Viajar

 leda
Desde el sureste  de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición  ni  por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían  pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los  apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio.  El tren sigue siendo   por aquí  la asignatura  pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas  sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba  solitario  desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
los-caminos
A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a  los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba  por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección  su sinuoso y estrecho trazado. Después  la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda  el peaje que se abonaba  por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y  asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado  en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas  que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que  una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron  sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por  la brisa, verde en primavera y dorado en verano,  llenaba  de olas la retina de sus ojos.

Zapatos

zapatero_1
Eran tiempos de botos bastos y alpargatas de cáñamo más  que de calzado de charol  y de zapatillas deportivas de marca.
Un par de zapatos duraba hasta que el dedo gordo pedía paso por la puntera   y aún así se le facilitaba acceso al exterior abriéndole  agujero. O hasta que se desechaban por no aguantar más   cosidos,  repuestos de tacones,  medias suelas y pases por la horma. Los niños no los rompíamos solo  por andar, sino por el ajetreo de la edad. Lo mismo trazábamos raya divisoria para un juego con el lateral que    gateábamos a los árboles, jugábamos al balón o nos metíamos en el arroyo buscando renacuajos.
Había dos formas de no gastar zapatos: andar descalzo o sobre zancos. Nos gustaba sentir la superficie del suelo en las plantas de los pies durante las siestas de verano.  Cuando llovía  construíamos con dos latas y  cuerdas unos zancos para meternos en los charcos sin mojarnos, al igual que nos gustaba ponernos debajo de los canalones con un paraguas para sentir el estrépito sobre nuestras cabezas.
Había por los años sesenta bastantes zapaterías en el pueblo. Rondaban la decena. El zapatero  que  había  en mi calle recogía  el agua de canales en una cuba.  La utilizaba para ablandar el cuero en ella. Tras  varios días  lo golpeaba  con un martillo sobre un rollo liso  de piedra.
El trabajo de los artesanos es minucioso, diestro y sin prisas. Dibujaban los zapateros  en papel el modelo y sobre el material   lo cortaban con la chaveta. Posteriormente lo montaban sobre unos moldes de pies de madera maciza. Lo iban vistiendo como a un maniquí.
i-zapatos-van-gogh
Los hombres del campo usaban para las faenas  lo llamados botos bastos.  Para evitar el excesivo desgaste de las suelas las cubrían con tachuelas y unas medias lunas metálicas en las punteras. Cuando andaban sobre los rollos de las calles o el cemento,  formaban  un ruido parecido al de las caballerías con las herraduras. Los niños queríamos también que nos pusieran tachuelas en los nuestros.
Los zapateros se  sentaban  en sillas como las de las  costureras y tenían una mesa con muchos compartimentos divididos con tablitas verticales para colocar puntas y remaches. ¡Con qué habilidad  elaboraban los cabos uniendo hebras con cerote sobre el muslo! Los  usaban para coser abriéndoles caminos con la lezna.
Los zapatos con suela de goma  vulcanizada, los del “Gorila”,  supusieron una revolución de duración y resistencia.  Regalaban una pelota de goma maciza verde con la que nos quitábamos el frío jugando a corra, o sea, a pelotazo limpio y a correr para evitarlos.
¿Puede haber poesía en unos zapatos tirados al borde de un camino? Claro. Hay en ellos  mucho trabajo del que los hizo y del que los usó.  Tienen la melancolía de todos los abandonos.  En los  resquicios de su ajado material hay polvo de los senderos y barro de las callejas. Sus huellas hicieron  camino. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más” ¡Por dónde andarían cuando las sombras buscan las paredes en noches de luna llena! De sus dueños les queda la horma vaciada de sus pies. Boquiabiertos y torcidos por lluvias y soles se quedaron con la boca abierta, a medio camino entre el bostezo y la carcajada.

Puertas

img_0067
Hay  muchas  casas cerradas  en el pueblo. Sus puertas conservan  restos desprendidos  de pintura seca y muestran el  deterioro de   la intemperie. Las  fachadas llevan  sin encalar desde hace años y  tienen musgo seco y desconchones. Jaramagos amarillos asoman por los tejados como perros abandonados  esperando al dueño. En algunas calles viven pocas familias, con miembros mayores casi todas. La emigración y la natalidad inexorablemente cobran su tributo de soledad y abandono.
Cuando el pueblo casi doblaba en habitantes a los actuales las puertas de las casas permanecían abiertas durante el día. Para traspasar el umbral se pedía la aquiescencia de los moradores. Los más asiduos y conocidos se anunciaban con  alguna frase ritual: “¿Dónde andamos?” “Pasa, no te quedes en la puerta”. “No me paro, que tengo prisa”. Era una forma de mostrarse cercano, de saber que había alguien  al lado para lo que se ofreciera. En el ir y venir de los recados un toque, un cómo estamos hoy, preguntar por el enfermo, intercambio de novedades…
Otros  se anunciaban: “¿Se puede?” y extendiendo alfombra de confianza respondían desde dentro: “¡Hasta el corral!”. O se preguntaba por  la  identidad del que llamaba: “¿Quién?” y recibían una  respuesta de Perogrullo: “Yo”, que más que identificar constataba presencia.
img_8867
Pocas puertas disponían de timbre eléctrico. Algunas tenían picaporte y muchas postigo, que ofrecía al que llegaba la visión de  una foto de carnet del que habitaba.
Los mayores usaban una fórmula arcaica: “¿Quién vive?” Y no menos de lógica aplastante la respuesta que salía del interior: “Quien no muere”.
Señal de respeto por la sagrada  intimidad de la morada era  descubrirse de boina, mascota o sombrero  al entrar.
En los pueblos una puerta cerrada indicaba descanso de siesta o nocturno. El no molestar de los hoteles.  Y a no ser de urgencia no se llamaba. Una llamada de madrugada voltea el corazón y no trae parabienes.
Hay una forma intermedia de juntar las hojas de las puertas: emparejarlas. Valvas entreabiertas sobre el gozne para evitar flamas o  corrientes malsanas.
Cuando eran varios los que habían de regresar de noche  el que más tardaba en hacerlo era el encargado de cerrar, una vez comprobado que los demás estaban dentro. El último que atranque o eche el cerrojo. El chirrido de acero y estrellas era el toque de   retreta y señal de que la tropa dormía recogida en sus aposentos.
 Una modalidad  de alarma rudimentaria  consistía en  poner una silla detrás, acción de la que estaban avisados los que debían sortearla. Así que metían la mano por la abertura y, levantándola para que no arrastrase, accedían.  Los extraños alertaban por el ruido del empuje.
Por la rendija entreabierta o por el postigo se obtenía una primera impresión del estado del tiempo y de cómo transcurría el día. Garita de discreta  observación del transitar de los vecinos  y de aconteceres callejeros.
Las casas de nuestros amigos cuando éramos niños eran una prolongación de la nuestra. Entrábamos y salíamos con ellos con total confianza. Acudíamos a buscarlos y allí nos informaban: “Pasa, que está dentro”. O “ha salido hace un rato a buscarte”. Jugábamos en los doblados y en los corrales. Nos  mecíamos en el   columpio que era el péndulo de un reloj sin horas colgado de los maderos.

Las manos

manos-abuelo-y-nieto
Las manos son apéndices del alma,  embajadoras  de  nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de  emociones.
Ofrecen y  piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos.  Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando  la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de  revés, abofetean  y, tirado el  guante  al suelo,  ofenden honra y retan a duelo  a quienes  deben recogerlo.  La bofetada más famosa del cine  se hizo icono de la mano de  Gleen Ford sobre el bello rostro de  Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las  de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto  al contundente retorcimiento de la aljofifa  sobre la cuba  de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él.  Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito  la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las  de algunas  mujeres mayores de mi pueblo  apartando  granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa  paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
manos
Las manos de los varones  eran más rudas, más de tierra y de sol.  Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista  en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían  su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos  habían tenido hace muchos años  cálido y sonrosado aspecto  en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz  que asirían de manera  grácil  la goma de borrar  y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones  crecieron  más pendientes de que no faltara el pan en la  mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría   la sangre de  la primera  herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces  y, felinas,  treparon por las ramas  de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia  para construir presas, castillos y  fortalezas,   jugarían a los bolindres   y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas  que descubrieron su cuerpo  en la azarosa  adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya.  A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia  en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.

Buena conducta.

img_476072
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos.  Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos,   adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día  en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas.  Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia.  De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
fuego1-690x450
La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que  era bastante  más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo,  me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo  no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido  la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones   que por estrechas  rendijas se colaban  en las ciudades más cosmopolitas  y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para  cursar la carrera de Magisterio  debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde  y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica  suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba  que se  te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por  trascendencia familiar o comportamientos  desafectos, dificultaba su obtención.
lote_58982
Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio,   asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes.  El que yo realicé comprendía  quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés,  y otros quince en la naturaleza,  en el campamento emperador Carlos, en Jerte.  ¡Qué maravillosos  parajes!,  por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas,  marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.

Viejos

corro-de-viejos
Los hombres mayores  se reunían en determinados lugares del pueblo. Se buscaban unos a otros  como hacen las golondrinas al final del verano en los cables del tendido eléctrico.
En mi pueblo se juntaban cerca de la escuela. Algunos jugaban a las cartas sobre una piedra lisa, otros charlaban. Ponían cartones para sentarse o traían banquetas  de casa. Buscaban solanas en invierno y sombras en verano. Allí acudían por las mañanas mientras las mujeres hacían las faenas.
‘Vamos a ver si nos quieren dar de comer’, decían como despedida, levantándose con dificultad y pasos renqueantes.  Por las tardes volvían a la tarea de  echar el tiempo atrás hasta la hora del crepúsculo. Algunos compañeros míos  saludaban a sus abuelos y otros nos deteníamos  un rato a escuchar sus charlas y  observar sus juegos.
Me atraían  sus conversaciones, sobre todo las que trataban de tiempos pasados que a nosotros nos parecían muy lejanos y que ellos tenían muy presentes. Los años de la guerra y los posteriores  cuando la carpanta reinaba en las mesas  y por los campos de España cruzaba errante la sombra de Caín, como escribió Antonio Machado.
aldeanueva-ebro-rioja-644x485
Ya quedan pocos de los que lucharon en la incivil  contienda del  36.  Los nacidos en ese año tienen ahora ochenta y uno, así que los que fueron arrancados de sus casas para ir al frente rondarían los cien, salvo la  “quinta del biberón” que fue llamada a filas en la zona republicana cuando tenían diecisiete años.
Cada uno daba su versión de aquellos trágicos años.  Referían sus vivencias, todavía con miedo y con voz queda. Una visión  parcial,  detalles, anécdotas,  porque a la mayoría se les escapaban las causas últimas  de aquella lucha fratricida.
Cuando algún forastero de similar edad  llegaba al pueblo y se unía al grupo le hacían una pregunta recurrente: ¿Y a usted, donde le cogió la guerra?
Siempre me han causado un gran respeto las personas mayores y sobre todo aquella generación que sufrió tanto.  Nos enseñaban en casa y en la escuela  a cederles la parte interior  en las aceras, a hablarles de usted y a hacerles cualquier mandado que nos pidieran, sobre todo ir al estanco a por tabaco. Aquellos paquetes verdes de picado y sus libritos de liar. Como recompensa  nos daban un caramelo de la marca “pictolín” que siempre llevaban consigo. Nosotros les decíamos, déjelo usted, como nos tenían enseñado, pero  al segundo ofrecimiento lo cogíamos dándoles las gracias. Usaban fajas negras de varias vueltas en su cintura, quebrada de tanto agacharse a la tierra y soportar cargas más propias de bestias que de personas. En invierno usaban chalecos de pana con reloj de bolsillo el que lo tenía.
Las costumbres han cambiado. Antes los viejos se quedaban en sus casas con sus descendientes  hasta el final de sus vidas.   Los que no  tenían hijos acababan en el asilo, que entonces se consideraba casi como un menoscabo.   Ahora  hay  residencias y pisos tutelados  en los pueblos, lo que libera a los hijos que tienen que trabajar y no los alejan a ellos de su entorno. A los que están en sus casas les llevan la comida. Un gran logro social que debe mantenerse y consolidarse y  que habremos de usar casi todos.

Viejos cortijos

morala2
Cuando paseo por el campo  me gusta acercarme a algunos cortijos que están en ruinas. Fueron antaño morada de familias enteras. Se han deteriorado por dejadez o por lo costoso de su restauración. Este podía ser un retrato somero de cualquiera de ellos. Las paredes de adobe  están carcomidas y  desconchadas por efecto de los temporales. Los maderos de los tejados, sobre  el  suelo de las que fueron dependencias, donde crece la yerba sin control entre los cascajos caídos del techo.
En el corral, en la parte trasera o lateral hay arados  muy viejos y oxidados y el yugo  y  armazón  de las ruedas de un carro.
Y pienso,  cuando observo estas imágenes,  en sus antiguos moradores. Vida dura, aunque la nostalgia  bucólica nos lleve a imaginar idílicas estampas. No eran mejores por ser tiempos pasados.
Pasarían muchos días de invierno incomunicados por el mal estado de los caminos oyendo junto a la candela  el bramar del viento y el azote sesgado de la lluvia.
Por las mañanas  se sentarían  a desayunar con la leche de  cabra recién ordeñada. Desde el interior, a través del postigo, contemplarían la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.
A por viandas iban al pueblo en bestias cada semana o cada quince días. Para mantener  el pan blando  lo metían en tinajas.  Si hubiesen sido las  barras de  ahora hubiesen podido partir almendras con ellas al día siguiente.
 En  las noches de verano, tras la faena, se sentarían al fresco bajo el cielo estrellado. Estas cosas  pienso mientras los observo y se me vienen a la mente los versos de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa…”  O los de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”
Esta evocación bucólica no es añoranza de un tiempo pasado que por serlo  fuera mejor. La vida era  dura.  Sana sí,  mientras no se necesitara un médico a las tres de la madrugada y tuvieran que ir en su busca.
Las casas grandes, las de aquellas familias que disponían de varias fincas cada una empleaban a gran cantidad de trabajadores. Poco les costaba entonces. Algunos de los  puestos pasaban de padres a hijos.
Anejos o separados del  cortijo principal  estaban las viviendas   de los  guardeses.
img_5665
Me emocionaron las palabras de un amigo de Trasierra,  hijo, nieto y bisnieto de quienes durante toda la vida habían sido encargados de una de estas  fincas a la que conocían mejor que los dueños. Allí nació y se crió. Sabía el topónimo de cada rincón,  de cada loma, de cada regato  de la finca.
Ponía tanto sentimiento en lo que me contaba  que el corazón me puso  un nudo en la garganta y  una chispa de fuego en los ojos.  Allá, destacando sobre un otero entre encinas y jirones  de niebla   estaba el cortijo donde le habían salido los dientes. Hablaba de su arraigo y cariño por esta finca donde vivieron sus abuelos, sus padres, él y sus hermanos. La propiedad material no es nuestra, me dijo con la mirada anclada en la lejanía, pero hay otra propiedad que nos pertenece: la sentimental y esa no nos la quita nadie.

Ser de pueblo

viejomontijojuansevilla

 

 

Me gusta el pueblo en su vivir diario. El trajín cotidiano, la estampa, el detalle, el gesto. Me gusta la luz resplandeciente en las solanas donde un hombre dormita tras el sombrero inclinado  al  tibio calor de la mañana. El vuelo de las  cigüeñas bajo el intenso añil de primavera, las sábanas al sol de los corrales y  también el borbolleo del puchero a la candela. La mirada  curiosa y presentida detrás del blanco encaje en la ventana. Oír la  una en la plaza silenciosa cuando no queda nadie por la calle y destaca en el cielo la franja del camino de Santiago. Me gusta el haz de sol dorado en la penumbra como rejón de polvo y luz. Y las gotas de rocío en la retama cuando
viene el día…
Esas estampas y otras  han conformado la idiosincrasia y la imagen de nuestros pueblos a lo largo de los años. Los  vendedores ambulantes, antes de regularse esta actividad y señalarle horario y lugar para su ejercicio, formaban parte de ella. El pueblo se convertía en  un zoco donde estos  anunciaban y vendían servicios y productos por sus calles. Las mujeres dejaban momentáneamente las faenas y salían a sus puertas  con el delantal recogido hacia un lado para  informarse de qué pregonaban.
 El chiflo del afilador, con  forma de arpa pequeña, anunciaba con silbos de escalas ascendentes y descendentes el afilado de cuchillos y tijeras. Los niños acudíamos  a ver las chispas que saltaban del esmeril. Sobre una bicicleta  montaba  toda su industria. Los pedales y una correa  transmitían el movimiento desde la rueda trasera, que quedaba  elevada en el aire sobre  un soporte abatible.
El  hortelano con voz de noria profunda anunciaba  los productos de la huerta recogidos la tarde anterior de la feraz vega al lado del pozo y de la higuera. A lomos de un borrico, en aguaderas y cestos de mimbre, traía aromas y colores con algo de perejil y hierbabuena.
 De Huelva, de la mar cercana, llegaban subiendo por la carretera de la plata, a donde se acercaban los minoristas para surtirse,  frescas sardinas, jureles, cazón, almejas, pescadillas, cuando nuestro país disponía del banco de pesca  frente al Sáhara, antes que una marcha, más que verde, turbia de  intereses nos lo quitara.
El carbonero vendía  el oro negro y ecológico de las encinas que a golpes de soplillo se  tornaba  en  brasa en las antiguas cocinas.
Una mujer, espantando a la pobreza, vestida de luto reciente, vendía  olorosos hinojos en manojos, sentada en la esquina de la calle. Los recogía  de gavias y cunetas y los lavaba en la fuente de la villa para resaltar el aroma y sabor  de anís y regaliz de esta planta aromática
El panadero pasaba con el pan en los serones. Quien disponía de maquila los cambiaba por vales; quien no, a fiado o tocateja. Pocas normas sanitarias de manipulación. Con las mismas manos se manoseaba dinero, ronzal,  burra y pan.
Así, entre otras muchas vivencias, transcurrió la infancia diaria  de los que peinamos canas. Sensaciones que hoy, amable lector, quiero trasladar a esta página del periódico  para compartir con ustedes su recuerdo y que sepan quienes no  conocieron estas  que no todo el monte fue siempre orégano.

Flamenco

img_0085
A los niños nos gustaba asomarnos a las puertas de las fraguas para ver a los herreros forjando los hierros.  Alternaban los golpes con ritmo. El  maestro, asiendo fuertemente el trozo de metal incandescente con unas tenazas, los   daba  con el martillo  sobre  él y el yunque  para afinar formas. El ayudante golpeaba fuertemente con el mazo. Se alternaban con cadencioso compás y destreza para no estorbarse.
Las tardes de verano los labradores  con sombrero de paja y pañuelo en la nuca desmenuzaban  las espigas   en la era  con el monótono circular del trillo.
Observaba yo, en esa edad en  que se capta con asombro virgen todo lo que nos rodea, que los herreros en su trabajo cantaban al compás de yunque y martillo y los agricultores ponían ribetes sonoros  a la soledad amarilla de las mieses.
En casi todas las faenas se cantaba o se canturreaba en un momento u otro. Lo hacía el albañil  mientras mezclaba cemento y arena o colocaba ladrillos, el carretero en la soledad de los caminos, acompañando los arreos a las mulas, la mujer mientras faenaba en la casa…
Pensaba yo que si cantaban era porque estaban contentos, pero de mayor, leyendo las letras de las canciones, supe que existían desgarros, aflicciones  y desamores entre ellas. Y es que el cante aflora  sentimientos cuando la pena o la alegría buscan salida de los entresijos del alma.
No había muchas fuentes donde aprenderlas.  El cine y la radio de los discos dedicados. Las letras venían en los  cancioneros  que un vendedor traía en una bicicleta junto con novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Eran tiempos de la copla, de ojos verdes,  torres de arena. De Marifé y de Molina.
Pero existen formas de cantar a las que hay que echarles de comer aparte. Flamenco o cante jondo. Cantes que sólo necesitan como acompañamiento el sonido de los  cascabeles y las campanillas de las mulas  de tiro o de golpes de martillo sobre el yunque  para darle forma al sentimiento. Cantes de fragua, cantes de trilla.
Igual que  hay  cantes carceleros que claman por la libertad y expresan el dolor de su pérdida. Y  mineros que  glosan la  dureza del trabajo de las minas.
Uno, que es novel en esto del flamenco y del cante jondo, pero  admirador de su  acervo cultural acumulado a lo largo de los siglos,  aprecia y valora  la dificultad de la ejecución de sus palos, al alcance sólo de quienes poseen  voz, oído y compás.
 img_0092
Las peñas flamencas repartidas por la geografía extremeña mantienen, divulgan y alientan esta hermosa y difícil  manifestación de arte enraizada en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y  que cuenta con excelentes intérpretes y con estudiosos flamencólogos  y poetas como Felix Grande.   La de Llerena, que desde hace muchos años dirige con gran acierto, toda la voluntad del mundo y contados  medios económicos, Marcelo Rodríguez  con un excelente cuadro de colaboradores  y  socios entusiastas,  es una muestra de ellas. Encomiable labor que mantiene vivo este patrimonio cultural  al que las jóvenes generaciones debían asomarse para apreciarlo y separar el grano de las granzas.  Bulerías, soleás, tangos, peteneras, fandangos, cañas, colombianas… A ver quién  se atreve con ellos y se arranca  con  una seguiriya, pongamos por caso.

Lavanderas

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

De los numerosos trabajos asociados al sexo femenino  en exclusividad casi absoluta estaban los de  lavar, coser y planchar. Las mujeres asumían  estas funciones como si fuese herejía doméstica y menoscabo a su reputación delegarlas en los hombres.  Que un varón cogiera  una aguja para coserse un botón,  la plancha para deshacer arrugas o la panera para frotar puños y cuellos de camisa habiendo una mujer en casa, se consideraba merma de varonía en los hombres y dejación de obligaciones en las mujeres.
A ellos se les dejaba la leña gorda,  barrer con la escoba de ramas eras y corrales y  echar remiendos con aguja de red  en  aparejos y sacos usados en las  faenas de labranza. Nada de finuras. Pero pare usted de contar.  Las  demás tareas, si algunos  se atrevían con ellas, las  realizaban   a escondidas y de puertas adentro. Delantales a los varones sólo se los vi a los zapateros para ligar cabos  de cáñamo y cerote.
Pervive esta mentalidad aún. Escuché en una cadena de televisión hace unos años  a una mujer que estaba entre ese público que  rodea y alimenta egos a personajes de efímera fama: ‘Mira cómo lleva tu pobre  marido la camisa de arrugada,  más vale que se la planches’, dirigiéndose a la compañera que por aquellos días había caído en desgracia en  la veleidosa y manipulable opinión del cotilleo. Ni por asomo le podía asignar la irritada señora al desaliñado varón el menester de alisar su propia camisa.
Para cocinar  había más pase y alguna puntual exquisitez  se permitía el marido con  guisos en los que estaba especializado o en  el rebane y preparación de migas en tiempos propios. El oficio de pastor lleva aparejado el uso  de cazo y  fogón, pero  en  casa era habitualmente la mujer la principal cocinera con  ollas y sartenes, limpieza incluida, claro.
img_5136
La emigración y el servicio militar eran islotes excepcionales. La necesidad obliga. Anárquicos pespuntes para salir del paso y no quedarse con el culo al aire. Lavar en los lavabos de los servicios. De planchar se encargaban las perchas, el tiempo y la gravedad. Además la arruga siempre ha sido bella.
Cuando no había  lavadoras   la ropa se lavaba en la panera con agua de pozo y jabón verde  y se frotaba en el “batiero”,  la tabla con la superficie arrugada.   No existía más detergente ni más lavadora que  los nudillos de las manos. Lo del frotar se va a acabar llegaría después.
Había lavanderas  que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en los alrededores del pueblo a lavar, arrodilladas  sobre un trozo de corcho.  De los pozos tenían que sacar el agua con cubos atados con sogas. Frotaban la ropa  sobre piedras de ligera pendiente. Después aclaraban y tendían sobre aulagas y tomillos las prendas  limpias. Llevaban para el porte paneras  y canastos  de mimbre. 
No vi nunca a ningún hombre  haciendo esta faena.
Trabajo duro del que pueden dar referencias  muchas mujeres mayores de nuestros pueblos.  Las  jóvenes  generaciones deben saber el sacrificio que costaba  cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando  un botón, sobre todo  porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde  el cuarto de baño a la lavadora.