Antonio Machado, forman calles perpendiculares, como un gran diagrama cartesiano, donde es fácil perderse si no tienes referencias.
En los días ventosos si te metes entre ellos te protegen de la fuerza del viento y adivinas por dónde viene antes de llegar a ti, pues se anuncia a lo lejos con sonoras oleadas de ramas. Es el momento de ver en el envés de sus hojas el color plateado que dejaron las noches de luna. 
Desde aquí, sentado en una linde, veo a un jaulero camuflando el puesto con las ramas cortadas. Mide los pasos para levantar el ‘pulpitillo’ y colocar en él la jaula.  En la siembra el gallardo macho de la perdiz lanza sus reclamos al aire defendiendo su terreno y haciendo méritos para conquistar a su pareja.

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