Analfabetos

Conocí a gente mayor que firmaba con huella digital sobre el papel y no por nobleza, como tenían a gala los señores en la Edad Media.  Otros aprendieron solamente a echar la firma y cada vez que tenían que hacerlo les suponía un parto con sudores de tinta.
Cuando hice el servicio militar me asignaron como destino dar clases a un grupo de soldados que no sabían leer y escribir o tenían dificultades para hacerlo. La mili les sirvió para introducirse en un mundo que por circunstancias sociales, económicas o laborales les había sido vetado.  Un muro que les privaba no solo del acceso a la cultura, sino que les limitaba la capacidad de comunicación. El analfabetismo es una inhumana mutilación personal.
Un día, en un aparte, se dirigió a mí uno de los soldados que asistían a clase para pedirme por favor que si podía escribirle una carta a su esposa porque él tenía muchas dificultades para expresar lo que quería decirle.   Por supuesto que sí, le dije, una o las que hagan falta, pero antes de licenciarte tienes que ser tú quien las escriba.  Me sentí halagado por la confianza que depositaba en mí en un tema tan personal, pero al mismo tiempo sentí una gran pena y una irascible rebeldía por el hecho de que situaciones así   pudieran suceder aún en el año mil novecientos setenta y cuatro. Él me exponía sus deseos y yo les daba forma.
Percibí en sus ojos la humillación y la vergüenza que le supuso tomar esta decisión que yo traté de solventar con la máxima discreción y el mayor respeto.
En los años cincuenta más del catorce por ciento de la población era analfabeta en España, superando casi en la mitad el número de mujeres al de hombres. Con las campañas de alfabetización, en los años setenta descendió al nueve por ciento. Por diversas causas todavía hay cerca de setecientos mil analfabetos funcionales en nuestro país, que es una noción más amplia que la de saber firmar o leer mecánicamente. El concepto de analfabetismo es difícil de precisar y ha variado con el transcurso de los años. Para la UNESCO son analfabetos además de los que no saben leer y escribir, los que no comprenden un texto sencillo ni consiguen exponer de forma elemental hechos de su vida cotidiana.
Probablemente esta delimitación conceptual se ampliará. La evolución vertiginosa de los medios técnicos y la informática así lo exigen. Este tiempo de ordenadores, de teléfonos móviles, de tabletas, de redes sociales ha dejado en fuera de juego a muchos ciudadanos, sobre todo de edades medias y avanzadas. No vale decir que esas son cosas de la juventud cuando a través de ellos podemos acceder a innumerables fuentes de información, pedir cita médica, rellenar formularios, solicitar plazas del IMSERSO, certificados de vida laboral, hacer la declaración de la renta,  chatear con amigos y familiares, consultar estado de cuentas bancarias, hacer transferencias, etc., etc.
La frase casi cómica de “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” que don Sebastián dice a don Hilarión en la zarzuela ‘La virgen de la paloma’ es una verdad incuestionable y si no queremos engrosar el número de analfabetos digitales en las próximas estadísticas habrá que estar al loro, al ratón y al teclado.

Pueblos abandonados

El abuelo pasea por la casa desde la puerta del corral hasta la de la calle. Se asoma y mira el transitar de las personas que van a sus tareas. La esposa zurce viejas sayas a la sombra de la parra. En la cocina, sobre el ‘topetón’ de una espaciosa chimenea, siempre hay frutas del tiempo en tazones de porcelana. La olla con la comida borbollea al fuego.  Un hortelano vocea fuera los frutos de su huerta. El cartero pasa con la correspondencia, casi toda de bancos y organismos oficiales. Si antes se esperaban con anhelo las cartas de los que estaban fuera ahora se desea que pase de largo porque lo que acarrean son disgustos y sobresaltos.  Observa a los que van a la consulta del médico y después con recetas a la farmacia.
Pronto saldrán los niños de la escuela. Ellos son la savia nueva que mantiene la esperanza en el futuro de estos pueblos. Cada vez hay menos.
Piensa el abuelo en otros tiempos, cuando llegó a tener más de tres mil habitantes en los años cuarenta y cómo a partir de los sesenta comenzó el descenso imparable con la emigración,  hasta no llegar en la actualidad a los mil.  Se fija en las viviendas de la calle. Hay más cerradas que abiertas.  Y recuerda a sus antiguos moradores. Solo en verano vuelven a abrirse algunas cuando llegan sus propietarios a pasar las vacaciones. Muchas casas tienen el cartel con un se vende que nadie compra. Crece la hierba en los corrales y las puertas tienen los efectos del sol y la lluvia marcados en su tez. Hay algunas a las que les han brotado  pequeñas hojas verdes entre sus rendijas. 
 Recuerda oficios que se ejercían entonces y que actualmente ya no existen. Una decena de zapaterías hubo, cuatro carpinterías, otras tantas fraguas, dos tahonas, un molino… Ya no queda ninguno de estos negocios.  Las subvenciones al campo, las pensiones y los fondos que se reciben para el paro son los principales ingresos que sostienen la vida del pueblo.
La gente no sale de noche. Cuando oscurece las calles se quedan desiertas. Los bares cierran ante la falta de clientes.
El crecimiento de la población viene siendo negativo desde hace bastantes años. La pirámide que la representa se ensancha en las edades de más de cincuenta años y se estrecha en la infancia y la juventud. Las defunciones pasan de la veintena anualmente y los nacimientos rara vez superan la decena. Ha habido algún año que no nació ningún niño. Los jóvenes cuando terminan sus estudios buscan colocación fuera. Para los mayores afortunadamente hay servicios médicos, pisos tutelados para los que necesitan asistencia, comida servida a domicilio y ayudas a la dependencia.
Es mi pueblo, pero es el retrato de muchos más. Un goteo imparable que va vaciando a las localidades extremeñas. 
Nuestro abuelo pasea y piensa en sus hijos y nietos que echaron raíces fuera. Añora cuando la casa era un trasiego de gente que entraba y salía y en los días de fiesta se sentaban en la mesa más de diez  comensales.
Esta sangría silenciosa puede convertir a muchos pequeños pueblos extremeños en otras Granadillas para que grupos de estudiantes acudan al programa de recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados.

Junio

El columpio de Nicolás Lancret
El mes de junio marca el final de las tareas escolares.
Nos recomendaban los profesores que confeccionásemos un horario para parcelar tanto tiempo disponible y nos poníamos a la tarea por el gozo de imaginarnos ya de vacaciones. Distribuíamos las horas de juego, de sueño y de estudio o lectura. Nos decían que esos hábitos había que mantenerlos.
Los propósitos duraban hasta que nos íbamos el primer día a jugar al prado de la fuente. Regresábamos a nuestras casas cuando las luces del pueblo ya estaban encendidas y el lucero brillaba en el firmamento de tonos violetas. Al entrar por las primeras calles percibíamos el olor a tortilla recién hecha. Los labradores a mujeriega sobre las bestias regresaban del campo. Traían haces de espigas para echárselas en los pesebres. Salíamos a su encuentro para pedirles que nos dieran algunas. Estaban aún tiernos los vagos, los pelábamos y nos los comíamos.
Nuestros horarios naufragaban en el mar de los gozos. Jugábamos, comíamos y dormíamos.  Antes de acostarnos nos gustaba contemplar el cielo estrellado sentados en cualquier lugar de la calle. En el Camino de Santiago destacaban agrupadas en grumos de luz multitud de estrellas, como de leche cortada. Seguíamos las órbitas de los satélites artificiales y nos sorprendían las cicatrices blancas que dejaban las estrellas fugaces, como si alguien allá en lo alto hubiese frotado una cerilla en la bóveda.
Algunos días para quitarnos un poco de las horas de más sol nos íbamos a la casa de amigos que tenían columpios. Las de labor disponían de dependencias para cuadras con pesebres y pajares al final de la vivienda, tras los corrales.  Allí los hacían.  Eran el péndulo de un tiempo colgado en los maderos.  Como la soga molestaba en las posaderas le colocaban costales doblados. Otros incluso les ponían tablas forradas de telas. Si no había nadie que nos empujara nos íbamos para atrás con los pies en el suelo y nos dejábamos caer cogiendo impulso con el cuerpo que debía acompasar el ritmo y acelerar el bamboleo.
Las golondrinas hacían sus nidos pegados a los maderos. Entraban veloces a dar de comer a sus crías.  Las respetábamos porque nos decían que le quitaron las espinas a la cabeza de Jesús en el Calvario.
Cacareaban las gallinas al medio día. Nosotros, no sé con qué base, decíamos que cuando lo hacían era porque habían puesto huevos. Como la curiosidad infantil no tiene límites también queríamos saber dónde los guardaban y hacíamos nuestros experimentos para extraérselos antes de tiempo.
Junio abre sus puertas a la luz desde el orto temprano al ocaso tardío. Los vencejos bordan con su vuelo filigranas de hilo negro al manto azul del cielo acompañados de bulliciosos trinos en las mañanas antes de que caliente el sol y en las tardes cuando disminuye la flama. Maravillosas aves que duermen y aman en las alturas y nos limpian el aire de mosquitos.
Frontera entre la flor y los rastrojos es el mes de la plenitud de Ceres, que desgrana  espigas, y de san Juan, que le baila al sol y purifica en las hogueras. Aquelarre de brujas, cumbre de la luz que se desparrama por las horas y llega a los prolongados crepúsculos que se dan la mano por las espaldas de los montes.  

La vieja farola

En la esquina de la calle más alejada del centro del pueblo había una vieja y destartalada farola. Estaba sola, como un grito suspendido en el aire pidiendo clemencia con cuatro bocas abiertas. Ya no alumbraba los pasos silenciosos de mujeres enlutadas camino de la iglesia ni el andar presuroso de los labriegos camino del trabajo en la alborada. La abandonaron los mosquitos y palomillas que cada anochecido acudían al halo de su luz. Tampoco las salamanquesas cazadoras que montaban guardia preparando inmóviles el momento del ataque a su sustento volvieron.
Cómplice y testigo en otros tiempos de furtivos amores y de besos de adolescentes, los ábregos, los temporales, la desidia de sus cuidadores y la crueldad de los gamberros, terminaron por apagar su luz y doblegar su resistencia. Quedaba su esqueleto metálico, deforme y herrumbroso, que solo albergaba dentro el ruin casquillo de una bombilla rota.
Ciertas noches, antes de su deterioro, me sentaba en el acerado debajo de ella huyendo del bullicio y la jarana. Allí encontraba tranquilidad y sosiego.
Me acompañaron su luz y su silencio en momentos de zozobra de mi primera juventud, ese don del tiempo que la vejez cobra con intereses de demora. Divino tesoro que cantó Rubén Darío. Esplendor, amor fuerza e ilusiones, pero con aristas que cortan el alma y simas que profundizan la desesperanza
En su decadencia solo podía ofrecerme ya el silbo del viento en los bordes de su cuerpo y el crujir lastimoso de sus hierros retorcidos.
Cuando me acercaba por allí imaginaba entre los mantos de la madrugada el borde anguloso de su talle doblado y la fría pena de su soledad a oscuras.
Tiene la juventud algunos momentos amargos que, superados, fortalecen y forjan porque la alegría sin sufrimientos produce arbustos que se abrogan con las primeras inclemencias.
¿Quién no ha sentido alguna vez la angustia cuando no se encuentran asideros donde agarrarse a la vida ni explicaciones para sucesos que nos golpean en la llaga en carne viva?
Por eso hoy quiero dedicar esta columna y ofrecer algo del bálsamo y alivio que puedan desprender estas palabras a quienes han sufrido la pérdida de un ser querido en plena juventud.
Había un silencio profundo y respetuoso en la plaza y en la iglesia abarrotada de Llerena el viernes pasado cuando llegó el coche fúnebre con el cuerpo sin vida de un joven de treinta y dos años que el día anterior de forma inesperada había emprendido el camino sin retorno. Un mazazo con toda la fuerza adversa del destino.
Su familia, solidaria de corazón y de hechos, tiene acogida a una niña saharaui con parálisis cerebral para que reciba aquí el tratamiento que no puede tener en los campamentos de refugiados de Argelia. Al día siguiente preguntaba sin hablar dónde estaba quien la sacaba todos los días de paseo.  Miraba a todos extrañada esperando una respuesta que no llegaba. Me lo contaba mi hija que acudió a consolar a unos padres destrozados. Y un dolor infinito conmovió los cimientos de mi pena al escuchar su relato.  Por eso en la medida de mis posibilidades les ofrezco el consuelo y el ánimo que yo buscaba en los momentos tristes al lado de la vieja farola. Un poco de luz  y compañía.

Retratos

Algunas noches de invierno sacábamos la caja de los retratos para verlas sentados al brasero. Las familias las guardaban en cajas metálicas de dulce de membrillo, en las de tortas imperiales o en una de cartón de galletas o zapatos. Una a una las íbamos comentando. Como éramos aún pequeños desconocíamos la identidad de muchas personas que aparecían en ellas y preguntábamos a los mayores. Allí estaba el abuelo con barba y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco, la abuela con moño y delantal, un niño subido en un caballo de juguete, nuestros padres el día de su boda, con sus amigos en un día de fiesta…  El tiempo detenido para siempre entre los bordes dentados del retrato. Cada una de las imágenes despertaba nuestra fantasía sobre ese momento que había quedado reflejado en la instantánea.
Sus vestidos, sus posturas. La calle o el campo donde se las hicieron cobraban vida y conjeturábamos cómo serían entonces sus   costumbres y sus diversiones.   Mirar en la caja de los retratos era como meterse en el túnel del tiempo, como frotar la lámpara de Aladino o escuchar la música que salía de uno de aquellos juguetes al abrirlo. Un paseo en una alfombra mágica sobre el tiempo ya pasado.
El oficio de retratista consistía en capturar el tiempo y hacerlo interminable sobre cartulinas blancas.  Los fotógrafos antiguos llevaban consigo el equipo, que sacaron de los estudios para buscar clientes fuera.
El bagaje era el indispensable para el cometido. Los más antiguos utilizaban cámaras de madera. El chasis, que era un bastidor donde se colocaban las placas fotográficas, dos bandejas, una para el revelador y otra para el fijador y un cubo pequeño con agua colgado del trípode para aclarar las copias. Primero hacían el negativo en papel y cuando lo revelaban lo colocaban sobre una regleta enfrente de la cámara para hacer el positivo. Controlaban el proceso asomándose por un orificio y metían la mano dentro a través de un trapo negro. Algo de magia y de encanto tenía este oficio. En el exterior de la máquina, a ambos lados, colocaban a modo de escaparate fotografías ya realizadas para que sirvieran de reclamo. Los llamaban fotógrafos ambulantes o minuteros por el poco tiempo que tardaban en realizar las fotografías. La gente esperaba por los alrededores hasta que, limpias, secas y recortadas, se las entregaban.
En la feria se ponían frente a la fachada del ayuntamiento donde colocaban un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Llegaban los padres con sus hijos para los que había un caballo de cartón, grupos de amigos y novios de acaramelada expresión para hacerse las fotografías.
En el parque de san Francisco de Badajoz conocí a los últimos profesionales de esta modalidad. Acudía la gente para hacerse las fotos del carnet de identidad o para inmortalizar una tarde de paseo.
En años posteriores, desechadas ya las máquinas de cajón, iban con la cámara colgada del cuello y paseaban los días de fiesta por los lugares concurridos. Quienes requerían sus servicios acomodaban compostura siguiendo sus instrucciones. Realizado el acto, anotaba sus nombres para llevárselas a sus casas en los días siguientes.
Las viejos y entrañables retratos siguen en su caja. Cada vez que la abrimos revivimos el pasado y llenamos de añoranza el presente.

Exámenes

Los exámenes son metas volantes de una carrera de obstáculos cuya finalidad es labrarse un porvenir o encontrar un puesto de trabajo.  Los sufrimos todas las personas alguna vez en la vida. El número y dificultad depende de las ocupaciones, oficios y profesiones que se pretendan. Reciben nombres diversos: pruebas, entrevistas, concursos, convocatorias, oposiciones…Hasta la cumplimentación de impresos o instancias constituyen filtros que calificará el ojo avizor del otro lado de la ventanilla.
Mayo ha sido siempre un mes de inquietud angustiosa e intenso trabajo para los estudiantes. Para algunos porque lo confiaban todo al último esfuerzo y todos porque querían aprobar las asignaturas sin que quedara ninguna pendiente para septiembre.
De mis tiempos de estudiante recuerdo actitudes y comportamientos de los compañeros.
Unos preferían la noche para estudiar, otros el alba. Estaban los que aplazaban siempre la ocasión y nunca la hallaban propicia. Llegada la hora del propósito razonaban juiciosamente: “Estoy cansado y ahora, haciendo la digestión, no es bueno esforzarse, así que me acuesto y mañana al despuntar el alba estaré en perfectas condiciones”. Pero la carne es débil, aunque el espíritu esté presto, y cuando la de los dedos rosados dibujaba perfiles y el fresco de la amanecida invitaba a arroparse, la voz de la pereza, que siempre encuentra razones, justificaba de nuevo: “Si me levanto tan temprano voy a estar adormilado a media mañana. Prefiero aprovechar bien las horas de descanso para rendir mejor después. Si acaso, me quedo por la noche”.
Los conocí de voluntad de acero y determinación constante, que se acostaban tarde y despertaban temprano, haciendo hábitos del sacrificio.
Alguno hubo que para sacar el máximo provecho al tiempo y mantener vigilia y concentración temerariamente tomaba ‘Centramina’. Algún otro, un gran vaso de café bien cargado para espabilarse, pero a este le provocaba el efecto contrario: a la media hora roncaba como un quinto.
En los años cincuenta y sesenta existía un examen de ingreso para comenzar el bachillerato. Lo implantó la ley de Ordenación de la Enseñanza Media en 1953, siendo ministro de educación Joaquín Ruiz Jiménez. Se podía hacer cuando se cumplían diez años.
La ley citada establecía un bachillerato elemental que comprendía cuatro cursos y un bachillerato superior de dos. Al finalizar cada uno de ellos se realizaba un examen de grado o reválida que daba derecho a un título, expedido el primero por los directores del instituto correspondiente y los segundos por el rector de la universidad a que perteneciera la provincia.   En el bachillerato superior se podía optar por ciencias o letras. Además, existía el bachillerato laboral encaminado a incorporarse al mundo del trabajo.
Los exámenes de grado o reválida se hacían en los institutos correspondientes en convocatorias de junio y septiembre. Estos exámenes constaban de tres grupos: ciencias, letras e idiomas y Formación del Espíritu Nacional y se podían aprobar por separado, pero sólo se hacía la nota media si se superaban los tres.
Esta mañana de este mes florido al despertarme me he acordado de todo esto y de los estudiantes que en estos momentos estarán hincando los codos y tapándose los oídos con los dedos pulgares para concentrarse en el estudio mientras la primavera se contonea en los rosales y el azahar invade la estancia con aromas seductores.

Demostraciones sindicales

A mi pueblo le correspondió ir en el año 1973 a una de las demostraciones sindicales que se celebraban cada año en Madrid el primero de mayo en el estadio Santiago Bernabéu. Estos actos los preparaba la Organización Sindical a través de Educación y Descanso. Como últimos ramales organizativos estaban las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, que se encargaban de confeccionar la lista de los asistentes y contratar los medios de transporte.
La noche del treinta de abril, con gran animación entre los que los que iban, los familiares que se acercaron a despedirlos y curiosos en general, partió de la plaza el autobús lleno de gente para pasar el día siguiente en la capital de España y asistir por la noche al evento. El costo del viaje fue abonado por los organismos organizadores.
En estas manifestaciones grupos de trabajadores de las distintas ramas realizaban ejercicios gimnásticos y folklóricos y de paso homenajeaban al caudillo o viceversa.
La celebración de ese año quedó empañada y marcada como referencia en la memoria de todos los que asistieron debido al atentado en una calle cercana al estadio de Chamartín que costó la vida al funcionario del Cuerpo Nacional de Policía Juan Antonio Fernández Gutiérrez.
En España durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera no hubo celebraciones sindicales los primeros de mayo.  El régimen del Movimiento Nacional con el general Franco a la cabeza las prohibió ya que las consideraban origen y causa de movimientos subversivos por sus nexos marxistas y republicanos, pero estableció el dieciocho de julio, fecha del alzamiento, como fiesta de exaltación del trabajo con agrupación de patronos y obreros en los denominados sindicatos verticales a los que debían estar afiliados por ley obreros y empresarios con la denominación común de productores.
Pío XII en 1955 cristianizó esta festividad poniéndole orla y peana bajo el patronazgo de san José Artesano. Así que Franco, contando ya con esta advocación y bendición apostólica la incorporó al año siguiente al calendario, pero atando corto y no permitiendo otras manifestaciones que las oficiales. Los sindicatos de clase estaban prohibidos y sus actividades clandestinas perseguidas.  Se celebraron misas ese año por todo el país en honor del que por decisión papal pasó a ser patrón de los obreros.
De los primeros de mayo recuerdo lo entretenida que estaba la televisión, que era única. Para quienes les gustaban los toros allí estaban los diestros más punteros toreando; los que disfrutaban con el fútbol podían contemplar las mejores jugadas y los goles más antológicos de todos los tiempos y si era el cine su afición, las películas de más cartel. Todo ello con la intención de tener a la gente entretenida en sus hogares o bares. Ya decía Pascal que todas las desgracias del hombre derivaban de no saber estar en casa.
Un paisano mío tenía por costumbre en algunas de sus cogorzas exclamar a voz en grito: “¡Viva la revolución!” Callaba durante un tiempo ante la sorpresa de quienes no lo conocían y regocijo de quienes lo trataban.  En una ocasión estaba la guardia civil presente y hubo de reducir el tiempo de suspense al ver que esta se acercaba para interesarse por la intención de tal proclama.  “¡Nacional sindicalista!”, prosiguió de inmediato.
¡Ah, vale, vale!

Los pies

Cuando veía a los labradores echar el cuerpo sobre la mancera del arado romano para que la reja profundizase el surco, me llamaba la atención la fuerza con la que afianzaban los pies a la besana. 
Son los parientes pobres de nuestra anatomía, moradores de los barrios bajos, desgarbados sarmientos que ahormados al calzado nos conducen por el suelo. Solo en playas y piscinas los sacamos de paseo a la luz del día.
“¡Niño, baja los pies de la mesa, que ese no es su sitio!”, nos han dicho muchas veces.  Esa pose solo se ve en las películas, en algún presidente al que se le quedaba chico el mundo y al ridículo emulador,  que mostraba más complejos disfrazados de soberbia que  estima por tan humildes servidores.
Nos llevan a todos sitios y nos sacan de los atolladeros. Recurrimos a sus prestaciones en las dificultades, cuando huimos precipitadamente de algún apuro y los ponemos en polvorosa. 
Nos sirven de palanca para saltar, nos empericamos sobre ellos para alcanzar las golosinas de la alacena o dar un beso al abuelo.
En las peroratas insoportables, cuando no nos enteramos de casi nada de lo que nos están diciendo y deseamos que acabe cuanto antes el tostón, cargan con la frialdad para que la cabeza se lleve la parte caliente.
Sostienen la dignidad de las personas que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.
Como fieles y obedientes canes aguardan a que abandonemos ya de madrugada el bar donde en días de parranda llevan muchas horas aguantando silenciosamente hasta que el dueño barre el local y les pide que se aparten a un lado.
Cargan con los malos olores sin tener culpa de ello por la desidia y falta de higiene de sus dueños. Tres días con los mismos calcetines y las mismas zapatillas de deportes en verano es demasiado tiempo para no emitir vapores. Sin embargo, ellos, agradecidos y alegres, solo necesitan un poco de música para conducir nuestros cuerpos por las plazas con verbenas.
Las mujeres los martirizan, elevándoles el culo y humillándole el hocico. Después del trote y de la fiesta los dejan andando desnudos por el acerado mientras en sus manos llevan los zapatos que han sido los causantes de sus penas. De su importancia nos damos cuenta cuando enferman. Entonces los hacemos reposar en alto o les damos baños, no de almíbar, sino de agua con sal para calmar hinchazones.
Solo de niños los colmábamos de caricias y de besos cuando nos los llevábamos a la boca para morder el dedo gordo.
Son tan agradecidos que haciéndoles cosquillas se tronchan de risa.
En la hora suprema, cuando nos encaminemos al sitio sin retorno, serán ellos los valientes escuderos, los primeros en afrontar el destino, los que abrirán paso señalando al cielo. Las plantas, que son su pecho, marcarán el camino dignamente al resto del cuerpo.
Solo aquel examinando que nada más que se sabía los huesos del pie ponderó sus méritos. Al ser preguntado por los huesos de la cabeza, respondió:
“Si importantes son los huesos de la cabeza más importantes aún son los de los pies que sirven para sostenerla. Los huesos de los pies son: …” Y nombrándolos uno a uno los cubrió de gloria.

Guateques y discotecas

Con los guateques achicamos espacios para el baile y ahorramos gasto en luminaria. Del giro revolero del pasodoble en los salones pasamos a la quietud de la baldosa.
Buscábamos locales apropiados y tocadiscos con discos de vinilo. Hasta algún gramófono de los abuelos con altavoz de caracola nos sirvió. Tantas eran las ganas que teníamos de hacerlos que no nos desanimaba la falta de medios. En una ocasión lo organizamos con un aparato de radio. Buscábamos emisoras que tuvieran melodías y sin más dilación nos arrancábamos a bailar. En los anuncios, descanso o a buscar otra sintonía. La peor hora era la del parte en la que todas conectaban con Radio Nacional. En onda corta sonaba música mora a la que por mucho que lo intentábamos no le cogíamos el son.
El baile siempre ha servido para tocar otros cuerpos, excusa para rodear la gavilla del talle a las mocitas y retener sus manos más allá del tiempo de saludo. Sin él sería descaro y osadía. Motivo de más para una buena bofetada. Así eran aquellos tiempos.  El asalto a las murallas del pudor se acompañaba con pasodobles y boleros.  El baile lento esa la gloria que tendía alfombras para el roce de mejillas, llave de candado para acercarse al predio ajeno. De los codos y los límites se encargaban ellas. A veces interpretábamos mal la señal. Una retirada del brazo para colocarse bien el pelo creíamos que era permiso para el avance, pero alta iba la linde, caballero, había que volver con las tropas hasta los cuarteles de invierno.
La intendencia se ocupaba de aminorar la intensidad de la luz y conseguir un ambiente más íntimo. Cuanta menos claridad, mejor. Rodeábamos la bombilla con papel de celofán rojo o poníamos una anémica de vatios.
Llegaron después las discotecas. La de los bombardeos de luces y decibelios. La barra era el otero desde donde se observaba y se dejaba uno ver. Allí se planificaban conquistas que muchas veces acababan en fracasos estrepitosos.  Un postureo, un reclamo de gallo postinero. ‘Aquella liga, seguro’ ¡Qué ilusos! La mujer liga cuando quiere y con quien quiere.  El varón cuando lo dejan.
Algunos hablaban entre sí sin mirarse a la cara, porque la mirada andaba buscando otros ojos que se cruzasen con ella. El vaso largo en la mano era el asidero a la seguridad para no sentirse solos cuando no se tiene compañía.
En mi pueblo habilitaron un local con techo de hueveras de cartón para que el sonido no reverberase.
A las localidades cercanas íbamos a la aventura. Sin conocer a nadie era más complicado entablar relaciones. Poco a poco fuimos desbrozando selvas y haciendo amistades.  Un compañero de andanzas, algo entrado en años, me acompañaba algunas veces. Quería disfrutar de las nuevas oportunidades de diversión que no había conocido de más mozo. La seducción no era su fuerte, así que iba al grano: ¿Bailas? Lo hacía rutinariamente, de punta a punta del local, con resultado negativo.  Pero una vez para su asombro recibió el ansiado sí. Nervioso, tiró el cigarro recién encendido.  Le faltó poco para quemar a los que estaban a su alrededor y se dirigió a la pista como paladín que cruza los campos Elíseos entre una lluvia de luces de colores.

La caza

 

La caza, que sirvió de medio de subsistencia a nuestros remotos antepasados y a los menos remotos cuando la escasez de alimentos aguzaba pómulos y hundía las cuencas de los ojos, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en una actividad recreativa, deportiva y comercial. También la utilizan como recurso de medro y postureo avispados y pretenciosos, ataviados con prendas verdosas y elegantes de buen paño. Esta faceta la encontramos reflejada en ‘La escopeta nacional’ de Luis García Berlanga. Una visión humana, sencilla y divertida se encuentra entre las páginas de ‘Diario de un cazador’ de Miguel Delibes.

En el medio rural la caza ha estado incardinada en la forma de vida de sus habitantes en las diversas modalidades de su práctica. En el Quijote leemos cómo uno de los atributos que distinguían al hidalgo caballero era su galgo corredor.

Aunque en tiempo de veda se les colgaba del cuello el tanganillo para dificultarles la carrera los campesinos se los llevaban al campo y si en el ir y venir por la besana con el arado se veía una liebre encamada en un surco no era raro aliviarlos de tal penitencia por si podían llevarse alguna para casa escondida entre alforjas y aparejos.

La caza con galgos no necesita arreos. Un buen can, paso corto y vista larga. Conocer el terreno y recorrerlo palmo a palmo.

 

 

Con la luz del alba que traza perfiles al lubricán y alarga sombras salen los galgueros al campo. La tradición oral ha ido decantando tópicos sobre el lugar donde puede encontrarse la liebre, según sean las condiciones atmosféricas, aunque después salta donde menos se espera. En mañanas de heladas intensas, entre los juncos del arroyo, cerca del agua; a resguardo del viento en las laderas de cerros los días de temporal y casi siempre al salto del camino para facilitar su huida. Los más observadores las ven en la cama, lo que no es fácil debido a su gran mimetismo.

Cuando aún quedan en el aire húmedo de los valles y riberas leves hilachas de bruma suspendidas y en las incipientes hierbas del otoño brillan gotitas de rocío comienza el rastreo.  Las voces de los cazadores jalean a los galgos para que empiecen la carrera una vez localizada. La liebre esquiva, sortea las acometidas, recorta inesperadamente a cada trecho y busca la protección en el arbolado o en los vericuetos del arroyo. El galguero sube el otero más cercano para seguir la carrera que cambia constantemente de sentido. Unas veces regresan con la presa y otras de vacío.

 

La llamada caza al salto se practica en solitario o formando cuerda con otros compañeros.  La batida en grupo se organiza siguiendo los consejos de los cazadores más avezados y conocedores del terreno. Los que van en las puntas deben ser buenos andadores y los del medio tener cuidado de no adelantarse para así formar una especie de bolsa que vaya empujando la caza hacia adelante.

Las perdices reciben los primeros rayos del sol con reclamos, desinflando el plumaje que las protegió del frío durante la noche.

La arrancada de su vuelo al verse sorprendidas produce un sonido metálico y vibrante, intenso, recortando el silencio del campo como si un ovillo de caireles se deshiciera abruptamente.