Siesta cochinera

En este tiempo de verano las aves, tras recibir al amanecer con trinos y gorjeos, emprenden el vuelo desde sus lugares de quedada hacia los rastrojos, viñas, riveras y charcos cortados de los arroyos en busca de alimento y agua. A media mañana, cuando ya comienza a apretar el calor, regresan a cobijarse entre las ramas de las encinas y los chopos. Reina entonces el silencio en las dehesas mientras el sol se encamina hacia su cenit. Es el periodo de tiempo conocido como sesteo que se prolonga hasta la nueva salida vespertina con el mismo fin. Vencida la tarde regresan a la quedada nocturna y otra vez la calma se extiende plena de vida silenciosa sobre la arboleda.
Pasa igual en el transcurrir de los días en los pueblos. A primeras horas se abren las puertas al nuevo día. Hay un revuelo de actividad con la marcha de cada uno a sus ocupaciones y trabajos. Después se emparejan las puertas o se echan las cortinas para evitar los periodos de más flama. Fluye la vida al ralentí.
Los frailes benedictinos seguían las reglas que su fundador san Benito estableció en el siglo VI bajo el lema de ‘ora et labora’. El tiempo de los rezos se dividía en horas canónicas. Cuando llegaba la sexta ya estaban algo cansados, pues su jornada empezaba antes de clarear, a las seis, con el rezo de maitines. Por eso establecía que en esa sexta hora correspondiente a las doce del mediodía, se guardara reposo y silencio. Yo me imaginaba a los monjes musitando oraciones con un ritmo decadente, monótono y cada vez menos inteligible. Los párpados a media altura y sus cabezas inclinándose como fruta madura vencidas por el sueño.  Los haces de luz desde las vidrieras hasta sus espaldas, combinación perfecta para entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
No andaba descaminado san Benito de Nursia al establecer la hora sexta como de descanso. La Naturaleza es maestra y nos ofrece, como ya hemos visto, ejemplos de ello. Si se madruga el cuerpo tiende a la somnolencia para doblar la esquina de la tarde.
Los pastores, que conocen la tierra palmo a palmo, saben los lugares de abrigo y cobijo en los días de frío y lluvia y de fresco en los de canícula. En estos, las ovejas aprovechan para pastar las primeras horas de la mañana. Después juntan sus cabezas formando grupos para protegerse del sol. Pausa en la comida y concentración silenciosa. Es curioso que esta forma de agruparse el rebaño lo practican también con fines opuestos los jugadores de deportes como el fútbol o el baloncesto. Debe de haber una transmisión de algún tipo de energía. De conjuro para conseguir la victoria en los jugadores y de calma y paz en las ovejas.
Un pastor amigo me habla de estas cosas.  Se sienta en un lugar camuflado a la sombra de una higuera frondosa donde la brisa lima la aspereza de sus hojas y los tordos buscan su alimento de jugosas brevas frescas. Al lado hay una fuente con juncos que emana aromas de mastranto. Es una sensación placentera observar sin ser visto y echar lo que por aquí se llama siesta del carnero o cochinera y en otros lugares del canónigo o canónica.

¡Qué bien lo pasamos!

Cada cual cuenta la feria según le va, pero hay veces que, por no quedar como un pardillo, burlado por bisoño, se le echa un poco de azúcar a la verdad para evitar burlas y chanzas. Las vacaciones suelen ser placenteras, mas puede suceder que no tanto como contamos. Ustedes, amables lectores, tendrán las más variadas experiencias en este sentido.
Los protagonistas de esta historia son dos matrimonios con un par de hijos cada uno de entre cuatro y nueve años que deciden compartir apartamento en una zona de costa durante quince jornadas.
Las idas y venidas a la playa se convierten en estaciones de viacrucis para ganar indulgencias.
No son más de ochocientos metros, pero, sobre todo al regreso, se hacen interminables. Como sherpas van, cargados con las sombrillas, tumbonas, bolsas, esterillas y con los niños más pequeños pues lloran y se niegan a andar.
Un solo aseo en el apartamento obliga a guardar turno. Hay quien se las arregla y es siempre el primero para ducharse y quitarse la arena. Los otros callan de momento y lo soportan en silencio.
Los niños no quieren siesta y se dedican a pelear y a dar chillidos. Más de una queja de los vecinos por los escándalos.
Al atardecer se arreglan para dar un paseo y tomar algo en las terrazas. Como son muchos no salen hasta las once de la noche. El primer día los sablean. Al ver la cuenta se miran asombrados y piden al camarero que les detalle las consumiciones.  A este ritmo acaban pronto el presupuesto. A partir de mañana, a cenar antes de salir.
Hay que ir a la plaza de abastos. Se ofrecen los maridos. Las mujeres se quedan con los niños ordenando el aposento.
Los comisionados llegan pasadas las doce con cuatro bolsas repletas cada uno y algunas cervezas en el cuerpo. Justifican su tardanza por problemas de aparcamiento. Las mujeres no se lo creen.
-Ya os han engañado-, grita una de ellas, cuando abren las bolsas. -Una lechuga lacia y los calamares no son frescos.
-Mañana vais vosotras, le replica su marido.
En la playa es raro el día que cuando están adormecidos tomando el sol, untados con cremas protectoras, no pasa alguien como si fuera un perro salido de un charco y los espabila sobresaltándolos. En otras ocasiones son unos mozalbetes que juegan al balón y los llenan de arena.  
Otro día caen en la cuenta de que falta uno de los niños pequeños y empiezan a ponerse nerviosos. Buscan el puesto de la Cruz Roja.  Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. Estaba cinco metros delante de ellos haciendo agujeros en la arena y llenándolos de agua con la cubita, pero con los nervios no se dan cuenta.
Quince días. Una ansiada cuenta atrás para el regreso. Bien dice el refrán que en la casa de cada uno hasta el culo descansa.   El año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste, después del dineral que se han gastado, a ver quién les dice a los vecinos que no han disfrutado como los indios.
¿Les parece un poco exagerado? Quizás lo sea.  Pero aún faltan los mosquitos, que construían mapas de relieve en sus cuerpos cada noche.

Vacaciones

Estaba lejos el mar para alcanzar su orilla. Por estas tierras las brazadas se daban entre espigas. No volaban gaviotas buscando alimento entre las rocas con el ruido de fondo de las olas, eran vencejos los que surcaban el azul de las mañanas, ese cielo que, sin brumas, compartimos, porque aún no han podido venderlo por parcelas.  Aquí teníamos la brisa y la marea de la tarde que traían caricias de amapolas.
El mar era un sueño, un misterio y una metáfora de la muerte donde desembocaba el río de la vida, según enseñaban en la escuela.
La mayoría de nuestros abuelos murieron sin haberlo visto y muy pocos gozaron de unas vacaciones en sus playas, salvo los mozos que fueron destinados en la mili a zonas de costa. Los demás solo se llevaron en sus pupilas puestas de sol y amanecidas entre el mar de los trigales.
Durante los años sesenta empezaron a llegar los turistas. Por la televisión sabíamos de esculturales nórdicas y fornidos varones que disfrutaban de esa España que, según el eslogan del Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga, era diferente. Comenzaron a hacerse familiares los nombres de Torremolinos, Benidorm, Costa Brava, Costa del Sol… Se oía el nombre de la Concha de San Sebastián asociado a la realeza y élites postineras.    
Los emigrantes, incorporados al incipiente desarrollo industrial de las ciudades, regresaban a sus pueblos a disfrutar los días de permiso.  Salían más baratas y aún era fuerte el arraigo a sus orígenes. Los que conservaban sus casas las pasaban en ellas y los que tuvieron que venderlas se acomodaban en las de los familiares. Llegaron los primeros ‘seiscientos’, previa escala obligada en el puerto de Miravete con la puerta trasera levantada para que un calentón no dejase a los ocupantes tirados en la carretera.
 
El aforismo bíblico que dice que el que no trabaja no come estaba bien asentado en las costumbres de las zonas rurales, donde el día que había jornal se cobraba y cuando no, al mentidero a compartir impresiones con los demás parados. Los que estaban acomodados lo estaban sobre la parvedad de los salarios. Las vacaciones pagadas, ni estaban ni se les esperaba por entonces.
Era una reivindicación obrera que fue conquistándose lenta y progresivamente durante el siglo XX por los trabajadores de los servicios y la industria de las ciudades, pero al mundo rural las reformas y avances tardan más en llegar.  Cuando yo era niño pocas familias del pueblo veraneaban. La mayoría de los habitantes se dedicaban a la agricultura y en este tiempo estival las faenas agrícolas estaban en pleno desarrollo. Las economías domésticas no daban para otros disfrutes que agua del pozo, abanico y mecedora.
Solo algunos, por prescripción médica, iban a balnearios a aliviar dolores y a beber sus aguas medicinales: Alange, Marmolejo, Lanjarón…En casa de mi abuelo siempre había una botella de Carabaña.  Hasta el insigne don Santiago Ramón y Cajal ponderó sus cualidades.
Aquellas generaciones del medio rural a las que les tocó la china de la guerra y la posguerra tuvieron pocas oportunidades para gozar de vacaciones y de playas.  Las actuales de jubilados a través de los programas del Imserso sí lo están haciendo. Logro social encomiable y justa recompensa a una vida de trabajo.

Caleros

El solsticio de verano hace que las sombras de las umbrías mengüen al máximo hasta dejarlas entre la espada brillante de la luz y las paredes. El sol alcanza la cima de su altura en el cielo cuando llega el mediodía.
Por estas fechas luminosas de verano es costumbre blanquear y calafetear las fachadas de las casas para eliminar rastros de humedades y deterioros que originaron las inclemencias del invierno. Quedan como espejos blancos que devuelven al aire la insolente claridad que reciben.
Ahora se utilizan pinturas plásticas, pero antes era cal, que ya usaban los romanos y los árabes.
Los   caleros extraían la piedra caliza de las caleras, bien con palancas si estaban someras o utilizando barrenos para sacarlas al exterior.
Los hornos se construían de mampostería, aprovechando generalmente los desniveles de terreno. El combustible era leña que debía acarrearse desde los montes cercanos. Se apilaba en el interior y alrededor se iba edificando una pared con la piedra de cal hasta formar una bóveda. Debajo, en la parte frontal, había una abertura para ventilación y recarga. Este proceso duraba siete u ocho días. De esta calcinación, en la que podían alcanzarse temperaturas cercanas a los mil grados, se obtenía la cal viva. Después se dejaba enfriar durante algún tiempo. Se partían las piedras, que habían perdido gran parte de su peso, utilizando una azada o un martillo o se dejaba que se fueran deshaciendo al aire libre.
 Los caleros iban por las calles de los pueblos con sus burros equipados con serones voceando el producto: ‘¡Cal blanca!’ La vendían por cuartillos o almudes. También existía la cal morena o prieta que se  mezclaba con arena y agua. Argamasa o mortero utilizado en la construcción desde muy antiguo.
Después en casa tenía lugar el proceso químico que nos asombraba a los niños: el apagado de la cal añadiéndole agua, o sea, convirtiendo la cal viva en hidróxido de calcio. Esto lo supe después. Entonces, en aquellos días blancos y azules, era un fenómeno mágico, que la cal empezase a hervir sin hacer fuego durante algunos días y alcanzase elevadas temperaturas.
En mi casa lo hacían en una tinaja grande.  Nos avisaban constantemente que no nos acercáramos ni metiéramos la mano dentro. Razón suficiente para que nos entraran unas ganas irresistibles de hacerlo. De vez en cuando se le daba vueltas con un palo para que la masa quedase compacta y sin grumos.
Para encalar las fachadas se utilizaba una escalera. Si aquella era muy alta se añadía otra atada con sogas. En un gancho con forma de ese, sujeto en uno de sus escalones, se ponía la cuba donde se mojaba el brochón.
La cal se usaba también para blanquear los troncos de los árboles y protegerlos de posibles plagas, para desinfectar el agua de los pozos y aljibes y para corregir la acidez de ciertos suelos.
Esta actividad artesanal ha dejado huellas en el vocabulario. Desde apellidos y apodos hasta topónimos. Muchos lugares de bastantes pueblos tienen un lugar referido a las caleras. En Llerena existe una calle, Caleros, en recuerdo de este gremio de esforzados trabajadores y una familia, como en Fuente del Arco, conocidas por el oficio que desempeñaban sus miembros. Y un pueblo, Calera de León, que lleva a gala tan blanco nombre.  

Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Junio

El columpio de Nicolás Lancret
El mes de junio marca el final de las tareas escolares.
Nos recomendaban los profesores que confeccionásemos un horario para parcelar tanto tiempo disponible y nos poníamos a la tarea por el gozo de imaginarnos ya de vacaciones. Distribuíamos las horas de juego, de sueño y de estudio o lectura. Nos decían que esos hábitos había que mantenerlos.
Los propósitos duraban hasta que nos íbamos el primer día a jugar al prado de la fuente. Regresábamos a nuestras casas cuando las luces del pueblo ya estaban encendidas y el lucero brillaba en el firmamento de tonos violetas. Al entrar por las primeras calles percibíamos el olor a tortilla recién hecha. Los labradores a mujeriega sobre las bestias regresaban del campo. Traían haces de espigas para echárselas en los pesebres. Salíamos a su encuentro para pedirles que nos dieran algunas. Estaban aún tiernos los vagos, los pelábamos y nos los comíamos.
Nuestros horarios naufragaban en el mar de los gozos. Jugábamos, comíamos y dormíamos.  Antes de acostarnos nos gustaba contemplar el cielo estrellado sentados en cualquier lugar de la calle. En el Camino de Santiago destacaban agrupadas en grumos de luz multitud de estrellas, como de leche cortada. Seguíamos las órbitas de los satélites artificiales y nos sorprendían las cicatrices blancas que dejaban las estrellas fugaces, como si alguien allá en lo alto hubiese frotado una cerilla en la bóveda.
Algunos días para quitarnos un poco de las horas de más sol nos íbamos a la casa de amigos que tenían columpios. Las de labor disponían de dependencias para cuadras con pesebres y pajares al final de la vivienda, tras los corrales.  Allí los hacían.  Eran el péndulo de un tiempo colgado en los maderos.  Como la soga molestaba en las posaderas le colocaban costales doblados. Otros incluso les ponían tablas forradas de telas. Si no había nadie que nos empujara nos íbamos para atrás con los pies en el suelo y nos dejábamos caer cogiendo impulso con el cuerpo que debía acompasar el ritmo y acelerar el bamboleo.
Las golondrinas hacían sus nidos pegados a los maderos. Entraban veloces a dar de comer a sus crías.  Las respetábamos porque nos decían que le quitaron las espinas a la cabeza de Jesús en el Calvario.
Cacareaban las gallinas al medio día. Nosotros, no sé con qué base, decíamos que cuando lo hacían era porque habían puesto huevos. Como la curiosidad infantil no tiene límites también queríamos saber dónde los guardaban y hacíamos nuestros experimentos para extraérselos antes de tiempo.
Junio abre sus puertas a la luz desde el orto temprano al ocaso tardío. Los vencejos bordan con su vuelo filigranas de hilo negro al manto azul del cielo acompañados de bulliciosos trinos en las mañanas antes de que caliente el sol y en las tardes cuando disminuye la flama. Maravillosas aves que duermen y aman en las alturas y nos limpian el aire de mosquitos.
Frontera entre la flor y los rastrojos es el mes de la plenitud de Ceres, que desgrana  espigas, y de san Juan, que le baila al sol y purifica en las hogueras. Aquelarre de brujas, cumbre de la luz que se desparrama por las horas y llega a los prolongados crepúsculos que se dan la mano por las espaldas de los montes.  

La vieja farola

En la esquina de la calle más alejada del centro del pueblo había una vieja y destartalada farola. Estaba sola, como un grito suspendido en el aire pidiendo clemencia con cuatro bocas abiertas. Ya no alumbraba los pasos silenciosos de mujeres enlutadas camino de la iglesia ni el andar presuroso de los labriegos camino del trabajo en la alborada. La abandonaron los mosquitos y palomillas que cada anochecido acudían al halo de su luz. Tampoco las salamanquesas cazadoras que montaban guardia preparando inmóviles el momento del ataque a su sustento volvieron.
Cómplice y testigo en otros tiempos de furtivos amores y de besos de adolescentes, los ábregos, los temporales, la desidia de sus cuidadores y la crueldad de los gamberros, terminaron por apagar su luz y doblegar su resistencia. Quedaba su esqueleto metálico, deforme y herrumbroso, que solo albergaba dentro el ruin casquillo de una bombilla rota.
Ciertas noches, antes de su deterioro, me sentaba en el acerado debajo de ella huyendo del bullicio y la jarana. Allí encontraba tranquilidad y sosiego.
Me acompañaron su luz y su silencio en momentos de zozobra de mi primera juventud, ese don del tiempo que la vejez cobra con intereses de demora. Divino tesoro que cantó Rubén Darío. Esplendor, amor fuerza e ilusiones, pero con aristas que cortan el alma y simas que profundizan la desesperanza
En su decadencia solo podía ofrecerme ya el silbo del viento en los bordes de su cuerpo y el crujir lastimoso de sus hierros retorcidos.
Cuando me acercaba por allí imaginaba entre los mantos de la madrugada el borde anguloso de su talle doblado y la fría pena de su soledad a oscuras.
Tiene la juventud algunos momentos amargos que, superados, fortalecen y forjan porque la alegría sin sufrimientos produce arbustos que se abrogan con las primeras inclemencias.
¿Quién no ha sentido alguna vez la angustia cuando no se encuentran asideros donde agarrarse a la vida ni explicaciones para sucesos que nos golpean en la llaga en carne viva?
Por eso hoy quiero dedicar esta columna y ofrecer algo del bálsamo y alivio que puedan desprender estas palabras a quienes han sufrido la pérdida de un ser querido en plena juventud.
Había un silencio profundo y respetuoso en la plaza y en la iglesia abarrotada de Llerena el viernes pasado cuando llegó el coche fúnebre con el cuerpo sin vida de un joven de treinta y dos años que el día anterior de forma inesperada había emprendido el camino sin retorno. Un mazazo con toda la fuerza adversa del destino.
Su familia, solidaria de corazón y de hechos, tiene acogida a una niña saharaui con parálisis cerebral para que reciba aquí el tratamiento que no puede tener en los campamentos de refugiados de Argelia. Al día siguiente preguntaba sin hablar dónde estaba quien la sacaba todos los días de paseo.  Miraba a todos extrañada esperando una respuesta que no llegaba. Me lo contaba mi hija que acudió a consolar a unos padres destrozados. Y un dolor infinito conmovió los cimientos de mi pena al escuchar su relato.  Por eso en la medida de mis posibilidades les ofrezco el consuelo y el ánimo que yo buscaba en los momentos tristes al lado de la vieja farola. Un poco de luz  y compañía.

Retratos

Algunas noches de invierno sacábamos la caja de los retratos para verlas sentados al brasero. Las familias las guardaban en cajas metálicas de dulce de membrillo, en las de tortas imperiales o en una de cartón de galletas o zapatos. Una a una las íbamos comentando. Como éramos aún pequeños desconocíamos la identidad de muchas personas que aparecían en ellas y preguntábamos a los mayores. Allí estaba el abuelo con barba y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco, la abuela con moño y delantal, un niño subido en un caballo de juguete, nuestros padres el día de su boda, con sus amigos en un día de fiesta…  El tiempo detenido para siempre entre los bordes dentados del retrato. Cada una de las imágenes despertaba nuestra fantasía sobre ese momento que había quedado reflejado en la instantánea.
Sus vestidos, sus posturas. La calle o el campo donde se las hicieron cobraban vida y conjeturábamos cómo serían entonces sus   costumbres y sus diversiones.   Mirar en la caja de los retratos era como meterse en el túnel del tiempo, como frotar la lámpara de Aladino o escuchar la música que salía de uno de aquellos juguetes al abrirlo. Un paseo en una alfombra mágica sobre el tiempo ya pasado.
El oficio de retratista consistía en capturar el tiempo y hacerlo interminable sobre cartulinas blancas.  Los fotógrafos antiguos llevaban consigo el equipo, que sacaron de los estudios para buscar clientes fuera.
El bagaje era el indispensable para el cometido. Los más antiguos utilizaban cámaras de madera. El chasis, que era un bastidor donde se colocaban las placas fotográficas, dos bandejas, una para el revelador y otra para el fijador y un cubo pequeño con agua colgado del trípode para aclarar las copias. Primero hacían el negativo en papel y cuando lo revelaban lo colocaban sobre una regleta enfrente de la cámara para hacer el positivo. Controlaban el proceso asomándose por un orificio y metían la mano dentro a través de un trapo negro. Algo de magia y de encanto tenía este oficio. En el exterior de la máquina, a ambos lados, colocaban a modo de escaparate fotografías ya realizadas para que sirvieran de reclamo. Los llamaban fotógrafos ambulantes o minuteros por el poco tiempo que tardaban en realizar las fotografías. La gente esperaba por los alrededores hasta que, limpias, secas y recortadas, se las entregaban.
En la feria se ponían frente a la fachada del ayuntamiento donde colocaban un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Llegaban los padres con sus hijos para los que había un caballo de cartón, grupos de amigos y novios de acaramelada expresión para hacerse las fotografías.
En el parque de san Francisco de Badajoz conocí a los últimos profesionales de esta modalidad. Acudía la gente para hacerse las fotos del carnet de identidad o para inmortalizar una tarde de paseo.
En años posteriores, desechadas ya las máquinas de cajón, iban con la cámara colgada del cuello y paseaban los días de fiesta por los lugares concurridos. Quienes requerían sus servicios acomodaban compostura siguiendo sus instrucciones. Realizado el acto, anotaba sus nombres para llevárselas a sus casas en los días siguientes.
Las viejos y entrañables retratos siguen en su caja. Cada vez que la abrimos revivimos el pasado y llenamos de añoranza el presente.

Exámenes

Los exámenes son metas volantes de una carrera de obstáculos cuya finalidad es labrarse un porvenir o encontrar un puesto de trabajo.  Los sufrimos todas las personas alguna vez en la vida. El número y dificultad depende de las ocupaciones, oficios y profesiones que se pretendan. Reciben nombres diversos: pruebas, entrevistas, concursos, convocatorias, oposiciones…Hasta la cumplimentación de impresos o instancias constituyen filtros que calificará el ojo avizor del otro lado de la ventanilla.
Mayo ha sido siempre un mes de inquietud angustiosa e intenso trabajo para los estudiantes. Para algunos porque lo confiaban todo al último esfuerzo y todos porque querían aprobar las asignaturas sin que quedara ninguna pendiente para septiembre.
De mis tiempos de estudiante recuerdo actitudes y comportamientos de los compañeros.
Unos preferían la noche para estudiar, otros el alba. Estaban los que aplazaban siempre la ocasión y nunca la hallaban propicia. Llegada la hora del propósito razonaban juiciosamente: “Estoy cansado y ahora, haciendo la digestión, no es bueno esforzarse, así que me acuesto y mañana al despuntar el alba estaré en perfectas condiciones”. Pero la carne es débil, aunque el espíritu esté presto, y cuando la de los dedos rosados dibujaba perfiles y el fresco de la amanecida invitaba a arroparse, la voz de la pereza, que siempre encuentra razones, justificaba de nuevo: “Si me levanto tan temprano voy a estar adormilado a media mañana. Prefiero aprovechar bien las horas de descanso para rendir mejor después. Si acaso, me quedo por la noche”.
Los conocí de voluntad de acero y determinación constante, que se acostaban tarde y despertaban temprano, haciendo hábitos del sacrificio.
Alguno hubo que para sacar el máximo provecho al tiempo y mantener vigilia y concentración temerariamente tomaba ‘Centramina’. Algún otro, un gran vaso de café bien cargado para espabilarse, pero a este le provocaba el efecto contrario: a la media hora roncaba como un quinto.
En los años cincuenta y sesenta existía un examen de ingreso para comenzar el bachillerato. Lo implantó la ley de Ordenación de la Enseñanza Media en 1953, siendo ministro de educación Joaquín Ruiz Jiménez. Se podía hacer cuando se cumplían diez años.
La ley citada establecía un bachillerato elemental que comprendía cuatro cursos y un bachillerato superior de dos. Al finalizar cada uno de ellos se realizaba un examen de grado o reválida que daba derecho a un título, expedido el primero por los directores del instituto correspondiente y los segundos por el rector de la universidad a que perteneciera la provincia.   En el bachillerato superior se podía optar por ciencias o letras. Además, existía el bachillerato laboral encaminado a incorporarse al mundo del trabajo.
Los exámenes de grado o reválida se hacían en los institutos correspondientes en convocatorias de junio y septiembre. Estos exámenes constaban de tres grupos: ciencias, letras e idiomas y Formación del Espíritu Nacional y se podían aprobar por separado, pero sólo se hacía la nota media si se superaban los tres.
Esta mañana de este mes florido al despertarme me he acordado de todo esto y de los estudiantes que en estos momentos estarán hincando los codos y tapándose los oídos con los dedos pulgares para concentrarse en el estudio mientras la primavera se contonea en los rosales y el azahar invade la estancia con aromas seductores.