Desidia.

“¡Que la vida se tome la pena de matarme,

ya que yo no me tomo la pena de vivir!…”
(Manuel Machado)

flojillo

Con  la abulia metida  en los  bolsillos

van del aburrimiento a los hastíos

arrastrando la inercia de sus días

según caliente el sol de temporada.

Del  frescor de la  umbría

al  amparo invernal  de las   solanas.

Bostezo interminable que no cierra

la boca siempre abierta a la  desgana.

Si les valiera,

en el   postrer momento elegirían

que en lugar de morirse los mataran.

 

 

Bodas

The-Village-Wedding-1B5471

(“Boda en el pueblo”, Sir Luke Fildes)

Las  invitaciones   para las bodas las hacían  los padres de los contrayentes visitando a los elegidos   con  bastante  antelación.  La noche anterior al enlace pasaba de nuevo  algún familiar  para comunicar la hora exacta de la ceremonia. Si era una mocita soltera  pasarían  a recogerla para que no fuera sola. 

El día de la boda cada invitado acudía a la casa correspondiente. El novio con su séquito y del brazo de la madrina  se dirigía a donde estaba la novia. Allí se juntaban los dos grupos y enfilaban  hacia la iglesia con la novia y el padrino encabezando la comitiva. Al aire repiques de campanas y en las esquinas curiosos.

Las comidas y libaciones   se realizaban en las casas de las  respectivas familias. Primero en la de la novia y después en la del novio.

Un familiar femenino repartía perrunillas, magdalenas y “mimos” (pequeños merengues). Detrás pasaba un varón con la bandeja, las copas y la botella de aguardiente.  A cada pasada se le llamaba mano y la importancia de la boda se calificaba por  su número. Al empezar la ronda voceaban: “Esta  por parte de la madrina, esta por parte del padrino…”

Los repartidores tenían un centro de logística que solía ser la cocina y de allí salían para el reparto. A medida que avanzaba el agasajo aumentaba la bulla y el melote. Se usaban las mismas copas,  que se llenaban  hasta rebosar cada vez que se vaciaban.

Los niños ajenos al convite  esperaban en la puerta a que algún conocido les diera un dulce, siempre que el donante ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunas dulzainas en un pañuelo o en el bolso para familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

Los jóvenes jugaban y bailaban en corros.

“¿Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…?” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

tumblr_o3qls0XpwF1qfcut3o1_1280

“La gallina ciega”, Francisco de Goya.

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja. Iban saliendo por invitación de la pareja  anterior al centro del corro. El varón invitaba a una hembra  y ella a un varón. Un lenguaje de preferencias que  no pasaba desapercibido a quienes presentían noviazgos. Con las manos al cuadril y enfrente uno del otro movían la cintura alternativamente a derecha e izquierda al son de las coplas, cogiéndose las manos al cruzarse en el centro.

Al día siguiente era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. ¡Vaya horitas! Allí  invitaban a dulces  y aguardiente de nuevo. También agasajaban  a los vecinos a cuyas casas se dirigían los flamantes esposos.

Ese día había baile durante toda la jornada.

Al llegar la noche se dejaba entrar  a los que no estaban invitados, pero  debían abandonar el baile cuando los músicos entonaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los de la boda.

 Mucho han cambiado los usos  y costumbres desde entonces. Ahora las invitaciones llevan un  número de cuenta bancaria y  los banquetes son pantagruélicos  derroches  que dejan las arcas en tenguerengue. 

Refugio

Una-mujer-camina-por-la-orilla-del-mar-al-atardecer
Navego  en ese mar de ondulaciones
que es tu cuerpo
para  encontrarte en el lado oculto del deseo.
Voy de  los sobresalientes  oteros
a las oscuras   simas,
cegado  el rumbo  por la deslumbrante luz
de los faros de tus ojos.
Acogedora  isla  donde, náufrago,
encuentro, en medio  de la tempestad, refugio,
exhausto de  gozo,  hasta  el estremecimiento.
 

Velatorios

 blogger-image--746234360
Hasta no hace mucho tiempo a los muertos se les velaba en sus casas. Y si era posible que el enfermo terminal muriera  en la cama donde  pasó tantas horas de su vida, unas buenas, otras cavilando y otras malas. Una leve satisfacción ante  lo irremediable.
 Era  profundamente emotiva la salida  hacia la eternidad  en el ataúd llevado por amigos y parientes   por la puerta que   cruzó tantas veces   cuando vivir  era afán y rutina de plácidos días. Momento que exteriorizaba el dolor y el llanto.
 Cuando empecé a dar pésames y asistir a cumplimientos  para iniciarme en los ritos y costumbres que te introducen en la sociedad adulta recuerdo que entraba en las casas  mirando de reojo al lugar donde tenían al cadáver con esa curiosidad morbosa que atrae y atemoriza. Mis primeras imágenes  son las llamas de las velas lanzando sombras a las paredes  de una habitación en penumbra, las manos cruzadas en el pecho del difunto  y el rezo del rosario musitado por  mujeres enlutadas.  Leía yo por aquellos tiempos a Bécquer: “La luz que en un vaso/ardía en el suelo, /al muro arrojaba/la sombra del lecho; /y entre aquella sombra/veíase a intervalos/dibujarse rígida /la forma del cuerpo”. Después, claro, llegaban las pesadillas.
Jose_Maria_Lopez_Mezquita_Velatorio_web
(El velatorio, de José María López Mezquida)
 Los vecinos desempeñaban un papel importante en  estos momentos de dolor y desconcierto que supone la muerte. Acarreaban sillas de sus casas  y se encargaban de los trámites primeros, como avisar al cura para que diera la señal, ese toque de campanas que saca a las puertas de las casas a la gente preguntando por la identidad del fallecido.
 Para  los hombres  que iban a manifestar sus condolencias  se reservaba una parte de la casa, generalmente al final de la misma, próxima al  corral y otra más, cerca de la entrada, para las mujeres.  Siendo la muerte un suceso triste siempre no eran  iguales los velatorios cuando se moría una persona joven, donde el silencio se corta,  que cuando era una persona  mayor con la vida andada,  en que hay más conformidad y relajación.
 El tiempo de permanencia en las casas de los que iban a dar el pésame y a cumplir dependía del grado de parentesco y  amistad. Pasaban la noche entera los familiares,  amigos  más allegados  y los vecinos más cercanos. Los hombres fumaban sin descanso. Se ofrecía un cigarro y se aceptaban los  de los demás. Y se hablaba de todo, referencias del muerto y temas  que caían a pelo. Cuántas cosas curiosas  escuché  en las largas noches de los duelos sobre la vida en el campo, los amores de mozos, las riñas por celos…
 Las vecinas  se encargaban de preparar la comida para los dolientes. Trajinaban  de unas casas a otras y concertaban el menú y la participación de cada una de ellas.  Cocinaban en sus domicilios y traían la comida.  Hacían una lista con los nombres de las que habían colaborado  y de aquellas que querían participar en los costos para entregarla a los deudos del difunto.Costumbre, la del prorrateo de los costos, que permanece.

La feria

 botijero

Cuando venía el  botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente  en unas angarillas especiales hechas  de palos de retama y rellenas de pasto, nos compraban una alcancía.  

 Desde ese momento  casi  todo el dinero que nos daban  iba a parar al fondo de aquella hucha ventruda. Bien que nos recordaban  la finalidad de las dádivas: “Eso para la feria”

 Por su ranura metíamos las monedas y los billetes, que entonces los había también de peseta, de dos pesetas y de duros,  o sea, de cinco pesetas.

A veces,  a escondidas de nuestros padres, poníamos la alcancía boca abajo y hurgando con un cuchillo lográbamos rescatar algunas monedas para dispendios no previstos o antojos.  No  era conveniente repetir  muchas veces esta acción porque corríamos el riesgo de ser sorprendidos  o que  notasen  la merma de peso.

broken_piggy_bank

 Con un martillo y en presencia de nuestros padres procedíamos  el día de la víspera al ritual de  romper la hucha. Las monedas y billetes quedaban sobre la mesa como un maná salido de las entrañas rojas en lugar de llovido del cielo. Nos aleccionaban de la importancia del ahorro: poco a poco se junta mucho, pero nosotros sólo pensábamos en  montarnos  en las “cunitas”, comprar bastones de caramelos, jugar a la ruleta de puntas, comer turrón y golosinas, tirar con las escopeta de plomo en el tiro pichón  y adquirir “restallaeras”, que eran como grandes cerillos de fósforo,  uñas rojas pegadas en cartón y que al frotarlas sobre el suelo chisporroteaban con estruendo. Los más osados las encerraban  en el hueco de sus  dos manos  y moviéndolas semejaban el cacareo de un gallo ronco. Aquella vorágine dilapidadora  que nuestras mentes ilusionadas  proyectaban sufría la frenada y el encauzamiento que el sentido común de nuestros padres imponía De lo contrario las ferias hubiesen durado  un día, completo y  pleno, pero rematado con cólicos, mareos y ruina total. El dinero es vuestro. Ahí está.  Nosotros os lo iremos dando poco a poco  cada día de feria.

apunte inmaculadamartín

 (Apunte de Inmaculada Martín)

En las casas todo estaba preparado para esos  días. En muchas de ellas  el lebrillo con carne  de guarrito en adobo tapado con un trapo blanco y  una gran fuente de escabeche con  gallo de corral, comidas  propias  para  la anarquía de horarios y la disparidad de  regresos de los moradores. 

 El melón más grande, la sandía más oronda y el gallo mejor criado se reservaban para entregarlo de donativo  al Ramo, tradición de Ahillones que perdura y que consiste  en un petitorio casa por casa acompañado de banda de música.

  Al día siguiente se celebraba, y se sigue celebrando, la subasta de todo lo recogido, menos el grano, que se vende. Borregos, guarros, botellas de vino, macetas,  jamones, cuadros, melones sandías, labores artesanales…   Antes se hacían lotes y se pujaba por ellos.  Ahora se compran cartas de la baraja  y le toca, con la gente formando corro, al que le corresponde el siete de espadas. Eso es para verlo.

Linde por medio

divorcio

¿Cuándo fue  imposible el regreso al punto

de partida  que hacía  más penosa

la vuelta que seguir hasta la orilla

opuesta  conociendo que la huida

cerraba  para siempre las cancelas?

¿Por qué no llegó el bote salvavidas

de una palabra a  tiempo, de algún gesto

que evitara  el naufragio presentido?

Como  desconocidos solitarios,

dentro de sus corazas reducidos,

viven  ajenos,   uno junto al otro,

cada cual por su lado a sus tareas,

ideando  quimeras que completen

la orfandad del vacío en compañía.

 

Felipe Trigo

trigo

En el capítulo VII del “El  Médico Rural”, Esteban, el protagonista, en un momento de abatimiento mientras estaba una tarde de caza “meditaba que él podía quitarse una bota, trabarse a un dedo del pie y al gatillo del arma la goma del estuche, poner la barba sobre la boca del cañón…, y… ¡dormir, dormir…, hartarse de dormir en un descanso para siempre!

Pero seguía inmóvil, allí,  al lado de la peña…, puesto ya el sol y templando el infeliz los fuegos de su fiebre con el frío del aire y de la lluvia que empezaba con la noche”

Esta descripción novelesca tiene su fatal realización en la vida real de Felipe Trigo el 2 de septiembre de 1916 cuando pone voluntariamente fin a su vida.

Cincuenta y dos años antes, un 13 de febrero de 1864, nace en Villanueva de la Serena nuestro protagonista. Hijo del ingeniero D. Felipe Trigo y de Dª Isabel Sánchez Mazo. Ésta había aportado al matrimonio una mediana herencia familiar de cuyas rentas tendrían que vivir, no con pocas dificultades, él y dos hermanas más tras la temprana muerte de su padre ocurrida cuando Felipe tenía cinco años.

Felipe Trigo es  un niño nervioso, espigado, muy apegado a su madre y a su hermana Julia, lleno de temores, piadoso e hipersensible.

Aparte de la orfandad, uno de los recuerdos de su infancia que más perdurará en su memoria fue la frustración que le produjo el tipo de educación que había recibido y que aquella sociedad pacata y ancestral imponía a los niños en aras de un fin ultraterreno, olvidándose de formar ciudadanos para el mundo. “Nací en Europa; y siguiendo las costumbres de mi patria sabia y grande se me reató entre fajos y mantillas, se me hurtó del aire y de la luz, a pretexto de que pudiera constiparme, y se me hizo respirar sahumerios de alhucema.

Al año ya me había hecho entablar pavorosas relaciones con el coco; y hasta los cinco fuéronme entenebreciendo la existencia por medio de diablos y brujas y trasgos y fantasmas y asesinos con toda clase de espantos a la muerte. Enviáronme a una escuela oscura y triste, donde a mí y a otros treinta muchachos nos hacían cantar nueve horas cada día los carteles y la salve. Mientras tanto los pájaros volaban al sol de los cielos, yo niño aspirante a hombre, a rey de la creación tenía que vivir considerando siempre mi destino…de ultratumba.”

 elperiodico

En  “Los andamios” cuenta su aprendizaje de fumador:

”Mis compañeros de latín se burlaban de mí porque no fumaba. Resolví, pues, gastar diariamente dos cuartos de pitillos, que luego consumía seguidos tras un cañón de la muralla. ¡Creí morirme! Creí en mis tremendas borracheras, arrojar cien veces las entrañas por la boca… ¡Pero fumé! Casi arrojar las entrañas por la boca. Eso me costó el primer acto heroico de mi adaptación social”

 “En camisa rosa” nos cuenta que a los once años tiene ya su primera experiencia sexual con una prostituta, “víctima de una sociedad cuyo fundamento moral es la aparente respetabilidad a una norma establecida y que, en tanto se preocupa de reservar sus castas señoritas para el matrimonio, deja que los jóvenes varones se ejerciten en el amor acudiendo a los prostíbulos o con las propias criadas de la casa”. El sentido de la frustración que provocaban estas prematuras relaciones sexuales y los efectos negativos que él mismo tuvo que padecer constituyen el motivo argumental de “Reveladoras” y “Los invencibles”, así como de “En la carrera” y “El médico rural”, donde nos cuenta su propia historia afectiva como adolescente.

Ya a los dieciséis años se manifiestan sus inclinaciones literarias fundando un periódico en Badajoz. En su novela autobiográfica “En camisa rosa” nos habla del alquiler, junto con otros amigos, de una habitación para sede de redacción de un proyecto de revista y de la “Sociedad Vinícola”, nombre que indica la afición al morapio del grupo de amigos.

A esa misma edad marcha a Madrid para estudiar Medicina en el Hospital de San Carlos. Allí se ve envuelto en un nuevo asunto de faldas que le acarrea no pocos problemas. Según nos cuenta en “La clave”, se trata de una relación mantenida con la mujer de un pariente suyo por lo que su familia le retira  la ayuda económica para permanecer en Madrid.

En Madrid también trata de hacer periodismo y entra en la redacción de un periódico, pero los veteranos toman a chufla al provinciano imberbe que aparee por allí con el encogimiento de cualquier principiante. Cuando llegan  las vacaciones regresa al pueblo dolido por las vejaciones injustas que había sufrido.

Continúa, no obstante, sus estudios, y poco después, sin haber terminado aún la carrera, contrae matrimonio con una compañera de clase, Consuelo  Seco de Luna (familiar de Roso de Luna, conocido como el “Mago Rojo de Logrosán”), joven inteligente que le ayuda a terminar la carrera y doctorarse a los veintitrés años.

Comienza a ejercer su profesión en Trujillanos,  pueblo próximo a Mérida, donde el joven médico sufre las dificultades propias de un profesional honesto, pero con poca experiencia, y las incomodidades y recelos de un pueblo mísero y atrasado.

Poco después se traslada a Valverde de Mérida donde sus ingresos económicos van en aumento, pero también sus ahogos y afanes. En “El médico rural” nos relata su calvario en esta época. Sus necesidades, inquietudes, ambiciones, encuentran gran dificultad para desarrollarse  en aquel medio de estrecheces, mezquindades e insidias.

Desilusionado muy pronto y cansado de los inconvenientes que suponía el ejercicio de la medicina rural, consigue aprobar unas oposiciones a Sanidad Militar y es destinado a Sevilla. Desde allí colabora  en la prensa madrileña (EL Globo, El Heraldo, El Nacional,  El Imperial, El Liberal… e incluso publica su primer libro: “Etiología Moral” (Psicomecánica) en 1891, compuesto por una serie de artículos doctrinarios que aparecen  previamente en El Globo. Dirige también  el semanario “Sevilla en broma”, del que sólo salen seis números.

Los artículos de Felipe Trigo son combativos, polémicos y, generalmente, demuestran una indudable agilidad periodística. En uno de ellos, “Literatura Meseses” arremete contra los señoritos literatos de su tiempo, llamándolos “polemistas de café barnizados de enciclopedia en la epidermis por la lectura de periódicos”.

En Sevilla aparece también el Felipe Trigo autor teatral, aunque a esta faceta le concedió poca importancia. Romea le  estrenó en el Teatro San Fernando “La prima de mi mujer”, juguete cómico en un acto, que pasó con cierto éxito. Sus otras dos obras teatrales son “Trata de blanca” y “La eterna víctima”,

En 1892 es destinado a la fábrica de cañones de Trubia, (Oviedo), en cuyo ambiente industrializado va  a situar una de sus más logradas novelas: “Alma en los labios”. Poco tiempo permanece  en tierras asturianas, puesto que por exigencias de un negocio familiar en Mindanao decide alistarse como voluntario para ir a Filipinas. En “Del frío al fuego” nos relata las impresiones de la travesía.

jarrapellejos-blu-ray-l_cover

Durante su estancia en Manila vuelve al periodismo. Es corresponsal y redactor del “Diario de Manila”. Hace un periodismo de combate, de tal vigor, de tan certera puntería y tanta audacia que tuvo que ser reprendido por sus jefes y  trasladado a Iligan (Mindanao).

Presta sus servicios en un destacamento de presidiarios tagalos. Los trescientos cincuenta prisioneros se amotinan una noche,  matan a casi todos sus guardianes y huyen al bosque después de desvalijar  el campamento. A Felipe Trigo lo dejan por muerto con siete machetazos, uno le parte  el brazo al querer librarse de un golpe en la cabeza, otro le destroza una mano, un tajo en la corva, y un tiro le roza la sien. No obstante, logra llegar  a Iligan e informa del suceso, aunque en la fuga hubo de emplear seis horas, una noche entera, para recorrer un kilómetro. Todo ello será  relatado en su  novela “Las ingenuas”.

Tarda en recuperarse de sus heridas y sufre frecuentes delirios, tanto en Manila, donde es trasladado, como en el largo viaje de vuelta a España, a donde regresa como mutilado de guerra con el grado de teniente coronel.

En Madrid continúa su delicado estado de salud (psíquico y somático) . Se convierte en un hombre público famoso; incluso la reina María Cristina le honra con su amistad. Numerosos periódicos glosan su hazaña de  Filipinas y es propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando, aunque no llegan a concedérsela. Publica unos artículos defendiendo la actuación del general Blanco en Filipinas, que levantan una intensa polémica, y entre réplicas y contrarréplicas, el novelista aumenta su fama y sus enemigos.

Tras ser considerado como un auténtico héroe por la prensa del momento y rechazar el gobierno de la isla de Cuba que le había ofrecido Cánovas (según testimonio de  su hija Consuelo), se retira a  Mérida: “Voy a cambiar mi papel de héroe de opereta bufa por el mejor de escritor”.

trigo1

En Mérida ejerce la medicina con éxito: “A éste no lo cura ya ni don Felipe”, se decía por aquellas tierras. Padre ya de cuatro muchachos, emplea su tiempo libre en educarlos durante largos paseos por el campo. El “Colegio de Trigo”, dicen los bromistas al verlo pasar con sus hijos a la escuela aquella al aire libre.

Para eludir los muchos compromisos de su nutrida clientela, atraída por el afectuoso trato y por su fama de buen médico, tiene que trasladar al sótano de su casa la mesa, las cuartillas y el tintero.

Dos años tarda en la redacción de su primera novela, “Las ingenuas”, publicada en dos tomos en 1901. El éxito es enorme. Un editor emeritense amigo suyo le propone imprimir la obra a cambio de repartir las ganancias, pero tiene miedo de que el negocio fracase y Felipe Trigo le compra la edición por quinientas pesetas. Mal negocio hace el editor, pues Trigo gana cinco mil pesetas con aquella edición. Según Cejador, el total de las ganancias por esta sola novela llegó a unas cien mil pesetas y su renta de derechos de autor, en los años diez  es de unas sesenta mil pesetas anuales. El éxito editorial es enorme para la época.

En julio de 1902 publica en “El Liberal” dos artículos sobre “El crimen de Don Benito”.

Alentado por este éxito publica después “La sed de amar” (1903), donde recoge también sus experiencias vividas en Mindanao. Según González Blanco, con esta obra se inicia una nueva etapa en su producción literaria, pues “si bien Las Ingenuas le es superior como vestigio de la novela realista, en “La sed de amar”, Trigo marca un género nuevo, rama desgajada del frondoso tronco de la novela realista: la novela erótica”. Preparó “Socialismo Individualista”, libro de doctrina en el que había de dar su visión general ante los problemas fundamentales del conocer, del sentir, del gobernar. Es la clave ideológica de sus novelas. Él nos dice:

“Este no es un libro de propaganda, sino de observación indiferente, es preciso seguir hasta el fin de la lógica, aún a trueque de indignar, por un lado  a los socialistas, que quieren presentar al socialismo como una especie de fiera amansada y dócil, capaz de someterse a cuanto no sea iniquidad económica, y por otro, a los prejuicios sentimentales de todos los que querrían estereotipar el porvenir sobre el modelo actual de las costumbres.”

Con “Alma en los labios” (1905),  vino a dar el golpe de gracia: un atrevimiento semejante en ideas no se había visto nunca en las novelas españolas.

En 1905 se traslada a Madrid para dedicarse de lleno a la literatura. Es consciente de su fama y de que la venta de sus novelas le permite una vida decorosa. Inmediatamente publica dos novelas cortas: “Reveladoras” en el Cuento Semanal seguida de “La Altísima”  y “La bruta”

Por estos años Felipe Trigo se convierte en uno de los autores mas leídos del momento y con más honda repercusión en los ambientes literarios madrileños de principios de siglo.  Se hace unas tarjetas postales con la inscripción  Escritores Ilustres. Serie A. Él se incluye con el  número dos, inmediatamente detrás de Cervantes. Ni hay tal serie ni más editor que el propio interesado. Pero estos procedimientos, de los que él mismo se ríe, no trascienden a la composición de sus obras, siempre hechas con honradez.

Manuel Abril (Madrid 1884-1946, poeta, autor dramático y crítico de literatura y arte) nos describe al Trigo de entonces con las siguientes palabras: “Era de trato encantador. Hombre que escribe, en efecto, no literato, se hallaba uno a su lado libremente, en presencia de una persona afable, generosa, cordial, constantemente llana”.

También escribe por entonces  prólogos para obras de gente novel que le comprometía. Aprovecha en ellos la ocasión para divertirse o polemizar. Así en uno se incluye entre los médicos “insignes” y sale del revuelo esperado aclarando: “insigne no quiere decir sino poseedor de un signo distintivo,  y yo tengo una mano anquilosada y un balazo en la sien: dos signos distintivos.”

felipe5

(En esta mesa redonda celebrada en Villanueva de la Serena Tomás Martín Tamayo aportó algunos datos sobre el suicidio de Felipe Trigo)

En Madrid trata a los literatos más famosos de la época: Benavente, Los Quintero, Pardo Bazán, Unamuno, Valle Inclán…

Las opiniones de estos y otros escritores sobre la obra de Trigo son dispares. Así, mientras la escritora gallega dice que “es el único entre los novelistas españoles que profundiza en el estudio y análisis de la pasión”, Valle Inclán le dedica alguna que otra frase irónica, y Unamuno al que Trigo llamaba “mi adorado y cordial amigo-enemigo” le escribe una carta en los siguientes términos: “En el fondo no me enojan sus ideas, como usted me dice que le enojan las mías; me apenan. Y me apenan porque las veo compartidas y preveo que ese diluvio de sensualidad puede incapacitar a nuestro pueblo (si no se corta como se cortará) para la alta obra de la cultura.”

Otra de sus obsesiones son los negocios. Enamorado de la acción y del triunfo de la acción, no se resigna a ser  un intelectual, aunque siempre se le nota la tendencia a considerar el negocio en su doble vertiente industrial y social. Se dice que tanto como ganar dinero le seduce ensayar una organización colectiva. Así, en 1911, después de haber publicado, entre otras, las obras: “Sor Demonio”, “La de los ojos color uva”,” La clave” y “Así paga el diablo” viaja a París para descansar ya que su  estado de salud se resquebraja, sufriendo frecuentes estados de neurastenia. Durante esta estancia en París la casa editorial Michaud le ofrece la dirección de un periódico que no se llega a editar nunca por dificultades de tipo económico. Regresa a España, además de con una lindísima maniquí, con un señor que había sido aviador y gestiona ahora la explotación de un invento industrial: un fundente mecánico para la soldadura autógena.

Su mal se acentúa y cae en un profundo abatimiento. Le cansa escribir, aunque no de querer escribir. Es la neurastenia, el achaque de los hombres de acción, “Y Trigo tenía que padecer forzosamente aquella enfermedad, por razones fisiológicas, morales y hasta metafísicas”, como dijo Manuel Abril.

Posteriormente decide  viajar  a Buenos Aires para recuperarse, donde es recibido como un auténtico ídolo.

trigo4

Entre 1908 y 1909 publica seis novelas. Teniendo en cuenta que el número de ejemplares de cada edición sobrepasa con mucho a los lanzados por escritores consagrados y que el precio de la venta es también algo superior al de las novelas de otros autores, se comprende que Felipe Trigo logre hacer una fortuna con sus libros y que sólo Blasco Ibáñez llegue a sobrepasar. El Propio Felipe Trigo declara en 1916 que para entonces “Las ingenuas” le llevan producidas unas cien mil pesetas. Estos ingresos le permiten vivir con cierta holgura económica  y le sirven para rodear a su persona de cierto halo de misterio.

De nuevo en España publica “El médico rural” (1912), cae de nuevo en el abatimiento y se va al campo, donde publica “Los Abismos”.

 “Tengo en la boca un gusto a vida nueva”, escribe al volver a Madrid y recordar los campos extremeños. Se traslada a la Ciudad Lineal y en su chalet “Villa Luisiana” escribe “Jarrapellejos” (1914), novela   llevada al cine por Antonio Jiménez Rico, y “La crisis de la civilización”(1915). En el prólogo de Jarrapellejos manifiesta su total simpatía por D. Melquiades Álvarez y su Partido Reformista, que éste había fundado junto con Azcárate en 1912. Hay que destacar la evolución ideológica del autor desde el marxismo, pasando por el socialismo revisionista y llegando al liberalismo. Dice en el prólogo citado: “Y yo, monárquico como usted, porque creo que la autoridad y el orden de una monarquía democrática , con sus prestigios tradicionales, puede ser el mejor puente de lo actual al porvenir (Letamendi afirmó: “El progreso no es un tren que corre, sino un árbol que crece); yo, que sin embargo, voto a Pablo Iglesias, yo individualista, socialista, monárquico…, un poco de todo…, tan dolorosamente aficionado a los toros como a Wagner…; yo, desde la majestad  mi independencia de hombre que escribe ( no de artista ni de novelista, dejemos eso para los del castillo de marfil), en nombre de la Vida, que no es de marfil, sino de angélica bestialidad, de carne y hueso, le digo a Vd.: vea si, en dejar pasado a la historia bárbara de España, el asunto de este libro no está todo el más urgente empeño de gobierno digno de la majestad de un gobernante”

Vuelve a su Extremadura natal intentando recuperarse de sus frecuentes achaques de salud. Pasan tres años sin apenas vérsele por Madrid. Se dedica a la carpintería y a la fotografía. Después, de sopetón,  surge Trigo por todas partes. Sin embargo, la neurastenia persiste, aunque esto no le impide seguir escribiendo y elaborando proyectos para el futuro. Entre estos, parece que los más queridos son la creación de una editorial y la edición de un periódico,  “La Vida”, en el que tienen confirmada su participación Pardo Bazán, Melquiades Álvarez, Lerroux,  Benlliure y Unamuno y Cajal en la sección científica, con la finalidad primordial de retribuir con holgura a sus colaboradores.

En las treguas que le deja la enfermedad recibe en su chalet “Villa Luisiana” a numerosos amigos con gran afabilidad.

trigo3

 Tiene  pensado escribir una serie seis de novelas autobiográficas: “Las sonatas del diablo”, de la que sólo ve la luz la  primera, “En camisa rosa”, que escribe en quince días.

Le obsesiona perder la razón y arrastrar a los suyos a una situación imprevisible. Según su hija Luisa, medita  durante algún tiempo la posibilidad de suicidarse.

Este pensamiento lo concreta trágicamente con un pistoletazo el día 2 de septiembre de1916. El suceso no  extraña a los que lo conocen. Manuel Abril, que es sin duda quien mejor sabe todas las claves de la vida de su amigo, opina: “A Felipe Trigo se le impuso por aquellos días el suicidio, no sólo como un alivio y como una sugestión inherente a la enfermedad, sino como un deber…”

 “¿Quién puede ponerse en el lugar de un hombre y saber qué pensaba la mano que agarraba el revólver”?, viene a decir Díez Canedo.

No están aclaradas las causas que lo inducen al suicidio. Algunos alegan motivos económicos, sin embargo la editorial Renacimiento le tiene abierto un crédito incondicional del que sin duda responden  ampliamente los derechos de autor de sus obras.

Sin negar razones de tipo patológico, que existen, (“La neurastenia no es más que la resultante del desequilibrio entre la vida racional natural y la vida social convenientemente natural que están en pugna franca en nuestro tiempo”) no podemos olvidar las abundantes contradicciones a las que se haya sometida su ideología pequeño burguesa y la imposibilidad de que sus ideales reformistas triunfen ante los condicionamientos objetivos y prácticas sociales profundamente arraigadas en la tradición.

Los problemas depresivos de Trigo, agudizados en los últimos años de su vida, crearon en su ánimo una sensación de impotencia y miedo ante la posibilidad de enloquecer, lo que pudo llevarle a tomar la decisión del suicidio, no sólo por lo que en éste encontraba de liberación para sus padecimientos, sino como un auténtico deber de quien había creído ciegamente que el mayor don del hombre era precisamente la Vida, pero siempre que éste fuese capaz de vivir con plenitud y dignidad aquellos gozos que le ofrecían en lo más estrictamente material.

 trigo5

(Villanueva de la Serena)

SU OBRA

OBRA PERIODÍSTICA

Hay que destacar la vocación periodística de Felipe Trigo. Este interés se plasma en la participación de la creación de periódicos nuevos, como el ya mencionado “La Vida” o un periódico local que editaron un grupo de amigos en Badajoz, como en la colaboración en numerosos diarios y revistas, como “Vida Nueva”, “Germinal” y “Revista Nueva”.

Los primeros escritos importantes de Felipe Trigo aparecen en “El Socialista” y son una serie de nueve artículos que llevan el título genérico de “Las plagas sociales” publicados entre el 17 de agosto de 1888 y el 8 de febrero de 1889 en el semanario que dirige Pablo Iglesias con los siguientes títulos: “El bandido”, “El diputado” “El borracho”, “La prostituta”, “La adúltera”, “El periodista”, El maestro de escuela” y “El propietario”.

En todos ellos puede observarse la pasajera filiación de nuestro autor a los principios básicos del marxismo, especialmente en lo concerniente a considerar la existencia del capital privado como causante principal de todos los males sociales. El propio Pablo Iglesias en agosto de 1888 como director del semanario tuvo que defenderlo de una denuncia presentada contra él por las acusaciones que hacía en uno de esos artículos a la farsa parlamentaria de las Cortes Españolas y por sus ataques continuos a la existencia del capital privado como único causante de todos los males sociales.

El Globo” es el periódico en el que colabora a continuación: el 8 de mayo de 1891 publica un artículo de crítica literaria (“Literatura Meneses”)  en el que lanza duros ataques contra la literatura que renunciaba por principio al compromiso social. Anteriormente había publicado en este mismo periódico “Un barreno colosal”, y “La loca” que son sendas crónicas de su Extremadura natal. Con posterioridad, en el mismo medio, publica bajo el epígrafe general de Etiología Moral (Psicomecánica) “El espiritualismo y la ciencia”, “Los individualistas del derecho” y “La educación y el carácter”

Frente al determinismo fatal del capital privado que antes había defendido siguiendo la doctrina marxista y frente a las tesis de los individualistas del Derecho, defiende ya aquí con toda claridad la influencia definitiva que el tipo de educación recibido ejerce como factor más importante de la conducta moral de los individuos.

Entre 1892 y 1897 colabora primero en la prensa local de Sevilla y después en la de Mindanao con algunos artículos de tipo crónica que firma con el seudónimo de “Ravachol”.

En 1897, repatriado ya de Filipinas, inicia una larga colaboración en la prensa madrileña. En su conjunto podríamos encuadrarlos dentro de la abundante literatura regeneradora que por estos años ocupa a todos nuestros escritores. Los artículos más significativos de esta época son:

-Una reseña aparecida en Germinal al libro de Suderman, “El Hogar”, cuya idea central va encaminada a demostrar la conveniencia de armonizar lo que él llama Norma Social a los principios de la naturaleza humana, y no al revés, según era usual en la moral burguesa tradicional.

-“Ecce Homo” , publicado en “El Nacional”, donde hace un breve, pero exhaustivo repaso de la realidad social y económica del país contemplada desde la Cibeles por un joven que fácilmente se puede identificar con Felipe Trigo, y que termina con la militancia activa en un partido revolucionario.

-“Honor Nacional”, publicado en “Vida Nueva”, donde ataca duramente a quienes defienden la declaración de guerra a los Estados Unidos  “por haber manchado nuestro honor nacional”, pero que en cambio dejan la defensa en manos de unos soldados armados con viejas bayonetas.

-“La Toga”, publicado en “Vida Nueva” en el que repite muchos de los conceptos que sobre el tema de la educación había escrito en “Etiología Moral”  y donde equipara la carrera seguida por un criminal a la de un letrado, sólo que por esa diferente educación, el premio del primero es la horca y el del segundo la toga.

-“Decadencias y grandezas”, publicado en “El Naciona”l, es una dura réplica a un artículo de Julio Burell publicado en “El Heraldo” donde se defiende la conveniencia de volver al concepto tradicional de nuestra historia para intentar recuperar nuestras glorias pasadas como único medio de sacar al pueblo español del estado de degeneración en que se encuentra.

-“Vivir en verso”, publicado en “El Nacional” y dirigido contra aquellos que apelan al sortilegio poético de nuestra raza para recuperar nuestra historia perdida, y que Felipe Trigo identifica, no sin cierta razón, con el concepto casticista que generalizarían los de la generación del 98.

“Viejos y nuevos”, publicado en “El Nacional” y arremete en él contra los que defienden el dicho popular de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Defiende él que será la educación la que preparará al pueblo para elegir a los gobernantes que más le convengan.

“La política y la prensa”, publicado en “El Nacional”,  donde defiende la labor de la prensa como reeducadora de los ciudadanos.

“Problemas de la inteligencia”, aparecido en “Germinal”, donde defiende la conveniencia de armonizar la Razón y la Fe para llegar al conocimiento integral de la Verdad.

“Sobre las ruinas”, publicado en “El Liberal”.

“El Emotivismo”, publicado en “Revista Nueva”, donde defiende la importancia de lo emotivo como componente esencial de la novela moderna.

felipe

NOVELAS LARGAS

“Las ingenuas”(1901). La primera edición fue realizada por el propio Trigo con una tirada de quinientos ejemplares que se agotaron en sólo tres meses. En 1916 le lleva producidas a Trigo unas 100.000 pesetas y para 1929 en los libros de contabilidad de la familia se registran ya 16 ediciones.

El motivo argumental básico son las relaciones afectivas extramatrimoniales entre Luciano y Flora, su cuñada, pero en torno a este tema central se van acumulando temas como la educación de la mujer, la moral corrompida de todo un pueblo, el problema colonial o la influencia nefasta del clero.

“La sed de amar”(1903), donde recoge sus experiencia vividas en Mindanao.

 “Del frío al fuego”(1906). Nos muestra cómo una mujer feliz irradia ese sentimiento a todo lo que le rodea.

“La Bruta”(1908). Novela feminista y reivindicativa de libertad efectiva y social para la mujer, encarnada magistralmente en Áurea. Hay también una crítica contra los ambientes intelectuales madrileños de fin de siglo, cuyos héroes de pacotilla pasan el tiempo con discusiones abstractas sobre la Verdad y la Belleza, mientras tratan como brutas a sus esposas y queridas. “La Bruta” fue la primera novela de Trigo  traducida al francés, con una tirada inicial de 60.000 ejemplares.

 “En la carrera”(Un buen chico estudiante en Madrid) (1906). No es sólo la historia sentimental de dos jóvenes que por imperativos familiares se ven abocados a un destino trágico: la prostitución, en el caso de Antonia, o unos estudios de medicina para los que Esteban no siente ningún interés, dos formas distintas de “hacer carrera”; paralela a esta historia y sirviendo al mismo tiempo a su justificación, encontramos también una crítica despiadada contra el concepto tradicional de familia, contra el sistema de enseñanza y contra la corrupción de la sociedad madrileña, cuyos condicionamientos terminan por anular las aspiraciones generosas de unos jóvenes que no pueden decidir libremente por su voluntad.

“La clave”,(1907) “Sí sé por qué”(1916), “Sor Demonio”(1907) y la práctica totalidad de sus novelas cortas se ocupan con preferencia de las diferentes malformaciones que la relación conyugal comporta en el matrimonio burgués convencional. En ellas lo erótico es sólo una manifestación más de una moral tradicional, que en el mejor de los casos, sacrifica todo tipo de relación humanizada entre el hombre y la mujer en aras de un malentendido bienestar material.

“La Altísima”(1907), “Murió de un beso”(1917), “Alma en los labios”(1905). Son las que pueden calificarse con más propiedad de eróticas, con una crítica a los códigos morales vigentes y su sustitución por un nuevo modelo basado en la exaltación consciente de lo sensorial.

El erotismo en las novelas de Felipe Trigo, lejos de identificarse con el fácil hedonismo al que lo adscriben sus detractores, lo sitúa a la cabeza de algunas interpretaciones modernas del problema sexual, e inicia un tratamiento novelesco de la dialéctica de los afectos, cuyo mejor y casi único continuador entre nuestros escritores será Benjamín Arnés (Codo, Zaragoza-1888). Madrid (1949).

La concepción del mundo que subyace en la obra de Felipe Trigo es eminentemente sensualista, pero poniendo especial énfasis en su dimensión racional, con lo cual se convierte en un elemento más de su interpretación global del hombre y de una forma de entender el progreso de la humanidad que supone el avance material, pero también la realización espiritual.

“El médico rural”(1912), “Jarrapellejos” (1914). Lo erótico es un componente de segundo orden. El tema central en los dos casos es un análisis profundo de la vida rural española, controlada por el poder omnímodo de unos caciques, que manteniendo al pueblo en la ignorancia, se erigen ellos en defensores de un orden y una moral para su provecho exclusivo.

“Jarrapellejos” se subtitula “Vida arcaica, feliz e independiente de un español representativo”.

Luis Jarrapellejos está caracterizado por su desfachatez, su amoralidad, su socarronería, su rudeza, su espíritu violento, su orgullo y su audacia. Domina la política comarcal e incluso provincial, con el consentimiento de Madrid. Está arropado por un grupo tan corrupto como él.

 “Cuentos ingenuos” (1911).Contiene: “La niña mimosa”, “Tu llanto y mi risa”, “El oro inglés”, “Paraíso perdido”, “La primera conquista”, “Tempestad”, “Paga anticipada”, “La toga”, “Por ahí”, “El suceso del día”, “Mi prima me odia”, “El recuerdo”, Pruebas de amor”, “Mujeres prácticas”, “Genio y Figura”, “Villa porrilla”, “Luzbel”, Jugar con fuego” y “la receta”.

“En mi castillo de luz” (Diario de un alma bella).(1916). Obra póstuma que incluye  un prólogo del autor y la traducción de un artículo de Pesseux-Richard: “Un novelista español: Felipe Trigo”

trigo6

(Villanueva de la Serena)

NOVELAS CORTAS

“Reveladoras” (1907). Con carácter excepcional, Zamacois, como director de la colección El Cuento Semanal, le rogó a Felipe Trigo que publicase esta novela, ya editada antes, para que diese más prestigio a la colección que entonces se iniciaba.

“El gran simpático”

 “A prueba”

“El cínico”

“Así paga el diablo”

“Las posadas del Amor”

“La de los ojos color de uva”

“Lo irreparable”

“Además del frac”

“A todo honor”

“El papá de las bellezas”

“La sombra”

“El semental”. Archiaristocráticas conquistas españolas del bello Gran Duque vienés Gastón de Beaurepaire

“El sueño de la duquesa”

“Miss Leis”

“El Náufrago”

“EL moralista”

“Los abismos”

“Mi media naranja”

“El domador de demonios”

ESTUDIOS Y ENSAYOS

“Cuatro generales: Blanco, Primo de Rivera, Polavieja, Y Lachambre” (1897).

“La campaña filipina (impresiones de un soldado)”

“Socialismo individualista”(1904)

“El amor en la vida y en los libros (Mi ética y mi estética)(1907).

“La crisis de la civilización. La Guerra Europea”(1915).

COMEDIAS

“La prima de mi mujer”(1893)

“Trata de blancas”(1916)

“La eterna víctima”(1917)

Calcular hoy el número real de ejemplares que llegó a venderse de cada uno de esos títulos es imposible, al haberse perdido los archivos de la Editorial Renacimiento en la que Felipe Trigo publica casi toda su obra. Pero de una revisión de los repertorios de publicaciones españolas de estos años se puede concluir que entre 1908 y 1916 Trigo llega a publicar 32 ediciones de 19 obras diferentes, sin contar las novelas cortas que en ese período de tiempo publica en colecciones. Sólo en los seis meses siguientes a su muerte llegaron a venderse 30.000 ejemplares de sus obras y para 1920, algunas de sus novelas más populares llegan ya a su novena edición. En ese mismo período, Galdós publica 32 ediciones de 32 obras diferentes y Baroja 18 ediciones de otros tantos títulos, por hacer una comparativa con dos de los escritores más consagrados.

Si tenemos en cuenta que cada una de las ediciones de las novelas de Trigo llega a alcanzar tiradas de hasta 10.000 ejemplares y que El Cuento Semanal imprime 60.000 copias de algunas de sus novelas cortas, nos podremos hacer una idea del arraigo que estas obras consiguen  entre el público de su tiempo, sin que su componente erótico sea motivo suficiente para explicar tal éxito; otros autores que también abusaron de la temática erótica no llegaron ni siquiera a aproximarse a este volumen de ventas.

En realidad, más que contar una historia de amor con todas sus crudezas y escabrosidades sexuales que se quiera, las novelas de Trigo lo que pretenden realmente es enfrentar de forma dialéctica dos tipos de moralidad: aquella que es usual en la sociedad de su tiempo y aquella otra que, según él, debe sustituirla, basándose en que, dado el carácter convencional de toda moral social, ésta debe cambiarse cuando así convenga a la mayoría de los individuos y lo exijan las  circunstancias históricas. La aceptación mayoritaria de su obra se basa en que en ella sabe recoger una especie de subconsciente colectivo que busca respuestas éticas adecuadas a una nueva situación histórica y social donde ya no sirven los códigos morales tradicionales  eminentemente represivos para las aspiraciones de goce de la moderna clase media española.

El principio de justicia que debe presidir las relaciones interindividuales en la nueva sociedad, tiene que basarse necesariamente en una relación también más justa entre el hombre y la mujer. Como en la relación hombre-mujer se da la primera y más elemental relación natural de sociabilidad, es lógico pensar que ahí radicaban no pocos de los males del problema social de una sociedad burguesa donde la unión de la pareja obedece casi siempre a leyes mercantilistas. Solucionado entonces el problema sexual, está solucionado en gran parte el problema social. Por aquí es por donde, pensamos, hay que entender el nunca bien definido erotismo de las novelas de Trigo.

 

Canovas-del-Castillo

(D. Antonio Cánovas del Castillo)

MARCO HISTÓRICO

El marco estrictamente político en el que se produce su obra coincide casi plenamente con el periodo en el que permanece en el trono la restaurada Casa de Borbón (1874, comienzo de la Restauración). La teoría restauradora canovista “para restablecer la convivencia entre todos los españoles” después de la experiencia del sexenio revolucionario(1868-1874) viene a demostrar que se trata sólo de una versión renovada de la organización del Estado en la que se siguen manteniendo el mismo sistema de privilegios y las características fundamentales de una sociedad propias del antiguo Régimen.

Su actitud nunca está marcada por el antiindustrialismo, sino que, consciente de las transformaciones que se están produciendo en nuestro país, el progreso material sólo tiene algún sentido si va acompañado de una previa transformación ética de los individuos y de los valores morales de la sociedad tradicional. De lo contrario, ese progreso material es  una conquista de las cosas pero nunca la conquista del hombre en su integridad.

La obra de Felipe Trigo se inicia en un momento en que los valores que inspiran la Restauración están siendo sometidos a una profunda crisis ideológica y estructural cuya primera manifestación violenta se produce ya en el 68 y que en ningún caso son superadas por la aparente “convivencia pacífica entre todos los españoles”.

El descontento de la burguesía liberal no integrada en el sistema  de sectores intelectuales de procedencia pequeño burguesa y la acción directa del incipiente movimiento obrero-recordemos que en 1890 se celebra la 1ª manifestación del 1 de mayo-van a crear un frente de oposición que se va a replantear incluso hasta el propio concepto de España como nación. Hay en todos estos sectores un punto de partida común: el dolor que sienten por el estado de postración de España. En las soluciones propuestas por cada uno de ellos es donde vamos a encontrar profundas diferencias.

felipe4

EL ESTILO PERSONAL DE FELIPE TRIGO

Es indudable que, desde una concepción academicista del uso de la lengua, se pueden encontrar en la forma de escribir de Trigo gran cantidad de construcciones incorrectas, algunas de ellas difícilmente justificables desde la propia lengua hablada que nuestro autor quiere elevar a la categoría de literaria. Encontramos en ocasiones algunas concordancias difícilmente justificables, así como ciertos solecismos (anacoluto o solecismo: Mal uso del lenguaje que hace incurrir en impropiedad sintáctica o semántica: “balones para niños de goma”, “pantalones para hombres lisos”, “se me  cayó”…) o un abuso desmedido de enclíticos (partícula o parte de la oración que se liga con el vocablo precedente, formando con él una sola palabra: “aconséjame” “apropiársemelo”). Este uso tiene sus normas y unas veces es correcto, otras anticuado o en desuso y otras simplemente incorrecto).

Cabe pensar si estos usos sintácticos, morfológicos y léxicos que se salen de las normas establecidas obedecen a un conocimiento deficiente del idioma o son el manejo consciente de las posibilidades lingüísticas con las que pretende crear un estilo narrativo propio. Apoya esta tesis el correctísimo castellano que utiliza Trigo en sus obras no novelescas. Él mismo nos da la clave:

“Quiero expresar así que yo no estimo la corrección en el lenguaje literario, porque en el lenguaje literario debe estar totalmente subordinada la palabra a la idea; y la corrección impone lo opuesto, la subordinación de la idea a la palabra”

Estas palabras apuntan a la reivindicación de un lenguaje literario nuevo que permita reproducir fielmente el proceso emocional de los personajes.

En lo que respecta a la innovación temática, Felipe Trigo está convencido de haber introducido una nueva forma de considerar al hombre como ser emocional, al estudiarlo como un todo orgánico y para que ese estudio de la impresión de ser una “verdad viva” es necesario también expresarse con un lenguaje emocional donde la corrección esté  siempre supeditada a la idea que se quiere  expresar. Para ello nada mejor que “escribir como hablan las gentes”.

En este sentido Benito Pérez Galdós escribe en el prólogo que hizo a la obra  de Pereda “El sabor de la tierruca”:

“Uno de las  mayores dificultades con que tropieza la novela en España consiste en lo poco hecho y trabajado que está el lenguaje literario para asimilar los matices de la conversación corriente. Los oradores y los poetas le sostienen en sus antiguos moldes académicos, defendiéndole de los esfuerzos que hace la conversación para apoderarse de él”.

Mucho tiempo después, Benjamín Jarnés, discípulo aventajado de Ortega, escribe en 1927:

“Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el aliento de la idea”.

O sea, que Felipe Trigo se anticipa de alguna manera a las innovaciones que se atribuyen a novelistas posteriores. Otra cosa es que lo consiga plenamente.

Pero ese ideal de “escribir como hablan las gentes” supone también la negación de la estética realista y la negación de algunas estéticas modernistas de un “estilo artístico”, como la de Azorín, a quien califica de “verbalismo simplista”, o la de Valle-Inclán, caracterizado por Trigo de “un atildado clasicismo”, críticas que coinciden bastante con las que les dirige Baroja.

La máxima aspiración se Felipe Trigo sería:

“Palabras breves, rápidas, bien cortadas, las menos posibles; las  más conocidas, y sobre todo las menos majestuosas. Mi ideal sería poder expresarme con las siete notas del pentagrama, porque la majestuosidad, en el lenguaje como en la música, surgiría en la composición independientemente de las notas”.

Felipe Trigo, lejos de escribir con un estilo descuidado y tosco, tiene siempre una voluntad estilística bien definida que de alguna manera  se anticipa a alguna de las técnicas de la novela contemporánea, como la escritura automática (proceso o resultado de la escritura que no proviene de los pensamientos conscientes de quien escribe. Es una forma de hacer que aflore el subconsciente, dejando fluir los pensamientos sin ninguna coerción moral o social. Como método literario fue defendido y usado principalmente por André Bretón y los surrealistas en la primera mitad del siglo XX,  considerando que de esta forma el yo del poeta se manifiesta libre y sin ataduras) y el monólogo interior.

Podríamos afirmar que el estilo excesivamente retórico y ampuloso que a veces utiliza Trigo es la expresión más adecuada para la defensa de su ideario amoroso en un intento de crear una nueva realidad con los únicos medios de una hábil manipulación del lenguaje. Así para reproducir estados de ánimo semiinconscientes, Felipe Trigo usa, e incluso abusa, el hipérbaton y la elipsis y alterna las frases breves con largos periodos oratorios, procura reproducir el lenguaje coloquial en los diálogos y utiliza un léxico sencillo donde se recogen los términos más usuales, incluso algunos neologismos heterodoxos. A su vez, en ese lenguaje eminentemente connotativo con el que se expresa nuestro autor, es casi inevitable la abundancia de un tipo de adjetivación no siempre necesario.

Como ejemplo este párrafo de “La Altísima”, donde Víctor Trigo ofrece un retrato de su amante ideal:

“La misma que el sangriento clavor incierto y poderoso de linterna astral, lo esfumaba todo en torno, los ojos de Adria, negros, fijos, asombrados y divinamente inmóviles, como toda ella, en el éxtasis de su espanto, siempre nuevo de pasión, absorbían fundido y perdido entero en inmóvil y extática atención el ser del amante, como abismos…como abismos de delicia sobrehumana alrededor de los cuales cantaban: la frente, pureza; fiereza, la deshecha orla negra de cabello; gracias de finura y de bravura, la nariz de anchas ventanas epilépticas; y la boca, menuda, roja, muerte y  vida”.

Adjetivos abundantes y generalmente antepuestos que, como es sabido, sirven en nuestra lengua como epítetos para resaltar una determinada cualidad del sustantivo al que acompañan. Es cierto que párrafos como el anterior han servido para descalificar en su totalidad el estilo de las novelas de Felipe Trigo, pero casi nadie ha reparado en otros logros expresivos dignos de nuestros más cualificados poetas. En “Murió de un beso” leemos este párrafo que bien pudiera haber firmado el propio Machado:

“Desde un claro del monte vieron todavía la magnífica puesta de sol, con efectos de artificio: franjas de nubes rojas paralelas al poniente de azules sombríos y grises humildes en el resto del paisaje…y todo el campo en silencio; lleno de esa angustiosa melancolía del anochecer que ensueña el alma durmiéndola en bellezas infinitas”.

 Sin entrar en más detalles  lo que sí hay que resaltar es el gran esfuerzo creativo de Felipe Trigo para manipular el lenguaje de sus novelas y ponerlo al servicio de una intención comunicativa que no aspira sólo a reproducir un tipo de “realidad externa”, sino, sobre todo, un realidad emocional e intelectual tal y como se produce en su estado originario, antes de pasar por el filtro racional. Para ello Trigo utiliza algunas técnicas todavía no suficientemente depuradas que pretenden mitigar la importancia del narrador como figura interpuesta en la creación de una novela; esas técnicas van desde la forma de carta o el diario, la abundancia del diálogo en detrimento de lo propiamente narrativo, la utilización de la estructura del Bildungsroman o novela del aprendizaje: la historia de una educación, de un irse haciendo un hombre, de las experiencias, sacrificios, aventuras por las que viaja hacia la búsqueda, la conquista de la madurez, una incipiente forma de monólogo interior que supone una voluntad decidida de conseguir el fluir de la conciencia del personaje.

Frente a esta forma de escribir, Trigo utiliza también en otras novelas un estilo que se identifica con la forma de escribir de realistas y naturalistas, aunque en uno y otro caso se entrecruzan y mezclan ambos estilos, según las circunstancias concretas del momento de la narración.

27609861

SUS IDEAS SOBRE LA MUJER

Trigo es consciente de que sus teorías amorosas no pueden ser posibles sin la plena emancipación de la mujer: “Yo veo en el porvenir de la mujer una vida de trabajo completamente igual a la del hombre, una vida de dignidad, de derechos y de deberes absolutamente iguales. El trabajo las redimirá de su ignominiosa esclavitud en las casas de prostitución, o de servir para escarnio de los amos , o de trabajar vejatoriamente en las fábricas o en el río, tejiendo o lavando las ropas de los poetas, y a las más dichosas, las más felices, los ángeles del hogar…, es decir, los ángeles con escoba, con aguja y con un soplillo, de serviles como esclavas domésticas al hombre”.

“Una mujer será libre cuando no necesite que el hombre la mantenga”.

“El trabajo les dará más alma a las mujeres”.

Casi todos los críticos han juzgado favorablemente el sentido liberador y reivindicativo con que Trigo trata a la mujer. Al asociar la emancipación social y política de la mujer a su liberación erótica, se a adelanta en el tiempo a  ideas muy actuales .

felipe-trigo-en-una-foto-del-archivo-de-fernando-delgado

ACTITUD RELIGIOSA

Ni fue un ateo, ni un agnóstico. Su amigo González Blanco afirma que fue “un hombre ávido de fe y de anhelos superiores y aunque murió suicida y por lo tanto fuera del seno de la iglesia, era un creyente suspirante, un místico de voluntad, aunque no hubiese profundizado en los misterios de la religión”

Cuestión distinta es la iglesia como institución humana. Trigo la considera cómplice del injusto sistema social y político vigente en España en  aquella época. Actitud que no difiere mucho de otros autores contemporáneos suyos como Baroja o Blasco Ibáñez, aunque no tan anticlerical como ellos.

Si bien es verdad que hace retratos morales nada edificantes de ciertos sacerdotes, como el don Roque de Jarrapellejos, no es menos cierto que, dentro de los tópicos de la crítica regeneracionista, los sacerdotes rurales que aparecen en otras novelas, como don Luis, párroco de Castellar en “El médico rural”, son hombres con sus virtudes y sus defectos.

Para corroborar lo dicho valga este fragmento de uno de sus artículos incluidos en su obra “La Campaña Filipina”:

“…no tengo más que respeto a toda institución de tradiciones hermosas, como la de los conventos, por ejemplo, aunque me permita discutir, no de la alta misión moral de los frailes, que es cosa del cielo, sino de sus gestiones políticas, cosa terrena e impropia de ellos…”

21652985

(Villanueva de la Serena)

FELIPE TRIGO Y EXTREMADURA

En palabras de Santiago Castelo, prologuista en 1981 de la novela “En la carrera”,  “Felipe Trigo será siempre un escritor de Extremadura…será un novelador de su tierra, teniendo sus obras un trasfondo biográfico, surge presto el paisaje de su niñez perdida, de su mocedad, de sus primeros amores, de sus ilusiones, de sus desventuras primeras…con sus ansias de regeneracionismo”

A Felipe Trigo le hace sufrir aquella Extremadura de caciques y analfabetos, de hambre y de atropello, de envidias y de tristezas y sueña con una Extremadura nueva y por extensión con una España distinta: moderna y culta, despiojada y alegre.

La misma mañana de su suicidio, la añora  como sedante y alivio para su enfermedad: “Tal vez yéndome a Extremadura…

4-novelas-eroticas-el-moralista-la-altisima-los-abismos-el-domador-de-demonios-felipe-trigo-ref2725

CONSIDERACIONES FINALES

El nombre y la obra de Felipe Trigo, cuando no han sido completamente olvidados por la crítica al trazar el panorama de la literatura española contemporánea, se han asociado con un pretendido subgénero novelesco, en cuya valoración, como es fácil suponer, se atiende más a criterios estrictamente temáticos y morales que a los propiamente literarios. El hecho de haberle considerado como el iniciador y principal cultivador en nuestro país de la novela erótica durante los primeros años del siglo XX, entendiendo por tal una forma de hacer novelas con la pornografía fácil por único tema y con fines exclusivamente comerciales, ha supuesto en la práctica el más completo desprecio por una obra que a priori se juzga inmoral y que, dada además su presunta baja calidad artística, convenía evitar su lectura para no herir la sensibilidad de aquella personas que se preciasen de buen gusto. A pesar de algunos intentos recuperadores ( F. C. Sainz de Robles, Mainer, F. García Lara, A.T. Watkins), lo cierto es que la imagen que hoy sigue siendo habitual entre el gran público y no pocos profesionales es la de un individuo que supo hacer negocio con unas obras en las que se trataba de forma desenfadada todo lo relacionado con el sexo.

En la mayoría de los casos Felipe Trigo no pasa de ser considerado como un naturalista extemporáneo, que gracias a una hábil manipulación de la temática erótica, consiguió en su momento un éxito editorial desconocido hasta entonces en nuestras letras, a pesar incluso de su baja calidad artística.

Pero frente a esa total devaluación a que ha llegado la obra del autor extremeño, llama poderosamente la atención el hecho de que algunos ilustres críticos,  contemporáneos suyos y poco sospechosos de fáciles afinidades con ese tipo de novelas, destaquen la maestría de su arte narrativo: “superior en muchos aspectos a la del propio Baroja”(opinión compartida por Pseux-Richard: “Un romancier espagnol: Felipe Trigo” y por Julio Cejador en su “Historia de la lengua y literatura castellanas”). Otros, como Federico Carlos Sáinz de Robles, lo llegan a considerar “como el auténtico maestro de de los novelistas españoles del primer tercio de siglo XX que se interesan principalmente por lo social y que publican sus obras en el tipo de colecciones que se iniciará con El Cuento Semanal”.

Por otra parte y por razones obvias, al término de nuestra guerra civil pesa sobre su obra una auténtica conspiración de silencio que unas veces desde el confesionario, otras desde El Índice de Libros Prohibidos, supone en la práctica un olvido casi total tanto por parte de los libreros como de los encargados de cubrir los fondos de la Biblioteca Nacional, donde sólo a partir de 1980 se inicia una política de reposición de estas y otras novelas que habían sido expoliadas sistemáticamente.

Desde 1901 que publica su primera novela hasta 1916 en que muere, las obras de Felipe Trigo no sólo suponen un caso de escandaloso éxito editorial, sino que generan vivas polémicas entre los críticos que aceptan con muy pocos reparos su forma narrativa y los que la rechazan por inmoral y antiestética. Los primeros ven en ella una nueva forma de hacer novelas y los otros la rechazan por su temática y por su expresión.

Entre estos últimos D. Leopoldo Alas “Clarín:Felipe Trigo es un corruptor de menores y del idioma”. Bien es verdad que esa crítica se refier sólo al prólogo de la primera y entonces única novela de Trigo, “Las ingenuas”, aparecida en abril de 1901, pues en este mismo año, el trece de junio, muere “Clarín”.

Se le llama “novelista afrodisíaco”, “cinturón eléctrico” y se le presenta  escribiendo con menta  en vez de con tinta.

En esta misma línea insisten Luis Bello, Alfonso Reyes, Tenreiro y otros que consideran a esta literatura “pseudoliteratura”, “género inferior”, “fuera de la literatura por su estilo muy incorrecto y desordenado”, lamentándose al mismo tiempo del éxito de que gozan en nuestro país este tipo de narraciones. En este sentido escribe Unamuno:

 “Cuantas personas vienen de Madrid a este mi retiro de Salamanca me dicen que pocas veces han florecido tanto la pornografía en la Corte de España”

Pero no todas son opiniones en contra. Así González Blanco en su Historia de la novela española considera al autor de “Sor Demonio” “como el mejor de los novelistas nuevos”, elogiando la maestría de su estilo.

Doña Emilia Pardo Bazán:

 “Felipe Trigo se ha conquistado una reputación rápidamente. Es el único entre los novelistas españoles que profundiza en el estudio y en el análisis de la pasión. Representa el erotismo al modo de sus maestros Prevost, Louys, d’Anuncio (algo con lo que Trigo nunca estuvo de acuerdo). Sus sensaciones incendian su oración. Es un místico latente. La cualidad fundamental de su estilo es el brío, esa impetuosidad que se encuentra en tan pequeño número de escritores”.

Julio Cejador, Pesseux-Richard y  Manuel Abril,  entre otros, advierten pronto que en sus novelas hay  algo más que el aparente erotismo que rezuman y un estilo nuevo que está muy por encima de la evidente transgresión de la norma escrita que se pudiera observar en cada una de ellas; por otra parte todos ellos coinciden en señalar también que ese erotismo no puede parangonarse en ningún caso con el de aquellos imitadores suyos que sólo se van a fijar en la temática puesta de moda por Felipe Trigo como señuelo para una mejor comercialización de sus novelas.

Pesseux-Richard le dedica un estudio pormenorizado en la revista pionera del hispanismo francés (Revue Hispanique) en el que considera al autor de Jarrapellejos  como “el más genuino representante de una nueva corriente en la narrativa peninsular que superaría en muchos aspectos los logros conseguidos por el propio Baroja”.

Manuel Abril, poco después de la muerte de Trigo, le dedica un libro completo que todavía hoy es punto de partida obligado para conocer su vida y su obra y que ha condicionado en no escasa medida los recientes estudios sobre el autor de “La clave” al dejar sentado que:

“La obra de Felipe Trigo no debe ser estudiada como obra de arte porque ni lo es ni está escrita con propósito artístico”.

Opinión esta que retoma la crítica actual y que lleva a interesarse por la significación estrictamente sociológica de la obra de Trigo por cuanto supone  el mejor exponente de los anhelos de una pequeña burguesía que aspira al protagonismo político y social y que explica  el éxito de sus novelas, pero olvidando casi siempre la importancia que desde un punto de vista estrictamente literario pueda tener su obra.

Condiciones de tipo moralizante han impuesto una serie de juicios peyorativos que han pretendido justificar con una condena indiscriminada su calidad artística.

Las opiniones que siguen, aunque vertidas en estudios de conjunto, resumen a la perfección los tópicos más usuales que se repiten una y otra vez para caracterizar su obra.

“Trigo defiende en sus novelas la ética del amor libre, de la igualdad de la mujer y del hombre en materia de amor. Sus teorías sociales, su moral y su estética se apoyan sobre las leyes naturales, que el consideraba desvirtuadas y deformadas por la civilización (…).Las novelas de Trigo son el desarrollo de tales teorías. Sus esperanzas serían tal vez quiméricas, pero sus convicciones eran sinceras y generosas (…). El estilo de Trigo es desaliñado, pero tiene mucho brío, calor y eficacia.” (M. Romera Navarro, Historia de la Literatura Española).

“¿Cuál podría ser hoy nuestro juicio desapasionado? Ante todo no nos atrevemos a caracterizarle ni como naturalista ni como realista, no porque su materia novelesca no se preste a tales caracterizaciones, sino porque su método se aparta de los tenidos por tales. Hay que ver en Felipe Trigo, ante todo, a un médico que está en desacuerdo con su tiempo, y que  de ambos factores (la ciencia médica y el desacuerdo) obtiene de un modo considerable la realidad que le lleva a un arte que, con las debidas precauciones, llamaríamos,  con expresión moderna, de ruptura. Cada novela de Trigo fue-o pretendió ser- como una descarga explosiva lanzada contra la sociedad de su tiempo en tanto entidad moral (o inmoral, a la manera gidiana) con cuyo estilo interpolado no podemos hallarnos de acuerdo.”(Gonzalo Torrente Ballester, Panorama de la Literatura Española)

Tanto cuando se le ha pretendido ignorar como cuando se le ha querido recuperar ha faltado lo esencial: se ha pasado por alto la lectura de la obra de Trigo como punto de partida para emitir cualquier juicio crítico fiable.

La revisión de estos textos y , muy especialmente, de sus artículos de prensa, permiten afirmar que, lejos del descuido temático y formal con el que generalmente se le ha descalificado, responden a unos supuestos rigurosamente planteados que consiguen una sorprendente adecuación entre los contenidos que difunden y la forma de expresarlos .

El considerar su obra como un valioso documento que ilustra un aspecto importante de la crisis de fin de siglo  no puede llevarnos a ignorar el carácter de auténtica obra artística que posee. Susceptible de ser analizada, por tanto, desde una óptica más estrictamente literaria.

Su pretendida inmoralidad no es otra cosa que un intento de cambiar la moralidad caduca aunque muy arraigada aún por unos supuestos éticos que han de sentar las bases de un orden social y moral distintos. Su anti gramaticalidad, realmente atrevida muchas veces, no deja de ser una voluntad de estilo enfrentada con los principios de la retórica tradicional y consecuente con el ideal de vida que quiere difundir, buscando nuevos derroteros expresivos y técnicos para la narración.

Cerraré  este trabajo con un documento estremecedor que Medardo Muñiz, ensayista y articulista villanovense, publica dentro de un  breve estudio sobre Felipe Trigo,  “Ensayos”: la carta que éste escribió a su familia poco antes de morir:

“Perdonadme todos. Yo estoy seguro de que nada os serviría más que para prolongar algunos meses vuestra angustia viéndome morir. Pensad que de esta catástrofe, fue el motivo, el ansia loca de crearos alguna posición más firme. Perdonadme, perdonadme. ¡Consuelo, mártir mía, hijos de mi alma!, si mi vida fue una equivocación, fue generosa. Con la única preocupación vuestra por encima de todos mis errores. Que sirva ésta de mi voluntad de testador para declararos herederos míos de todos mis derechos. Perdón”

Juan Francisco Caro Pilar

Bibliografía:

La obra narrativa de Felipe Trigo, tesis doctoral de Martín Muelas Herraiz (1986, Universidad de Alicante)

Trabajo sobre Felipe Trigo del maestro Antonio Lozano Borrallo (Villanueva de la Serena, 1988), cedido amablemente por su autor.

Palabra de honor

fuente-Boy-urinating-on-a-Frog
Cuando los amigos ponían  en duda lo que otro  contaba, este recurría a un fiador de solvencia: “Palabrita del niño Jesús”, acompañándolas   con un beso a sus dedos cruzados.  Otras veces se  ofrecía  el sacrificio de la propia   vida como garantía: “Que me muera si es mentira”, o  se juraba  por el padre o la madre. Recursos  que  pretendían dar certeza a lo que se afirmaba, pero que al mismo tiempo mostraban la endeble fiabilidad de quienes a ellas apelaban, quizás porque  en ocasiones anteriores  fueron   pillados en algunas mentirijillas o confundían realidad con fantasía en esas edades en que no están nítidos  los límites. 
Como tan notables   avalistas no exigían devengo inmediato ni la invocación a la parca implicaba pronto acaecimiento  estas expresiones  iban perdiendo pujanza por repeticiones vanas.  También  practicábamos  los muchachos   pactos rituales, influenciados por algunas películas en las que los protagonistas mezclaban su sangre con un corte en las muñecas. Pero como hacerse una herida voluntariamente para tal fin nos retraía, esta modalidad sólo la realizábamos ocasionalmente cuando nos hacíamos una herida a consecuencia de una caída. Era más cómodo  aprovechar  una necesidad fisiológica  para sellar amistad o establecer parentela. Orinábamos a la par y en el mismo sitio.  Por mor de esa mixtura nos convertíamos en primos o  prometíamos  eterno aprecio. Fantasías y simbolismos de nuestra etapa infantil, tan volátiles como la edad.
Los pactos a los que llegaban  las personas mayores eran más  serios.
6074153462_7beb961ee6_b
Cuando dos personas  chocaban sus manos en señal de acuerdo, lo pactado iba a misa. La  palabra dada  valía como la firma  ante notario. Iba en ello la consideración  y  el aprecio  de los demás. El apretón de manos duraba un momento, pero con él se apostaba  un  capital moral acumulado de honestidad labrada  día tras día. Romperlo suponía perder la consideración ajena y una mancha   de descrédito. Si el que lo hacía  era forastero que acudía al pueblo a comprar y vender mejor que  no volviera por aquellos lares. Se  dilapidaba un capital con un renuncio. Ser persona de palabra acreditaba integridad ante los demás y aumentaba la autoestima. La palabra cumplida era  galón que lucía en las hombreras de quienes  anteponían  su recto proceder a los cambios  por conveniencias. Cerrado un trato no  se admitían  posteriores ofertas más ventajosas, que suele suceder cuando se levanta una liebre y todos quieren cazarla. Se perdían unos cuartos, pero se ganaban  doblones de honradez. 
La  lengua  acuña expresiones que  realzan esta rectitud en el obrar, esa coherencia. Ir con la cabeza alta significa algo más que cuidar las cervicales. Es resultado de una conducta consecuente  en las ocasiones que se presentan para demostrarlo.  Andarse por derecho, ser  consecuente con lo que se dice y se hace.
 Siguen existiendo personas de una pieza, íntegras, pero quizás ha mermado  la alta estima de la  que gozaron en tiempos pasados. Están en la penumbra, eclipsados por los brillos de oropel  de los que triunfan,  aun a costa de pisar cabezas  y despreciar el honor de la palabra empeñada.

Gitanos de antes

Rafael Estrany

(“Gitanos”, pintura de  de Rafael Estrany)

 Los gitanos llegaban periódicamente  con su carromato y  sus jumentos. Se asentaban  al reguardo de los vientos del norte,  en la solana de la pared  de un huerto que hay a las afueras del pueblo, sin más licencias que la que les daba el cielo.  No traían ni lupas gigantes, ni imanes ni hielo.  Tampoco escribían en pergamino, como Melquiades, versículos en sánscrito.  Unos toldos sujetos con cuerdas a  cuatro palos  clavados en el suelo les servían de techo. La supervivencia diaria  era su  acicate, pocos anclajes los retenían demasiado tiempo en el mismo sitio. Era gente errante. Después de unos  cuantos días, cuando hacían algo de dinero o comprobaban la imposibilidad de conseguirlo, seguían su ruta sin destino fijo. «Ya se van los gitanos por los caminos y la alegre caravana, que ese es su sino». Pero yo no percibía esa alegría que canta la copla. Eran familias enteras con churumbeles que andaban por aquellos alrededores del ejido como pollos por  un corral, casi desnudos y descalzos en verano y con ropas sobradas en invierno.  Allí cocinaban, comían y dormían a la luz de una candela.

Venían al trato de compra y venta o al cambio  de burros  y mulas cuando estos animales eran complemento indispensable para las labores del campo y el acarreo. Un mulo viejo, con las orejas caídas, con muchos kilómetros de surcos en sus patas   y kilos de carga a sus espaldas  se cambiaba por uno más nuevo o se compraba si el anterior acabó  en el muladar bajo los círculos avizores que trazaban los buitres en el cielo. Había  entonces despensa abundante en las afueras de los pueblos.  Para calcular la edad de las bestias les abrían  la boca y observaban  su dentadura, donde tienen su carné de identidad. No sé si la mayoría de los compradores entendía bien   ese lenguaje de ángulos, copas, estrellas y surcos de Galvayne que  tienen los dientes de los animales.  Yo desde luego, no, pero tampoco los  compraba.

Gitanos comprando caballos web Campo de Criptana

 

 

 

 

 Me cautivaba más  el arte, el ardid, la maña, la palabrería, los desistimientos momentáneos para rebajar el precio, los tiras y aflojas,   la última oferta, el intermediario que promediaba… todo ese ceremonial que tiene el trato y que  tanto de estrategia  psicológica conlleva.

Mientras los hombres trataban de hacer clientes por garitos y solanas las mujeres pasaban por las calles, churumbeles al cuadril, solicitando alguna ayuda. Otras veces llevaban vasijas, como  peroles, jarras,  cántaros y alcuzas  de hojalata unidos por una cuerda  que intentaban vender casa por casa.

 Vara de mimbre, sombrero, traje oscuro  y  ostensible anillo de oro en un dedo llevaban  los hombres. Las mujeres,  faldas largas y algunas con unos ojos  de de profunda negrura sobre fondo blanco que hechizaban de misterio, como las pintó Julio Romero. Los  niños con ensortijados pelos, churretes por el cuerpo y cara de sueño. Todos morenos, del color del cobre viejo, curtidos por el sol y la intemperie.

 “¡Oh pena de los gitanos!/Pena limpia y siempre sola. / ¡Oh pena de cauce oculto/y madrugada remota!” (F.G.L.)

 

Saludos

buenosdías

 En los pueblos pequeños  la relación entre vecinos se lubrica con cumplimientos y saludos. Las visitas al anochecer para felicitar por algún acontecimiento venturoso o para  renovar  condolencias por  adversidades son frecuentes entre familias que intercambian este tipo de observancias. “Les debemos o nos deben visita”, o “con esa gente no tenemos visita” son expresiones pertinentes  a ese uso social.    

 De salutaciones hay tantos tonos, tantos  modos,  dejos y tan variadas fórmulas  que de ellos pueden deducirse estados de ánimo, tiranteces  o intensidades de relación. Así, un adiós puede convertirse en rosa o dardo, dependiendo del tono  displicente o afectivo.

  El tiempo es  tema recurrente  para  romper el hielo del encuentro. Son habituales las muletillas, un grado más de confianza que el pelado y solo adiós: “¿Ya vas?” “¿Ahora vienes?” “Vamos allá”… Ascendiendo en la escala de cordialidad  se pregunta por el padre,  la madre, los hijos o hermanos y, por supuesto, si ha habido  quebranto en la salud de algún miembro familiar  se interesan  por su estado.

 Al llegar a donde está un grupo se dan los días o un “¿Qué hacéis?”, por ejemplo. Algo para no ser tachado de huraño.

 Los mayores utilizan saludos  con el nombre de Dios omnipresente. Se desea que lo lleven consigo, que lo traigan con ellos o que se esté en su compañía: “Dios guarde”. “Quedad con Dios”. “Venid con Dios”.   “A la paz de Dios…”

homara4

 Por eso me sorprendía en mis primeros años de residencia en la ciudad    que algunos  urbanitas,  vecinos del mismo bloque,  se  cruzaran  en las escaleras  y apenas emitieran casi imperceptibles saludos, si tenían a bien contestar al que habían recibido.  En los pueblos pequeños, si se está a buenas, nadie  se cruza sin intercambiar palabras, costumbre que decrece en proporción inversa al número de habitantes y directa al grosor de la  coraza   en  la que nos encerramos. A mí personalmente me molesta llegar a un sitio público, dar los días y que no me conteste nadie.

 Cuentan por aquí una anécdota que sin duda hubo de ser cierta. Una persona estaba enfadada con otra y  por consiguiente no se dirigían la palabra ni se saludaban. En una ocasión  uno de ellos estaba en el bar tomando unas copas con  amigos. Se acercó el otro a la reunión y para delimitar bien sus  fobias y  filias dijo: “Buenas noches  a todos, menos a uno”.

 El  saludo galante,  tocando el ala del sombrero con  leve ademán de descubrirse,  es pariente apocado de la acción de destocarse  en ciertos momentos y ocasiones. Me producía de niño una profunda impresión  cuando los hombres  del campo se quitaban la prenda que les cubría la cabeza: boina,  mascota, gorra visera o  sombrero al entrar  en casa extraña,  al paso de un entierro o del  cortejo que llevaba el viático a los enfermos. Aquellas  blancas cabezas, protegidas del sol en los trabajos y expuestas públicamente  en su total desnudez, representaban para mis ojos de niño el  símbolo más íntimo   de respeto, reverencia y sumisión.