Pastores

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Fotografía de César Javier Palacios
Son los protagonistas   de églogas,  composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio en siglo I a. de C,  ejemplo señero con sus Bucólicas. Antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,
compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega.
Los evangelios los describen velando por turnos sus rebaños bajo las estrellas.  Gente querida y fiable de la corte celestial debían de ser para que les confiaran en primicia  la noticia del nacimiento de Jesús y éste fuera paradigma del buen pastor.
En Extremadura, tierra de pastos y dehesas, hay  grandes rebaños de ovejas. A los más pequeños los denominamos  “pichangas”, de ganaderos con  menos patrimonio. Los principales hacendados, terratenientes con extensas fincas,  empleaban a un número considerable de pastores. Ahora muchísimos menos porque las alambradas también guardan. Terminadas las rastrojeras todavía carean los rebaños por cañadas y cordeles hacia otras fincas suyas situadas en zonas más templadas y de mejores  hierbas, como las riberas del río Viar, acompañados de perros a los que sólo les falta  hablar.
Los chozos eran sus viviendas.  Unos construidos con varas y cubierta vegetal. Otros  de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o “turrucas”.
Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. En el chozo guardaban sus pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgados el candil y aliños para los guisos.  Fuera un trípode con unas llares  donde al fuego  elaboraban la comida. Nadie como los pastores para descifrar los indicios de los cambios de tiempo. Hasta por la forma de subir el humo de la candela pronostican bonanzas o temporales. Conocen palmo a palmo  la tierra que recorren con parsimonia cada  día. Saben dónde está el mejor cobijo ante el chubasco inesperado o la ventisca  y si hay setas, espárragos o criadillas las manchas donde nacen. 
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El saber popular ha recogido en refranes los ajetreos de este quehacer tan dependiente de la meteorología. Por  ellos aprendí a reconocer  los graznidos  de los gansos cuando viajan de noche en sus migraciones. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las  “parieras”, cuando bajan los gansos, requiere dedicación, pericia y oficio.
Hasta que llegaron las motos pequeñas el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Acordaban entre los pastores con la avenencia de los mayorales  las estancias y  los descansos. Solían ser ciclos de tres días. Algunos  trayectos desde sus casas a los chozos o cortijos duraban casi una jornada. Unos   en casa, otros en el tajo y otros de camino. Regresaban provistos de viandas y con el débito conyugal cumplido, quien hubiere hembra.  Las motos y las justas reivindicaciones por  su interminable  jornada laboral terminaron con esta modalidad.
Es la profesión campestre más bucólica y cantada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad reconcome el ánimo.

El Seminario

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En el Seminario ingresaban en los años sesenta un número considerable de alumnos.  Por ejemplo, en el curso 1964-65 había matriculados 385 seminaristas entre los cursos inferiores  y superiores. Y no es que fuera gratis. Catorce mil pesetas anuales pagaderas por trimestres. Téngase en cuenta que el salario mínimo establecido en el año sesenta y tres era de sesenta pesetas diarias o mil ochocientas pesetas al mes, con lo que suponiendo esos ingresos fijos durante todo el año, que es mucho suponer, había que detraer el 65% para pagar exclusivamente el internado, sin contar otros gastos.  Fue gracias a las becas del PIO y de algunas instituciones, fundaciones y a las donaciones de familias como muchos  pudieron estudiar.
 Las becas del PIO empezaron siendo de seis mil pesetas para terminar en unas diez mil a finales de los sesenta. De lo sobrante de estos ingresos se pagaban los libros de texto.
 El administrador económico, cura   rechoncho con gafas de pasta  y amplia y marcada tonsura, llegaba al comedor cada final de trimestre para recordarnos  con enfático verbo y exagerados gestos que nos hacían reír a los alumnos y a los prefectos   el artículo catorce del reglamento de la institución que disponía la obligación de hacer efectivo el importe. Las arcas flaqueaban y había que pagar los garbanzos que nos comíamos.
 No todos los que deseaban entrar en el Seminario lo conseguían. Durante el verano se celebraba un cursillo de quince días en el que los curas  observaban  aptitudes y comportamientos. No sé los que verían en mí pues yo tenía la cabeza más en el balón y los juegos  que en los libros y las devociones. Como fuere,  con la edad temprana de once años, recalé  en el Diocesano de san Atón,  sito en la cañada de Sancha Brava.
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 Conmigo en el mismo curso lo hicieron otros ochenta. Después de doce años de preparación cantaron misa doce.
 De equipaje  sentimental llevé  un hatillo de murria en el corazón y una maleta en la mano que guardaba debajo de la cama con mis pertenencias materiales  Ni fines de semana ni puentes por muchos ojos que tuvieran. Trimestres completos sin volver a casa.
 Mi imaginación, proclive a la querencia, paraba poco en los libros y escapaba  de las clases y la capilla por los ventanales hacia  las calles  y a los verdes prados de los ejidos de mi pueblo.
 Desde la diana, a las seis y media,  hasta  las diez de la noche duraba nuestra jornada. A esa hora la Pastoral de Beethoven o el canto gregoriano de los monjes nos entregaban a Morfeo. “Bajo el manto de las estrellas” comenzaba el padre espiritual cada noche su última plática.
 Al despertarnos la mañana del veintitrés de noviembre del sesenta y tres nuestro inspector nos dijo: “Vosotros sois muy pequeños aún y no comprendéis bien lo que ha pasado esta noche, pero es algo muy grave. Han asesinado al presidente  Kennedy, de los Estados Unidos”.   Así fue cómo, con cara de sueño y ojos de asombro, nos enteramos del magnicidio del que este martes pasado se ha cumplido el  cincuenta y tres aniversario.
 Las alegrías y las tristezas de aquellos años, que de todo había, permanecen indelebles en la memoria. ¡Éramos tan niños!

Amor deshabitado

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Off, de Edmund Blair Leighton.
Bécquer mandaba al aire los suspiros,
las lágrimas al mar.
Ignoraba el destino del amor
cuando hay olvido.
¿Subsistirán los  sentimientos
deshabitados de personas?
¿A dónde  va  el dolor cuando abandona
el cuerpo del enfermo fallecido?
¿Y la ternura que provoca
la franca inocencia de los niños?
¿Vagan dispersos por el éter
a la espera de nuevos inquilinos?
Si os dejáis caer por estos lares
traed  amor
que aún no  he consumido
y quedaos con los pesares,
que de tales sinsabores
tengo el corazón servido.

 

El tren

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  La primera vez que vi un tren  fue  en la estación de Llerena. Estaba lloviendo y se acercaba  perforando la oscuridad de la noche como un cíclope con su ojo luminoso y  su melena blanca al viento.  Cuando paró tuve la impresión de que aquella máquina de vapor que daba resoplidos y desprendía nubes de humo  por la chimenea y los costados iba a estallar de un momento a otro. Pasó un empleado golpeando las ruedas de los vagones con un martillo mientras algunos viajeros bajaron para tomar algo en la cantina.
 ¡Qué habilidad-pensé- la del maquinista conduciendo de noche sin salirse de los rieles!
 Años después viajé  con frecuencia a Badajoz en este medio. Existían entonces vagones clasificados en tres categorías. Una de las veces le pregunté a mi padre que por qué íbamos siempre en los de tercera. Porque no hay de cuarta, me respondió.  Cuando leí lo que escribió  Antonio Machado  me sentí orgulloso de compartir la misma categoría que tan insigne poeta:    “Yo, para todo viaje –siempre sobre la madera de mi vagón de tercera- voy ligero de equipaje”.
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 Desapareció la tercera categoría.  Los  vagones se dividían en compartimentos que se cerraban con una puerta corrediza con cristales. En el exterior,  un  pasillo de tránsito donde se ponían los que preferían estar fuera  o no tenían sitio para sentarse. Nos asomábamos por las ventanas para ver  el humo  que salía de la máquina, sobre todo en las curvas donde el  tren parecía  una gran culebra negra chiflando y  abriéndose paso triunfal por las dehesas. “Corre’l tren retumbando por los jierros de la vía. Retiemblan  los recios alcornoques q’uesparraman alreor del troncón las hojas secas…”
  En cada compartimento cabían  diez personas sentadas de cinco en cinco, enfrente unas de otras. Los asientos eran de escay con un sufrido color azul.  A ratos se conversaba o se permanecía en silencio con el traqueteo y los chiflidos de fondo.  Alguien abría  la talega o la hortera para tomar un bocado.
 Nosotros  con la excusa de ir al servicio atravesábamos de un vagón a otro por la aventura que suponía pasar por las chapas metálicas que se movían continuamente en aquel pasadizo tapado con lona en forma de acordeón.
 Las cantinas de las estaciones se llenaban cuando el tren arribaba. Se le preguntaba al revisor que cuánto tiempo paraba y terminado el  mismo avisaba: “¡Viajeros al tren!”.
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 Siempre iba de servicio en el tren una   pareja de la guardia civil con su antiguo uniforme de correas y tricornios. Si lo consideraban oportuno pedían la documentación a los viajeros.  En algunas paradas se acercaban   vendedores con sus canastas de mimbre ofreciendo sus productos.
En las estaciones había un gran trasiego. Las mercancías se almacenaban hasta que las recogían los transportistas, entonces con remolque y con mulas, para llevarlas a sus destinos definitivos.
 En la RENFE trabajaban muchas personas, especializadas cada una en una función, desde los jefes de estación hasta los mozos de equipaje, pasando por factores, guardagujas, guardabarreras… y todo el personal de mantenimiento de las vías.
 Es  hora de subirse al tren. Un tren  digno y moderno que corra veloz por unas infraestructuras adecuadas y nos comunique con el progreso. No queremos los descartes de otras regiones españolas.

Calderetas

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Algunas ovejas morían por un hartazgo de hierbas o  mala asimilación de ciertos piensos.
No se desperdiciaban, sino que eran consumidas pues en nada afectaba este tipo de muerte a la calidad de la carne. De ahí el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Cuando se producía la muerte  los pastores se lo comunicaban al mayoral y le entregaban el pellejo como prueba de que así había sucedido, descartando otras causas de su desaparición.
Caso distinto era el de las modorras. Esta es una enfermedad que ataca generalmente a las ovejas jóvenes: borregas o primalas. Dice el diccionario que es un aturdimiento patológico producido por los cisticercos de los cenuros (tenias) que se alojan en el cerebro. Los síntomas  son evidentes: se desorientan, vagan  solas y empiezan  a dar vueltas sobre sí mismas. Además, pierden mucha visión y dejan de comer. Lo comunicaban al mayoral  para que le buscara pronta  salida  porque este mal es progresivo y conduce irremediablemente a la muerte.
Las ovejas modorras  se han comido siempre, exceptuando la cabeza que es donde se localiza la enfermedad. Muchas pandillas de amigos cuando iban a celebrar algo las procuraban pues su precio  era bastante más asequible que el de las demás y su carne no perdía calidad.
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La receta originaria de la caldereta que hacían los pastores  era muy simple: unas cabezas de ajos, aceite, sal y laurel. Guindilla para el que le gustara el pique. 
Preparar y comer una caldereta tiene su ceremonial. El caldero al fuego, colgado de llares o apoyado en trébedes. No hay que entrometerse en el trabajo del cocinero. Si acaso, ejercer de pinche a su requerimiento.
Parte importante del proceso es espumar la carne según va cociendo. Cuando está en cochura avanzada se saca una cucharada de caldo y se da a probar a los concurrentes para que den  su opinión sobre el punto de sal: un poco más, algo menos. Todo es cuestión de medida, como dijo don Antonio.
La chanfaina se hace aparte y  surgen los tópicos de siempre. “Si nos hartamos de chanfaina se queda ahí toda la carne”. Tantas veces se dice, tantas se peca.
Conseguida la aquiescencia mayoritaria  se saca el caldero y se pone  al medio. Todos en derredor. “Cuchará y paso atrás”, para que entren todos. Entre paso y paso un buen trago de vino.
Otra forma de servirla es ir sacando del caldero, plato a plato, un número de presas igual al de asistentes.  
Por aquí utilizamos la palabra “cochoflo” en variadas expresiones: ir o estar de “cochoflo”. Coincide con el de ir o estar de caldereta, pero lo aplicamos también a comidas de menos jerarquía, como comerse  una liebre entre amigos o una prueba de la matanza o una cazuela  de hongos.  Puede ser que este término llegara hasta nosotros con la trashumancia desde tierras sorianas, pues lo he encontrado en Covaleda, un pueblo de la provincia,  con el significado de mezcla de comidas mal condimentadas o mal hechas. En Castuera, en una recopilación de la Universidad Popular, lo recogen como ambiente de comilona, de “guisoteo”. También en La Coronada, como comida especial relacionada con alguna fecha significativa… 
Sea lo que fuere, como hoy estamos de  “cochoflo”,  están ustedes invitados.

Noviembre

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Noviembre es un mes de tempranas  y crecientes  sombras. Las umbrías ensanchan sus dominios y las carcomas silenciosas de la noche corroen cada día un trozo al manto de la luz. Comienza la treintena agrupando santidades  y sin tiempo para homenajear cumplidamente los méritos  de quienes alcanzaron la gloria  y los altares nos recuerda con  luctuosos tañidos  que otros ya no están entre nosotros, otros que  anduvieron por estas mismas calles y rincones donde se posan lentos y desmayados los dobles en su  recuerdo.
 En este mes  el rojo no es pasión, sino celaje frío y las tardes nubladas recuerdan el paisaje de un cuadro de Millet de intimista ambiente campesino.
 Cuentan  que los druidas, clase sacerdotal de la Europa céltica, se comunicaban por estas fechas  con sus antepasados muertos. Creían que en la noche del treinta y uno  de octubre, la víspera de su nuevo año, los espíritus regresaban a sus antiguos hogares para visitar a los que aún estaban por aquí. Les preparaban comida  por si  se les ocurría sentarse a la mesa, más por temor al acarreo de  desgracias si no cumplían con esta cortesía que por la  posibilidad de consumirla, pues eran por naturaleza frugales en el yantar. Así que los vivos se zampaban lo suyo y  lo de los muertos. 
 Nuestra cultura   adaptó  esta celebración  pagana a las creencias cristianas y dedicó  un día al recuerdo de los difuntos. De la comida tampoco nos olvidamos porque el buen comer  encaja bien con todos los credos y unas veces por pena y otras por  alegría nunca desentona su presencia.  Siendo pródiga nuestra tierra en excelentes frutos no estaría bien  dejar pasar la ocasión  y no comer los apetitosos presentes que nos ofrece.  Existe  una antigua costumbre, la “chaquetía”, que consiste  en coger   los productos  propios de esta estación: higos, castañas, granadas, nueces… e irse al campo a degustarlos. 
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Las castañas llegan con el  corazón color trigueño  germinado  en el vientre del erizo. Traen del monte fresco la rubia  arruga hecha  apetitoso fruto.  Asada se le conoce en algunas zonas como calbote. El asador raja sus  pechos para darle al fuego, abiertos en canal,  su tierna entraña. Esparcen fragancias en el aire  delicado de noviembre, calientan nuestras manos en  cucuruchos de papel  y  ya en la  boca abren en ramilletes de sabores las esencias del otoño.
 Recuerdo  cuando, al cobijo de las enagüillas, las asábamos junto con bellotas, entre las ascuas del brasero. Les hacíamos la rajita de rigor con la navaja para  dar salida a la hinchazón que les produce el fuego y evitar que saltasen.
 A los membrillos los poníamos   debajo del anafre donde cocía lentamente el puchero con carbón de encina. Del color amarillo pasaban al  ocre caramelo. También se hacían  compotas y dulce de membrillo con ellos. ¡Qué exquisito el almíbar!
 Pasaba un vendedor voceando por la calle higos secos de Almoharín, distintivo de excelente calidad. Muchas noches con ellos,  castañas, pan y  aceitunas cenábamos.
 Recuerdo también la primera vez que probé siendo niño  los huesos de santo que los dulceros de Llerena exponían cada año en el escaparate…Sabores y olores que vuelven cuando las choperas, alamedas y castañares ofrecen en nuestros campos  una paleta  impresionante de tonos dorados.

Juegos de niñas.

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Había algunos juegos  a los que sólo jugaban las niñas.  Si a algunos  varones se les ocurría participar en ellos los demás compañeros los “afurreaban” y los tildaban de mariquitas. A ellas también las criticaban  si  se atrevían con juegos que eran considerados de niños. No tenían nada de extraño estos comportamientos  en  un sistema social, político, educativo y religioso que reservaba  a las mujeres el papel de buenas amas de casa, esposas obedientes y madres sacrificadas. Una prepotencia masculina que limitaba y condicionaba la libertad de las mujeres. Pasaban  estas, matrimonio mediante, de la tutela paterna a la marital sin solución de continuidad. Hasta para disponer de sus bienes precisaban autorización y firmas de padres o maridos.  No hay  nada más que leer manifiestos de la fundadora de la Sección Femenina que se divulgaban por medio del obligatorio Servicio Social que impartía la Sección Femenina en sus cátedras ambulantes para darse cuenta del concepto de mujer ideal que imperaba en los años cincuenta y sesenta y    las funciones que se esperaban de ellas en la sociedad.
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En las escuelas existían  aulas diferenciadas por sexos. En el caso de mi pueblo hasta usaban edificios distintos. Los maestros daban clases a los  varones  y las maestras a las hembras.  Había una materia específica  en los programas educativos destinada a las niñas: Labores femeninas.  En un cabás, que por aquí  llamábamos   “cabal”, llevaban los bártulos  para bordar y coser.  Pasaban las tardes  que les tocaba esta materia   haciendo punto de cruz o bordando bajo la dirección de la maestra.
Entre sus actividades lúdicas  estaba jugar a las casitas. Distribuían dependencias con cartones que conseguían en los comercios y  asignaban a los espacios mobiliario y enseres en miniatura que les habían echado los Reyes. 
Las muñecas eran entonces muy simples, de cartón o de goma. Después vinieron las que cerraban los ojos al tenderlas y las  que emitían un ruido que quería asemejar al llanto mediante un artilugio que traían en la barriga. Las peinaban, las vestían, las acunaban y velaban su sueño en la cuna.
Los recortables eran otros  de sus juegos y aficiones. Sobre la silueta de una persona, normalmente niña o mujer,  colocaban prendas de  distintos diseños, formas y colores, doblando unas lengüetas sobre su parte trasera. Así conseguían los más  variados modelos para las diferentes ocasiones de vida social o trabajo.   
El tejo o truque era otro juego mayoritariamente practicado por las niñas, pero que no tenía un componente tan sexista y en ocasiones era compartido por los niños. Se dibujaban unos rectángulos en el suelo coronados por un semicírculo al final que llamábamos  “piquín”. Consistía en pasar la rayuela a pie cojito por todos ellos sin pisar las rayas que los delimitaban. Quienes conseguían realizar el recorrido  completo elegían uno de los rectángulos y lo dibujaba artísticamente. Era  la señal de propiedad. Allí nadie sin su permiso podía entrar a partir de entonces. Había que evitarlo con la rayuela y con el pie.
 No sospechaba  entonces aquella sociedad pacata y compartimentada que de los varones  en un futuro no lejano iban a surgir  excelentes cocineros, modistos y decoradores,  precisamente en aquellas  profesiones cuya imitación en los juegos  nos era afeada por una mala  y sesgada educación.   

Montanera

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Pronto volverán las grullas a las dehesas y campiñas extremeñas surcando los caminos del aire.  Acompañan su vuelo en punta de lanza con un bullicioso gruir que nos hace elevar la vista al cielo. Llegan cada año huyendo del frío del norte para hibernar en estas zonas más templadas cuando la bellota está madurando y sembradas las tierras de labranza. Les hacen la competencia  a los cerdos en sus despensas de bellotas en tiempo de montanera, esos animales tan denigrados  en nombres como  apreciados en carnes. 
 Le escuché decir al profesor Grande Covián al responder a un comentario sobre los posibles inconvenientes  del consumo de su carne  que no se metieran con ellos porque esos animales  habían salvado muchas vidas. Y es que tiempo atrás, cuando la escasez de alimentos  resaltaba los pómulos, en el medio rural, el que podía, criaba uno o dos  para la matanza,  bien  en el campo o en una pequeña zahúrda en los corrales.
 Sus productos formaban parte fundamental de la dieta diaria. La mayor parte de los días se hacían  cocidos con su carne y si había que llevar merienda al trabajo no faltaba algo de ellos en la hortera. Solucionaban comidas cuando otras ocupaciones no habían dejado tiempo para cocinar. “Anda, sube al doblado y trae un salchichón o un chorizo”. Colgados de  puntas en los maderos o en varas sujetas con tomizas al  techo, componían-chorizos, morcillas y salchichones-  una  bandera tricolor que  no hacía distingo entre monárquicos y republicanos.
 Aquellos huesos con abundante carne, adobados con pimentón de la Vera  que se les echaba a los pucheros en los meses de invierno, las orejas, el rabo, las carrilleras, el tocino fresco que temblaba al menor roce de la cuchara, las costillas con arroz o con patatas, las tortas de chicharrones… Se me va haciendo la boca agua sólo con recordarlos.
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El cochino de montanera era el más apreciado. Libre, entre encinas,  cerro arriba, cerro abajo, con  lluvias y soles, apretando carnes y  acumulando  oleicos en sus perniles con el consumo de bellotas.  Por algo el nutricionista José Mataix Verdú lo calificó como “olivo con patas”.
 Un estudio realizado hace unos años por un grupo de facultativos de Badajoz demostraba las bondades del jamón ibérico de montanera. No vi a las religiosas que se prestaron a colaborar en este experimento, pero las imagino después de la dieta con un brillo en sus rostros  parecido al de una  manzana  tras  frotarla en la pechera.
 Una mañana de caza a la hora del almuerzo paramos al resguardo de las paredes de un viejo cortijo. Un compañero hizo una pequeña candela y se puso a asar  un trozo de tocino fresco pinchado en un palo. Se arqueaba la corteza y las gotas de  grasa caían avivando el fuego. Se fue dorando poco a poco la presa hasta llegar, sin traspasarlo, al umbral  de churruscarse. Tomó un pedazo de hogaza y  le dio lecho en él. Coronó la obra con su dedo gordo sobre otro trocito de pan para sujetarlo y no quemarse.  Con  la navaja  fue cortando y comiendo aquel manjar  con los ojos entornados de  placer.
¡Ay, si no fuera por los asteriscos de las analíticas,  esas alertas chivatas de colesterol y triglicéridos!

Sementera

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Fotografía de Juan Sevilla  https://www.flickr.com/photos/juaninda/

 Los veía regresar del campo cuando pasaban por la Plazuela en los anochecidos de otoño. Venían montados a mujeriega sobre las mulas, que andaban cabeceando con paso lento y cansado. Volvían a casa  después  de haber estado de sol a sol realizando las labores de la siembra.  En otro animal  traían atados  los aperos de labranza, el yugo y el arado. Sobre sus hombros, capotes negros  de hule  impermeabilizados con alquitrán  para resguardarse de la lluvia. A las bestias para protegerlas del frío las enmantaban, cubriéndoles  lomo y grupa.  Los charcos y los regajillos que formaba la lluvia reflejaban las tenues luces de la calle. Los animales después de un día de duro trabajo  buscaban el calor tibio de las cuadras y los labriegos el descanso y la comida caliente del día.

  Se sembraba entonces a mano. La simiente al hombro en un saco doblado que caía por delante y por detrás, cosido por  la boca y por la base en  uno de sus extremos. Se le llamaba collera, como al collar de cuero o lona que se les ponía a las caballerías para que no les hiciera daño el horcate.

Puerto Seguro

Fotos de Puerto Seguro, en la comarca del Campo de Argañán, pertenece al partido judicial de Ciudad Rodrigo, en la frontera con Portugal.

 La reja del arado volteaba la tierra y de los surcos recién abiertos emanaba por la mañana temprano un vaho tibio, producto del calor acumulado durante  el verano y de las primeras lluvias otoñales. Los pájaros revoloteaban detrás buscando lombrices desenterradas. 

 Había leído yo el poema de Juan Ramón Jiménez, “Octubre”: “Lento, el arado, paralelamente/abría el haza oscura, y la sencilla/ mano abierta dejaba la semilla/en su entraña partida honradamente”. El poeta expresa el deseo de hacer de su corazón simiente contemplando las tareas de sementera “echado en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla”. La realidad era menos poética. El labrador inclinaba su cuerpo sobre la mancera  para que la reja y el escoplo  profundizaran en la tierra  lo que su fuerza alcanzara y al mismo tiempo guiaba y arreaba a la caballería. Había que abrir las besanas y trazar con la maestría que da el oficio y la experiencia los surcos derechos. Al tiro, una yunta de mulas, el que las tenía, porque en eso había clases, según haciendas. De varias  reatas de las casas de abolengo al asno solitario en las más humildes. Si eran dos los trabajadores, uno araba y el otro iba detrás sembrando. Si era uno sólo el trabajador paraba tras  arar cada amelga  y después esparcía el grano a voleo. Decían entonces que “quién no sembró por san Andrés, agua con él”. Los temporales de otoño atollaban a las bestias  y anegaban los terrenos labrantíos. Había que espabilar, pues la sementera con aquellos arreos duraba bastante más que ahora.  Por primavera se habían preparado  los barbechos para que a la hora de la siembra no estuvieran apelmazados y demasiado  duros: “Mayo llegó y aró quien aró”.

 Si Juan Ramón Jiménez quiso echar su corazón a los surcos para ver si “la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno” hubo quienes abonaron con su  sudor esos surcos en unos tiempos de mucho trabajo y poco pan  para que las generaciones venideras tuviéramos una vida mejor. Sirvan estas líneas como reconocimiento  agradecido a su memoria y a su esfuerzo.