En mayo comenzaba la esquila. Traían los pastores, bajo la dirección de los mayorales, las ovejas a los guaches, las naves donde se esquilaba, para quitarles la lana que en invierno las había abrigado. Los esquiladores usaban aún tijeras para este menester y era admirable la destreza de algunos de ellos. A éstos más diestros y experimentados se les solía encomendar la pela de los carneros por su mayor dificultad. En Ahillones hubo tres guaches que funcionaban durante dos meses a pleno rendimiento, con cuadrilla de más de cincuenta en alguno.
Un muchacho, el morenero, paseaba por el local con una lata en la que llevaba restos de carbonilla que traían de las fraguas. A la voz de “¡moreno!” acudía presto a echarle a la oveja ese polvo negro en la herida. Servía para que no le picara la mosca y se “bicheara”. El manijero era el encargado de preparar los vellones de lana y meterlos en sacos que almacenaban en el lanero hasta que unos grandes camiones procedentes del norte venían a por ellos a principios de otoño.
Después de esquilado el rebaño, los pastores llevaban las ovejas a las fincas a pastar. Pasaban blancas y descargadas de lana por las calles, siguiendo el tañido del cencerro que llevaba el manso.
Llegó una noche la pareja de la Guardia Civil a un bar de mi pueblo donde los parroquianos apuraban las últimas copas. Había un ambiente distendido y propicio a la charla amigable al calor del vino, así que la presencia de la Benemérita interrumpiendo la reunión, causó malestar ente los presentes, pero los tiempos no estaban para andar con protestas. El respeto miedoso que infundían los tricornios y los uniformes verdes hacía que su sola presencia a esas horas sirviera para que la mayoría enfilara la dirección de su casa sin rechistar, incluso antes de que abriesen la boca anunciando que había llegado la hora de la retirada.
Pero Angelito el Sordo se quedó un poco rezagado apurando la última copa y con muy pocas ganas de irse, así que uno de los guardias le dijo:
-¡Es que no has oído, vamos, a tu casa y a la cama!
Cuando se iba y al pasar a su altura, cerca de la puerta, refunfuñó sin mirarles las caras:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.
Era la única rebeldía que uno podía permitirse, so pena de irse, además de sin ganas, caliente.
Gracias a todos los que han puesto su granito de arena para que, a este paso, recuperemos las más ínclitas y enraizadas tradiciones españolas que nunca debieron perderse.
Volveremos a disfrutar de la ilusión que producía a las familias recibir aquellas cartas que llegaban por avión con rayas rojas y azules en los bordes y que traían noticias de los padres de familia desde Alemania, donde contaban qué buenas estaban las cervezas y las salchichas de allí.
Gracias por impulsar la convivencia familiar como en los tiempos en que escuchábamos radio Andorra y a Alberto Oliveras en la cadena Ser con “Ustedes son formidables” al calor de brasero de picón. Ya está bien tanto salir de casa de copas y comilonas.
Gracias también por favorecer la probable vuelta de los carburos, quinqués y velas que han propiciado desde tiempo inmemorial las conversaciones familiares en un ambiente intimista.
Por llenar las acogedoras solanas de parados con gorras viseras y manos en los bolsillos, típica estampa sureña.
Por adornar las calles de nuestros pueblos y ciudades con letreros de “Se vende” porque nos recuerda los años sesenta cuando se podían comprar casas y solares sólo con pagar la contribución atrasada que no podían saldar sus dueños.
Porque se volverá a utilizar la técnica del remiendo y el zurcido que tan bien hacían nuestras abuelas metiendo un huevo de madera dentro de los calcetines y que los jóvenes de hoy no tienen ni idea de su práctica desde que las cátedras ambulantes de la Sección Femenina dejaron de visitar nuestros pueblos.
Por reducir el número de jóvenes que puedan estudiar una carrera con beca. Los que no la consigan y puedan que se la paguen y el resto que abandone los estudios, que también hace falta mano de obra sin cualificar.
Gracias por ayudarnos a recuperar nuestras raíces y nuestra idiosincrasia, que han sido envidia y asombro de extranjeros.
Una plácida tarde de principios de otoño he salido después de comer a dar un paseo por el ejido. El sol de membrillos y miel aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron por san Miguel. He llegado al Cerro del Santo donde culmina el Vía Crucis de redondeadas formas blancas que recorre el ejido y que en esta última estación representa la muerte de los dos ladrones y de Jesucristo en el Monte Calvario. También destaca en el cerro una estatua en mármol del Corazón de Jesús.
Me he tendido boca arriba, relajado y sin prisas, abandonado al hedonismo de los sentidos. Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose muy despacio sobre el azul del cielo. Me adormezco.
Oigo lejanos los gritos de unos niños que juegan al fútbol en el prado de la fuente y el ruido de algún coche que pasa por la carretera. El sonido de unas esquilas me llega tenue, casi como una débil hebra sonora. Los ruidos se alejan, difuminándose en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero soy parte de las nubes y del cielo, mecido suavemente dentro de la inmensidad y abstraído en pensamientos inconexos y sensuales. Una ligera brisa me transporta sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón.
Pasado un tiempo indeterminado me incorporo, apoyándome sobre uno de mis codos y cambio el azul y blanco por el verde de los prados. Sobre el arroyo, allá por el charco de Tía Espina, se ha levantado una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas y ahonda y profundiza la pequeña cañada cercana a la Cantera, borrando sus límites verdes que van tornándose pardos, pues la tarde declina. Por uno de los caminos de regreso de la fuente del Horno diviso a una mujer que porta dos cántaros: uno en el cuadril, otro en la cabeza sobre una rosquilla de paño con forma de corona circular que le amortigua el peso y de la mano contraria cuelga un botijo. En el pilar de la fuente abrevan dos mulas y una burra, mientras su dueño, con la mirada perdida en el agua, fuma parsimoniosamente montado en ella.
Los labriegos regresan por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias que, con andar cansino, buscan el cobijo y el calor de las cuadras.
Refresca. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones del pueblo, que tiene encendidas sus luces mortecinas. Por el camino me cruzo con una mujer a la que no reconozco porque se tapa su cabeza y su cara con un manto negro. Se dirige a rezar al Santo. La silueta de un hombre por lo alto del cerro Gamo, con sus perros y una cántara de agua, se recorta sobre el fondo rojo del poniente.
Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. Venus ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que me llega lánguido desde el campanario de la torre.
La costumbre de concentrarse en la plaza para formalizar los contratos verbales de trabajo se remonta en España al siglo XIV. En el año 1351 en un Ordenamiento de la ciudad de Madrid se establecía la Plaza Mayor como lugar de contratación ya que la movilidad de la mano de obra representaba un peligro para artesanos establecidos y autoridades. Era una forma de facilitar el contrato y de controlarlos por parte de la administración. Se regulaban así ciertos oficios gremiales.
La plaza de Ahillones, como lugar de contratación de jornaleros, se estable primero en las cuatro esquinas, en la calle del Cristo, donde tenía el bar Arturo y hoy es discoteca. Después, detrás de la iglesia, en el que fue bar de Laureano y hoy es casa y autoservicio de José González.
En el tiempo al que me refiero ahora, desde los años cincuenta hasta comienzos de la etapa democrática, la contratación verbal en la plaza queda circunscrita fundamentalmente a los jornaleros agrícolas y de estos a los que no son contratados por parentesco, amistad o conocimiento de años anteriores, que no tienen necesidad de acudir a la plaza.
El uso de la plaza como lugar de encuentro cobra especial relevancia en las épocas en que las faenas agrícolas demandan mano de obra más numerosa: verdeo, aceituna del aceite, escarda, siembra y recolección de cereales, arranque de garbanzos…
Fuera de estos tiempos la plaza registra poca actividad de contratación, pero los braceros siguen acudiendo allí. Es lo único que hay y acaso puede caer algún trabajo ocasional. Los inviernos y otoños lluviosos son temporadas en que escasea el trabajo y aumentan las penurias de los que dependen exclusivamente de sus brazos. Por estos años, sesenta y setenta, poco trabajo se oferta por los Ayuntamientos y otras instituciones públicas. No existe el empleo comunitario tal como lo conocimos después ni los subsidios por desempleo.
Antes del amanecer van llegando los braceros en traje de faena. El humo del cigarro y el frío de la mañana envuelven la zozobra y la desesperanza del que poco tiene y lo que necesita depende de la voluntad de los demás. Acuden al mercado del trabajo cada mañana a ofrecer su destreza y la fuerza de sus brazos al olivo y la besana. La oferta y la demanda pura y dura. Necesito a tres y escojo a los que considero más idóneos. Nada que objetar. ¡Buenos días! Una copa de aguardiente y el café. La mañana está fresquita, el aire se fue arriba. A ver, para el tiempo que estamos…es lo que se espera…
Latiguillos y tópicos que enmascaran la ansiedad de todos, después el escepticismo de otros y al final la humillación de unos pocos.
La mirada de reojo hacia la puerta cuando entra alguien. Todos saben quienes pueden venir a contratar y cuando entra uno de ellos las voces de la conversación se aminoran y se aguza el oído. El contratante busca con la mirada, bien a su hombre de confianza, que le servirá de enlace o directamente se dirige a los que quiere que vayan con él a trabajar.
Si se llega a formar la cuadrilla el pacto con el patrón se sella con la invitación a una copa de aguardiente.
Ultimado el contrato verbal cada uno se dirige a su casa para echar la merienda y después dirigirse al lugar concertado para ir al tajo. El bar se va quedando casi solo. Algunos no van con nadie porque nadie los buscó. Beben quizá otra copa de aguardiente o quizás algunas más para echarle un poco de valor cuando lleguen a casa sin poder llevar el jornal que tanta falta hace. Así un día y otro día. Tal vez con la aceituna les den algunos jornales en las casas grandes. Mientras tanto no tienen valor de mirar a los ojos al tabernero al que probablemente deben algo ni a los de los que se encuentran por la calle de regreso de la plaza ni a sus hijos que, ignorantes aún de la crueldad de la vida, se les abrazan gozosos cuando los ven llegar.
Mañana volverán a subir o bajar los jornaleros a la plaza con su traje de faena, su cigarro y su esperanza envueltos en el frío gris de la mañana. Las mujeres esperarán a sus maridos mientras se afanan en el trajín de cada día. Por la forma de entrar saben si ha habido suerte. Se mirarán un instante y sin palabras habrá habido una pregunta y una respuesta.