Teléfonos y telegramas.

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El teléfono se usaba antes para dar razones, acepción coloquial recogida en  el diccionario de la RAE como recado, mensaje o aviso. Para dar pésames, transmitir o concretar términos de un trato. Lo imprescindible y necesario. Nada de conversaciones de fragua, costureras ni ociosos en las resolanas. Se evitaban circunloquios, prolegómenos y expresiones superfluas. Se iba al grano. Las palabras valían su peso en tiempo y no se andaba muy sobrado para ir dilapidándolo por la boca.
El timbre del teléfono en la madrugada sonaba como un rayo en el corazón del sueño. Nadie llama a esas horas para saludar ni pedir recetas de cocina.  El sobresalto producía una descarga de angustia que podía quedar en susto o producir un desgarro en el alma.
Para comunicarse la voz es más próxima y cercana; modula, enfatiza o susurra. Tiene más matices. Las cartas tardan más en llegar, pero no se las lleva el viento y les salen posos amarillos en los bordes que se remueven con cada lectura. 
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El telegrama contenía la palabra en carne viva despojado de ropaje inútil. Operación de cirugía y desguace que solo dejaba el esqueleto del mensaje. Aquí el valor se medía por unidades.
Con él se transmitían noticias escuetas y contundentes. A veces la noticia de muerte viajaba en las dobleces del papel azulado.  
Los vecinos acudían a la centralita para poner conferencias y telegramas porque para hablar con los demás del pueblo los veían por la calle o en sus hogares.
Estaba ubicada en una casa particular y su dueña era la operadora. En la dependencia había un banco para aguardar turno y demora con una chapa grabada: CTNE. Mediante aviso de conferencia se concertaba hora para recibirla. También en el zaguán estaba una cabina para preservar la intimidad de la conversación. Pero no servía de mucho porque la conexión tenía más interferencias que la sintonía de la ‘Pirenica’, aquella emisora clandestina del partido comunista. De entonces quizás derive el que las personas mayores cuando conversan por teléfono parece que le están hablando a un sordo, con un volumen de voz desproporcionado y unos gestos que los asemejaba a los actores del cine mudo.
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A veces se perdía la mañana o se venía la noche encima esperando “¿Trae mucha demora?” “Voy a reclamarla otra vez”.
La telefonista usaba auriculares y metía las clavijas en los agujeros del cuadro de mando para poner en contacto a los interlocutores. Una chapa vibraba y se destrababa de arriba cuando alguien llamaba. Si la conversación se alargaba salía su voz preguntando: “¿Hablan?”
Después del cura era la persona más informada del pueblo. Recibía las noticias en primicia, pues si quería escuchaba todo lo que se hablaba.
Cuando se preguntaba por alguien y era el que había cogido el teléfono, este respondía: “¡Al aparato!”, vocablo versátil que igual valía para un aeroplano que para un artilugio.
El abono del importe se pedía al terminar  y se pagaba en el acto, según contador de tiempo que controlaba la operadora.
Poco a poco empezaron a instalarse teléfonos particulares. Por los años sesenta había aún pocos. Eran negros y se conectaban con la central haciendo girar una manivela. “Ponme con Fulanito”. No hacía falta decir el número porque ella se los sabía todos. “Te pongo”.

Día de los enamorados

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Sin saber muy bien cómo, nos enamoramos. No escogemos fecha ni hora. La atracción se presenta como visita inesperada, antes incluso de que las hormonas produzcan un cambio físico y psíquico en nosotros. El amor de niño que a nadie contamos. Aquella contorsionista del circo o el de la muchacha forastera que llegó un verano y nos hizo andar por las ardientes calles en la siesta para encontrarnos con ella. La que dio vida a los farolillos de la feria que se alegraron con nosotros y se entristecieron la noche de la despedida. Cada uno tiene sus historias amorosas. No sabemos las razones por las que unas personas nos producen aleteos de mariposas que nos suben hasta el pecho y otras pasan desapercibidas. Dicen que es Cupido con su arco, sus flechas y su aljaba quién asigna compañera. Allá él con los fallos de puntería.
De imberbes nos enamorábamos de las actrices de cine, tan guapas y tan lejanas, aunque en la pantalla parecían hablarnos a nosotros.  Con ellas tejimos fantásticas historias en la adolescencia.
Empezamos a leer las primeras novelas que narraban  apasionados romances y nos sentíamos protagonistas.
El amor de Margarita Gautier y Armando Duval en La dama de las camelias, el de Yuri Andréyevich Zhivago y Lara en Doctor Zhivago, el de Calixto y Melibea en La Celestina, el de Oliver y Jenny en Love story, el del señor Rochester y la joven institutriz en Jane Eyre…   
La edad del pavo, ese peaje de azoramientos y cambios bruscos de humor, pasil resbaladizo e inestable de la niñez a la adolescencia, lo cruzamos entre sofocos y vacilaciones.
No sabíamos entonces dónde terminaba el deseo y empezaba el afecto. O si irían parejos. ¿Sería amor lo que sentíamos aquellas tardes cuando el arrebol del sol postrero encendía de rosa las mejillas de la muchacha por la que perdimos sosiego y sueño? ¿O cuando a contraluz del celaje su silueta destacaba hermosa en el momento en que la brisa, rendido el vuelo, caía desmayada en el silencio dorado de la tarde?
No sabíamos aún si aquella mirada cómplice y furtiva, aquel roce de brazos que electrizaba el cuerpo era antesala del amor o solo una manifestación de la eclosión de nuestras glándulas. Dicen que en el amor hay química.  Al fin y al cabo, somos eso, física y química. Se lo escuché a Severo Ochoa.
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Lope de Vega que tenía un historial amoroso tan variado como su obra literaria, decía que el amor era “no hallar fuera del bien centro y reposo, /mostrarse alegre, triste, humilde, altivo/enojado, valiente, fugitivo, / satisfecho, ofendido, receloso”.
O sea, un torrente de sensaciones contrapuestas que baja impetuoso por las abruptas laderas de la adolescencia. Después la vida, que es maestra, va enseñando. Hay amor puro en las caricias del remanso.
El ‘Fénix de los Ingenios’ escribió también a la muerte de su amante Marta Nevares que “al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte”.
Francisco de Quevedo abunda en esa idea de la eternidad del amor: “Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, /venas que humor a tanto fuego han dado, /médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejará, no su cuidado;/serán ceniza, mas tendrá sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado”.

Almendros y olivos.

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Decía Antonio Machado en su bellísimo y evocador poema, ‘A José María Palacio’, que en la estepa del alto Duero la primavera tarda en llegar, tanto que los labriegos siembran los tardíos con las lluvias de abril. Por aquí, más al mediodía, se anuncia más temprana. Ya destacan en estos días sarpullidos blancos y rosados en la ladera de la sierra y en los ribazos de algunas heredades.  Los almendros, tan rudos y tiernos a la vez, llaman tímida y anticipadamente con los nudillos de sus flores a los cristales de la casa donde el viejo huraño del invierno está sentado al fuego. No quiere molestarlo, pero le avisa con sus toques, tiernas caricias aladas, que en las templadas auras vienen flotando multitud de aromas de cantuesos, tomillos y espliegos y cubriendo de verdor las ramas de los árboles.  Es un mensaje para que  prepare la retirada de sus legiones de escarcha de los valles umbríos. El céfiro suave y apacible trae bocanadas de azahar para esparcirlos por los campos y los pueblos, y el sol, extensa luz para robar espacio a las umbrías.
En este mes de febrero los taladores, recogido el fruto en las almazaras tras la paliza del vareo y artilugios meneadores más modernos, cortan las ramas viejas a los olivos para dar vigor a las nuevas y orientar su crecimiento.  Si antaño les redondeaban la forma hoy los quedan con los brazos extendidos, buscando claridad y ofreciendo al cielo su centro.
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 En estos días si paseas por el campo puedes escuchar el sonido de las hachas manejadas por diestros taladores, cincelando con su acero las esculturas leñosas de sus cuerpos.  El ramón servirá de comida al ganado y el sobrante, cuando lo quemen, levantará columnas de humo en los días azules y tranquilos.
Aunque el diccionario distingue entre el significado de talar (cortar por el pie a un árbol o conjunto de ellos) y podar (quitar o cortar las ramas superfluas de los árboles o las viñas) recoge también el uso regional en Andalucía y Extremadura de talar igualándolo a podar para los casos de encinas y olivos.  Más de una discusión he presenciado por el uso de estos dos vocablos.
El olivo es un árbol que renueva su vida cada año. Tiene ansias de permanencia a través de los chupones. Basta dejar uno de los que nacen a sus pies para que crezca un vástago nuevo. Los olivares, esos bordados alamares prendidos en las lomas, que decía Antonio Machado, forman calles perpendiculares, como un gran diagrama cartesiano, donde es fácil perderse si no tienes referencias.
En los días ventosos si te metes entre ellos te protegen de la fuerza del viento y adivinas por dónde viene antes de llegar a ti, pues se anuncia a lo lejos con sonoras oleadas de ramas. Es el momento de ver en el envés de sus hojas el color plateado que dejaron las noches de luna. 
Desde aquí, sentado en una linde, veo a un jaulero camuflando el puesto con las ramas cortadas. Mide los pasos para levantar el ‘pulpitillo’ y colocar en él la jaula.  En la siembra el gallardo macho de la perdiz lanza sus reclamos al aire defendiendo su terreno y haciendo méritos para conquistar a su pareja.

Anécdotas en la escuela

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Fritz Sonderland
Nuccio Ordine en su obra ‘Clásicos para la vida’, a la que Juan Domingo Fernández dedicó hace unas semanas en su columna justo y brillante elogio, dice sobre la enseñanza en la introducción que “la insensata multiplicación de reuniones e informes…ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”. “Suministrar documentación parece hoy más importante que preparar una clase”.
La burocracia se plasma después muy vistosa en mamotretos encuadernados que adornan vitrinas y anaqueles, pero son hojas muertas, anquilosadas que muchas veces distorsionan y edulcoran la realidad para complacencia de la administración.   
Lo que de verdad queda cuando se olvida lo accesorio es el trabajo bien hecho, la satisfacción del que enseña y el provecho del que aprende, que no solamente es el alumnado. Y quedan también pequeños recuerdos, gestos, anécdotas de las relaciones humanas variopintas que se establecen a diario en las aulas.
A mí, que soy maestro ya retirado, a medida que el tiempo me aleja de la orilla de la vida profesional, me llegan a esta barca que navega por las aguas tranquilas de la jubilación brisas de agradables recuerdos, algún salpicón risueño que salta a bordo, como estas tres anécdotas que refiero.
Tratábamos sobre expresiones coloquiales relacionadas con la manera de decir la hora, como ‘y cuarto, menos cuarto, los ochos pasadas, las tres y pico…’
Más o menos todos sabían el significado de las frases, pero al llegarle el turno a una niña, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar, para apaciguar el hambre que se produce en los momentos anteriores a la comida.
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W. Lawson Henry
Para aliviar la pesadez y el cansancio después de las materias fundamentales organizaba un corro con preguntas, adivinanzas y trabalenguas. El que acertaba la respuesta que no habían contestado los anteriores subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le tocó decir de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo, con los ojos de par en par y me dijo:” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que sabían la respuesta fue instantáneo.  Uno de ellos le respondió: “¡El que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno al que planteé el siguiente problema: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”.  Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente. Le volví a plantear la pregunta leyéndola despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me replicó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. 
Si yo volviera llevaría un cuaderno diario de anécdotas. Conservan cálidos recuerdos, más que toda la burocracia impersonal que nadie vuelve a leer almacenada en las vitrinas.

La cocina

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Pintura de Francisco Valencia
A media mañana y vencida la tarde merodeábamos por la cocina buscando aplacar el apetito que cosquilleaba en el estómago. El lugar donde buscar alivio era el cajón del aparador. Allí se guardaban los restos de comida de la noche anterior. Solía haber también algo de queso, salchichón y chorizo. Al fondo del compartimento estaba el ‘machacaó’ con su redonda y porruda corpulencia, oliendo a ajos, pimienta, comino y nuez moscada. Si al abrir el cajón descendía veloz por la pista y se estrellaba contra la parte donde estaba mi mano es que no había tropezado en ningún obstáculo: señal evidente de la ausencia de viandas.  Había que buscar en otros lugares para saciar el apetito. Por ejemplo, en el techo de maderos donde al oreo pendían de las puntas las morcillas, chorizos y salchichones. Con el guizque, palo largo con un gancho en uno de los extremos, al modo del electricista que encendía las luces de la calle por la tarde y las apagaba al venir el día, conseguíamos el objetivo.
La cocina era el centro de operaciones culinarias y de charlas.  Me gustan las grandes, las de las casas de labranza con suelo de baldosas rojas, chimeneas con ‘topetón’ y techos de maderos, ladrillos y alfarjías.  Allí estaba la tinaja con tapadera de madera y cazo en lo alto donde se almacenaba el agua cuando no llegaba todavía corriente por los grifos y había que acarrearla de las fuentes con burra, serones y aguaderas o se compraba a los hombres que la vendían de casa en casa por cántaros o carga completa. También la cantarera, unas de madera y otras de mampostería, en la que se colocaban los cántaros. 
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En torno al hogar, donde se hace el fuego, pasábamos muchas horas en invierno, las más de las veces siguiendo las piruetas caprichosas de las llamas de la lumbre. Al lado, una cuba para disponer de agua caliente. Del cañón de la chimenea pendían las llares, cadena donde se colgaba el caldero cuando se hacían migas o se guisaba para comensales numerosos. Tenían la altura regulable con un gancho que escalaba eslabones o los bajaba según necesidad de calorías. ¿Quién no se asomó de niño a comprobar dónde se sujetaban?  Las trébedes también se utilizaban para poner sartenes, peroles, ollas y calderos. Había quien disfrutaba con las tenazas en la mano, como capitán al mando del timón de un barco y estaba constantemente avivando la candela y acomodando los leños que caían vencidos por el fuego. El tronco trashoguero se ponía en la parte de atrás, pegado a la pared de la chimenea. Repartidos por las paredes de la cocina estaban el vasar, la alacena, la espetera…En el ‘topetón’ un almirez dorado que por acendrada alcurnia eligió música y ornato y abandonó la dura brega del aporreo del ajo y las especias.
Uno de los preparados más simples y sabrosos que recuerdo era el chorizo o salchichón cocidos con vino. En rodajas con pan una tentación irresistible.
¿He soñado, los he imaginado o fueron reales aquellos cuentos al calor de la lumbre que contaban los abuelos? Inolvidables noches de invierno sin tele. La imaginación y la fantasía se desbordaban ante el imán de las llamas, siempre esquivas, sinuosas, anaranjadas, amarillas, azuladas… ¡Están tan lejos!

Enero

rocioAquellos días de vino y rosas en que regresaba a mi casa de madrugada, a veces cuando los gallos afinaban quiquiriquíes en el yunque rosado de la aurora, me aseguraba antes de cerrar la puerta de que no quedaba nadie por llegar. El último que atranque, se dice por aquí.  Echaba el cerrojo con sumo cuidado y andaba por la casa como una pavesa, de puntillas y a oscuras hasta que encendía la luz de la cocina tras sobar la pared para encontrarla.
Temía que mis pasos tropezasen con alguna silla mal colocada o, perdido el norte, me topase con la maceta de aspidistra que estaba bien localizada en el plano mental, pero desubicada por mi mala orientación, lo que hubiese supuesto despertar a los que dormían y que descubriesen la tardanza en recogerme.
En la mesa estaba la cena que dejaba mi madre preparada.  Comía como si enhebrara silencios en el aire por no hacer ruido, evitando que los cubiertos rozasen unos con otros. ¡Cómo suena una cuchara sobre un plato a esas horas!  Una vez cenado me dirigía con el mismo sigilo a mi cuarto para meterme en la piltra. Entonces escuchaba una voz desde la habitación de mis padres que me sobresaltaba como a un ladrón sorprendido in fraganti: “¿Has cerrado la puerta?” No, no es que los hubiese despertado. Es que no se habían dormido todavía. Me imagino, siendo yo padre ahora, su alivio al saber que todos estábamos recogidos y salvos. La madrugada se llevó algunas vidas abruptamente y eso dificultaba conciliar el sueño.
En estas noches de enero, cuando las estrellas parecen trocitos de hielo que dejan caer escarcha silenciosamente sobre los tejados y los campos para tejer alfombras de crujiente encaje a las mañanas, pensaba de camino para casa en la crueldad que supone pasar una noche como estas sin cobijo. Me acordaba de las personas que ponen entre su cuerpo y el cielo solo unos pocos de cartones y la suerte que tenía yo de llegar y tener la mesa puesta y la cama bien provista de mantas.  Pensaba en la resistencia de los animales a la intemperie para aguantar ese frío gélido que parece solidificar el aire con carámbanos. En la perdiz, con su plumaje abultado, aguardando a que los primeros rayos de sol alumbren los oteros de amarillo para echar un reclamo a la alborada. En las liebres, agazapadas al raso en sus camas entre las siembras, los barbechos y los juncos de los arroyos.
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 Me sentía afortunado de disfrutar de estas pequeñas grandes cosas a las que no les damos importancia cuando las tenemos y añoramos cuando las perdemos, como encontrar a la mañana siguiente la candela encendida y el brasero recién echado con el solideo de papel de chocolate coronando las cenizas y el rescoldo del que había calentado la casa el día anterior. El anafre con el carbón al rojo esperando las tostadas para cubrirlas de manteca ‘colorá’ de la matanza recién hecha. Pequeñas grandes cosas de otros eneros que vuelven por las rendijas de la añoranza. Ahora nuestros hijos, que tampoco valoran mucho lo que se encuentran cada noche o cada mañana, están llenando las alforjas de los recuerdos para lamentarse cuando sean mayores de  todo lo que perdieron.

Vamos de cordeleo

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El Honrado Concejo de la Mesta creó vías y pasos para que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas, sesmos, coladas, descansaderos, abrevaderos, contaderos…
Los pastores con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.
En su transitar por estas vías ganaderas las ovejas comían hierbas que encontraban a su paso sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechaban el viaje con bocados aquí y allá.
Del pueblo segoviano de Ayllón llegaron hasta el mío estos pastores trashumantes y dejaron huella. A ellos les debemos el nombre que en escritos antiguos figura como lugar de los Ayllones.
Tenemos tendencia trasladar expresiones de actividades o situaciones a otras con las que guardan relación o parecido. Una recreación inconsciente del lenguaje a base de tropos. De la trashumancia nos quedó   el dicho ir de ‘cordeleo’.  Nos referirnos a las pandillas de amigos que van de bar en bar tomando copas.  En otros lugares lo llaman hacer el vía crucis, visitando tascas y tabernas de buen libar, amenas charlas y agradable estancia. Con la carestía de las consumiciones que el euro acarreó y que ha cambiado hábitos se sale poco por la noche por lo que esta costumbre está en evidente decadencia. En este tiempo de recolección de aceitunas de almazara se llenaban años atrás los bares para concertar la jornada de trabajo del día siguiente o para abonar jornales de la anterior.
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Cuando el candil era uno de los medios habituales de iluminación por falta de fluido eléctrico o por los frecuentes apagones que se producían se utilizaba una alcuza en que se guardaba el aceite que servía de combustible. Este se echaba en la cazoleta donde estaba la mecha o ‘torcia’ que asomaba por la piqueta o nariz del candil. Colgado en la espetera o en el topetón de la chimenea alumbraba la estancia con una luz vacilante y lastimosa. Tiempos de tribuna y candela en medio donde los aceituneros descansaban de la dura jornada de trabajo en los cortijos. Las tribunas eran edificaciones utilizadas por los trabajadores agrícolas o pastores en épocas de recolección o de mayor trabajo en las que convivían durante la temporada familias enteras.
La analogía de echar aceite al candil con la alcuza y la de empaparse por dentro bebiendo vino está clara. Estar ‘alcuceado’ significa estar bebido.
Si algún conocido le afea a otro su costumbre de beber tanto le contesta ofendido: ‘¿Acaso tú lo echas en el candil?’
En los descansaderos, que son los bares y las bodegas, se echa el fondo, expresión y costumbre típicas de Ahillones que consiste en tomar el vino sentado, por botellas y en compañía. El pago a escote. Cada fondista aporta lo que trae de casa: salchichón, queso, chorizo, aceitunas… y lo pone en el centro de la mesa para compartir.
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A medida que el vino mengua en las botellas aumenta el volumen de las conversaciones. No hay fondo silencioso y las discusiones en buena lid son frecuentes. En las dudas se recurre al grupo cercano para buscar confirmaciones.
Hubo una reunión que discutía a menudo de toros hasta que uno de ellos, cansado de porfías, compró la enciclopedia taurina de José Mª de Cossío. Surgía la discusión y a por el tomo correspondiente. Cultura y vino.

Nochevieja

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Las doce campanadas del reloj de la torre ponen límite todas las noches a los días. Sus sones se pierden inadvertidos y monótonos por las veredas del sueño.  Aunque parezcan iguales cada vez que suenan, no es así. Son irrepetibles, como lo son las jornadas que cierran. Vienen otras, pero esas no regresan, como no regresaron las golondrinas de Bécquer.  
A las últimas, las que traen las llaves de cierre y apertura del año, les preparamos una entusiástica bienvenida con uvas, cava, abrazos, papelillos, bengalas y serpentinas multicolores. Y ruido, mucho ruido.  Música a tope de decibelios y explosiones de petardos arrojados al paso que provocan estremecimiento a nuestro cuerpo. Reacción que por aquí llamamos ‘cojetá’.
Cuando yo era niño en mi pueblo no se celebraba la Nochevieja. Con la Nochebuena, la Navidad, Año Nuevo y Reyes íbamos bien servidos.  La fiesta que no alcanzaba   la condición de las de guardar, con misa, repiques y liturgia era considerada de menor alcurnia. El cura la eludía por impía, pagana y desmadrada, a pesar de san Silvestre. Transcurría como el agua entre limo, silenciosa.
Sabíamos que en otros pueblos más grandes y en las ciudades había festejos. Algunos jóvenes se acercaban a Azuaga, que entonces gozaba de bien merecida fama por sus bailes y cotillones.
La primera imagen que guardo de esta celebración es la de un joven que regresaba de allí a casa, a esa hora del alba en que los piconeros van a la sierra y el día clarea entre los olivares, que canta la copla. Venía con una nariz de cartón sujeta a la nuca con una goma, un poblado mostacho y la cabeza llena de serpentinas.
Nosotros, los que hoy pasamos de los sesenta, empezamos a hacer nuestros pinitos en cocheras y locales acondicionados para la ocasión. Si no había corriente eléctrica lo solucionábamos de la forma más ingeniosa que podíamos en cuyos pormenores no entro por si todavía factura.  El mobiliario fundamental era un tocadiscos o un radiocasete. Bailábamos y sobre todo bebíamos.
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La televisión uniformó costumbres y llegaron los cotillones, los bailes y las cenas.
Ahora mis hijos salen y yo me quedo en casa. Hago un tránsito suave de un año a otro. Lo disfruto más buscando el silencio y la tranquilidad. ¡Cosas de mayores!
Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla de cristales rotos, salgo para ir al campo. Me encuentro a jóvenes y maduros de primera hornada que regresan a casa como hormigas a las que pisan hormiguero. Debió ser dura la lucha por su aspecto. Un chocolate con churros entona el cuerpo antes de coger la cama.
El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica algazara desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en nuestra cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana, canta Sabina. El hoy se evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava. Decía Machado que “ni el pasado ha muerto ni está el mañana ni el ayer escrito”. Más, con Neruda, confieso que este al menos lo he vivido.

Lotería de Navidad

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Cuando usted, amable lector, lea estas líneas posiblemente estén los niños del colegio de san Ildefonso con la tradicional  cantinela de  números de la lotería de Navidad. Tradición de esperanzas redondas que terminan  ensartadas en  alambres, como si fueran pinchos morunos  expuestos a las miradas de hambrientos paseantes en una noche de feria.
Las que aciertan a salir por los orificios estrechos del bombo grande son unidas en matrimonio con las de los premios.  El sorteo  es un  desfile de parejas que el azar aúna. El enlace  de los próceres de más alcurnia y abolengo levanta admiraciones  y a los  espectadores y fotógrafos de sus asientos. Las  esferas alambradas  giran  como norias  volteando en su interior nuestras ilusiones, pero no hay parejas para todos los números  y la mayoría se queda  en la jaula redonda.   Yo  tengo la mala suerte de que los  que apadrino tienen vocación de célibes.
Los precios de las participaciones y los premios han ido variando con el tiempo. Desde los cuarenta reales del año 1812 a los veinte euros de ahora las primeras  y de cuatro mil pesetas a cuatrocientos mil euros los segundos. 
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Pero no se deslumbren por las cifras. Hay una rata que silenciosamente devora el valor del dinero: la inflación.  Si en 1977 con los veinte millones del premio gordo que le correspondían al décimo de 2.000 pesetas  podíamos comprar dos pisos, en Barcelona, dos en Madrid, diez coches utilitarios,  otros cuatro tipo berlina y más de veinte televisores, según un estudio realizado por Ana Ortas y Víctor Peña para RTVE, hoy con los cuatrocientos mil euros no llegaríamos ni a la mitad.
Que toque el gordo es tan difícil como meter en un costal  cien mil garbanzos de los que solo uno es negro. Metemos la mano sin mirar y debemos dar con él.
Esta baja probabilidad  debió de ser la que indujo a  Miguel Escámez Armero, lotero de Sevilla, a cometer una de las mayores estafas en este juego. En  el año 1951 tuvo la mala fortuna de que tocara el gordo en el número 2.704, del que él había vendido en participaciones más de dos billetes y  solo disponía de uno.  En el argot se conoce como hacer ‘el bizcocho’ a esta práctica. A cada participación de una peseta le correspondían 7.500, que los afectados no pudieron cobrar.
Cuando solo la radio retransmitía el sorteo la gente se sentaba a escucharlo y a anotar los premios mayores. Los periódicos  publicaban al día siguiente una lista ‘tomada  al oído’.  Al ayuntamiento remitían una semana después  la lista oficial en unas sábanas de papel que colgaban de un alambre con forma de percha.  El que no estaba muy ducho en descifrar esas ‘carrefileras’ de números pedía ayuda a los empleados.
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Hace unos años, estando yo en un banco de la plaza leyendo el periódico, se acercó un vecino para que hiciera el favor de comprobar un décimo. Pasé mi índice por el listado y  lo volví a subir sin detenerme. Esa acción ya le contrarió pues era síntoma de que no había tropezado con su número. Su comentario cuando le confirmé los indicios fue: “Otro invierno sin pelliza”.
Mi deseo para ustedes es  que aunque no les toque la lotería haya pellizas para todos.

Padres

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He conocido  a personas  que trataban a sus padres de usted cuando se dirigían  a ellos. Otros los llamaban   papa y mama, llaneando acentos por resultarles cursi lo de  papá y mamá. Había  quienes utilizaban los vocablos  padre y madre y también viejo: ‘mi viejo’, ‘mi vieja’.  No sé si con el cambio de costumbres  han llegado  algunos a llamarlos colegas o troncos.
La madre era la que más tiempo pasaba con los hijos. El padre se iba al trabajo. Era la que los aseaba, los vestía, los cuidaba si caían enfermos  y soportaba sus travesuras durante la mayor parte del día. Cuando ya la tenían hasta más arriba de la coronilla exclamaba: ‘¡A ver si llega  tu padre que  te vas a enterar!’
Escuché decir a una persona que hasta que no tuvo hijos no llegó a comprender  por qué a  su madre  le gustaban  las colas de las sardinas más que los lomos de estas   y las alas  de las aves  más que las pechugas.
Hablo de un tiempo en que no sobraban viandas  en la mesa y a un pollo se le hacía más fiesta que a un portalito. Les dejaban las mejores presas a los hijos. Hoy, contemplada la vida desde el otero de la madurez, sabemos que los padres, salvo psicópatas, nos quitaríamos  el pan de la boca para dárselo a ellos y, llegado el caso, sacrificaríamos nuestras vidas  antes que ver perder las suyas. Un irresistible instinto de afecto que se transmite de generación en generación.
Cuando los hijos son pequeños  quisiéramos detener el tiempo y disfrutar de su inocente ternura, de sus cachetes rosados y de la sonrisa que nos dirigen cuando les ofrecemos los brazos para cogerlos. No nos importa prolongar arrullos hasta las tantas  para verlos entrar en el sueño placentero ni  escatimar esfuerzos para prodigarles todos los cuidados que necesitan. Si nos valiera seríamos los guardianes querubes  de sus cunas  eternamente, sombras silenciosas velando su descanso. Trazaríamos sendas de algodón para sus pies con el fin de que no soportaran la dureza de inhóspitos caminos. Pero la protección que podemos ofrecerles es limitada y no dura toda su existencia. Deben seguir el recorrido  donde  tendrán que enfrentarse a dificultades que han de solventar sin ayuda.
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Llegará  un  día en que nuestras manos  tiemblen y nos falten fuerzas  para sostener el peso del cáliz de la  propia vida. Para ellos la lucha se libra en el exterior de la burbuja  que quisiéramos proporcionarles siempre.  Tenemos  que educarlos  para que  aprendan a resolver sus problemas  si no queremos que los engulla  el mar enfurecido que   brama en la noche  y rompe su  brusca furia en los acantilados. Enseñarles  a proteger sus cuerpos  y a forjar su voluntad en el temple para que la escarcha del invierno que resquebraja los terrenos en la  madrugada no les impida andar sus pasos  ni el viento solano abrase por desprevenidos  las amapolas  tiernas de sus labios. Para ello  tendrán el escudo de su formación. Fidelidad  a su palabra y obrar en consecuencia con sus ideas. Así ganarán  el respeto y  el aprecio de los demás.  Que confíen y amen  a quienes los quieran, entre los que difícilmente  encontrarán un amor más desinteresado que el que nosotros les damos.